viernes, 18 de diciembre de 2020

EL HOMBRE QUE RECOBRÓ LA VISTA POR UN RAYO

 Lunes, 8 de enero de 2018

EL HOMBRE QUE RECOBRÓ LA VISTA Y LA SALUD POR UN RAYO 

Vivía en un mundo de oscuridad, silencio y dolor. 

Hasta que un dia llegó el resplandor de un relámpago, el estruendo de un rayo

...Y LA LUZ SE HIZO

POR EMILY Y PER OLA D'AULAIRE

EN El, camino, los parches de hielo refulgían como placas de mercurio por el reflejo de las luces de los faros conforme "Eddie" Robinson, de 53 años, conducía su camión remolque de 19 toneladas, seguía la ruta interestatal 95 cerca de  Providence, en el estado norteamericano de Rhode Island. Eran las 4 de la madrugada del 12 de febrero de 1971. Al cruzar un puente, el automóvil que lo precedía patinó de repente y quedó atravesado en la carretera. Robinson giró el volante a la derecha esperando alcanzar a pasar entre el auto y la barandilla del puente. Por el espejo retrovisor vio que su remolque comenzaba a torcerse hacia afuera de la carretera, la primera etapa de una terrible amenaza. 

El conductor del automóvil consiguió enderezarse a tiempo, pero la cabina del camión de Robinson derribó la barandilla y quedó suspendida en el aire, prendida del perno del remolque a doce metros de altura sobre otra carretera. Robinson había sido lanzado hacia atrás con tal violencia que rompió el vidrio posterior con la cabeza haciéndose algunas heridas. Empapado de sangre y del combustible Diesel que chorreaba el tanque horadado, tuvo un solo pensamiento: salir a toda prisa. Consiguió abrir la puerta y trepar por el costado de su vehículo hasta el puente donde se tendió.En un hospital cercano los doctores le suturaron las heridas, le tomaron radiografías, lo auscultaron centímetro a centímetro, le administraron algunos medicamentos y lo felicitaron por su buena suerte. Sus heridas sólo eran superficiales. Al día siguiente a las 11 de la mañana viajaba en un autobús para regresar a su casa en Falmouth, Maine, un suburbio de Portland.Esa noche Robinson se sentó en la cama quejándose de un dolor intenso. Su esposa Doris, de 32 años, lo llevó en la mañana siguiente a un médico de la localidad. Robinson le explicó que lo habían examinado con cuidado en el hospital y que no le habían encontrado lesión interna alguna, así que el médico dedujo que el dolor era producto de los golpes. Le recetó más analgésicos y lo envió a su casa a descansar.Agradecido por la vida. Unos días más tarde llegó una carta del hospital, en la cual se le informaba que hubo cierta confusión al interpretar sus radiografías. Los médicos sospechaban que podría haber una lesión más grave y recomendaban un nuevo examen. Las placas nuevas revelaron conmoción cerebral, costillas fracturadas, distensión dorsal y hematoma en la cadera izquierda. Robinson no era propenso a quejarse. Descansó y aguardó con paciencia una mejoría para volver a trabajar.Sin embargo, su salud empeoró. Su visión disminuyó. En ocasiones el mundo pareció desaparecer delante de sus ojos y tuvo la sensación de perder el conocimiento. Un día entró trastabillando a la casa y bastante alterado dijo a su esposa: "Por un minuto dejé de ver la casa entera. Creo que me voy a quedar ciego".Un oftalmólogo de Portland, el Dr. Albert Moulton, hijo, comprobó que la vista de Robinson se iba perdiendo con rapidez y lo atribuyó a un daño cerebral. Le dijo que era probable que en unos cuantos meses se quedara ciego por completo. Robinson tomó con calma la noticia. Al regresar a su casa llamó a la Escuela Hadley para Ciegos en Wínnetka, en el estado norteamericano de Illinois, e hizo arreglos para recibir lecciones de Braille y mecanografía al tacto en su domicilio. Para diciembre de 1971 sólo podía distinguir la diferencia entre luz y sombra. Sus brillantes ojos azules habían quedado fijos e inexpresivos, como los de un muñeco, que aparenta estar mirando hacia adelante.No tardaron en aparecer otros problemas. Perdió gran parte del movimiento de su brazo derecho y para leer Braille tuvo que emplear la mano izquierda. Asimismo, todo ese tiempo sentía un círculo de presión que ceñía su cabeza, como una banda de acero.Luego comenzó a perder el oído' hasta que no pudo escuchar a Doris ni siquiera cuando le hablaba a gritos. Un audífono especial le ayudó un poco, pero no era igual que antes. Se sintió atrapado. Siempre había sido un hombre activo y a menudo trabajaba 70 horas a la semana. Ahora todo era oscuridad y silencio.Para conservar el ánimo, el fornido camionero concentró su pensamiento en la gratitud por el mero hecho de estar vivo. Se consolaba con la idea de que, no importaba la magnitud de su tragedia, había en el mundo otros seres menos afortunados que él.

Animales amigos. Empezó a concurrir a la iglesia luterana que estaba frente a su casa y dejó de sentirse acorralado. Volvió a experimentar la sensación de tranquilidad que solamente proviene del interior de uno mismo.
Robinson detestaba que Doris tuviera que ocuparse de sus tareas, de manera que aprendió a realizar quehaceres fuera del hogar, mediante el tacto y la memoria. Amarró una soga en un poste colocado en medio del jardín y la fue enrollando, después ató el otro extremo a su podadora de césped y siguiendo una
trayectoria en espiral a medida que la cuerda se desenrrollaba pudo cortar casi todo el pasto. Reparó una gotera en el techo de su casa, como pudo subió por una escalera y tocando las tejas fue localizando las estropeadas.
Nunca había dejado tiempo para los animales. Ahora comenzaba a percatarse de su presencia mientras se distraía con algún trabajo en la cochera. Alguna cualidad en el hombre ciego hizo que pájaros, ardillas, mofetas y mapaches perdieran su miedo y comenzaran a acercársele. Robinson les hablaba y los animalitos contestaban en su lenguaje. Les traía alimento que ellos comían de su mano.
Una fría tarde de invierno, casi un año después del accidente, un camión que trasportaba aves de corral se volcó en una carretera cercana. Una gallina pigmea escapó de su jaula y llegó al patio de Robinson. Cuando él y Doris la encontraron, a la mañana siguiente, tenía las patas congeladas, la recogieron y la llevaron al sótano para calentarla. Cuando la criatura cloqueaba Robinson le respondía con un tuc-tuc, y este fue su nombre.
Tuc-Tuc se convirtió muy pronto en la favorita de Robinson. Le construyó una casita apoyada contra una pared y una intrincada serie de pasadizos cubiertos para que pudiera entrar al garaje y hacerle compañía. Como él, la gallina había tenido que sobreponerse a la adversidad. Después que sus dedos congelados se desprendieron aprendió a caminar con sus muñones, esto no impedía que fuera como un ave normal.
"¡Puedo ver!

En un día del invierno de 1975, después de quitar la nieve de la entrada de su casa, Robinson tomó su cena y se fue a la cama. Esa noche lo despertaron lo que él llama "destellos de luces neón a través de mi pecho". Los síntomas indicaban problemas cardiacos, fue hospitalizado casi un mes con el fin de ser observado. Regresó a su casa dolorido. El menor esfuerzo le causaba molestias en el pecho y los brazos. Incluso un ejercicio como el de subir la escalera del sótano lo obligaba a tomar una pastilla de nitroglicerina.
Sin embargo, Eddie se rehusó a modificar su rutina cotidiana de trabajar en el taller de su garaje, escuchar sus aparatos de radioaficionado y caminar hasta el pueblo con Doris. Y como lo había hecho cada noche desde que perdió la vista, salió al patio y elevó una plegaria de agradecimiento. "Me di cuenta de que no sabemos apreciar las cosas maravillosas que ocurren a nuestro alrededor cada día. Vivimos con demasiada prisa. Yo reduje el paso para disfrutar mi vida y estaba agradecido".
Lo que no sabía en ese momento era que pronto tendría algo más por qué dar gracias. El miércoles 4 de junio de 1980 a las 3:30 de la tarde, Robinson estaba entretenido en el garaje cuando escuchó el fragor de un trueno y el ruido repentino de la lluvia sobre el techo. Tomó su Bastón para guiarse en torno a la pared exterior del garaje y salió en busca de Tuc-Tuc. Suponía que no estaría bajo la tormenta, pero le preocupaba. Se detuvo cerca de un chopo detrás del edificio para escuchar si el animalito contestaba a sus llamados, entonces oyó un estrépito como el chasquido de un látigo. El árbol había sido alcanzado por un rayo y la descarga eléctrica se propagó por el suelo hasta el lugar en que se hallaba Robinson y lo derribó dejándolo inconsciente.
Veinte minutos después, cuando recobró el conocimiento, caminó tambaleante a la casa de un vecino y pidió un vaso de agua. "Creo que he sido alcanzado por un rayo", dijo todavía aturdido. Las rodillas apenas lo sostenían pero pudo regresar a su casa, donde bebió varios vasos de agua más y se fue a acostar.
Una hora después Robinson salió del dormitorio atormentado aún por una sed insaciable. Contó a Doris lo que le había ocurrido, bebió un par de litros de leche y se dejó caer en el sofá. De pronto se dio cuenta que veía en la pared la pequeña placa inscrita que le habían regalado sus nietos. "Dios no puede estar en todas partes y por eso creó abuelos", leyó con voz entrecortada.
—¿Qué dijiste? —preguntó Doris desde la cocina.
¡Puedo ver ese letrero! —exclamó Robinson.
Incrédula, su esposa corrió hasta la sala.
—¿Qué hora es? —le preguntó, y señaló el reloj de pared.
—Las 5 —contestó—. ¡Doris, puedo ver!
Su esposa notó algo más.
—¿Dónde está tu audífono? --preguntó excitada. Robinson se llevó una mano a una oreja, pero el aparato no estaba allí.
¡Dios Santo —exclamó emocionado, también puedo oír!
Celebridad instantánea. El hombre de 62 años sentía un gran cansancio y dolores en todo el cuerpo. Temerosa de que el rayo pudiera haberle causado algún daño Doris le telefoneó a un doctor para que lo revisara. El así lo hizo y le recomendó que si era necesario llamara al servicio de emergencia en la noche; le dijo además que fueran a su consultorio en la mañana. Doris pasó esa noche en vela observando la respiración de su marido, todavía sin poder creer lo que les había ocurrido.
Al día siguiente el médico lo declaró en perfecto estado de salud. Y cuando el Dr. Moulton examinó sus ojos verificó lo imposible. "No puedo explicarlo", dijo. "Sólo sé que no podía ver en absoluto y ahora puede".
Ese domingo en la iglesia, Eddie pidió permiso al ministro para dirigir unas palabras a la congregación. Desde el accidente lo acompañaba hasta el altar su esposa o un amigo. Pero esa ocasión, cuando el ministro lo invitó a acercarse, Eddie avanzó por la nave con pasos de baile —su versión de una giga irlandesa— para pronunciar en voz alta una plegaria que terminó así: "Y tengo tres palabras más que agregar, Señor: Te agradezco. Amén".
Entre tanto, las agencias de noticias divulgaron el caso y, poco menos que de la noche a la mañana Robinson se convirtió en una celebridad. Recibió llamadas de los periódicos pidiendo entrevistas, vinieron fotógrafos a Falmouth para retratarlo con su gallinita y después llegaron las cámaras de televisión.
Robinson descubrió en forma inopinada que ya no tenía la mirada fija hacia adelante y que sus ojos se habían abierto. Más adelante, durante una visita a su hijo y nietos, en el estado norteamericano de Virginía, notó que comenzaba a tener sensibilidad en su brazo derecho. De hecho, se sintió tan bien que hasta cortó el césped de la casa de su hijo. "No he tenido ningún dolor ni he necesitado ninguna píldora para el corazón desde el día del rayo", comentó.
La terrible banda de dolor en torno a su cabeza desapareció. Las venas varicosas de su pierna derecha ya no estaban alteradas.
Los MÉDICOS que han examinado a Robinson no se explican por qué disminuyeron sus problemas físicos inmediatamente después de ser afectado por la descarga eléctrica, y se preguntan si su ceguera y sordera fueron en realidad causadas por un daño cerebral. ¿Habrán sido acaso una reacción sicológica provocada por el trauma del accidente del camión? ¿Fue la descarga la que volvió a poner cada cosa en su lugar -Aunque hay quienes pueden polemizar sin encontrar una explicación lógica al restablecimiento de Rddie,él y sus familiares no tienen alguna. "Es un acto de Dios" dice con sencillez Robinson. "¿Qué otra cosa podría ser?"
además de sus presentaciones en teleevisión Eddie ha dado pláticas a los estudiantes acerca de lo que signica estar ciego, su enfoque es alguien que después de esa experienncia tuvo el privilegio de volver. "He visto más cosas en en los últimos meses que en toda mi vida", les dice. "Ahora aprecio las maravillas cotidianas de la vida: la luz de la Luna filtrada a través de las hojas; las flores en el jardín, un gusano que teje su capullo.
"Lo que es más, nunca abandoné la esperanza, y quizá lo que me ocurrió a mí le dará valor a otros para no darse jamás por vencidos". Sus sentimientos acerca de la odisea probablemente no podrán ser mejor resumidos que en la inscripción de un cartel pegado en el parachoques de su automóvil: GRACIAS A Dios
POR LOS MILAGROS.

