lunes, 30 de junio de 2025

Y EL RUISEÑOR EMPEZÓ A CANTAR

 viernes, 30 de junio de 2017

Y EL RUISEÑOR EMPEZÓ A CANTAR

En reciente libro, The Iron Wolf and Other Stories ("El lobo de hierro y otros cuentos") , Richard Adams nos relata de nuevo esta encantadora fábula sobre el ruiseñor y el secreto de su canto de oro puro. "Una fábula es mejor cuando se dice en voz alta y espontáneamente", escribe Adams. Así pues, el escritor imagina una cálida tarde en la campiña y tina madre que le dice a su hijito: Y EL RUISEÑOR EMPEZÓ A CANTAR
POR RICHARD ADAMS
CUENTAN que hace muchísimo, poco después del nacimiento del mundo, todas las Aves se parecían unas a otras, exceplo en sus tamaños. Eran de un color pardusco por arriba y de tono blanco grisáceo, o como las piedras, por abajo; y tenían el pico de la misma forma: corto y recto.
Pues bien, un día, Dios recorría el mundo contemplando las maravillas que había hecho; de pronto se le ocurrió que el aspecto de las aves era un tanto monótono, y pensó en mejorarlas con un toque especial. Llamó entonces al arcángel Gabriel y le ordenó hacer los preparativos para que convocara cierto día a las aves a una reunión, porque las haría lucir diferentes y, en verdad, espléndidas.
Al llegar el día señalado se congregaron parvadas y más parvadas de pájaros: todas las aves del mundo. El
 
punto de reunión fue una gran montaña verde, y a Gabriel le costó mucho trabajo mantenerlas quietas mientras las contaba y ponía una señal en su lista para estar seguro de que no faltara ninguna. Lugo, la bromista
urraca le robó la lista, y cuando Gabriel la recuperó la halló enlodada y llena de borrones.
Por fin, el arcángel resolvió que todas habían acudido a la cita (si bien se equivocaba, como veremos),y fue a informarle al Señor que sus órdenes quedaban cumplidas.
Dios se presentó llevando un saco enorme lleno de diferentes picos, y su caja de pinturas. Los colores que venían en la caja eran autorrenovables y sempiternos; tan maravillosos y extraordinarios, que ni el mismo Creador sería capaz de hacerlos otra vez. Pidió cortésmente al grajo que guardara silencio y a continuación explicó a los pájaros que había decidido sería estupendo pintarlos; cada Uno, añadió, podría elegir sus propios colores y forma de pico. Las aves lanzaron gritos de gozo, llenas de emoción, y en seguida se sentaron o se echaron a volar de un lado a otro, mientras les llegaba el turno.
El primero de los seres alados en presentarse fue el papagayo, y se engalanó primorosamente. Nadie ha contemplado nunca nada tan bello desde entonces. El Señor y Gabriel contuvieron la risa, pero no podían menos que intercambiar una mirada cada vez que el papagayo pedía un poco más de rojo y luego un poco más de brillante azul. Cuando termínó de pintarrajearse, escogió un pico fuerte y ganchudo con el que podría cascar nueces y, satisfecho, voló de regreso a Sudamérica, más alegre que unas Pascuas y graznando de orgullo.
Después del papagayo llegó el mirlo, el cual todavía no se llamaba así. Había estado atento mientras aquel recibía sus colores y vio que las otras aves se burlaban, aunque disimulaban sus risas cubriéndose la cabeza con las alas. Por tanto, eligió un hermoso tono negro, sencillo y lustroso. Pero no pudo resistir el atractivo de un pico de vivo color amarillo que descubrió en el saco, y los pájaros convinieron en que hacía juego con el negro. Antes de partir, voló a posarse en la rama de un roble y lanzó al aire un hermoso canto de acción de gracias.
Una por una, las aves se fueron acercando a elegir sus colores, y el tordo se mantuvo erguido e inmóvil mientras le cubrían el pecho con manchas de color castaño; en cuanto al pavo real, ya te imaginarás cuántos remilgos tuvo antes de quedár satisfecho. Ni siquiera se paró a cantar de agradecimiento, pero el Señor Dios no se disgustó. Siguió pintando, porque amaba mucho y por igual a todos sus pájaros: a los pratíncolas y paros carboneros, aguzanieves, picoteras y golondrinas de pecho rojo. Encontró un pico enorme y, pensando que lo había hecho por error, ya se disponía a arrojarlo lejos de allí, cuando el pelícano le rogó: "Un momento, Señor, me parece que a mí me vendría muy bien". Y así ha sido, porque esta ave marina lo ha conservado hasta la fecha.
Era un hermoso día de verano, idéntico al de hoy, y ni los colibríes sentían frío. Por fin, al caer la noche, Dios observó que ya sólo quedaban unos cuantos pájaros, y les dijo que los dejaba en libertad para usar la pintura restante, pues había hecho la mezcla especialmente aquella mañana, y no se conservaría. Así pues, el martín pescador, el jilguero, el carpintero, la abubilla y la oropéndola, así como una o dos avecillas más, le tomaron la palabra, y se hicieron cubrir de tonos azules, verdes, rosas y amarillos esplendorosos.
Todas y cada una de las aves ya se habían hecho presentes y partido; se habían agotado los picos y también los maravillosos colores. Dios y el arcángel Gabriel descendieron juntos de la montaña, muy cansados, sin duda, pero muy contentos de su labor cumplida en esa larga jornada.
"Con esto el mundo ha mejorado muchísimo, Señor", comentó el arcángel al llegar ambos al pie de la montaña.
En aquel momento, Dios y Gabriel oyeron un batir de alas y cierto alboroto en el bosque. Algo se aproximaba por entre las malezas, y con gran prisa, pues las frondas se agitaban y se oía un crujir de ramas; sin embargo, no alcanzaban a ver nada. Los dos se detuvieron a averiguar qué era aquello, pero ya casi anochecía y no distinguían gran cosa. Dios se volvía para reanudar su marcha cuando, de repente, un pajarillo castaño y gris salió aleteando de entre los espinos "¡Señor! ¡Señor!"; chilló. Era el ruiseñor. Dios extendió el brazo; el ave llegó y se posó en la muñeca del Creador.
—Me dijeron ... digo, el mirlo me acaba de comunicar que habías invitado ... sí, que nos habías invitado para hacernos pintar —explicó, jadeante—. Me dijo que debí enterarme antes, pero vivo entre lo más espeso del bosque y nadie se acordó de ir a informarme. Me di prisa en acudir aquí en cuanto lo supe. Espero no haber llegado demasiada tarde, ¿eh, Señor?
Dios echó una mirada a su maravillosa caja de pinturas y vio que estaba vacía. No quedaba ningún color: se habían terminado. También la avecilla miró en la caja y, al advertir que ya no contenía nada, no pudo reprimir un gemido de amargo desencanto. Segura de que la culpa era suya, se disponía a remontar el vuelo, cuando el Señor buscó entre los pinceles, a un lado de la caja. En la punta de uno de ellos quedaba una reluciente manchita de oro.
—Vuelve aquí. Pósate un momento en mi dedo —indicó Dios al ruiseñor—. Quédate quieto y abre el pico. '
El pajarito color castaño obedeció; el Señor tomó el pincel y tocó suavemente la lengua de la avecilla con la punta de oro. Este le trajo un gusto áspero y ardiente, y el ruiseñor emprendió raudo vuelo por los matorrales. Y a poco, de súbito, se puso a cantar. Nadie había oído cantar a un pájaro de aquel modo. El campesino que pasaba por ahí, cónduciendo a sus vacas a la alquería para ordeñarlas, se detuvo al momento, alelado. En la montaña, el pastor que cuidaba de sus ovejas se olvidó de ellas y clavó la mirada en la luz crepuscular, maravillado, mientras su esposa, que arropaba a su hijito en la cama, fue hasta la ventana y aguzó el oído, como si escuchara el canto de un ángel.
Dios y el arcángel Gabriel lo escucharon también un largo rato; y luego se encaminaron a casa. No tuvieron que preguntarle al ruiseñor si era feliz. Hacía una noche apacible y, a más de un kilómetro de distancia, seguían escuchando aquel canto.

