domingo, 31 de marzo de 2024

CHARLIE COULSON - HIJO JUDÍO RECIBE A CRISTO.

CHARLIE COULSON

EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBORM.

 L. ROSSVALLY (1828-1892)

 

En octubre de 1887, el doctor escribe:

Es con gran gozo y gratitud que escribo sobre la conversión de mi querido hijo.

Creo firmemente que el querido Salvador había estado turbando su corazón por un tiempo antes de nuestro encuentro en el mes de julio de 1887. Por primera vez en catorce años me llamó “padre”. Lloró amargamente durante nuestro encuentro y parecía que el deseo de su corazón era volver a ver a su hermana. Mi corazón se regocijó al oír eso, porque sabía que con su hermana (una devota cristiana en América) estaría en buenas manos.

Después de viajar varios días por Alemania conmigo y algunos amigos (ocasión en que conversó libremente conmigo sobre su madre, lamentándose por haberse negado a verla antes de su muerte, y expresando el deseo de verla en el cielo), partió para los Estados Unidos, donde se encontró con su hermana el lunes 15 de agosto por la tarde. Ese encuentro es más fácil de imaginar que de describir, porque hacía catorce años que no se veían. El viernes siguiente, mi hijo le rogó a su hermana que lo acompañara a la tumba de su madre.

Mi hija me escribió esa misma noche que el corazón de su hermano sintió un intenso dolor ante la tumba, y concluyó su carta: “Querido padre, doy gracias a Dios porque mi hermano está bajo una profunda convicción de pecado; es totalmente consciente de haber descuidado en el pasado su deber hacia su padre, su madre y su hermana. Oro constantemente por él, también mi esposo y muchos amigos están orando aquí por su conversión”.

El viernes 19 de agosto visitó nuevamente la tumba de su madre (esta vez solo), y mientras se encontraba allí, Dios en Su misericordia, por medio de Cristo, perdonó sus pecados y convirtió su alma. Volvió a casa, le contó a su hermana la buena noticia y esa misma noche ella me escribió, sin que su hermano lo supiera; mi hijo también me escribió, y ambas cartas me llegaron al mismo tiempo, haciendo que ese día fuera verdaderamente un día de buenas nuevas, y recompensándome en algo por los muchos años de sufrimiento que había soportado, haciéndome exclamar con nuestro salmista: “Por la tarde durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:5).

21

Y ahora, para concluir, ruego a Dios que me dé vida, a fin de que pueda oír a mi hijo predicar el evangelio de aquel querido Salvador a quien rechazó durante  tiempo, pero que ahora es su todo en todo, porque en su última carta me informa que se está preparando para la obra de evangelización.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario