viernes, 31 de enero de 2025

EL JEHOVÁ DE LA ERA DEL REACTOR

16 años tenía de edad cuando leí por primera vez el libro de Jorge Otis "El Fantasma de Agar". Un libro que me cautivó de principio a fin.        Como se dice "Me marco la vida"

 Hoy después de muchos años tengo el privilegio de compartir sus páginas con aquellos  que asi lo quieran.

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EL FANTASMA DE AGAR 

 JORGE OTIS

 

EL JEHOVÁ DE LA ERA DEL REACTOR

 

¡Los estampidos sónicos perturbaban la engañosa tranquilidad de Galilea!

Parecía extraño que tan potentísima energía proviniera de los diminutos aeroplanos que, veloces como una bala, maniobraban a doce mil metros de altura sobre la antigua cuenca.

__Son nuestros__ dijo Nachi__,

Creo que son Mirage

Ahora hace casí dos días que los aviones de combate sirios no pueden pasar por Galilea.__

 Nachi, como recordarán mis lectores, era el Oficial de Escolta Militar  que me había asignado el Coronel  Simons en la Oficina de Prensa de la Beit  Sokolov. El Coronel le había ordenado que  nos llevara al frente sirio, que estaba en las Cumbres de Golán.
 ¡Oh ! ¡ Ojalá no fuera peligroso eontarles  más sobre el Oficial Nachman ! Como  la mayoría de los judíos que hoy viven en  Israel, su vida y antecedentes son muy  intrigantes. Pero a cde ciertos proyectos  en los que Nachi trabaja mes tras  mes, hay una amenaza, no sólo para su  vida, sino también contra los miembros de su familia, de parte de los terroristas  palestinos.
 Ahora bien, tanto como esto tenemos  libertad de eontar: Nachi es un de baja estatura, rechoncho y fuerte, de  unos cuarenta y cinco años. Domina cinco  idiomas: inglés, hebreo, francés, árabe y  español. No sólo es un distinguido oficial  de tanques israelí, sino también periodista.
 Sin embargo, la más bella faceta de su carácter es su intenso amor por el Dios  de Abraham, de Isaac y de Jacob. Su personalidad  estaba encubierta, y es comprensible  que así fuera, por el pesar que  entonces sentía por algunos de sus íntimos  amigos, miembros de su unidad de  tanques, a quienes había perdido en los  anteriores días de combate. Al fin y al cabo, los soldados como Nachi son seres  humanos que viven y sienten. Y cuatro * guerras en rápida sucesión no infunden un aire descuidado con respecto a la matanza.
 Los conductores de tanques israelíes son considerados como los mejores del mundo por los militares. Han demostrado ser valerosos, rápidos para pensar, hábiles e intrépidos. Sus técnicas de combate han sido estudiadas por todos los expertos rnilitares.
Pero principalmente y sobre todo son un pueblo que trata de subsistir en la tierra que Dios les dio por medio de una
escritura irrevocable.
 Traqueteando a lo largo de una estrecha carretera israelí,pasamos a cientos de camiones, autobuses, "jeeps",tanques, semitractores y casi toda clase de máquinas de guerra. Algunos, como nosotros, se dirigían hacia el frente de Golán, mientras que otros regresaban retumbando para someter sus máquinas a reparaciones o para ser asignados a una nueva misión.

¡Esparcidos aquí y allá vimos muchos de esos tanques auxiliares de combustible, semejantes a proyectiles, que habían  sido soltados por los aviones de combate antes de sus violentas batallas aéreas.
 Era especialmente emocionante ver los grandes camiones israelíes (diseñados para recuperar tanques) que regresaban del frente cargados de tanques abandonados por los árabes. Se informó que, en conjunto, Israel se apoderó de más de mil millones de dólares en equipo nuevo, en  su mayor parte fabricado en Rusia, equipo que ahora está entrando a formar parte  de las unidades defensivas del ejército  judío.
 Pronto subíamos por las escarpadas colinas hacia la meseta que forman las Cumbres de Golán. Cuando hubimos llegado a ésta, aparecieron las imponentes ruinas de la vieja Aduana Británica. Al mirar al cielo, vimos veintenas de aves de plumaje osuro que volaban en estrechos círculos a unos dos kilómetros detrás del  edificio. 

