viernes, 29 de enero de 2021

SEGUNDA PARTE FINAL- VIENTO SOLLOZANTE 2 LIBRO

 miércoles, 27 de mayo de 2020

SEGUNDA Y FIN -VIENTO SOLLOZANTE 2 LIBRO

 MI CORAZÓN INQUIETO    147

le estaba agradecida por ello, pero estaba segura de que las cosas estaban tocando a su fin para nosotros y me sentía inquieta. Me anduve con sumo cuidado para que Don no tuviese la más mínima sospecha de lo que yo iba a hacer y estaba segura de que no sabía nada.
Una semana antes de que pusiese en práctica mi plan de marcharme, Don trajo a casa una caja de zapatos y me la entregó. Cuando la abrí me encontré con un gatito monísimo y cubierto de pelusa, color negro.
—¡Es precioso! ¿Dónde lo has conseguido? —le pregunté.
—Había un anuncio en el periódico —me dijo—acariciando al gatito.
Yo puse la bolita de piel suave junto a mis mejillas. —¿Cómo se llama?
—No me dejes —me contestó.
Me miré en los ojos grises de Don y parecía penetrar en mi mente, leyendo mis pensamientos. —¿Qué?
—Se llama No me dejes —me contestó. —Voy a buscarle un poco de leche —y con esas palabras se fue a la cocina.
Puse al gatito sobre mi regazo. ¿Lo sabía Don? ¡No era posible! ¡Había ido con tanto cuidado; tenía que ser pura coincidencia!
—No me dejes —repetí— cuando regresó Don. —Ese no es un nombre apropiado para un gato.
—Pensé que sería un buen nombre. Tal vez le impedirá que se marche y se pierda.
Don le rascó al gatito detrás de la oreja y éste empezó a ronronear y a lamer la leche del platito.
El gatito no tardó en apropiarse de nuestra cabaña y parecía pensar que él era el dueño y nosotros sus animales domésticos. Yo me había propuesto no encariñarme con él porque sabía que pronto me marcharía. Ya había preparado mi maleta, metiendo en ella solamente unas cuantas prendas y la había puesto debajo de la cama, escondiéndola de Don. Me llevaría 148    MI CORAZÓN INQUIETO
solamente lo que había tenido antes de casarme y eso no era mucho, cabiendo sobradamente en una maleta. Llegó la hora de marcharme. Durante todo el día había estado evitando encontrarme con los ojos de Don, temiendo que pudiese ver lo que estaba pensando. No estaba segura de lo que haría si se enteraba de que esa noche le iba a abandonar, así que me entretuve limpiando la casa y cocinando. Le había hecho dos pasteles de manzana al horno para que cuando yo me fuese tuviese algo que comer. Trataba de no pensar en lo que estaba haciendo, porque si lo hacía me sentía confusa y sabía que era algo realmente sencillo: estaba abandonando a Don antes de que él me abandonase a mí.
Cuando estuve segura de que Don estaba dormido, me levanté de la cama silenciosamente y fui de puntillas al cuarto de baño, donde me vestí rápidamente y recogí las cosas del último momento para meterlas en mi maleta. En una hora estaría en el avión, de camino a casa y ya nada podría impedirme que me fuese.
Saqué la maleta con cuidado de debajo de la cama, esperando no despertar a Don. La abrí para meter en ella las últimas cosas y me encontré en el interior un pedazo de papel encima de la ropa. Lo tomé y leí en la penumbra: "Te quiero, por favor no me dejes."
¡Don lo sabía! ¡Lo había sabido desde el principio! Me quedé en la oscuridad, con las lágrimas que me caían silenciosamente por las mejillas. No me dejes se estiró, dio la vuelta en su cajita y se volvió a dormir.
Si no me iba pronto perdería mi avión, pero si me quedaba ¿qué me sucedería? ¿Qué pasaría si Don me abandonaba y yo me quedaba sola?
Entonces oí la voz de Dios en mi corazón. ¡Don no es el que está ahí, junto a la maleta, marchándose a escondidas a media noche como un ladrón! Don está en su cama durmiendo, donde debe de estar. ¡No va a ninguna parte! Me pediste que te diese un marido y lo hice. ¿No crees que yo sabía cuál era el apropiado para ti?
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Cerré la maleta sin hacer ruido y la volví a meter debajo de la cama. Me quité la ropa y me volví a meter en la cama a fin de no despertar a Don. A lo mejor podía confiar en él, quizás me amase de verdad y no fuese a abandonarme.
Está bien, Dios —le dije— me quedaré.
Me quedé dormida apretando la nota entre mis manos, una nota que había sido escrita con lápiz sobre un pedacito de papel y que decía: —Te amo, por favor no me dejes.
CAPITULO DIECIOCHO
Ninguno de los dos mencionamos la nota que estaba en la maleta, fingiendo ambos que no había sucedido absolutamente nada.
Yo decidí que no amaba a Don, pero que podía hacer como si le amase y si lo hacía lo suficientemente bien él nunca se daría cuenta de la diferencia.
Empecé intentando cocinar las recetas del libro de cocina que me había comprado Don y aprendí a coser su ropa en una máquina de coser, en vez de hacerlo con una presilladora. Hice todo lo posible por controlar mi terrible mal genio y por mantener nuestro hogar tranquilo y cómodo, preguntándome a mí misma: ¿Si yo amase a Don de verdad qué haría yo hoy por él? y entonces le sacaba brillo a sus botas o le hacía una torta al horno. Yo sabía que el engaño estaba siendo todo un éxito porque parecía mucho más feliz que nunca.
Llegó el verano y el sol nos compensó por no haber brillado en todo el invierno. A mí me encantaban los días tan largos y no me iba a la cama hasta las tres de la madrugada porque afuera aún había claridad. Don me llevaba en el coche a dar largos paseos por el campo, practicábamos el camping, íbamos de excursión por las montañas y remábamos en canoa por los helados ríos. Me encantaba estar una vez más cerca de la madre tierra, sentir el aire y el sol y caminar por la hierba alta y entre los árboles gigantescos.
Un día caminamos kilómetros enteros por densos bosques, donde los helechos eran más altos que nosotros. Estuvimos juntando fresas y escarbando fósiles de la tierra. Era un día muy hermoso y nos encontramos muy lejos, en los campos y me sentí
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como si hubiésemos sido las dos únicas personas en el mundo.
Cuando nos detuvimos a descansar Don se agachó y cogió un diente de león y me lo dio: —Toma, una flor del sol —me dijo.
De repente me inundaron la mente los recuerdos del día que vino, haciéndome la corte, con caramelos y dientes de león. Hacía casi un año que estábamos ya casados y me había traído más felicidad de la que yo había creído posible.
—Te quiero —le dije y mis palabras como    permamnecieron en el aire coo un pájaro suspendido a mitad  de vuelo. No podía creer que las hubiese pronunciado y él no podía creer que las hubiese escuchado. No sé cuál de los dos se quedó más sorprendido.
—Te quiero —le repetí y la segunda vez me resultó más fácil decirlo. —¡ Te quiero de verdad! —y mi corazón rebosaba con aquellos sentimientos que había enterrado durante toda mi vida. Me eché en los brazos de Don, subyugada por el gozo de haberme enamorado de mi marido.
Nuestro amor fue creciendo y cada día era una aventura más. Eramos dos personas que habíamos estado muy solas, pero que nunca más lo volveríamos a estar. Cuando él estaba ausente, trabajando en los campos petrolíferos, nos escribíamos todos los días y cuando estaba en casa era una fiesta.
Como han hecho otras mujeres desde el principio de los tiempos, yo comencé a pedir en oración que pudiese darle un hijo, que es el más preciado regalo de todos, al hombre que amaba.
Oré un sinnúmero de veces diciendo: —Señor, por favor danos un hijo y yo le educaré en tus caminos.
Cuando transcurrió el tiempo y seguí sin hijos, comencé a temer que permanecería estéril. Me convertiría en un viejo y retorcido roble, que no ha dado nunca fruto, por eso muchas noches me quedaba sentada en la oscuridad, derramando lágrimas de agonía. Me habían engañado muchas veces en mi vida, pero esta vez Don también iba a ser víctima del engaño y eso hacía que el vacío doliese más aún.
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Intenté orar diciendo "sea hecha tu voluntad" y aceptar que no habría nunca más que nosotros dos. Nos amábamos el uno al otro y éramos más felices que la mayoría de la gente. Eso debería de haberme hecho sentirme satisfecha, pero no lo estaba.
Empecé a sentirme enfurecida, como si Dios se hubiese vuelto en contra mía. Otras mujeres tenían hijos, ¿por qué no yo? Los animales tenían descendencia, ¿por qué no podía tenerla yo?
—No, Dios, no puedo decir "sea hecha tu voluntad" si es que tu voluntad es que no tenga hijos, no estoy dispuesta a darme por vencida. Te pediré un hijo cien veces cada día durante el resto de mi vida. ¡Quiero un hijo! Dame un hijo y te prometo que le educaré de tal modo que él te adore.
Cientos de veces mis labios dijeron: ¡Dame un hijo, dame un hijo!
Escudriñé la Biblia, leyendo todos los pasajes que mencionaban a los hijos y pronto averigüé que antiguamente era una deshonra el que una mujer no tuviese hijos.
Raquel había sido estéril y luego, nos dice el Génesis: "Y concibió, y dio a luz un hijo, y dijo: Dios ha quitado mi afrenta."
En el libro de 1 de Samuel, Ana lloró y clamó al Señor diciendo: "si tú ... dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová."
El salmista escribió: "He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre." Si los hijos eran algo de estima, yo permanecería estéril porque no había hecho nada para merecer de Dios esa estima.
Pero a pesar de ello seguía aferrándome a los relatos bíblicos en los cuales las mujeres estériles habían tenido hijos después y ellas eran mi esperanza. Yo sufría, como lo habían hecho Raquel y Ana, y me gozaba porque sus oraciones habían sido contestadas.
Empecé a comprar copita de bebés, mantitas y sonajeros y a esconderlos para que Don no los viese porque él no lo comprendería y se creería que me estaba volviendo loca.

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Los días que me sentía deprimida sacaba la ropita para bebés y la estrechaba contra mi corazón, cerraba los ojos y decía otra vez: —Por favor, Dios, dame un hijo.
Una noche de septiembre, contemplando la luna sobre las copas de los árboles y viendo cómo el viento rompía las hojitas de las ramas, dejando a los árboles pelados y fríos, dije, estando en pie junto a la ventana, por enésima vez, con voz suplicante a Dios: "Dame un hijo y haré que te glorifique".
La escena que tenía ante mí desapareció y en lugar de la luna vi una enorme águila que volaba por el cielo. En lugar de los árboles vi un elevado y agreste acantilado con un nido situado en una grieta. El águila descendió sobre su nido y cerró sus alas, colocándose sobre varios huevos. Un instante después el águila extendió las alas y voló por el desfiladero, seguida de sus pequeños aguiluchos.
La visión desapareció y tuve una vez más ante mí la luna y los árboles. Me froté los ojos y miré otra vez. La noche seguía igual y no había habido ni águila, ni acantilado, ni huevos, pero yo los había visto tan claramente como cualquier cosa que hubiese visto a plena luz del día.
—Gracias, Dios, sé que esa ha sido tu respuesta. Sé que en estos mismos momentos llevo a mi hijo en mis entrañas —y lloré de gozo.
Me disponía a despertar a Don, pero temía que no me creyese. Diría que me lo había imaginado o que lo había soñado y no había manera de expresar con palabras la belleza de la visión, pues era demasiado especial, demasiado preciosa, un secreto entre Dios y yo.
Yo era como Raquel; Dios había quitado mi afrenta y había contestado a mi oración.
Hice un par de pequeños mocasines para bebé de la piel más suave que pude encontrar y cosí sobre la parte de arriba cuentas de color azul.
Me coloqué frente a mi marido y le entregué el regalo diciéndole: —Estos mocasines son para tu hi-
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jo —haciendo grandes esfuerzos para no delatar la profunda emoción y orgullo que sentía en mi corazón que latía con fuerza.
—¿Mi hijo? —preguntó sonriendo. Podía ver el brillo en mi rostro y supo que Dios nos había bendecido. —A lo mejor es una niña —me dijo— mirando las cuentas azules.
—No —le contesté— un hombre debe tener un hijo y yo he pedido uno y así será.
Yo contaba con muchísima alegría los días y me pasaba el tiempo haciendo cosas para nuestro bebé y orando para que llegase con bien a nuestro mundo.
Tomé una rama de un sauce llorón, la doblé, formando un pequeño aro y hierba larga, que tejí para adelante y para atrás, dejando solamente un diminuto agujero en el centro. Lo colgué encima de la camita que teníamos para nuestro bebé. Era una red para el sueño como las mujeres indias habían hecho para sus bebés desde el principio de los tiempos. La red atraparía y alejaría todos los malos sueños y solamente los sueños buenos y dulces podrían pasar por el diminuto agujero que había en el centro, permitiendo que mi bebé durmiese feliz. Yo hice una tabla de madera para llevar a mi bebé y más ropa de la que jamás llegaría a utilizar.
Para mí fue un tiempo feliz y Don se mostró aún más considerado hacia mí.
A veces me preguntaba a mí misma qué habría hecho si Don me hubiese abandonado, como me había dicho Pedernal que lo haría. ¿Me habría mostrado tan ansiosa por tener un bebé? ¿Qué hubiese sucedido si hubiese tenido la criatura y hubiese estado sola, como lo había estado mi madre? Por primera vez tenía noción de su parte de la historia. Se había casado demasiado joven con un hombre que no la quería. Cuando él la abandonó, debió sentirse muy asustada y terriblemente dolorida. Ahora me resultaba más fácil entender por qué me había dejado con la abuela. Mucho me hubiese gustado que hubiera podido saber que ahora ella iba a ser abuela.

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Don me saplicó que fuese al médico, pero la abuela había tenido once hijos en la casa y sin duda yo podía tenerlo también en la casa. La idea de tener que ir a un hospital me aterrorizaba porque había oído historias terribles acerca de ellos. Había oído decir que le cortaban todo el pelo a las mujeres y que luego les afeitaban la cabeza y que a veces cometían equivocaciones y operaban a las personas que no debían, así que no quería ir al hospital. Yo no estaba enferma, solamente iba a tener un bebé.
Un lunes por la mañana supe que había llegado el momento de que naciese el bebé y al darme cuenta de que en muy pocas horas seria madre comenzó a latirme con fuerza el corazón. Cuando llegó Don del trabajo esa noche le dije que ya no faltaba mucho, que se aproximaba el momento en que había de nacer el bebé.
Pasaron las horas y los dolores se fueron haciendo más intensos. Pasó la noche y llegó la mañana y Don permaneció junto a mi cama, sin que ninguno de los dos durmiésemos en toda la noche y a mi ya no me quedaba fuerza.
—Está llevando demasiado tiempo, te voy a llevar al hospital —me dijo Don.
Yo empecé a llorar. —No, espera, llegará cuando esté listo para hacerlo —le dije, suplicándole que no me llevase al hospital.
En el hospital una enfermera me ayudó a meterme en la cama. —¿Cuánto tiempo lleva con dolores de parto? —preguntó.
—Unas cuarenta horas —le dijo Don con una voz que en nada se parecía a la suya.
La enfermera se llevó a Don fuera del cuarto y yo lloré con más desesperación todavía porque quería tener a mi bebé en casa junto a mi marido. Ahora se lo habían llevado y yo estaba sola.
Se consideraba que la mujer kickapu que moría dando a luz moría en la batalla y se le otorgaban todos los honores del entierro del guerrero, pero ahora eso me servía de muy poco consuelo.
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Vino otra enfermera y me dio hielo para que me lo pusiese en la boca y me dijo: —No tema —mientras me sujetaba la mano.
Yo estaba segura de que Dios me había enviado un ángel que me confortase.
El miércoles por la mañana nació nuestro hijo; un bebé sano y llorón.
—¡Dios, gracias por nuestro hijo! —dije riendo. —¡Parece un pequeño antílope! Y así es como le pusimos a nuestro primogénito, Pequeño Antílope.
Don estaba de pie junto a la sala de operaciones, así que cuando la enfermera abrió las puertas para sacar mi camilla, le palmearon la espalda.
—¡Tenemos un hijo! —dije riendo— ¡tenemos un hijo!
Más tarde, cuando tuve por primera vez en mis brazos a Pequeño Antílope, me rodaron las lágrimas por las mejillas. ¡Qué guapo, qué precioso era! ¡Mi hijo! Yo era madre; había sido bendecida por Dios, permitiéndome traer vida a este mundo. ¡Ya nunca más volvería a sentirme inútil ni fea porque había dado a luz un hijo!
Cuando llegó el momento de llenar el certificado de nacimiento, Don insistió en que le diésemos a nuestro bebé otro nombre, además de Pequeño Antílope, así que nuestro hijo se convirtió en Aarón Pequeño Antílope Stafford.
Cuando regresamos a casa me pasé horas enteras junto a la cuna de nuestro bebé, extasiada por el milagro de la vida. Por las noches entraba de puntillas en su habitación para asegurarme de que todavía estaba ahí y de que todavía respiraba. —Don y yo y bebé hacen tres —decía en voz baja.
Cuando oí el himno "Cuán grande es El" me conmovió aún más profundamente. Siempre me había gustado oír hablar acerca de vagar por los claros del bosque, sobre los truenos y las estrellas porque eran cosas que yo comprendía. Era un cántico precioso, pero ahora yo oía esa parte que dice: "Dios, no escatimó a su propio Hijo" y los ojos se me lle-158    MI CORAZÓN INQUIETO
naban de lágrimas y miraba al bebé, envuelto en una suave mantinta azul, en mis brazos. ¡Mi hijo! ¡Yo nunca sacrificaría a mi hijo, no, ni siquiera para salvar a todas las personas del mundo! Y, sin embargo, Dios sacrificó a su Hijo unigénito por personas tan poco dignas como yo. ¡ Cuánto más no amaría Dios a su Hijo que yo al mío y, con todo y con eso, nos amó tanto a nosotros que permitió que su Hijo muriese para que nosotros pudiésemos ir al cielo! El sacrificio realizado por Dios cobró para mí un nuevo y más profundo significado y supe que nunca más lo daría por sentado. Comprendí, por primera vez, cuánto me amaba Dios y lo que su amor le había costado.
Cuando Pequeño Antílope tenía siete días de vida comencé a leerle la Biblia. Dios había contestado a mi oración y yo iba a guardar mi promesa, por eso no pasaba ni un solo día sin que Pequeño Antílope no oyese la Palabra de Dios. Calculé que si le leía cada día un poquito de la Biblia, podía leerla entera diez veces antes de que él creciese y se fuese del hogar. Quería que tuviese la Palabra de Dios guardada en su corazón antes de hacerse hombre y enfrentarse con el mundo.
Cuando Pequeño Antílope tenía diez días de vida le llevé a los bosques, le quité la mantita y la copita y le levanté en dirección al sol. —Sol, calienta a este bebé y brilla siempre sobre él.
Entonces me arrodillé y coloqué a mi bebé desnudito sobre la tierra y dije: —Hijo mío, te presento a tu Abuela, la tierra.
Pequeño Antílope comenzó a dar pataditas con sus piernecitas pero no lloró.
Pequeño bebé, desnudito sobre el suave suelo del bosque
¿ Oyes el latir del corazón de tu Abuela la tierra?
Crece, hijo mío, y hazte fuerte.
Sé un niño feliz y un hombre feliz.

