AVE SIN NIDO
DR. HORACIO GALINDO
HUEHUETENANGO
Págs- 170-178
Años venturosos en los que su casita sencilla, se mantendría llena de la alegre melodía que sus manos arrancaban al teclado de su piano ; pero con orquestación de gorjeos, risas infantiles, balbuceos incoherentes e inefables, que serían como el eco perenne de una fiesta de cascabeles.
Epoca bendita en fin, que compartió con su joven, y bella esposa, en un ambiente abierto a la amistad' y a la contemplación embelesada del paisaje que le rodeaba ("Ecos de la sierra").
¿Epoca, además, de serenidad confiada y acaso también incipientemente próspera? Ya he dicho que en sociedad con don Simeón, organizó el conjunto marimbístico de "La Andina", el cual tuvo éxito rotundo e inmediato, convirtiéndose en el alma de todas las reuniones sociales (bailes, días de campo, serenatas y conciertos).
Fue también por aquel tiempo, maestro de capilla de la iglesia parroquial, profesor de solfeo y canto de toda una generación de huehuetecos, profesor de piano de numerosas familias de la cabecera. Tenía además muchos alumnos a quienes enseñaba la guitarra o la mandolina. Con ellos organizó "La Concertina", que tuvo tan brillantes actuaciones en el teatro municipal.
A esta primera parte de su producción, corresponde el bellísimo vals "Ave sin nido".
Acaso el título parezca un tanto melancólico e induzca a suponer que haya sido compuesto bajo la impresión de alguna pena. Nada tan lejos de ello. Esta maravillosa composición se inspiró en el canto de un guardabarranca, por cuya razón, la escala cromática que se repite concertada en sexta, en la segunda parte, imita de manera tan perfecta el trino melodioso del rey de las aves cantoras.
Le llamó así, porque el gato de la casa, empeñado en comerse al alado trovador, hizo caer su jaula de lo alto de una repisa, abriéndose por casualidad la enrejada puerta. Logró el pájaro burlar al cruel felino, yéndose a vivir en el follaje de los árboles cercanos. Nunca se fue del todo, aunque jamás anidó en parte alguna. Llegó a domesticarse de tal modo, que con frecuencia bajaba a picotear algunos granos de alpiste, en las manos del maestro bondadoso, a quien nunca gustaron los pájaros enjaulados.
Por último, es también a la primera parte que corresponden "Tardes deportivas", "Un sueño", "Encuentro en el baile", "Mujeres, monedas y copas" "Club unionista" y muchas composiciones de ritmo bailable, escritas en el compás que más gustaba entonces : el fox-trot.
La vivacidad y la alegría, los más armoniosos recursos de la melodía, la gracia y la soltura, campean, en lo para mí, más selecto de aquella fase de su producción
"Ave sin nido"; "Ecos de la sierra" ; "Luna de miel".
Y sobre todo su incomparable "Vals brillante".
Luego veremos quién fue el sombrío modelador ... que inspiró la segunda parte.
CAPITULO XIII
Segunda parte de la obra de don Elíseo Castillo. El reino maravilloso de los
querubines. Lo que la vida dejó olvidado en las pestañas de un angelito. Dos
muebles vacíos. "Lágrimas' del alma". Solista del cielo. La inmortal
"Despierta".
La segunda parte del acervo musical de don Elíseo Castillo, ya no tiene la ágil vivacidad de "Vals brillante", ni tampoco su alegría.
No es reflejo de la emoción contemplativa que avasalla el alma frente a un paisaje al par que familiar, grandioso y cautivante.
No se inspira en la placidez acogedora del hogar tranquilo, ni en la inocente alegría de los hijos pequeños.
La segunda parte de su producción está empapada en la desdicha ; está calcada en su dolor.
No fue ya risa de niño, arrullo, canto y trino, sino lágrima y sollozo.
Pero, ¿cuál fue —ocurre preguntarse— ese austero y sombrío piloto de la adversidad y la desventura que así torció el rumbo de su esquife? ¿Cuál fue ese grave y tremendo enviado de las sombras que desvió el sendero de aquella alma que sólo estaba atenta a interpretar la universal armonía: la del celaje que irisa la montaña; la del trino que despierta el bosque en su apacible siesta ; la del río y la flor, la nube y la campana?
Sí; ese lúgubre modelador del alma, del artista, fue el dolor.
Pero un dolor punzante y vivo ; alareante y desmesurado.
