lunes, 31 de julio de 2023

AVE SIN NIDO Págs- 170-178

  AVE SIN NIDO

DR. HORACIO GALINDO

HUEHUETENANGO

Págs- 170-178

 Años venturosos en los que su casita sencilla, se mantendría llena de la alegre melodía que sus manos arrancaban al teclado de su piano ; pero con orquestación de gorjeos, risas infantiles, balbuceos incoherentes e inefables, que serían como el eco perenne de una fiesta de cascabeles.

Epoca bendita en fin, que compartió con su joven, y bella esposa, en un ambiente abierto a la amistad' y a la contemplación embelesada del paisaje que le rodeaba ("Ecos de la sierra").

¿Epoca, además, de serenidad confiada y acaso también incipientemente próspera? Ya he dicho que en sociedad con don Simeón, organizó el conjunto marimbístico de "La Andina", el cual tuvo éxito rotundo e inmediato, convirtiéndose en el alma de todas las reuniones sociales (bailes, días de campo, serenatas y conciertos).

Fue también por aquel tiempo, maestro de capilla de la iglesia parroquial, profesor de solfeo y canto de toda una generación de huehuetecos, profesor de piano de numerosas familias de la cabecera. Tenía además muchos alumnos a quienes enseñaba la guitarra o la mandolina. Con ellos organizó "La Concertina", que tuvo tan brillantes actuaciones en el teatro municipal.

A esta primera parte de su producción, corresponde el bellísimo vals "Ave sin nido".

Acaso el título parezca un tanto melancólico e induzca a suponer que haya sido compuesto bajo la impresión de alguna pena. Nada tan lejos de ello. Esta maravillosa composición se inspiró en el canto de un guardabarranca, por cuya razón, la escala cromática que se repite concertada en sexta, en la segunda parte, imita de manera tan perfecta el trino melodioso del rey de las aves cantoras.

Le llamó así, porque el gato de la casa, empeñado en comerse al alado trovador, hizo caer su jaula de lo alto de una repisa, abriéndose por casualidad la enrejada puerta. Logró el pájaro burlar al cruel felino, yéndose a vivir en el follaje de los árboles cercanos. Nunca se fue del todo, aunque jamás anidó en parte alguna. Llegó a domesticarse de tal modo, que con frecuencia bajaba a picotear algunos granos de alpiste, en las manos del maestro bondadoso, a quien nunca gustaron los pájaros enjaulados.

Por último, es también a la primera parte que corresponden "Tardes deportivas", "Un sueño", "Encuentro en el baile", "Mujeres, monedas y copas" "Club unionista" y muchas composiciones de ritmo bailable, escritas en el compás que más gustaba entonces : el fox-trot.

La vivacidad y la alegría, los más armoniosos recursos de la melodía, la gracia y la soltura, campean, en lo para mí, más selecto de aquella fase de su producción

"Ave sin nido"; "Ecos de la sierra" ; "Luna de miel".

Y sobre todo su incomparable "Vals brillante".

Luego veremos quién fue el sombrío modelador ... que inspiró la segunda parte.

 

CAPITULO XIII
Segunda parte de la obra de don Elíseo Castillo. El reino maravilloso de los querubines. Lo que la vida dejó olvidado en las pestañas de un angelito. Dos muebles vacíos. "Lágrimas' del alma". Solista del cielo. La inmortal "Despierta".

La segunda parte del acervo musical de don Elíseo Castillo, ya no tiene la ágil vivacidad de "Vals brillante", ni tampoco su alegría.

No es reflejo de la emoción contemplativa que avasalla el alma frente a un paisaje al par que familiar, grandioso y cautivante.

No se inspira en la placidez acogedora del hogar tranquilo, ni en la inocente alegría de los hijos pequeños.

La segunda parte de su producción está empapada en la desdicha ; está calcada en su dolor.

No fue ya risa de niño, arrullo, canto y trino, sino lágrima y sollozo.