160    MI CORAZÓN INQUIETO
Crece, hijo mío, fuerte y sabio,
Pero no te olvides de tu Abuela la tierra; No te olvides de tu madre en su ancianidad. Crece, hijo mío, pero no demasiado pronto.
—¡Oh, Dios, escúchame y mira el hermoso hijo que me has dado! Te lo dediqué cuando daba pataditas en mis entrañas.
Todos los días oirá hablar acerca de tu amor, de tu misericordia y de tu grandeza. Permíteme que lo tenga y eduque en tus caminos y haz que se haga hombre y pueda tener en sus brazos a su hijo algún día. Amén.
Le vestí, le envolví en su mantita y le volví a atar a su tabla y regresé a la cabaña.
El mundo entero era hermoso, el futuro lleno de promesas y Dios contesta las oraciones.
Pequeñín, que ríes en mis brazos,
Que cautivas mi corazón con tus gracias infantiles ...
Pequeñín que haces que valga la pena vivir, 

Pequeñín que compartes y amas y das,

 Pequeñín que me muestras el mundo con tus

ojos llenos de brillo,
Haciendo que aparezca el sol en los cielos oscuros y tormentosos.
EL MUNDO SOBRE UNA BANDEJA
DE PLATA
Te doy el mundo, hijo mío, el mundo, y mucho más; 

Te doy el crimen, la contaminación, la pobreza la guerra.
Hijo mío, mira las hermosas ciudades, con los altos edificios;
Lástima que el humo sea tan denso que no se pueda ver el cielo.
•    mira, hijo mío, las grandes autopistas, que a todas partes van,
•    mira los poderosos coches que contaminan nuestro limpio.
MI CORAZÓN INQUIETO    161
 el maravilloso mundo de la ciencia, hijo mío, hemos llegado a la luna;
No, no creo que sea cierto que volemos pronto todos por los aires.
¿No es maravillosa la medicina, hijo mío? Casi podemos ya curar el cáncer.

Hijo mío, tu padre y yo no somos ricos, pero te daremos el deseo de tu corazón.
Es la costumbre americana "cargar a cuenta" al ir subiendo el costo de la vida.
La mejor educación, hijo mío aprende a leer y a escribir.
Oportunidad igual, lástima que seas medio indio y medio blanco.
Tendrás tu propia guerra, como debe tenerla cada generación.
No uses  ¡alcohol ni drogas, ignora a los que te digan que es divertido.
Es lamentable que no queden ya selvas ni animales salvajes alrededor.
Pero hemos matado a los animales y hemos subdividido la tierra.
Si es un mundo maravilloso, y te lo doy, hijo mío.

 Y te pido sólo una pequeña cosa a cambio, ¡perdónanos por lo que hemos hecho!
TU PRIMERA NAVIDAD Duerme calentito, hijito mío,
.Junto a ti está tu juguete favorito. Hoy es tu primera Nochebuena ;
Los regalos envueltos están y brillan las luces del árbol.
Estos son los regalos que te entrego:
Un corazón lleno de esperanza, envuelto de azul. 

Te, compraría la paz si se pudiese comprar

  la marcaría como "frágil", envolviéndola en oro.

   te contaré una historia para que la sepas 

Acerca de un bebé que ha tiempo ya nació 

el Hijo de Dios, venido de lo alto

 Trayéndonos a todos el don del amor.

CAPITULO DIECINUEVE
Un solo hijo no, porque es un número solitario. No, deben haber por lo menos dos. Dos para jugar juntos, el uno para perseguir y el otro para correr.
Yo no supe ningún juego porque no jugué nunca de niña. Solamente en una ocasión me pidieron unos niños que jugase con ellos al escondite. Me había escondido detrás de unos matorrales y esperé y esperé complacida conmigo misma por haber encontrado un escondite tan bueno que nadie podía encontrarme, pero de repente me di cuenta de que nadie me estaba buscando, solamente se habían querido librar de mí. Yo lloré y dije: —¡Nunca más volveré a jugar a juegos estúpidos! —y nunca más lo hice.
Los "juegos" a los que mis tíos y yo habíamosjugado no eran para niños. Nuestros juegos consistían onsistían en disparar a las latas que colocábamos sobre la cabeza, dispararnos unos a otros a los pies para ver quién era el primero que daba un salto. Practicábamos juegos salvajes, juegos que eran mortales, corriendo con los caballos a unas velocidades exageradas, con caídas duras y rodando sobre el polvo, pero sobreviviendo, no sé cómo, a pesar de ello. No, esos no eran juegos para mis hijos. Compraría libros, aprendería a jugar distintos juegos y aprendería a ser otra vez una niña.
Cuando Pequeño Antílope tenía seis meses supe que iba a tener otro bebé.
¡Lo siento Pequeño Antílope, no vas a ser un bebé durante mucho tiempo! —le dije en voz baja. Don me comunicó que acababa de perder su empleo. La compañía había cerrado el negocio y no parecía que fuese a poder encontrar muy pronto otro empleo.
MI CORAZÓN INQUIETO    163
—Creo que debemos irnos de Alaska. He oído decir que las granjas son baratas en Oklahoma. ¿Tú qué opinas? —me preguntó.
Oklahoma hace calor y los niños podrán Jugar al sol! Podremos tener un jardín y en Oklahoma hay más indios que en ningún otro estado —le contesté, dispuesta a marcharme.
Don compró una casa rodante y a la semana siguiente emprendimos un viaje que habría de durar seis meses. Don quería enseñarme todo lo que le fuese posible del país, de manera que no fuimos directamente a Oklahoma, sino que fuimos pasando lentamente por todos los estados del oeste. Yo estaba segura de que iba a tener a nuestro segundo hijo al lado de la carretera, en medio del desierto de Arizona, pero llegamos finalmente a Oklahoma, compramos una granja de unas 16 hectáreas y casi habíamos acabado de deshacer nuestras maletas antes de que naciese.
Don me llevó a un hospital indio y nuestro segundo hijo llegó al mundo pesando más de cuatro kilos y medía más de medio metro, siendo el bebé más alto que  había nacido en ese hospital. Justamente antes de que nos fuésemos para el hospial un cervatillo perdido había pasado por nuestro jardín y se había acercado a nuestro pórtico, así que llamamos a nuestro nuevo hijo Ciervo Perdido. Una vez más Don insistió en que le pusiéramos otro nombre, y añadimos a su partida de nacimiento el nombre de Shane.
Ya tenía dos hijos preciosos y aprendí a confiar en Dios como no lo había hecho en toda mi vida. A los seis meses estaba otra vez en estado. Don meneó la cabeza diciendo: —¿Crees que puedes ahora dejar de pedir hijos? Dios acaba de bendecirnos casi hasta sumirnos en la pobreza.
Tenía ya dos pequeños bebés de los que cuidar y el tercero venía en camino.
Nuestra granja era vieja y las paredes tenían rajas suficientemente grandes como para que se colasen por ellas toda suerte de insectos y otras alimañas.

164    MI CORAZÓN INQUIETO
Yo maté tarántulas y escorpiones, ratones y cientos de insectos sin nombre. Un día abrí el cajón donde guardaba los cubiertos y dentro de él me encontré acurrucada a una serpiente. Cerré el cajón de golpe, tan deprisa, que aplasté y maté a la serpiente, pero durante meses enteros no podía abrir un cajón sin sentir temor. Cubrimos la casa con papel de alquitrán con la esperanza de que no entrasen los insectos, pero no había pasado mucho tiempo cuando el viento lo echó abajo.
Planté un jardín y canté una cancioncilla: "Pequeñas semillitas, que sois como madres embarazadas, ¿queréis dar a luz a vuestros hijitos para nosotros? La mayoría de ellas no daban fruto porque, aunque yo entonces no lo sabía, Ciervo Perdido me había estado siguiendo a lo largo de las hileras y había estado recogiendo las semillas que "se me caían" a mí y las ponía en su bolsillo, donde estarían seguras.
Nuestra única vecina cercana era una india cherokee, una bruja. Ella trataba cada semana a unos veinte o treinta indios que padecían toda suerte de dolencias, reales o imaginarias. Tenía en su casa una rana y un halcón como "buena medicina" y llevaba un collar de garras de águila y otro de huesos humanos.
La llamaban la Mujer de las Hierbas del Clan de la Tortuga y no había en el bosque ni una sola planta que ella no pudiese utilizar para algo.
Era lo suficientemente lista como para mantenerse al día a pesar de tener, al mismo tiempo, un pie en el pasado y no solamente utilizaba los antiguos cánticos y hechizos, sino que estudiaba astrología y hacia planos para las diferentes personas, según el signo del Zodiaco a que pertenecían.
Un día me preguntó que bajo qué signo había nacido yo.
—Bajo el signo de la cruz —le contesté.
No hay ningún signo así para que hayas nacido bajo él —me dijo frunciendo el ceño.
Sí, yo nací bajo el signo de la cruz del Calvario —le respondí sonriendo.
MI CORAZÓN INQUIETO    165

—Tú eres una muchacha india, ¡ más te vale que te dediques a lo que conoces!
Entonces comenzó a contarme historias y leyendas sobre el poder de la brujería "blanca" o "buena". Debido a que hacía uso de la brujería la llamaban powacca, lo cual significa "mujer con dos corazones".
Así fue como empezó nuestra batalla amistosa. Ella intentaba ganarme a "las antiguas costumbres" y yo intentaba ganarla a ella a Cristo.
Un día, mientras me encontraba en mi jardín arrancando hierbajos, me encontré una serpiente venenosa enrollada alrededor de un tallo de maíz, a muy pocos centímetros de mi mano. Un sudor frío me hizo salir corriendo en dirección a la casa, volví con una escopeta y le disparé, arrancándole la cabeza de un tiro. Antes de haberme ido del jardín maté otras dos serpientes y al regresar a la casa, con las piernas débiles y temblorosas, alabé a Dios por haberme permitido ver a las serpientes antes de que ellas me viesen a mí.
Más adelante, cuando le conté a la bruja lo que me había pasado con las serpientes, me echó una regañina por haberlas matado. —¡Todas las criaturas son tus hermanas; no debes matar más que cuando sea para alimento! Yo vivo junto a un desfiladero rocoso y veo serpientes constantemente, pero les digo "¡Hola, mi hermana, déjame ir en paz!" y el dios de las serpientes prometió que nunca me harían daño.
Volvía de su casa andando cuando vi junto al gallinero nuestro una serpiente negra.
¡Hola, mi hermana —le dije— prepárate a morir! y le pegué un tiro mirando por encima del hombro para ver si la mujer de los yuyos me había estado observando.
Nos vimos muchas veces y cuando ella hablaba acerca de la astrología yo hablaba acerca de Jesús. Ninguna de las dos cedíamos jamás, pero nos complacía estar juntas. Ella era una persona muy especial.
Un día lluvioso de primavera, encontraron a la Mujer de las Hierbas muerta en su casa, entre sus planos 166    MI CORAZÓN INQUIETO
astrológicos, sus paquetes de hierbas y sus objetos ceremoniales. Había fallecido a causa de una mordedura de serpiente que había intentado curarse ella misma.
¡ Cómo me molesta oír a personas lo suficientemente ignorantes como para decir: "¡La religión india es preciosa, dejémosles en paz para que adoren a sus propios dioses!" Cuánto me gustaría que hubiesen conocido y amado a la Mujer de las Hierbas y que se hubiesen dado cuenta de la pérdida tan terrible que significa su absurda y dolorosa muerte.
El dios de las serpientes le había fallado a la Mujer de las Hierbas.

CAPITULO VEINTE
Finalmente el agotamiento se apoderó de mí.
—Señor, estoy tan cansada —dije en voz baja. —Dame las fuerzas necesarias para llegar al final de este día. Me obligué a mí misma a levantarme de la cama y me puse en pie, sobre mis piernas que me temblaban.
—Señor, no puedo con mi alma, estoy demasiado cansada.
Volví a caer sobre la cama, quedándome atravesada sobre ella. Si pudiese tan sólo dormir unos minutos más, aunque fuese solamente uno más. —¡Por favor, por favor, permíteme descansar! —supliqué, pero antes de que hubiese acabado mi oración oí "¡Mami!" una vocecita en la habitación de al lado.
Comenzaron a saltarme las lágrimas y a correr por el rostro. Me sentía tan terriblemente cansada que el cuerpo me pesaba como el plomo, moviéndome lenamente y con grandes esfuerzos.
La noche anterior me había tenido que levantar dieciséis veces por causa de los niños porque tenían dolor de oídos y apenas habían dormido por culpa del dolor. Hoy estaban mejor, pero a mí me daban punzadas en la cabeza y me dolía todo el cuerpo.
Logré, de alguna manera, llegar al final de la mañana y alabé a Dios cuando llegó la hora de que los niños se echasen la siesta, pues podría tumbarme y recuperar un poco el sueño que había perdido durante la noche anterior.
¡Cuando iba hacia mi dormitorio todo a mi alrededor se puso negro! Me froté los ojos, pero no podía ver, era como si me hubiesen echado una manta por                      MI CORAZÓN INQUIETO    169
encima de la cabeza. Fui a tientas hasta mi cama y me tumbé, cerrando los ojos.
Solamente estoy cansada, sólo cansada. Cuando haya descansado estaré bien, pensé.
Los niños estaban tan cansados como yo y estábamos todos dormidos aun cuando llegó Don a casa del trabajo. Me despertó y cuando abrí los ojos parecía como si Don se encontrase al final de un túnel, rodeado por la oscuridad.
—Me molestan los ojos —le dije— frotándomelos de nuevo. —Hoy no veo bien. Creo que si lograse dormir un rato estaría bien.
Don me miró los ojos y me dijo: —Yo no veo nada malo en ellos.
Me tomó la mano y se dio cuenta de que no llevaba mi alianza. —¿Dónde está tu anillo?
—No hacía más que caérseme, así que lo he guardado —le contesté.
Anduvo buscando en el armario hasta que dio con la balanza y la colocó junto a la cama. —Súbete —me ordenó.
Me subí a la balanza mientras que él leía mi peso. —¡ Cuarenta y tres kilos! ¡ Solamente pesas cuarenta y tres kilos! ¿A dónde han ido a parar los otros seis kilos? Estás embarazada, deberías estar ganando pero, no perdiéndolo! ¡Has perdido más de seis kilos!
Yo me eché a llorar. ¡ Algo andaba mal! . Había perdido peso, no podía ver y estaba tan cansada que deseaba morirme.
A la mañana siguiente temprano Don me llevó al médico para que me hiciesen una serie de análisis y los resultados no fueron buenos. Tenía cuatro órganos que no funcionaban bien, estaba anémica, estaba además casi agotada y las células no se reproducían como era debido. Sin embargo, a pesar de todo esto parecía que el bebé estaba bien.
El médico no pudo diagnosticar mi enfermedad, y parecía que algunos de los análisis se contradijesen. Todo lo que sabía con seguridad era que mi cuerpo no estaba funcionando como debía y que estaba afectando a mi sangre.

