LA ODISEA DE NINA
Por NINA MARKOVNA
Selecciones
del Reader´s Digest
Febrero
de 1994
OLOR A SANGRE
Nos FUIMOS a vivir a la casa de
unos amigos, en el número 7 de la calle Karl Marx, y Slava y yo nos inscribimos
en la escuela local. Maya, una chica de cabello color de ceniza que conocí el
día en que llegamos, no fue sólo mi condiscípula, sino también mi compañera de
pupitre. Era de origen judío y, como sus padres estaban divorciados, vivía con
su madre y con su abuela. Pronto nos hicimos buenas amigas.
Slava, Maya y yo ingresamos por
obligación en el grupo juvenil del Partido Comunista, los Pioneros. Llevábamos
al cuello un pañuelo rojo de algodón, y estos trapos lacios y arrugados nos
identificaban como exploradores del futuro. Después de clases pasábamos horas
enteras en mítines políticos, y los lemas del partido —"¡Muera la
individualidad! ¡Viva el colectivismo!"— siempre estaban en nuestros
labios. En la escuela se nos ponía de ejemplo a un pionero; un muchacho
sumamente escrupuloso. Se llamaba Pavlik Morozov y era un héroe para todos los
niños de la Unión Soviética. No había cuento de hadas que conociéramos tan bien
como su historia.
Durante la hambruna que sobrevino
a raíz de la colectivización agraria, a principios del decenio de 1930, muchos
agricultores se negaron a desprenderse de lo que les pertenecía. El padre de
Pavlik fue uno de ellos. En vez de entregar todo al
gobierno, comenzó a esconder sus papas para alimentar a su esposa, que estaba
embarazada, y a su hijo. Cuando Pavlik se dio cuenta, acudió ante los
representantes del partido, denunció a su padre e
indicó dónde estaban ocultas las papas.
Al padre lo fusilaron como
enemigo del pueblo soviético. Pavlik era un héroe para los funcionarios del
partido, pero los aldeanos veían en él a un traidor. Una noche muy oscura, campesinos deseosos de tomar venganza lo mataron
a palos.
Pavlik se convirtió en mártir del
Estado soviético. En su honor se rebautizaron escuelas,
calles, aldeas, y en Moscú se le erigió una estatua. Por mucho que me
esforzaba, no podía entender cómo Pavlik Morozov había sido capaz de denunciar
a su padre. Y sin embargo, en cierta ocasión, allá en Dulovo, casi
había seguido su ejemplo.
Era la época en que nuestros
gobernantes se declaraban antihitlerianos. Un día, mi maestra de lengua rusa
nos instruía —éramos 40 los alumnos a su cargo— sobre las atrocidades del Führer
alemán.
—Muchachos: ¡los alemanes se
están muriendo de hambre! Ya ni siquiera recuerdan el sabor del azúcar. La
Alemania nazi es tan mala como la vieja Rusia, donde sólo los zares y los
parásitos de la nobleza podían comer azúcar.
Esa noche en casa, mientras
chupaba despreocupadamente un trozo de azúcar, me acordé de pronto de lo que
nos habían dicho en la escuela y exclamé:
—¡Mamá! De ahora en adelante te
voy a dar parte de mi ración de azúcar.
Mamá, que despejaba la mesa, se
conmovió. No era fácil conseguir azúcar y, además, era cara: el kilo costaba
cinco rublos.
—¿Por qué quieres hacer eso,
Nina? —preguntó.
Yo repetí puntualmente lo que la
maestra nos había dicho. Mamá sonrió y movió la cabeza.
—¿Escaso
el azúcar? ¡Pero qué tontería! —exclamó—. Abundaba tanto que me propuse comer
menos para no engordar. Era muchísimo más barato en aquellos tiempos. ¡Vaya
profesores!
Yo tenía sólo nueve años, y me
quedé desconcertada, pues hasta entonces había confiado en mis padres tanto
como en mis maestros. Dormí mal esa noche, y por la mañana decidí confrontar a
la maestra para que se aclarara ese evidente malentendido. Levanté la mano en
clase, y dije valerosamente:
—Usted
nos contó ayer del azúcar en la Rusia de antes. ¿Se acuerda? Pues mi
mamá se rió.
—¿Por qué?
Recordando la risa de mi madre
cuando dijo que no quería "perder la línea", yo también solté una
risita y proseguí con gran aplomo:
—Dijo que había tanto azúcar que
temía comer más de la cuenta y engordar.
La maestra no rió
conmigo. Ordenó a la clase leer un texto en absoluto silencio, y salió del
salón durante unos minutos.
En esos minutos quedó sellado el
destino de mi madre. Casi en el mismo instante en que la maestra regresó al
aula, un agente de la NKVD se plantó frente al escritorio de mamá, en la
fábrica donde ella trabajaba, y le ordenó en voz baja: "Na dopros"
(al interrogatorio), dos palabras que hacían sudar frío a un ciudadano
soviético. "Na dopros" fácilmente podía ser el primer paso en la
marcha de la muerte hacia los campos de trabajos forzados.
Mi madre no regresó del trabajo a
la hora de costumbre, las 5 de la tarde. Una de sus compañeras de oficina vino
a casa e informó a mi padre que se la habían llevado. Pasaron horas de
paralizante espera. Mamá volvió muy tarde, cuando ya Slava y yo estábamos
acostados. La oímos hablar en voz baja con mi padre durante varios minutos.