jueves, 15 de octubre de 2020

CHIANTLA,HUEHUETENANGO- ALGUNOS DATOS COLONIALES


 jueves, 25 de enero de 2018

ESPAÑOLES DE SAN CHRISTOBAL TOTONICAPAM-1810

PADRON DE ESPAÑOLES DE QUINCE A QUARENTA Y CINCO AÑOS DE EDAD DEL PUEBLO DE SAN CHRISTOBAL TOTONICAPAM. AÑO DE 1810
 
Huehuetenango.25 de Enero de 2018
                                                      EDAD       ESTADO         OFICIO

DON MARCELO DIAZ                  44         CASADO        TEXEDOR
DON BRUNO ROSALES            34         VIUDO           LABRADOR
DON JUAN MAZARIEGOS           32         CASADO       TEXEDOR
DON FAUSTINO PENAGOS         25        SOLTERO       TEXEDOR
DON ANDRES PENAGOS           23         SOLTERO         SERERO
DON DOMINGO PENAGOS         18        SOLTERO         SERERO

SAN CHRISTOBAL TOTONICAPAM, JULIO 1 DE 1810
 BRUNO ROSALES

 

domingo, 28 de enero de 2018

PADRON DE ESPAÑOLES DE CHIANTLA-1810

 CHIANTLA
HUEHUETENANGO

GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO
___________________________
PADRON DE ESPAÑOLES DE QUINCE A QUARENTA  Y SINCO AÑOS DE EDAD, DEL PUEBLO DE NTRA. SEÑORA DE PURIFICACIÓN DE CHIANTLA  DE LA ALCALDIA MAYOR DE TOTONICAPAM. 
NOMBRES Y APELLIDOS                                                  EDAD   ESTADO     OFIC IO
DON JOSE LIVERATO PALENCIA. Admor. de Hazienda   44       CASADO    LABRADOR
DON JOAQUIN MONT                                                       32     YDEM        LABRADOR Y COMte.
DON JUAN MATA                                                                22   SOLTERO    SIN OFICIO 
DON  AGATON SANTA MARIA                                        34    CASADO     TRATANTE
DON PASCACIO VELAZQUEZ                                          23      SOLTERO    YDEM
MIGUEL GERONIMO ESCOBEDO                                    29      YDEM          LABRADOR
MIGUEL JOSE ESCOBEDO                                                 27       YD.              YD.
FRANCISCO ESCOBEDO                                                    20      YD.              YD.
 Chiantla, 20 de Julio de 1810 
Joaquin Mont_____________
 
 

jueves, 22 de febrero de 2018

ESPAÑOLES CHIANTLA 1813- 399

Continuación
399
CACIMIRO ESCOBEDO ESPAÑOL 32 AÑOS CASADO
PAULA CASTILLO ESPAÑOLA 22 AÑOS
MARIO ESCOBEDO CASTILLO ESPAÑOL 6  AÑOS
JULIANA ESCOBEDO CASTILLO ESPAÑOLA 4 AÑOS
JULIO ESCOBEDO CASTILLO 1 AÑO

MAXIMA DIAS ESPAÑOLA 43 AÑOS CASADA

DEMETRIA DIAS ESPAÑOLA 45 AÑOS CASADA

MANUELA OLIVEROS ESPAÑOLA 50 AÑOS VIUDA
YSABEL  ESPAÑOLA 25 AÑOS
 NORBERTO ESPAÑOL 25 AÑOS
PAULA ESPAÑOLA 19 AÑOS
MANUEL CRUZ ESPAÑOL 17 AÑOS

YNOCENCIO HERRERA ESPAÑOL 2 AÑOS
CIRILA VELA ESPAÑOLA 24 AÑOS
MATEO HERRERA VELA 1 AÑO
MANUELA HERRERA VELA ESPAÑOLA DE MESES DE EDAD

MANUELA HERRERA ESPAÑOLA 30 AÑOS CASADA

MANUEL ESCOBEDO ESPAÑOL 68 AÑOS CASADO
 ANGELA OLIVEROS ESPAÑOLA  58 AÑOS
MIGUEL ESCOBEDO OLIVEROS ESPAÑOL 27
FRANCISCO ESCOBEDO OLIVEROS  ESPAÑOL 24 AÑOS
 JUANA ESCOBEDO OLIVEROS 22 AÑOS
GORDIANA ESCOBEDO OLIVEROS 2O AÑOS
MARIA SANTOS ESCOBEDO OLIVEROS ESPAÑOLA 18 AÑOS
ANASTACIO ESCOBEDO OLIVEROS ESPAÑOL  16

DOMINGO ESCOBEDO ESPAÑOL 30 AÑOS  CASADO
MANUELA DIAS ESPAÑOLA 22 AÑOS 
MARIANO ESCOBEDO DIAS ESPAÑOL 9 AÑOS
JULIANA ESCOBEDO DIAS ESPAÑOLA 2 AÑOS 

martes, 20 de febrero de 2018

ESPAÑOLES DE "NTRA. SRA. D. PURIFICACION D. CHIANTLA "

 ESPAÑOLES DE  "NTRA.  SRA. D. PURIFICACION D. CHIANTLA "
1813
HUEHUETENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO
 PARCIAL

PAULA LOPEZ  ESPAÑOLA 37 AÑOS CASADA

FRANCISCO HERRERA ESPAÑOL 77 AÑOS CASADO

MARIA SANDIEGO, LOPEZ   ESPAÑOLA  30 AÑOS CASADA

PEDRO  ALCANTARA HERRERA  ESPAÑOL 38 AÑOS CASADO
 THOMASA MERIDA  ESPAÑOLA 25 AÑOS
MARIA CARMEN HERRERA MERIDA ESPAÑOLA 11 AÑOS
PEDRO MARTIR HERRERA MERIDA ESPAÑOL 9 AÑOS
 JOSE VICENTE HERRERA MERIDA  DE MESES 

NAZARIO OLIVEROS ESPAÑOL 56 AÑOS CASADO
CANDIDA  LOPEZ ESPAÑOLA  44 AÑOS
PROCOPIA OLIVEROS LOPEZ ESPAÑOLA  25 AÑOS
GERTUDIS OLIVEROS  LOPEZ ESPAÑOLA  1 AÑO
MARCELA LOPEZ ESPAÑOLA  42 AÑOS

 JUAN DE HERRERA ESPAÑOL  62 AÑOS CASADO

VENTURA LOPEZ ESPAÑOL 46 AÑOS  CASADO

MANUELA ESCOBEDO ESPAÑOLA  50 AÑOS CASADA
399
SIMEONA LOPEZ ESPAÑOLA  24 AÑOS CASADA

SANTIAGO DEL VALLE ESPAÑOL 48 AÑOS CASADO con
MARIA EUSEVIA HERRERA ESPAÑOLA  39 AÑOS
MARIA JOSEFA DEL VALLE HERRERA ESPAÑOLA 20 AÑOS
REMIGIA  DEL VALLE HERRERA  ESPAÑOLA 17 AÑOS
PETRONA DEL VALLE HERRERA ESPAÑOLA  7 AÑOS
BARTOLA DEL VALLE HERRERA ESPAÑOLA  5 AÑOS
GREGORIO  DEL VALLE  HERRERA  ESPÀÑOL  3 AÑOS
BIBIANA DEL VALLE herman@  ESPAÑOLA 53 AÑOS
 

martes, 20 de febrero de 2018

ESPAÑOLES VILLA DE CHIANTLA- 1813- Huehuetenango, Guatemala

 ESPAÑOLES VILLA DE CHIANTLA- 1813-
Huehuetenango,
Guatemala
 PARCIAL
401
YGNACIO ALVA  LADINO 34 AÑOS CASADO con
FELICIANA MERIDA ESPAÑOLA  20 AÑOS

MARIANO MAZARIEGOS ESPAÑOL 42 AÑOS CASADO con
MARIA NAXERA LADINA 27 AÑOS

JOSE MARIA DIAS ESPAÑOL 47 AÑOS con
MANUELA  HERRERA LADINA 48 AÑOS

JUANA DIAS ESPAÑOLA 66 AÑOS SOLTERA
FLORENTINO DIAS ESPAÑOL  35 AÑOS

RAMONA DEL VALLE ESPAÑOLA 56 AÑOS VIUDA

FRANCISCA ESCOBEDO ESPAÑOLA 35 AÑOS VIUDA
YNEZ CANO ESCOBEDO LADINA 16 AÑOS
ROSA CANO ESCOBEDO LADINA 9 AÑOS
PETRONA-                     ESPAÑOLA  6 AÑOS

JUANA HERRERA ESPAÑOLA 27 AÑOS CASADA

APLOLONIA HERRERA ESPAÑOLA  58 AÑOS VIUDA

MARIA SALVATIERRA ESPAÑOLA  47 AÑOS SOLTERA
CAMILO SALVATIERRA LADINO 25 AÑOS
MARIA DE LOS ANGELES SALVATIERRA ESPAÑOLA  22 AÑOS
MIGUEL SALVATIERRA ESPAÑOL 1 AÑO
 ANASTACIA SALVATIERRA- DE MESES
 400
JOSEFA MAZARIEGOS ESPAÑOLA  50 AÑOS  CASADA