170    MI CORAZÓN INQUIETO
Me sometieron a más análisis, me dieron diferentes regímenes y medicamentos, pero nada parecía ayudarme. Estaba embarazada de seis meses y seguía pesando menos de cuarenta y siete kilos. Parecía un esqueleto y tenía profundos círculos negros debajo de los ojos. Yo oraba constantemente para que mi bebé naciese normal y sano.
Un médico sugirió que "pusiese fin" a mi embarazo y yo salí de su despacho llamándole asesino y me negué a volverle a ver.
Otro médico dijo que yo tenía algunos síntomas de la leucemia, pero los resultados de los análisis no lo confirmaron. Tenía que ir a la clínica cada cinco días para que me hiciese análisis de sangre. El médico me habló de comenzar a realizar transfusiones de sangre, pero yo me negué porque me temía que pudiese afectar a mi bebé.
En casa Don se vio obligado a ocuparse más de la cocina y de la limpieza, aunque yo hacía todo lo que me era posible para los niños, pero muchos días lo único que podía hacer era sentarme y tenerlos sobre mis rodillas y contarles cuentos. Mi vista andaba tan mal que me resultaba difícil leer cualquier cosa. Algunos días tenía doble visión y otros días todo estaba tan oscuro que tenía que encender todas las luces, esperando que me ayudasen a ver.
Me encontraba tan débil que estaba segura de que me estaba muriendo y que no duraría ya mucho tiempo. Había visto tantos médicos que no podía ni siquiera acordarme de sus nombres y todo cuanto podían decir era que tenía algo mal en la sangre, pero no sabían lo que era ni lo que lo producía, pero todos ellos estaban de acuerdo en que se estaba convirtiendo en algo grave.
Lloré y oré y continué viendo más médicos, al tiempo que asistía a los cultos de sanidades de diferentes iglesias, pero nada me servía y nada cambiaba el empeoramiento de mi salud.
Fui a un abogado e hice testamento para que Don no tuviese ningún problema legal cuando yo muriese, dejando instrucciones respecto a mis himnos favori        MI CORAZÓN INQUIETO    171
tos y los versículos de las Escrituras que deseaba que fuesen leídos en mi entierro. Estaba ordenando la casa lo mejor que sabía y durante todo el tiempo le estaba preguntando a Dios: ¿Qué va a ser de mis hijos?
Escribí varias cartas a Pequeño Antílope y a Ciervo Perdido y las puse en sus libros de bebé. Debían de saber, por encima de todo lo demás, que les quería con todo mi corazón y que no deseaba dejarles. Les decía en las cartas que obedeciesen a su padre y que siguiesen a Jesús, pero resultaba difícil poner toda una vida de enseñanza en las pocas páginas de una carta.
Le decía a Don que se casase tan pronto como pudiese encontrar una mujer cristiana que le amase a él y a los niños, pero le advertí una y otra vez que debía ser cristiana.
Me había preocupado tantísimo pensando que podía perder a mis hijos que nunca se me había ocurrido que yo pudiese morirme antes que ellos y ahora parecía que mis días estuviesen tocando a su fin.
Me entristecía pensando en las muchísimas ocasiones en que no me sería posible estar junto a sus camitas para contarles cuentos, para escuchar sus oracioncitas y para taparlos. Lamentaba las veces en que estarían enfermos y no tendrían a una madre que les confortase. Pensé en todos los juegos que nunca llegaríamos a jugar y en todas las Navidades que nunca celebraríamos juntos y era más de lo que podía soportar. No temía morirme, porque sabía que tan pronto como acepté a Cristo como mi Salvador me había sido dada la vida eterna, de manera que cuando muriese iría al cielo y estaría para siempre con Jesús, pero sufría por mis hijos, mis pequeños huérfanos y ¿qué sucedería con el bebé que llevaba en mis entrañas? ¿Viviría yo el tiempo suficiente como para darle vida o moriría conmigo?
¡Dios mío, permíteme vivir lo suficiente como para poder educar a mis hijos! ¡Permíteme quedarme aquí el tiempo suficiente como para ayudarles a cre

172    MI CORAZÓN INQUIETO
cer! Esa era mi oración imposible, pues teniendo unos hijos tan pequeños eso significaría que tendría que vivir otros veinte años para poder criarles y verles marcharse del hogar. Le estaba pidiendo veinte años a Dios y los médicos no podían garantizar que viviese lo suficiente como para tener a mi bebé.
Don andaba por la casa como un anciano; estaba callado y ya no se erguía alto y orgulloso, sino que tenía los ojos hundidos y tristes y había dejado de sonreír.
Yo intenté ser valiente, pero muchas noches me iba a dormir llorando en sus brazos.
Me acordaba de los días solitarios, antes de haber conocido a Don y cómo había intentado quitarme la vida porque no valía la pena vivirla. Ahora la vida me resultaba dulce y llena, pero ahora que yo quería vivir me iba a morir.
Comencé a escribir un diario para que a los niños les quedase algo mío, para que pudiesen acordarse de que les había querido.
EL DIARIO
He comenzado este diario para decirles

 Cuáles son mis secretos y mis sueños, 

Para poder compartir con ustedes un poco
de mi vida ...
¡ Qué importante me parece eso!
Les prometo cada día escribir en él Siempre con fidelidad;
Quizás me ayude a conservar
La vida para que no se me escape.
Conservo retazos de mis días
Con una o dos palabras,
Y una tras otra se llenan rápidas las páginas

 Cuando trato de decirles que los quiero.
MI CORAZÓN INQUIETO    -173
Tomo el pequeño libro 

y lo coloco sobre la estantería; lo toco con cuidado y con orgullo;

 El libro forma parte de mi ser.
Si alguna vez leen este libro,
Mucho después de haberme ido al descanso,

 Por favor lean las palabras con amor, Y comprendan que hice lo mejor.
Tel vez leyendo mis secretos pensamientos Lleguen a conocerme como nadie,
Esto es "mi auténtico yo", el interior del libro, 

El "yo" que veían las gentes era tan sólo la tapa.
Así que, hijos míos, les dejo este libro, Algo que puedan compartir,
Para decirles cuánto los amo
Y lo mucho que lamento no poder estar ahí.
Pasan los días y vuelvo las hojas,
Y sé que algún día encontraré

Mi nombre escrito en el libro de la Vida de Dios 

Y me iré al hogar dejando atrás mi diario.
Había amigos por todas partes que oraban por mí y cada cinco días seguían haciéndome análisis de sangre,. Yo hacía todo lo que sugerían los médicos, a menos que existiese la menor posibilidad de dañar al bebé, pues no estaba dispuesta a sacrificar a mi bebé para vivir yo.
Durante el noveno mes gané un poco de peso y entonces hubo más esperanzas para el bebé. Entonces me me paralizó la pierna derecha y tuve que andar con muletas.
Cuando llegó por fin el momento de ir al hospital, estaba segura de que nunca más volvería a ver a mi familia. Dios me había permitido vivir el tiempo :itii'iciente para ver nacer a mi bebé; pero me había llegado la hora.

