ALBERT SCHWEITZER, MEDICO DE SALVAJES
MODERNO APÓSTOL DE LOS NEGROS
Gesta de caridad de un gran protestante contada por un católico
Por el Reverendo John A. O´brien
Decano del a Facultad de Filosofía de la Universidad de Notre Dame
SELECCIONES DELREADER'S DIGEST
Junio de 1946
QUUIEN
QUIERA CONTARSE entre los Locos de Dios debe dejar a un lado todas las
comodidades del mundo y consagrar su vida al servicio del prójimo. Por
cerca de cuarenta años Albert Schweitzer ha sido exactamente uno de esos
locos.
La transformación suya empezó en el parque principal de Colmar, capital de la Alta Alsacia. Cierto día estuvo allí largo rato contemplando la figura sumisa del negro, arrodillado y desnudo,

que hace parte del monumento erigido En honor del almirante Bruat
y del imperio colonial de Alemania. A los ojos de Schweitzer aquel
negro simbolizaba la inhumanidad del hombre con el hombre.« ¿Será
cierto, como he oído decir», musitó, que explotarnos a esos negros y no les facilitamos siquiera médicos ni medicinas?»
El el viaje de vuelta a Estrasburgo, el recuerdo del negro arrodillado no se apartó un momento de su memoria.
« Pero por qué me ha de remorder la conciencia?», se preguntaba. « ¿Soy acaso misionero?»
Y hubiera podido añadir que, pese a su juventud— sólo tenía treinta
años—se había destacado ya brillantemente en tres ramas de la cultura: era universalmente tenido por autoridad en el conocimiento y enseñanza de la Sagrada Escritura; gozaba de especial predilección entre los públicos europeos como organista de concierto; y, era autor de una notable biografía de Bach.
Precisamente
en aquellos días, por obra del azar o por un decido de los hados,
acertó a leer, en cierta revista, un artículo sobre el Congo. Y en estas
palabras: «Les predicamos a estos naturales las excelencias y ternuras de la religión, y los dejamos padecer y morir de enfermedades fisicas que nuestros misioneros son impotentes para combatir».
Lo que Schweitzer sintió al leer esas líneas, lo refirió él mismo después: «Grande es la culpa que a todos nos alcanza por lo que los blancos de todas las naciones han hecho con los negros. El bien que les hagamos, no debemos considerarlo como benevolencia, sino como justa expiación».
El sabio y músico hizo voto de convertir el resto de su vida en larga obra expiatoria entre los salvajes. Sus amigos pusieron el grito en el cielo. Si los indígenas del África necesitaban algo, que Schweitzer allegase dinero para socorrerlos. Nadie menos llamado que él a lavar las pústulas de los leprosos con sus privilegiadas manos de artista.
Schweitzer respondió con la frase de Goethe: «En el principio, fue la acción». Y su primera acción fue matricularse en la escuela de Medicina. Pasaron cinco años. Estaba a punto de graduarse cuando surgió una sorprendente complicación. ¡El varón de los propósitos heroicos se había enamorado! Sus amigos se alegraron infinitamente. El matrimonio, decían, será el fin seguro de la loca empresa que ha comenzado.
Pero Elena Bresslau, hija de un historiador hebreo de la 'universidad de Estrasburgo, conocía niu,,- bien el proyecto de Schweitzer. Con toda franqueza se lo había éste comunicado al solicitar sus relaciones: «Estudio con el propósito de ser médico de salvajes. ¿Estarías dispuesta a pasar el resto de tu vida conmigo... en la selva?»
A lo que ella respondió: «Yo estudiaré para enfermera. Así es que, ¿cómo podrías irte sin mi?»
Ambos
comprendieron que en las selvas tropicales el simple título facultativo
no bastaba: era preciso contar con medicinas, vendajes, instrumental
quirúrgico. De ahí que Schweitzer dictase conferencias, escribiese
artículos, diese conciertos de órgano, todo para allegar recursos.