Pero, ¿cuál fue —ocurre preguntarse— ese austero y sombrío piloto de la adversidad y la desventura que así torció el rumbo de su esquife? ¿Cuál fue ese grave y tremendo enviado de las sombras que desvió el sendero de aquella alma que sólo estaba atenta a interpretar la universal armonía: la del celaje que irisa la montaña; la del trino que despierta el bosque en su apacible siesta ; la del río y la flor, la nube y la campana?

Sí; ese lúgubre modelador del alma, del artista, fue el dolor.

Pero un dolor punzante y vivo ; alareante y desmesurado.

Fue él, quien ciñó sobre su frente soñadora, el crespón de dos alas negras. Pero no a todo el mundo le sería facil comprenderlo en su cabal hondura. Para comprender esas cosas, es preciso protagonizarlas y vivirlas.

Sólo así puede saberse lo que significa un par de manecitas regordetas y llenas de hoyuelos, que os acariciarian las mejillas igual que dos capullitos vivos de tersura y embeleso ; y que a veces os golpean, aunque siempre con la suavidad con que pudiera golpearos una flor. ¡Y en qué piélago divino de ternura inconmensurable, os sumergen con ello!

Sólo así es posible saber lo que en una clara mañana de sol puede sentirse, al ver un bultito vacilante, que en una de las callejuelas de vuestro jardín, ensaya sus primeros pininos, caminando sobre dos piececitos tan graciosos y pequeños, que los abarcaríais todos enteros, en un solo beso.

Sí ; únicamente si se le ha vivido —¡ si se le ha recobrado !—, puede saberse lo que es ese mundo divino y dulce de la niñez. Mundo alígero y celeste al que de repente sentís que os incorporan, para que aprendáis en la madurez (justamente cuando empezáis a conocer que lo ignoráis todo después de todo saberlo y comprenderlo en la adolescencia), que el mundo todavía tiene un lado bueno, un refugio seguro y... sólo un segmento en el que no hay malicia, ni egoísmo, ni agobios, ni desdichas, ni perfidias : el mundo maravilloso de los niños

Y si tenéis la dicha de ser admitido en él; sobre todo si a él llegáis conducido de la mano por vuestra nietecita consentida, veréis con qué renuencia y qué protestas de vuestra parte, tratarán los adultos de haceros salir de allí.

Empezáis acaso por interesaron en los primeros juegos ; vais aprendiendo poco a poco, la divina clave. Poco a poco también, os adentráis más y más en esa esfera de ingenuidad y sencillez; en ese reino de los supremos e inocentes goces.

Y de repente, estáis ya todo en él. Y entonces, a pesar de vuestras canas y a pesar de vuestro cansancio y a pesar de las mil cicatrices que lleváis dentro del alma, sois por fin admitido y formáis ya parte de esa sociedad de querubines.

Entonces podéis decir (como yo también lo dije un día) : ¡ Qué bien me siento aquí ! ¡ Dios mío, qué dichoso soy!

i Claro que sé bien por qué es así!

Es porque cada niño tiene entre sus manos, una esfera : una radiante esfera de límpida transparencia. Es su vida. Y está hecha de la más pura ambrosía. Es clara y radiante, porque nadie ha venido aún a empañársela; porque nadie aún se la ha envenenado.

Y como estáis por fin ya incorporado a la Celeste Cofradía, también vos miráis en medio de vuestras manos, lá esfera pequeña que es vuestra vida. Quizá sea ya tan poca cosa, tan menuda y tan insignificante, que tengáis que ajustar bien los lentes para así poder distinguirla. 1    .

Aun así, ¡ qué clara y brillante os parece! ¡Paladeadla entonces! ¡ Qué sorpresa! Ya no tiene; no ; ya no tiene el sabor de acíbar que la amargaba. Por el contrario, se ha hecho dulce y embriaga; sí, embriaga como en la juventud, la divina esencia de la vida.