CONDENSADO DE THE IRON WOLF AND OTHER STORIES 1980 POR RICHARD ADAMS
Selecciones del Reader´s Digest Mayo 1983

LOS ULTIMOS JUDIOS DE BERLIN

 lunes, 3 de abril de 2017

LOS ULTIMOS JUDIOS DE BERLIN- RUTH Y WILHELM

LOS ULTIMOS JUDIOS DE  BERLIN
Por Leonard Gross
Selecciones del Readers Digest 
Enero 1983
Entre los muchos judíos sin hogar que vagaban por las calles berlinesas había uno llamado Wilhelm Glaser. Hombre de modestas pretensiones, solía decir: "No soy ninguna notabilidad". Había perdido su negocio de telas a principios de la guerra, e hizo trabajos forzados algún tiempo. Dos veces lo habían detenido por ser judío, y en esas dos ocasiones logró audaces evasiones. Durante meses había cambiado del domicilio de un conocido a otro, hasta que agotó sus posibilidades, pero lo que más le dolía era ya no poder asistir a la ópera ni al teatro, pues la música y el drama eran sus pasiones.
En la primavera de 1944, lo.máximo que Wilhelm Glaser podía decir de su existencia era que aún estaba vivo. Hacía meses que dormía en los bosques; su ropa estaba convertida en harapos; las suelas de sus zapatos estaban tan desgastadas, y sus calcetines tan llenos de agujeros, que tocaba el pavimento con la planta de los pies. Había bajado veintitrés kilos.
Wilhelm cambiaba de continuo de paradero, consciente de que, si vagabundeaba, atraería la atención de la gente. Por las mañanas veía a los berlineses camino al trabajo; al anochecer los observaba volver a casa. Envidiaba al público que se apiñaba ante el teatro de la ópera. Dos veces se arriesgó a ir al teatro —ujieres comprensivos le permitieron pasar—, mas en asistir a la ópera no podía pensar siquiera, por el lastimoso estado de sus ropas.
Lo más parecido a un hogar, para Wilhelm, era cierta banca en el rincón de un parque, en el distrito de Pankow, conocido como la Kissingen Platz. Estaba prohibido a los judíos sentarse en las bancas de los
parques, pero él seguía haciéndolo, y también seguía lavándose y afeitándose en los baños públicos,
Un día, al acercarse a su banca se encontró, consternado, con que allí estaba sentada una joven, cosiendo uniformes. Para soslayar cualquier riesgo, siguió de largo.
Pero al día siguiente, cuando volvió al parque, de nuevo estaba allí aquella mujer, quien le sonrió. Esta vez, el andrajoso se sentó.
—Buenos días —lo saludó la desconocida.
Wilhelm musitó algo ininteligible.
—¿Por qué no está trabajando? —Estoy en el turno de noche —improvisó Wilhelm.
Al día siguiente, la mujer, a la que Wilhelm calculó entre treinta y cuarenta años, o sea diez menos que la edad de él, dijo llamarse Ruth Gomma. Él inclinó la cabeza, pero no dió su'nombre.
En adelante, cada vez que llegaba a la banca, allí estaba Ruth, con la que charlaba de cosas intrascendentes. Un día, las preguntas de Ruth tomaron otro cariz. Le pareció que intentaba averiguar sí él era un hombre culto. Evadió sus preguntas, sin revelarle nada de su persona, pues no quería que aquella mujer tuviese ninguna clave, por si acaso la sometían a interrogatorio.
Ruth preguntó a Wilhelm si le gustaba el teatro, y por primera vez en varios años se abrió una rendija en el muro de miseria que había cercado a aquel amante de las artes. Por espacio de una hora hablaron de sus obras  y autores predilectos. Al terminar se sonreían uno al otro. Luego,obedeciendo a un inpulso, su amiga le preguntó si le agradaría ir a casa de ella comer algo, Aunque hambriento, el fugitivo rehusó, temeroso de de que aquella generosidad le acarreara dificultades a Ruth.
En la siguiente entrevista ella volvió a invitarlo, e insistió varios días sucesivos. Había empezado a  sospechar que Wilhelm era un fugitivo. Le confió que su padre, ya difunto, había sido judío, y su  madre, cristiana. Por último, Wilhelm aceptó la reiterada invitación. Le sirvió una cena muy frugal, pero él estuvo a punto de llorar dee gratitud. Entonces ella le preguntó su nombre. Wilhelm ni siquiera entonces accedió.
Wilhelm se convirtió en visltante asiduo de Ruth Gomma. Una y otra vez ella le pidió que le revelara su nombre. Y él se negaba con firmeza. Un día, citó este pasaje de Lohengrin: "Nunca deberás pregun tarme ... a dónde me condujo mi jornada, ni cuál es mi nombre".
Ruth rió y exclamó:
—¡Ya sé!: te llamaré "Lo''.
Habían trascurrido cuatro mese desde su primera conversación. El ese lapso  la rendija inicial se ensanchó mucho. Por inverosímil que pareciera , Ruth hubo de reconocer que se estaba enamorando, y que "Lo" correspondía a su amor.
________ AL VER Wilhelm Glaser por primera vez a un soldado ruso en la calle, tuvo la confirmación de que la guerra había terminado. 'Aquí y allá, enclaves de resistencia continuaban la lucha, pero Wilhelm no permitió que eso lo detuviera,Recorrió de unextremoa otro la ciudad dad en ruinas, seguro de que, si Dios lo había guindo hasta allí , no lo abandonaría en ese momento. . Cuanto más se acercaba  a la casa de Ruth Gomma  más apresuraba el paso, y al llegar a su manzana no andaba: corría. Subió a toda carrera las escaleras e irrumpió sin molestarse en tocar. 'Tomó entre sus brazos a la sorprendida mujer y le comunicó a voz en cuello: "Los rusos están aquí! ¡Termino la  guerra! ¡Me llamo Wilhelm Glaser!"
 ___________EpílogoTODAVIA hoy se discute sobre exactamente cuántos judíos "clanlestinos" quedaban vivos en Berlín
al terminar la guerra. Los cálculos oscilan desde 1,400 y casi 6,000.
Poco después del fin de la guerra, Wilhelm Glaser y Ruth Gomma se casaron, así como Hans Hirschel y la condesa Maria von Maltzan. Hirschel falleció en 1974. Todos los demás personajes de este relato seguían vivos en 1982, y residían en Berlín. Fritz Croner ha prosperado en su actividad de joyero. Ruth Thomas se ha dedicado a una amplia gama de intereses desde la guerra: incluso la música, y restauración y copia de vestidos tradicionales. Wilhelm Glaser está jubilado, tras muchos años al servicio del Estado. Marushka sigue consagrada a la medicina veterinaria, en su consultorio de un edificio de apartamentos, no lejos del lugar en que ella y Hans se enfrentaron a la tiranía nazi y triunfaron.

MAMÁ ESTÁ EN CASA PARA SIEMPRE-CONMOVEDORA HISTORIA

 lunes, 6 de marzo de 2017

MAMÁ ESTÁ EN CASA- Principio y final

               MAMÁ ESTÁ EN CASA
El "¿Donde está mamá?"es un estribillo que padres e hijos reconocen al instante. Aquí mientras la pregunta llega como un eco a través de los años, damos al lector conmovedora respuesta de un hijo cuya madre vivirá siempre en su memoría y en su corazón.
Por James Mc Cracken
Selecciones del Reader´s Digest
Agosto de 1980

UNA LLAMADA telefónica a medianoche. . Mi mente emergió poco a poco de los abismos del sueño. Ansiaba volver a ellos, pero el teléfono seguía sonando machaconamente.
—James —dijo la voz en la oscuridad de la noche y desde muy lejos. Mamá se ha ido.
¿Mamá se ha ido? ¿A dónde? Recuerdo instantáneo. Vuelven a mi memoria escenas de la infancia, cuando retornaba a casa de la escuela, de jugar, de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Lo más probable es que irrumpiera por la puerta principal. No importaba quién estuviera allí, la primera pregunta siempre era:
—¿Dónde está mama?
Algunas veces respondían:

—Salió. 
Al pueblo, de compras; a la iglesia para ayudar a preparar la cena para un grupo de damas; a visitar a la señora McBride, que estaba enferma.
Sin embargo, esto no ocurría a mentido.
Porque mamá siempre estaba allí.
Pero ahora ha muerto. Lo habíamos visto venir desde hacía mucho tiempo. Después de todo, tenía 96 años. Cuatro de los últimos los había pasado en cama o en silla de ruedas en una residencia para ancianos. Pero no era propio de ella partir sin despedirse de todos. "James, dale saludos a Betty. No trabajes demasiado". Antaño hubiera dicho: "Ahora tengo que despedirme. Ya es tarde. Si me demoro, enciende el horno, pon las papas a cocer y da de comer al perro". Siempre hacía estas recomendaciones. Mas esta vez se había escabullido. Ni una palabra a sus hijos, ni una palmadita, ni un beso de despedida.
Y, ¿dónde se encuentra ahora? Bueno, si alguien está enfermo en el cielo (¡pero eso es imposible!), allí la verán, sentada junto a la cama estrechando una mano o refrescando la frente febril con un paño húmedo. O si a alguien le duele la soledad, mamá habrá ido a hacerle compañía. O tal vez esté hablándole al Señor de su maravilloso mando y de sus -eis hermosos hijos.
__¿James¿
Volví a la realidad.
—Sí, sí Martha.
Mi hermana Vive en lo que fue nuestro hogar.
—¿Cuándo vendrás?
—Hoy, por supuesto. Como hay más de 500 millas (800 kilómetros) de Connecticut a Sewickley (en el estado norteamericano de Pensilvania), llegaremos algo tarde. .
La llamada concluyó. El silencio. podía palparse. Del reloj eléctrico que estaba junto a mí salía un zumbido leve que nunca había notado. Los latidos de mi corazón me llegaban hasta los oídos.Ñada más. Mi madre había muerto y el mundo dormía. Encendí una lámpara y eché un vistazo al reloj. Eran las 3:40 de la madrugada. Miré a mi mujer. Tenía los ojos abiertos.
—¿Tu madre? —insinuó con voz queda.
—Sí.
Nos levantamos. Mi esposa me abrazó, me besó, y murmuró algo suave a mi oído.
—Si no te importa —dije—, me agradaría ir en automóvil. En adelante no vamos a volver muy a menudo. Me gustaría ver los montes Alleghanys otra vez, y recorrer la autopista de Pensilvania.
Ella asintió con la cabeza. Por alguna razón, siempre comprendía.
No tenía objeto que nos volviéramos a acostar. Hablamos de mi madre, de mi padre, muerto unos años antes. De una familia de ocho personas, quedaban cuatro: Jean, Herbert, Martha y yo. Nos separaban grandes distancias y rara vez nos veíamos. Esta iba a ser una reunión de familia.
Cerramos la casa y partimos.
Por fin en casa
EL DÍA de Año Nuevo la Asociación Cristiana de Jóvenes estaba abierta para todos y se realizaban partidos de baloncesto y carreras de natación. Cuando era niño practicaba la natación y, la verdad sea dicha, no lo hacía mal. En otras palabras, podía mantenerme a flote, agitar los brazos, golpear el agua con las piernas e ir de un extremo al otro de la piscina. La Asociación organizaba pruebas para nadadores de todas las edades y tamaños. Sabía que podía ganar la mía, la de los "enanitos" de ocho. años.
El 31 de diciembre me acosté temprano para descansar. Sin embargo, en vez de hacerlo, convertí el lecho en montículos y olas para practicar las brazadas. Al día siguiente hubo partidos de baloncesto, exhibiciones de gimnasia, bizcochos y ponche.
Por fin llegaron las pruebas de natación. El público se aglomeró a ambos lados de la piscina. El calor y la humedad eran abrumadores. Nuestra carrera fue la primera. Nos pusimos en posición, tres niños a cada lado del trampolín. Mi madre me saludaba con la mano Y sonreía.
"¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Fuera!", anunciaron.
Me zambullí, v a los tres metros yo iba adelante. Seguía a la cabeza a los diez. Pero en ese momentotragué agua. Comencé a toser. Tragué más agua y por el rabo del ojo vi cómo me rebasaban mis cinco adversarios. En los seis metros finales llegué no sólo hasta el fondo de la piscina, sino hasta el de mi alma. ¡Había perdido! ¡Había llegado el último!
Volví a casa. La encontré vacía, silenciosa; sólo se oían mis sollozos y resuellos.
Se abrió la puerta del frente. Mamá se detuvo en el vano de la puerta y me dijo:
—Estoy muy orgullosa de ti. ¡Orgullosa de mí! No había visto mi derrota ante unos niños que apenas podían nadar.
—Estoy orgullosa de ti porque terminaste la carrera. Te sobraban motivos para claudicar, pero no lo hiciste. Terminaste la carrera.
Su amor reanimaba cuerpos magullados y espíritus ofuscados. Tenía una luz interior que no se extinguía, cualesquiera que fuesen las tribulaciones o los afanes. Madre, madre, nunca nos abandonaste. Salvo en las tormentas de truenos. Cuando los chubascos rodaban valle abajo y los relámpagos estallaban, sabíamos dónde encontrar a mamá: en el rincón más oscuro de la casa.
Si no estaba allí, mirábamos tras el toallero giratorio de la cocina. La toalla no la cubría por completo, pero ese era su refugio privado. Como el pollito corre a cobijarse bajo las alas de la gallina, mi madre corría hacia el toallero.
Cuando la tormenta amainaba, salía de allí y se sentaba unos instantes. Entonces recobraba la energía. ¡Fuerza! Tenía cosas que hacer. Se levantaba de la silla, indemne, impávida, lista para reanudar su actividad. Había pasado el momento de debilidad.
Quedaban a nuestras espaldas muchos kilómetros. El día llegaba a su fin y el Sol palidecía tras el parabrisas. Las poblaciones pasaban volando. Yo no quería que se fueran. ¡Había en ellas tantas remembranzas! Los buenos tiempos y los buenos amigos de esas poblaciones.
Por último, Sewickley. El hogar. La jornada había terminado. Betty y yo estábamos fatigados. Reduje la velocidad cuando entramos en la calle Beaver. Nos esperaba mucha actividad. La gente, las condolencias... Pronto íbamos a llegar y saludaríamos, diríamos cosas apropiadas, encontraríamos a viejos conocidos y vendrían las reminiscencias. "Recuerdo una vez, cuando tuve un fuerte resfrío", suspiraría alguien, "y tu madre vino y .. ."
Algunas de las casas que conocí cuando muchacho estaban todavía allí. Reduje aun más la velocidad pues nadie me seguía. Allí, junto a donde ahora se alza una gasolinera, aguardaba nuestro hogar. Puedo ver todavía los viejos ladrillos, cubiertos por varias capas de pintura entre blanca y amarilla. 
Un chiquillo llega corriendo y sube al porche de dos en dos escalones. Abre la puerta de un empujón y se detiene en el vestíbulo.
—Mamá, mamá llama con voz aguda. ¿Dónde está mamá?
Siento una voz en esa casa y en mi corazón. Me llama desde el fondo de los años:
Mamá está aquí, hijo. Mamá está en casa ... para siempre.