El Viernes Santo de 1913 embarcaron los recién casados para Cabo López en
el África ecuatorial francesa. Allí fue donde los viajeros encontraron a
su primer amigo africano, José, que había trabajado de cocinero en casa
de una familia, blanca. Guiados por José,'e1 médico y su mujer
remontaron en canoas el río Ogové, buscando la misión de Lambaréné. Allí
estaba el corazón de esa tierra azotada por las enfermedades; de esa tierra sobre la cual había leído él tanto, y donde la muerte aumentaba su siega año tras año. Era un mundo sórdido que hervía en billones de moscas tse-tsé, hormigas, carcoma y mosquitos portadores de mortíferos contagios.
Cuando,
por fin, después de tres días de penosa navegación, llegaron a
Lambaréné, el doctor Schweitzer dirigió una mirada de desconsuelo a su
compañera. Se les había prometido que tendrían un lugar medianamente
decoroso para dormir y un hospitalizo de dos cuartos con techo y paredes
de plancha de cinc. Pues bien, no había allí ni una misérrima choza para albergarlos. ¿Dónde guardar aquellos instrumentos quirúrgicos tan delicados que se oxidan con grandísima rapidez en los trópicos? ¿Donde colocar las medicinas?
En
seguida pusieron mano a la dificil obra. Improvisaron una especie de
campamento. Engrasaron los instrumentos. Enterraron las medicinas cerca
de unos manantiales frescos y profundos, para que no se echasen a
perder. Aquella actividad y aquellas raras maniobras provocaron la suspicacia de los naturales. Empezaron
a arder hogueras y a reunirse en su derredor hombres desnudos como el
de la estatua de Colmar. De lo más denso y recóndito de sus bosques
impenetrables emergían los pigmeos. En pos de ellos, vinieron los
fangos, y luego los zendíes, que se aguzan los dientes como agujas para comer carne humana.
José daba noticias alarmantes. Se trataba de una confabulación en toda regla, y nada tranquilizadora por añadidura. Los brujos predicaban el odio y el recelo hacia los intrusos. Pero Schweitzer, que los observaba, vio que muchos de los naturales andaban casi a rastras, debilitados por el paludismo, por la enfermedad del sueño, o por alguna otra de las muchas dolencias tropicales que allí abundaban.
«Vamos a trabajan», le dijo a José. -«Tráeme enfermos».
Schweitzer
se instaló en un gallinero abandonado, por falta de cosa mejor. Aquél
fue su primer hospital. De mesa de operaciones le sirvió un viejo catre
de campaña. Para dar aspecto aceptable a éste y a las paredes, se les
cubrió con lechada.
Los salvajes se apiñaron frente al «hospital».
Tenían la piel tatuada y pintarrajeada de colores vivos. Los hombres
empuñaban flechas arrojadizas cuchillos de ancha hoja. Algunos llevaban
arcos de ébano con flechas enherboladas. En presencia de aquel concurso
de aspecto tan amenazador, Schweitzer reconoció a sus primeros enfermos,
unos cuantos salvajes intrépidos que se arriesgaron a probar las artes mágicas del hechicero blanco.
Uno
de ellos se quejaba de dolor constante en el lado derecho. Se le
persuadió a que se tendiera en el catre. Había que operarlo. Schweitzer
corríó la cortina de su cuarto de operaciones para ponerse a salvo de
miradas indiscretas. Pero
a través de grandes agujeros que había en el techo descabalado, varios
ojos brillantes de curiosidad atisban la extraña operación.
Y si muere el operado? ¿Qué acción van a tomar aquellos salvajes?
Gracias
al cielo la operación termina felizmente. El enfermo se queja, y abre
los ojos. Para los espectadores de la selva la operación constituye un
triunfo instantáneo y portentoso. ¿No acababan de ver al brujo blanco dar muerte al negro, abrirle las entrañas e infundir vida otra vez al cadáver? Después
de aquel milagro, los naturales ofrecieron gustosos su ayuda para
edificar el hospital. En un santiamén estuvo construido en lo alto de un
cerro, lejos del alcance de las avenidas del turbulento río. Constaba
de tres piezas: sala de reconocimientos, sala de cirugía y enfermería
general.
Se propaló por la selva la noticia del prodigio que había obrado el brujo blanco. Los naturales acudieron en gran número, ansiosos de recibir la muerte y volver otra vez a la vida. Schweitzer abrió quistes y tumores; extirpó hernias; curó esas grandes úlceras tropicales frecuentes en los pies de los que andan descalzos.
Para que esas úlceras sanasen por completo, se requerían semanas
enteras, en ocasiones meses. Mientras duraba el tratamiento, los
enfermos acampaban a la puerta del hospital. Y había que darles de
comer. ¡Otro problema difícil! Los parientes agradecidos de algunos
enfermos traían de regalo al hospital aves, huevos, o plátanos. Otros,
en cambio, esperaban que se les hicieran regalos a ellos. A menudo, los naturales, cuando les gustaba el sabor de una medicina, se robaban la botella y se la bebían de un solo trago.
Con objeto de asegurar la provisión de alimentos, Schweitzer desbrozó un pedazo de selva y plantó allí hortalizas, legumbres, frutales y palmas oleaginosas.
Cambiaba cuentas y retales de telas por plátanos y tapioca. Mas era
imposible vivir solamente de eso y de lo que producía su huerto. Había
que importar de Europa, a un costo enorme, arroz, carne, mantequilla y papas.
A
pesar de todas esas dificultades, el buen médico empezó a granjearse el
cariño de los naturales. El primer año, no se le murió un solo enfermo v
curó o alivió a miles de ellos. Como
un apóstol de la selva, Schweitzer hizo largas jornadas a pie para
llevar los auxilios de su ciencia a individuos de tribus distantes.
Que
Schweitzer no se rindiera abrumado bajo el peso de sus tremendas
labores se debió, como él mismo explica, a lo que en aquella selva
constituía la más extraña paradoja: un piano forrado con chapa de cinc, a prueba de comején y de humedad, que le enviaron de París, como un regalo,
sus amigos de la Sociedad de Bach. Por la noche, cuando el médico
concluía su tarea, el músico, el experto intérprete de Bach, se sentaba
al piano y, teniendo por fondo el diapasón de la selva, sus dedos arrancaban al teclado las nobles y solemnes armonías del gran maestro.
Una
vez hallándose extasiado ante el piano, sintió de pronto que alguien le
ponía la mano en el hombro. Se volvió. Era su mujer que le señalaba la
abierta ventana. Unas sombras se deslizaban, cautelosas, hacia la enfermería. El médico murmuró entre dientes:
—¡Son zendíes! ¡Dios los confunda!
Eran caníbales que venían a apoderarse de un enfermo indefenso para su comida del día siguiente.
Schweitzer empuñó su escopeta. Un atronador disparo hecho al aire estremeció la noche. Los antropófagos, asustados, se dispersaron y huyeron.
En agosto de 1914 unos oficiales franceses se llevaron prisionero al médico.
—Ha estallado la guerra en Europa—le dijeron—. Ustedes son alemanes.
—No, somos alsacianos. Y estamos trabajando aquí para contrarrestar la opresión alemana.
Pero triunfó la estulticia oficial. Embarcaron a los Schweitzer para Europa y los metieron en un campamento de concentración. Al acabarse la guerra, estaban los dos muy enfermos. Los médicos les advirtieron que no debían volver al África.
Al
cabo de tres años, Schweitzer, recuperada la salud, se sintió con
fuerzas bastantes para recorrer a Europa de un extremo a otro dando
conciertos v conferencias para reunir fondos con destino a su misión.
Viajaba en tercera, se alojaba en hoteles baratos, y ahorraba cuanto
podía. En 1924 tenía ya dinero suficiente para reanudar su obra. Elena
estaba demasiado delicada todavía para acompañarlo; pero iría a reunirse
con él.
