domingo, 2 de enero de 2022

"ACUSO A MIS PADRES..."

 "Hijo mío.--El invierno ya no está aquí. Viene la Primavera. Siembra la Semilla que he depositado en tu mano---"

Palabra dada por una hermana en Iglesia Verbo- Domingo 20 de Enero de 2019

 

  BIBLIOTECA DE LIBROS CONDENSADOS

 TUS HIJOS PUEDEN SER GANADOS

 

Los siguientes relatos de la suerte de dos familias revela algunos contrastes conmovedores:

Max Jukes vivía en el Estado de Nueva York. No creía en la educación cristiana, y se casó con una muchacha de carácter semejante. Desde esta unión se han estudiado a 1026 descendientes y se ha encontrado que trescientos de ellos murieron prematuramente; cien fueron enviados a la penitenciaría por un promedio de trece años cada uno; ciento noventa de las mujeres fueron prostitutas; cien fueron borrachos y en total la familia ha costado al estado un millón doscientos mil dólares. Esta familia no ha hecho ninguna contribución a la sociedad.

Jonatán Edwards vivía en el mismo estado. Creía en la preparación cristiana y se casó con una muchacha del mismo carácter. Desde esta unión se han estudiado 719 descendientes y se ha encontrado que de esta familia han procedido 300 predicadores; 65 profesores universitarios, 13 presidentes de universidad, 60 autores de buenos libros, tres diputados al Congreso de los Estados Unidos, y un vicepresidente de los Estados Unidos; y fuera de Aarón Burr, nieto de Edwards, que se casó con una persona discutible, esta familia no ha costado ni un solo dólar al estado. La diferencia entre estas dos familias está en la preparación en la juventud y la conversión de corazón.

Un poeta dijo que hay niños que van por un camino alto mientras otros siguen el de abajo, y que la madre puede determinar el camino de su hijo.

La Biblia dice muy claro: "Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él" (Proverbios 22:6). ¿Cuál es tu responsabilidad? Instruirlo, y la promesa de Dios es que él lo guardará en el camino recto.

Un bien conocido hombre de negocios y escritor dice: "Hay ahora mil veces más tentaciones para nuestros hijos que las que tuvimos hace 25 años."

"Nuestros hijos pelean la mayor batalla de todos los tiempos ... La juventud está siendo explotada por fuerzas del mal por todos lados, y la delincuencia juvenil crece ... Crimen, comunismo, ateísmo, influencias inmorales y malvadas, todas operan constantemente, tratando de destrozar toda nuestra vida familiar."

¿Cuál es la causa de esta confusión moral? La respuesta es conmovedoramente sencilla: la delincuencia de los adultos. David D. Allen resume el problema en estas palabras:

Millones de almas perdidas se levantarán frente al Gran Trono Blanco y, al oír su condenación, histéricamente gritarán: "Acuso a mis padres."

Hay millares de padres que han dado a sus hijos todo, excepto a Dios. Los han provisto de nutritivos alimentos, de vestidos calientes y de educación liberal ... pero no del Salvador. Los han cubierto de dádivas y los han protegido de daños.., pero no les han proporcionado un altar familiar.

Les han leído de Dick Tracy y de Superman, pero no la Biblia. Los han llevado al cinematógrafo pero no a la escuela dominical. Han maldecido delante de sus hijos, pero nunca han orado. Así que millares de niños han vivido maldiciendo a sus padres por traerlos al mundo y criarlos sin Cristo.

La delincuencia juvenil no es sino el producto de la delincuencia de los adultos. El hijo no será mejor que su padre, ni la hija mejor que su madre. Un padre borracho sin Dios, sin Biblia, producirá un hijo igualmente indigno. Una madre callejera, fumadora y bebedora de cerveza, producirá una hija de vida disoluta y amante de plcaeres.

CÓMO GANAR A TU FAMILIA PARA CRISTO

POR NATANAEL OLSON

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES

NINA MARKOVNA

 LA ODISEA DE NINA

Por NINA MARKOVNA

Selecciones del Reader´s Digest

Febrero de 1994

 

OLOR A SANGRE

Nos FUIMOS a vivir a la casa de unos amigos, en el número 7 de la calle Karl Marx, y Slava y yo nos inscribimos en la escuela local. Maya, una chica de cabello color de ceniza que conocí el día en que llegamos, no fue sólo mi condiscípula, sino también mi compañera de pupitre. Era de origen judío y, como sus padres estaban divorciados, vivía con su madre y con su abuela. Pronto nos hicimos buenas amigas.

Slava, Maya y yo ingresamos por obligación en el grupo juvenil del Partido Comunista, los Pioneros. Llevábamos al cuello un pañuelo rojo de algodón, y estos trapos lacios y arrugados nos identificaban como exploradores del futuro. Después de clases pasábamos horas enteras en mítines políticos, y los lemas del partido —"¡Muera la individualidad! ¡Viva el colectivismo!"— siempre estaban en nuestros labios. En la escuela se nos ponía de ejemplo a un pionero; un muchacho sumamente escrupuloso. Se llamaba Pavlik Morozov y era un héroe para todos los niños de la Unión Soviética. No había cuento de hadas que conociéramos tan bien como su historia.