Pero dejemos estas divagaciones. Enjuguemos esta lágrima importuna, que nos impide discernir lo que aquí vamos escribiendo.

Y veamos, lector, cómo llegaron a su terrible final, aquellos que don Simeón llamó, felices años ...

Cuando Milita cumplió tres años, era una criatura encantadora; graciosa, pequeñita; siempre en júbilo de risa y movimiento, parecía con la moña que adornaba su rizada cabecita, una muñeca de porcelana traída a  la tierra desde el maravilloso país de Jauja.

Supo hablar desde que tuvo dos años, pero aprendióa  reir cuando apenas estaba en sus primeras horas. El hecho es que era linda y nunca dejaba de sonreír. La sonrisa era el complemento seráfico del par de dientecitos adorables que enmarcaban los labios intensamente rojos.

Parecía incrustada en los brazos de don Elíseo, que a su vez la mimaba exageradamente, como también, exageradamente la idolatraba.

Siempre iban juntos cuando ¡salían a la calle. La frágil manecita, iba siempre en la mano izquierda de su padre, e iba cantando y bailando como si se mantuviese en eterna fiesta de bailes y canciones.

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Aquel grupo indisoluble que al verlo pasar, ponía una sonrisa de cariño y simpatía en los transeuntes, llegó a hacerse tan grato y familiar, que no podía imaginarse la figura del maestro sin su angélico complemento.

Por eso, a todo el mundo le pareció extraño, no ,verlos por algunos días en las calles del pueblo.

Se supo luego, que Milita estaba enferma. Los médicos del lugar estuvieron viéndola por dos o tres días. Inesperadamente corrió por la ciudad la increíble noticia de su muerte.

Entre las grandes virtudes de mi pueblo, existe la fraternal costumbre de acudir en ayuda de toda familia que tenga la desdicha de perder alguno de sus miembros.

A la casa del duelo asisten no sólo vecinos del barrio, sino que también todas las gentes de la población.

Las señoras se ocupan del cuidado de los niños pequeños; de los menesteres de limpieza y orden de la vivienda, van a la cocina y preparan los alimentos.

Los hombres se encargan de los trámites oficiales : aviso a las autoridades de policía y del Registro Civil; obtención del certificado de defunción, permiso para el enterramiento, adquisición, en fin, del féretro, de un nicho o un mausoleo y hasta buscan el albañil que ha de ayudar al sepulturero.

La noche llamada del velorio, congrega en casa de los deudos, un nutrido gentío vestido de riguroso luto. A cada instante suena el discreto aldabonazo de alguien que lleva un ramo de flores, una corona o unas candelas.

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Desde el instante mismo en que se supo la infortunada noticia, la casa de don Elíseo se vio llena de gente consternada; de amigos y familiares que no podían dar crédito a sus ojos, sino hasta ver en su blanca cuna transformada en túmulo de flores, a la angelical criatura.

Allí estaba en efecto, pero parecía no ser la misma :

Tenía la carita sorprendentemente seria. De sus finos labios ahora de una lividez de cera, la sonrisa eterna se había borrado.

Sólo en sus largas pestañas quedaba (como olvidada por la vida), una gruesa lágrima que temblaba.

Mientras el cuerpecito estuvo expuesto en su lecho de flores y luego, cuando se le llevó a la caja mortuoria enguatada de raso blanco, el maestro no quiso apartarse un solo instante de su tesoro. Tuvo siempre entre las suyas, la manita helada, para cubrirla de lágrimas y besos.

No quiso probar alimento alguno, ni durmió un segundo, en todo lo que duró la aciaga noche y la mitad del día siguiente.

Le hablaba a veces con una voz enronquecida y lastimera, que a cada instante estremecían los sollozos :

—¡ Milita, mi querube! ¡ Mi tesoro! ¡ Abre tus ojitos! ¡ Ríete conmigo !
—¡Cómo es, Dios de los cielos, que no me responde!