174    Nl' CORAZÓN INQUIETO
Trinidad Nube de Nieve, nuestro tercer hijo, nació un domingo del mes de enero. ¡ Cómo nos gozamos viendo que estaba sano y que era normal, a pesar de que no pesó más que dos kilos, setecientos   trein ta gramos.
Pocos minutos después de su nacimiento noté una sensación en mi pierna y la espalda dejó de dolerme. Estaba muerta de hambre y media hora después del nacimiento del bebé me trajeron la cena. Comí sin cesar durante los primeros días, mientras descansaba en el hospital. Mi vista era normal y no podía acordarme de haberme encontrado jamás tan fuerte.
El médico dijo que estaba mejor, pero no quiso decir que yo estaba bien hasta no haber realizado algunos análisis.
Cuando salí del hospital parecía como si nada saciase mi apetito, llegando a comer seis veces al día durante las dos semanas siguientes. Al cabo de un mes regresé al médico para que viese cómo andaba de salud. Nube de Nieve era pequeño, pero tenía una salud estupenda. Mis últimos análisis de sangre no mostraban nada malo, solamente un poco de tensión baja y azúcar. Las extrañas y malformadas células que habían aparecido en todos los análisis durante los últimos seis meses habían desaparecido.
El médico sonrió y dijo: "No sé lo que ha sucedido. Ha estado usted muy enferma, sin que yo lograse averiguar cuál era el motivo y no sé por qué está usted bien ahora. Quiero que le hagan a usted un análisis de sangre cada seis meses, pero por lo que veo ahora, vivirá usted y podrá ver a sus nietos."
Continuaron realizándome los análisis de sangre, pero el problema no volvió a aparecer nunca más. El médico no logró tampoco averiguar qué era lo que había causado el problema o por qué había desaparecido. Yo no tenía respuesta para las dos primeras preguntas, pero estaba segura de que la oración había sido la respuesta a la última.
Ahora que sabía lo frágil que era la vida, ésta resultó mucho más dulce.
MI CORAZÓN INQUIETO 175
NUBE DE NIEVE
ojalá la vida te brinde en su camino cosas hermosas.
Puestas de sol doradas a la caída de la tarde
 Un hogar tranquilo entre los altos árboles,
 Un alma reposada, un corazón en calma.
tu vida se llene de horas felices,
De buenos libros, de colinas llenas de flores.
De amigos en los que confiar durante el año entero, 
Y que nuestro dulce Jesús te bendiga ricamente              .Pag176
CAPITULO VEINTIUNO
Estaba tan ocupada cuidando a mis tres niños pequeños que me aislé del resto del mundo y durante seis meses no hablé con nadie más que con Don y los niños
Finalmente Don me preguntó: —¿Es que no quieres ver a otras mujeres? ¿No quieres ir a visitar a algunas vecinas o algo así? ¿Es que no necesitas charlar ?
Yo me encogí de hombros y le contesté: —Estoy contenta con mi familia y mi casa, no necesito a nadie de afuera.
—Creo que te haría bien salir, ir a alguna parte y ver a alguien. Creo que mañana deberías de llevar a los niños en el coche para ir a la ciudad a comprar alimentos.
—Pero si tú siempre compras la comida y lo que necesito lo mando a pedir del catálogo. No quiero ir a la ciudad.
Tenía la sensación de que ya había perdido el argumento y que Don ya se había decidido antes de mencionar la visita a la ciudad.
—Te irá bien y no tendrás ningún problema. Ve solamente a la ciudad y lleva a Nube a la clínica para su examen médico, compra un poco de comiday luego te vienes a casa. ¿Qué podría salir mal? —razonó.
Esa noche apenas si dormí, preocupándome al pensar en todas las cosas que estaba segura de que me sucederían, como pudiesen ser ruedas pinchadas, el perderme o chocar; esos eran algunos de los más leves problemas que esperaba.
MI CORAZÓN INQUIETO    177
—No te preocupes, te irá muy bien —me dijo mi esposo a la mañana siguiente, al cerrar la puerta de un portazo y entregarme las llaves.
—Todavía sigo deseando que vinieses con nosotros. ¿Qué sucederá si tengo problemas? —le supliqué. —No tendrás ningún problema. Todo lo que vas a hacer es comprar la comida, ir al médico y regresar a casa. ¿Qué es lo que te podía suceder? —Supongo que tienes razón —le dije poniendo el coche en marcha. Era la primera vez que salía sola con los niños desde el nacimiento de Nube y no estaba segura de poder arreglármelas con los tres, conducir y hacer las compras, pero sonreí para mí misma. Don tenía razón, ¿qué es lo que podía salirme mal?
Al llegar a la ciudad vi un letrero que decía LAVE SU COCHE CON UNA VARITA MAGICA y decidí lavarlo para darle una sorpresa a Don. No había lavado nunca el coche, pero había visto cómo lo hacía Don y me parecía bastante sencillo.
Me metí con el coche donde lo tenía que lavar y me subí a la acera. Cuando el coche dio contra la acera el pito del coche pitó de manera estridente. Salí del coche y tomé con una mano la varita mágica y con la otra metí la moneda en la ranura. Comencé a echarle agua al coche y los niños empezaron a dar grititos y a saltar en los asientos de atrás del coche y entonces  me di cuenta de que las ventanillas estaban todavía abiertas y el jabón y el agua habían empapado el asiento de atrás y a los niños.
—¡ Cierren las ventanillas! —les grité y dirigí el chorro de agua al maletero del coche.
—¡No puedo! —gritó Antílope— ¡la manija está cubierta de jabón!
Cuando intenté abrir la puerta para ayudarle, se me resbaló de la mano la varita mágica y dio sobre el techo del coche. Yo corrí alrededor del coche, intentando agarrarla, pero golpeaba sin control, de manera que no me era posible acercarme a ella. Salté al interior del coche y arranqué a toda velocidad, antes de que la manguera pudiera destrozar el cris                                 178    MI CORAZÓN INQUIETO
tal de adelante. Dejé al monstruo retorciéndose en donde se lavaban los coches, pegando contra las paredes y echando jabón y agua por todas partes. Cuando me encontraba a una cuadra de allí todavía podía oír la manguera golpeando el suelo, preguntándome cuánto tiempo duraban los veinticinco centavos.
Me preguntaba si Don se daría cuenta de que el coche estaba a medio lavar y tenía la esperanza de que se les secase la ropa a los niños y a mí el vestido antes de que llegásemos al mercado.
El viaje al mercado se realizó sin acontecimientos, a excepción de los catorce repollos que salieron rodando por el pasillo después de que Antílope tirase uno de abajo.
Finalmente todo lo que me quedaba por hacer era llevar a Nube a la clínica para su examen médico y después podría dirigirme a casa.
La sala de espera estaba llena y todos los asientos ocupados. Yo me situé al lado de la pared, con Nube en mis brazos, mientras que Antílope y Ciervo andaban rondando por la sala. No tardaron en atraer la atención de todos los presentes, muy ocupados, haciendo amistades.
Una señora, que llevaba alrededor de sus hombros un chal color blanco, empezó a hablarle a Antílope. De repente, sin el menor aviso, Antílope tomó una esquina del chal y se limpió la nariz con él y a continuación salió corriendo por el pasillo con Ciervo detrás de él.
Yo creí que la señora se iba a desmayar y me acerqué a la pobre mujer, que se había quedado horrorizada. Le pedí perdón por lo acontecido y me ofrecí a ocuparme de la limpieza de su chal, pero se negó murmurando algo respecto a no volverle a decir nunca más a ningún niño que usase un pañuelo.
De repente un terrible grito hizo que todo el mundo dirigiese su atención en dirección a la sala de emergencias. Una enfermera dejó su escritorio y salió en esa dirección. Una señora que estaba a mi lado dijo que le parecía que estaban tratando a un niño al que le había atropellado un coche
MI CORAZÓN INQUIETO    179
El ruido que procedía de la sala de emergencia se hizo más intenso.
—¡Es terrible! ¿Por qué no hacen algo por aliviarle el dolor a ese niño? —dijo una señora.
Yo busqué con la vista a mis hijos, pero no los vi por ninguna parte, así que me fui por el pasillo a buscarles. Al pasar junto a la sala de emergencia vi cuál era la causa de todo el ruido y toda la confusión. Ciervo y Antílope corrían alrededor de la mesa de exámenes y detrás de ellos iba una enfermera y un médico.
Yo entré en la sala, les agarré y les obligué a sentarse en una silla, mientras yo les tenía agarrados por el cuello de la camisa.
—¡Esos son los niños más rápidos que jamás he visto! —decía el médico jadeante. —Había dos pacientes más antes de usted, pero creo que les recibiré ahora.
Al cabo de unos minutos me aseguró que Nube gozaba de una excelente salud y que no había necesidad de que regresásemos antes de un año. Metí a los tres niños en el coche y me dirigí hacia casa.
De camino a casa me di cuenta de que justo delante de mí había un coche negro muy grande. De repente las ruedas de mi coche pasaron por un profundo charco y el coche dio una sacudida violenta. La bocina comenzó a tocar. Tenía un corto circuito. Procuré que dejase de sonar, pero no pude. ¡Cuando levanté la vista, vi que el coche que tenía delante era una carroza fúnebre!
Traté de dar marcha atrás, pero el conductor del camión que venía detrás de mí me hizo señas para que siguiese hacia delante. La carretera era demasiado estrecha y llena de barro como para que me pudiese detener o echarme a un lado sin que se me atascase el coche.
No podía hacer nada, así que no me quedó más remedio que seguir a la carroza fúnebre, con el ruido constante de la bocina. Fuimos avanzando por la carretera llena de baches kilómetro tras kilómetro, la 
180    MI CORAZÓN INQUIETO
carroza fúnebre, yo y mi bocina y el camión detrás de mí.
Por fin la carretera se ensanchó, permitiéndome detenerme junto a ella y dejando que el coche fúnebre siguiese su camino sin el acompañamiento de mi bocina y entonces salí para ver si encontraba la manera de poner fin a ese ruido.
El camión que me había estado siguiendo se detuvo también y se me acercó el conductor. —¿Por qué le tocaba usted la bocina a ese coche fúnebre? —gritó por encima de todo el ruido.
—¡ Es una antigua costumbre india que tiene como propósito alejar a los espíritus malignos! —le grité, levantando el capó. —¿Sabe usted cómo hacer para parar este ruido?
Pocos minutos después me dirigía tranquilamente a casa.
Cuando llegué al patio, Don salió de la casa a recibirme y para ayudarme con las bolsas de la comida. —¿Has tenido algún problema? —me preguntó, mientras tomaba algunas bolsas.
—No, ni mucho menos —le dije— siguiéndole a la casa. —Después de todo ¿qué podía haber ido mal?
Yo amaba a mis tres hijos, pero a Don y a mí nos hubiese gustado tener una hija. Yo oraba sobre tener otro niño y tenía la seguridad de que Dios me ayudaría a salir bien.
Cuando Nube de Nieve tenía seis meses teníamos otro bebé de camino. En esta ocasión mi salud fue estupenda y no tuve ningún problema. Desde el principio estuve segura de que tendríamos una hija y todo lo que iba comprando era de color rosa.
EL NUEVO BEBE
Un nuevo bebé para sostener en mis brazos, Un nuevo y pequeño bebé para tener a mamá despierta toda la noche.
Papá se limitó a sonreír y a decir:
'% Allá vamos otra vez!"
MI CORAZÓN INQUIETO    181
Dos niñitos corriendo hacia la puerta,
Un bebé en la cuna y otro andando a gatas,
 Cuatro niños pequeños, cuatro años tiene el mayor... 
Somos ricos en hijos, así que nunca seremos pobres.
Juguetes, mantas y pañales por todas partes;
 Puede que estemos cansados, pero hay una sonrisa en mi rostro.
"Id y multiplicaos" fue el primer mandamiento en el Gran Libro .. .
Puede que dijese mucho más, pero he estado 
demasiado ocupada como para haberlo leído.
CAPITULO VEINTIDOS
-- No me digas que estás esperando otro bebé! —me dijo mi amiga mirándome y meneando la cabeza. —¿Cuatro hijos en cuatro años? ¿Es que no has oído nunca hablar de planear una familia?
—Sí, he oído hablar acerca de planear una familia y yo había planeado tener una familia y la estoy teniendo —le contesté.
Ella se echó a reír. —¡ Debes de estar loca!
Estaba tan furiosa que estaba a punto de echarme a llorar, pues con ese comentario tan desconsiderado había echado a perder mi día y le había quitado el brillo al anuncio del nacimiento del bebé.
¿Por qué consideran algunas personas que es una equivocación tener un bebé? ¿Qué es lo que anda mal en este mundo donde se considera que un bebé es una carga en lugar de ser una bendición? ¿Por qué creen las madres que tienen que pedir perdón por tener bebés y por querer a sus familias? ¿Por qué se pone tanto énfasis en el trabajar fuera del hogar y llegar a ser "alguien" y tener una carrera? ¿Por qué no puede ser la maternidad una carrera?
Una hora más tarde me estaba mordiendo la lengua mientras colgaba la ropa que había lavado. —¡No lo comprendo! ¡No lo entiendo ni aunque me maten! —me dije a mí misma. Sabia que estaba mal ponerme tan furiosa, pero me sentía como una osa protegiendo a sus oseznos.
Mi amiga andaba buscando trabajo y yo escribí, en mi imaginación, un anuncio para un periódico y sabía que era la clase de anuncio al que ella jamás contestaría.
MI CORAZÓN INQUIETO    183
SE BUSCA: Mujer atractiva, de buena presencia, de educación esmerada y personalidad agradable. Debe ser sociable, alegre y estar dispuesta a trabajar durante veinticuatro horas al día, sin sueldo, sin vacaciones, sin días de enfermedad. Debe fregar los pisos, hacer comidas, limpiar la casa, lavar la ropa, planchar y hacer limpieza a fondo. Debe de ser capaz de estirar el dinero, llevar el mismo vestido durante cinco años y seguir teniendo un aspecto agradable. Debe tener tiempo libre para leer cuentos, para secar lágrimas, para besar un codo arañado, para hacer galletas y para jugar con los niños pequeños. Debe ser una compañera para su marido, su amiga, su esposa, su contable, su enfermera, su mujer de la limpieza y su jardinera. SE. BUSCA : UNA MADRE.
Había dejado de sentirme furiosa y sentía verdadera lástima de mi amiga, que no sabía ni podía comprender las ricas recompensas de una madre. Cuando regresé a la casa llamé a mis hijos: —Vengan y les daré leche y galletas.
Contestaron con grititos de emoción y entraron a la casa corriendo, tropezando al entrar por la puerta. Me pusieron sus bracitos gorditos y sucios alrededor del cuello y me hicieron perder el equilibrio, yendo los cuatro a parar al suelo, riéndonos a carcajadas.
—¡ Te queremos mami! —me dijeron y se acercaron a la mesa.
Mis hijos eran siempre una bendición, jamás una carga.
El bebé que llevaba en mis entrañas se movió. Gracias Dios mío, por mis hijos.
Durante tres horas habían salido advertencias de que había tornados. Cuando estalló la tormenta era media noche, el viento soplaba con furia abriendo las ventanas del dormitorio, empapando la cama con la lluvia. Yo puse una almohada contra la ventana y me senté al borde de la cama. Mi cuarto bebé estaba a punto de nacer y Don tardaría todavía horas en                                      184    MI CORAZÓN INQUIETO
llegar a casa y yo sabía que no podía esperar tanto tiempo.
No teníamos teléfono y yo no tenía coche y nuestro vecino más cercano estaba a un kilómetro y medio de distancia. Desperté a mis tres hijos, les puse los zapatos y les puse sus abrigos encima de sus pijamas. Tenían sueño y Nube de Nieve estaba tan flojo como un trapo, así que le tomé en mis brazos y le entregué la linterna a Antílope. Agarré a Ciervo por la mano y nos dirigimos a través del campo a buscar ayuda.
Antílope apuntaba con la linterna a todas partes, menos al camino lleno de barro frente a nosotros. Los relámpagos cruzaban el cielo, iluminando nuestro camino mejor que la errante linterna. Cuando llegamos a casa del vecino, los cuatro estábamos empapados hasta los huesos.
Yo golpeé la puerta y grité y al cabo de unos minutos nos abrió la puerta un hombre con cara de sueño.
—¿Me permitiría usted usar su teléfono? Tengo que llamar a mi esposo —le dije— empujando a los tres niños fuera de la lluvia.
Llamé al establecimiento donde trabajaba Don y el sereno me prometió que le daría el recado a Don.
—Me gustaría ayudarla, pero mi camioneta no funciona —me dijo el hombre bostezando.
—Estoy bien. Gracias por permitirme usar su teléfono —le dije y me llevé a los niños otra vez por la oscura y lluviosa noche. Tardamos más en andar el kilómetro y medio que nos separaba de la casa porque tenía que llevar a Nube en mis brazos y Ciervo iba sobre mis espaldas y el cuarto bebé me recordaba constantemente que no tardaría en reunirse con nosotros.
Cuando llegamos de nuevo a casa les puse a los niños ropa seca y yo misma también me cambié de ropa. Entonces recogí algunas mantas y almohadas para hacer una cama para los niños en el coche. Ha-
MI CORAZÓN INQUIETO    185                                                                        bía noventa y un kliómetros de distancia hasta el hospital y los niños podrían dormir en el asiento de atrás.
Normalmente le llevaba a mi marido una hora llegar del trabajo a casa, pero esa noche, a pesar de la lluvia, llegó en veinte minutos. Al meter a los niños bien tapaditos, en el coche me dijo: —Un tornado ha tocado tierra a dos kilómetros de aquí y no podremos cruzar el puente en Twin Oaks. Tendremos que cruzar el arroyo Spring y pasar por las colinas.
—No llegaré —le dije con los dientes apretados.
—Yo creo que sí —me dijo y las ruedas giraron al salir del jardín.
Durante noventa y un kilómetros tuvimos que pasar por charcos en los que el agua llegaba hasta el parachoques de la parte de delante, resbalar por el barro y pasar por carreteras llenas de curvas. Cruzamos la línea del estado y nos detuvimos bruscamente frente al hospital Siloam Springs, de Arkansas.
Cuando mi esposo me dejó en la sala de partos para regresar junto a los niños, a fin de cuidarse de ellos, que estaban acostados en la sala de espera, yo quería oír de él algunas palabras que me fuesen de ayuda, algo así como: "te amo" o "oraré por ti", pero en lugar de eso me miró y me vio morderme los labios y apretar los nudillos a causa del dolor y me, dijo: —Que te diviertas, querida.
Poco tiempo después nació nuestra única hija y ya habíamos decidido su nombre; le pusimos Tormenta Primaveral.
Una enfermera gordita me entregó a mi nuevo bebé, a mi preciosa niñita. Hacía solamente unas horas que había nacido y yo la abracé contra mi corazón, llena de felicidad.
Alcé la vista y me encontré que la enfermera estaba mirando cómo alimentaba a mi bebé.
—¿Tiene usted hijos? —le pregunté.
—Sí, tenía una hija pero la perdí —me contestó.
 —Lo lamento —le dije.
186    MI CORAZÓN INQUIETO
—No quiero decir que se muriese, sino que, por algún motivo, la perdí. Yo estaba tan contenta cuando nació, pero sentía que estábamos demasiado endeudados, así que cuando tenía seis meses me coloqué unas horas cada día, con la intención de que durase solamente un par de meses, hasta haber pagado algunas facturas. El trabajo de unas horas se convirtió en un trabajo de ocho horas diarias y los dos meses se convirtieron en años. Ahora tiene dieciocho años y se va a casar este mes y yo no la conozco ni poco ni mucho; somos dos extrañas y ahora se me ha ido. Cuando era pequeñita me suplicaba que le leyese cuentos a la hora de irse a la cama, pero yo estaba demasiado cansada o demasiado ocupada y nunca llegaba a hacerlo. Siempre le prometía "mañana", pero nunca llegaba ese mañana. ¿Sabe usted una cosa? Yo no podría enseñarle a usted ni una sola cosa que haya comprado con el dinero que me he ganado trabajando. La verdad es que no necesitaba trabajar, nos hubiéramos podido arreglar sin mis pequeños ingresos. Me he engañado a mí misma y a mi hija y ya no hay nada que pueda devolverme a mi bebé —dijo secándose los ojos.
Mi bebé estaba dormida y la enfermera la tomó con delicadeza para llevársela de nuevo a la sala de los bebés.
—Tiene usted una niñita preciosa, no la pierda usted —me dijo.
—No lo haré —le dije, y sentí dolor en mi corazón por aquella mujer. Al acostarme me prometí a mí misma que a mi niñita le leería muchas historias cuando se fuese a dormir para compensar a aquella otra niñita cuya madre había estado siempre demasiado ocupada para leerle a ella.
Cuando trajimos a casa a Tormenta Primaveral del hospital Don me dijo: —Has tenido cuatro bebés en cuatro años en cuatro estados diferentes. A mí no me importa si tú quieres guardar recuerdos de los lugares donde has estado, pero ¿no podrías coleccionar platos o saleros como hacen otras mujeres?
188    MI CORAZÓN INQUIETO
PARA TORMENTA PRIMAVERAL
Jesús, mi pastor, bendice mi camita,
Pon un ángel en mi almohada, donde pongo mi soñolienta cabecita.
Bendice a mis hermanos, a mamá y papá.
Y danos en esta noche dulces sueños y descanso. Guárdanos y está con nosotros,
Hasta que nos despertemos en la eternidad del cielo. Amén.
UN DESEO PARA TORMENTA PRIMAVERAL
Petirrojos, cielos azules y mariposas
Son las cosas que quiero para ti.
Que cada amanecer, cada día nuevo y especial,
 Te brinde amor y risas y se cumplan tus sueños.
Brille siempre el sol en tu camino
Y la vida te colme de hermosas sorpresas como la Navidad.
De repente me encontré con una vida tremendamente ocupada. Parecía que el día no tuviese suficientes horas para hacer siquiera la mitad de cosas que necesitaba hacer.
Una noche acababa de poner la mesa para cenar cuando miré por casualidad por la ventana y vi a los patos dirigiéndose al estanque y suspiré. ¿Cómo se habían salido esos patos de sus jaulas? Debía de haberme dejado la puerta sin cerrar después de haberles alimentado. Tendría que perseguirlos hasta que volviesen a sus jaulas. Estaba ya oscuro y si les dejaba fuera toda la noche un zorro los mataría antes de la mañana.
Pequeño Antílope y Ciervo estaban distraídos jugando con sus bloques y los dos bebés estaban en sus cunas, así que salí sin hacer ruido, por la puerta de la cocina, y corrí hacia el estanque. Tan pronto como los patos me vieron salieron corriendo en diferentes direcciones, cacareando y moviendo las alas.
MI CORAZÓN INQUIETO    189
Los perseguí dos veces alrededor del estanque y finalmente los acorralé donde la hierba estaba alta y agarré a dos de ellos. Los llevé a su jaula, los metí y cerré la puerta con el candado. Cuando estaba persiguiendo a los otros dos me di cuenta de lo oscuro que estaba ya. Tenía la esperanza de que los niños no se estuviesen haciendo travesuras, pues el perseguir a los patos me estaba llevando más tiempo del que yo me había esperado. Al final logré agarrar a los otros dos, les encerré en su jaula y volví a la casa.
Cuando entré en la cocina me encontré un silencio inesperado. Los niños no acostumbraban estar tan callados, así que me dirigí rápidamente a la sala de estar.
La sangrienta visión que presenciaron mis ojos hizo que se me nublase la vista y se me doblaron las rodillas, cayendo paralizada al suelo.
Antílope estaba sobre el sofá, con los ojos abiertos de par en par. Agarrado en su pequeña mano estaba un cuchillo de cocina y alrededor de la boca tenía sangre y la parte de delante de su camisa estaba empapada en sangre como si tuviese el estómago abierto y la sangre formaba un charco a sus pies. Ciervo estaba sentado en el suelo, cubierto de sangre. —¡ Oh Dios mío, no permitas que se mueran.
Intenté ponerme de nuevo en pie, pero no podía moverme y mi corazón había dejado de latir. Mis hijos habían estado jugando con cuchillos mientras yo perseguía a unos patos tontos y ahora estaban los dos heridos. ¡ Yo sabía que con toda la sangre que ya había perdido no era posible que viviese Antílope!
Empecé a gritar: —¡Don, Don, Don!
Le  había visto alimentando a los conejos colina abajo. Tan lejos' no era posible que me oyese, pero yo había tenido en poco mi capacidad para gritar, pues un cuestión de segundos apareció por la puerta, respirando con dificultad por la carrera que se había dado cuesta arriba.
MI CORAZÓN INQUIETO 190
Apunté al otro lado de la habitación, a donde estaba Antílope. No había dejado aún de gritar: —¡Se ha abierto el estómago! ¡Se está muriendo!
Don corrió hacia él. —¡ Si puedo apretar la arteria que está cortada, quizás consiga detener la hemorragia hasta que le podamos llevar al hospital! —dijo metiendo sus dedos en la mancha roja sobre el pecho de Antílope y preguntó: —¿ Cómo es que no está llorando ?
—¡Porque está en estado de shock! —le dije, luchando por ponerme en pie, pero siendo aún incapaz de dar un paso.
—¡Se está muriendo! —dije sollozando.
Don apartó su mano, se miró a los dedos y se los frotó. Extendió su mano otra vez y tocó la camisa de Antílope y olió la cosa roja en sus manos.
—¡Pero si esto no es sangre! —dijo— mirando a su alrededor. Entonces se inclinó y recogió algo que estaba al lado del sofá y me lo enseñó.
—No es sangre. ¡ Antílope se acaba de tragar una cuarta parte de la lata de la jalea de fresa! —dijo Don— quitándole el cuchillo a Antílope y dejándolo caer, con un sonido metálico, en la lata que estaba vacía.
Comenzaron a rodarme por las mejillas lágrimas de alivio al acercarme rápidamente y ver que la sangre y la mancha eran solamente jalea roja. Mientras yo había estado persiguiendo a los patos, Antílope se había subido a la mesa, había tomado un cuchillo y se había "servido la cena", dándole también al hermano.
Tanto Don como yo caímos sobre el sofá, debilitados. No nos importaba que también ahora estuviésemos nosotros cubiertos de jalea de fresa. Los dos nos echamos a reír y continuamos riendo, de pura alegría, al darnos cuenta de que el hijo que creíamos que habíamos perdido, estaba vivito y coleando.
Antílope y Ciervo estaban sentados en el suelo, contemplando asombrados cómo sus padres se reían hasta dolerles los costados.
MI CORAZÓN INQUIETO    191
Yo recordaba la jugarreta que me habían hecho Pedernal y Kansas años atrás y me reí más todavía. ¡Había caído dos veces en la misma trampa!
Me puse a limpiar todo lo que se había manchado y mientras metía la ropa de los niños en la lavadora les miré otra vez. Teníamos suerte porque podía haber sido sangre. El cuchillo había sido de verdad y yo había estado demasiado tiempo fuera de la casa. La pesadilla podría haber sido una realidad, pero gracias a Dios, en lugar de una terrible tragedia se había convertido en una broma, en un relato que contaríamos a los niños cuando se hiciesen mayores. Ellos querrían oírlo una y otra vez diciendo: —¡Mamá, cuéntanos otra vez lo de aquella noche que te creíste que nos habíamos matado!
—Gracias, Dios mío —le dije— mientras le echaba lejía a la lavadora. —Gracias por haber protegido mis hijos mientras yo estaba intentando proteger un puñado de patos.
CAPITULO VEINTITRÉS
—¿Hay algo interesante en el correo? —preguntó Don mientras hojeaba al montón de facturas.
El Rdo. McPherson nos ha enviado hoy una tarjeta. Me pregunta que cuándo voy a escribir mi libro —le dije riendo.
Don levantó la vista de la factura de la luz. —¿Qué libro?
—Es una broma entre nosotros. Siempre acostumbraba decirme que debería escribir un libro acerca de lo que significa ser india —le respondí.
Esa es una buena idea. ¿Por qué no lo haces? —me preguntó.
—Yo no sé escribir un libro —le contesté— encogiéndome de hombros.
—¿Cómo lo sabes? Tú has leído cientos de libros y sabes lo que suena bien y lo que suena mal. Creo que deberías hacerlo. Puede que ayudase a muchos indios y quizás también a algunos blancos.
—¿Tú crees de verdad que podría hacerlo? —le pregunté. —Ojalá pudiese ayudar a la gente a que se enterase de la verdad en cuanto a lo que significa ser indio.
Si quisieses hacerlo de verdad podrías. Pídele a Dios que te ayude a escribirlo —me dijo y siguió leyendo la correspondencia.
Tal vez no fuese realmente una broma y hasta era posible que yo pudiese escribir un libro. Quizás pudiese empezar al día siguiente.
A la mañana siguiente volví a recordar las palabras del Rdo. McPherson: "¿Cuándo vas a empezar tu libro?"
194    MI CORAZÓN INQUIETO
Miré por la ventana y vi que soplaba un viento inquieto y que hacía frío afuera.
—Hoy —dije en voz alta. —¡Hoy voy a empezar el libro!
Fui rápidamente al armarito y empecé a buscar una antigua máquina de escribir que una amiga había desechado hacía unos años. Yo la había recogido de su basura y me la había llevado con sus mejores deseos. Busqué entre viejas botas para la nieve, decoraciones de Navidad y algunas caretas hasta que la encontré. La máquina de escribir estaba llena de polvo y le faltaba la cinta, pero no me desanimé, sino que me llevé mi tesoro a la cocina y la puse con todo cariño sobre la mesa.
Llena de entusiasmo me fui a la ciudad con el coche y compré una nueva cinta para la máquina de escribir, un paquete de papel carbónico y otro de dos mil hojas de papel para máquina.
Puse todas las cosas bien ordenadas sobre la mesa y le eché un vistazo al reloj, viendo que eran las doce del mediodía. Me quedaban todavía cuatro horas para escribir una novela antes de que mi esposo regresase a casa del trabajo.
Me llevó un rato averiguar cómo se ponía la cinta y me di cuenta que el tipo de la letra L no funcionaba, pero eso no tenía importancia, haría uso del tipo del número 7 hasta que la pudiese arreglar. Tendría sencillamente que acordarme de que un siete era una L al revés e invertida.
Escribí a máquina mi primera frase.
"Don me 77evó junto a él y sus 7abios tocaron los míos ligeramente."
Me eché para atrás en mi silla y leí lo escrito. Hasta ahí la cosa marchaba bien. Sería una preciosa historia de amor. Ahora todo lo que necesitaba era un argumento, unos personajes y algo que rellenase del principio al clímax. Me gustaba la palabra clímax, era una palabra de un buen escritor, pues una persona corriente hubiese dicho "de principio a fin", pero una escritora como yo diría "clímax".
MI CORAZÓN INQUIETO    195
Miré el reloj y decidí meter el asado en el horno para que se hiciese mientras yo creaba.
Volví al trabajo. Veamos, ¿dónde estaba yo? —"Don me 77evó junto a él y sus 7abios tocaron los míos ligeramente". ¡ Quién sabe, quizás este libro se convertiría en un best-seller!
A lo mejor podía sonar mejor. Lo volví a escribir de otra manera. Todos nosotros, los autores famosos, tenemos que volver a escribir los manuscritos. Esa era otra palabra que utilizaban los buenos escritores, manuscritos, tenía que recordarlo.
"Los brazos varoniles de Don me rodearon el cuello, y su beso ligero selló nuestro amor."
¡ A eso le llamo yo escribir!
Y a eso le llamo yo humo!
Se había quemado el asado. Me había llevado toda la tarde componer esa frase. Oh, bueno, Lo que el viento se llevó no fue escrito en un solo día y una vez que le tomase la vuelta podría ir más deprisa.
Oí que el coche de Don llegaba junto a la casa.
En fin, por ese día había ya escrito lo suficiente. Saqué mi "manuscrito" de la máquina de escribir, lo doble, y me lo guardé en el bolsillo del delantal, poniendo de nuevo la máquina de escribir en el armarito.
Se me había quemado el asado y no tenía nada más descongelado. Podía hacer tortitas para la cena y no había lavado los cacharros porque con tanto crear no me había quedado tiempo. Tendríamos que usar platos de cartón para la cena. Ojalá que el almíbar no empape los platos. A lo mejor si comíamos de prisa
Sonreí, dándole una palmadita al bolsillo de mi delantal, donde descansaba mi manuscrito. ¡ La próxima vez que el Rdo. Me Pherson me preguntase que cuándo iba a escribir un libro podría decirle que ya lo había empezado!
Necesitaría un seudónimo, pues nadie leería jamás un libro escrito por una persona llamada Viento Sollozante. Utilizaría un nombre que fuese típico de una mujer blanca, algo así como Gwendolyn Lovequist.
 196    MI CORAZÓN INQUIETO
Me pasé el día sacando pedazos de bocadillo de mermelada y mantequilla de cacahuete de entre los tipos de la máquina de escribir, después de que Ciervo Perdido intentó aplanar su bocadillo con el rodillo para que se quedase "más planito".
Esa noche, a una hora más avanzada, mientras dormía la familia, comencé a escribir un libro que titulé Viento Sollozante.
"Mis pies metidos en los mocasines se deslizaban siguiendo el curso del arroyo seco . . ."
Al ir amontonando páginas e ir reviviendo el pasado se me llenaron los ojos de lágrimas. Pensé en la gloria de mi caballo Cascos de Trueno, en la muerte de mi abuela, en la larga búsqueda del verdadero Dios. Mientras realizaba grandes esfuerzos por poner mis pensamientos por escrito, me preguntaba si llegaría alguien a leer las palabras escritas por una mestiza sin estudios.
Pero no me había parado a pensar detenidamente en el plan que Dios tenía para mi vida.
CAPITULO VEINTICUATRO
Abrí los ojos de repente y me sentí invadida de espanto al darme vuelta y echarle un vistazo al despertador, pues ya era casi la hora de levantarme. Suspiré y volví a cerrar los ojos, deseando poderme olvidar del día porque era mi cumpleaños y yo odiaba los cumpleaños, precisamente porque me envejecían.
Suspiré, me levanté de la cama y me puse mi descolorida bata rosa y fui por el pasillo dando tropezones. Los niños dormían todavía así que a lo mejor Don y yo podíamos disfrutar juntos, para variar, del desayuno. Hice el café y preparé unos huevos revueltos. Cuando entró Don en la cocina las tostadas saltaron de la tostadora y él buscó una taza de café, dándome los buenos días.
Ni siquiera me había mirado. Yo no sabía si alegrarme o ponerme furiosa por habérsele olvidado mi cumpleaños.
Don se tomó a toda prisa el desayuno y agarró su cantina con la comida. Dándome un beso en la mejilla, se dirigió apresuradamente hacia la puerta de la cocina y salió dándole un portazo.
El portazo sonó como un disparo y oí un grito procedente de la habitación de los niños. El día había empezado oficialmente.
Se me cayó la azucarera de las manos, desparramando el azúcar por todos los rincones más distantes de la cocina. La torta que había hecho en el horno me quedó tan chata que parecía una torta frita con un agujero en el medio. Una lluvia repentina me llenó la ropa, que tenía tendida, de barro y de hojas antes de que la pudiese entrar y mi hijo tiró del mantel, llevándose consigo al suelo los platos y la comida.
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A mí me rodaron las lágrimas por las mejillas al fregar el suelo por tercera vez y me quejé: —¡Odio los cumpleaños!
Ciervo Perdido me tiró de la falda y me dijo: —Mamá, no llores, Jesús te ama.
¿ Cuántas veces le había dicho yo a él esas mismas palabras? Ahora él me las tenía que decir a mí.
Claro que Jesús me amaba, yo sabía que eso era cierto. Entonces ¿por qué me ponía yo tan irritada por cosas tan insignificantes?
Hice un repaso de lo que me había acontecido por la mañana. Me había levantado de mal humor y había sido por descuido propio que se me había roto el azucarero. ¿Había yo seguido la receta de la torta o había intentado adivinar las cantidades? Había visto las nubes que venían desde el norte y si les hubiese prestado atención me hubiese dado tiempo a quitar la ropa de la cuerda de tender y meterla en la casa antes de que empezase a llover. Podría haberme evitado todos mis problemas si hubiese empezado el día de mejor humor y si hubiese andado con más cuidado.
Las palabras de mi hijo habían servido para recordarme que incluso cuando yo ando alocada, Dios no lo está. Jesús me ama incluso cuando me quejo, cuando tengo un mal día e incluso cuando soy antipática.
Mi mente volvió a mi décimoquinto cumpleaños. Fue el día del accidente que le costó la vida a la abuela. Pocos días después se me murió mi maravilloso caballo y a continuación fui abandonada por mi tío favorito. Había sido un tiempo sombrío de mi vida y había echado a perder todos los cumpleaños posteriores.
Fui a mi dormitorio y levanté la pesada tapa de un antiguo cofre. Busqué por el fondo hasta que mis dedos tocaron una pequeña caja.
La saqué y levanté la tapa y en su interior había un pequeño caballo de porcelana. Las patas estaban rotas, pero lo que a mí me importaba era la cabeza. Yo había visto esta figurilla hacía años en una tienda y mi corazón se había acelerado al verla porque era
MI CORAZÓN INQUIETO    199
la viva imagen de Cascos de Trueno. ¡Cuánto me gustaba esa figurilla! Se había erguido orgullosa sobre una una estantería, con su pequeña melena de cristal, meneada por un viento invisible. El mirarla me había dado ánimo, pero un día uno de los niños la tiró y se le rompieron las patas. Yo había tirado a la basura los pedazos rotos, pero más adelante los había sacado y los había envuelto en un pañuelo. Ahora guardaba los pedazos rotos dentro de esta caja. En aquellos días en que me sentía inquieta sacaba la pequeña figurilla y miraba el rostro que tanto me recordaba al de Cascos de Trueno. Era un eslabón secreto con el pasado.
Pensé en mi madre y me pregunté si se acordaría ella que hoy era mi cumpleaños. Hoy me obsesionaban los recuerdos del pasado, preocupándome.
Cuando llegó Don a casa yo estaba todavía de mal humor.
—¡Se te ha olvidado mi cumpleaños! —dije lloriqueando. —¡ Y eso que soy la única esposa que tienes!
El se echó a reír y me dijo: —¿Se me ha olvidado alguna vez tu cumpleaños?
Abrió su lonchera y sacó un pequeño paquete y me lo dio.
Le quité con ansiedad el papel y me encontré con un precioso anillo de turquesa y me sentí avergonzada por haberle regañado por lo de mi cumpleaños.
Pasamos una velada ruidosa, luchando con los niños y jugando todos los juegos que se nos ocurrían. Cuando llegó la hora de ir a la cama estábamos todos agotados y una suave lluvia allá afuera hizo que la cama fuese algo grato, suave y cálido, incluso para los niños.
Las gotas de lluvia se hicieron más gruesas y comenzó a llover más rápido. Los relámpagos rasgaron el cielo con dentados rayos de luz y los truenos sonaron con tal fuerza que las ventanas retumbaron, despertando a la niña que empezó a llorar. La llevé a la habitación de al lado y la mecí hasta que se quedó dormida en mis brazos.
 200    MI CORAZÓN INQUIETO
Miré por la ventana del dormitorio y vi que seguía rugiendo la tormenta. Pero los truenos no eran más que un rumor distante y los relámpagos iluminaban las nubes lejanas.
Puse una manta más sobre el bebé y la arropé. —Papá, yo y el bebé somos tres —dije en voz baja, pero ahora había cuatro bebés. —Gracias Dios por mi maravillosa familia.
Juntos habíamos recorrido un largo camino, ¡cuánto me hubiese gustado volver a recorrerlo! ¡ Cuán-dulce podía ser la vida!
Cerré las cortinas y me metí en la cama. La tormenta había pasado y yo estaba agradecida porque mi cumpleaños había pasado y no volvería hasta dentro de un año.
Me dormí rápidamente, pero era un sueño intranquilo. Soñé con una voz que me llamaba una y otra vez, una voz familiar, pero que no lograba identificar. ¡De repente apareció en la oscuridad! Mi madre, Avecilla, estaba ante mí, llamándome por mi nombre. Yo fui corriendo hacia ella, pero alguien me agarró por el brazo y me detuvo diciéndome: —¡ Es muy tarde, está muerta!
Empecé a llorar diciendo: —¡Es muy tarde, es muy tarde!
El que me agarraba por el brazo lo hizo, con más fuerza y comenzó a sacudirme.
—¡ Querida, despiértate! —era la voz de Don y me estaba meneando. —Tienes otra pesadilla.
Mi almohada estaba empapada de lágrimas y me dolía la garganta. —¡ He visto a mi madre y me estaba llamando! —dije llorando.
Me acercó a él y me arropó. —Era solamente un sueño, vuélvete a dormir.
—¡No, la he visto, estaba aquí, en esta habitación! —Era un sueño —me dijo y se volvió a dormir.
Me levanté de la cama y encendí las luces. No había nadie más que Don y yo. Había sido solamente un sueño, ¡pero me había parecido tan auténtico!
MI CORAZÓN INQUIETO    201
Repasé cada una de las palabras del sueño. ¿Qué pasaría si ella me estuviese realmente llamando desde alguna parte? ¿Qué sucedería si se estuviese muriendo y el sueño hubiese sido un aviso?
Me sequé las lágrimas y fui a mi escritorio a buscar un bolígrafo y un papel.
Iba a encontrar a mi madre, no iba a esperar hasta que fuese demasiado tarde, como lo había sido en mi sueño.
Desde que me había casado había perdido el contacto con mi familia, en parte por haberme hecho cristiana y en parte por haberme casado con un hombre que no era indio. No sería fácil regresar a ellos ahora
y pedirles ayuda para poder encontrar a mi madre. Era posible que ninguno de ellos supiese dónde estaba porque hacia mucho tiempo que ella había desaparecido.
Decidí escribirle a mi tía Cervatilla, pues estaba segura de que ella siempre había sabido más de lo que había dicho.
Mi carta fue breve: "Querida tía Cervatilla. ¿Puedes ayudarme a encontrar a mi madre? Todo mi cariño, Viento Sollozante".
Sellé el sobre, le puse la dirección y me lo metí en el bolsillo. Con una linterna en mis manos para ver el camino me abrí paso entre la lluvia hasta llegar al buzón. Sabía que si esperaba a que llegase la mañana seguramente no enviaría la carta y después de todos estos años temía esperar aún más tiempo.
Cuando la metí en el buzón estaba tiritando. —Por favor, no permitas que sea demasiado tarde —dije en oración y me fui rápidamente a la casa, acurrucándome junto a Don para calentarme.
Tenía paz en mi mente. Había dado el primer paso y ahora ya no estaba en mis manos, ahora le tocaba dar el próximo paso a mi tía Cervatilla y a Dios.
Pasó cerca de un mes antes de que obtuviese respuesta de mi tía Cervatilla. Había casi perdido la esperanza de tener noticias de ella y había decidido que mi búsqueda había acabado antes de empezar.
 202    MI CORAZÓN INQUIETO
 Querida Viento Sollozante:
Hace varios años que no tengo noticias de tu madre. Creo que ella estuvo trabajando para una señora y puede que ella sepa dónde está, así que aquí tienes la dirección,
Tía Cervatilla. P.S. Me he enterado que te has hecho muy religiosa.