Entre tanto, el comején y el calor habían acabado con
todo lo que Schweitzer edificara en Lambaréné. Era preciso empezar de
nuevo. Por la mañana, trabajaba como médico; por la tarde, como maestro
de obras. Y tenía que hacer un sobrehumano esfuerzo de voluntad para
sobreponerse a la horrible soledad, al calor tórrido,
y a la luz cegadora. Pero unos naturales agradecidos acudieron en su
ayuda, v una misión católica situada río arriba envió al médico
protestante un carpintero.
Al poco tiempo ya Schweitzer pudo
informar a sus benefactores de Europa que bajaba el índice de mortalidad
en la inmensa selva. Poco después, les comunicó que el número de
leprosos mermaba también considerablemente. Sólo había 50,000- ¡Uno
entre cada 60! «¡Mándennos medicinas, mándennos víveres, por amor de
Dios!» clamaba constantemente.
Por fin, al cabo de largos años,
Elena volvió al lado de su marido. Las perspectivas no podían ser más
favorables para la misión. Tenían un hospital de camas, con dispensario,
un cuarto de operaciones moderno, un laboratorio, una sala de
obstetricia y una sección para niños.
Las últimas mejoras
consistieron en una instalación de luz eléctrica—el doctor Schweitzer
hizo el tendido de los alambres—y en una sala para alienados. Era costumbre de aquellas tribus ahogar a los locos en el río, obedeciendo el mandato de los brujos. En Lambaréné, Schweitzer empezó a practicar la psiquiatría elemental, y curó a varios paranoicos.
En
eso estalló otra vez la guerra en Europa. Nuevo y angustioso problema.
El doctor Schweitzer pidió consejo a su mujer, y, como siempre, ésta
ofreció la solución acertada: «No tratemos de 'escapar. Los pobres
enfermos negros nos necesitan. Es un caso de conciencia».
Esta vez no los molestaron. Y les fue posible sostener su obra durante la guerra, gracias a la ayuda efectiva y generosa de amigos y organizaciones religiosas de los Estados Unidos, que se las compusieron para hacer que recibiesen. medicinas y víveres de cuando en cuando.
Las
cartas que llegan ahora de Lambaréné, reflejan el cansancio que ya
empieza a rendir a los dos héroes de la caridad cristiana. Para poder
resistir aquel infierno tropical, los europeos necesitan regresar a su
patria, por lo menos una vez cada dos años. El doctor Schweitzer no se
ha alejado de su hospital desde 1939• En las Navidades del año pasado,
escribió que le era imposible dejar la misión. ¡Tenía tanto que hacer!
«Yo debiera tener treinta años'en vez de los setenta que llevo sobre mis
hombros. Sin embargo, gracias a Dios, estoy bastante fuerte todavía».
Sus
amigos escriben a los Schweitzer exhortándoles a que vayan a los
Estados Unidos y tomen un descanso, pero el médico da largas al asunto.
En los seis años de dura prueba que acaban de pasar, el doctor
Schweitzer encontró tiempo para escribir dos largos libros de filosofía,
¡y se propone dar remate a un tercero!
. ¿Cuál es la filosofía
de ese hombre singular? A pesar de su saber vasto y profundo, Schweitzer
profesa una doctrina tan clara como sencilla.
«Existe », escribe, «una santidad esencial de la persona humana, ajena a su raza, a su color, a las condiciones en que viva. Al
apartarse de ese ideal, el hombre inteligente se extravía de modo
funesto y sobreviene el fin de la cultura y hasta de la humanidad
misma».
Otra de sus grandes convicciones, en realidad, la idea que orienta y acrisola su vida entera, es su creencia en la supremacía de la ley de amor proclamada por Cristo.
«Únicamente mediante el amor», asegura, «podemos alcanzar la comunión con Dios»».
Hace cerca de 2000 años que San Pablo habló de los que «enloquecían por Cristo»». Desde entonces incontables
hombres y mujeres han renunciado a las comodidades y bienandanzas de la
vida para servir al prójimo. En compañía de esa legión inmortal y
resplandeciente, figurará en los anales del sacrificio humano el nombre de ese otro loco de Dios, Albert Schweitzer.