¿Dónde está el hombre de la cicatriz en la cara que fue jefe audaz de los saboteadores de Hitler?
EL HOMBRE
MAS PELIGROSO DE EUROPA
Condensado de "Argosy"
Por Thomas M. Johnson
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST
Mayo de 1949
UN GIGANTE de pelo castaño cuyo rostro de agradables facciones cruzaba una cicatriz desde la oreja izquierda hasta la barbilla, entró a grandes zancadas en el cuartel general norteamericano cerca de Salzburgo, Austria, el día 17 de mayo de 1945• Saludó con viveza llevándose la mano a la gorra airosamente terciada donde lucía la calavera que fue insignia de la Guardia Selecta de Hitler, y dijo:
—El teniente coronel de la SS, Otto Skorzeny,
se entrega. La rendición de alemanes era
cosa tan común y corriente para el soldado norteamericano que estaba
de servicio como las raciones sintéticas. Indicó el camino con cansado
movimiento del pulgar y repuso:
—Está
bien, Otto. Métete en la jaula.
El alemán le lanzó una mirada de indignación y
luego giró sobre los talones. La luz cayó sobre su apretada hilera de medallas
y sobre sus ojos fríos de un azul de hielo. Un oficial del cuerpo de
información secreta, a quien su viejo uniforme hacía pasar inadvertido, miró
fijamente la muñeca del alemán.
—El reloj de Mussolini—dijo por lo bajo al soldado—Este
es Skorzeny, el agente secreto del enemigo que figura a la cabeza en la lista
de los que tenemos que atrapar.
Los cazadores de espías del ejército estadounidense no
habían tenido adversario tan temible como aquel osado aventurero y maquinador
que medía un metro 90 centímetros de estatura
y pesaba l00 kilogramos. El había dirigido la más importante operación de
sabotaje llevada a efecto contra las fuerzas norteamericanas, hábil triquiñuela en la cual nazis disfrazados con uniformes
estadounidenses sembraron la confusión detrás de las líneas norteamericanas
en la batalla de la Saliente del Mosa y obligaron al estado mayor del general
Eisenhower, bajo amenaza de muerte, a tener virtualmente prisionero en su
propio cuartel general durante diez días al enfurecido comandante en jefe de
los Aliados.
Más de un año antes y con menos de 50 hombres había
arrancado a Mussolini de manos de los 400 soldados italianos que lo guardaban
en el pico de una montaña. Aquel rapto llevado a cabo por medio de planeadores
y aviones pequeños permitió al Duce establecer nuevo gobierno en el
norte de Italia y ayudó a prolongar la resistencia alemana. Mussolini regaló a
su salvador un reloj de pulsera grabado; Hitler le concedió la Cruz de
Caballero—y le encomendó otras misiones delicadas.
En octubre de 1944 el espionaje alemán había informado que el regente de
Hungría, Nicolás Horthy, estaba a punto de romper su alianza con Hitler para
unirse a Stalin. Skorzeny escaló los muros del castillo de Horthy para
encontrarse con que el almirante se había escapado después de anunciar por
radio la rendición de Hungría. Alguien reveló el escondite de Horthy y,
mientras los rusos atronaban ante las puertas, Skorzeny se lo llevó a Munich y
al cautiverio. En Yugoeslavia Skorzeny
contribuyó a impedir que Miliallovitch y Tito se uniesen contra los alemanes.
Fue después del incidente de Horthy cuando Hitler encomendó a su favorito brazo
derecho la misión cumbre de su historia. El Führer estaba planeando un último
golpe frenético inspirado por la desesperación. Contra el débil frente
norteamericano de los escarpados . Ardennes lanzaría sus últimas reservas
estratégicas dirigidas por divisiones blindadas escogidas. Estas fuerzas
avanzarían hacia el norte, cercarían la mitad de las tropas norteamericanas,
canadienses y británicas en Europa, se apoderarían de
sus enormes abastecimientos y de su único puerto bueno que era Amberes. Hitler
esperaba que esta operación paralizaría a los Estados Unidos e Inglaterra
bastante tiempo para que los alemanes produjesen suficientes bombas V,
aeroplanos de chorro, y submarinos de nuevo tipo para ganar la guerra después
de todo.
—Pero existe un obstáculo—confesó Hitler en secreto a unos pocos jefes— ¿Cómo
nos arreglaremos para apoderarnos de los puentes sobre el Mosa por donde
nuestros panzers puedan pasar?... ¡Ya sé cómo!
¡Tráiganme a Skorzeny!
En una de las salas destinadas a las conferencias secretas de guerra, y con el
rostro contraído aún nerviosamente por la explosión de la bomba con que habían
intentado matarlo en julio de aquel año, el Führer confió a Skorzeny su
temeraria estratagema el día 22 de octubre. Skorzeny escogería entre todas las
armas una tropa especial de dos mil valientes que supieran hablar inglés. Los hombres
escogidos vestirían los uniformes de norteamericanos prisioneros o muertos y
serían enviados tras las líneas norteamericanas para actuar como espías,
saboteadores y agentes de desmoralización. Tenían que apoderarse de los puentes
sobre el Mosa y retenerlos para que pudiese cruzarlos el grueso del ejército.
Era necesario que Skorzeny lo tuviese todo listo en menos de dos meses.
El audaz gigante reunió a sus hombres en un lugar llamado Friedenthal (nombre
irónico en aquella ocasión porque significa «valle de la paz») cerca de
Oranienburgo y
los familiarizó con las armas, el equipo, la disciplina, los grados y las
costumbres del ejército norteamericano.
«No sean' demasiado militares—ordenó—Nada de
chocar los talones.» Les dio cajetillas de cigarrillos estadounidenses
y les enseñó a abrirlas como las abren los
norteamericanos. Aprendieron juramentos y caló norteamericanos. «¡Okay, Butch!» acabó por ser una especie de santo y seña.
Les proporcionaron tarjetas de identificación, dinero norteamericano v hasta
cartas y retratos de los Estados Unidos. La operación se denominó Greif que
quiere decir grifo.
Pero fue imposible mantener absoluto secreto sobre ella. El cuerpo de información secreta del primer ejército
norteamericano capturó una orden destinada a soldados de habla inglesa para que
se presentasen a Skorzeny. Como la reputación de este sujeto era muy
conocida, el coronel Benjamín A. Dickson informó el primero de diciembre que
dicha orden «presagia evidentemente operaciones especiales de sabotaje, ataques
a los cuarteles generales y a otras instalaciones vitales por especialistas
infiltrados o paracaidistas.» El informe añadía: «Un prisionero de guerra en
extremo inteligente y cuyas observaciones en otros asuntos coinciden
exactamente con hechos probados, ha declarado que se .están reuniendo todos los
elementos disponibles para una contraofensiva definitiva.»
Sin embargo, altos jefes de la información secreta Aliada tenían sus dudas. No
se enviaron más tropas al frente dedos Ardennes. Y el día 16 de diciembre los
nazis atacaron. Mientras que• 17 divisiones alemanas seguidas por otras 12 se
lanzaban con formidable entrepito a una de las grandes batallas de la guerra , millares de cañones alemanes abrían camino a través de los
Ardennes cubiertos de nieve. Entretanto los morteamericanos» de
Skorzeny se lanzaban desenfrena.damente a la acción en «jeeps » capturados.
Haciendo a otras unidades alemanas señales previamente convenidas, como
levantar los cascos o encender y apagar linternas de colores, se metieron
een el convulso frente norteamericano o lo atravesaron, colocando marrcas en
fajas de aterrizaje y centros de pertrechos y reconociendo los caminos
por cuales trataban de llegar a su destinolos refuerzos
norteamericanos. Esta labor de sabotaje contribuyó a que la artillería alemana
hiciera muchas bajas. Interceptaron caminos derribando árboles y cortaron las
líneas telefónicas. Enmarañaron el tránsito cambiando los letreros de las
carreteras y destruyeron camiones quitando las
señales que marcaban los campos minados. Un Greifer
disfrazado de policía militar norteamericano se apostó en un cruce y con un simple movimiento de pulgar hizo que todo un
regimiento estadounidense tomase la ruta indebida.
Al principio pocos norteamericanos se dieron cuenta de que había entre ellos
enemigos disfrazados haciendo tanto daño. Pero el 18 de diciembre en Aywaille,
Bélgica, algunos policías militares dieron el
alto a tres soldados que iban en un jeep y no
sabían el santo y seña. Tenían documentos que los acreditaban como
miembros de la quinta división blindada y contaron historias persuasivas, pero eran «demasiado corteses. » Por esta sola razón fueron
entregados a los buenos oficios del teniente Frederick Wallach, ex juez alemán, fugitivo de Dachau y a la
sazón dedicado con entusiasmo a interrogar a los nazis capturados por el primer
ejército norteamericano. Siguió con los detenidos la
estrategia de avergonzarlos por vestir uniformes que no eran del
ejército alemán. Dio resultado. Los tres revelaron algunos
detalles sobre la operación Greif.
«Su historia coincide con aquella orden que se capturó,» hizo observar Wallach
a sus superiores. Pero muchos de ellos
opinaron que el complot era «demasiado fantástico.» Muy pronto
algunos oficiales de contraespionaje encontraron una radio alemana y un
libro de clave en un jeep recapturado y los radiotelefonistas
estadounidenses interceptaron informes trasmitidos por grupos de
jeeps sobre los daños causados al amparo de los uniformes norteamericanos.
Esto dio comienzo a una cacería de saboteadores. Policía militares y agentes de
contraespionaje con cara de pocos amigos ponían el cañón de sus armas al
pecho de cuantos viajaban en jeeps o en otros vehículos cuyo norteamericanismo
encontraban dudoso y les hacían una serie de preguntas que solamente las
gentes que han vivido en los Estados pueden contestar con exactitud. Algunos
conductores asustados por las preguntas se traicionaban intentando forzar
la marcha o desviar por caminos que estaban cerrados.
El 19 de diciembre unos agentes de contraespionaje encontraron a
dos presuntos oficiales norteamericanos que observaban desde un
jeep el desfile de refuerzos estadounidenses- Al ser interrogados mostraron
placas de identificación y certificados de vacuna; contaron, además
minuciosamente sus experiencias en el ejército. Habían recibido la
instrucción militar en el campamento de Hood.Casí satisfecho con las respuestas
el agente volvió a preguntar.
— ¿Han estado alguna vez en Texas?
—No—repuso uno de los alemanes —Nunca.
—¡Manos arriba!—ordenó el agente te
sacando la pistola—¡ El campamento de Hood está en
Texas!
Luego en Lieja—uno de los pasos sobre el Mosa y por tanto uno de los objetivos
especiales de Skorzeny—un grupo de jeeps
preguntó audazmente por la zona de comunicaciones del cuartel general.
Instantáneamente los hombres quedaron rodeados por policías militares bien
armados. Se llamó a Wallach para que
aplicase la técnica de «avergonzar» y un teniente rubio con barba de rastrojo
empezó muy pronto a nombrar y describir a todos los oficiales de Skorzeny y
a dar otros detalles: la brigada Panzer número 150, también a las órdenes de
Skorzeny, y que iba en tanques norteamericanos capturados, trataría de hacerse
pasar por fuerza blindada norteamericana en retirada y así apoderarse de los
puentes sobre el Mosa.
Conducido al cuartel general del primer ejército para ampliar el
interrogatorio, el teniente empezó diciendo que ya había contado cuanto sabía.
—Bueno—le contestaron—Ya se las entenderá
usted con el comisario ruso.
Como la mayoría de los alemanes, el teniente
tenía pavor a los rusos y cuando se \vio ante un gigante con
uniforme del ejército rojo que vociferaba
preguntas en alemán con extraño acento (como
que era un norteamericano de Milwaukee) se
puso pálido y confesó tímidamente: «Queremos apoderarnos de
Eisenhower, también. Skorzeny y algunos más se presentarán, como oficiales
norteamericanos que conducen a generales alemanes capturados, al cuartel
general supremo de Versalles para interrogarlos. Una vez dentro, volverán las
armas contra ustedes y Eisenhower será secuestrado o muerto por el mismo
Skorzeny. »
La historia podía ser una patraña pero el Supremo Cuartel General, que sabía de
lo que Skorzeny era capaz, tenía que jugar sobre seguro. El Hotel Trianon y
otros edificios donde se aposentaba aquel organismo fueron cercados con
alambradas, tanques y casi mil policías militares y
soldados bien armados que examinaban pases en barreras de tránsito colocadas a
buena distancia y recibían a los que se acercaban más, con gritos de quién vive
y pistolas ametralladoras. Cinco agentes de contraespionaje se
encargaron de que todos los visitantes del general Eisenhower fuesen
identificados por un ayudante. El general se trasladó a una casa situada dentro
del cerco y con guardia en puertas, ventanas y tejados. Estuvo varios días sin
salir de la casa porque los agentes temían la acción de tiradores de largo
alcance. El espíritu activo del general se rebeló y le hizo exclamar un día:
—¡Al infierno con tantas precauciones! ¡Voy a dar un paseo!
Pero se rindió a los ruegos de su estado mayor cuando le dijeron que si no
permanecía dentro de la casa habría que emplear en «seguirle los pasos» un gran
número de fuerzas que eran necesarias en otras partes.
Entretanto algunos de los 50 tanques norteamericanos en poder de la brigada
panzer número. 150 habían
sorprendido en la Saliente del Mosa a un batallón blindado norteamericano, el
cual dejaron reducido a la mitad. Cundió la alarma de que «nuestros propios tanques hacen fuego contra nosotros,
» y se ordenó a la policía militar que informase de todos los movimientos de
tanques que no estuvieran previamente indicados en el plan de operaciones. El
movimiento de barcos en el Mosa quedó suspendido, se patrullaron ambas orillas
y todo el que intentaba cruzar era detenido e interrogado. Por este
procedimiento fueron capturados 54 alemanes disfrazados con uniformes aliados o
vestidos con ropas civiles.
Difundiendo noticias de derrota, Greifers de la supuesta brigada panzer número
150 estuvieron a punto de llegar a la última línea de defensa en su avance
hacia el Mosa. En Malmédy, Skorzeny encontró que la artillería norteamericana
estaba preparada. Por consiguiente, en vez de atacar envió algunos hombres que
se acercaron caminando y preguntaron a los artilleros cuántos cañones tenían y
de qué tipo eran. Los artilleros atraparon a los impostores y los cañones se encargaron de dar la respuesta. Los
tanques norteamericanos robados quedaron destrozados y del montón de ruinas fueron extraídos numerosos
alemanes vivos y muertos, todos vestidos con uniformes norteamericanos.
El primer ejército empezó a juzgar a sus prisioneros de la operación Greif por
un tribunal militar el 22 de diciembre. Sus diversas disculpas fueron
condensadas en dos respuestas,
Un oficial: «Yo obedecía órdenes. Si me hubiesen
mandado fusilar a mi madre lo hubiera hecho.»
Un soldado: «Por la patria cometemos hasta el
acto más infame.»
Todos quedaron convictos de haber violado las
leyes de la guerra al vestir el uniforme del enemigo detrás de sus líneas, engañar,
espiar y cometer sabotaje. La sentencia
de muerte se cumplió en Henri Chapelle, Bélgica, por un pelotón de
fusilamiento.