Durante la hambruna que sobrevino a raíz de la colectivización agraria, a principios del decenio de 1930, muchos agricultores se negaron a desprenderse de lo que les pertenecía. El padre de Pavlik fue uno de ellos. En vez de entregar todo al gobierno, comenzó a esconder sus papas para alimentar a su esposa, que estaba embarazada, y a su hijo. Cuando Pavlik se dio cuenta, acudió ante los representantes del partido, denunció a su padre e indicó dónde estaban ocultas las papas.

Al padre lo fusilaron como enemigo del pueblo soviético. Pavlik era un héroe para los funcionarios del partido, pero los aldeanos veían en él a un traidor. Una noche muy oscura, campesinos deseosos de tomar venganza lo mataron a palos.

Pavlik se convirtió en mártir del Estado soviético. En su honor se rebautizaron escuelas, calles, aldeas, y en Moscú se le erigió una estatua. Por mucho que me esforzaba, no podía entender cómo Pavlik Morozov había sido capaz de denunciar a su padre. Y sin embargo, en cierta ocasión, allá en Dulovo, casi había seguido su ejemplo.

Era la época en que nuestros gobernantes se declaraban antihitlerianos. Un día, mi maestra de lengua rusa nos instruía —éramos 40 los alumnos a su cargo— sobre las atrocidades del Führer alemán.

—Muchachos: ¡los alemanes se están muriendo de hambre! Ya ni siquiera recuerdan el sabor del azúcar. La Alemania nazi es tan mala como la vieja Rusia, donde sólo los zares y los parásitos de la nobleza podían comer azúcar.

Esa noche en casa, mientras chupaba despreocupadamente un trozo de azúcar, me acordé de pronto de lo que nos habían dicho en la escuela y exclamé:

—¡Mamá! De ahora en adelante te voy a dar parte de mi ración de azúcar.

Mamá, que despejaba la mesa, se conmovió. No era fácil conseguir azúcar y, además, era cara: el kilo costaba cinco rublos.

—¿Por qué quieres hacer eso, Nina? —preguntó.

Yo repetí puntualmente lo que la maestra nos había dicho. Mamá sonrió y movió la cabeza.

—¿Escaso el azúcar? ¡Pero qué tontería! —exclamó—. Abundaba tanto que me propuse comer menos para no engordar. Era muchísimo más barato en aquellos tiempos. ¡Vaya profesores!

Yo tenía sólo nueve años, y me quedé desconcertada, pues hasta entonces había confiado en mis padres tanto como en mis maestros. Dormí mal esa noche, y por la mañana decidí confrontar a la maestra para que se aclarara ese evidente malentendido. Levanté la mano en clase, y dije valerosamente:

—Usted nos contó ayer del azúcar en la Rusia de antes. ¿Se acuerda? Pues mi mamá se rió.

—¿Por qué?

Recordando la risa de mi madre cuando dijo que no quería "perder la línea", yo también solté una risita y proseguí con gran aplomo:

—Dijo que había tanto azúcar que temía comer más de la cuenta y engordar.

La maestra no rió conmigo. Ordenó a la clase leer un texto en absoluto silencio, y salió del salón durante unos minutos.

En esos minutos quedó sellado el destino de mi madre. Casi en el mismo instante en que la maestra regresó al aula, un agente de la NKVD se plantó frente al escritorio de mamá, en la fábrica donde ella trabajaba, y le ordenó en voz baja: "Na dopros" (al interrogatorio), dos palabras que hacían sudar frío a un ciudadano soviético. "Na dopros" fácilmente podía ser el primer paso en la marcha de la muerte hacia los campos de trabajos forzados.

Mi madre no regresó del trabajo a la hora de costumbre, las 5 de la tarde. Una de sus compañeras de oficina vino a casa e informó a mi padre que se la habían llevado. Pasaron horas de paralizante espera. Mamá volvió muy tarde, cuando ya Slava y yo estábamos acostados. La oímos hablar en voz baja con mi padre durante varios minutos. Terminó con estas palabras:

—¡Inocentes criaturas! ¡Son tan confiadas!

Con eso, corrió a mi cama y, tomándome la cara entre las manos, me besó ceremoniosa y solemnemente. Advertí algo raro en su rostro. Tenía la boca hinchada. Y ese olor penetrante y dulzón... a sangre. Aparté suavemente su rostro del mío para verla mejor. En lugar de la hilera de dientes blanquísimos que había visto apenas esa mañana, ahora se abría un espacio negro ante mis ojos.

—Mamá —musité—, ¿qué pasó con tus dientes? ¡Y te está sangrando la boca!

—No es nada, Nina —comenzó a decir, pero luego, ya sin fuerzas para aparentar valor, exclamó:

—¡Dopros! No les cuentes nada a tus maestros, pequeña. ¡Absolutamente nada!

Ni Slava ni yo volvimos a confiar en los profesores. Movidos por el instinto de conservación, nos volvimos reservados. No sentíamos indignación contra la maestra. Al fin y al cabo, su deber no era sólo enseñarnos a leer y escribir, sino moldearnos a imagen y semejanza de Pavlik Moroz

 LA ODISEA DE NINA

Por NINA MARKOVNA

Selecciones del Reader´s Digest

Febrero de 1994

 

TESOROS

A MI MADRE, debido a su glaucoma, se le permitió quedarse en el campamento trabajando en la cocina y limpiando los dormitorios. A Slava y a Boris Fiodorovich los enviaron a una fábrica donde se procesaban pieles de conejo para forrar uniformes, guantes, gorros y otras prendas. A Raisa Mijailovna, a Zenia y a mí nos enviaron a un edificio de ladrillo de dos pisos, una antigua planta textil convertida en depósito de ropa usada. Zenia y yo no cabíamos de asombro al ver aquellas enormes galerías repletas de miles y miles de prendas colgadas con pulcritud. Camisas, vestidos, blusas, chaquetas, las pieles más finas, los terciopelos más suaves. ¿De dónde habría venido esa ropa? ¿Quién la habría usado?, nos preguntábamos.

—¡Muchachas, basta de curiosear! ¡Ya cierren la boca!

Nuestra supervisora palmoteó varias veces para sacarnos de nuestro estupor.

—Soy Frau Emma, su supervisora principal. Ustedes son de Letonia..., bálticas —añadió.

Al parecer, por ser letonas, y no rusas, se nos asignarían tareas "preferentes". Repararíamos la ropa, según se fuera necesitando.

—Como ninguna sabe coser, las dejaré descoser algunas prendas, como esta falda. —Arrojó a Zenia una falda con varios agujeros—. Tira del hilo donde están las costuras y vuelve a doblar la tela con cuidado. Sacaremos una falda para niña o algo así.

A mí me arrojó una prenda de aspecto detestable para que la descosiera. A Raisa Mijailovna la pusieron a hacer dobladillos.

Semana tras semana, durante todo el día, me pasaba el tiempo con la cabeza inclinada, tirando del hilo de las costuras de la ropa usada. Seguía preguntándome de dónde vendrían todas esas prendas, hasta que un día una costurera polaca, quizá porque empezaba a confiar en nosotras después de tantas semanas de trabajar juntas, nos dijo al oído que los cargamentos nuevos venían de "Oswiecim", pueblo al que los alemanes llamaban Auschwitz. El nombre no significó nada para mí, pero la costurera polaca se llevó el dedo índice a los labios, como para ordenarnos que guardáramos silencio.

Me puse a trabajar en la costura lateral de un jubón bastante feo, rasgándola sin mucha prisa en dirección de la axila. Sentí que mis dedos tocaban algo que me pareció fuera de lo común. ¿Un mensaje? Iba a llamar a Frau Emma cuando entre mis dedos se abrió, en forma de abanico, un papel verdoso. Leí unas palabras escritas en caracteres latinos: THE UNITED STATES OF AMERICA (Estados Unidos de América), y de cada esquina parecía desprenderse el número 100. ¡Un billete de 100 dólares!

Seguí trabajando. Estaba tan emocionada que me sudaban las manos. De nuevo palpé algo grueso en la costura y apareció otro número 100. ¡Santo Dios! Para entonces, Raisa Mijailovna ya había notado la excitación de mi rostro, reveladora de que algo fuera de lo común ocurría de nuestro lado de la mesa. Zenia se inclinó y masculló sólo una palabra:"Klad" (tesoro). Raisa Mijailovna comprendió al instante de qué se trataba. Había rumores persistentes de que de cuando en cuando aparecían entre las costuras monedas de oro, relojes y alhajas. Quien había usado aquel jubón había tenido buenas razones para esconder su tesoro.

Al notar mi turbación, Raisa Mijailovna propuso en voz alta a las costureras:

—¡Muchachas! ¿Qué les parece si cantamos una canción para Frau Emma?

Mientras el coro entretenía a nuestra supervisora con una vehemente balada, seguí deshaciendo la costura. ¡Otro billete de 100 dólares! Luego, dos de diez y tres de cinco.

Mamá utilizó algunos dólares para sobornar al guardia y obtener información sobre mi padre. Aunque fuera para saber si estaba vivo... o aunque fuera para saber si estaba muerto. ¡Sólo para saber!

REC. DICIEMBRE AÑO 2018

 PREPAREMOS NUESTRO CAMINAR EN EL 2019

VIENE TU PRIMAVERA
Domingo 9 de Diciembre de 2018

 

 Profecia dada por una hermana en Iglesia Verbo Huehuetenango

"...VIENE TU PRIMAVERA, TUS RENUEVOS VERDES Y  VIGOROSOS, ...COMO LA AVECILLA CANTA EN EL BOSQUE-SE TE DEVOLVERÁ LO QUE EL ENEMIGO TE ROBÓ-YO TE SOSTENGO COMO ÁGUILA EN EL PEÑASCO, -

Domingo 9 de Diciembre de 2018

 

 : Preparad camino a Jehová Isa- 40.3

PREPARAD CAMINO.

Tú coronas el año con tus bienes Salmos.

AÑO 2018 31 DICIEMBRE-!GRACIAS!

 ORACIÓN DEL DIA 31 DE DICIEMBRE

¡GRACIAS! , SEÑOR POR EL AÑO DE 2018


Por el autor del blog 


Gracias te doy, Señor Rey del Universo, 

Rey de la Gloria y del Triunfo.

Señor de la Misericordia,

Amado Padre Celestial,

¡Gracias!, por todos tus favores,

por todos los milagros que has hecho para nosotros. 

El milagro de despertar cada día,

de contar con la salud en nuestro cuerpo,

de maravillarnos ante la tierna mirada de un perrito,

de ver las aves volar en el cielo; de las incomparables puestas de sol,

de saber que tú nos acompañas cada día del año.

El año que agoniza fue un año de duras pruebas,

de abundantes lágrimas en el alma,

pero todas ellas están puestas delante de Dios, Él sabrá como responder a ellas.

 

Hoy 31 de Diciembre de 2018, me levanto de mi lugar con las fuerzas que Dios me da,

Con las Fuerzas del Bufalo, de León Erguido, cómo águila Enhiesta. 

Con la energía y determinación de un gigante me ha provisto Dios.

¿A quién tengo en los Cielos? ¿!Sino  Solamente a Tí!

Y fuera de Tí, Nada deseo.

!Bendito sea el Señor¡

 

Unas personas confían en sus propias fuerzas, otras en sus cuentas bancarias, otras en sus dólares y diamantes, en sus banquetes ,en su fama, en su belleza.

 

Más nosotros confiaremos en le Nombre de Nuestro Dios,

 

Sol y Escudo es Jehová para sus Pequeñitos.

¿Gracías por el Calor que brindas a mi Alma.

¡Gracías Señor por tu Amor,

 

Por Abrazarme , aún cuándo yo no lo percibiera en esos momentos,

Nada tengo que cuestionar,Me humillo delante de tí,

 

¿Quién tiene la gracia de contar con un Dios cómo el Nuestro?

Bendecidle Vosotros sus Fieles y Amados.

OTTO SKORZENY- 1949 - EL HOMBRE MAS PELIGROSO DE EUROPA

 ¿Dónde está el hombre de la cicatriz en la cara que fue jefe audaz de los saboteadores de Hitler?

 EL HOMBRE MAS PELIGROSO DE EUROPA
Condensado de "Argosy"
Por Thomas M. Johnson
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST   
 Mayo de 1949

 UN GIGANTE de pelo castaño  cuyo rostro de agradables facciones cruzaba una cicatriz desde la oreja izquierda hasta la barbilla, entró a  grandes zancadas en el cuartel general norteamericano cerca de Salzburgo, Austria, el día 17 de mayo de 1945• Saludó con viveza llevándose la mano a la gorra airosamente terciada donde lucía la calavera que fue insignia de la Guardia Selecta de Hitler, y dijo:


—El teniente coronel de la SS, Otto Skorzeny, se entrega. La rendición de alemanes era cosa tan común y corriente para el soldado norteamericano que estaba de servicio como las raciones sintéticas. Indicó el camino con cansado movimiento del pulgar y repuso:

 —Está bien, Otto. Métete en la jaula.
El alemán le lanzó una mirada de indignación y luego giró sobre los talones. La luz cayó sobre su apretada hilera de medallas y sobre sus ojos fríos de un azul de hielo. Un oficial del cuerpo de información secreta, a quien su viejo uniforme hacía pasar inadvertido, miró fijamente la muñeca del alemán.
—El reloj de Mussolini—dijo por lo bajo al soldado—Este es Skorzeny, el agente secreto del enemigo que figura a la cabeza en la lista de los que tenemos que atrapar.
Los cazadores de espías del ejército estadounidense no habían tenido adversario tan temible como aquel osado aventurero y maquinador que medía un metro 90 centímetros de estatura
y pesaba l00 kilogramos. El había dirigido la más importante operación de sabotaje llevada a efecto contra las fuerzas norteamericanas, hábil triquiñuela en la cual nazis disfrazados con uniformes estadounidenses sembraron la confusión detrás de las líneas norteamericanas en la batalla de la Saliente del Mosa y obligaron al estado mayor del general Eisenhower, bajo amenaza de muerte, a tener virtualmente prisionero en su propio cuartel general durante diez días al enfurecido comandante en jefe de los Aliados.
Más de un año antes y con menos de 50 hombres había arrancado a Mussolini de manos de los 400 soldados italianos que lo guardaban en el pico de una montaña. Aquel rapto llevado a cabo por medio de planeadores y aviones pequeños permitió al Duce establecer nuevo gobierno en el norte de Italia y ayudó a prolongar la resistencia alemana. Mussolini regaló a su salvador un reloj de pulsera grabado; Hitler le concedió la Cruz de Caballero—y le encomendó otras misiones delicadas.
En octubre de 1944 el espionaje alemán había informado que el regente de Hungría, Nicolás Horthy, estaba a punto de romper su alianza con Hitler para unirse a Stalin. Skorzeny escaló los muros del castillo de Horthy para encontrarse con que el almirante se había escapado después de anunciar por radio la rendición de Hungría. Alguien reveló el escondite de Horthy y, mientras los rusos atronaban ante las puertas, Skorzeny se lo llevó a Munich y al cautiverio. En Yugoeslavia Skorzeny contribuyó a impedir que Miliallovitch y Tito se uniesen contra los alemanes.
Fue después del incidente de Horthy cuando Hitler encomendó a su favorito brazo derecho la misión cumbre de su historia. El Führer estaba planeando un último golpe frenético inspirado por la desesperación. Contra el débil frente norteamericano de los escarpados . Ardennes lanzaría sus últimas reservas estratégicas dirigidas por divisiones blindadas escogidas. Estas fuerzas avanzarían hacia el norte, cercarían la mitad de las tropas norteamericanas, canadienses y británicas en Europa, se apoderarían de sus enormes abastecimientos y de su único puerto bueno que era Amberes. Hitler esperaba que esta operación paralizaría a los Estados Unidos e Inglaterra bastante tiempo para que los alemanes produjesen suficientes bombas V, aeroplanos de chorro, y submarinos de nuevo tipo para ganar la guerra después de todo.
—Pero existe un obstáculo—confesó Hitler en secreto a unos pocos jefes— ¿Cómo nos arreglaremos para apoderarnos de los puentes sobre el Mosa por donde nuestros panzers puedan pasar?... ¡Ya sé cómo! ¡Tráiganme a Skorzeny!
En una de las salas destinadas a las conferencias secretas de guerra, y con el rostro contraído aún nerviosamente por la explosión de la bomba con que habían intentado matarlo en julio de aquel año, el Führer confió a Skorzeny su temeraria estratagema el día 22 de octubre. Skorzeny escogería entre todas las armas una tropa especial de dos mil valientes que supieran hablar inglés. Los hombres escogidos vestirían los uniformes de norteamericanos prisioneros o muertos y serían enviados tras las líneas norteamericanas para actuar como espías, saboteadores y agentes de desmoralización. Tenían que apoderarse de los puentes sobre el Mosa y retenerlos para que pudiese cruzarlos el grueso del ejército. Era necesario que Skorzeny lo tuviese todo listo en menos de dos meses.
El audaz gigante reunió a sus hombres en un lugar llamado Friedenthal (nombre irónico en aquella ocasión porque significa «valle de la paz») cerca de Oranienburgo y los familiarizó con las armas, el equipo, la disciplina, los grados y las costumbres del ejército norteamericano. «No sean' demasiado militares—ordenó—Nada de chocar los talones.» Les dio cajetillas de cigarrillos estadounidenses y les enseñó a abrirlas como las abren los norteamericanos. Aprendieron juramentos y caló norteamericanos. «¡Okay, Butch!» acabó por ser una especie de santo y seña. Les proporcionaron tarjetas de identificación, dinero norteamericano v hasta cartas y retratos de los Estados Unidos. La operación se denominó Greif que quiere decir grifo.
Pero fue imposible mantener absoluto secreto sobre ella. El cuerpo de información secreta del primer ejército norteamericano capturó una orden destinada a soldados de habla inglesa para que se presentasen a Skorzeny. Como la reputación de este sujeto era muy conocida, el coronel Benjamín A. Dickson informó el primero de diciembre que dicha orden «presagia evidentemente operaciones especiales de sabotaje, ataques a los cuarteles generales y a otras instalaciones vitales por especialistas infiltrados o paracaidistas.» El informe añadía: «Un prisionero de guerra en extremo inteligente y cuyas observaciones en otros asuntos coinciden exactamente con hechos probados, ha declarado que se .están reuniendo todos los elementos disponibles para una contraofensiva definitiva.»
Sin embargo, altos jefes de la información secreta Aliada tenían sus dudas. No se enviaron más tropas al frente dedos Ardennes. Y el día 16 de diciembre los nazis atacaron. Mientras que• 17 divisiones alemanas seguidas por otras 12 se lanzaban con formidable entrepito a una de las grandes batallas de la guerra , millares de cañones alemanes abrían camino a través de los Ardennes cubiertos de nieve. Entretanto los morteamericanos» de Skorzeny se lanzaban desenfrena.damente a la acción en «jeeps » capturados. Haciendo a otras unidades alemanas señales previamente convenidas, como levantar los cascos o encender y apagar  linternas de colores, se metieron een el convulso frente norteamericano o lo atravesaron, colocando marrcas en fajas  de aterrizaje y centros de pertrechos y reconociendo los caminos por    cuales trataban  de llegar a su destinolos refuerzos norteamericanos. Esta labor de sabotaje contribuyó a que la artillería alemana hiciera muchas bajas. Interceptaron caminos derribando árboles y cortaron las líneas telefónicas. Enmarañaron el tránsito cambiando los letreros de las carreteras y destruyeron camiones quitando las señales que marcaban los campos minados. Un Greifer disfrazado de policía militar norteamericano se apostó en un cruce y con un simple movimiento de pulgar hizo que todo un regimiento estadounidense tomase la ruta indebida.
Al principio pocos norteamericanos se dieron cuenta de que había entre ellos enemigos disfrazados haciendo tanto daño. Pero el 18 de diciembre en Aywaille, Bélgica, algunos policías militares dieron el alto a tres soldados que iban en un jeep y no sabían el santo y seña. Tenían documentos que los acreditaban como miembros de la quinta división blindada y contaron historias persuasivas, pero eran «demasiado corteses. » Por esta sola razón fueron entregados a los buenos oficios del teniente Frederick Wallach, ex juez alemán, fugitivo de Dachau y a la sazón dedicado con entusiasmo a interrogar a los nazis capturados por el primer ejército norteamericano. Siguió con los detenidos la estrategia de avergonzarlos por vestir uniformes que no eran del ejército alemán. Dio resultado. Los tres revelaron algunos detalles sobre la operación Greif.
«Su historia coincide con aquella orden que se capturó,» hizo observar Wallach a sus superiores. Pero muchos de ellos opinaron que el complot era «demasiado fantástico.» Muy pronto algunos oficiales de contraespionaje  encontraron una radio alemana y un libro de clave en un jeep recapturado y los radiotelefonistas estadounidenses  interceptaron informes trasmitidos  por grupos de jeeps sobre los daños causados al amparo de los uniformes norteamericanos.
Esto dio comienzo a una cacería de saboteadores. Policía militares y agentes de contraespionaje  con cara de pocos amigos ponían el cañón de sus armas al pecho de cuantos viajaban en jeeps o en otros vehículos cuyo norteamericanismo encontraban dudoso y les hacían una serie de  preguntas que solamente las gentes que han vivido en los Estados pueden contestar con exactitud. Algunos conductores asustados por las  preguntas se traicionaban intentando forzar la marcha o desviar por caminos que estaban cerrados.
El 19 de diciembre unos agentes de  contraespionaje encontraron a dos  presuntos oficiales norteamericanos  que observaban desde un jeep el desfile de refuerzos estadounidenses- Al ser interrogados mostraron placas de  identificación y certificados de vacuna; contaron, además minuciosamente sus  experiencias en el ejército.  Habían recibido la instrucción militar en el campamento de Hood.Casí satisfecho con las respuestas el agente volvió a preguntar.
—    ¿Han estado alguna vez en Texas?
—No—repuso uno de los alemanes  —Nunca.
—¡Manos arriba!—ordenó el agente te sacando la pistola—¡ El campamento de Hood está en Texas!
Luego en Lieja—uno de los pasos sobre el Mosa y por tanto uno de los objetivos especiales de Skorzeny—un grupo de jeeps preguntó audazmente por la zona de comunicaciones del cuartel general. Instantáneamente los hombres quedaron rodeados por policías militares bien armados. Se llamó a Wallach para que aplicase la técnica de «avergonzar» y un teniente rubio con barba de rastrojo empezó muy pronto a nombrar y describir a todos los oficiales de Skorzeny y a dar otros detalles: la brigada Panzer número 150, también a las órdenes de Skorzeny, y que iba en tanques norteamericanos capturados, trataría de hacerse pasar por fuerza blindada norteamericana en retirada y así apoderarse de los puentes sobre el Mosa.
Conducido al cuartel general del primer ejército para ampliar el interrogatorio, el teniente empezó diciendo que ya había contado cuanto sabía.
—Bueno—le contestaron—Ya se las entenderá usted con el comisario ruso.
Como la mayoría de los alemanes, el teniente tenía pavor a los rusos y cuando se \vio ante un gigante con uniforme del ejército rojo que vociferaba preguntas en alemán con extraño acento (como que era un norteamericano de Milwaukee) se puso pálido y confesó tímidamente: «Queremos apoderarnos de Eisenhower, también. Skorzeny y algunos más se presentarán, como oficiales norteamericanos que conducen a generales alemanes capturados, al cuartel general supremo de Versalles para interrogarlos. Una vez dentro, volverán las armas contra ustedes y Eisenhower será secuestrado o muerto por el mismo Skorzeny. »
La historia podía ser una patraña pero el Supremo Cuartel General, que sabía de lo que Skorzeny era capaz, tenía que jugar sobre seguro. El Hotel Trianon y otros edificios donde se aposentaba aquel organismo fueron cercados con alambradas, tanques y casi mil policías militares y soldados bien armados que examinaban pases en barreras de tránsito colocadas a buena distancia y recibían a los que se acercaban más, con gritos de quién vive y pistolas ametralladoras. Cinco agentes de contraespionaje se encargaron de que todos los visitantes del general Eisenhower fuesen identificados por un ayudante. El general se trasladó a una casa situada dentro del cerco y con guardia en puertas, ventanas y tejados. Estuvo varios días sin salir de la casa porque los agentes temían la acción de tiradores de largo alcance. El espíritu activo del general se rebeló y le hizo exclamar un día:
—¡Al infierno con tantas precauciones! ¡Voy a dar un paseo!
Pero se rindió a los ruegos de su estado mayor cuando le dijeron que si no permanecía dentro de la casa habría que emplear en «seguirle los pasos» un gran número de fuerzas que eran necesarias en otras partes.
Entretanto algunos de los 50 tanques norteamericanos en poder de la brigada panzer número. 150 habían
sorprendido en la Saliente del Mosa a un batallón blindado norteamericano, el cual dejaron reducido a la mitad. Cundió la alarma de que «nuestros propios tanques hacen fuego contra nosotros, » y se ordenó a la policía militar que informase de todos los movimientos de tanques que no estuvieran previamente indicados en el plan de operaciones. El movimiento de barcos en el Mosa quedó suspendido, se patrullaron ambas orillas y todo el que intentaba cruzar era detenido e interrogado. Por este procedimiento fueron capturados 54 alemanes disfrazados con uniformes aliados o vestidos con ropas civiles.
Difundiendo noticias de derrota, Greifers de la supuesta brigada panzer número 150 estuvieron a punto de llegar a la última línea de defensa en su avance hacia el Mosa. En Malmédy, Skorzeny encontró que la artillería norteamericana estaba preparada. Por consiguiente, en vez de atacar envió algunos hombres que se acercaron caminando y preguntaron a los artilleros cuántos cañones tenían y de qué tipo eran. Los artilleros atraparon a los impostores y los cañones se encargaron de dar la respuesta. Los tanques norteamericanos robados quedaron destrozados y del montón de ruinas fueron extraídos numerosos alemanes vivos y muertos, todos vestidos con uniformes norteamericanos.
El primer ejército empezó a juzgar a sus prisioneros de la operación Greif por un tribunal militar el 22 de diciembre. Sus diversas disculpas fueron condensadas en dos respuestas,
Un oficial: «Yo obedecía órdenes. Si me hubiesen mandado fusilar a mi madre lo hubiera hecho.»
Un soldado: «Por la patria cometemos hasta el acto más infame.»
Todos quedaron convictos de haber violado las leyes de la guerra al vestir el uniforme del enemigo detrás de sus líneas, engañar, espiar y cometer sabotaje. La sentencia de muerte se cumplió en Henri Chapelle, Bélgica, por un pelotón de fusilamiento.
Nadie sabe cuantos Greifers murieron en acción. Pero es sabido que unos 130 fueron ejecutados después del juicio. El contraespionaje del primer ejército perifoneó sus nombres por la radio Luxemburgo dando detalles de la operación Greif y describiendo a los oficiales no capturados aún, especialmente a Skorzeny. El fornido austriaco había presenciado la lucha tan de cerca que resultó herido por un casco de granada. Quedó al acecho de una oportunidad para proseguir con lo que restaba de su Panzer número 150 la misión de engaño y de muerte. La radiodifusión de la Luxemburgo fue la prueba final de que su oportunidad se había desvanecido. De mala gana Skorzeny ordenó a sus alicaídos subalternos que se quitasen los uniformes norteamericanos. La operación Greif estaba kaput.
SKORZENY desempeñó después el papel oculto pero importante de hacer que el avance aliado en Alemania fuese lento y costoso. Como jefe de sabotaje del servicio de información nazi dejó agentes secretos dondequieraque los alemanes estaban a punto de marcharse. Dichos agentes colocaban en alojamientos y cuarteles vacíos explosivos ingeniosamente disimulados. Algunos eran de materiales plásticos y podían sujetarse en rincones del suelo o del techo. Había trampas de sorpresa para colocar en pianos, en mapas arrollados o en asientos de retrete. Otros explosivos que semejaban piedras pequeñas, grava y hasta estiércol fueron echados en las carreteras y volaron camiones. Una de las últimas cosas que hizo Skorzeny fue diseñar y repartir las cápsulas de veneno con las cuales una porción de nazis importantes, entre ellos Góring y Himmler, se suicidaron.
Cuando Skorzeny se rindió a los norteamericanos dijo que nunca había tenido verdadera intención de matar a Eisenhower. Se trataba de una patraña que inventó para inflamar a sus hombres. Sabía que algunos de ellos serían capturados y contarían la historia, lo cual iba a aumentar la confusión. Dijo cortés pero firmemente:
— Si lo hubiese proyectado, lo habría intentado. Si lo hubiese intentado, habría tenido éxito.
Ante un tribunal de nueve oficiales en Dachau, los acusadores de Skorzeny retiraron algunos cargos,, entre ellos su participación en la famosa matanza de prisioneros norteamericanos en Malmédy. El audaz aventurero juró que muchos otros además de sus Greifers, incluso soldados británicos y rusos, habían vestido uniformes del enemigo; y que él había ordenado a sus hombres que utilizasen el uniforme para penetrar en las líneas enemigas pero que se lo quitasen antes de disparar un tiro. El 8 de Setiembre de 1947 el tribunal tras deliberar  solamente dos horas y media, declaró en libertad a Skorzeny y a siete de sus ayudantes.
Fui juzgado imparcialmente---dijo Skorzeny—y no sufrí malos tratos materiales aunque estuve 22 meses incomunicado. La única queja que tengo es que alguien «liberó» el reloj que me había regalado Mussolini.
Como oficial de la SS, Skorzeny hubo de someterse a un juicio de desnazificación. En la cárcel alemana recibió cartas de entusiastas de Norteamérica, y ofrecimientos de ayuda que al parecer eran consecuencia de las reseñas periodísticas de su absolución que suscitaron la compasión de algunos en aquel país.
La mañana del 25 de julio de 1948 los carceleros alemanes se encontraron con la sorpresa de que Skorzeny había desaparecido.