-Nachi -le dije-, ¿acaso esas aves
significan lo que pienso?
-Sí -me contestó; me temo que sí.
-El avanee de la artillería siria no alcanzó a llegar a Galilea, ¿verdad?
__Lamento decirle -dijo Nachi-, que efectivamente lo hicieron. Tal vez usted  recuerde, señor Otis, que esta guerra empezó  el sábado: nuestro "Sábado". Era casi imposible detener a los árabes a causa  de la sincronización de su artero ataque  y del hecho de atacar simultáneamente en. los frentes de Suez y de Golán. Evidentemente, aquí arriba no estabámos bastante preparados. Además, durante los primeros  dlas nos infligieron un terrible castigo al  introducir los nuevos proyectiles antitanque  Sagar de fabricación rusa y dirigidos  por control remoto,  ¡Su efecto era devastador !

"Permítarne contarle _Continuó diciendo Nachi-cuán cerca de la derrota estuvimos en cierto momento de ese primer  lunes. Personalmenté creo que si Dios  no hubiera intervenido, ese día los tanques  sirios habrían bajado directamente  hasta Tiberias. Mirando por allí, George, usted puede ver cómo las sinuosidades del  terreno forman colinas y valles. No es  fácíl ver los tanques del enemigo. Pero mucha veces podemos adivinar donde están, por los disparos de los cañones. Como le decía, esos dos primeros días recibimos une brutal palíza antes que pudiéramos determinar qué táctica deberíamos seguir  y reaprovisionarnos de material.
 "En el peor momento de la batalla quedaban solamente tres, note usted, tres tanques israelíes para bloquear el pasode esa terrible horda acorazada que amenazaba deseender hasta Tiberias, a sólo una hora de aquí. Los árabes habían avanzado, constantemente desde Damasco hasta llegar eerca de este punto. Pero en cierta parte de la Biblia dice: "Jehová, el Dios de Israel peleaba por Israel" (Josué 10).
¡Pudiera haber sucedido otra vez aquí mismo !
En realidad se acercan cada vez más

"ASI PAGA UN AMIGO"

ASÍ PAGA UN PERRO

(Condensado de «Fang and Claven)

POR FRANK BUCK
En colaboración con Ferrin Fraser

ME SORPRENDIO NOTAR que mi amigo Johnson seguía con ojos atentos un perrillo de pelaje amarillento que pasó corriendo por frente a nosotros. Y mayor aún fue mi sor­presa cuando Johnson, volviéndose hacia mí, me preguntó:

Frank, ¿te gustaría ir a mi hacienda a cazar un tigre ?

Estábamos sentados en la terraza del Golf Club de Keppel, que daba sobre la bella rada de Singapore, a corta dis­tancia del puerto, donde a la sazón estaba entrando un barco australiano cargado de ovejas.

—¡No me digas—exclamé yo riendo —que ese gozque te hizo recordar un tigre!

—Así fue, aunque te rías ... Y a pro­pósito, ¿quieres oír algo respecto a la cala de ese tigre ?

—Por supuesto que sí.

Tomó la caja de los cigarros y me ofreció uno. Luego, mientras despuntaba el suyo con los dientes, me preguntó:

—Tú conoces a Dick Scott, ¿no es cierto ?

—Sí, como no.

—Bueno. Dick tiene dos chicos, y hace algún tiempo se le metió en la cabeza regalarles un perro. Cuando an­daba de vacaciones el año pasado, consi­guió el que quería—un alsaciano gris, robusto sin ser grueso, y de patas fuertes, musculosas y altas como las de un lobo. Lo bautizaron Binji. Resultó un perro excelente. Además de dócil, manso, y buen vigilante, era un compañero maravilloo para los chicos.

—Era?—pregunté yo curioso—. Ha­blas como si Binji fuese ya cosa del pasado.

Lo es—contestó Johnson apartando los ojos de mí para fijarlos en el barco—. Y cargamentos como ése fueron la causa.

—No entiendo...