Y quienes aquello oían sin hallar consuelo para aquel corazón traspasado por la desdicha, lloraban y sollozaban también.

Unicamente en las horas ya próximas al mediodía, volvía con más frecuencia los arrasados ojos hacia el reloj de pared, como preguntándole cuántos minutos le quedaban; cuántos minutos le quedaban de estar todavía con ella ; cuántos minutos faltaban para el tremendo e insufrible adiós.

E inexorablemente, aquel temido instante llegó a su hora y nadie se atrevía a interrumpir el estupor de anonadamiento que mantenía fija la mirada del maestro en un punto del muro en que no había nada.

Tuvo que ser don Simeón, el mismo que con lágrimas en los ojos me refiriera años después los terribles pormenores de aquella escena, quien al tocar suavemente el hombro del maestro, murmuró a su oído las palabras demoledoras:

—Es hora ya.
—Ten valor en el nombre del cielo.
—Tenemos qué llevárnosla.

Mas, ¡con qué corazón describir lo que fue aquella despedida! El golpe seco del pasador del zaguán que abría de par en par sus grandes puertas, para dar paso al cortejo formado por media docena de niños azorados que llevaron a través del corredor el blanco cajoncito, mientras todos los rostros desencajados por la pena evitaban mirarlo y negras siluetas empezaban a alinearse a ambos lados de la calle por cuyo medio y con esa inseguridad y esa lentitud con que se mueven los grupos de niños, se orientaban todos en profundo silencio hacia el Cementerio.

En el cielo de un azul profundo, se mantenían inmóviles esas formaciones de cirrus que en el aire calmado, deslíen largos velos horizontales muy semejantes a las palmas de papel de china que llevan los niños en los entierros infantiles.

AVE SIN NIDO Págs- 161-169

 AVE SIN NIDO

DR. HORACIO GALINDO

HUEHUETENANGO

Págs- 161-169

CAPITUL0 XII
El padre Valenzuela. Milagro de la mina de Armengol. Mi medio milagro. Apunte preliminar de don Eliseo Castillo. La primera parte de su obra.

Todos aquellos años que don Simeón llamó felices, corrieron para mí pletóricos de acontecimientos e igualmente gozosos.

Frisaba en los siete años, cuando al acercarse uno de mis cumpleaños pedí a mi padre una bicicleta, en conmemoración de aquel suceso que en casa siempre se revestía de importancia.

Se negó de plano a complacerme :

—Ni lo pienses siquiera, hijito; son vehículos extremadamente peligrosos. Yo tuve uno en mi juventud y a punto estuve de romperme las piernas cuando se me fue en una bajada. Te aseguro que de aquel accidente, sólo por milagro salí ileso.

—Pero es que aquellas bicicletas no tenían "cóster". Hoy día cualquiera puede bajar por no importa qué pendientes, sin peligro alguno.

—Pues con "cóster" o no, nunca lograrás que yo acceda a comprarte una.

Sabía cuán vano e inútil resultaría insistir por ese lado. 

 Y acudí a mi madre, que jamás me había negado nada. Mas apenas oyó mi petición, se santiguó aterrada

—¡Imposible! ¿Verte yo caminando sobre una de esas horribles cosas? ¡ Me moriría de miedo!

Recurrí en tercera instancia a la Chepita, esperanzado en el ascendiente que ella ejerció siempre en el ánimo de mi madre. Pero la Chepita también juzgaba que mis padres tenían razón de sobra, al oponer tan rotunda negativa a mi petitorio.

—¡ Pero es que esa bicicleta me es indispensable! ¡ Hace mucho tiempo que la deseo! i Creo que para ser enteramente feliz, sólo eso me hace falta! ¡Por favor Chepita, ayúdame a conseguirla!

No. i Dios me guarde! ¡ Ni pensarlo siquiera!

—¿Y la Virgen de Candelaria? —le pregunté—, sabiendo el fervor con que ella (como buena chiantleca que era), adoraba a la patrona de su pueblo. ¿No dices que es milagrosa y que tiene poder para todo?