Me sonreí al leer eso de "que te has hecho muy religiosa". Probablemente toda la familia se había enterado de que Pedernal, Nube y yo nos habíamos hecho cristianos. Me apuesto cualquier cosa a que chismearon y menearon la cabeza al hablar acerca de nosotros. Le escribiría e intentaría explicarle lo que Dios había hecho por mí, pero en estos momentos quería escribirle a la mujer que había sido amiga de mi madre.
Su respuesta vino rápidamente.
Querida pequeña Viento Sollozante:
Tu madre habló con frecuencia de ti cuando estuvimos juntas, pero le perdí la pista cuando se marchó a Kansas. Te incluyo la última dirección que tenía de ella. Buena suerte,
Señora Murphy.

Sentía que estaba más cerca de enconatrar a mi madre ahora y la próxima carta que escribí fue a ella. Escribí una docena de cartas antes de decidirme a enviarle una nota breve.
Querida Avecilla:
Soy Viento Sollozante, tu hija. Ahora estoy casada y tengo cuatro hijos. Me gustaría tener noticias tuyas.
Viento Sollozante.

La envié a la dirección que me había facilitado la señora Murphy en su carta y escribí en el sobre "por favor, remitir" en caso de que se hubiese mudado.
Ahora comenzaba de nuevo la parte dura. Transcurrieron los días sin obtener respuesta y yo esperaba que a la postre me devolviesen la carta diciéndome
MI CORAZÓN INQUIETO    203
"dirección desconocida", pero una semana después llegó una carta
.Mi hija:
Gracias por escribirnos. Te pido que me perdones por todos los años que he derrochado. Cometí muchas equivocaciones y mi corazón sufre por causa de ellas. Me estoy haciendo vieja y he derrochado la mayor parte de mi vida.
Tu padre y yo estamos juntos de nuevo, después de haber estado separados durante todos esos años. Los dos hemos conocido al Señor y ahora somos cristianos.
Quería encontrarte, pero pensé que era demasiado tarde porque tú no contestaste nunca a las cartas que te envié después de que te dejé con Shima Sani. Creí que me odiabas tanto ...
Hija mía, por favor escríbenos de nuevo. ¿Tienes alguna foto que me puedas enviar?
¿Necesitas ayuda? Por favor escribe.
Todo nuestro amor,
Mamá y papá.

Me senté sobre el suelo, me eché a llorar y leí la carta diez veces.
"Somos cristianos" decía, "tu padre y yo estamos juntos." ¡No podía creerlo! i Alis padres, que se habían odiado tanto que querían matarse el uno al otro estaban ahora juntos y habían conocido al Señor! ¡Eso era un milagro!
Me quedé muy sorprendida al leer la línea que decía: "Tú no contestaste nunca todas las cartas que te envié" porque yo nunca había recibido ninguna carta de mi madre. ¿Era posible que Shima Sani me las hubiese ocultado? Había hecho muchas cosas serviles en su vida y ésta podría haber sido una de ellas.
Cuando llegó Don a casa le enseñé la carta.
—Así que has encontrado a tu madre —me dijo y me devolvió la carta. —¿ Cómo te sientes al respecto ?
 204    MI CORAZÓN INQUIETO
 —No lo sé, aunque estoy contenta de haberla encontrado. Estoy feliz de que mis padres sean cristianos, pero ha pasado tantísimo tiempo que no sé realmente lo que siento, pero quiero conocerla mejor.
En el rostro de Don se dibujaba la preocupación. —Ve con cuidado y ándate despacio —me aconsejó.
Yo asentí con la cabeza y le dije: —Iré con cuidado, no esperaré demasiado.
Contesté a su carta y le envié fotografías de todos nosotros.
En su próxima carta me envió una fotografía de ella y de mi padre y la miré cien veces. Mi madre tenía los ojos de mi abuela, negros, como de águila. Dentro de veinte años estaría tan vieja y tan arrugada como lo había estado la abuela y yo me preguntaba si yo me parecería a mi madre dentro de veinte años.
Parecía una criatura dulce y tímida, como un conejillo que se dispone a salir corriendo y esconderse. Me dolía ver el aspecto viejo y cansado de mi padre, pues yo no había pensado que mis padres fuesen a envejecer, en mi mente siempre me los había imaginado jóvenes.
Se habían casado demasiado jóvenes y los dos habían huido de un matrimonio desgraciado, dejándome con la abuela porque habían creído que sería lo mejor para mí.
Las cartas fueron de acá para allá. Nuestras cartas eran a veces torpes, a veces graciosas, con frecuencia tristes, pero esas cartas comenzaron a unirnos de nuevo.
Comenzaron a salir a la luz algunos hechos. Mi madre me dijo que había intentado volver junto a mí, pero la abuela le había prohibido regresar a la casa. Me dijo que me había escrito en muchas ocasiones, pero que le habían devuelto las cartas sin abrir.
Me dijo una y otra vez que había llegado a arrepentirse muchas veces de sus equivocaciones y a juzgar por sus cartas estaba claro que tanto ella como mi padre eran cristianos. Hacía nada más que un
MI CORAZÓN INQUIETO    205  año que habían encontrado a Dios, los dos la misma noche, en una reunión de avivamiento en su pequeña ciudad.
Llevaría algún tiempo desenredar todos los nudos que había en nuestra relación porque no resultaba fácil vencer los sufrimientos y la soledad de tantísimos años.
—¿Quieres ver a tus padres? —me preguntó Don.
—Todavía no; creo que todos estamos de acuerdo en ir despacio. Necesitamos tiempo para acostumbrarnos los unos a los otros, porque no queremos cometer ningún error que estropee las cosas. Creo que ésta es la última oportunidad que tenemos para ser . . . bueno, amigos. Cuando pensemos que ha llegado el momento indicado, entonces nos reuniremos, pero por ahora las cartas son suficientes. Son más de lo que yo esperaba.
—¿Sabes una cosa? —me preguntó Don después de haber leído la última carta— me dan la impresión de que son personas que me gustaría tener por amigos.
El tener padres después de tantos años era una extraña sensación, pues parecía que durante muchísimo tiempo hubiese estado sola en el mundo, pero entonces Dios me había dado amigos, un marido, unos hijos y ahora me daba a mis padres.
Nunca deja de maravillarme la manera en que Dios realiza lo imposible.
 CAPITULO VEINTICINCO
¡La Editorial Vida me va a publicar el libro! —grité.
—Lo sabía, lo sabía —dijo Don haciéndome dar vueltas por toda la habitación. —¡Te lo dije!
Le di las gracias a Dios por su gran bendición, porque sabía que no poseía ningún talento propio y él era el responsable.
Cuando le dije al Rdo. McPherson que la Editorial Vida iba a publicar mi libro Viento Sollozante, sonrió y me dijo: —Lo sabía.
Yo me reí y le contesté: —Eso es lo que dijo Don. 
—Don y yo teníamos fe en ti. Hemos recorrido juntos un largo y duro camino.
Me tomó de la mano y oró para que el libro fuese un éxito y para que tocase y salvase almas.
Cuánto me hubiese gustado que Audrey pudiese haber compartido este día con nosotros —me dijo.
—Quiero leerle a usted la dedicatoria —le dije y comencé a leer con voz entrecortada:
"Para el Rdo. McPherson.
Porque él creyó en mí,

Yo aprendí a creer en mí misma"
Movió la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No puedo hablar, no puedo decirte ... gracias.