—Verás. Después que se les desem­barca, las ovejas son llevadas a unos pas­taderos cercanos a la finca de Dick. Cierta noche, el rebaño fue asaltado y puesto en dispersión. A la mañana si­guiente, seis ovejas aparecieron muertas, con el cuello destrozado a dentelladas.

— ¿Binji?

Sí, Binji. Su culpabilidad era evi­dente. Había roto la cadena, y le encon­traron lana y sangre en el hocico. Desde entonces se le ató en las noches con una cadena que hubiese sido bastante para sujetar un leopardo. Pero Binji era fuerte, y había probado la sangre... Noches más tarde volvió a romper la cadena, y en esta ocasión fueron doce sus víctimas. Aquello colmó la medida. Dick no quería en su propiedad un perro de tal índole. Así, acto seguido, le puso la correa y lo llevó consigo al hotel, por si hallaba a quien cedérselo. Y aquí es donde empieza mi parte.

Yo no conocía a Binji. Lo vi por pri­mera vez esa tarde, cuando entre' en la cantina del hotel. Estaba—noble y tranquilo--echado a los pies de su amo. Evidentemente era un hermoso animal. Lo alabé con entusiasmo, «Si te gusta, te lo regalo», me dijo Dick. Y al ver que yo lo miraba con incredulidad, se apre­suró a explicarme: «Es un perro de instintos feroces, y se ha cebado en las ovejas. Mató docena y media en dos noches. Y yo tuve que pagar el daño. Pero ya no repetirá su hazaña. Voy a deshacerme del muy carnicero, sea que tú lo aceptes o no».

Bueno... yo tampoco quería una «fiera» en mi finca. Y ya iba a decírselo así a Dick cuando de pronto recordé algo para lo cual me sería Útil un perro. -Está bien», le contesté. «Lo acepto».

Dick puso la correa en mis manos sin decir una palabra. El perro pareció darse cuenta de que su destino iba a cambiar en ese instante, porque miró, primero, al amo que de él se desprendía. y luego a mí. Pero en sus ojos no brillaba la expre­sión del que reprocha o se duele, sino la del que interroga humildemente. Me si­guió sin oponer resistencia. Por el con­trario. Se hubiera dicho que aquello le agradaba.

Johnson hizo una pausa. Luego, esqui­vando mirarme, como si algo le aver­gonzase, me preguntó:

Frank, ¿sabes para qué quería yo ese perro? Para ponérselo de carnada a un tigre.

Calló de nuevo por un instante, y continuó luego:

—Ya te dije que en mi hacienda hay un tigre. Tú sabes cuántas engorrosas formalidades tienes que llenar para que te den permiso de cazar con bala un ani­mal así: pero no hay ninguna ley que prohiba cazarlo vivo. Con tal propósito,  mandé hacer una trampa de troncos. Pero necesitaba una buena carnada, tú sabes, un animal que en la noche chillase y metiera la bulla necesaria para atraer al tigre. Por eso se me ocurrió utilizar aquel perro dañino que providencialmente me venía a las manos.

Debes comprender, Frank, que yo nunca había visto a Binji. De lo que Dick me contó deduje, naturalmente, que era un animal temible, indigno de compasión ni buen trato. Pero a poco de estar con él, empezó a parecerme imposi­ble que un perro tan dócil, tan manso y tan cariñoso fuera realmente capaz de encarnizarse en las ovejas como el peor de los lobos. Tú sabes que para ir a mi hacienda hay que navegar doce kiló­metros río arriba, y luego cruzar la co­rriente. Bueno, yo temía que me fuese necesario hacer fuerza a Binji para que entrara en la lancha. No hubo tal. Subió a ella por su propia voluntad, como si tuviese plena confianza en mí, como si toda su vida hubiera estado esperando hacer ese viaje conmigo. Iba juguetón y alegre, lo mismo que un cachorro. Ladra­ba a las ondas y cogía copos de espuma entre los dientes. Después se acercaba a mí, me ponía el hocico húmedo en la mano, y me miraba como si quisiera decirme: «Nos estamos divirtiendo mucho, ¿no es cierto?»