Fue él, quien ciñó sobre su frente soñadora, el crespón de dos alas negras. Pero no a todo el mundo le sería facil comprenderlo en su cabal hondura. Para comprender esas cosas, es preciso protagonizarlas y vivirlas.
Sólo así puede saberse lo que significa un par de manecitas regordetas y llenas de hoyuelos, que os acariciarian las mejillas igual que dos capullitos vivos de tersura y embeleso ; y que a veces os golpean, aunque siempre con la suavidad con que pudiera golpearos una flor. ¡Y en qué piélago divino de ternura inconmensurable, os sumergen con ello!
Sólo así es posible saber lo que en una clara mañana de sol puede sentirse, al ver un bultito vacilante, que en una de las callejuelas de vuestro jardín, ensaya sus primeros pininos, caminando sobre dos piececitos tan graciosos y pequeños, que los abarcaríais todos enteros, en un solo beso.
Sí ; únicamente si se le ha vivido —¡ si se le ha recobrado !—, puede saberse lo que es ese mundo divino y dulce de la niñez. Mundo alígero y celeste al que de repente sentís que os incorporan, para que aprendáis en la madurez (justamente cuando empezáis a conocer que lo ignoráis todo después de todo saberlo y comprenderlo en la adolescencia), que el mundo todavía tiene un lado bueno, un refugio seguro y... sólo un segmento en el que no hay malicia, ni egoísmo, ni agobios, ni desdichas, ni perfidias : el mundo maravilloso de los niños
Y si tenéis la dicha de ser admitido en él; sobre todo si a él llegáis conducido de la mano por vuestra nietecita consentida, veréis con qué renuencia y qué protestas de vuestra parte, tratarán los adultos de haceros salir de allí.
Empezáis acaso por interesaron en los primeros juegos ; vais aprendiendo poco a poco, la divina clave. Poco a poco también, os adentráis más y más en esa esfera de ingenuidad y sencillez; en ese reino de los supremos e inocentes goces.
Y de repente, estáis ya todo en él. Y entonces, a pesar de vuestras canas y a pesar de vuestro cansancio y a pesar de las mil cicatrices que lleváis dentro del alma, sois por fin admitido y formáis ya parte de esa sociedad de querubines.
Entonces podéis decir (como yo también lo dije un día) : ¡ Qué bien me siento aquí ! ¡ Dios mío, qué dichoso soy!
i Claro que sé bien por qué es así!
Es porque cada niño tiene entre sus manos, una esfera : una radiante esfera de límpida transparencia. Es su vida. Y está hecha de la más pura ambrosía. Es clara y radiante, porque nadie ha venido aún a empañársela; porque nadie aún se la ha envenenado.
Y como estáis por fin ya incorporado a la Celeste Cofradía, también vos miráis en medio de vuestras manos, lá esfera pequeña que es vuestra vida. Quizá sea ya tan poca cosa, tan menuda y tan insignificante, que tengáis que ajustar bien los lentes para así poder distinguirla. 1 .
Aun así, ¡ qué clara y brillante os parece! ¡Paladeadla entonces! ¡ Qué sorpresa! Ya no tiene; no ; ya no tiene el sabor de acíbar que la amargaba. Por el contrario, se ha hecho dulce y embriaga; sí, embriaga como en la juventud, la divina esencia de la vida.
Pero dejemos estas divagaciones. Enjuguemos esta lágrima importuna, que nos impide discernir lo que aquí vamos escribiendo.
Y veamos, lector, cómo llegaron a su terrible final, aquellos que don Simeón llamó, felices años ...
Cuando Milita cumplió tres años, era una criatura encantadora; graciosa, pequeñita; siempre en júbilo de risa y movimiento, parecía con la moña que adornaba su rizada cabecita, una muñeca de porcelana traída a la tierra desde el maravilloso país de Jauja.
Supo hablar desde que tuvo dos años, pero aprendióa reir cuando apenas estaba en sus primeras horas. El hecho es que era linda y nunca dejaba de sonreír. La sonrisa era el complemento seráfico del par de dientecitos adorables que enmarcaban los labios intensamente rojos.
Parecía incrustada en los brazos de don Elíseo, que a su vez la mimaba exageradamente, como también, exageradamente la idolatraba.
Siempre iban juntos cuando ¡salían a la calle. La frágil manecita, iba siempre en la mano izquierda de su padre, e iba cantando y bailando como si se mantuviese en eterna fiesta de bailes y canciones.
