CHARLIE COULSON
EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL TAMBORM.
L. ROSSVALLY (1828-1892¡Oh! El empedernido odio del corazón humano por el evangelio de Dios. Bien dijo el convertido hebrero de los hebreos al escribir: “Judíos y…gentiles…todos están bajo pecado.
Como está escrito: No hay justo, ni aun uno… por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rm. 3:9, 10, 23). Cinco días después de mi conversión recibí órdenes del Cirujano General en Washington de viajar al Oeste por asuntos de gobierno.
Traté de todas las formas posibles de comunicarme personalmente con mi esposa para
despedirme, pero ella se negó a verme y a escribirme. Sin embargo, me envió un mensaje con un vecino diciendo que mientras llamara Salvador a Jesucristo, no la considerara mi esposa, porque no viviría conmigo.
No esperaba recibir semejante mensaje porque la amaba y amaba a mis hijos de todo corazón. Por lo tanto, fue con el corazón embargado de
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tristeza, que partí de casa esa mañana en un viaje de 1,300 millas para cumplir mi deber sin haber podido ver a mi esposa ni a mis hijos.
Durante cincuenta y cuatro días mi esposa no contestó ninguna de mis cartas; aunque le escribía una por día, y con cada carta que le enviaba, oraba a Dios pidiéndole que predispusiera su corazón para leer aunque fuera una de ellas. Sentía que si al menos ella leía una de mis cartas (porque le predicaba sobre Cristo y demostraba el gozo que estaba sintiendo en mi alma en cada una de ellas), reconsideraría lo que había dicho y hecho antes de mi partida.
Nunca fueron más ciertas para mí las siguientes líneas de Cowper:
Dios obra de maneras misteriosas para mostrar Sus grandes maravillas;
planta Sus huellas en la arena y puede cabalgar en la tormenta.
Porque fue por medio de la desobediencia de mi hija que se convirtió mi esposa. Mi hija era la menor de nuestros dos hijos; por lo general, era considerada como la mimada de papá. Después de mi conversión a Cristo su sentido de lealtad hacia su madre por un lado, y el amor que sentía por su padre por el otro, la mantenían constantemente preocupada.
Cincuenta y tres noches después de mi partida soñó que veía morir a su padre.
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