Llegados a la casa me senté a cenar. Binji me miraba, echado al pie mío. Pero no con ojos de petición, sino con ojos de esperanza. Le tiré unos cuantos mendrugos, cosa que nunca hago con los perros cuando estoy a la mesa. Pero, tú comprendes... el pobre iba a morir, y aún a los peores criminales se les deja comer bien antes de su ejecución. Hubie­ras visto qué hermoso centelleo de grati­tud había en sus ojos cuando cogía uno de aquellos bocados.

Después de la cena encendí mi pipa y me senté en el porche a contemplar las estrellas. A poco, la cabeza de Binji estaba descansando en mis rodillas. Evi­dentemente no lo hacía por que lo acari­ciase, sino por estar allí, en contacto conmigo, haciéndome compañía. Me puse en pie precipitadamente y llamé al mu­chacho indígena que me servía de ayu­dante. ,Ven—le dije—. Vamos a cebar esa trampa ».

Binji nos siguió alegremente. Aquel paseo inesperado por la trocha abierta en la espesura parecía deleitarlo. Yo podía distinguir en la oscuridad el penacho gris de su cola agitándose afanoso cuando se agachaba para husmear entre los, matorrales. Me parece a mí que de todas las cosas la que hace más feliz a un perro es vagar así, suelto y libre, en la plácida quietud de la noche, por entre la maraña llena de ruidos inquietantes, pero llevan­do tras de sí al amo que lo llame por su nombre en la oscuridad. Después de mucho andar llegamos a la trampa. Tú sabes como son las de esta clase; una especie de jaula, hecha de troncos sin descortezar, pesada y fuerte, con una puerta caediza que se cierra al tocar el disparador que la sujeta. Hasta que el muchacho no lo hubo atado en el interior de la jaula, Binji no se dio cuenta de que algo extraño había en todo aquello. Y empezó entonces a gemir tímidamente.

Binji es animal de instintos feroces ... un perro dañino y peligroso. De todos Todos, Dick hubiera acabado matándolo. Estas y otras cosas iba diciéndome a mí mismo de regreso a la casa por la vereda que Binji acababa de recorrer conmigo. Seguía oyéndolo a mi espalda, allá lejos, en la negra distancia. Ahora ya no gemía. Estaba aullando lastimeramente con todas sus fuerzas.

«Perro buen cebo para tigre»—cha­purró el muchacho indígena que caminaba a mi lado—Aúlla fuerte. Tigre vendrá seguro». Ese comentario que debía haber sido grato para mis oídos de cazador, no acertó a complacerme. Una sola idea me dominaba: ¡aquel hermoso alsaciano, solo, indefenso, atado, aullando angustiosamente en la oscuridad, y por allí cerca, el tigre, alevoso y matrero, que de un solo zarpazo iba a silenciarlo!

Me metí en la cama, pero no pude dormir. Un tropel de ideas extrañas pasaba por mi imaginación, y a través de todas ellas seguía viendo a Binji: grande, robusto, con sus vivos ojos pardos, su nariz arrugada, sus patas recias, su cabeza grande y tibia apoyada cariñosamente sobre mis rodillas. Empecé entonces a hacerme reflexiones: yo no tenía un perro en mi finca... Binji podría ser inclinado a matar ovejas, pero yo no tenía ovejas que él matara... ¿Por qué no había de quedarme con él, en vez de sacrificarlo así?

Es sorprendente con cuánta rapidez puede uno cambiar de ideas. Hasta en­tonces yo había deseado vivamente ver aquel tigre caer en la trampa. ¡Ahora deseaba con todas mis potencias que no hubiese caído! Di que fue sentimentalis­mo; di que fue el recuerdo del húmedo hocico de Binji en mi mano, de su ale­gría cuando íbamos en la lancha, de su humilde mirada cuando se tendía a mis pies-, di, si quieres, que fue simplemente la voz de la conciencia. El hecho es que salté de la cama como impulsado por un resorte, y llamé al ayudante: «¡Date prisa! ¡Vamos a sacar al perro de esa trampa!» Recorrimos a carrera tendida aquel medio kilómetro. Si tú has tenido un perro, comprenderás esa loca ansiedad mía.