AS DE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

 sábado, 28 de enero de 2017

LAS SIETE VIDAS DE EDDIE RICKENBACKER -AS DE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

 REGALO DEL CIELO
EDDIE RICKENBACKER

SIEMPRE he estado plenamente consciente de la existencia de un Gran Poder superior. Aprendí a orar en las rodillas de mi madre, y nunca me acuesto de noche sin antes arrodillarme a dar gracias. Pero la religión había sido siempre para mí cuestión reservada, personal, y no había practicado desde la niñez ninguna forma exterior del culto. Ahora, por primera vez en tantos años, comprendí que debía compartir mi fe con otros, y ayudarles a encontrar la fortaleza a través de Dios.
Les insinué que arrimáramos las balsas y orásemos juntos. Bartek llevaba consigo un librito con el Nuevo Testamento; leyó de él un pasaje y pasó el libro. Cada cual fue hojeándolo hasta encontrar algo adecuado a la situación. El Salmo 23, que estaba citado en el texto, era particularmente adecuado. Bajo el sol ardiente del Pacífico sin límites, encontré nueva belleza en sus palabras familiares.
Realizábamos aquellas reuniones dos veces al día, y cada sesión concluía con una oración que alguno de nosotros recitaba. Las palabras eran a veces vacilantes, la gramática imperfecta, pero los sentimientos
siempre sinceros. Después cantabamos himnos. No conocíamos bien la letra de todos, pero lo hacíamos lo mejor que podíamos.
Entre nosotros había algunos cínicos y descreídos; pero después del octavo día cambiaron. Porque ese día nos ocurrió un pequeño milagro.
Cherry leyó los servicios esa tarde y terminamos las oraciones con un himno de alabanza. Hubo alguna conversación pero por el calor opresivo se fue apagando.  Con el sombrero calado hasta las orejas, trataba de guarecerme del resplandor. Me había adormecido sin darme cuenta .
Algo se me  paró en la cabeza. Supe que era una gaviota; no tenía manera de saberlo, pero lo sabia con toda certeza.
Todos la habían  habían visto, pero permanecieron inmóviles y absolutamente callados. Mirando bajo el ala del sombrero, pude ver las expresiones de sus caras. No quitaban la vista del ave. Debía ser nuestro sustento.
Milímetro a milímetro comencé a mover la mano hacia el sombrero, lenta,lentamente.  Sentía temblar todo mi cuerpo, pero tal vez sólo me lo imaginaba porque el pájaro permanecía allí. Ya llevaba la mano a la altura del ala del sombrero. Fue muy grande la tentación de lanzar un manotazo repentino, pero no podíaarriesgarme.  no sabía en que punto preciso se hallaba posada la gaviota.  Subí poco a poro la mano abierta hasta donde calculaba que debía de estar. luego cerré los dedos y la spatas me quedaron apresadas en la mano.
La operación de retorcerle  cl pescuezo duró aproximadamente un segundo, y la de desplumada otro tanto. La cortamos dcspués en ocho partes iguales. La carne cruda era oscura, musculosa, dura, con cierto sabor a pescado . . . pero deliciosa. La masticamos lentamente, con huesos y todo.
Eso fue tan solo el primer plato. Reservé los intestinos para usarlos de carnada. Cherry, para que pesara más el sedal, le puso una sortija, y echó el anzuelo sobre la borda. Inmediatamente picaron la carnada. Era una macarela de unos 30 centímetros de largo. Yo eché el mío y cobré un robalo pequeño. Después puse manos a la obra de repartir la macarela. También estuvo deliciosa, mucho más que la gaviota, y pareció aplacarnos la sed además del hambre.
Para nuestros estómagos encogidos, tal cena de dos platos fue un banquete opíparo:/Nos levantó el ánimo. Hasta los más enfermos, Alex y Hans, comieron su porción, y al parecer les sentó muy bien. Todo a causa de una pequeña gaviota a centenares de kilómetros de tierra. Y no hubo ninguno de nosotros que no estuviese consciente de que
el pájaro apareció inmediatamente después de terminar nuestras oraciones.
Para algunos pudo ser mera coincidencia. Para mí, fue un regalo del cielo.
 
 

ALBERT SCHWEITZER, MEDICO DE SALVAJES MODERNO APÓSTOL DE LOS NEGROS

 domingo, 12 de noviembre de 2017

ALBERT SCHWEITZER, MODERNO APÓSTOL DE LOS NEGROS

ALBERT SCHWEITZER, MEDICO DE SALVAJES
MODERNO APÓSTOL DE LOS NEGROS  
Gesta de caridad de un gran protestante contada por un católico
Por el Reverendo John A. O´brien
Decano del a Facultad de Filosofía  de la Universidad de Notre Dame
SELECCIONES DELREADER'S DIGEST
 Junio de 1946
QUUIEN QUIERA CONTARSE entre los Locos de Dios debe dejar a un lado todas las comodidades del mundo y consagrar su vida al servicio del prójimo. Por cerca de cuarenta años Albert Schweitzer ha sido exactamente uno de esos locos.
La transformación suya empezó en el parque principal de
Colmar, capital de la Alta Alsacia. Cierto día estuvo allí largo rato contemplando la figura sumisa del negro, arrodillado y desnudo,
  que hace parte del monumento erigido En honor del almirante Bruat y del imperio colonial de Alemania. A los ojos de Schweitzer aquel negro simbolizaba la inhumanidad del hombre con el hombre.« ¿Será cierto, como he oído decir», musitó, que explotarnos a esos negros y no les facilitamos siquiera médicos ni medicinas?»
El el viaje de vuelta a Estrasburgo, el recuerdo del negro arrodillado no se apartó un momento de su memoria.
« Pero por qué me ha de remorder la conciencia, se preguntaba. « ¿Soy acaso misionero?» Y hubiera podido añadir que, pese a su juventud— sólo tenía treinta años—se había destacado ya brillantemente en tres ramas de la cultura: era universalmente tenido por autoridad en el conocimiento y enseñanza de la Sagrada Escritura; gozaba de especial predilección entre los públicos europeos como organista de concierto; y, era autor de una notable biografía de Bach.
Precisamente en aquellos días, por obra del azar o por un decido de los hados, acertó a leer, en cierta revista, un artículo sobre el Congo. Y en estas palabras: «Les predicamos a estos naturales las excelencias y ternuras de la religión, y los dejamos padecer y morir de enfermedades fisicas que nuestros misioneros son impotentes para combatir».
Lo que Schweitzer sintió al leer esas líneas, lo refirió él mismo después: «Grande es la culpa que a todos nos alcanza por lo que los blancos de todas las naciones han hecho con los negros. El bien que les hagamos, no debemos considerarlo como benevolencia, sino como justa expiación».
El sabio y músico hizo voto de convertir el resto de su vida en larga obra expiatoria entre los salvajes. Sus amigos pusieron el grito en el cielo. Si los indígenas del África necesitaban algo, que Schweitzer allegase dinero para socorrerlos. Nadie menos llamado que él a lavar las pústulas de los leprosos con sus privilegiadas manos de artista.
Schweitzer respondió con la frase de Goethe: «En el principio, fue la acción». Y su primera acción fue matricularse en la escuela de Medicina. Pasaron cinco años. Estaba a punto de graduarse cuando surgió una sorprendente complicación. ¡El varón de los propósitos heroicos se había enamorado! Sus amigos se alegraron infinitamente. El matrimonio, decían, será el fin seguro de la loca empresa que ha comenzado.
Pero Elena Bresslau, hija de un historiador hebreo de la 'universidad de Estrasburgo, conocía niu,,- bien el proyecto de Schweitzer. Con toda franqueza se lo había éste comunicado al solicitar sus relaciones: «Estudio con el propósito de ser médico de salvajes. ¿Estarías dispuesta a pasar el resto de tu vida conmigo... en la selva?»
A lo que ella respondió: «Yo estudiaré para enfermera. Así es que, ¿cómo podrías irte sin mi?»
Ambos comprendieron que en las selvas tropicales el simple título facultativo no bastaba: era preciso contar con medicinas, vendajes, instrumental quirúrgico. De ahí que Schweitzer dictase conferencias, escribiese artículos, diese conciertos de órgano, todo para allegar recursos.
El Viernes Santo de 1913 embarcaron los recién casados para Cabo López en el África ecuatorial francesa. Allí fue donde los viajeros encontraron a su primer amigo africano, José, que había trabajado de cocinero en casa de una familia, blanca. Guiados por José,'e1 médico y su mujer remontaron en canoas el río Ogové, buscando la misión de Lambaréné. Allí estaba el corazón de esa tierra azotada por las enfermedades; de esa tierra sobre la cual había leído él tanto, y donde la muerte aumentaba su siega año tras año. Era un mundo sórdido que hervía en billones de moscas tse-tsé, hormigas, carcoma y mosquitos portadores de mortíferos contagios.
Cuando, por fin, después de tres días de penosa navegación, llegaron a Lambaréné, el doctor Schweitzer dirigió una mirada de desconsuelo a su compañera. Se les había prometido que tendrían un lugar medianamente decoroso para dormir y un hospitalizo de dos cuartos con techo y paredes de plancha de cinc. Pues bien, no había allí ni una misérrima choza para albergarlos. ¿Dónde guardar aquellos instrumentos quirúrgicos tan delicados que se oxidan con grandísima rapidez en los trópicos? ¿Donde colocar las medicinas?
En seguida pusieron mano a la dificil obra. Improvisaron una especie de campamento. Engrasaron los instrumentos. Enterraron las medicinas cerca de unos manantiales frescos y profundos, para que no se echasen a perder. Aquella actividad y aquellas raras maniobras provocaron la suspicacia de los naturales. Empezaron a arder hogueras y a reunirse en su derredor hombres desnudos como el de la estatua de Colmar. De lo más denso y recóndito de sus bosques impenetrables emergían los pigmeos. En pos de ellos, vinieron los fangos, y luego los zendíes, que se aguzan los dientes como agujas para comer carne humana.