—Este hombre tiene muchos partidarios que están en libertad —dice su furioso acusador, el coronel Alfred J. Rosenfeld - Se cree que han formado una organización clandestina y esperan que Skorzeny los dirija. Es el hombre más peligroso de Europa.
El bien parecido gigante del pelo castaño y la cicatriz en la cara, que tan fácil es de reconocer,

sigue en libertad.

sábado, 1 de enero de 2022

EL PERRO FIEL- ENTREGA SU VIDA- CUENTO

 ¿Quién es el autor?

Años hace que los aficionados a, ani­males refieren este cuento de los montes de la región septentrional de los Estados Uni­dos; pero, aunque abundan quienes asegu­ren haberlo leído, nunca he tropezado con nadie que pudiera decirme dónde ni cuán­do se publicó. ¿Estará mejor informado alguno de los lectores de esta Revísta.

 

 Tragedia en la selva

 Por Rex Beach

Autor de «Flowing Gold », «Alaskan Adventures »,
«Personal Exposure »,
y otras obras

1942

 PEDRO DOBLEY era un joven trampero que vivía en los yermos de tierras  remotas, sin más com­pañía que Príncipe, su enorme perro de tiro, más lobo que can, de largo y tupido pelo gris. Todos los otoños salía del mon­te con su silencioso pero fiel servidor a proveerse de lo que los dos necesitaban para el invierno, y luego volvían a des­aparecer. En la primavera, regresaba con las pieles que había juntado durante la estación de caza.

