"ÁTALA"
DE CHATEAUBRIAND
No obstante, estoy en la obligación de declarar que en esta obra no se trata de la revolución, ni hablo, por lo común, sino de autores muertos: los vivos no tendrán que quejarse, porque, en general, he guardado una medida, que no espero se guarde conmigo según las apariencias.He sabido que la mujer célebre, cuya obra era el objeto de mi carta, se ha sentido por un pasaje de ella. Permítaseme observar que, sin ser yo el primero que se haya servido de esta arma verdaderamente odiosa a mis ojos, mi fin no ha sido otro que el defender a un hombre que amo, y admiro por su talento. Bórrese, pues, este pasaje si he agraviado con él. Aunque, quien goza de la brillante existencia, y posee los bellos conocimientos de la Señora de Staél, debe sentir poco y olvidar luego las pequeñas ofensas de un pobre solitario desconocido como yo.
Volviendo por último a Átala. Esta no es toda obra de mi invención: porque es cierto que hubo un salvaje en galeras y en la corte Luis XIV: es cierto, que un misionero francés ha hecho las cosas que he referido: es cierto, que he encontrado salvajes cargando los huesos de sus abuelos, y una madre joven exponiendo el cuerpo de su hijo sobre las ramas de un árbol: también son verdaderas algunas otras circunstancias que omito por no ser de un interés general. Lo será mi Átala algún día, si el gobierno francés, por un rasgo de fina política,
pide a la Inglaterra la restitución del Canadá.
PROLOGO
La Francia poseía en otro tiempo un vasto imperio en la América septentrional, que se extiende desde el Labrador hasta la Florida, y desde las orillas del Atlántico hasta los lagos más remotos del alto Canadá.
Cuatro grandes ríos, cuyas fuentes nacen en las mismas montañas, dividían estas inmensas regiones. El río San Lorenzo que se pierde al Este en el golfo de su nombre: el río del Oeste que lleva sus aguas a mares desconocidos: el Borbon, que se precipita del Mediodía al Norte en la bahía de Hudson; y el Meschacebé (1) que, bajando del Norte al Mediodía, se sepulta en el golfo Mexicano.
Este último río, en el curso de más de mil leguas, riega un delicioso país, que los habitantes de los Estados Unidos llaman el Nuevo-Edén, y al que los Franceses han dejado el dulce nombre de Luisiana. Otros mil ríos tributarios del Meschacebé, el Missuri, el Illinés, el Akanza, el Ohio, el Wabache y el Tenaso la fecundan con su limo y la fertilizan con sus aguas. Cuando todos estos ríos rebozan con los diluvios del invierno, cuando las tempestades han abatido trozos enteros de florestas, el tiempo amontona sobre las vertientes los árboles arrancados, los enlaza con juncos, los cimenta con lama, planta en ellos tiernos arbustos, y lanza su obra a las olas.
Arrastradas por ondas espumosas estas balsas bajan de todas partes al Meschacebé: el anciano río se apodera de ellas, y las empuja hasta su embocadura para formar un nuevo brazo. De cuando en cuando alza su ronca voz pasando bajo los montes, y, cual Nilo de los desiertos, derrama sus aguas alrededor de columnatas de florestas, y de las pirámides de los sepulcros de los Indios. Pero la gracia va siempre unida a la magnificencia en las escenas de la
naturaleza; y mientras que la corriente del centro transporta al
(1) Verdadero nombre del Misisipí en Meschasipí.
OBRAS COMPLETAS - TOMO II 443
mar los cadáveres de pinos y encinas, se ven, sobre las corrientes laterales, remontar, a lo largo de las orillas, islas fluctuantes de pistia y de nenúfar, cuyas rosas amarillas se levantan a modo de pequeños pabellones. Serpientes verdes, garzas azules, flamencos rosados, tiernos cocodrilos, se embarcan pasajeros en estos bajeles de flores; y la colonia, desplegando al viento sus velas de oro, va a arribar dormida a alguna retirada abra del río. Desde la embocadura del Meschacebé hasta su unión con el Ohio, la magnificencia más extraordinaria le acompaña en su curso.
Desenvuélvense sobre el borde occidental sabanas que se pierden de vista: sus ondas de verdura, alejándose, parecen elevarse hasta el azul del cielo donde se desvanecen: vense en estas praderías sin límites, herrar a la ventura rebaños de tres o cuatro mil búfalos salvajes: a veces un bisonte cargado de años, hendiendo las aguas a nado, viene a acostarse entre las altas hierbas de una isla del Meschacebé. Su frente adornada de dos medias-lunas, su barba cana y limosa nos le haría tomar por el Dios mugiente del río, que echa una ojeada de satisfacción sobre la grandeza de sus raudales, y rústica abundancia de sus riberas.
Tal es la escena sobre la costa occidental; pero de repente se muda la de la orilla opuesta, y forma un admirable contraste. Suspendidos sobre el curso de las olas, apiñados por los vallas, árboles de todas formas, colores y perfumes se mezclan, crecen juntos, se elevan en los aires a alturas que cansan la vista. Las viñas silvestres, las bignonias, las coloquíntidas se enlazan al pie de estos árboles, escalan sus ramos, trepan hasta sus extremidades, se lanzan del ácer al tulipier, del tilupier a la alcea formando mil grutas, mil bóvedas, mil pórticos. Extraviadas ordinariamente de planta en planta estas enredaderas, atraviesan los brazos de los ríos, sobre
los cuales hechan puentes y arcos de flores. Del seno de estas espesuras embalsamadas, el soberbio magnolia levanta su cono inmóvil, que recamado de rosas blancas domina toda la floresta, y no reconoce otro rival sino la palma, que agita suavemente cerca de él sus verdes abanicos.