PAULA LOPEZ  ESPAÑOLA 37 AÑOS CASADA

FRANCISCO HERRERA ESPAÑOL 77 AÑOS CASADO

lunes, 19 de febrero de 2018

PARCIAL ESPAÑOLES DE LA VILLA DE CHIANTLA 1813

PARCIAL
ESPAÑOLES DE LA VILLA DE CHIANTLA  1813

 402
FRANCISCO DIAZ  ESPAÑOL 55 AÑOS CASADO
401
REIMUNDO MERIDA  ESPAÑOL 61  AÑOS CASADO
CESILIA DEL VALLE ESPAÑOLA 58 AÑOS
MARIA MERIDA DEL VALLE ESPAÑOLA 34 AÑOS
JOSE MARIA MERIDA DEL VALLE ESPAÑOL  22 AÑOS
LUISA MERIDA DEL VALLE ESPAÑOLA 15 AÑOS
CASILDA MERIDA DEL VALLE ESPAÑOLA 13 AÑOS
MARIA MATIAS- NIETA-ESPAÑOLA 13 AÑOS
CANDELARIA-NIETA- ESPAÑOLA- 11 AÑOS
RAFAEL-NIETO- ESPAÑOL 1 AÑO

MIGUEL MERIDA  ESPAÑOL 28

MANUEL ARGUETA ESPAÑOL 43 AÑOS  CASADO
CANDELARIA OLIVEROS ESPAÑOLA  44 AÑOS
MAXIMO ARGUETA OLIVEROS ESPAÑOL 25 AÑOS
JAZINTO ARGUETA OLIVEROS ESPAÑOL ESPAÑOL 18 AÑOS
LUCAS ARGUETA OLIVEROS ESPAÑOL  15 AÑOS
GREGORIA ARGUETA OLIVEROS ESPAÑOLA 13 AÑOS
MARIA SAN DIEGO ARGUETA OLIVEROS ESPAÑOLA 11 AÑOS
VICTORIANA ARGUETA OLIVEROS ESPAÑOLA 6 AÑOS

LUCIANA ESCOBEDO ESPAÑOLA CASADA 36 AÑOS
GAVINO ESPAÑOL 6 AÑOS
MARIANO ESPAÑOL 4 AÑOS
ROQUE ESPAÑOL 2 AÑOS

MARIA DIAS ESPAÑOLA 44 AÑOS CASADA

BIVIANO MERIDA ESPAÑOL  21 AÑOS CASADO  CON
MANUELA ALVA LADINA  19 AÑOS

MANUEL MERIDA ESPAÑOL 53 AÑOS CASADO
ANTONIA ESCOBEDO  ESPAÑOLA 40 AÑOS
PEDRO MERIDA ESCOBEDO ESPAÑOL 20 AÑOS
MARIA MERIDA ESCOBEDO ESPAÑOLA 16 AÑOS

ANTONIA MERIDA ESPAÑOLA VIUDA 30 AÑOS
SESARIA LOPEZ (MERIDA) LADINA  6 AÑOS

viernes, 9 de octubre de 2020

SEGUNDA PARTE- VIAJES DE MOISES LETONA-DE 1922 A 1924-

 

“POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

POR J. MOISÉS DELEON LETONA

Impresiones de un guatemalteco en su viaje
alrededor del mundo durante los años de
1922 a 1924.

Es el libro que a continuación leeremos y es debidamente apreciado a nivel mundial. Se encuentra en las siguientes bibliotecas

Librería del Congreso de  los Estados Unidos de América

Biblioteca Teológica "Lorenzo Boturini" de la Basílica de S.M. de Guadalupe. Ciudad de México

Bibliotheca Generalis Custodiae Terrae Sanctae-Ciudad de Jerúsalen

Libro que forma parte del Patrimonio Literario de España-Secret. Part. De S.M. el Rey -Dedicación del autor a S.M. el Rey D. Alfonso XIII-XIV.

El miércoles 3 de abril del año 2019, fue un día feliz para mí. En mis manos estaba un ejemplar original  del libro que durante 7 años anhelaba tener.  Conseguir un libro publicado hace 97 años,  y del cual que nadie ha escuchado hablar es verdaderamente casi imposible  Sin embargo cuando un asunto se pone  en las manos del Gran Dios, y él obra de acuerdo a su Soberana voluntad, nada es imposible y los milagros suceden. Un coleccionista privado de Estados Unidos poseía dicho ejemplar-

Hay  personas  que han  logrado  describir sus  vivencias en  las páginas de un libro de tal forma que las  han inmortalizado para la posteridad. Nuestro personaje es una de ellas.

José Moisés Letona (nombre que aparecen en la partida de nacimiento ) nació en 1890 en San Luis Salcajá, Quetaltenango. Sus abuelos maternos fueron Hipolito Letona y Fernanda de León. Sus padres. El Sr.___ De León y la Sra. Teresa Letona.

Hipolito Letona y Fernanda de León son los bisabuelos de Emerita  Letona Palacios, Reyna Isabel, Arcadio y de Marta López Palacios (mi señora madre. Q.E.P.D)

Moisés De León a través de sus impresiones de viaje nos participa de la vida moderna, de sus adelantos, de la civilización y la tecnología, sin olvidarnos de la sencillez de la vida, … sin que por ello perdamos la sensibilidad de poder admirar el cielo azul, los pajarillos,  y por supuesto de admirar ese gran regalo del creador, la belleza esplendida de la mujer en general.  Se hace evidente la admiración  del  autor, por el grado de justicia y progreso adquirido por el laborioso pueblo inglés, que lo ha llevado a ser una de las potencias mundiales .Años más tarde en 1942  se nacionalizaría ciudadano de los Estados Unidos.

Moisés Letona, el filósofo, el aventurero distinguido, expedicionario soñador  y galante… matemático práctico, gran observador en sus viajes, nos invita a soñar  y conocer  tierras muy lejanas. Suiza, Francia, Italia, España, Inglaterra, Egipto, Arabia, Nuestra amada Jerusalén, Estados Unidos, Cuba, México.

Hago mías las  siguientes palabras de este ilustre antepasado mío y me siento profundamente satisfecho el saber que comparto la misma genética con él.

“Caminad siempre erguidos, viendo el sol. Aprovechad toda la luz del día. Elevad vuestra frente a la altura de vuestros ideales.-“(Pag 332 )

          Atentamente

Un huehueteco apasionado por la historia

Huehuetenango, 28 Abril de 2019

"Vouloir c`est pouvoir.-

Where there is a will there is a way."
"Querer es poder."

POR TIERRAS SANTAS Y

POR TIERRAS PROFANAS

POR-- TIERRAS SANTAS Y

POR TIERRAS PROFANAS

POR

J. MOISÉS DELEON LETONA

Impresiones de un guatemalteco en su viaje
alrededor del mundo
durante los años de
1922 a 1924.

 

VINCENT PRINTING CO.
Editores
117 No. Broadway, Los Angeles, California.

Copyright, 1926.

Este libro es propiedad del Autor,
quien se reserva todos los derechos
conforme a la ley.

Impreso en Los Angeles, California
Estados Unidos de América.
Primavera de 1926.

 

CENTRO-AMERICA
mi bien amada Patria

(Aparece en el original la  firma de Moisés De Leon)

                                                                    SEGUNDA PARTE

obtuvo el anillo de su marido (Pilatos) como prueba de la pro­mesa de que no firmaría sentencia de muerte contra el acusado; que recuerda la ingratitud e insolencia con que los judíos trata­ron ahí al Nazareno. Apenas si se puede concebir la crueldad con que procedieron contra El, después del falso proceso que formuló el Sanedrín y que dió por resultado la aplicación de la pena capital : ahí le vendaron los ojos, le ataron las manos, le dieron empellones, le golpearon con palos, le azotaron, le escupieron el rostro, le dijeron improperios . . . ; se burlaron de El poniéndole una corona de espinas a la fuerza, con brus­quedad para que las púas le hirieran; le pusieron una túnica blanca y una caña, a manera de cetro, para llamarle sarcásti­camente "Rey de los Judíos."

Así llevaban a Jesús "de Herodes a Pilatos" y "de Pilatos a Herodes" porque ni el uno, que era Tetrarca de Galilea, ni el otro, que era representante del César en Judea, querían orde­nar la ejecución de la sentencia contra el Justo.

Se encontraba ahí, pues, Jesucristo, sin nadie que abogara por El: su defensor legal, Nicodemus, nada pudo hacer; aque­llos desalmados que le rodeaban eran como fieras; sus discípulos a quienes trataba como amigos, le habían abandonado; los otros hombres que estaban convencidos de su inocencia, no tenían el valor para defenderle ni de protestar contra aquella iniquidad que se cometía. Y sin embargo, con sólo su mirada, con sólo su mansedumbre, venció al Tetrarca, a Herodes, a Pilatos y al populacho enfurecido, a la chusma sedienta de sangre, incitada por los ricos que le llamaban enemigo del negocio y del tem­plo. Su poder infinito de Redentor estaba muy por encima de aquella larva maldita para siempre.

Todo esto nos recordó aquel funesto lugar y, sus vecinda­des nos rememoraron el Sanedrín, que era una especie de Asam­blea o Corte Judía que juzgaba de los hechos delictuosos y legis­laba en tiempos de Jesucristo y se componía de Sacerdotes, Es­cribas y Sabios, quienes representaban a los ricos, burgueses y mercaderes adinerados que extorsionaban a los pobres, al pueblo, en beneficio de aquellos pocos que eran como un pulpo. He aquí por qué los del Sanedrín decidieron asesinar al Naza­reno; estaba diametralmente opuesto a ellos, porque defendía y protegía a los pobres y ponía coto a la avaricia y a los abusos de los ricos. Ellos—los sanedritas—conocieron de las acusa­ciones contra el Divino Maestro y lo condenaron injustamente a muerte como lo hizo José Caifás (quien accedió por las ma­quiavélicas intrigas de su suegro Anás, el Sumo Sacerdote que

—177—

también presidió el Tribunal para condenarle,) lo mismo que Herodes y Pilatos. Desgraciadamente este último no tenía carácter y no hizo valer la fuerza de su convicción con la fuer­za de las armas de que disponía.

Ocasiones extraordinarias ha habido en que la ciudad asiento del Santo Sepulcro, ha reunido hasta 3,000,000 de pere­grinos, tres millones de almas piadosas: ¡bello e imponente conjunto mundial que la fe ha congregado como para compartir la riqueza y para cimentar más la creencia tan indispensable en la vida humana!

Aquí es propio decir: que, habiendo subido a uno de los más elevados y sólidos muros de la antigua Sión para ver otra vez sus edificaciones, sus ruinas y sus campos, y dirigiendo una mi­rada retrospectiva para remontarnos hasta unas cuantas centurias de los tiempos pretéritos, asaltó a nuestra mente la huella de las Cruzadas que, además del asunto religioso, suscitaron hechos militares, políticos y comerciales de vital importancia, no sólo en Europa, sino en todo el Continente Oriental y que, en cierta forma, igualaban a los nobles y plebeyos, a los reyes y vasallos mediante la Cruz, el más bello de todos los símbolos. Conside­rábamos cómo las Cruzadas, cuyos ejércitos numerosos y suce­sivos estaban formados de voluntarios únicamente, contribuye­ron con toda eficacia al desarrollo de los conocimientos humanos al mismo tiempo que aseguraban más la fe cristiana.

En una especie de revista militar, en una solemne y gallar­da parada, desfilaban las prolongadas columnas tras de sus cau­dillos, tras de todos sus héroes, desde Pedro el Ermitaño—el primer cruzado—y Godofredo de Bouillón, quien no quiso ce­ñirse la corona que de Rey de Jerusalén se le ofrecía después de sus resonantes triunfos, sino sólo llevó el título de Barón y Defensor del Santo Sepulcro, hasta San Luis, Rey de Fran­cia, que expiró el año 1270 en Túnez, víctima de la peste que se desarrolló en aquella ciudad africana, cuando iba camino de Jerusalén para libertarla.