Príncipe era compañero inseparable de su amo, en cuyas penalidades y peligros nunca dejaba de participar. En tanto que Pedro, a quien mucho quería, estu­viese a su lado, poco le importaba que durmiesen a  la intemperie, sin más luz que la de las estrellas ni más techo que el firmamento, o, la choza acogedora que les servía de albergue. Sus ojos amarillos miraban a su señor y amigo con un afecto reverente que poco distaba de la adora­ción. Este sentimiento tierno parecía ar­der de continuo suavemente en el cora­zón de Príncipe como una lámpara en un altar, y sólo cuando el peligro amenazaba a su dios, reaparecía el lobo feroz en el apacible perro. Entonces erizaba el pelo, mostraba los colmillos y le brillaban si­niestramente los ojos.

Hay perros en cuyo pecho no cabe más que un afecto; perros que no pueden querer sino a una persona; mas el corazón de Príncipe era tan amplio y generoso como su cuerpo era grande y fornido. Así, cuando Pedro se casó con Margarita, el noble animal la quiso a ella tanto como a él. La primavera siguiente, cuando lle­gó Pedrito y había tres personas que cuidar en vez de dos, Príncipe no sólo aceptó con gusto su trabajo y sus nuevas responsabilidades, sino que se mostró ju­biloso con la aparición del nene, a quien al punto cobró gran cariño, quizá por ver en él un objeto especial de su solici­tud.

Pero los dioses Inclemntes de los montes del Norte se pusieron celosos. Margarita, lejos de recobrar su salud y sus fuerzas, las fué perdiendo, y las primeras nieves del otoño cayeron sobre una sepultura recién abierta bajo los pinos solitarios, al lado de la cual velaban en silencio, un hombre acongojado y un perro gigantesco cabizbajo.

Pedro se dió sus trazas de hacer com­prender a Príncipe (aunque es probable que Príncipe Ya lo supiera) que en ade­lante éste no podría servir de centinela en las trampas ni participar en las emo­ciones de la caza; pues era necesario que cuidase del nene mientras el amo iba a buscar alimento para todos. Desde entonces cuando Pudro salía, Príncipe se asomaba a la ventana hasta verlo desapa­rerr , luego, lanzando un profundo sus­piro , se echaba al lado de Pedrito. Si el chiquillo despertaba o se desasosegaba, siempre encontraba una piel suave y ti­bia en que hundir las manezuelas o apo­yar la cabecita, y sentía las caricias que su fiel  guardián le hacía lamiéndolo afectuosamen te.

Un día sobrevino una fuerte ventisca cuando Pedro estaba lejos de la choza. En unos pocos minutos, la nieve cubrió el suelo con un manto que ocultó toda la vereda y aun los árboles que pudieran servir de señales. Brújula en mano, Pe­dro partió para la choza. Avanzaba lentamente, pues la marcha se hacía difícil sobre manera, y además, incierta; y al fin lo cogió la noche. Con alguna intraquilidad, pensó en Pedrito; mas estaba seguro de  Príncipe lo cuidaría bien y no dejaría que pasara frío.

El   huracán cesó al amanecer, y poco después Pedro salió tambaleando del monte al claro donde estaba la choza. Al oírlo llegar, Príncipe saltaba siempre a la ventana lleno de, júbilo a dar la bien­venida a su señor y amigo. Pero esta vez Pedro ni vió al perro en la ventana ni oyó ruido alguno. Con el corazón helado, se lanzó a saltos por la nieve, dando gri­tos roncos, como para llamar o interrogar al perro. Al lin llegó a la choza, empujó violentamente la puerta, que con sor­presa encontró a medio abrir, y entró con

precipitación, fuera de sí, enloquecido.

La camita del nene estaba desocupada. Las frazadas estaban teñidas de sangre y el suelo cubierto de manchas rojas. Mien­tras Pedro contemplaba la escena horro­rizado, Príncipe salió arrastrándose de debajo de la cama. Tenía el hocico en­sangrentado, y el pelo del pescuezo sal­picado de rojo. No miró a Pedro ni trató de acercársele, sino que permaneció tendido en el suelo, cabizbajo y con ojos vagarosos que parecían rehuir los del amo.

Con la rapidez del relámpago, Pedro formó en su imaginación un cuadro cabal de lo que había ocurrido. «Este bruto fué lobo,» se dijo a sí mismo, «v aún lo es. El hambre despertó en él los instintos feroces de sus progenitores.» Y lanzando un alarido de ira alzó en alto el hacha que llevaba  en la mano, y con toda su fuerza la descargó sobre la ancha cabeza del perro.

De repente oyó un lloriqueo que pare­cía salir de detrás del cadáver de Prín­cipe. Poniéndose en cuclillas, estiró el brazo tembloroso y sacó al nene de de­bajo de la cama. Pedrito tenía la ropa rasgada y cubierta de sangre, pero estaba perfectamente ileso. Desconcertado y casi loco, Pedro escudriñó con los ojos el resto del aposento, en que antes no se había fijado, y vió en un rincón oscuro un lobo muerto con el pescuezo desga­rrado y un jirón sangriento de la piel de Príncipe entre los dientes.

 

Cuando Adán transgredió la ley de Dios, todos los animales aborrecieron al hombre por su pecado, el perro fue el único que se quedo a su lado, dispuesto a dar hasta la vida por su amo.