Llegaron de la Editorial muchas cartas amables y que me animaban. Cuando me preguntaron si estaba dispuesta a realizar un viaje con el libro les dije que no podía ir. —No tengo nada que decir, además no puedo dejar a mi familia —les expliqué.
—Podríamos hacer arreglos para que los viajes fuesen de corta duración para que no tenga usted
MI CORAZÓN INQUIETO    207
que estar separada de su familia más que unos pocos días a la vez. Sabemos que la familia viene primero. Diga usted lo que tenga en su corazón, Viento Sollozante, dígale a la gente la verdad acerca de los indios. Dígales que la religión de los indios no es hermosa, que ninguna religión lo es, a menos que tenga como centro al Dios viviente.
—No puedo hablar delante de la gente, me da miedo —dije, sintiéndome como Moisés.
—No tiene usted que estar atemorizada, estará usted hablando para Dios y él la ayudará a usted. Es necesario que alguien hable por los indios, ¿por qué no ha de ser usted?
Miré a Don esperando que él me guiase.
—Es una oportunidad única en tu vida y yo puedo cuidar a los niños. Tienes que ir, quiero que lo hagas —me dijo.
—Iré —le dije.
Oré a Dios pidiéndole ayuda para los meses próximos. Me iba a encontrar en un extraño mundo donde había aviones, viajes y rascacielos. Dondequiera que fuese, tanto si era a una reserva en Nuevo México como si era a un hotel en Nueva York, mi mensaje sería siempre el mismo: que el indio necesita a Dios y también le necesitan los demás.
Difícil me resultaba creer que Dios fuese a tomar a una persona tan poco importante como yo, ofreciéndole la oportunidad de hablar acerca de mi historia a miles de personas por todo el país. No se sabe nunca lo que Dios puede hacer hasta que no le entreguemos nuestra vida y dejemos que él se ocupe de ella.
209
MI CORAZÓN INQUIETO
CAPITULO VEINTISÉIS
Nuestra granja era un lugar precioso, pero a mí me asustaban los tornados y las inundaciones. Tenía que estar constantemente vigilando porque había serpientes y perdí la cuenta de cuantas maté. Cada día oraba diciendo: —Dios mío, protege a mis hijos de las serpientes mientras juegan afuera.
Las tarántulas casi me provocaban el desmayo cuando las veía y los escorpiones me hacían salir corriendo.
Echaba de menos las montañas y los bosques con sus pinos y sus álamos y también echaba de menos mi iglesia y a mis amigos. Sentía añoranza y me pasaba la mayor parte del tiempo pensando en mis antiguos amigos y en los viejos tiempos.
Una mañana, mientras colgaba la ropa a secar, la añoranza se apoderó de mí como si hubiese sido una ola gigantesca y caí de rodillas clamando: —¡Quiero volver a casa, quiero volver a casa!
Lo dije una y otra vez hasta que no fue más un deseo o un anhelo, sino una oración desesperada.

Don no estaba tan contento con la granja como lo había estado antes y cuando le dije lo mucho que deseaba volver a casa decidió vender la granja.
Abandonar la granja fue más difícil de lo que había pensado. Yo no me había sentido satisfecha con ella, era como si algo hubiese siempre faltado, algo que no podía expresar con palabras. No me había parecido nunca un hogar, pero ahora, al hacer las maletas para marcharnos, sentí el dolor que hubiese sentido al haber perdido a una amiga, pues estaba perdiendo algo. Aquí teníamos recuerdos, nuestros hijos habían sido bebés aquí. ¿Qué sucedería si no
legrábamos encontrar otro hogar y teníamos que andar continuamente de un lado para otro? Yo tenía miedo, mucho miedo, y me preguntaba si mi añoranza haría que mi familia tuviese que pagar un espantoso precio. Significaría un nuevo comienzo; Don tendría que encontrar un nuevo trabajo y los niños dejarían atrás a sus amigos.
—Ayúdanos, Dios mío —pedí en oración al marcharnos en el coche, dejando atrás a nuestra granja.
ORACION POR UN NUEVO HOGAR
Dios, danos una casita
De la que no nos vayamos nunca!
Una casita con sillas blandas,
Cuatro camitas tibias,
Con unos pocos acres de tierra,
Grandes árboles alrededor,

Montañas y rocas y un cielo azul
Muchas risas, mucho amor,
Que sople suave la brisa, que caigan suaves las lluvias,
Bendice Dios el hogar, la familia y todo lo demás, Gatitos, juguetitos, libros y pelotas,
Un jardín con bellas flores,
Niños que a todas horas juegan y ríen.
Danos una casita y haremos lo mejor,
Para que seas nuestro huésped de honor.
Cuando llegamos a Colorado, encontramos un pequeño lugar que alquilar mientras Don buscaba trabajo y yo buscaba una casita.
Pedernal y Nube tenían ya sus pequeñas haciendas en las elevadas montañas. Pedernal y su esposa tenían dos hijos y Nube y su esposa tenían dos hijas. Todos ellos llevaban vidas tranquilas y cristianas.
Nube vino a vernos y le entregó a Pequeño Antílope el pequeño arco y las flechas que había hecho con sus propias manos, diciéndole: —Toma, pequeño guerrero, ve a matar un oso, mientras reía.
 210    MI CORAZÓN INQUIETO
—¡Te mataré cien osos! —dijo presumiendo Pequeño Antílope y salió corriendo con su nuevo juguete.
—Nube, ése es un regalo precioso. Te ha llevado bastante tiempo hacerlo y él lo recordará aun cuando sea mayor —le dije, dándole las gracias.
Nube se encogió de hombros y dijo: —No es gran cosa —pero yo me daba cuenta de que estaba orgulloso de su obra.
Nube, he escrito un libro —le dije con timidez 
. —¿Acerca de qué? —me preguntó.
Yo tragué saliva con dificultad y le contesté: —Acerca de nosotros.
Nube levantó la vista.
—He escrito acerca de nosotros, de nuestra familia, de todo —le dije con timidez.
¿Todo? —me preguntó.
—Sí.
Se quedó un momento callado y luego sonrió —¡Muy bien hecho! —me dijo, dándome una palmada en la espalda con tal vigor que me tambaleé. —Ya va siendo hora de que alguien en esta familia hiciese algo, estoy orgulloso de ti.
A mí se me quitó un gran peso de encima y me sentí mejor.
Miró de nuevo a Pequeño Antílope, que estaba probando su nuevo arco.
—¿Sabes una cosa Viento Sollozante? Habrá quien se ponga en tu contra y habrá algunos de la familia a los que no les gustará que hables acerca de las costumbres indias y se pondrán furiosos contigo. Puede que hasta sea peligroso y te insultarán. Dirán que eres una mentirosa para quedar ellos mejor, así que va a ser dificil para ti.
—Lo he pensado, pero siento en mi corazón que he hecho lo que debía hacer. Nuestro pueblo ha vivido ya tanto tiempo en tinieblas, con demasiados secretos y con demasiado temor. Es hora de abrir las ventanas de par en par y dejar que entre la luz en nuestra vida y barra las telarañas que son nuestras antiguas costumbres —le dije.
MI CORAZÓN INQUIETO    211
Estoy de acuerdo, Viento Sollozante, pero aquellos que andan por las viejas sendas te combatirán ---me advirtió.
—Nube, si tú me apoyas podré enfrentarme con los demás —le dije.
No tardé en averiguar que en la familia existía una clara línea divisoria; el libro gustaba a los que se habían hecho cristianos, pero aquellos que seguían la antigua religión odiaban el libro y me odiaban también a mí por haberlo escrito.
Si mi libro no lograba otra cosa, esperaba que al menos dijese la verdad a la gente para que dejase de decir: La religión india es hermosa, dejémosles en paz.
¿Debían dejarles en paz para que pudiesen vivir sin esperanza? ¿Dejarles en paz para que no llegasen a conocer el perdón de los pecados ni el amor de Dios? ¿Dejarles en paz para que pudiesen morir en tinieblas y dar con sus huesos en una tumba sin Dios? ¿Qué tiene eso de hermoso?
Don y yo vimos docenas de casas y las que tenían una gran extensión de terreno eran excesivamente caras para nosotros, pero sabíamos que no seríamos felices viviendo en la ciudad porque necesitábamos "espacio para respirar".
Un amigo nos envió, para que se encontrase con nosotros, a un agente de ventas de casas. —¡Yo soy T. J. Calhoun y les voy a encontrar a ustedes una casa! —nos dijo.
T. J. nos enseñó varios lugares, con un precio a nuestro alcance, pero nada resultaba adecuado.
Yo me estaba desanimando y Don comenzaba a impacientarse, deseando establecerse. Había encontrado un trabajo como camionero, haciendo entregas en la ciudad, y a pesar de que las horas de trabajo eran largas y la paga era escasa, estábamos agradecidos porque hubiese encontrado trabajo tan rápidamente cuando había tantísimas personas desocupadas. Ahora todo lo que necesitábamos era una casa, un auténtico hogar.
212    MI CORAZÓN INQUIETO
Yo me sentía culpable por haber arrancado a mi familia de donde estábamos y haberles traído aquí, teniéndolos ahora sin hogar y sin residencia fija. Nos parecía imposible llegar a encontrar la clase de casa que deseábamos por la pequeña cantidad de dinero que teníamos.
Un día llegó T. J., a una hora avanzada de la tarde y nos dijo algo dubitativo: —Hay un sitio que no les he enseñado, mi propia casa. Supongo que no se la he enseñado porque no quería deshacerme de ella, pero sé que tengo que hacerlo. La vida cambia, hay que dejar el pasado atrás y empezar de nuevo.
Nos llevó en su coche, conduciendo despacio por. las carreteras polvorientas y llenas de curvas, de la montaña.
—Era una antigua propiedad rodeada de bosques nacionales y vendí todo, con excepción de unos once acres, la casa y los graneros. Pero creo que ha llegado la hora de vender todo.
Se salió de la carretera principal y fuimos cerca de un kilómetro por densos bosques.
Cuando T. J. pasó por las antiguas verjas de madera se estaba poniendo el sol. —Tendremos que caminar desde aquí —nos dijo.
Bajamos de la camioneta y caminamos hacia los surcos parejos que había entre las rocas del camino.
Al dar la vuelta a un recodo vi por primera vez la casa y los ojos se me llenaron de lágrimas. La cabaña, hecha de troncos, y los graneros, también hechos de troncos, tenían cerca de cien años. El rancho estaba rodeado de altos pinos y de enormes rocas, ocultándolo a la vista y situándolo en un valle protegido.
Cuando entramos en la casa encontramos un enorme hogar, techos hechos con vigas y lámparas montadas sobre ruedas de carreta.
—¡Nos quedamos con ella! --dije yo.
A Don le dio un ataque de tos y a T. J. se le puso la cara pálida.
MI CORAZÓN INQUIETO    213
Esa noche Don me echó varios sermones sobre lo que no había que decir al comprar una casa y sobre el hecho de que no podía costear la vieja casa de T. J.
—Ofrécele menos de lo que pide —le supliqué—¡esa casa tiene que ser mía, es mi hogar!
—No aceptará, menos ahora que sabe que quieres la casa. Deberías de haberte callado y haberle tenido en suspenso.
Entonces cambió el tema y dijo: —Esa pequeña granja de cabras que hay cerca no está mal y podemos comprarla.
—Es horrorosa y las cabras han arruinado la mayoría de los árboles. No hay calefacción, ¡no, no! ¡Yo quiero esa casa! —dije sollozando. —Dios no me hubiese enseñado esa casa sencillamente para mortificarme, él deseaba que fuese mía!
Al día siguiente Don fue a ver a T. J. y le ofreció miles de dólares menos de lo que él pedía por la casa y ante su sorpresa T. J. aceptó.
¡Teníamos por fin nuestra propia casa! No nos llevó mucho tiempo mudarnos a Thundering Hills, nuestro propio valle escondido, nuestro refugio del mundo exterior.
Estábamos una vez más en casa y todos los domingos íbamos a nuestra iglesia, donde el querido Rdo. McPherson seguía aún de pastor y nuestros corazones se deleitaban con sus mensajes acerca del amor a Dios.
Eché un vistazo por la iglesia y vi que Sally estaba todavía ahí, pero muchos rostros estaban ausentes, pues Audrey, Edythe y muchos otros habían sido llamados a la presencia del Señor. Donde antes me había sentado sola, ahora lo hacía con mi familia, llenando todo un banco.
El Rdo. McPherson estaba en pie junto al púlpito. Con los años se le había puesto el pelo un poco más blanco, se había vuelto algo más humilde y para nosotros un poco más querido.
CAPITULO VEINTISIETE
¡Cómo me gustaba el otoño! Dios tocaba los árboles, convirtiéndolos en oro y caían las hojas sobre mí como bendiciones del cielo. Me encantaba tomar las hojas con las manos y caminar sobre ellas. Qué gran placer contemplar a los niños rodar y dar saltos en las hojas frágiles y crujiantes hasta que las hojas les cubrían la ropa y el pelo. El otoño era especial y la naturaleza parecía trabajar aún más intensamente, haciendo que las montañas estuviesen hermosas para que pudiésemos guardar en nuestra mente las bellas escenas, para recordarlas cuando llegase el duro y frío invierno.
Siempre había sido mi estación favorita, pero este año le temía al final del verano porque sabía que los dulces días de la inocencia y de la libertad le serían arrancados a mi hijo mayor que ya era suficientemente mayor como para empezar a ir a la escuela.
Sencillamente la palabra septiembre me hacía sentir escalofríos, pues con el fin del verano comenzarían los problemas.
—¡No estoy dispuesta a mandar a mi hijo al colegio! —dije demasiado alto. —¡La escuela es un lugar espantoso! ¡Las maestras son crueles, son personas odiosas que se complacen en avergonzar y humillar a los niños pequeños!
Mi mente estaba llena de recuerdos dolorosos de cuando yo misma había ido al colegio. Era una pesadilla que había revivido con frecuencia. ¡No! No permitiría que se riesen de mis hijos. A mis hijos no les perseguirían grupos de chiquillos burlones hasta la casa. ¡De ninguna manera! ¡Mis hijos no iban a ir a la escuela!
Mi esposo me dijo con firmeza: —La ley dice que tenemos que mandar nuestros hijos a la escuela.
—¡ La ley no tiene ningún derecho a quitarme mis hijos! —le dije con lágrimas en los ojos. ¡Es una forma legalizada de secuestro!
—No te están quitando a tu hijo, es sólo que quieren que todos los niños reciban una educación y solamente estará ausente durante unas pocas horas todos los días —me dijo Don. —¿Por qué estás tan enfadada?
—¡Estoy más que enfadada, estoy furiosa y asqueada! Quiero luchar, pero no encuentro la manera de hacerlo. El gobierno dice que necesitan una educación, pero no les enseñan lo que necesitan saber. ¿Les enseña la escuela acerca de Dios? ¡No! ¿Les enseñan en la escuela cómo cocinar, cómo cazar o cómo sobrevivir en los bosques? ¡No! ¿Les enseñan cómo ser buenas personas o cómo cuidar de una familia? ¡No! Enseñan que Johnny se comió seis manzanas y cuántas le quedan. Dicen que un hombre blanco, llamado Colón, descubrió América, pero los indios descubrieron América miles de años antes. Enseñan que Custer perdió la vida en una matanza realizada por los indios, pero Custer fue un cobarde, que buscaba su propia gloria y que mataba a mujeres y niños. ¡Lo que enseñan son mentiras! —dije gritando. ¡Yo puedo enseñarles en casa. Compraré libros y el gobierno no tiene derecho a llevarse a mis hijos! ¡Lucharé contra él!
Mi esposo se sonrió y dijo: —Una india, más que nadie, debería de saber que es imposible luchar contra el gobierno.
Cedí porque sabía que tenía razón, porque no se puede luchar contra el gobierno y salir victorioso. Mi hijo tendría que ir a la escuela. Era como si yo enviase a mi oveja al matadero.
Salí corriendo de la habitación y busqué refugio en el bosque. Me senté bajo un árbol seco y lloré amargamente, imaginándome a mis hijos pasando por los mismos sufrimientos y agonías que había pasado yo.
¡No era justo! Me consumía la rabia. Me llevaría a mis hijos y me escaparía. Volveríamos a la reserva, donde la gente no se preocuparía si mis hijos iban a la escuela o no. Ellos habían pasado por el mismo tratamiento en la escuela del hombre blanco y lo comprenderían.
Yo me acordaba de cuando mis tíos habían hablado de la "educación" que les había dado el gobierno. Había venido un autobús a la reserva y los niños eran arrastrados fuera de sus casas gritando y les metían en el autobús. Les llevaban lejos a un internado para indios, donde los tenían en dormitorios, sin ver de nuevo a sus familias hasta que había terminado el año escolar porque la escuela estaba lejos de sus hogares y sus familias no tenían dinero para ir de acá para allá. No podían mantenerse en contacto ni siquiera por correspondencia porque muchos de los padres no sabían leer ni escribir.
Muchos de los adolescentes se tiraban de los autobuses por las puertas de emergencia y salían corriendo, a través del campo, y se escondían para escapar. Entonces pusieron cadenas para las piernas en los autobuses y se ponía en esos asientos a los fugitivos hasta que se encontraban "a salvo" en la escuela. Hacía muy poco que habían construido escuelas en las reservas para que los niños pudiesen regresar a sus casas todas las noches en lugar de ser secuestrados durante meses enteros.
Mi propia tribu, los kickapu, había luchado en contra de la educación más que ninguna otra tribu, quemando seis escuelas que el gobierno había construido para obligar a los jóvenes a cambiar. Ninguna tribu se había aferrado a sus antiguas costumbres tanto como lo habían hecho los kickapu del sur. Casi todos ellos son personas que no saben leer ni escribir y no porque sean tontos, sino porque se niegan a aprender a hacer las cosas "al estilo del hombre blanco".
Lloré hasta quedarme sin lágrimas y respiré profundamente varias veces. El aire del atardecer me aclararía los pensamientos. Había una manera de ga-
MI CORAZÓN INQUIETO    217
nar siempre hay una manera de ganar si es que se leocurre a uno.
Pequeño Antílope tendría que ir a la escuela porque la ley así lo establecía. Si yo no aprovechaba la educación "gratis" me meterían en la cárcel. La ley-decía ... pero si un niño se pone enfermo, ni siquiera la ley puede obligarte a ir. Yo me sonreí. Sí, Pequeño o Antílope faltaría mucho a la escuela porque yo diría sencillamente que estaba enfermo y le tendría en casa la mayor parte del tiempo; eso sería fácil. Me puse en pie y me cepillé el polvo de la ropa. Ahora me sentía mejor. Le enviaría unos pocos días a la escuela y le tendría en casa otros pocos días, eso estaba decidido.
Al día siguiente me sentía entristecida llevando a mi hijito de cinco años a la escuela. Llevaba puestos sus nuevos pantalones vaqueros y una nueva camisa. Le brillaban los ojos de entusiasmo. Yo le observaba mientras íbamos a la escuela en el coche y veía que estaba emocionado. No comprendía que no tardaría en averiguar que la escuela no era divertida, que las maestras no eran amigas de los niños y que los otros niños no jugaban con mestizos. Las lecciones que habría de aprender en este día le perjudicarían durante muchísimos años.
Yo iba todo lo despacio que podía, pero demasiado pronto llegamos a la escuela. Yo intenté ignorar el nudo que tenía en el estómago al tomar su pequeña mano en la mía y llevarle al interior del edificio.
Una madre empujó a su hijo asustado a la habitación, le dijo unas cuantas palabras apresuradas, le echó un vistazo a su reloj y se fue rápidamente, dejando al niño solo y aterrorizado en un mundo nuevo y extraño. El niño comenzó a sollozar y se cubrió los ojos con sus manitas regorditas.
Una mujer delgada, que llevaba los ojos pintados de un azul brillante estaba sentada detrás de un escritorio.
—Hola —le dije— éste es mi hijo .. .
—Llene estos formularios, vaya a la sala 2A y la señora Jones les atenderá.
  A las personas que escribieron a este blog, anhelando leer los dos libros de Viento Sollozante..
 Sé que  esperaron durante más de dos años poder leer completas estas historias. Espero que sean de  gozo y bendición el leerlas.pues bien, ¡Misión Cumplida!