                        Anduvimos también por el Campo "Had ed Adomf que quiere decir "Precio de la Sangre," o sea el Monte del Mal Consejo, donde se enterró a Judas avariento, no lejos del punto en que él mismo—que era Tesorero del Colegio Apostólico y que andaba siempre atrás de los demás, solo y lleno de envidia—se dió muerte.

Se dice que el sicomoro que le sirvió de horca al traidor que vendió a su Divino Maestro por 30 siclos de plata, estuvo vivo 1400 años, durante los cuales nadie pasó cerca de él.

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J. M. DELEON LETONA

Del Campo "Had ed Adom" nos dirigimos a los cementerios de los mahometanos y de los judíos, que están separados entre sí y de los otros. Son sencillos, no tienen cruces y sus nume­rosas lápidas contienen nombres, leyendas en hebreo sobre las sepulturas que llenan casi por completo esas ciudades de los muertos, hasta las cuales han llegado las divisiones de religio­nes y de razas que el hombre ha establecido, sin embargo de tener el mismo origen y de formar un sólo género (el humano). ¡Aun la verdadera casa del hombre—como se llama al cementerio—está aislada! Desde el perímetro de una de aquellas necrópolis judías se divisan las tumbas de Zacarías, Absalón (a las que ya hicimos mención) y de Santiago, que no se alteran con el correr incesante de los siglos 

Fué en Jerusalén donde vimos a los señores Abdo, Matta, David y otro Abularach, originarios de Palestina, que por largos años han tenido tiendas en Centro-América y que se muestran reconocidos a este país, donde la suerte les sonrió.

Visitamos el "Convento de San Salvador," residencia de los Padres Franciscanos, entre los que tuvimos el honor de conocer y tratar a los Frailes Don Antonio Aracil y Don Juan Alventosa, apreciables españoles que nos acompañaron también en algunas de nuestras salidas por la ciudad.

El Secretario respectivo nos refirió que en esos días de nuestra estancia en Tierra Santa había recibido una carta del Padre Sánchez, de Guatemala, quien tenía a su cargo la Iglesia de San Francisco. ¡Rara coincidencia!

Los olivos, sicomoros, corderitos y ovejas se herma­nan en Palestina son de sus peculiaridades, mas en las campiñas jerosolimitanas tienen doble encanto. Así lo cons­tatamos cuando, yendo para Betania, encontramos infinidad de aquellos verdes árboles y de aquellos animalitos de lana blanca. En el camino que conduce a la aldea-que recibiera las copiosas lágrimas de la Magdalena, los clásicos olivos crecen, se desarro­llan tanto que los cortadores, en tiempos de cosecha, se ven obligados a subir en altas escaleras para alcanzar y cortar las aceitunas.

Bajo la sombra de esos bíblicos árboles extienden largas sábanas, sobre las que van echando grandes canastas de olivas, que emplean para hacer magnífico aceite. Vimos que, a lomo de camello, las conducen a las viviendas donde se valen—hom­bres y mujeres—de pesadas piedras cilíndricas que hacen girar

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a mano sobre losas para machacar las frutitas, que son de color verde, morado y azul-negro.

Esta manera de elaborar da trabajo y dinero a muchos cam­pesinos y moradores de esas latitudes y de Palestina en gene­ral. Por lo rutinaria, parece incipiente.

Tales observaciones hacíamos cuando, al cabo de 10 kiló­metros que desde Jerusalén habíamos andado sobre la vía que va a Jericó y al Mar Muerto, a Betania llegamos.

Betania, es el lugar donde María Magdalena hizo la paté­tica demostración de reconocimiento a su Salvador, después del profundo arrepentimiento y de la conversión operados en ella y cuya obra milagrosa se realizó por el gran poder espiritual del Nazareno.

En efecto, ella realmente se arrepintió de sus pecados; no hallaba cómo corresponder a quien la había librado del terri­ble castigo, de las afrentas de sus acusadores que querían matarla a pedradas. Allá, la Magdalena llegó muy emocionada a casa de Simón el leproso y—a presencia de los 12 apóstoles y de otras muchas personas, temblando, sin poder hablar, sin proferir una sola palabra, bebiéndose las lágrimas que su agra­decimiento incontenido hacían brotar y desahogando su pecho con sollozos y suspiros—perfumó la cabellera del Divino Maes­tro con la mitad de la esencia de nardo que ella llevaba en el mejor vaso alabastrino que tenía; lavó los pies de su Bien­hechor, secándolos con sus propios cabellos y derramó la otra mitad del nardo sobre ellos.

Aquel acto fué como embalsamamiento en vida para Jesús y una felicidad para Magdalena, porque había dejado de ser mala: sus nuevas lágrimas, confundidas con el perfume sobre los pies del Redentor, eran vertidas por el viejo dolor de haber pecado y en prueba de su arrepentimiento.

He ahí cómo su fe la salvó y el Justo le concedió su perdón!
Después de haber estado en las ruinas de la casa en donde
sé bañó en su llanto la Magdalena, fuimos al otro bíblico lugar
de Betania en que, como es bien sabido y reza en el Nuevo
Testamento, resucitó Lázaro y, cuando conocimos la tumba en
que yacía su cadáver, pensamos cómo su resurrección fué a
presencia de sus dos hermanas Martha y María (virtuosas y
piadosas personas en cuya tranquila casa solía hospedarse Jesús
al ir a Betania), de los 12 apóstoles y de muchos judíos. La
gruta—que está bajo el nivel de las casas vecinas—tiene acceso
directo e inmediato a la calle; es estrecha y obscura. Más de
alguna vela arde en su interior, sin que el aire mueva su llama

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rojiza, y una que otra piadosa mujer se acerca a repetir sus oraciones al modesto sepulcro donde uno de los más sorpren­dentes y reveladores milagros del Divino Maestro se verificara.

Aquí cabe recordar que Lázaro, posteriormente a su resu­rrección, predicó las doctrinas de Jesucristo, viniendo a Europa con ese fin y llegando a ser el primer Obispo de Marsella, ciudad en que fué sacrificado y murió  por segunda vez.

Un viernes tuvimos oportunidad de ver, en Jerusalén, a varios franciscanos que, seguidos de una devota muchedumbre, corrían el Vía-Crucis.

Todos rezaban fervorosamente y caminaban con gravedad, como olvidándose del mundo para sólo concretarse a sus ora­ciones. Los franciscanos, con su cabeza descubierta y sus pies con sandalias, eran los más distinguidos de aquella ceremonia que comenzaba en plena calle y terminaba dentro del Calvario.

La práctica de esta devoción donde fué la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, es de las más eficientes de la cristiandad.

Agregándonos, estuvimos en las 14 estaciones que están impregnadas de los crueles, inhumanos martirios que torturaron al Divino Salvador. A medida que se pasa por ellas se recuer­da con profunda pena el conjunto de hechos que el Viernes Santo precedieron a su muerte. Iba en la Vía Dolorosa con su corona de espinas que herían su divino rostro y su dolorida cabeza y con la cruz a cuestas, llevando pendiente del cuello y de orden de Pilatos, un rótulo en tres idiomas, latín, griego y hebreo, que decía: "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos." Co­mienza en la Capilla de la Flagelación, cerca de las ruinas de la Fortaleza Antonia, frente al muro del Cuartel Turco, donde fué atado y azotado. ¡Cómo se contrista el corazón al imagi­narse la fúnebre comitiva precedida por el Centurión, la cual caminaba al tétrico resonar de los clarines, llevando la escalera, los clavos, el martillo, etc., hacia el monte de las Calaveras!

Sigue el Arco del "Ecce Homo," lugar en que Pilatos, diri­giéndose a los judíos y mostrándoles a Jesús les dijo: "He aquí al Hombre," donde las "Hijas de Sión," desde el interior de su convento, cantan salmos contestando a los de afuera, que rezan; luego donde cayó por primera vez, debido al enorme peso de la cruz y de sus dolores, yendo sin aliento, agitado, cuando el Judío Errante (que se llamaba Samuel Belí-Beth), que no permitiéndole siquiera unos pocos minutos de desean­so—le dijo: "Arriba, Arriba y anda de prisa!", negándole tam‑

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

bién un simple poco de agua, a lo que el Mártir contestó: "Y tú andarás sin cesar hasta que yo vuelva;" a continuación la casa del mal rico frente a la cual encontró a su Santísima Madre; desde ese punto ya siguieron la Virgen, las Marías y San Juan tras el Divino Maestro, acompañándole en la Vía Dolorosa sufriendo con El y sin poder defenderle ni ayudarle; después donde era la "puerta de los Jardines," en que Simón el Cirineo, campesino que acertó a pasar por ahí, ayudó a cargar la cruz, de orden del Centurión, que iba a caballo; luego donde apare­ció la Santa Verónica que le enjugó su rostro divino: así iba el Más Grande de los Mártires, camino del suplicio, del Cal­vario!...

En seguida, la Puerta Judiciaria o Judicial, donde cayó por segunda vez, teniendo una llaga mortal en el hombro derecho; adelante, cuando les dijo a las mujeres piadosas que lloraran por ellas mismas y nó por él, compadeciéndolas; después, donde cayó por tercera vez; más adelante, pasando sobre puntiagudas y numerosas piedras pequeñas que herían y sangraban sus pies y ya en el Calvario, donde le desnudaron para crucificarle, ha­ciendo derroche de crueldad al quitarle su túnica casi despelle­jándole, pues las llagas y la sangre hacían que aquella estuviera pegada a su doblegado cuerpo; y donde le clavaron y cru­cificaron, haciendo uso de una escalera, poniéndole nuevamente la corona de espinas y dándole a beber vinagre mezclado con hiel, cuando El dijo que tenía sed. Es el mismo lugar en que Longinos hizo una herida con su lanza en el costado del Már­tir Divino, cuya sangre al caerle sobre sus ojos le curó la vista, pues era casi ciego, convirtiéndole en cristiano también. El mismo en que, poco antes de expirar, pero siempre haciendo el bien, dijo, refiriéndose a los verdugos y a todos sus enemi­gos: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!", (frase que había repetido tantas veces) ; y donde, muriendo en la cruz colocada sobre la roca solitaria e indeferente del Monte Cal­vario, entre Dimas y Gestas, redimió a la Humanidad!

Cerca, el lugar en que los soldados judíos y romanos se dividieron los despojos del Crucificado en cuya ocasión, como la túnica era de una posa pieza, sin costura, y para no rasgarla ni cortarla en cuatro pedazos ni inutilizarla y a fin de que siem­pre le quedara entera a uno de ellos, un soldadote jugador, viejo y mañoso, dispuso que la jugaran a los dados entre sí, y así lo hicieron porque el funesto vicio del juego, como la lepra, roía sus manos y su conciencia!

Después, cuando ya muerto, lo bajaron dejándole en bra‑

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zos de la Virgen. ¡Cómo estarían sus cabellos, que por el pol‑vo, el sudor y los coágulos de sangre parecían una masa! ¡ Cómosu cuerpo ensangrentado, macerado, sudoso, mutilado y llagado!Y, finalmente, el lugar en que, cerrando los ojos del Salvador, ojos que habían derramado por doquiera piedad, amory caridad, fué sepultado por José, de Arimatea y Nicodemus apresencia de las tres Marías, después de haber sido lavado con
a
gua que el primero llevó de su propio pozo; perfumado con mirra y óleo y envuelto en una sábana blanca, cubriendo el rostro y la cabeza con un sudario.

 

¡El dolor incomparable de su Santa Madre está en todos los corazones bien nacidos! No hay, en los mil idiomas y dia­lectos, palabras para expresarlo. Tales fueron las escenas que rememoramos durante las oraciones del Vía-Crucis en Jeru­salén.

Una tarde triste, nublada, casi obscura en que ya caían las primeras briznas de la lluvia; que no veíamos a nadie en las calles y hacía un viento que en su rapidez silbaba y des­viaba el débil vuelo de las desparpajadas golondrinas, no pudi­mos menos que pensar en la semejanza de ese cuadro macabro con la soledad y el vacío inexplicables que allá sucedieron al postrer suspiro del Redentor.

La mezquita de Omar, que es el más bello templo que existe actualmente en Jerusalén, está construida en el mismo sitio en que estuvo el templo de Salomón. En su bóveda hay algunas inscripciones tomadas del Korán. Su pintura exterior es muy vistosa predominando los colores verde, dorado y azul.

Ahí guardan los musulmanes la roca santa.

Al contemplar de lejos la Ciudad de Sión por el lado N., es dicha mezquita lo que más sobresale y ella sirve de reli­cario a la roca sagrada donde fué el sacrificio de Abraham. Está rodeada de muros y tras éstos se ven piedras sobre piedras, que son de las viejas ruinas, como también se observan en los otros ángulos exteriores de la propia ciudad, donde se cumplió la terrible predicción, pues hay sitios desolados sobre los cuales no se ve absolutamente nada, ni siquiera piedra sobre piedra, no obstante que ahí la soberbia y la avaricia de los feroces enemigos de Jesucristo, edificaron ricos palacios.

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Printed in the United States of America.

CAPITULO XIV.

Belén.

Saliendo por la puerta de Jafa y acompañados de Monseñor Luis A. Arce y Ruenta, Obispo de Limacon quien visitamos otros santos lugaresfuimos a Belén, que está a una hora de Jerusalén. Monseñor Arce, que del Papado tiene una honrosa distinción espiritual, había estado recientemente en Roma y se encontraba en la antigua Judea con los mismos fines de pere­grinación que nos llevaron a Palestina. De él conservamos en nuestro álbum de viaje una amable página autógrafa llena de unción religiosa.

En el camino, a ambos lados, centenares de alondras salían volando de entre los campos de trigo, llevando en sus picos granos del precioso cereal, que relumbraba a la luz del cristal azul del cielo.

Antes de entrar a la pintoresca ciudad de Belén vimos la residencia del Patriarca Griego, que está en sus alrededores.

¡Oh Belén! ¡Oh el lugar de la Natividad! ¡Cómo se ve de lejos en medio de muchas montañas, como mimada por la misma Naturaleza que la arrulla en el firmamento!

Por una calle recta, ancha, que va desde el principio de la población hasta la Iglesia principal de Belén y el Convento de la Natividad, pasamos directamente a este templo que guarda bajo sus severas bóvedas el pesebre en que nació el Niño Dios.

Estábamos en el punto de la Palestina desde donde el naci­miento de Jesús en tiempos del Emperador Augusto, de Roma, vino a conmover el mundo entero porque trajo la redención humana.

Todavía se siente el suave aleteo de las esperanzas, del júbilo, de la dicha por el nacimiento de Jesús y, parece que allá acaban de pasar las escenas primeras del Cristianismo. Se tiene la idea de estar presenciándolas. Hay algo especial, algo que seduce, que atrae el corazón y que purifica los senti­mientos en Belén; se siente el alma saturada de indescriptible felicidad, de la cual no se puede gozar en ninguna otra parte. La cuna del Catolicismo y de las demás iglesias cristianas

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tienen allá sus bases inconmovibles; su historia tiene la espe­cialidad de ser bien sabida y repetida por todo sér humano desde su niñez o desde los primeros años de su juventud hasta su muerte. Todos la conocen y la comentan: creyentes y no creyentes.

 

La luz del Catolicismo desde allá brilla como un sol sin ocaso. De Belén sopla una suave brisa que baña los espíritus educados para el bien. Por esta magnificencia se explica la fuerza misteriosa que ejerce la luz de Belén sobre las comple­jidades del destino humano. Allá está el comienzo de los hechos más grandes que registra la Historia de la Humanidad; el principio de los acontecimientos que han causado eterna con­moción al hombre consciente, el punto de partida de las sanas enseñanzas del Cristianismo, que generaciones sucesivas han cantado, cantan y glorificarán siempre. Belén es una antorcha, una no interrumpida iluminación.

Allá fuimos cortesmente atendidos por uno de los Padres Franciscanos que se encuentran en todos los lugares santos desempeñando su piadosa y noble misión. Nuestro deseo incon­tenido de llegar pronto al sitio precioso donde vió la primera luz el Salvador, nos hizo suplicar al Franciscano que nos llevase ahí antes de conocer otros puntos de la iglesia; y él así lo hizo.

Nos encontrábamos, pues, en el lugar en que se alojó la Santa Familia. Los sacros recuerdos y la presencia de las reliquias casi nos hacían ver el establo, la pobreza, la sencillez, la humildad que había allá cuando ocurrió aquel providencial nacimiento, que es conocido y celebrado universalmente.

Hacia el fondo de la iglesia, a mano derecha del Altar Mayor y bajando a la gruta por unas gradas de piedra, se encuentra el pesebre donde Jesucristo nació! Es una capilla especial la que guarda esta reliquia. Muchas lámparas de oro y plata y muchas velas la iluminan de día y de noche. El olor del incienso y la mirra embalsaman el aire tibio que parece salir de la cuna sagrada, que se representa hasta en los más apartados contornos de la tierra. Se dijera que ahí impresiona aún más la solemnidad de las misas y otros ritos católicos; que las paredes, la bóveda y el piso copian todas las oraciones, peticiones, plegarias y hosannas de los millares de personas que postradas de hinojos rinden respetuoso homenaje al Reden­tor. Se dijera que todas estas manifestaciones ahí quedan im­presas para siempre y que—en su grandeza—dan cabida a las que diariamente se repiten por los creyentes.

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En esta misma gruta y cerca del pesebre existe dentro de un nicho, una gran estrella de plata que representa la que guió a los Reyes Magos hacia el paraje glorioso donde nació el Mesías. Sus innumerables picos como que significan los rayos de infinita luz que desde allá ha brotado y brota para todos los ámbitos del Orbe. Sobre dicho pesebre se encuentra un Niño Dios, rubio, de ojos negros, muy vivos, expresivos; de angeli­cal sonrisa y de manecitas rosadas, nimbado de inocencia. Con­templándole, parece que va a balbucir; se le nota una dulce expresión y, sin duda, la sacratísima representación que tiene y la majestad del lugar donde se encuentra imprimen a su sem­blante un resplandor divino.

Todo el contorno y el techo en el interior están adornados con riquísima tapicería.

Allá evocamos el recuerdo de San José y la Virgen, cuan­do llegaron a pasar la pascua a Belén y que no habiendo encon­trado alojamiento en ningún mesón o casa de posadas, tuvie­ron que acomodarse, refugiarse dentro de las frágiles paredes y de las frías rocas del pobre establo que tuvo la dicha de albergarles.

Pensamos en la necesidad, en la indigencia de la Santa Familia y cómo, por divinos designios, de su seno surgió el Salvador del Mundo. He ahí cómo de los más modestos, nacía el más Grande, el más Elevado!

Nos imaginamos las alegres escenas que siguieron al adve­nimiento de Jesús y que felizmente se desarrollaron en Belén El manso buey y la cansada mula que con su aliento daban calor para contrarrestar el frío intenso de aquella noche inver­nal en que, al fin, los resignados nazarenos encontraron asilo salvaje en el interior de la caverna perforada en rústica roca La paja y el pienso secos que había en la caballeriza del esta­blo. El infinito número de luceros y estrellas que tachonaban el límpido cielo que servía de techo a la improvisada vivienda El profundo silencio convertido en música misteriosa que anun­ciaba con angelicales modulaciones la vida del Dios-Hombre! Veíamos afluir por las laderas de las colinas, por los prados y los valles, montañeses campesinos, pastores y zagalas especial­mente, que llegaban con las manos llenas de regalos para el Niño Dios, a quien llevaban cosas sencillas, como: flores, frutas leche, queso, lana y corderos, que la tierra y sus ganados les producían; aun las mismas caravanas enteras, atraídas por el magno acontecimiento; cuando todas aquellas humildes gentes después de la felicitación a la Virgen, se ponían a bailar al son

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de sus tamboriles, salterios, laúdes y pitos. Veíamos a Baltazar, Gaspar y Melchor viniendo desde sus ricos palacios de Oriente acercándose ansiosa y agitadamente después de haber ido a preguntar a Herodes (quien les dijo que al encontrarle le avi­saran porque él también deseaba adorarle), dónde estaba el Mesías, que ya había aparecido; pasaba por nuestra mente el instante en que la estrella que los guiaba se detuvo y ellos descendieron de sus camellos—las naves del desierto—para ir a pie a ofrendar al Hijo de Dios cuanto tenían y protestarle su respeto religioso. Se arrodillaron para adorarle, para signi­ficar que la ciencia de aquel entonces quedaba substituida por la Nueva Sabiduría del Amor, por la Inocencia. Los Magos —que representaban a los guerreros y a los sabios de tales tiempos—se le ofrecieron como prenda de obediencia del mundo entero y llevaron piedras preciosas, oro, incienso y mirra, como regalos al Niño Dios. A su paso arrastraban sus ricas capas carmesí.

Al influjo de aquellos recuerdos imperecederos, decíamos para sí : es natural que el "Nacimiento," que por doquiera se pone en Diciembre para celebrar "Noche Buena," despierte tanta ilu­sión, tanto interés, máxime entre los niños que con mucha anti­cipación andan tras de sus mamás suplicándoles el arreglo del risco para colocar ahí al Niño Dios. Así nos llegaba el pene­trante olor de las manzanillas, pataxtes, molocotones, cidras, limas, naranjas y demás frutas tropicales con retazos de oropel, así como la verde hoja de pacaya y la vistosa flor "pie de gallo" con que graciosamente se adorna el clásico "Nacimiento." Así veíamos el "árbol de Navidad" con sus ramas vencidas por el peso de los juguetes, las cascadas y riachuelos con su mur­mullo inimitable, las grutas, los caminos cubiertos de arena blanca formando líneas caprichosas, los pinares, los vergeles; los cabros, unos entre los troncos y la hojarasca y otros saltando en las veredas para subir o bajar las empinadas montañas; los trigales, las hacinas inmediatas a las eras donde se trillan las mieses y las gavillas se deshacen; los rebaños a lo lejos, los lobos cerca de aquellos, las gallinas revoloteando en el corral, cerca de la choza cuidada por un perro, los rústicos puentes de tallos con la corteza despegándose, sobre los barrancos, etc. Todo esto y mucho más veíamos en Belén, con la penetrante mirada de la imaginación al evocar esos bíblicos recuerdos que pasan de los siglos a los siglos sin detenerse.

Nos parecía oír por doquiera el "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad" cantado

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

por los coros de ángeles que llevaron la Buena Nueva a todos los ámbitos de la tierra.

Rememoramos cómo en Belén, animales domésticos fueron los primeros adoradores de Jesús. Después los niños y por último los hombres. Cómo los pastores, los cuidadores de las bestias, los hombres sencillos, fueron sus más fervientes ado­radores; aquellos pastores solitarios que sabían que al Mesías se le esperaba desde hacía mil años y que en esta ocasión se extremecieron, cuando el Angel les dió la buena nueva, que confirmaron yendo a ver con profundo amor al Niño Dios.