José daba noticias alarmantes. Se trataba de una confabulación en toda regla, y nada tranquilizadora por añadidura. Los brujos predicaban el odio y el recelo hacia los intrusos. Pero Schweitzer, que los observaba, vio que muchos de los naturales andaban casi a rastras, debilitados por el paludismo, por la enfermedad del sueño, o por alguna otra de las muchas dolencias tropicales que allí abundaban.
«Vamos a trabajan», le dijo a José. -«Tráeme enfermos».
Schweitzer se instaló en un gallinero abandonado, por falta de cosa mejor. Aquél fue su primer hospital. De mesa de operaciones le sirvió un viejo catre de campaña. Para dar aspecto aceptable a éste y a las paredes, se les cubrió con lechada.
Los salvajes se apiñaron frente al «hospital». Tenían la piel tatuada y pintarrajeada de colores vivos. Los hombres empuñaban flechas arrojadizas cuchillos de ancha hoja. Algunos llevaban arcos de ébano con flechas enherboladas. En presencia de aquel concurso de aspecto tan amenazador, Schweitzer reconoció a sus primeros enfermos, unos cuantos salvajes intrépidos que se arriesgaron a probar las artes mágicas del hechicero blanco.
Uno de ellos se quejaba de dolor constante en el lado derecho. Se le persuadió a que se tendiera en el catre. Había que operarlo. Schweitzer corríó la cortina de su cuarto de operaciones para ponerse a salvo de miradas indiscretas. Pero a través de grandes agujeros que había en el techo descabalado, varios ojos brillantes de curiosidad atisban la extraña operación.
Y si muere el operado? ¿Qué acción van a tomar aquellos salvajes?
Gracias al cielo la operación termina felizmente. El enfermo se queja, y abre los ojos. Para los espectadores de la selva la operación constituye un triunfo instantáneo y portentoso. ¿No acababan de ver al brujo blanco dar muerte al negro, abrirle las entrañas e infundir vida otra vez al cadáver? Después de aquel milagro, los naturales ofrecieron gustosos su ayuda para edificar el hospital. En un santiamén estuvo construido en lo alto de un cerro, lejos del alcance de las avenidas del turbulento río. Constaba de tres piezas: sala de reconocimientos, sala de cirugía y enfermería general.
Se propaló por la selva la noticia del prodigio que había obrado el brujo blanco. Los naturales acudieron en gran número, ansiosos de recibir la muerte y volver otra vez a la vida. Schweitzer abrió quistes y tumores; extirpó hernias; curó esas grandes úlceras tropicales frecuentes en los pies de los que andan descalzos. Para que esas úlceras sanasen por completo, se requerían semanas enteras, en ocasiones meses. Mientras duraba el tratamiento, los enfermos acampaban a la puerta del hospital. Y había que darles de comer. ¡Otro problema difícil! Los parientes agradecidos de algunos enfermos traían de regalo al hospital aves, huevos, o plátanos. Otros, en cambio, esperaban que se les hicieran regalos a ellos. A menudo, los naturales, cuando les gustaba el sabor de una medicina, se robaban la botella y se la bebían de un solo trago.
Con objeto de asegurar la provisión de alimentos, Schweitzer desbrozó un pedazo de selva y plantó allí hortalizas, legumbres, frutales y palmas oleaginosas. Cambiaba cuentas y retales de telas por plátanos y tapioca. Mas era imposible vivir solamente de eso y de lo que producía su huerto. Había que importar de Europa, a un costo enorme, arroz, carne, mantequilla y papas.
A pesar de todas esas dificultades, el buen médico empezó a granjearse el cariño de los naturales. El primer año, no se le murió un solo enfermo v curó o alivió a miles de ellos. Como un apóstol de la selva, Schweitzer hizo largas jornadas a pie para llevar los auxilios de su ciencia a individuos de tribus distantes.
Que Schweitzer no se rindiera abrumado bajo el peso de sus tremendas labores se debió, como él mismo explica, a lo que en aquella selva constituía la más extraña paradoja: un piano forrado con chapa de cinc, a prueba de comején y de humedad, que le enviaron de París, como un regalo, sus amigos de la Sociedad de Bach. Por la noche, cuando el médico concluía su tarea, el músico, el experto intérprete de Bach, se sentaba al piano y, teniendo por fondo el diapasón de la selva, sus dedos arrancaban al teclado las nobles y solemnes armonías del gran maestro.
Una vez hallándose extasiado ante el piano, sintió de pronto que alguien le ponía la mano en el hombro. Se volvió. Era su mujer que le señalaba la abierta ventana. Unas sombras se deslizaban, cautelosas, hacia la enfermería. El médico murmuró entre dientes:
—¡Son zendíes! ¡Dios los confunda!
Eran caníbales que venían a apoderarse de un enfermo indefenso para su comida del día siguiente.
Schweitzer empuñó su escopeta. Un atronador disparo hecho al aire estremeció la noche. Los antropófagos, asustados, se dispersaron y huyeron.
En agosto de 1914 unos oficiales franceses se llevaron prisionero al médico.
—Ha estallado la guerra en Europa—le dijeron—. Ustedes son alemanes.
No, somos alsacianos. Y estamos trabajando aquí para contrarrestar la opresión alemana.

Pero triunfó la estulticia oficial. Embarcaron a los Schweitzer para Europa y los metieron en un campamento de concentración. Al acabarse la guerra, estaban los dos muy enfermos. Los médicos les advirtieron que no debían volver al África.
Al cabo de tres años, Schweitzer, recuperada la salud, se sintió con fuerzas bastantes para recorrer a Europa de un extremo a otro dando conciertos v conferencias para reunir fondos con destino a su misión. Viajaba en tercera, se alojaba en hoteles baratos, y ahorraba cuanto podía. En 1924 tenía ya dinero suficiente para reanudar su obra. Elena estaba demasiado delicada todavía para acompañarlo; pero iría a reunirse con él.
Entre tanto, el comején y el calor habían acabado con todo lo que Schweitzer edificara en Lambaréné. Era preciso empezar de nuevo. Por la mañana, trabajaba como médico; por la tarde, como maestro de obras. Y tenía que hacer un sobrehumano esfuerzo de voluntad para sobreponerse a la horrible soledad, al calor tórrido, y a la luz cegadora. Pero unos naturales agradecidos acudieron en su ayuda, v una misión católica situada río arriba envió al médico protestante un carpintero.
Al poco tiempo ya Schweitzer pudo informar a sus benefactores de Europa que bajaba el índice de mortalidad en la inmensa selva. Poco después, les comunicó que el número de leprosos mermaba también considerablemente. Sólo había 50,000- ¡Uno entre cada 60! «¡Mándennos medicinas, mándennos víveres, por amor de Dios!» clamaba constantemente.
Por fin, al cabo de largos años, Elena volvió al lado de su marido. Las perspectivas no podían ser más favorables para la misión. Tenían un hospital de camas, con dispensario, un cuarto de operaciones moderno, un laboratorio, una sala de obstetricia y una sección para niños.
Las últimas mejoras consistieron en una instalación de luz eléctrica—el doctor Schweitzer hizo el tendido de los alambres—y en una sala para alienados. Era costumbre de aquellas tribus ahogar a los locos en el río, obedeciendo el mandato de los brujos. En Lambaréné, Schweitzer empezó a practicar la psiquiatría elemental, y curó a varios paranoicos.
En eso estalló otra vez la guerra en Europa. Nuevo y angustioso problema. El doctor Schweitzer pidió consejo a su mujer, y, como siempre, ésta ofreció la solución acertada: «No tratemos de 'escapar. Los pobres enfermos negros nos necesitan. Es un caso de conciencia».
Esta vez no los molestaron. Y les fue posible sostener su obra durante la guerra, gracias a la ayuda efectiva y generosa de amigos y organizaciones religiosas de los Estados Unidos, que se las compusieron para hacer que recibiesen. medicinas y víveres de cuando en cuando.