 218    MI CORAZÓN INQUIETO
Empujó un montón de papeles y continuó comprobando su lista, sin mirarnos siquiera.
Yo recogí los papeles y me senté a la mesa para llenarlos.Pequeño Antílope se agarró a mi mano como si se estuviese ahogando.
Yo leí los formularios. "Nombre del alumno...."
—Pequeño Antílope Stafford —escribí, pero entonces miré al mi alrededor y vi que todos los niños eran blancos y borré el nombre. —Aarón Stafford —escribí. Le sería más fácil si le llamaban Aarón en la escuela. Me sentía culpable por dejarme acorralar por esta gente.
—Dirección ...
"Wagon Tongue Gulch".
—Edad.
—Cinco años.
—Raza ...
—¿Qué diferencia había? Yo no estaba avergonzada de ser india, pero no sentía que tuviese que proclamarlo como si hubiese sido un impedimento. ¡Soy china, soy de la luna, soy violeta! Pensé un momento; si escribía "indio" estaría negando a su padre, pero si escribía "blanco" me negaría a mí misma como su madre. Si ponía allí "indio/caucásico" le catalogaría como mestizo. Me sentí tentada a poner "menta" (rojo y blanco). También pensé dejar el espacio en blanco, pero eso les haría pensar que yo no sabía lo que era mi propio hijo, así que escribí "americano".
Borré otra vez el nombre de mi hijo y escribí, con grandes letras: "AARON LITTLE ANTELOPE STAFFORD". Eramos lo que éramos. La escuela no me iba a dejar intimidar a mí misma o a los niños ni iba a tener que ser lo que no era por culpa de la escuela. Tomé los papeles en mi mano derecha y con la izquierda llevé a mi hijito a la sala 2A.
Una mujer, que llevaba un traje marrón, le echó un vistazo a los papeles y me dijo: —Está usted en el lugar equivocado, vaya a la sala 1B.
MI CORAZÓN INQUIETO    219
Fuimos por el pasillo hasta llegar a la otra sala y una mujer bajita, con un traje pantalón, tomó los papeles y los miró.
—¿Pequeño Antílope? —dijo levantando las cejas. Le miré derecha a los ojos sin hablar.
—Sí, veamos ... —dijo, leyendo algo más y enseñando unos dientes muy blancos, pero no era una sonrisa.
Pocos minutos después dejé a Pequeño Antílope y me fui, intentando no pensar en la expresión de horror que tenía en su rostro al dejarle por primera vez en su vida con extraños. Extraños que le consideraban de menor valor que ellos mismos por ser diferente. Extraños a los que no le importaba, que pensaban en él como el niño que se sentaba detrás del pupitre número cuatro.
Yo sentí que la ira invadía mi corazón. La escuela no había cambiado, seguía siendo lo mismo, algo impersonal, un sistema que desmoronaba el espíritu. Yo temía a los días venideros, cuando mi hijo habría de llegar a casa de la escuela llorando porque le habrían estado insultando. Sabía que lo más seguro era que "mestizo" fuese la palabra más suave que oiría, que sería el blanco de crueles chistes de indios, sabía que le empujarían a participar en peleas en las que él no querría y que probablemente perdería porque era pequeño para su edad y la enfermedad le había hecho quedarse delgadito.
Todo cuanto yo podía hacer era esforzarme aún más por hacer que su hogar fuese feliz. Su casa se convertiría en un refugio para él. Eramos una familia y siempre y cuando nos mantuviésemos juntos y nos uniésemos en contra de "ellos" podríamos sobrevivir. Yo odiaba a la escuela por tener a mi hijo prisionero, todos los días, durante tantas horas. Era como si un enorme oso le estuviese despedazando en pequeños trocitos, moliendo hasta dejar en nada a mi hijo, con sus poderosas garras y enviándolo a casa desnudo de su personalidad. La escuela dedicaría horas enteras de cada día a robarle su personalidad y yo me pasaría horas enteras cada noche intentando recomponerle otra vez.
Yo miraba todo el día el reloj; las manecillas se movían con tal lentitud que a mí me parecía que el día no iba a terminar nunca. Le hacía a Antílope su cena favorita y también le hacía galletas, intentando que su primer día de clase fuese especial. Quizás pudiese llegar a la casa feliz, a lo mejor todo le había ido bien y tal vez la escuela hubiese cambiado.
¡Por fin dieron las cuatro! Fui con la camioneta por la carretera y esperé a que llegase el gran autobús amarillo de la escuela, dando tumbos y envuelto en una nube de polvo.
Antílope descendió de. él y corrió a la camioneta como un pájaro al que acaban de sacar de la jaula y poner en libertad. Tenía el rostro lleno de lágrimas y el bolsillo de su camisa estaba roto. El corazón me dio un vuelco porque sin preguntárselo supe lo que le había sucedido.
—Estoy contenta de que estés de nuevo en casa —le dije, intentando sonar alegre. —Hoy te he hecho unas galletas. Pero finalmente le tuve que preguntar: —¿Cómo te ha ido en la escuela?
—Un muchacho grande me empujó en el patio —me dijo y miró muy callado por la ventanilla.
Cuando llegamos con la camioneta a nuestro patio vio a su hermano Ciervo que le esperaba y se sonrió. —En casa tengo amigos, así que no los necesito en la escuela —dijo y corrió hacia donde estaba su hermano.
Recogí su chaqueta y su cajita de la comida y las entré en la casa y noté que la cajita de la comida pesaba. La abrí y me encontré la comida íntegra. Había estado demasiado nervioso como para comer ni un bocado de su comida.
Don vino a lavarse para la cena. —¿Cómo ha ido hoy la escuela? —preguntó echando de nuevo la toalla húmeda al toallero.
Yo le miré de manera tempestuosa. —¡ A ti qué te parece cómo le ha ido!
MI CORAZÓN INQUIETO    221
Por algún motivo yo le culpaba a él porque era el hombre de la casa y debería de haber protegido a su hijo y debería de haber hecho algo.
Después de la cena empecé a preparar la comida del día siguiente de Antílope y él vino a la cocina por otra galleta.
—¿Qué estás haciendo?
—Preparándote las cosas para la escuela para mañana —le contesté.
—¡Pero si ya he ido, no tengo que volver! ¿verdad?
_Sí, tienes que ir muchas veces —le dije.
—¡ Pero yo no quiero ir más, no me hagas ir! —me suplicó y se agarró a mis piernas. —¡Por favor, mamá!
Le tomé en mis brazos y le abracé. —El primer día siempre es difícil, mañana será más fácil. A lo mejor mañana encuentras un amigo.
Se secó los ojos. __¿Tú crees?
—Seguro. Mañana no vas a estar asustado, te irá mejor. No estarás demasiado nervioso para tomarte la comida.
—No quiero comida —me dijo.
—Te entrará hambre —le dije.
—No puedo comer cuando estoy solo —me contestó.
 —Pero si comes con los otros niños, no estás solo —le dije.
—Sí que lo estoy, tengo que comer solo en una habitación.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté.
—Todos los niños comen en el comedor, pero la maestra me hace comer solo en una habitación.
—Debe de haber alguien más contigo en la habitación.
No podía estar en lo cierto, no podía estar comiendo solo.
—No, la maestra dijo que no había sitio para mí en el comedor y tengo que comer en otra sala. No puedo comer cuando estoy solo, se me cierra la garganta y no me pasa la comida —me dijo.
—¿Tenías algún problema? ¿Acaso era un castigo? —le pregunté.
—No, no había hecho nada, no me había portado mal. No me quiere.
—Estoy segura de que te quiere, tiene que haber un mal entendido. Mañana le enviaré una nota contigo y le diré que tienes que comer en el comedor con los otros niños.
El se sonrió. —¿Entonces puedo comer con los otros niños?
—Sí, mañana será un día mejor. Le vi tomar una galleta y salir corriendo a buscar a su hermano.
MI CORAZÓN INQUIETO    223
Escribí una nota y la metí en su cajita de la comida.
Querida señora Matthews:
Antílope se siente muy desgraciado comiendo solo. Por favor permítale comer con los demás niños.

Todo iba a ir bien. Habíamos empezado mal, pero todo iba a ser más fácil.
Al día siguiente cuando llegó a casa de la escuela me sentí aliviada al ver que no tenía la camisa rota y que no había lágrimas en su carita.
—Hoy ha ido mejor ¿verdad que sí? —le pregunté.
—Sí, nadie me empujó. Encontré un pedazo de vidrio verde en el patio.
Se lo sacó del bolsillo y me lo enseñó. —También he encontrado otros tesoros.
Se sacó una pua torcida, un lápiz roto y la envoltura de un chicle de su bolsillo.
—Esos son bonitos —le dije.
—Busco tesoros mientras los otros niños juegan —dijo, metiéndoselos de nuevo en los bolsillos.
 —¿No juegas tú? —le pregunté.
—No me dejan. Cuando trato de jugar, me empujan, pero no me importa porque puedo buscar tesoros.
¡Yo quería gritar. Los otros niños jugaban a juegos mientras mi hijo se quedaba solo y buscaba pedazos de vidrios rotos y clavos torcidos!
—¿Es que en el recreo no hay una maestra con ustedes? A lo mejor no sabía cómo estaban tratando los niños a Antílope.
—Sí, estaba allí la señora Matthews.
—¿Qué dijo ella? —le pregunté.
—Me dijo que no me acercase a los columpios. Yo estaba demasiado furiosa para hablar.
A la mañana siguiente llevé a Antílope a la escuela y fui con él a la clase. Allí estaba la señora Matthews y me enseñó otra vez los dientes sin que eso fuese una sonrisa.
Esperaba que mi voz no sonase demasiado furiosa cuando le hablé.
  224    MI CORAZÓN INQUIETO
—Mi hijo dice que tiene que comer solo en una habitación.
—Sí —me contestó— no hay espacio para él en la mesa, es un comedor muy pequeño.
—Entonces ¿hay espacio para todos los niños excepto uno ? —le pregunté.
—Sí, así es.
—Entonces los niños podrían turnarse. Mi hijo podría comer solo un día y después otro niño podría comer solo al día siguiente —le sugerí.
—No, eso no funcionaría. Los otros niños se conocen todos y están acostumbrados a comer juntos —me dijo.
—Pero mi hijo no conocerá nunca a los otros niños si está solo en otra habitación —le dije discutiendo.
—Se amoldará. Después de todo de eso se trata la escuela, de amoldarse —me dijo, como si yo hubiese tenido cinco años.
—No puede comer cuando está solo —le repetí.
—Aprenderá, a lo mejor es que en casa no tiene ninguna disciplina —me dijo y sus ojos azules parecían de hielo.
—En casa se porta muy bien —le dije— rara vez necesita disciplina.
—Las madres no siempre ven las cosas desde el punto de vista de la maestra —me respondió.
—Es posible que no, yo no soy perfecta y mi hijo tampoco lo es. Yo deseaba añadir: —Las maestras no son perfectas —pero pensé que sería mejor no hacerlo. —Busque usted otra manera de castigarle si se porta mal.
—No se le está castigando, es sencillamente que no hay espacio a la mesa.
Yo pensé para mis adentros, le están castigando por tener una madre india.
—Creo que podría usted hacerle espacio a la mesa —le dije.
—Veré lo que puedo hacer. Me enseñó los dientes de nuevo y me fui.
  MI CORAZÓN INQUIETO    225
—Por favor, Dios mío —le pedí en oración— permite que esto sea el final del asunto y que Pequeño Antílope pueda comer con los demás niños.
Pasaron los días y no cambió nada. Pequeño Antílope se trajo la comida a casa intacta, habiendo sido enviado cada día a una habitación a comer él solo.
Yo envié notas a la escuela pidiendo que se le permitiese sentarse con los otros niños, pero no obtuve respuesta a ninguna de ellas.
Pasaron dos semanas y a mí se me terminó la paciencia.
—¿Por qué no está Antílope en la escuela? —me preguntó Don una mañana— ha faltado tres días.
Cuando dije que había dejado de enviarle a la escuela Don explotó.
¿Qué quieres decir con eso de que has dejado de enviarle a la escuela? —me gritó.
—La maestra le hace comer a solas en una habitación. Le he hablado y le he mandado notas, pero no quiere escuchar. Se limita a decir: —No hay espacio a la mesa para su hijo —le expliqué. —No estoy dispuesta a mandarle a la escuela a menos que pueda comer con los demás niños.
Don se quedó callado un momento y entonces dio unos pasos tan fuertes que la casa tembló y las ventanas retumbaron cuando pegó un portazo al salir.
Miré por la ventana de la cocina y vi cómo echaba en la parte de atrás de la camioneta unos tablones de madera, un martillo y unos clavos. Chirriaron las ruedas al salir a toda velocidad del patio.
Al cabo de una hora regresó y entró en la casa. Ya no daba patadas con sus botas y parecía contento consigo mismo.
—¿Dónde has estado?
—He ido a hacer una visita a la escuela. Le dije a la señora Matthews que si no había espacio a la mesa para mi hijo, le haría una mesa propia para comer y que me mostrara dónde colocarla. Antes de que hubiese sacado el segundo tablón de la camioneta, dijo que habría espacio para Pequeño Antílope a la mesa de 226    MI CORAZÓN INQUIETO
ahora en adelante. Envíale de nuevo a la escuela mañana.
Al día siguiente cuando regresó Antílope del colegio la primera pregunta que le hice fué: —¿Dónde has comido hoy?
Me contestó con una amplia sonrisa: —He comido en el comedor, con los otros niños.
Habíamos ganado el primer round, pero era solamente el principio y nos quedaban aún muchas batallas. Ganaríamos algunas, pero perderíamos la mayoría de ellas. Teníamos que luchar por aquellos derechos que otras personas daban por sentado.
Yo le pedía a Dios todas las noches que protegiese a mis hijos en la escuela, que les protegiese de aquellos niños que eran crueles y que les protegiese en especial de aquellas maestras que tanto daño podían hacerles. Yo oraba para que algún día fuese posible que enviase a mis hijos a un colegio cristiano, donde los cuidarían, los querrían y les comprenderían y donde no tendrían que luchar para poder comer a la mesa porque siempre habría espacio para ellos.
Yo me imaginaba en mi mente a la perfecta maestra y le puse por nombre señora Baker. Sería una mujer amable y comprensiva, que amase a los niños. Por favor, Señor, envíame algún día a una señora Baker que enseñe a mis hijos.
LA PERFECTA MAESTRA
Señora Baker, gracias.
Gracias por saludar sonriente al mi hijo para que comience bien el día.
Por portegerle de los chicos mayores que intentasen empezar una pelea.
Gracias por ayudarle a desabrocharse el abrigo y por quitarle el gorro.
Y por asegurarse de que está bien abrigado cuando le envía a casa.
Se lo agradezco de verdad.
Gracias por su paciencia y por su amoroso interés.
Por ser firme, pero no demasiado severa.
MI CORAZÓN INQUIETO    227
Gracias por tener el suficiente interés como para decirle cuándo está equivocado.
Y por enseñarle algunas oraciones y canciones.
Gracias por enseñarle a decir: "¿Me permite?" y "Por favor."
Y por enseñarle el abecedario.
Si tengo que compartir a mi hijo con otra mujer nueva.
Me alegro de que sea usted "la otra mujer."
Está usted colocando la piedra del ángulo para su futuro por medio de su enseñanza;
El que llegue lejos está en sus manos.
Así que, por favor, dígale a mi hijo que intente alcanzar una estrella
¡Y gracias otra vez por ser usted la clase de maestra que es!
Los palos y las piedras puede que me rompan los huesos, pero los insultos nunca me dolerán. No, eso no es cierto. Los nombres son importantes y duelen. Dios sabía que los nombres eran importantes cuando le dijo a Adán que nombrase a todos los animales y más adelante Dios cambió los nombres de algunas personas cuando cambió el curso de sus vidas.
Mi hijo estaba jugando afuera con un vecinito cuando oí la palabra "¡mestizo!"
Abrí la puerta de atrás y les invité a que entrasen a tomar unos refrescos.
—Sí —les dije— Pequeño Antílope, Ciervo Perdido, Nube de Nieve y Tormenta Primaveral son mestizos, lo cual significa sencillamente que son medio indios y medio blancos. Ustedes saben lo que significa ser blancos, pero ¿saben lo que significa ser indios? —les pregunté.
El muchacho que le había insultado y sus dos amigos se encogieron de hombros y siguieron a Antílope ¿ti interior de la casa.
Entregué a cada uno de los muchachos una manta con la que envolverse y les senté sobre el suelo en un círculo.
228    MI CORAZÓN INQUIETO
—¿Les gustaría un poco de comida india? —les pregunté y asintieron con vehemencia.
Les di palomitas de maíz, maníes, papitas fritas, chocolate caliente y galletitas.
—¡ Pero si eso no es comida india! —replicó el bravucón.
—Sí que lo es, los indios se criaron con estas comidas cientos de años antes de que el hombre blanco llegase a nuestro país. Teníamos además azúcar de arce, papas, goma y cientos de otras comidas.
—Yo no sabia eso —dijo el camorrista y se llenó la boca de papitas fritas.
Les conté la leyenda del Pájaro de la tormenta y les canté una canción sobre Jerónimo y de repente se les ocurrió una docena de preguntas acerca de los indios.
Cuando se disponía a marcharse agarré una pelota de goma que uno de los muchachitos tenía en las manos y le dije: —Nosotros inventamos la pelota de goma hace mil años —y se la devolví.
—¡Hombre! —dijo silbando y corrió detrás de mi hijo.
—¡ Oye, Pequeño Antílope! ¿ tú crees que podrías darme también a mí un nombre indio? ¿Puedo ser tu hermano de sangre? ¿Has vivido alguna vez en un auténtico tepee?
Su voz se perdió en la distancia al salir corriendo por el patio.
Cerré la puerta y recogí las mantas del suelo.
El muchacho peleador probablemente nunca más volvería a llamar mestizo a Pequeño Antílope. En esos momentos estaba demasiado ocupado deseando ser indio en parte. El problema del día había quedado resuelto gracias a unas pocas galletas y a algunas leyendas.
Algún día volverían a llamarle mestizo y le impediría casarse con la chica que amase o le impediría obtener el empleo que desease, pero entonces un puñado de galletas no lograrían hacer que dejase de sufrir.
MI CORAZÓN INQUIETO    229
Por favor, Dios, acompáñale cuando las gentes le llamen mestizo y peores insultos. ¡Hijo, siéntete orgulloso de lo que eres. Tú puedes disfrutar lo mejor de dos mundos. Puedes escoger; cuando crezcas podrás vivir como un indio y caminar por los senderos del bosque o podrás vivir como un hombre blanco, siguiendo las asfaltadas autopistas. Escoge lo que más feliz te haga, pero siéntete siempre orgulloso, orgulloso de llevar dos sangres por tus venas!
CAPITULO VEINTIOCHOGracias a mis hijos, podía ver la bondad y la ternura de Dios, manifestándose de tal manera que no se podrían predicar ni siquiera en mil sermones. Los niños parecen saber más acerca de Dios que nadie y escuchándoles yo podía oír a Dios que me hablaba.
Pequeño Antílope entró corriendo en la casa con los pedazos de un camioncito roto en sus pequeñas manos.
Mamá, arréglalo —me dijo.
Las ruedas se habían salido de sus ejes. Sería fácil arreglarlo, pues todo cuanto tenía que hacer era meterlas de nuevo en su sitio.
—No hay problema, te lo arreglaré —le dije, pero tan pronto como fui a tomar el juguete, mi hijo lo sujetó aún con más fuerza.
—¡Arréglalo, mamá! —me dijo sollozando.
—Hijo, para eso tienes que darme todas las piezas, si no, no me es posible arreglarlo.
De repente supe que le había estado pidiendo a Dios que "arreglase" mis problemas, pero no había entregado todos los pedazos. Ahora me daba cuenta de que tenía que entregárselo todo a él.
"Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros" (1 Pedro 5:7). No echéis una parte de vuestra ansiedad o unas pocas de ellas, sino todas.
Mi hijo me entregó las ruedas y en un segundo las coloqué en sus ejes, y el juguete quedó como nuevo y mi hijo volvió a sus juegos.
Yo no pude ayudarle hasta que no confió en mí lo suficiente como para darme todas las piezas y yo no había confiado en Dios entregándole todas las piezas de mi vida, pero lo iba a hacer.
MI CORAZÓN INQUIETO    231
Cuando colgué el cuadro que representaba a Jesús llamando a la puerta, Ciervo se quedó muy impresionado.
Más tarde, ese mismo día, se desencadenó una fuerte tormenta y un violento trueno hizo retumbar la casa, sacudiendo las ventanas. A mi hijo se le abrieron mucho los ojos, me miró y me preguntó: —¿Es Jesús que llama a la puerta?
Le expliqué que era solamente un trueno, pero no me creyó hasta que no le abrí la puerta y le enseñé que no había nadie.
¡ Cuán real es Jesús para los niños! Qué seguro estaba mi hijo de que Jesús se encontraba en nuestro pórtico. Por algún motivo, a pesar de su temprana edad, él sentía que Jesús llamaría de una forma algo distinta de los demás. Su manera de llamar sería poderosa y fuerte y hasta es posible que sonase como un trueno.
¿Sabría yo cuándo llamaba Jesús a mi corazón o me encontraría demasiado ocupada? ¿Estaba yo lo suficientemente cerca como para poder oír su mensaje, pronunciado en un susurro, o tendría que golpear a mi puerta, hasta echarla abajo, para llamar mi atención?
Ahora cuando siento una llamada en mi corazón o en mi conciencia me pregunto a mí misma "¿Será Jesús que llama a mi puerta?" "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo" (Apocalipsis 3:20).
Antílope derramó su desayuno en el suelo. Ciervo Perdido cogió un lápiz de color y pintarrajeó todo el espejo. Nube intentó subirse por los cortinajes y se salieron los clavos de la pared, con las cortinas, las varillas y mi hijo, que fueron a parar de golpe y porrazo al suelo. Mientras yo intentaba colgar de nuevo las cortinas, los niños se fueron a la cocina.
Sabiendo que estaban demasiado callados, les llamé y les pregunté: —¿Qué están haciendo?
 232    MI CORAZÓN INQUIETO
Antílope respondió rápidamente: —Nada, mamá, solamente estamos intentando juntar los huevos otra vez.
Yo solté las cortinas y me fui apresuradamente a la cocina. Habían roto sobre el suelo media docena de huevos para ver si todos eran parecidos por dentro y estaban tratando de recoger los huevos crudos y resbaladizos para meterlos de nuevo en sus cáscaras antes de que yo averiguase lo que habían hecho.
Aunque yo estaba un poco molesta por haber derrochado comida buena y por el desorden, no pude evitar echarme a reír al darme cuenta de los esfuerzos que estaban realizando para ocultar su travesura, ¡pues no hay manera humana de poner de nuevo el contenido en la cáscara.
Algunas veces yo me creo problemas, y hago lo posible por solucionarlos, esperando que Dios no se dé cuenta de que he obrado mal, pero los esfuerzas que yo hago para ocultarle mis pecados son tan inútiles como los esfuerzos que estaban haciendo mis hijos por ocultarme los huevos rotos.
"Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse" (Lucas 12:2).
¡Qué orgullosa estaba yo de mi nuevo rosal! En cada rama estaban floreciendo enormes capullos, esperando convertirse en preciosas rosas.
Los niños y yo salíamos todos los días a mirar el rosal y esperábamos con ansiedad a que estuviese finalmente cubierto de flores.
Una mañana Antílope llegó antes que yo junto al rosal y yo vi cómo iba deshojando cuidadosamente las hojitas verdes que protegían las rosas y con suma paciencia iba abriendo todos los pétalos.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, intentando no darle la impresión de que estaba preocupada por mis flores.
Estoy intentando ayudar a las rosas para que florezcan sin hacer daño a los pétalos —me dijo muy serio.
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Le dije que no se podía apresurar a la naturaleza y que la rosa florecería cuando le llegase el momento.
Esa noche, mientras le arropaba en su cama, viendo lo pequeñín y frágil que era, pronuncié una oración silenciosa: Por favor, ,Señor, enséñame a ayudar a mis hijos a florecer sin dañar sus pétalos.
"Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él" (Proverbios 22:6).
Hoy Pequeño Antílope ha cogido para mí algunas flores. Las tenía apretadas de tal manera que casi aplastaba los tallos y en su frente había gotas de sudor por haber estado corriendo bajo el cálido sol del verano.
—Mamá, te quiero y te he juntado estas florecitas para ti —me dijo entregándomelas.
Flores de verano
—De tal palo tal astilla —pensé sonriendo al recordar el día, hacía muchos años, cuando su padre me había entregado "flores de verano".
Le di un beso. Se necesitaba ser una persona especial para poder encontrar belleza en todas partes y hasta un semilla corriente se vuelve hermosa cuando la toca el amor.
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Durante más de un mes Ciervo Perdido había estado pidiendo un perrito, pero su padre no hacía más que decir: —¡No quiero perros! Un perro haría cuevas en el jardín, perseguiría a los patos y nos mataría a los conejos. No quiero perro y no se hable más.
Pero todas las noches Ciervo Perdido pedía un perrito en oración y por la mañana se quedaba decepcionado al no encontrar un perrito esperándole.
Yo estaba pelando papas para la cena y él estaba sentado sobre el suelo a mis pies preguntando por enésima vez: —¿Por que no quiere papá que tenga un perrito?
—Porque da muchos problemas. No llores, a lo mejor algún día te lo dará —le dije para animarle.
—i No, no me lo va a dar, no tendré un perrito ni de aquí a mil años! —dijo llorando.
Vi su carita sucia y llena de lágrimas y no pude negarle su único deseo, así que pronuncié las palabras que fueron dichas por primera vez por Eva:__ Sé de qué manera hacerle cambiar de opinión a papá.
—¿De veras? —dijo Ciervo Perdido, 

