martes, 31 de octubre de 2023

MARÍA 301-305

María

Historia real por  Jorge Isaacs

301-305

— No.

— Pues estoy por decirle que es de esas  que usan polvos ; y ya no hay quien le quite de  la cabeza á Candelaria que esa murciélaga fué la que le ojeó el mico aquel tan sabido y que tanto lo divertía á usté ; porque el animalito boqueó sobándose la barriga y dando quejidos como un cristiano.

— Algún alacrán que se habría comido, compadre.

— ¡ Deónde ! Si trabajo costaba para que probara comida fría : convénzase que la bruja le hizo maleficio ; pero no era allá donde yo iba. Enanticos que fui á buscar la yegua me encontré á la vieja en el Guayabal, que iba para casa, y como ando orejero,

todo fué verla y me le aboqué por delante para decirle : "Vea, ña Dominga, devuélvase, porque allá tienen las gentes oficio en lugar de estar en conversas.

Van dos viajes con éste que le he dicho que me choca verla en casa." Toda ella se puso á temblar, y yo que la vi asustada pensé al golpe : este retobo no anda en cosa buena. Salió con estas y las otras ; pero la dejé como en misa cuando le dije : "Mire que yo soy malicioso, y si la cojo á usté en la que anda, yo la desuello á rejo, y si no lo hago, que me quiten el nombre."

La exaltación de mi compadre había llegado a] colmo. Santiguándose continuó :

— i Jesús creo en Dios padre ! Esa cangalla es capaz de hacerme perder, un día que se me revista la ira mala. Es buen hacer, blanco : tener un hombre de bien su hijita que tantas pesadumbres le ha costado, y que no ha de faltar quien quiera hacerlo abochornar á uno de lo más querido.

Mi irascible compadre estaba próximo á un acceso de enternecimiento, y yo, á quien no habían parecido salvas y repiques sus últimas palabras, me apresuré á decirle :

— Veamos el remedio que usted ha encontrado para el mal, porque ya voy creyendo que es cosa grave.

— Pues ory verá : su mamá le propuso el otro día á mi mujer que le mandara á Salomé por unas semanas para que la muchacha aprendiera á coser en fino, que es todo lo que Candelaria desea. Entonces no se pudo... Yo no lo conocía á usté como agora.

— ¡ Compadre I

MARÍA. 303

— Por la verdad murió Cristo. Ya el caso es diferente : quiero que su mamá me tenga allá unos meses á la muchacha, que por ahí no ha de ir á buscarla ese enemigo malo : Salomé se ajuiciará y será lo mismo que decirle al que quiera alborotármela, que se vaya á la punta de un cuerno. ¿ Le parece ?

— Por supuesto. Hoy mismo le hablaré á mi madre; y ella y las muchachas se pondrán muy contentas. Yo le prometo que todo se allanará.

— Dios se lo pague, compadre. Entonces yo me daré formas de que usté hable hoy un rato solo con Salomé, como quien no quiere la cosa : le propone que vaya á su casa y le dice que su mamá la está esperando.

Usté me cuenta luego qué ha notado, y así nos saldrá todo derecho como surco. Pero si la muchacha se me encapricha, sí le juro que un dia de éstos la encajo eu uno de mis mochos, y al beaterío de Cali va á dar, que ahí no se me le ha de asentar una mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo á leer en libro la tengo hasta que san Juan agache el dedo.

Pasábamos por el rastrojo recién comprado por Custodio, y éste me dijo :

— ¿No ve qué primor de tierra y cómo está el espino de mono, que es la mejor señal de buen terreno? lo único que lo daña es la falta de agua.

— Compadre, le respondí, si ya puede usted ponerle toda la que quiera.

— No embrome ; entonces no lo vendo ni por el

doble. 304 ISAACS.

— Mi padre consiente en que usted tome cuanta necesite de los potreros de abajo : yo le hice ver lo que usted me recomendó ; y él extrañó que no le hubiese pedido antes el permiso.

— Pero qué memoria la suya, compadrito : mire que aguardará ahora para avisármelo... Dígamele al patrón que se lo agradezco en mi alma; que ya sabe que no soy ningún ingrato, y que aquí me tiene con cuanto tengo para que me mande. Candelaria va á estar de pascuas : agua á mano para la huerta, para el sacatín, para la manguita... Supóngase que la que pasa por casa es un hilito, y eso revuelta por los puercos de mi compañero Rudecindo, que lo que es hozar y dañarme las quinchas, no vagan ; de forma que para cuanto limpio hay que hacer en casa, tienen que empuntar al mudo con la yegua cargada de calabazos á Amaimito, porque para tomar agua de la Honda, mejor es tragar lejía, de la pura caparrosa que tiene. — Es cobre, compadre.