Las cartas que llegan ahora de Lambaréné, reflejan el cansancio que ya empieza a rendir a los dos héroes de la caridad cristiana. Para poder resistir aquel infierno tropical, los europeos necesitan regresar a su patria, por lo menos una vez cada dos años. El doctor Schweitzer no se ha alejado de su hospital desde 1939• En las Navidades del año pasado, escribió que le era imposible dejar la misión. ¡Tenía tanto que hacer! «Yo debiera tener treinta años'en vez de los setenta que llevo sobre mis hombros. Sin embargo, gracias a Dios, estoy bastante fuerte todavía».
Sus amigos escriben a los Schweitzer exhortándoles a que vayan a los Estados Unidos y tomen un descanso, pero el médico da largas al asunto. En los seis años de dura prueba que acaban de pasar, el doctor Schweitzer encontró tiempo para escribir dos largos libros de filosofía, ¡y se propone dar remate a un tercero!
  . ¿Cuál es la filosofía de ese hombre singular? A pesar de su saber vasto y profundo, Schweitzer profesa una doctrina tan clara como sencilla.
«Existe », escribe, «una santidad esencial de la persona humana, ajena a su raza, a su color, a las condiciones en que viva. Al apartarse de ese ideal, el hombre inteligente se extravía de modo funesto y sobreviene el fin de la cultura y hasta de la humanidad misma».
Otra de sus grandes convicciones, en realidad, la idea que orienta y acrisola su vida entera, es su creencia en la supremacía de la ley de amor proclamada por Cristo.
«Únicamente mediante el amor», asegura, «podemos alcanzar la comunión con Dios»».
Hace cerca de 2000 años que San Pablo habló de los que «enloquecían por Cristo»». Desde entonces incontables hombres y mujeres han renunciado a las comodidades y bienandanzas de la vida para servir al prójimo. En compañía de esa legión inmortal y resplandeciente, figurará en los anales del sacrificio humano el nombre de ese otro loco de Dios, Albert Schweitzer.

LOS NORMANDOS EN MINNESOTA- PIEDRA DE KENSIGTON

 miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL MISTERIO DE LA PIEDRA DE KENSINGTON