Nadie sabe cuantos Greifers murieron en acción. Pero es sabido que unos 130
fueron ejecutados después del juicio. El contraespionaje del primer ejército perifoneó sus nombres por la radio Luxemburgo
dando detalles de la operación Greif y describiendo a los oficiales no
capturados aún, especialmente a Skorzeny. El fornido austriaco había
presenciado la lucha tan de cerca que resultó herido por un casco de granada.
Quedó al acecho de una oportunidad para proseguir con lo que restaba de su
Panzer número 150 la misión de engaño y de muerte. La radiodifusión de la
Luxemburgo fue la prueba final de que su oportunidad se había desvanecido. De
mala gana Skorzeny ordenó a sus alicaídos subalternos que se quitasen los
uniformes norteamericanos. La operación Greif estaba kaput.
SKORZENY desempeñó después el papel oculto pero importante de hacer que el avance aliado en Alemania fuese lento y costoso.
Como jefe de sabotaje del servicio de información nazi dejó agentes secretos
dondequieraque los alemanes estaban a punto de marcharse. Dichos agentes colocaban en alojamientos y cuarteles vacíos
explosivos ingeniosamente disimulados. Algunos eran de materiales
plásticos y podían sujetarse en rincones del suelo o del techo. Había trampas
de sorpresa para colocar en pianos, en mapas arrollados o en asientos de
retrete. Otros explosivos que semejaban piedras
pequeñas, grava y hasta estiércol fueron echados en las carreteras y volaron
camiones. Una de las últimas cosas que hizo Skorzeny fue diseñar y
repartir las cápsulas de veneno con las cuales una porción de nazis
importantes, entre ellos Góring y Himmler, se suicidaron.
Cuando Skorzeny se rindió a los norteamericanos dijo que nunca había tenido
verdadera intención de matar a Eisenhower. Se trataba de una patraña que
inventó para inflamar a sus hombres. Sabía que algunos de ellos serían
capturados y contarían la historia, lo cual iba a aumentar la confusión. Dijo cortés pero firmemente:
— Si lo hubiese proyectado, lo habría intentado. Si
lo hubiese intentado, habría tenido éxito.
Ante un tribunal de nueve oficiales en Dachau, los acusadores de Skorzeny
retiraron algunos cargos,, entre ellos su participación en la famosa matanza de
prisioneros norteamericanos en Malmédy. El audaz aventurero juró que muchos
otros además de sus Greifers, incluso soldados británicos y rusos, habían
vestido uniformes del enemigo; y que él había ordenado a sus hombres que
utilizasen el uniforme para penetrar en las líneas enemigas pero que se lo quitasen antes de disparar un tiro. El
8 de Setiembre de 1947 el tribunal tras deliberar solamente dos horas y media, declaró en libertad a
Skorzeny y a siete de sus ayudantes.
Fui juzgado imparcialmente---dijo Skorzeny—y no sufrí malos tratos materiales
aunque estuve 22 meses incomunicado. La única queja que tengo es que alguien
«liberó» el reloj que me había regalado Mussolini.
Como oficial de la SS, Skorzeny
hubo de someterse a un juicio de
desnazificación. En la cárcel alemana recibió cartas de entusiastas de Norteamérica, y ofrecimientos de ayuda que al parecer eran consecuencia de
las reseñas periodísticas de su absolución que suscitaron la compasión
de algunos en aquel país.
La mañana del 25 de julio de 1948 los carceleros alemanes se encontraron con la sorpresa de que Skorzeny había
desaparecido.
—Este hombre
tiene muchos partidarios que están en libertad —dice su furioso acusador, el
coronel Alfred J. Rosenfeld - Se cree que han formado una organización
clandestina y esperan que Skorzeny los dirija. Es
el hombre más peligroso de Europa.
El bien parecido gigante del pelo castaño
y la cicatriz en la cara, que tan fácil es de reconocer,
sigue en libertad.
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