— Eso será.

La noticia del permiso que le concedía mi padre para tomar el agua, refrescó al chagrero hasta el punto de hacer que el potrón en que iba luciera la trastraba en que decía el picador lo estaba metiendo.

— ¿De quién es ese potro ? no tiene el fierro de usted.

— ¿Le gusta ? Es del abuelo Somera.

— ¿Cuánto  vale ?

 

LOS INCAS Un pulpo gigante (b)

 EL TESORO DE LOS INCAS

EMILIO SALGARI

ITALIA

Un pulpo gigante

El río ya no era tan ancho como antes ni muy rápido. Tendría todo lo más seis o siete metros de anchura, y describía numerosas curvas, a veces bruscos ángulos donde era necesaria toda la habilidad del timonel para que el Huascar no se estrellase contra la orilla.

El ingeniero mandó echar varias veces la sonda, pero ésta no tocó fondo. En cambio, la bóveda era tan baja que, alzando una palanca, se la tocaba en algunos lugares.

Al mediodía, durante la hora de la comida, la galería comenzó a ensancharse, y muy pronto alcanzó las dimensiones de un pequeño lago, circuido de inmensas columnas que sostenían la bóveda, más alta ya que poco antes. Tampoco aquí halló fondo la sonda, pero trajo a bordo algunas algas negrísimas y sutiles.

A las ocho de la noche, el bote había recorrido unas treinta leguas más, dirigiéndose constantemente al Sud-Sudoeste. Según los cálculos del ingeniero, navegaba entonces por debajo del Arkansas, a setecientos quince metros de profundidad.

A las nueve, después de la cena, O’Connor montó el primero la guardia.

Fue apagada la máquina para no consumir demasiado pronto la escasa provisión de carbón, se cebaron bien las dos lámparas que ardían una a proa y otra a popa, y después los tres compañeros del irlandés tendiéronse a dormir en el fondo del bote. Ningún incidente vino a turbar la guardia del marinero. A las doce le sustituyó Morgan; después le tocó al

ingeniero, y por fin a Burthon.

El mestizo, lo mismo que antes sus compañeros, había cargado su pipa y fumaba vigorosamente para alejar el sueño que a pesar suyo le asaltaba.

El canal continuaba siendo ancho, la corriente bastante rápida y el silencio absoluto. Las dos lámparas esparcían alrededor una luz clarísima, mostrando las enormes columnas que de trecho en trecho surgían de las negras aguas.

Media hora haría que fumaba, con los ojos a medio cerrar y La mano asida al timón, cuando el bote experimentó de improviso una fuerte sacudida.

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Sorprendido y algo alarmado el mestizo, se frotó enérgicamente los ojos y miró en torno suyo. La corriente seguía siendo tranquila y, sin embargo, el bote se agitaba de babor a estribor.

—¡Oh! —exclamó el cazador—. ¿Qué sucede? ¿Habremos chocado?

Descolgó la lámpara de popa y miró nuevamente: ni a babor ni a estribor se divisaban columnas ni aparecían escollos a flor de agua.

—Es extraño —murmuró—. Y, sin embargo, no estoy soñando; si le hubiese sucedido lo mismo a O’Connor, diría que era una broma de algún duende, pero Burthon no ha creído nunca en los duendes.

Colgó de nuevo la lámpara, volvió a cargar la pipa, la encendió y tornó a sentarse a popa con los ojos bien abiertos y el oído alerta.

Apenas habían pasado cinco minutos, cuando se alzó ante la proa un brazo redondo y desmesuradamente largo. La punta de aquel extraño miembro se apoyó sobre la lámpara colgada del pequeño bauprés, la agitó por algún tiempo, la descolgó y levantó en el

aire a una altura de cinco o seis metros, después la bajó, describiendo extrañas curvas, y por fin la hundió en las negras aguas. Burthon oyó distintamente el chirrido de la llama que se apagaba al contacto del líquido. Saltó en pie, pálido, aterrado, con los cabellos erizados.