Cuando íbamos acercándonos, noté que todo estaba en silencio. Aquello fue para mí claro indicio de que ya el tigre había hecho presa en Binji. Luego, más cerca ya de la trampa, oí un débil gemido

de miedo y pena... algo así, imagino yo, como el gemido de un niño cuando lo dejan solo en la oscuridad.

Avancé ansioso y vi a Binji, con su nariz negra pegada a los burdos barrotes de la jaula, sus ojos encandilados por la luz de la antorcha que nosotros llevá­bamos, y aquel plumón gris claro de su cola agitándose con alegría y confianza, como si quisiera decir: «Bueno, ya hemos jugado bastante a esto. Vamos a jugar a otra cosa ». Cuando el muchacho lo hubo desatado, salió de la jaula sal­tando, y corrió hacia mí, anhelante, con la roja lengua afuera, y batiendo la cola. «¡Ven, Binji!—le dije—. ¡Vamos a casa!» Echó vereda abajo como había venido: corriendo, retozando, metiendo la nariz curiosa aquí y allí, adelantándose de pronto y volviendo de nuevo a mi lado para emprender otra carrera, y seguir inspeccionándolo todo.

De pronto ocurrió algo, tan repentino Y tan cerca de mí, que ni siquiera alcancé a levantar la antorcha... Un rápido movi­miento entre la oscura maleza... Un enorme bulto negro... Dos centelleantes dagas de marfil que se abalanzaban sobre mí, ávidas, feroces, rectas, afiladas como agujas...Había tropezado con un jabalí que estaba guardando su hembra y sus jabatos. ¡Doscientas libras de enloque­cida fiereza que se lanzaban contra mí para despedazarme! Pensé en mi esco­peta, pero todo aquello fue tan súbito y tan veloz que no tuve tiempo de echármela a la cara. Entonces una mancha gris saltó de la oscuridad como una exhala­ción. Oí el chillido del jabalí al recibir el violento impacto. Las dos dagas cente­lleantes desaparecieron en las tinieblas. Luego un grito de dolor lanzado por Binji, y después del grito, su gruñido ronco, feroz, salvaje... ¡el mismo gruñido de cuando clavaba los colmillos en el cuello de las ovejas!

Maté de un tiro al jabalí—agregó Johnson lentamente, como si la emoción del recuerdo retardara sus palabras—. Y encontré al pobre Binji con aquellas dos horribles dagas clavadas en el pecho, pero con sus grandes colmillos blancos hundidos fieramente en el cuello del jabalí.

 

¿NO CREE USTED..?

 EN EL PODER

 DE LA ORACIÓN .. .?

(CONDENSADO DE «COSMOPOLITAS»)
POR PERCY WAXMAN

En las noches de la selva.

bajo el Mudo,firmamento.

los hombres le hablan a Dios

y Dios escucha su acento.

EL DOCTOR LIVINGSTONE Se empeñó una vez en hacerle entender a un reyezuelo africano cómo era el hielo. El jefecillo acogió la explicación del misionero con una carcajada de burla. No había visto nunca hielo y no creía una sola palabra de lo que Livingstone le de­cía.

El mundo está lleno de escépticos que, a semejanza de aquel salvaje africano, no creen en la existencia y realidad de lo que no se puede percibir con los sentidos.

Habiéndosele preguntado qué diría si viese una barra de acero flotando en el aire, cierto físico famoso contestó: «Pues, mire usted, si yo viese tal cosa, pensaría que se había suspendido temporalmente la acción de una ley natural ».

El gran biólogo Tomás Huxley, cuan­do le hicieron la misma pregunta, respon­dió: «Si yo viese un lingote de acero flo­tando en el espacio, lo consideraría una prueba de la existencia de una ley natural ignorada por mí».

De todas partes del mundo nos están llegando ahora testimonios del poder de la oración. A nadie debe sorprender que, en instantes de suprema angustia, los hombres impetren el auxilio de algún Poder exterior y superior a ellos. Lo úni­co sorprendente en eso es que nos sor­prendamos de un impulso tan natural y constante. Raro será el hombre que no sienta cierto espiritual anhelo, que no intuya, allá en lo íntimo de su ser, la exis­tencia de un Poder hacia el cual, de un modo involuntario, inconsciente, eleva los ojos y el alma.