secándose las lágrimas y dando un respingo.
Le di una papa y le dije: —Llévala contigo para que se convierta en un perrito.
Eso lo dije muy bajo para que nadie pudiese oírme.
—No la pierdas de vista ni por un momento. Tenla contigo siempre y al tercer día átale una cuerdecita alrededor y paséala por el patio y veremos lo que sucede.
Ciervo Perdido tomó la papa con las dos manos. —Mamá, ¿cómo se convierte una papa en un perrito? —dijo dándole vueltas.
—i Sh. Es un secreto! —le dije en voz baja y le mandé para afuera.
—¡Señor, tú sabes lo que tiene que hacer una mujer para que haya paz en su hogar! —dije en oración.
Ciervo Perdido llevó la papa fielmente con él durante dos días.
Al tercer día le dije a Don: —Tenemos que conseguirle un animalito a Ciervo Perdido.
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—¿Qué te hace pensar que necesita un animalito? —dijo Don apoyándose en la puerta.
—Me temo que tiene problemas emocionales —le contesté. —Ha estado paseando una papa durante días enteros, le llama Skipper y dice que es su perrito. Se la lleva con él a la cama, la baña y ahora mismo le ha atado una cuerdecita y la está paseando por el jardín.
—¿Una papa? —preguntó Don, mirando por la ventana y viendo a Ciervo que llevaba a su papa a dar un paseo.
Cuando la papa se pudra le destrozará el corazón. Guardé los últimos cacharros y continué: —Además, cada vez que pelo papas para la cena Ciervo se echa a llorar porque dice que estoy matando a la familia de su perrito.
—¿Una papa? —repitió Don— ¿mi hijo tiene una papa como si fuera un perrito?
—Bueno, como tú dijiste que no podía tener un perrito y creo que para él fue una terrible decepción, algo le ha afectado la mente y está seguramente a punto de, un colapso nervioso —le dije.
—¡Pero si no tiene más que tres años! —dijo Don. —¡ Los niños de tres años no tienen colapsos nerviosos!
—Entonces ¿por qué se dedica a pasear una papa con una cuerdecita por el jardín? —le pregunté.
—Mañana le traeré a casa un perrito —me dijo y salió a buscar a Ciervo. Cuando le dio un portazo a la puerta le oí decir una vez más: —¿Una papa como si fuese un perrito?
Al día siguiente Don trajo a casa un perrito inquieto y dos gatas que esperaban gatitos, de los cuales tendríamos pronto catorce.
Todo el mundo estaba contento. Don creía que había evitado que su hijo sufriese un colapso nervioso y Ciervo Perdido tenía su perrito (y dieciséis gatitos) y creía que su madre podía convertir una papa en un perrito.
    ¡ Bienaventurados los pacificadores!

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Pero en el fondo de mi mente había una pequeña vocecita que me recordaba constantemente que yo le había hecho un truco a mi esposo y no había sido sincera con él. Cierto que le había convencido para que le trajese un perrito a Ciervo, pero hubiese deseado haberlo conseguido de otro modo. Lo que había comenzado como algo perfectamente sencillo había ido aumentando, convirtiéndose en un peso que llevaba en mi corazón. Yo me preguntaba si no debía de contarle a Don mi engaño y decirle que lo sentía.
Una noche mientras cenábamos Pequeño Antílope dijo —Hoy he visto un potrillo en la granja de los Oaks y era muy bonito. Daddy ¿puedo tener un caballito?
Se hizo el silencio en la, habitación y todos los ojos estaban fijos sobre Don. El colocó su tenedor sobre la mesa y puso su mano sobre el hombro de Pequeño Antílope.
En un susurro exagerado le dijo: —Hijo mío, si quieres un potrillo, así es como lo conseguirás. Primero, toma una sandía grande, átale una cuerdecita y arrástrala por toda la casa ...
Yo le di un golpe a mi vaso, que estaba lleno de té helado y me atraganté. —¿Cómo lo sabías? —pregunté casi ahogándome.
Don se echó a reír. —Cuando le di el perrito a Ciervo Perdido me dijo que tú le habías dicho que podría lograr que una papa se convirtiese en un perrito. Entonces fue cuando me imaginé lo que había pasado.
—¿Estás loco? —le pregunté. —Ya sé que estuvo mal engañarte, aunque no me di cuenta de ello hasta después y entonces era ya demasiado tarde.
Si yo no hubiese sido tan duro y tan cabezón no hubieses tenido que recurrir a los trucos. Cuando vi la expresión en el rostro de Pequeño Antílope al abrazar a su perrito, supe que había estado equivocado. Si hubiese sido más abierto y hubiese estado más dispuesto a escucharte, y no hubiese estado tan seguro de llevar siempre la razón y de que los demás
MI CORAZÓN INQUIETO    237
estaban equivocados, podríamos haberlo arreglado —dijo riendo otra vez. —Te perdonaré si tú me perdonas a mí.
Yo me sonreí al borrarse de mi corazón la culpa que había sentido. —¿Una sandía que se convierte en un caballito? —le pregunté y todos nos echamos a reír.
CIERVO PERDIDO
Creo que hay dos en mí.
Yo y otro,
Pero se parece muchísimo a mí, Así que no puede ser mi hermano.
A veces cuando me despierto, Siento ganas de ser malo;
Doy patadas y tiro los juguetes, ¡Y me pongo tan furioso!
Me pongo de muy mal humor,
Y entonces nada me va bien;
Quiero meterme de nuevo en la cama Y hacer como si fuese de noche.
Me he puesto los zapatos en el pie equivocado
Me he puesto la camisa al revés, Me tiro al suelo
Y pataleo, grito y me enfurruño.
Ojalá fuese un hombre grande Y muy, muy mayor ...
Nunca me pondría ropa
Sólo cuando hiciese frío.
Me pongo tan furioso que quiero llorar,
Y después quiero gritar,
Pero entonces mi madre querría saber
¿Qué es lo que me pasa?

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Me siento en mi cama pensando,
Sintiendo deseos de ser un hombre mayor,
    entonces mi madre entra de puntillas
   me mira con una alegre sonrisa.
Me pregunta si me puede ayudar a vestirme,

 Pero yo me puedo vestir solo, ¡supongo!
 Le sonrío y me alegro tanto
De que no sepa que estaba muy furioso.
Agarro mis pantalones y Me pongo la ropa,
Y la camiseta ni siquiera Se me engancha en la nariz.
Mamá me abraza y me hace el desayuno ¡Y yo estoy muy alegre
Porque no quiero que se entere
De mi otro yo!
CAPITULO VEINTINUEVE
Fl sol del verano rojo y ardiente, se ocultaba tras los cerros, mientras Don y yo tomados de la mano, contemplábamos desde las colinas rocosas, nuestra casa en tonta manera.
Los niños estaban ocupados, corriendo entre los altos pinos, jugando a la escondida.
Pequeño Antílope había crecido mucho. Era un muchachito callado, pensativo y sensible y yo sabía que nuestro primogénito nos daría siempre motivos de estar orgullosos.
Ciervo Perdido era todo risas y chistes y le hacía rabiar a su hermano pequeño hasta las lágrimas. Ciervo Perdido siempre podía hacer reír a cualquiera, incluso en sus peores días y la vida le resultaría mucho más fácil que a la mayoría de las personas.
Nube de Nieve era pequeño para su edad y a veces difícil de comprender, pero tenía la carita de un ángel y al hacerse mayor logrará grandes cosas.
Y Tormenta Primaveral es una gordita cariñosa. ¡Qué preciosa eres, hija mía y qué gozo nos das!
Tormenta Primaveral se acercó a mí y me entregó una florecita que había aplastado con su manita regordeta.
Yo la tomé, la acerqué a mis labios y la besé. ¡ Flores de verano! i Qué recuerdos me traen!
Miré a Don, mi maravilloso, fuerte y paciente esposo, mi ancla, mi roca y mi gran amor.
Se volvió, me sorprendió mirándole y me sonrió. —Creo que la próxima primavera te compraré un caballo —me dijo.

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¡Un caballo, voy a tener un caballo! —dije encantada. —¡ Con un caballo seré otra vez india!
¡Viento Sollozante tú nunca has dejado de ser india! Siempre pertenecerás a la puesta de sol de hace cien años. El resto del mundo vive en el siglo veinte y habla acerca de enviar cohetes a Marte, pero tú vives en el siglo dieciocho y hablas acerca de los caballos que corren por el dilatado desierto. Tú has sido siempre india y siempre lo serás. Tu amor por los espacios abiertos es parte de nuestros hijos, lo veo en sus ojos. Las montañas, el viento, les llaman y los ponen inquietos. Míralos ahora, corriendo entre los árboles, no son solamente niños que juegan, se parecen más a los caballos salvajes que corren en estampida por el valle.
Mi esposo agregó con tristeza: —Viento Sollozante, son tus hijos y qué poca sangre mía llevan.
—Pero se parece más ti —le dije, queriendo borrar la tristeza de su voz.
Sí, tienen la piel sonrosada y los cabellos rubios, pero en sus ojos negros se dibuja esa expresión cerril que viera yo una vez en el rostro de una doncella kielcapu en un bosque, hace tiempo. Y al decirlo, sonrió.
Durante tanto tiempo la vida me había parecido un puñado de polvo, pero cuando le entregué mi vida a Dios, él había llenado ese vacío, me había quitado el temor y había colmado de paz mi corazón.
¡No me falta nada, absolutamente nada en el mundo —dije sonriendo.
Don me tomó de la mano, y emprendimos el regreso a casa.
Nuestros tres hijos corrían fuertes delante de nosotros, riendo y gritándonos que nos diésemos prisa, mientras Tormenta Primaveral daba pasitos inciertos a nuestro lado.
Se estaba poniendo el sol, cubriendo de arreboles cielo y tierra. "Viento Sollozante, me dije, se han cumplido tus sueños." FIN