A aquel paraíso palestiniano todos llegan con una gran ilusión, con una pasión mística: las palabras de Dios, "todos somos hermanos" tienen allá su original, y su noble significa­ción parece vigorizar el corazón humano, donde se sembró y germinó la simiente de la fe cristiana para que sus flores fueran llevadas y apreciadas—como se hizo—por los cuatro puntos car­dinales. El rico olor de sus jardines sobre las terrazas tras­ciende y la suavidad de armiño y de seda que contienen los pétalos de sus lindas flores, acarician las almas sensitivas cau­sando un placer inacabable.

 

Cerca de la Iglesia de la Natividad está el pozo donde, según se dice, cayó la estrella que dirigía a los Reyes Magos en su camino después de reaparecer a elevada altura sobre la cisterna que conserva el nombre de aquellos monarcas.

La Natividad, que es la mejor de todas las iglesias de Tierra Santa, fué construida por orden de la Emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande; es también la más espaciosa, y en sus paredes existen cuadros bordados en oro, ex-votos en marfil y mármol; todos en testimonio de gratitud. Son recuer­dos de los milagros.

Estuvimos también en la Iglesia de la Adoración, nimbada por muchas tradiciones referentes a la Sagrada Familia, así como en la de Santa Catalina de Alejandría, en el mismo lugar donde el Señor se le apareció a dicha Santa prediciéndole su martirio. Desde su basílica se desciende a la gruta en que está la Capilla de los Inocentes, sitio en que Herodes hizo degollar, decapitar a todos los niños que ahí se habían ocul­tado.

Junto al Convento de la Natividad existe una fortaleza que fué construida por los francos, después de las Cruzadas.

Desde la iglesia principal de Belén se domina gran parte de la población, estando a mano derecha el camino que conduce a Jerusalén y uno de los barrancos que circundan la ciudad.

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Notamos que sobre la pendiente de la colina que teníamos cerca habían muchos sotos, es decir, muros o diques de granito, den­tro de los cuales se echa tierra vegetal y calcárea para el cultivo de la viña y otras plantas que allí adquieren gran desarrollo. Por medio de tales sotos se evita también, como hacen en Suiza e Italia, que los terrenos se laven y pierdan su fertilidad.

La Naturaleza toda, ha puesto su sello de grandeza en Belén y sus moradores saben aprovecharla. Su cielo es de azul y blanco; su clima, delicioso. Las casas en su mayor parte están pintadas de blanco y en sus techos predomina la teja de barro, naranjada o amarillenta. Son bajas y de un piso. Entre las construcciones modernas hay varias de cemento armado, sólidas. Dentro del perímetro de la población existen algunas pequeñas colinas cubiertas de bonitas habitaciones y de jar­dines.

Visitamos un convento y una escuela católica que se en­cuentra en lo más alto del poblado.

El silencioso Monasterio de las Carmelitas ocupa un dis­tinguido sitio; los belemitas tienen respetuoso afecto por esa institución religiosa, fundada por la piedad de las monjas, cuya peregrinación orientó hacia Palestina. Los y las Belemitas son muy laboriosos, dedicándose a varias industrias, la del comercio inclusive. Entre éstas sobresalen las de tejidos blancos a mano, como: blondas, encajes y tiras bordadas. Igualmente se dedican a la fabricación de rosarios y crucifijos, empleando pepitas de aceitunas y dátiles para los primeros y marfil y ma­deras finas para los segundos.

Los Padres Salesianos tienen una Escuela Industrial con talleres de toda clase a la par de su hermosa Casa de Huér­fanos.

Sus habitantes, en general, son cristianos; tienen color cla­ro, blanco con chapas rosadas. Las belemitas se distinguen por su hermosura, que es como un don que la Virgen dejara a su país, como una copia de su propia belleza. Es proverbial la virtud y la inocencia de aquellas hacendosas mujeres, cualida­des que nos pareció admirar en sus pupilas, así como cierto secreto orgullo de que el mundo las tenga en este concepto. Ellas se visten con mucha sencillez, prefiriendo los colores suaves, más bien albos. Sus peinados son altos, elegantes, muy parecidos a los que se hacen las madrileñas. Adornan su cabe­za con blanquísima mantilla. Tienen una ingenua coquetería, uniendo su inocencia a la hermosura. Son dueñas de una ele­gancia natural. Entre los hombres se nota mucha emigración

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

en Belén, pues ellos van en busca de fortuna a todas partes del mundo, prefiriendo la América, de donde envían dinero para ir fincando en su ciudad nativa. Al cabo de largos años, aquellos varones, regresan con más dinero economizado a seguir trabajando bajo la, égida de su patria, después de haber estado muy distante de ella. Tuvimos la sorpresa de encontrar en una tienda a donde fuimos a cambiar una moneda, a un Señor Abularach, que había estado algunos años en Guatemala y que sintió gusto en atendernos y en platicarnos de la tierra de Juan Chapín. Se nos ofreció galantemente para darnos todos los informes que de su terruño deseásemos y nos manifestó su intención de volver a Centro-América.

Entre los árboles especiales que vimos en Belén, recorda­mos los canelos, cuyas aromáticas hojas embalsaman el am­biente. Vimos gran variedad de flores, a cuales más bonitas y delicadas.

Los bazares y tiendas de alguna importancia están en la calle principal y contribuyen a la vida material belemita.

A la hora del almuerzo nos pusieron, entre otras frutas, las uvas más grandes y más dulces que hasta hoy hemos visto. Eran moradas, carnosas y de un jugo delicioso.

Entre los animales raros vimos unos carneros muy finos, cuya lana es de gran valor, comparable a los merinos. En la raza de carneros belemitas, se observa la particularidad que, en vez de cola, tienen una especie de bolsa donde la gordura del animal adquiere su mayor desarrollo. Según se nos dijo, han tratado de propagar tal especie en otros países, mas no lo han conseguido.

En una hortaliza,vimos que cosechaban rábanos de media vara de largo, más grandes  los bananos de oro que produ­cen las ricas costas del Pacífico. Los clásicos pozos de agua potable, están rodeados de árboles y arbustos que alternan con flores; son de verse los grupos encantadores que en su brocal forman las jóvenes que ahí van a proveerse del precioso líqui­do, del que llenan sus hidrias o tinajuelas hasta desbordarlo.

Llegaban comerciantes de diferentes puntos, haciendo uso de los asnos para transportar sus mercaderías. Otros salían —a caballo y a pie—hacia los vecinos pueblos.

Las calles están empedradas y se conservan limpias; son bastante alegres. En los campos, cerca y a lo lejos, las parti­das de yeguas, vacas y ovejas, que cuidaban los pastores ...

De Belén salió la Virgen María cuando supo que Herodes, Rey de Judea—un soldado advenedizo, cobarde—mandó deca‑

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pitar cuantos niños existían, temeroso de que entre ellos estu­viera el Mesías. Una de las víctimas fué su propio hijo.

La crueldad de Herodes no alcanzó al Salvador. La Vir­gen, avisada por un Angel, huyó con su hijo adorado, que cons­tituía todo su amor, toda su riqueza. Era una vida que no permitía que extinguieran los verdugos herodianos.

San José la acompañaba, y jalaba la borriquita en que iba montada y cubriendo con sus brazos y su capa al Niño Dios. Así se inició la huida de la Santa Familia a Egipto.

Comenzaron a caminar en la obscuridad de la noche. Iban camino del destierro, hacia el desierto egipciano y, pasando por Caná, llegaron hasta las riberas del Nilo.

La Santa Familia anduvo por el mismo camino en que Moisés encabezó sus tribus y permaneció también en ese río, donde dicho patriarca se salvó,

Jesucristo reconstruyó aquel viaje e inmortalizó su obra de Libertador. Moisés, que se destaca en el Antiguo Testa­mento con altos relieves, después de haber recibido y entregado las Tablas de la Ley de Dios, el Decálogo, a sus protegidos en la cima del Sinaí, recibió también la promesa—de parte de Dios—de un nuevo Profeta: Jesucristo, el Mesías, el Príncipe de la Paz. Es aquel sabio legislador y guerrero a quien se atri­buyen: la separación de las aguas del Mar Rojo, el paro del sol y que hizo surgir el agua de las rocas, bajar el maná del cielo para los Israelitas, etc.

 

Egipto, la tierra de las momias perfumadas, de las regias tumbas; suelo enrojecido por la sangre de sus guerreros color de ébano, quemado por el sol, regado por las aguas del Nilo, era el predestinado refugió del Divino Maestro!

Las campanas plañideras anunciaban la hora de la oración y nosotros dispusimos volver a la Ciudad de Sión, cuando ya iba a anochecer; al rato, gozábamos de un hermoso cielo de luna que iluminaba todo el espacio, permitiendo contemplar la ciudad tranquila y el campo florido. En los terrenos adya­centes a ambos lados de la vía pública por donde pasamos, observábamos muchos rebaños acorralados y oíamos los corderi­tos que, de cuando en cuando, interrumpían con su balido el silencio de la noche.

Al regresar de Belén, meditando sobre la trascendencia mundial de "La Navidad" y su coincidencia con las más nota­bles manifestaciones que tuvo el genio latino porque fué enton­ces cuando alcanzaron en Italia mayor desarrollo la Arquitec­tura, la Poesía, el Arte, la Literatura, las Ciencias Políticas,

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

etc., en el Siglo de Augusto, nuestra imaginación voló hasta Roma, que ya habíamos visitado detenidamente. Es de entonces que data la Era Cristiana. Con "La Navidad" se cambió el pro­cedimiento para contar el tiempo. Desde aquel magno suceso que trajo el sublime consuelo de la religión se dice y se dirá: "Antes de Jesucristo" (A. de J. C.), "Después de Jesucristo" (D. de J. C.)

Y, finalmente, recordábamos con infinita ternura la voz de nuestra madre, quien para adormecernos durante la infancia, cantaba diciendo:

¡ Pastores, pastores! Vamos a Belén, a ver a María y al Niño también!. .."

Printed in the United States of America.

192-( digitalizando Ref. Viernes Santo 19 de Abril de 2019)

CAPITULO XV.

Nazareth.

Allá todo es vida, amor y alegría. La poesía que se res­piraba en tiempos de la Sagrada Familia, aún se respira en Nazareth.

La parte principal y más pintoresca está sobre una alta colina, que es muy dominante y tiene mucho declive. Las casas, encaladas, al estilo español. La teja de barro cubre sus techos. Ultimamente se han edificado algunas de cemento armado y concreto, entre las que sobresalen varias torres y alminares. En general, hay simetría, ornato en la ciudad, que se distingue por su aseo. Existen varias fuentes, y un prolongado valle co­mienza a extenderse desde sus alrededores para perderse a larga distancia.