Miró con espanto a popa, temiendo ver un segundo brazo; después se inclinó rápidamente sobre el ingeniero, que roncaba ruidosamente, y todo

tembloroso le despertó.

—¿Qué hay? —preguntó Sir John, levantándose sobre las rodillas.

—Señor —balbuceó el mestizo—. Suceden unas cosas… Yo no he creído nunca en los fantasmas, pero… ¡Bueno! Estoy temblando como si tuviese  fiebre.

—¿Qué ha sucedido?

—Que se han llevado la lámpara de proa.

—¿Quién?

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—No lo sé. He visto a un brazo enorme cogerla, levantarla y hundirla luego en el agua. —Tú has soñado, amigo mío.

—Hacéis mal en no creerme, señor.

—¿Pero a quién pertenecía aquel brazo?

—Sólo sé que salió del agua.

El ingeniero, más sorprendido que asustado, se levantó empuñando un hacha.

En seguida vio que no estaba la lámpara en su sitio.

—Es maravilloso —exclamó—. ¿Habrá aquí duendes? Coge un fusil, Burthon, y vamos a ver.

Encendieron otra lámpara y se dirigieron a proa. De pronto el ingeniero se detuvo.

—¡Pero si estamos inmóviles! —exclamó.

—¡Es verdad! —dijo Burthon.

—Y, sin embargo, el agua corre.

—¿Habrá asido al Huascar el brazo desconocido? Llegaron a proa y miraron hacia abajo, alargando la lámpara. Ambos dejaron escapar un grito, y retrocedieron vivamente pisando a sus compañeros dormidos.

LA BÚSQUEDA FINAL 37

 LA BÚSQUEDA FINAL

Rick Joyner

 

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EL MONTE SANTO

Cerré mis ojos y procuré ver al Señor nuevamente, pero no podía. Cuando abrí mis ojos, Sabiduría aún me estaba mirando. Con gran paciencia continuó: «Has probado de la esfera celestial y nadie quiere regresar a la batalla cuando esto ha sucedido. Nadie quiere irse de la presencia manifiesta del Señor. Cuando el apóstol Pablo vino aquí él luchó por el resto de su vida con respecto a si debía quedarse y trabajar en favor de la Iglesia, o regresar aquí para entrar en su herencia. Su herencia fue magnificada mientras más permaneció y sirvió en la tierra. Ahora que tienes el corazón de un verdadero adorador querrás siempre estar aquí, pero podrás hacerlo cuando entres en la verdadera adoración. Mientras más enfocado estés en Él, más gloria verás, sin importar donde te encuentres.»

Las palabras de Sabiduría finalmente me habían calmado. Nuevamente cerré mis ojos solo para agradecer al Señor por esta experiencia maravillosa, y por la vida que Él me había dado. A medida que hice esto, comencé a ver su gloria nuevamente y toda la emoción de la experiencia de adoración previa inundó mi alma. Las palabras del Señor para mí eran tan fuertes y tan claras que estaba seguro que habían sido audibles. «Nunca te dejaré ni abandonaré.»

«Señor perdona mi incredulidad», le respondí. «Ayúdame a nunca irme ni abandonarte.» Este fue tanto un tiempo maravilloso como de prueba. Aquí el «mundo real» no era tal, y la esfera espiritual era mucho más real de lo que me podía imaginar regresando a la otra. Estaba atrapado tanto con la maravilla como con un terrible temor de que me despertase en cualquier momento, para hallar que todo había sido simplemente un sueño.

Sabiduría comprendió lo que estaba sucediendo dentro de mí.

«Estás soñando», dijo, «pero este sueño es más real de lo que piensas que es real. El Padre le ha dado sueños a los hombres para ayudarlos a ver la puerta del lugar de su morada. Él tan sólo morará en los corazones de los hombres, y los sueños pueden ser una puerta a tu corazón, que te conducirá a Él. Este es el motivo por el cual sus ángeles tan frecuentemente se aparecen a los hombres en sus sueños. En ellos pueden traspasar la mente caída del hombre e ir directamente a su corazón.»

A medida que abría mis ojos, Sabiduría aun me tenía de los hombros. «Yo soy el don primario que te ha sido dado para tu

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LA BÚSQUEDA FINAL

trabajo», dijo él. «Yo te mostraré el camino y te mantendré en él, pero solo el amor te mantendrá fiel. El temor del Señor es el principio de la sabiduría, pero la sabiduría mayor es amarlo a Él.