Terminó con estas palabras:
—¡Inocentes criaturas!
¡Son tan confiadas!
Con eso, corrió a mi cama y,
tomándome la cara entre las manos, me besó ceremoniosa y solemnemente. Advertí
algo raro en su rostro. Tenía la boca hinchada. Y ese olor penetrante y
dulzón... a sangre. Aparté suavemente su rostro del mío para verla mejor. En lugar de la hilera de dientes blanquísimos que había
visto apenas esa mañana, ahora se abría un espacio negro ante mis ojos.
—Mamá —musité—, ¿qué pasó con tus dientes? ¡Y te está sangrando la boca!
—No es nada, Nina —comenzó a
decir, pero luego, ya sin fuerzas para aparentar valor, exclamó:
—¡Dopros! No les cuentes nada a tus maestros, pequeña. ¡Absolutamente
nada!
Ni Slava ni yo volvimos a confiar
en los profesores. Movidos por el instinto de conservación, nos volvimos reservados. No sentíamos
indignación contra la maestra. Al fin y al cabo, su deber no era sólo
enseñarnos a leer y escribir, sino moldearnos a
imagen y semejanza de Pavlik Moroz
LA
ODISEA DE NINA
Por NINA MARKOVNA
Selecciones
del Reader´s Digest
Febrero
de 1994
TESOROS
A MI MADRE, debido a su glaucoma,
se le permitió quedarse en el campamento trabajando en la cocina y limpiando
los dormitorios. A Slava y a Boris Fiodorovich los enviaron a una fábrica donde
se procesaban pieles de conejo para forrar uniformes, guantes, gorros y otras
prendas. A Raisa Mijailovna, a Zenia y a mí nos enviaron a un edificio de
ladrillo de dos pisos, una antigua planta textil convertida en depósito de ropa
usada. Zenia y yo no cabíamos de asombro al ver aquellas enormes galerías
repletas de miles y miles de prendas colgadas con pulcritud. Camisas, vestidos,
blusas, chaquetas, las pieles más finas, los terciopelos más suaves. ¿De dónde
habría venido esa ropa? ¿Quién la habría usado?, nos preguntábamos.
—¡Muchachas, basta de curiosear!
¡Ya cierren la boca!
Nuestra supervisora palmoteó
varias veces para sacarnos de nuestro estupor.
—Soy Frau Emma, su
supervisora principal. Ustedes son de Letonia..., bálticas —añadió.
Al parecer, por ser
letonas, y no
rusas, se nos asignarían tareas "preferentes". Repararíamos la ropa,
según se fuera necesitando.
—Como ninguna sabe coser, las
dejaré descoser algunas prendas, como esta falda. —Arrojó a Zenia una falda con
varios agujeros—. Tira del hilo donde están las costuras y vuelve a doblar la
tela con cuidado. Sacaremos una falda para niña o algo así.
A mí me arrojó una prenda de
aspecto detestable para que la descosiera. A Raisa Mijailovna la pusieron a
hacer dobladillos.
Semana tras semana, durante todo
el día, me pasaba el tiempo con la cabeza inclinada, tirando del hilo de las
costuras de la ropa usada. Seguía preguntándome de dónde vendrían todas esas
prendas, hasta que un día una costurera polaca, quizá porque empezaba a confiar
en nosotras después de tantas semanas de trabajar juntas, nos dijo al oído que
los cargamentos nuevos venían de "Oswiecim", pueblo al que los
alemanes llamaban Auschwitz. El nombre no significó nada para mí, pero la
costurera polaca se llevó el dedo índice a los labios, como para ordenarnos que
guardáramos silencio.
Me puse a trabajar en la costura
lateral de un jubón bastante feo, rasgándola sin mucha prisa en dirección de la
axila. Sentí que mis dedos tocaban algo que me pareció fuera de lo común. ¿Un
mensaje? Iba a llamar a Frau Emma cuando entre mis dedos se abrió, en
forma de abanico, un papel verdoso. Leí unas palabras escritas en caracteres
latinos: THE UNITED STATES OF AMERICA (Estados Unidos de América), y de cada esquina parecía desprenderse el número 100. ¡Un
billete de 100 dólares!
Seguí trabajando. Estaba tan
emocionada que me sudaban las manos. De nuevo palpé algo grueso en la costura y apareció otro número 100. ¡Santo Dios! Para
entonces, Raisa Mijailovna ya había notado la excitación de mi rostro,
reveladora de que algo fuera de lo común ocurría de nuestro lado de la mesa.
Zenia se inclinó y masculló sólo una palabra:"Klad" (tesoro). Raisa
Mijailovna comprendió al instante de qué se trataba. Había rumores persistentes
de que de cuando en cuando aparecían entre las
costuras monedas de oro, relojes y alhajas. Quien había usado aquel
jubón había tenido buenas razones para esconder su
tesoro.
Al notar mi turbación, Raisa
Mijailovna propuso en voz alta a las costureras:
—¡Muchachas! ¿Qué les parece si
cantamos una canción para Frau Emma?
Mientras el coro entretenía a
nuestra supervisora con una vehemente balada, seguí deshaciendo la costura. ¡Otro billete de 100 dólares! Luego, dos de diez y tres de cinco.
Mamá utilizó algunos dólares para
sobornar al guardia y obtener información sobre mi padre. Aunque fuera para
saber si estaba vivo... o aunque fuera para saber si estaba muerto. ¡Sólo para
saber!