 ¿Llegaron los normandos en 1362 hasta Minnesota, cerca del Lago Superior y la frontera canadiense? El relato de lo que los investigadores han descubierto en 50 años de estudio acerca de este misterio embelesa como un cuento de detectives.
 EL MISTERIO DE LA PIEDRA DE KENSINGTON
 (Condensado de
«The Saturday Evening Post»)
Por Thomas R. Henry
SELECCIONES DEL READER´S DIGEST
FEBRERO DE 1949 
EN EL verano de 1898, Olof Ohman, joven emigrante sueco establecido en las tierras baldías de la vecindad de Kensington, pueblo del estado de Minnesota, arrancó un tocón de álamo en el borde de un pantano. Enredada en las raíces salió una piedra rectangular de arenisca, de unos 77 centímetros de largo por 40 de ancho y 15 de espesor. Llevaba en su superficie lo que parecía ser un mensaje para la posteridad, esculpido en caracteres rúnicos. La piedra ha planteado a los historiadores un problema sumamente interesante: ¿Es verdad que un caballero noruego llamado Pablo Knutson, condujo hasta las cabeceras del Río Rojo (Red River), en el estado de Minnesota, un grupo sin ventura de soldados misioneros, 130 años. antes del primer viaje de Colón ?
Cuando se descubrió la piedra de Kensington, la generalidad de los expertos declararon que era un fraude. Pero en los últimos 50 años se han acumulado pruebas corroborativas tan convincentes que, algunos de los principales arqueólogos norteamericanos opinan que el caso de, la expedición de Knutson casi puede darse por demostrado. Hace pocos meses, la muy cauta y escrupulosa institución Smithsoniana de Washington puso la piedra entre sus más valiosos, y el doctor Mathew W. Sterling, jefe la Oficina de Etnología Americana, del gobierno de los Estados Unidos, declaró que la piedra «es quizá el objeto más importante descubierto hasta ahora en la América del Norte.»
 Hoy  ya nadie duda que antes de Colón vinieron al Nuevo Mundo otros hombres blancos cuyo número probablenientu ascendía a varios centenares.. Aun antes de las colonias noruegas establecidas en Groenlandia al fin del siglo décimo, llegaron a América exploradores irlandeses, galeses y bretones, según leyendas que, por exageradas que sean, deben haber nacido de algo real. Sin embargo, todos los exploradores que precedieron a Knutson eran marineros y pescadores ignorantes, y los arqueólogos opinan que él fue el primer hombre blanco culto que exploró sistemáticamente la América del Norte.
Las pruebas de la autenticidad de la piedra de Kensington son enteramente circunstanciales, pero más convincentes que muchas de las que se han creído suficientes para condenar a reos acusados de asesinato. El carácter del labrador Ohman es factor que debe tenerse muy en cuenta. Si él hubiera sido tin,charlatán o un aficionado superficial a asuntos históricos, y sobre todo si hubiera tratado de sacarle dinero a su hallazgo, podría haber razón para sospechar; pero, lejos de eso, era estólido e ignorante, sin inclinación al fraude ni capacidades para cometerlo.
Por indicación de sus vecinos, Ohman llevó la extraña piedra al banquero de la localidad, que tenía grande afición a cosas antiguas. El banquero la envió a la Universidad de Minnesota. Allí el profesor O. J. Breda, uno de los norteamericanos más eruditos en asuntos escandinavos, descifró con poca dificultad casi toda la inscripción de la piedra. La mayor parte de1as letras eran runas normandas, de las que formaban el curioso primer alfabeto de los pueblos germanos. Algunos de los símbolos no pudo interpretarlos Breda. Hoy se sabe que -representan números.
He aquí la traducción que actualmente se acepta como fidedigna: «(Somos) 8 godos (suecos) y 22 noruegos en (un) viaje de exploración al oeste de Vinlandia. Nos acampamos cerca de (un lago con) dos islas rocosas, un día de distancia al norte de esta piedra. (Salimos) y pescamos un día. Al regresar encontramos 10 (de nuestros) hombres ensangrentados y muertos. AV(e) M(aría), líbra(nos  de mal. Tenemos 10 de ( nuestra partida)cerca del mar cuidando nuestros barcos (o nuestro barco), a 14 días de viaje de esta isla. Año 1362. »
El profesor Breda dictaminó que la piedra era claramente una broma. La lengua, según él, ponía el fraude al descubierto: una mezcolanza de noruego, sueco y lo que parecía inglés antiguo. En los tiempos de los escritos rúnicos, los suecos y los noruegos eran enemigos implacables, y difícil es creer que emprendiesen juntos una expedición. Las tres letras AVM eran latinas, no rúnicas, y el alfabeto romano no se había introducido aún en Escandinavia.
Breda no se dio cuenta de la fecha —1362. Los caracteres que la expresaban no pertenecían al alfabeto rúnico de los primeros tiempos. El naturalmente dio por sentado que cualquier normando que hubiera llegado a la región central de Minnesota debía haber ido de las colonias gróenlandesas de Erico el Rojo en el siglo XII. En tal caso, no había lugar a discusión. La piedra de Kensington no podían haberla esculpido tales colonos.
Sin embargo, se envió la piedra a la Universidad del Noroeste, para que allí la estudiaran los peritos en escritura rúnica. Estos confirmaron el. dictamen de Breda, y la piedra se le' devolvió a Ohman quien la empleó para tapar un hoyo lodoso que había cerca de su pajar. Por fortuna la inscripción quedó hacia abajo, lo cual la preservó. 
 Es muy probable que la piedra estuviese aún allí, a no ser por el interés que despertó en el eminente historiador noruegoamericano Hjalmar R. Holand a quien Ohman se la regaló. Durante los últimos 30 Holand  ha consagrado casi todos sus ratos de ocio a estudiarla. La ha llevado a  23 universidades europeas para someterla a examen y obtener la opinión de distinguidos peritos. Una tras otra, las razones más poderosas que se habían aducido en contra de la autenticidad de la inscripción han resultado a la larga ser en realidad valiosos indicios de dicha autenticidad. Lo primero fue el descubrimiento del significado de los caracteres o símbolos numéricos y la determinación consiguiente de la fecha.. Estas runas y su uso local en Noruega eran de origen muy posterior al de las primitivas. El alfabeto latino se introdujo allí en el siglo XIV, y sus letras se mezclaban con los antiguos caracteres germanos. Eso explicaba la aparente anomalía del uso de las letras romanas en AVM por AV(e) M(aría). Este era un símbolo muy conocido y fácil de escribir. Su equivalente en caracteres rúnicos habría necesitado mucho espacio.
La mayor confirmación ocurrió cuando en una revista arqueológica de Dinamarca se publicó una orden, descubierta por casualidad en la biblioteca real de Copenhague, de Magno, «rey de Noruega, Suecia y Escandinavia,» a Pablo Knutson, uno de los personajes más distinguidos de la corte. La orden encargaba a Knutson de formar un cuerpo expedicionario que fuese al socorro de una colonia noruega de las costas de Groenlandia, y se tradujo así:
«Los hombres que deben ir en el Knorr (el barco real de comercio) los tomará usted de mi guardia de corps o los escogerá a su arbitrio entre los servidores de otras personas... Pedímos a usted que acepte esta orden con entera buena voluntad para con la causa, por cuanto la damos por la gloria de Dios y el bien de nuestra alma, y en honor de nuestros predecesores, que en Groenlandia establecieron el cristianismo y lo sostuvieron hasta ahora, y nosotros no lo dejaremos en  nuestros días... Dado en Bergcn" el lunes siguiente al día de Simón y Juda, en el año XXX y seis de nuestro reinado (1354)•"
Eso fue ocho años antes de la fecha dada en la piedra de Kensington. Es claro que ningún bromista del siglo XIX podía tener conocimiento de la antedicha orden. Además, ocho años parece tiempo razonable para que Knutson hiciera los preparativos necesarios y penetrara hasta las cabeceras del Río Rojo, en la remota región de Minnesota.
El rey Magno era un evangelizador fanático. Había encabezado una cruzada para convertir a Rusia por la fuerza del sable a la religión católica. Había formado en su corte una guardia de corps selecta, compuesta de los jóvenes más prometedores de la nobleza de Suecia y Noruega. Fue de este grupo escogido de caballeros de donde se ordenó a Knutson que sacara casi todo el personal de su expedición. Entre los caballeros había algunos de la provincia de Gottland, los cuales son sin duda los godos mencionados en la inscripción de la piedra.
Magno había recibido noticias muy dolorosas de la colonia normanda de Vesterbygd, establecida en Groenlandia cerca de 400 años antes por Erico el Rojo. Las casas habían sido abandonadas y el ganado vagaba por los campos en estado salvaje. Según parecía, todos los colonos habían huido juntos, quizá forzados a ello por los ataques de esquimales hostiles. Era muy probable que se hubiesen ido hacia el suroeste hasta la colonia de Finlandia, fundada por Leif el Venturoso en la costa de la Nueva Inglaterra, cerca del Cabo Cod, y abandonada desde hacía mucho tiempo. El rey temía que sus súbditos desaparecidos carecieran de los auxilios de la Iglesia y que sus almas se perdiesen. Knutson debía volverlos al aprisco.
El señor Holand ha tratado de reconstruir; con los datos asequibles, la historia de lo que ocurrió, la cual, segun él, debe de haber sido poco más o menos la siguiente: —Knutson llegó a la costa de la Nueva Inglaterra y buscó en ella a los groenlandeses. No habiendo hallado ningún indicio de ellos, se dirigió al norte, y al fin entró en la Bahía de hudson. Allí tampoco encontró señales de los colonos perdidos. Llegó a las bocas del Río Nelson, navegó por él hacia el sur hasta el Lago Winnipeg y de allí, llevando sus barcos a hombros, fue de uno a otro de varios lagos y cruzando éstos llegó a la región del Río Rojo. Es probable que Knutson creyese que tal ruta fuera la que los colonos de Groenlandia naturalmente siguieran. Quizá creyese también que el camino que llevaba después de penetrar hasta aquella región era el más fácil para regresar a la costa atlántica, imaginando que la América del Norte no era un continente sino un grupo de islas muy extensas.
Esta reconstrucción, por supuesto, es meramente especulativa. Pero sea de ello lo que fuere, si la piedra de Kensington es auténtica, Knutson y sus caballeros cruzados estuvieron en la región central de Minnesota en 1362.
Y las pruebas de la autenticidad de la inscripción van en aumento. La piedra había estado donde Ohman la encontró por lo menos durante la vida del álamo en cuyas raíces salió enredada. El estudio de los anillos anuales de árboles análogos de la vecindad condujo a la conclusión de que en 1898 aquel álamo tenía por lo menos 40 años. En consecuencia, si la piedra hubiera sido enterrada allí por algún falsificador bromista, ello debería haber ocurrido entre 1850 y 1860, y en esa época había poquísimos hombres blancos en Minnesota cuyos moradores eran casi todos indios salvajes siux, hostiles a los colonos de raza europea.
La inscripción decía que algunos de los expedicionarios habían quedado cerca del mar para cuidar los barcos, «a 14 días de viaje de esta isla.» Se ha descubierto que «día de viaje» era la manera convencional de expresar una distancia de poco más o menos 120 kilómetros, que era la recorrida en un día por un buque de vela, con buen viento. Y los «14 días de viaje» son aproximadamente la distancia a la desembocadura del Río Nelson.
La inscripción indica que los expedicionarios estaban acampados en una isla de un lago, a 120 kilómetros de otro lago donde había dos islas rocosas y en las orillas del cual sus compañeros habían sido asesinados. Ohman encontró la piedra en el borde de un pantano. El pantano es hoy tierra seca, y los estudios geológicos dan certidumbre casi completa de que en 1362 el terreno ligeramente elevado en que Ohman arrancó el tocón de álamo era una isla. En los últimos 100 años el suelo de aquella región se ha estado secando sin cesar.
A 120 kilómetros, muy aproximadamente, se halla el único lago de la comarca que tiene dos islas rocosas. Es el Lago Cormorant, situado cn el condado de Beeker. En sus orillas hay grandes cantos rodados glaciales, tres de los cuales tienen agujeros triangulares hechos a taladro. Los noruegos del siglo XIV se servían a menudo de piedras horadadas como éstas para amarrar sus barcos en los fiordes. Cerca de uno de los tresantos rodados se halló recientemente un eslabón de hacer lumbre, de los usados en Noruega en esa época, y en las orillas del Río Nelson se han encontiado tres hachas de combate, un eslabón y una punta de lanza, todos de procedencia noruega, que parecen  indicar el camino seguido por Knutson cn su viaje de la Bahía de Hudson hacia el sur.
¿Que fue de los sobrevivientes de la isla ? Lo más probable es que murieron  asesinados. El hombre que csculpió en la piedra de Kensington esas palabras de desesperación estaba sin duda muy agitado y quizá no esperase vivir hasta terminar la tarea.
Los arqueólogos de la Institución Simithsoniana declaran que con los datos corroborativos obtenidos hasta ahora, nadie puede garantizar oficialmente la autenticidad de la inscripción; pero agregan que si la piedra de Kensington es un fraude, quien lo perpetró debe de haber sido una combinación extraordinaria de experto geólogo, arqueólogo, lingüista e historiador que llegó a aquellas regiones apartadas hace un siglo y de cuya existencia no hay comprobante alguno.