Recorriendo sus empedradas calles, dimos con la tranquila fuente a donde iba a traer agua la Virgen, donde llenaba su cántaro para luego regresar a su modesta casa, acompañada de San José. El agua de aquel precioso manantial es pura, cris­talina y fría, de agradable sabor; a una plazuela que la cir­cunda convergen varias calles por las que asoman y pasan las nazarenas al ir a proveerse del líquido elemento. En la actua­lidad dicha fuente se ve siempre rodeada de bellísimas y sen­cillas mujeres del lugar. Como en Belén y Jerusalén, hay cis­ternas o aljibes—especialmente en la parte alta—y pozos que contienen agua potable, todos de gran utilidad, máxime los que se encuentran en las alturas. Sacan el agua en botes y cubetas mediante las viejas garruchas conectadas con el carrizo deste­ñido por el sol, que arrolla el lazo lustroso de tanto pasar por la acerada argolla pendiente de los maderos colocados en el centro del pozo, sobre el brocal. La cigüeña que da vueltas al cilindro, es movida lentamente por manos de los nazarenos o nazarenas que cantan con alegría. Al lado opuesto se ve el volante que con su peso y su velocidad ayuda en la vieja y pesada tarea. Cerca se ven las ollas y las tinajas que relum­bran por el agua que sobre ellas se desparrama y la luz solar que las besa. Se oye el ruido que en el fondo del pozo se

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produce al golpe de la cubeta que cayó bruscamente y que en un lado tiene atadas piedras verdes para hacerle contrapeso, facilitando su hundimiento. Al mismo tiempo que aquel oficio se hace, los gallos cantan: las palomas revolotean bajando de sus nidos a comer granos al patio, para luego cruzar el espacio, produciendo ruido y aire con sus alas y con sus colas de aba­nico. Ellas, dueñas del firmamento, vagan alegres hasta llegar en su vuelo a las cumbres y collados del campo, regresando, por último a las inmediaciones del pozo, donde está el palomar con innumerables puertecitas.

Asistimos a la Iglesia de la Anunciación, sitio en que el Divino Verbo se hizo carne. Vimos y tocamos la columna don­de, en la cocina de la casa de la Virgen, apareció el Angel Gabriel Anunciador, el Delegado de la magnificencia de Dios, quien dijo a María: "Yo te saludo: llena eres de gracia: el Señor es contigo: bendita tú eres entre todas las mujeres."

Para llegar al altar mayor de este templo, hay que bajar a un subterráneo; en él existen muchas reliquias, muchos ex­votos; muchas cosas llevadas desde España. Y ahí también pueden admirarse muchos trabajos en mármol, del inmortal Artista Bramante.

Dicha iglesia es moderna, relativamente, y queda no lejos del Convento de los Franciscanos.

La Virgen, que nació en Séforis, antigua aldea de Galilea, se vino a vivir a Nazareth, en el sitio sobre el cual construyeron el templo a que acabamos de referirnos.

Tuvimos la dicha de visitar, así mismo, la iglesia en cuyo recinto estuvo el Taller de Carpintería de San José, a quien Jesús ayudaba durante su niñez y su juventud, mientras la Virgen se ocupaba en los quehaceres domésticos y en bordar. Nos imaginábamos oír el peculiar ruido producido al acepillar las tablas, el compás del martillo sobre los clavos que rechina­ban al entrar en la madera; el fuego hecho con virutas para calentar la cola, el sabroso olor de las duelas de pino, húmedas, acabadas de aserrar; las perchas de vigas de ciprés, acabadas de hender, la herramienta, las pinturas, las brochas, el aceite y el barniz; en fin, el Maestro con su gabacha blanca y su lápiz colorado, cuadrilongo en el oído, trabajando y enseñando a la vez entre operarios y aprendices, con una sencilla y amorosa familiaridad. Y fué a dicha carpintería, a ese santuario de trabajo y de paz, a donde Jesús vino después del destierro a Egipto; es decir, a la modesta casa en que El fué convirtiéndose también en el más grande Obrero del Espíritu.

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Puede decirse que allá pasó la mayor parte de su vida pri­vada. A su regreso de Jerusalén, posteriormente a los tres días que no se sabía de El durante las Pascuas, cuando su Santa Madre creía que se había perdido y le buscaba llorando, llena de dolor, y le encontró en el templo discutiendo con los sabios, según escribimos en el capítulo que antecede, a dicha casa llegó otra vez, para seguir ayudando a San José en sus duras y diarias faenas. La tosca música de la sierra, la caída de las doradas virutas y del amarillo aserrín, acompañaban su trabajo cuotidiano. Ahí la vida campesina, austera y frugal de sus Santos Padres, le dió el placer del hogar, criándose entre obre­ros pobres, humildes, pero muy dignos y virtuosos. Siempre estuvo al lado de ellos, y las sanas y útiles tareas de San José —que transformaban la madera labrada en cunas, bancas, puer­tas, cofres, cómodas, arados, yugos, etc.—dieron natural senci­llez a las suaves maneras del Nazareno, el predestinado a servir de vocero a Dios!

Es bien sabido que, entre los oficios, los de labrador, car­pintero, herrero y albañil, son los que más importancia han tenido en la antigüedad y la tienen aún, porque constituyen fortísimas palancas para la vida material, pues son propulsores de la comodidad: he ahí la supremacía del Taller de San José, donde Jesús trabajó como obrero, confundido sencillamente en­tre los honrados artesanos que ahí laboraban.

También en el patio de aquella casa, cultivó blancas azuce­nas y salió al campo, donde estuvo entre pastores, campesinos, ovejas y mansos corderitos, que encontraba por los valles y las selvas que recibieron la huella de sus sandalias que mar­caban su paso en la humedad, que la sombra de los árboles conservaba. El Nazareno, que así vivía, posteriormente fué pastor de almas, de hombres, pues ya las cosas que Dios había dicho a la Humanidad por medio de los Profetas, de los Ange­les y de los Patriarcas, venían a cumplirse mediante la man­sedumbre de Jesús, quien se transformaba milagrosamente de alumno en Maestro!

El alma goza al consignar que San José tenía del lado de la calle, precisamente en su carpintería, una enramada hecha de palmeras, dentro de la cual se sentaban a descansar los cami­nantes, encontrando agua, sombra y pan, que él y Jesús les ofrecían gratuita y cariñosamente, impulsados por sus senti­mientos caritativos, pues hacer el bien era su mayor placer. Rememorábamos la suma complacencia con que recibían y aten­dían a los viajeros que por su tendal pasaban: ahí yantaban

 

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y se libraban de los abrasadores rayos del sol, de la sed devo­radora y de las otras inclemencias del tiempo.

 

En Nazareth—al lado de sus Padres—creció Jesucristo en edad y sabiduría y estuvo sujeto a ellos hasta los 30 años, al cabo de los cuales empezó a predicar. Todo estaba escrito, determi­nado, y se cumplió fielmente.

 

Los 3 últimos años de su vida son los de su vida pública; ellos son los más gloriosos, los inmortales, llenos de visiones y milagros.

 

Tuvo siempre la misma entonación de voz, la misma dul­zura y suavidad; la misma mansedumbre desde el principio hasta el fin glorioso. El manantial de su alma, de toda su obra, siempre fué puro, cristalino: nunca se alteró. La limpidez de su mirada, de su sonrisa y de su corazón, se reflejaba en los ojos de los niños, en el canto melodioso de los pájaros, en el ensueño de la juventud. Aún se refleja en la evocación de sus milagros. Todavía en la madurez de su edad era niño: así se explica la claridad, la elegancia con que hablaba, el don divino con que atraía hacia El a cuantos tuvieron la felicidad de escu­charle. Su noble apostura seducía. Puede decirse que fué transparente.

 

Era tan casto, tan puro, tan niño y tan superior a los doc­tores en su Sabiduría, que éstos así lo reconocieron, demostran­do su asombro, sin dejar de sentir envidia muchos de ellos.

 

San Juan, el Profeta de Fuego, fué su Precursor, y vivió a orillas del Jordán; estuvo 40 días en el desierto, lo mismo que Moisés: Jesucristo necesitó del propio lapso posteriormente para su preparación en igual soledad, bajo un sol abrasador, rodeado de toscas piedras y de arena, donde las fieras y los reptiles vivían. En aquella apartada región meditó mucho y no se acordaba de comer; fué en medio de sus privaciones, durante esa triste soledad, cuando contestó a Satanás—quien trataba de ponerle la tentación—negándose a aceptar sus diabólicas ofer­tas: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios."

 

Jesucristo trajo a los hombres el alimento del alma: la Verdad, el Amor, el Consuelo, la Esperanza, la Caridad y la Virtud, simbolizando la Paz Universal con su sabio "amaos los unos a los otros" y abriendo las puertas del Paraíso a todos los descendientes de Adán y Eva.

En el mercado, que es muy concurrido y se encuentra en la parte plana de la ciudad, al pie de una colina, pueden verse

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frutas frescas y secas de toda clase, verduras, cereales, flores, sandalias, báculos, vestidos, aliños, cestas, carnes de monte, etc.

 

En los restaurants y cantinas, en las aceras, en los patios vecinos a los establecimientos públicos, en los zaguanes y en algunas puertas de casas particulares se ponen a fumar los hombres sus raras "pipas de agua," demasiado largas, formando singulares grupos para charlar al mismo tiempo que echan humo por todos los poros. Unos sentados en bancos bajitos con asientos de cuero, otros en cuclillas, al pulso, guardando con dificultad el equilibrio, ya casi caídos.

En el hermoso valle de Nazareth abundan los terrenos hú­medos, que en todo tiempo dan codiciadas cosechas; los olivos, los pimientos y las acacias, con su eterno color verde, desvían el horizonte que en los confines de tan prolongadas planicies ya no se distingue; los muchos manantiales dan origen a ria­chuelos que describen líneas irregulares que parecen estar pro­tegidos por los olmos, mísperos, almendros, nogales, enebros, y moreras que lucen su follaje a la par de las adelfas, de las dalias, ricinos, cipreses y árboles de la vida.

De aquel encanto suben las montañas que se ven revestidas de bellos ropajes de púrpura, lindo color que aumenta su fir­meza al brillar el sol; en estos mismos delicados parajes las no­ches son frescas y la atmósfera tersa.

Así constatamos que el suelo de Nazareth, como casi todo el de la Palestina, es muy rico y que hay razón para elogiar la bondad de la "Tierra de Promisión:" las frutas son variadas, jugosas, bien desarrolladas, de carnosa pulpa, llamando la aten­ción las uvas, que son de las más exquisitas que se cono­cen. Los cereales, como el trigo, el centeno, la avena y la cebada, merecen el primer puesto entre los cultivos que se llevan a cabo por métodos rudimentarios, que siguen los nativos, y por modernos,que siguen los extranjeros, y así se ven en los campos en continuo movimiento, bajo la dirección de labradores de la tierra, montañeses y agricultores: caballos, asnos, bueyes, mulos y yeguas que dan su fuerza para todas las máquinas agrícolas y de transporte, entre las que no faltan los arados de madera.

                    Debe consignarse que los europeos han introducido el uso de tractores y de abonos químicos. (Al cabo de varios siglos de consecutiva explotación es natural que algunos de aquellos terrenos se cansen, como decimos.) El abono de todo el gana‑

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do mayor y menor es empleado para enriquecer las fincas: en las partes en que han hecho los corrales del lanar, porcino y cabrío, para simentar ahí mismo, las majadas ostentan la exube­rancia y bondad de esas parcelas en forma de lozanas plantas, como un valioso regalo al que han contribuido los tres reinos de la Naturaleza.

A nuestro paso por aquellos lares y por otros más eleva­dos pertenecientes a Nazareth, observamos extensos potreros dedicados a la cría y engorde de ganado vacuno; centenares de acres de tierra removida para sembrar gramíneas; labores, pequeñas heredades: en unas y otras se ve el buen resultado de la Agricultura, pues la Ciencia consagrada a la tierra pone a flote sus riquezas inagotables: finqueros y pequeños terrate­nientes se muestran satisfechos a juzgar por su continente. Nosotros creemos que ellos son felices, porque se encuentran en la abundancia de sus elementos donde han crecido, en el lugar de sus cariños.