—Pues ciertamente que lo tiene. Pero a ella hay que pedirle con mucha devoción, con todo fervori. y, además, sólo cosas que puedan pedírsele.

—¿Y tendrá suficiente poder como para hacer que me compren esa bicicleta?

—¡Jesús! ¡ Qué cosas dice!, ¡Es como comprometer de una vez a la santa Virgen!

—Pues mañana mismo iremos a pedirle que me haga por favor ese gran milagro.

No tenía la buena Chepita escapatoria posible. Y a las cuatro en punto de la madrugada siguiente, emprendimos a pie, el camino que conduce a la fabulosa Chiantla; precioso pueblecito al que desde niño, quise con emocionado alborozo, y también con muy particular cariño (igual sigo queriéndolo ahora). ¡Había que ver lo que eran para nosotros sus ferias portentosas (Candelaria en febrero y Natividad en septiembre)!

Para mí, su nombre tenía el prestigio miliunanochesco que años después, a través de mis lecturas, tendrían Damasco, Beirut o Bagdad.

Mi padre tenía en Chiantla dos de sus mejores amigos : don Filiberto del Valle y el famoso padre don Macario Valenzuela ; sí, el padre "Macazuela", que ese mismo año, pocos meses después, sería una de las primeras víctimas de la gripe.

¡Raro personaje era por cierto!

En alguna zarabanda de la feria de Candelaria, lo había visto trenzarse a puñetazos con don Rafael García (según parece, por cuestiones de licores), lo que no impedía que él y don Rafael fuesen amigos inseparables.

Cierta vez que entramos a su iglesia con objeto de oir misa, pregunté a mi padre:

—¿Por qué lleva espuelas el padre mientras dice misa? ¿Qué es ese bulto que se le ve en la cintura debajo del alba?

—Pues es su pistola, hijito. Lo que pasa es que el padre tiene que irse esta misma mañana a decir su segunda misa a la aldea de Cantinil y como es un lugar distante, tiene que marchar en seguida. En el atrio de la iglesia habrás visto su mula y el guardapolvo.

Recuerdo que usaba una barba tan larga, que le llegaba más abajo de la cintura. Adoraba vestirse de cardenal (pequeña travesura equivalente, supongo yo, a la que algún sargento cometiese enfundándose en privado el uniforme de su coronel) ; aunque con todo y capelo y hábito púrpura, iba a hacer sus compras al mercado, regresando al convento hasta con media arroba de costilla adobada, coles y cebollas, además de su botella de comiteco que naturalmente era de contrabando. Y es porque siempre tenía media docena de pobres que diariamente compartían con él, la cena o el almuerzo. Aparte, pues, de aquellas pequeñeces, tenía un corazón de oro; socorría la miseria de su parroquia con generosidad magnánima. Ejercía la medicina empírica y curaba a sus feligreses, muchas veces con acierto sorprendente. Era, en fin, un santo con toda la barba.

Cuando la Chepita y yo entramos al templo, el padre Valenzuela estaba en el confesionario y como era bastante sordo, se oía perfectamente su vozarrón detrás de la cortinilla : —¡ Habla más fuerte ... ! ¿ Cuántas gallinas dices que te robaste?

Pasamos la Chepita y yo sin ser vistos por él, hasta el propio camarín de la Virgen de Candelaria.

¡ Qué portentosa irnagen! ¡ Toda vestida de plata! ¡De plata maciza primorosamente cincelada!

Esta antiquísima imagen, traída de España a mediados del siglo XVII, fue esculpida por el mismo imaginero que talló la Virgen del Rosario (del templo de Santo Domingo, en la ciudad capital). ¡ Con razón se parecen tanto!

Desde luego no tenía cuando vino al país, su rico manto de plata.

Fue este —según refiere la tradición— una especie de exvoto que el minero español don Pedro de Armengol, ofreció a la Virgen, siempre y cuando ella le concediera determinado porcentaje de plata en sus minerales de la cordillera. Fama es que la Virgen aumentó el porcentaje argentífero del plomo con tan espléndida largueza, que Armengol, pudo hacer. venir un orfebre de España, para que revistiera la imagen de pura plata cincelada.

Pero la codicia es la codicia y muy pronto el aturdido beneficiado, propuso a la Virgen otro trato :

"¿ Deme fu Merfé maf plata ; tanta plata que pueda yo rnandar la mitá a Efpaña y facelle a Vuefenfia con la otra mitá, todof lof ladrillof de fu templo en plata mafifa e del mefmo efpefor e tamaño que fuf ladrillof de barro". (¿ Se escribirá así el español antiguo ?)

La leyenda afirma que Armengol dio el propio día de su petitorio, con el más rico venero de plata virgen que hubiese visto en sus más bellos sueños. Lo que le permitió en muy poco tiempo, fletar varios galeones que cargados con el precioso metal, pusieron proa a España con la mayor diligencia posible.

"¿Qué —parece que se oyó decir al imprudente gallego— eftá penfando efta virgencilia, que le voy a dar mi dinero? ¡Baftante tiene ya con fu manto!"

—Señor —se acercó en ese instante a decirle uno de los capataces—: hay a la entrada de la mina una bellísima señora que desea hablar con usted.

—¿Una dama dices?; ¿en estos desfiladeros ?

 —Sí, señor; y lindísima. Vaya a verla usted. Y salió :

Sólo para ver en lontananza de irisados arreboles, la silueta luminosa de la Virgen, que se alejaba flotando en el espacio.

Al mismo tiempo retumbó el corazón de la montaña y una avalancha de millones y millones de toneladas

de roca, sepultó para siempre el túnel de la mina prodigiosa.

Tampoco los galeones llegaron a España. Quizá estén todavía, petrificados bajo la maraña de los corales, en algún sombrío abismo del Atlántico.

En cuanto a mí, la Virgen me hizo ese mismo día, el milagro solicitado. Me lo hizo en el acto; aunque, a decir verdad, solamente me lo hizo a medias :

Bajábamos ya la rampa que da acceso al camarín de la buena Virgen, cuando me sentí asido por detrás de la blusa y levantado en -vilo.

—¡Ajá! ¡ Miren quién está aquí! ¡ El propio Rafaelillo en persona!

—No, padre; Rafael es mi hermano.

—Pues tendré que bautizarte de nuevo ; me agrada que lleves el nombre de tu padre. ¿Qué has venido a hacer aquí?

—Vine a pedirle a la Virgen una bicicleta.

—¿Una bicicleta? La Virgen no tiene fábrica de bicicletas.

—Pero ella todo lo puede y si ese es su deseo, podrá darme una buena bicicleta.

—¡Eso está por verse! Lo más seguro es que esta clara mañana, vuelvas a casa montado en un burrito precioso. Lo tengo en el convento. ¡ Ven a verlo ! Te aseguro que es estupendo y desde luego es tuyo a partir de este momento.

Fue así como aquella hermosa mañana de rogaciones y merced al medio milagro que me hizo la buena Virgen, volvimos al pueblo la Chepita y yo, sentados sobre el lomo del más lento y mañoso de los pollinos.

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Dos años después de la epidemia de gripe que en'el espacio de 3 ó 4 meses asoló la mayor parte del departamento, don Eustaquio Herrera enfermó de gravedad y su familia tuvo que partir a la ciudad de Quezaltenango, donde se radicó definitivamente.

Perdí con ello a mi encantadora maestra, pero mi padre compró para Maruca y para mí, el piano de Chabelita. Lo trajeron a casa una tarde. ¡Cuánta emoción sentimos al ver cómo lo acondicionaban en la sala, seis o siete peones que apenas podían con su peso!

