Bibliografía. El Sacrificio del Señor- Autor anónimo Primera edición Año de 1562
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
PEDRO VAN OLMAN, O VAN WERWIJCK, EJECUTADO EN GANTE. TAMBIÉN UNA CARTA QUE ESCRIBIÓ PEDRO VAN OLMAN, O VAN WERWIJCK, AL ESTAR EN LA PRISIÓN EN GANTE, DONDE DIO SU VIDA POR EL TESTIMONIO DE JESÚS, 1552 d. de J.C.
Que la abundante gracia y paz de Dios el Padre y del Señor Jesucristo estén con ustedes. Que la gracia y paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo estén con ustedes. Dios es el
Padre de misericordias y el Dios de todo consuelo. Él nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos consolar con el consuelo que recibimos de Dios a aquellos que están en dificultades.
Pues como los sufrimientos de Cristo abundan en nosotros, así también nuestra consolación abunda por Cristo. “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Corintios 1.3–5; 2 Corintios 4.17–18; 5.1–8; Romanos 8.22; Apocalipsis 3.18).
Los amonesto, estimados hermanos, por las misericordias de Dios, que no dejen de congregarse para que así puedan instruirse
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mutuamente en la eterna verdad de nuestro Salvador mientras tengan tiempo. Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir, y esto por la paciencia (Hebreos 10.25; 13.14).
Por lo tanto, estimados hermanos, tomen a pecho la palabra del Señor, y entiendan lo que el Señor dice para que puedan estar firmes cuando sean probados. Porque yo les digo, estimados hermanos, que tenemos que luchar con más valor que lo que yo antes había creído; pues ellos se nos acercan con preguntas tan sutiles, y palabras suaves para atraparnos en alguna palabra y así hacernos apostatar. Por eso, estimados hermanos, instrúyanse bien los unos a los otros para que puedan discernir cuál es el camino del Señor y cuál el camino del diablo; cuál es el verdadero culto a Dios y cuál el culto al diablo y a los ídolos; cuáles son los hijos del Señor y cuáles los hijos del diablo. Pues los hijos del Señor no son de este mundo, y por eso el mundo los odia. Todos sufren persecución, son llevados a la muerte como ovejas al matadero, y son odiados y atacados por todos. No tienen lugar seguro donde morar. Se les considera la escoria de la tierra. Lloran y lamentan, y el mundo se regocija. Sufren reproche porque confían en el Dios viviente. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo.” Por lo tanto, hijitos míos, no améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (Santiago 1.27;
Juan 17.16; Salmo 44.22; Isaías 59.15; 1 Corintios 4.11, 13; Juan 16.20; 1 Timoteo 4.10; 1 Juan 3.7, 10; 2.15–17).
Mis más queridos, sepan que yo tuve un gran debate con las potestades que dominan este mundo de tinieblas y con los falsos profetas; pues ellos dijeron que uno puede escucharlos y ser instruido por ellos, aunque no viven según los mandamientos del Señor. Entonces yo les pregunté:
—¿Verdad que le es un extraño al Señor aquél que no camina en los mandamientos de él?
—Sí —contestaron ellos.
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Entonces yo les dije que Cristo dice (Juan 10.27): “Mis ovejas oyen mi voz (...) y me siguen”; más no conocen la voz de extraños, y por eso huyen de ellos. Entonces, si yo escuchara a los extraños, no sería oveja de Cristo; pues sus ovejas no escuchan a extraños.
Entonces contestaron:
—Ellos seguramente predican la verdad; la palabra no por eso disminuye.
Yo contesté:
—Juan dice (1 Juan 2.4): “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él”. ¿Y si no hay verdad en él, cómo puede decir la verdad?
De otro modo, lo que Juan escribe es mentira. Cristo dice (Mateo 7.18) que el árbol malo no puede dar frutos buenos. También dice
(Mateo 12.34): “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?” Resuelvan esto, y los creeré. Yo les digo que aunque tomaran un Testamento y lo leyeran de principio a fin en su Iglesia, tal y como los apóstoles lo escribieron, aun así les probaría que mienten. Pero si un hombre que anda en los pasos del Señor hablara las mismas palabras, él hablaría la verdad. Si uno de su grupo predicara estas palabras en su templo, dirigiéndose a los borrachos, los adúlteros,
los ladrones, los homicidas, los avaros, los maldicientes, los mal hablados, diciéndoles: “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pedro 2.9–10),
si él hablara estas palabras a estas personas malas, ¿no mentiría? Pero si un hombre temeroso de Dios hablara estas palabras con referencia a las personas que temen a Dios, diría la verdad. De nuevo, si ustedes predicaran así: “Por tu causa somos llevados a la muerte, como la oveja para el degolladero”, ¿no sería esto una mentira? Pero un hombre temeroso de Dios diría la verdad.