El mayor Allen Lindberg, de West­field, Nueva Jersey, piloto de una fortaleza volante, cayó al mar con toda la do­tación de la aeronave. Eran diez en total. Iban a Australia.

«Escasamente tuvimos tiempo», cuen­ta el propio mayor, «de meternos en un par de balsas de caucho. No pudimos to­mar del avión ni una miga de pan, ni una gota de agua. Estábamos todos bastante abatidos; todos, menos el sargento Alber­to Hernández, de Dallas, nuestro artillero de cola. Apenas nos acomodamos en las balsas, Hernández empezó a rezar fervo­rosamente. A los pocos instantes nos dejó atónitos al comunicarnos que tenía la se­guridad de que Dios lo había escuchado y nos sacaría del trance ».

A merced de las olas, bajo un sol abra­sador, con los labios demasiado resecos y agrietados y la lengua demasiado hin­chada para acompañar a Hernández en sus cánticos religiosos, los aviadores ora­ban en silencio. A los tres días, poco antes del anochecer, divisaron el perfil de un Is­lote. No querían dar crédito a lo que sus ojos vieron minutos después: tres canoas llenas de remeros desnudos que boga­ban hacia las balsas. Eran aborígenes aus­tralianos, pescadores de negra piel y ca­bezas de extraña forma. Procedían de tie­rra firme, y llevaban navegando centena­res de millas. Le contaron a Lindberg que, el día antes, cuando iban de vuelta a su país, con la pesca que habían cogido, una fuerza misteriosa los impelió a cambiar de rumbo y dirigirse hacia aquel atolón des­habitado. De aquel islote fué de donde avistaron a Lindberg y sus compañeros.

«Dios se vale de la extrema necesidad del hombre para revelar su poder.» Pa­labras de John Flavel, que vivió en el siglo diecisiete. Verdad religiosa que están comprobando en nuestros días muchas personas que no tenían la costumbre de dirigirse a Dios mediante la oración, y que ahora han visto tenderse hacia ellos, en la hora del supremo riesgo, la mano de la Providencia. Sean cuales fueren los pe­ligros que nos amenacen, la fe en un Poder sobrenatural ahuyenta el miedo y la duda de nuestras almas. Tiene razón el doctor Alexis Carrel cuando dice: «La oración, el manantial más rico de fuerza y de per­fección de que disponen los hombres, es un bien eficacísimo que muchos ignoran o descuidan lamentablemente.

 

EL INDIO MARCHA A LA LÍNEA DE FUEGO 1943 *CULROSS*

EL INDIO MARCHA A LA LÍNEA DE FUEGO

1943

Las mismas cualidades que lo hicieron, en un tiempo, enemigo temible, convierten hoy al piel roja en inigualable compañero de armas del soldado blanco norteamericano.

(Condensado de «The American Legion Magazine »)

Por Donald Culross Peattie

 

  EL ENEMIGO MÁS FIERO que ha tenido el norteamericano en sus luchas guerreras ha sido su con­terráneo: el indio piel roja. La tierra toda de los Estados Unidos hubo de ser ­le furiosamente disputada, palmo a pal­mo, en una guerra de trescientos años. Las victorias de los indios sobre sus com­patriotas blancos fueron numerosas. En Blue Licks derrotaron a Dan Boone y sus estupendos tiradores de Kentucky; en Adobe Walls vencieron a Kit Carson y su regimiento. Capitaneando una cua­drilla de 38 valientes y 8 mozalbetes, Je­rónimo el Apache aterrorizó el sudoeste y tuvo a 5-000 jinetes de la caballería de los Estados Unidos galopando en su bus­ca por el desierto.

Para adueñarse de los Estados Uni­dos, tuvieron los blancos poco menos que exterminar al piel roja. A pesar de ello, estos indios, que hace cuarenta años parecían condenados a extinguirse, suman en la actualidad más de 400.000 y gozan, desde 1924, de plena ciudada­nía norteamericana. Hoy, los nietos de los pintados guerreros del oeste mar­chan por los caminos de la guerra hom­bro a hombro s compatriotas, los muchachos blancos. Los amerindios han enviado a las fuer­zas armadas norteamericanas más de 15.000 valientes, número proporcional­mente mayor al de cualquiera otro gru­po racial, blanco, amarillo o negro, de todo el país.