No nos atrevíamos siquiera a tocar sus dorados candelabros ni osábamos pasar un dedo por encima de su resplandeciente barniz de un negro de laca.

Con tímida emoción, me atreví a levantar la tapa superior del cordaje y Maruca y yo nos empinamos a ver lo que tenía adentro : !qué emocionante fue para nosotros, ver esas filas oblicuas y simétricas de martinetes recubiertos de blanca felpa; el cordaje de acero con el profuso sistema de clavijas empotrado en el arpa de hierro dorado, que en su parte más alta mostraba el escudo de bronce de los fabricantes : Rud Ibach Sohn, Dresden.

Desde el día siguiente, mi madre habló con don Eliseo, para que nos diera a Maruca y a mí, las primeras lecciones.

Siempre recordaré la tarde en que vino por primera vez a casa:

Más bien corto de estatura, impecablemente vestido, con un aire de bondadosa afabilidad en sus maneras y palabras, tenía el a primera vista, a los seres escogidos por el destino, para elevarse un poco más sobre el nivel común de los mortales. Su cabello corto que empezaba a encanecer en las sienes, distaba mucho de parecerse a esas melenas abundosas y desordenadas, que se supone deben ser distintivo peculiar de los artistas. Tenía una frente amplia y despejada, unos ojos vivos e inteligentes, una boca que aunque raramente sonreía, mostraba al hacerlo una dentadura sana y pareja de impecable blancura.

Cojeaba desde hacía muchos años, de la pierna derecha, por anquilosis de la rodilla y tal circunstancia tipificaba su marcha dando a su paso cierto aire pendular, aunque lejos de aminorar la simpatía que de él emanaba, parecía de tal modo unida a su personalidad, que pronto llegamos a verla, solamente como un rasgo o una característica suya, pero en ningún caso como un defecto.

Apenas entró a la sala en compañía de mi madre, nos abrió los brazos a Maruca y a mí y en ellos nos precipitamos los dos, llenos de confianza y simpatía.

Algo vio mi Madre en ese gesto, porque pretextando alguna ocupación, abandonó la estancia, enjugándose de prisa, alguna lágrima mal contenida. .

—Lo dejo con sus alumnos, don Elíseo —exclamó—; sírvase, por favor, sentirse en su propia casa.

No había transcurrido una semana y ya Maruca y yo, lo queríamos entrañablemente. Cierto es que en lo tocante a las lecciones, se mostraba siempre estricto y exigente ; pero tratábamos de aplicarnos lo más posible y aceptábamos con absoluta docilidad, los ejercicios a veces insistentes y largos que nos imponía.

Sin embargo, era ostensible que ya a la altura de aquellos años, el maestro distaba mucho de parecer un hombre venturoso.

Se habían ido aquellos buenos tiempos que don Simeón llamó felices.

Un halo de melancolía parecía envolverlo ; pero evidentemente yo no habría podido comprender entonces, la razón de aquella resignada pesadumbre que con tanta frecuencia parecía desconectarlo de las cosas del mundo.

Vine a saberla algunos años después y al mismo tiempo comprendí por qué existe una diferencia tan marcada y ostensible, entre sus primeras composiciones y las últimas.

Efectivamente, la producción musical del maestro, puede dividirse en dos partes claramente diferenciadas

Corresponde la primera, a sus creaciones iniciales ; aquellas que compuso inspirado en la alegría y el optimismo de sus años mozos (Album-leaf, Papillons en vol) ; a una época en que el sol de la esperanza estaba para él prácticamente en sus albores (primera versión de "Vals brillante").

La ilusión sin duda de un amor primero ("¡ Amame", "Besar no es pecado", "Labios sensuales", ¡"Te amo", "Corazón de mujer", "Felicidad").

La santidad del hogar después ("Luna de miel") ; y luego el nacimiento de sus 'primeros hijos, Efraín y Milita ("Nieve de leche", "Ternura", "Primera sonrisa").