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Aquel grupo indisoluble que al verlo pasar, ponía una sonrisa de cariño y simpatía en los transeuntes, llegó a hacerse tan grato y familiar, que no podía imaginarse la figura del maestro sin su angélico complemento.
Por eso, a todo el mundo le pareció extraño, no ,verlos por algunos días en las calles del pueblo.
Se supo luego, que Milita estaba enferma. Los médicos del lugar estuvieron viéndola por dos o tres días. Inesperadamente corrió por la ciudad la increíble noticia de su muerte.
Entre las grandes virtudes de mi pueblo, existe la fraternal costumbre de acudir en ayuda de toda familia que tenga la desdicha de perder alguno de sus miembros.
A la casa del duelo asisten no sólo vecinos del barrio, sino que también todas las gentes de la población.
Las señoras se ocupan del cuidado de los niños pequeños; de los menesteres de limpieza y orden de la vivienda, van a la cocina y preparan los alimentos.
Los hombres se encargan de los trámites oficiales : aviso a las autoridades de policía y del Registro Civil; obtención del certificado de defunción, permiso para el enterramiento, adquisición, en fin, del féretro, de un nicho o un mausoleo y hasta buscan el albañil que ha de ayudar al sepulturero.
La noche llamada del velorio, congrega en casa de los deudos, un nutrido gentío vestido de riguroso luto. A cada instante suena el discreto aldabonazo de alguien que lleva un ramo de flores, una corona o unas candelas.
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Desde el instante mismo en que se supo la infortunada noticia, la casa de don Elíseo se vio llena de gente consternada; de amigos y familiares que no podían dar crédito a sus ojos, sino hasta ver en su blanca cuna transformada en túmulo de flores, a la angelical criatura.
Allí estaba en efecto, pero parecía no ser la misma :
Tenía la carita sorprendentemente seria. De sus finos labios ahora de una lividez de cera, la sonrisa eterna se había borrado.
Sólo en sus largas pestañas quedaba (como olvidada por la vida), una gruesa lágrima que temblaba.
Mientras el cuerpecito estuvo expuesto en su lecho de flores y luego, cuando se le llevó a la caja mortuoria enguatada de raso blanco, el maestro no quiso apartarse un solo instante de su tesoro. Tuvo siempre entre las suyas, la manita helada, para cubrirla de lágrimas y besos.
No quiso probar alimento alguno, ni durmió un segundo, en todo lo que duró la aciaga noche y la mitad del día siguiente.
Le hablaba a veces con una voz enronquecida y lastimera, que a cada instante estremecían los sollozos :
—¡ Milita, mi querube! ¡ Mi tesoro! ¡ Abre tus ojitos! ¡ Ríete conmigo !
—¡Cómo es, Dios de los cielos, que no me responde!
Y quienes aquello oían sin hallar consuelo para aquel corazón traspasado por la desdicha, lloraban y sollozaban también.
Unicamente en las horas ya próximas al mediodía, volvía con más frecuencia los arrasados ojos hacia el reloj de pared, como preguntándole cuántos minutos le quedaban; cuántos minutos le quedaban de estar todavía con ella ; cuántos minutos faltaban para el tremendo e insufrible adiós.
E inexorablemente, aquel temido instante llegó a su hora y nadie se atrevía a interrumpir el estupor de anonadamiento que mantenía fija la mirada del maestro en un punto del muro en que no había nada.
Tuvo que ser don Simeón, el mismo que con lágrimas en los ojos me refiriera años después los terribles pormenores de aquella escena, quien al tocar suavemente el hombro del maestro, murmuró a su oído las palabras demoledoras:
—Es
hora ya.
—Ten valor en el nombre del cielo.
—Tenemos qué llevárnosla.
Mas, ¡con qué corazón describir lo que fue aquella despedida! El golpe seco del pasador del zaguán que abría de par en par sus grandes puertas, para dar paso al cortejo formado por media docena de niños azorados que llevaron a través del corredor el blanco cajoncito, mientras todos los rostros desencajados por la pena evitaban mirarlo y negras siluetas empezaban a alinearse a ambos lados de la calle por cuyo medio y con esa inseguridad y esa lentitud con que se mueven los grupos de niños, se orientaban todos en profundo silencio hacia el Cementerio.
En el cielo de un azul profundo, se mantenían inmóviles esas formaciones de cirrus que en el aire calmado, deslíen largos velos horizontales muy semejantes a las palmas de papel de china que llevan los niños en los entierros infantiles.