Tras de haber trocado sus penachos de plumas por el capacete de acero, los muchachos indios se están distinguiendo en todas las armas del Ejército. Pilotean bombarderos, marchan al acecho por las selvas como infantes de marina, tri­pulan los submarinos que hunden los barcos japoneses y ruedan sobre las cal­cinadas arenas del desierto en tanques que vomitan metralla.

Las mismas cualidades que un tiempo hicieron del indio el más sanguinario enemigo del norteamericano, son las que lo convierten en el mejor compa­ñero de lucha que el soldado yanqui de nuestros días puede apetecer. El soldado piel roja es resistente. Por regla general ha pasado toda la vida al aire libre y sabe hacer el mejor uso de sus sentidos; es, por naturaleza, un excelente batidor. Le encanta tomar parte en las arriesga­das incursiones de los comandos. ¿Cómo podría ser de otro modo si fueron sus propios antepasados los inventores de ese tipo de lucha?

Un mayor de Fort Benning, en Geor­gia, que para los indios es un cara pálida, hacía el siguiente comentario: «Estos indios son el mejor tónico moral que te­nemos. Se encargan de una tarea difícil y la hacen como quien juega. Bien nos vendría que fuesen más».

En materia de emboscadas, escuchas, señales y tiro apostado, no tienen rival. Los hay que huelen las culebras a varios metros de distancia y perciben los menores ruidos. Soportan la sed y la falta de comida mejor que la generalidad de los blancos.

Uno de los mayores inconvenientes en las tareas de escuchas y señales de la guerra en las selvas del Pacífico, es la abundancia de japoneses que entienden el inglés; oyen los mensajes que los jefes norteamericanos dan por radio, y con suma destreza intercalan órdenes falsas; la más enigmática clave corre el riesgo de ser descifrada por los peritos japoneses. Pero, como no hay japonés que ha­ble ni entienda el winnebago o el navajo o cualquiera otra lengua de los pieles rojas, son éstos la tropa ideal para servi­cio de escuchas, avanzadillas, y cuales­quiera otros en que deban comunicar noticias al grueso de las fuerzas. No hay informaciones, por importantes y reser­vadas que sean, cuya transmisión no pueda confiárseles, en la completa segu­ridad de que los japoneses, de llegar a interceptar el mensaje, no entenderán ni jota.

Los soldados indios siguen merecien­do el antiguo y glorioso calificativo de valientes. El primer piel roja que dió su vida por el Tío Sam fué Henry Nola­tubby, de la dotación del acorazado Ari­zona, que murió peleando en Pearl Har­bor. Otro piel roja, el cabo Hermann Boyd, fué condecorado con la orden del Purple Heart por su heroísmo de aque­lla lúgubre mañana. El soldado Charley Ball, de la tribu Assiniboin, recibió la Cruz de Servicios Distinguidos por con­tinuar junto a sus compañeros, después de estar desesperadamente herido y contribuir así a proteger la retirada de las fuerzas de MacArthur en Bataán. Otro de la misma tribu, Joe Longknife, que también se encontraba en Bataán, hirió a 10 japoneses de 16 tiros. Kenneth Scissons, indio sioux de la Dakota del Sur, hizo diez muescas -en su fusil Ga­rand después de matar a otros tantos nazis en combate de cuatro minutos, durante una incursión de comandos en los suburbios de Bizerta.

Los aviadores cuentan la proeza del sargento Ralph Sam, indio paiuta y ar­tillero de un avión que bombardeó a un convoy japonés en aguas de Nueva Gui­nea. Cuando le hirieron el brazo dere­cho, disparó su pistola con la mano iz­quierda e hizo certero blanco en un Zero que los perseguía. Ya agotadas las municiones, dióse cuenta el piloto de que su bravo artillero estaba herido. Aunque se afanó para llegar rápidamen­te a un hospital de la base, no consiguió hacerlo a tiempo, y Sam murió desan­grado. La Silver Star fué su póstuma recompensa.

Los norteamericanos blancos se sien­ten, con razón, orgullosos de pelear al lado de los pieles rojas y hablan de las proezas de los antepasados de los indios, sus antiguos enemigos, con la misma sa­tisfacción que si hubieran sido propias. Por su parte, el piel roja arriesga la vida por un blanco con igual impavidez que sus antepasados hubieran arrancado el cuero cabelludo a un cara pálida. En ce­remonias efectuadas en la Carolina del Sur, en el aeródromo de Spartanburgo, el mayor Barney B. Russell manifestó que no hay en los anales de la aviación militar norteamericana hazaña que so­brepase a la del soldado Lester Reymus, de la Escuadrilla 77 de Cazas. Al es­trellarse contra el suelo un avión P-37, este muchacho paiuta no esperó a po­nerse el traje incombustible de asbestos para lanzarse entre las llamas que lamían un tanque de gasolina y salvar de la catástrofe al desvanecido piloto.

Hay héroes pieles rojas en todos los grados de la jerarquía militar. Clarence. L. Tinker, pasó de vaquero en Osage a general del Cuerpo de Aviación. El 7 de junio de 1942, cuando se avistó la flota japonesa en las proximidades de Mid­way, este veterano de la primera guerra Mundial, que era jefe de la fuerza aérea norteamericana en Hawaí, le salió al encuentro mandando en persona una de las escuadrillas. En aquella lucha la flor de la armada japonesa fué enviada al fondo del mar. No vió la victoria el bravo General Tinker que cayó con su avión al Pacífico.

Desde los que ocupan altos cargos mi­litares hasta las mujeres más humildes, todos los indios norteamericanos apor­tan su contingente al esfuerzo bélico. El indio norteamericano ama la libertad y no vacila en defenderla, cueste lo que cueste. Los indios apaches de Jicarilla, que han enviado a filas a todos los hom­bres aptos para el servicio militar, com­pran todos los lunes un bono de l00 dó­lares. Lo suscrito por los pieles rojas por mediación de la Oficina de Indígenas, asciende ya a 5.000.000 de dólares, y ha de advertirse que este total no incluye los bonos comprados directamente. Aun­que en su mayoría cuentan con poco di­nero, invierten con entusiasmo las su­mas de las cuales pueden disponer. Una anciana india de Kiowa, que no sabe escribir, autorizó un cheque de 1,000 dólares para el Auxilio de la Armada con la huella del pulgar.

Trabajadora incansable, la mujer in­dia ha sido siempre verdadera piedra angular de la vida económica de la tri­bu. Sus actuales herederas dan mues­tras del mismo alegre estoicismo y de no menor habilidad en granjas y fábricas, ya conduciendo tractores y camiones, ya en tareas fabriles, ya cuidando de los rebaños que los pastores han tenido que abandonar; ya en los cometidos propios de las mujeres que visten uniforme. To­das las grandes escuelas indias instruyen por igual a hombres y mujeres en traba­jos especializados de guerra. Unas 4.000 indias prestan servicio en las industrias. Más de 5.000 huertos de la Victoria se cultivan en los territorios que les están reservados. Cuando el Cuerpo Auxiliar Femenino del Ejército abrió su oficina de reclutamiento en Nueva York, la primera voluntaria de la fila era una india, graduada del Instituto de Has­kell, que responde al sugestivo nombre de «Ojos Risueños».

Hay indias yaquimas que trabajan co­mo remachadoras en los astilleros e in­dias seminoles que lo hacen en las fábri­cas de aviones; y en todas partes, tanto en la industria como en las unidades combatientes, existe demanda especial de mujeres indias por sus cualidades de incansables, pacienzudas y diestras.

Para los enemigos de las Naciones Aliadas, que predican el odio de razas y persiguen a las minorías, resulta in­comprensible ver fraternizar al indio y al blanco de los Estados Unidos. Para el indio no hay tal misterio: no necesita que le enseñen qué es la libertad.

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La mujer necesita de sus padres desde que nace hasta que cumple 18 años; de su belleza, de los 18 a los 35; de su simpatía, de los 35 a los 55• Y de esta edad en adelante, lo único que la anciana necesita es tener dinero. *Kathleen Norris