HISTORIA DE LOS PROTESTANTES DE FRANCIA 72-75

 HISTORIA DE LOS PROTESTANTES DE FRANCIA

DESDE EL COMIENZO DE LA REFORMA HASTA LA ACTUALIDAD.

 Por GUILLERME DE FELICE

FRANCIA

.  LONDRES:

1853.

72-75

Antonio de Borbón, cabeza de su raza, se había casado con Juana de Albret, quien le había conferido el título de rey de Navarra, sin entregarle el reino. Era un príncipe indeciso e indolente; y, tímido por carácter, aunque ocasionalmente valiente, oscilaba entre ambas doctrinas, a veces haciendo que se predicara la fe reformada en Bearn, Saintonge y Poitou , y yendo a cantar salmos en Pre-aux-Clercs,  en 1555, a pesar de los gritos de la Sorbonne; a veces volviendo hacia la religión católica y persiguiendo a los fieles. La primera y última pasión de su vida fue recuperar el reino de Navarra o dominios equivalentes. Murió sin lograrlo, y este largo sueño solo engendró para él la burla y la deserción de todos. Su hermano, el príncipe Luis de Condé, tenía un genio más penetrante y un carácter más masculino. Ingenioso, alegre, a veces frívolo, pero sobre todo intrépido, y querido por los soldados, Defendió valientemente la causa de los reformadores, sin inspirarles jamás plena confianza. Instruido en las nuevas opiniones por su esposa y su madrastra, mostró más ambición que religión, y la ligereza de sus modales siempre ha dejado dudas sobre la sinceridad de su fe. Cabe preguntarse si los Borbones, incluido Enrique IV, no perjudicaron más que beneficiaron a la Reforma francesa. La lanzaron a la política, la llevaron al campo de batalla, la arrastraron a sus disputas particulares; y luego, cuando les había ganado la corona, la negaron.

Otra familia, de menor rango, pero más eminente por sus virtudes, la de los Châtillon, sirvió a la causa con mayor fidelidad. Estaba formada por tres hermanos: Odet de Châtillon, Francisco de Andelot y Gaspard de Coligny. Su madre, Luisa de Montmorency, hermana de los Constable, se inclinó por la Reforma. Ella era virtuosa, en aquellos tiempos de libertinaje, un raro ejemplo de castidad. En sus últimos momentos, rechazó la presencia de un sacerdote, alegando que Dios le había dado la gracia de temerlo y amarlo.

 Francisco de Andelot, el menor de los tres hermanos, fue el primero en declararse abiertamente a favor de la nueva religión. Prisionero en las guerras de Italia y recluido en el castillo de Milán, recibió algunos libros piadosos de manos de Renée de France. Enviado posteriormente a Escocia, tuvo la oportunidad de estudiar más de cerca la doctrina y las prácticas de la Reforma. Fue un caballero valiente y leal, sin temor ni reproche, digno sucesor de Bayard.

De camino a Bretaña, donde se encontraba la propiedad de su casa, llevó consigo a un pastor que predicaba de pueblo en pueblo, con las puertas abiertas: algo inaudito en 1558. Enrique II se lo reprochó duramente. «Señor», respondió D'Andelot, «no debe extrañarle que, después de cumplir con mi deber a su servicio, emplee el resto de mis fuerzas en la seguridad de mi alma. Por lo tanto, le ruego que deje mi conciencia a salvo y que conserve para su servicio mi cuerpo y mis bienes, que son enteramente suyos».

 «—Pero yo no le di esa orden»—, dijo el rey, señalando el collar que llevaba al cuello,. Has prometido y jurado ir a misa y seguir su religión».

 «No sabía entonces», respondió el caballero con integridad, «qué era ser cristiano, y no lo habría aceptado con esa condición si Dios me hubiera tocado el corazón como lo ha hecho desde entonces».—

 El rey, sin poder contenerse más, arrojó su plato sobre la mesa, que golpeó al delfín, y este habría atravesado a D'Andelot con su espada. Lo mandó encarcelar y le retiró su nombramiento de coronel general de infantería, que en su lugar fue otorgado a Blaise de Montluc.

 Este asunto causó gran revuelo. Calvino escribió al prisionero para felicitarlo por su valentía, y el papa Pablo IV se indignó porque el culpable no hubiera sido llevado directamente a la ejecución. El embajador francés le representó en vano que era impensable tratar así a un Chatillon, sobrino del condestable, hermano del almirante.

 El intratable pontífice exclamó: "Un hereje nunca se arrepiente; es un mal para el cual no hay más remedio que el fuego." Parientes y amigos intervinieron; D'Andelot accedió a permitir que se celebrara una misa en la celda de su prisión, pero sin participar en ella, y fue puesto en libertad.

 Gaspard de Cohgny, el más grande laico de La Reforma francesa nos detendrá por más tiempo. Nos ocuparemos de los detalles de su vida privada que otros historiadores han descuidado

Nacido en Châtillon-sur-Loing en 1516, Coligny recibió su educación de Nicolás Bérault, un renombrado profesor de la época, y demostró tal gusto por sus estudios que se vio obligado a interrumpirlos para no ser desviado de la carrera militar.

A los veinticinco años fue nombrado coronel general de la infantería francesa y, mediante sus reglamentos, introdujo una severa disciplina entre estas bandas de mercenarios, quienes antes de él eran más bandidos que soldados. «Estas ordenanzas», dice Brantôme, «fueron las más elegantes y sabias que se hayan promulgado en Francia, y creo que desde entonces se han preservado las vidas de un millón de personas, así como la mayor parte de sus bienes y facultades; pues antes no había más que pillaje, robo, bandidaje, rescates, asesinatos, riñas y desorden entre estas bandas. Esta es, pues, la obligación del mundo con esta eminente persona».

* Se desconoce en qué momento Coligny dio el primer paso hacia la nueva doctrina.

From the year 1555, we find him seconding the enterprise of the Chevalier de Villegagnon, for founding a colony of French Reformers in Brazil  A partir del año 1555, lo encontramos secundando la iniciativa del Caballero de Villegagnon de fundar una colonia de reformadores franceses en Brasil.

 El Almirante, que percibió en la propuesta la doble ventaja de abrir un lugar de retiro para los perseguidos y enriquecer a su país con un asentamiento colonial, entregó a Villegagnon dos barcos por un valor de diez mil livres. Sin embargo, la expedición no tuvo éxito. Hecho prisionero por los españoles tras la desastrosa batalla de San Quintín, pidió una Biblia y otros libros religiosos. Se entregó por completo a este estudio, y fue entonces cuando parece haber adquirido convicciones firmes y profundas sobre los principios de la Reforma

Tras pagar su rescate, se retiró a su señorío de Châtillon-sur-Loing y, deseando dedicarse a asuntos religiosos, cedió a su hermano D'Andelot, con el permiso del Rey, el cargo de Coronel General de Infantería. También renunció al gobierno de París en favor de su primo, el Mariscal de Montmorency, hijo del Condestable, y suplicó a Enrique II con la mayor vehemencia que le designara un sucesor en el gobierno de Picardía. «Todo lo cual, desde entonces», dice el autor de las Memorias de Coligny, «llevó a muchos a sospechar que había cambiado de religión; si bien dejó claro que su mente estaba completamente desviada de toda comprensión de su significado y de su propio poder».

* Vol. iv, pág. 204. f Memorias de Coligny, pág. 18. Se cree que estas memorias fueron obra de Cornaton, uno de los más fieles servidores del almirante. Lo que sigue es un extracto abreviado de la edición impresa en Grenoble en 1669.