La alegría de las lomas cubiertas de rebaños, de las fincas bien atendidas y de las gentes que allá moran, es aumentada por los panoramas que a lo lejos se contemplan, subiendo a las cimas de las montañas vecinas, que contienen árboles enor­mes y milenarios, que han visto indiferentes el rápido trans­curso de los siglos: las ricas fajas que desde ahí se despren­den para continuar sobre las costas mediterráneas y terminar en sus playas, que sirven de asiento a los puertos de Haifa y San Juan de Acre, son tan feraces como bellas; el cielo es muy azul, el aire muy puro y el mar se ve muy distante.

Por las calles de Nazareth vimos algunos viajantes raros, de amable apariencia y procedentes de Samaria: las mujeres samaritanas acostumbran actualmente un singular adorno: al final de sus dos trenzas usan igual número de canutillos o tubos de plata, de los cuales penden varias monedas del mismo metal, que producen sonoro ruido al moverse y hermosean el brillo de su sedoso pelo: los hombres samaritanos cubren su cabeza con rica tela cuadrada, de lino y seda, de colores subidos, for­mando anchas listas sobre fondo blanco. Tanto las orillas de la abigarrada servilleta—que tal parece—como las borlas negras de la cinta de seda con que se la amarran, cuelgan sobre sus espaldas, bajando las primeras hasta la cintura, donde casi tocan el yagatán. Bien: ellas y sus simpáticos paisanos que las acom­pañaban llevaron a nuestra mente el recuerdo del feliz encuen­tro y del diálogo conmovedor entre Jesús y la Samaritana, cuan­do ésta fué a traer agua en su ánfora al pozo de Jacob, pro

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tegido por la sombra de las palmeras cerca de Sichem, donde el Nazareno—que de paso para Jericó—le pidió de beber. Se asoció a este recuerdo el del buen samaritano Eliezer, tío y suegro de Sara¡—la hermosa Samaritana—como símbolo de la fraternidad humana de que nos habla el Evangelio. Pensamos cómo más tarde los dos, unidos a Saphan y llenos de fe, fueron hasta las riberas del Lago de Genesareth en busca de su Salva­dor, a quien hallaron predicando.

La mañana estaba despejada, rica de aromas y el sol ¡Iluminaba hasta el horizonte cuando salimos de Nazareth, la Flor de Galilea, y seguimos hacia Caná.

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CAPITULO XVI.
Caná y el Lago Tiberíades.
Caná.

 

No obstante que el automóvil en que viajábamos corría rá­pidamente, al ir de Nazareth a Caná, largos ratos veíamos sólo terrenos planos y extensos valles, unos con trazas de la pasada cosecha y otros listos para la nueva siembra. Dejábamos atrás prolongadas calles de árboles que forman valla a ambos lados de la vía que, transitábamos. Después atravesábamos riachuelos, ascendíamos sobre las montañas, descendíamos y luego los te­rrenos planos a nuestra vista volvían a aparecer. Los surcos, preparados por la mano del hombre o por la máquina que él maneja, ya únicamente esperan la simiente para que en su seno germine y, al cabo de pocos meses "dé ciento por uno" como acontece en la región palestiniana. Allá todavía trabajan con arados de madera tirados por camellos; animales que también emplean para dar vueltas a ruedas (como los bueyes en los trapiches), que hacen funcionar las bombas que sacan agua en gran cantidad para irrigar las siembras. Un muchacho se en­carga de, guiar o cuidar el rumiante, que lentamente gira sobre el mismo círculo. Algunas veces lo dejan solo y trabaja con la misma rutina a la par de la máquina.

 

Durante unos minutos que hizo alto el carro, vimos cerca de una casita de tosca piedra, 3 gavillas a medio deshacer, sobre el suelo endurecido por el trajín de las vacas y de los cabros; de sus espigas rodaban algunos granos que, entre semi­llas de chicalote y piedrecitas negras y redondas, eran objeto de disputa entre palomas y tortolitas, las cuales piaban y se picoteaban unas a otras, desprendiéndose algunas plumitas obscuras de su collar; las menudas pajas volaban gracias al aleteo de las avecillas contrincantes que las subían y del aire que más las elevaba. De la diminuta garganta de una de las compañeras apartada de la palestra, subida en una frágil rama después de haber comido, salía un dulce canto intermitente como queriendo poner paz. Otra, estaba echadita contiguo a un viejo tronco que retoñaba, se limpiaba el pico pasándolo

 

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nerviosamente a derecha e izquierda sobre una piedra que a su alcance tenía.

 

Del otro lado de la vivienda y escondidos en las hojas de un olmo que se erguía en una vereda, los ruiseñores dejaban oír sus melifluos trinos...

 

Así las cosas sencillas de las palomas, las tortolitas y los ruiseñores, que tanto nos distraían, cuando el estrindente sonido de la vocina nos hizo comprender que la máquina ya había arrancado para proseguir y que nos llevaba sobre sus muelles resortes. Al rato, yendo el auto a toda velocidad, se nos figu­raba que todos los objetos que nos rodeaban eran los que cami­naban y no nosotros. Parecía que estábamos en un lugar fijo y que una película del natural se desenvolvía en la pampa.

 

Las campesinas, cuando van al mercado a vender o a com­prar, o cuando por otro motivo recorren alguna distancia regu­lar, se descalzan por economía; llevando sus zapatos sobre sus canastos en la cabeza y se los ponen hasta que ya van a entrar a Caná. Al salir de la población, hacen lo mismo y caminan unas tras otras formando hileras que serpentean sobre los caminos. Por lo que vimos en el comienzo y en el interior de Caná, colegimos que la fabricación de canastos es una de sus industrias: los hacen finos, durables, de una palma consis­tente. Además de los corrientes, trabajan unos casi planos, como en forma de comal, en los cuales llevan tortas de harina y tortillas de maíz tan grandes, que con sólo una es más que suficiente para un matrimonio con prole.

 

Durante alguna excursión de un par (excursión que requie­ra una o más horas), el marido va adelante montado en su burrita y la mujer va atrás llevando el almuerzo, a pie. Así se ven en los alrededores, siempre las Evas siguiendo a los Adanes.

 

Caná está situada sobre una considerable meseta, sus calles son planas y rectas; varios caminos en buen estado la ponen en comunicación con los pueblos vecinos.

 

En sus chácaras hay higueras, granados, viñedos, nopales que semejan verdes y purpúreas murallas, plantas aromáticas y muchas flores, donde, ora en los troncos de los árboles, ora en sus casitas a propósito, las ricas colmenas dan animación; los enjambres se multiplican y pasan silenciosos como colonias que emigran a otros lugares, pero no van muy lejos porque la miel de las flores las hace descender y posarse en las veci­nas comarcas; las mariposas multicolores,-.igualmente ponen su óbolo de alegría con su vuelo y aleteo parándose a intervalos

 

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en las corolas y en las hojas que aún tienen el rocío de la mañana.

 

El aspecto exterior de las casas tiene cierta analogía con el de Nazareth; en sus patios exhiben plantas olorosas como el jacinto y el narciso, originarias del Monte Carmelo.

 

Desde luego, fuimos al lugar en que tuvieron verificativo las célebres "bodas de Caná:" al entrar a la Iglesia vimos las hidrias o vasijas de barro pintadas de verde, que contenían el agua que Jesús convirtió en vino iniciando así sus milagros, con lo que entró a la vida pública, después de haber sido bau­tizado por San Juan.

 

La majestad del Nazareno tiene en este sitio algo que no se siente en otros santos lugares: su presencia en las bodas que presidía y santificaba, casi hacen ver viva allá su venerada imagen con su aureola que ilumina los espíritus ; los lazos indi­solubles del matrimonio tomaron desde entonces mayor seriedad y respeto; la unión de dos almas, de dos séres, que desde ese instante iban a seguir juntos el proceloso sendero de la vida, quedaba bendita por el Divino Maestro, como unigénito de Dios!

 

Nuestra mente veía el conjunto de personas invitadas a las "bodas de Caná," la sonrisa de los novios, la alegría en todos los semblantes, las rústicas mesas sobre las que colocaban las viandas y las jarras con vino y agua para que se sirviesen los comensales; los ramos y canastas de blancas flores, símbolo de pureza, el adorno de verdes hojas entre las que no faltan las ramas del aromático pino al contorno de las meses; así parecía llegarnos el aroma de las azucenas, azahares, de los nardos, de las rosas, mientras todos a El dirigían sus amorosas miradas.

 

¡Qué fortuna la de los grupos que en tal ocasión oyeron sus relatos fáciles, sencillos y que contenían la belleza de tan­tas verdades, que todos comprendieron y que nos llegan a través de 20 siglos!

 

Así como Jesús asistió a aquella suntuosa fiesta donde se rindió culto a los vínculos del matrimonio, siempre vistió su túnica inconsútil, como el más humilde de los hombres—sin em­bargo de ser el Hombre-Dios—y vivió con los pobres, con quie­nes compartía sus tristezas, sus privaciones; practicando la caridad entre los pobres acosados por los sufrimientos que espe­raban la llegada del joven Maestro con ansiedad y que celebra­ban su estancia a su lado con manifestaciones de público rego­cijo. Sus doctrinas penetraban a su alma y despertaban un vivo interés por seguir viéndole y escuchándole.

 

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Por Caná pasaba seguido de sus primeros 12 discípulos, que también fueron los primeros mártires del cristianismo, con quienes formaba un simpático conjunto, distinguido y respe­table. Ellos eran pobres, comían y vestían sencillamente. Cada uno sólo tenía una túnica y un par de sandalias: no devengaban ningún sueldo por su trabajo y el dinero y cosas que recibían, eran para distribuirlo a los necesitados, de quienes no se separaban y a quienes más querían por sus penurias. Por tales razones, los de la suerte adversa, estaban en contacto con Jesús y sus apóstoles, que les animaban y ayudaban con cuanto podían, y todo el mundo aprovechaba sus ideas y el evangelio que predicaban. Como sus comidas eran muy simples, su sobrie­dad era otro ejemplo que daban y jamás abandonaron a los po­bres. Aquel "pequeño grupo" hizo el mayor bien posible en la conciencia del hombre. Esta idea nos recuerda que en el trayecto de Jerusalén a Caná y al Lago Tiberíades, pasamos por el histórico Monte Tabor donde fué la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo ante tres de sus discípulos, y desde cuya cima se ven: "El Gran Anciano Blanco," monte cubierto de nieve, San Juan de Acre, las montañas de Samaria y parte del terreno que recorre el Jordán. Desde aquella elevación se admira perfectamente el hermoso panorama de Galilea.

 

Según las sagradas escrituras, los Profetas Moisés y Elías, resucitaron para ver tan milagrosa Transfiguración, que fué como un bosquejo de la Ascensión.

 

Viendo los jardines de Caná y sus aseadas viviendas, sen­tíamos delicadas emociones al imaginarnos los tiempos en que allá también los niños buscaban a Jesús, quien ponía la mano sobre sus cabecitas y les acariciaba paternalmente sentándolos sobre sus rodillas.

 

Cada pasaje de su vida resplandece con claridades de auro­ra y llena los corazones de honda simpatía; con el transcurso de los siglos, la nobleza de su alma purifica los hombres. Aque­lla población disfrutó de sus visitas, de su eficaz ejemplo, de sus predicaciones; los puntos por donde pasaba quedaban im­pregnados de su mansedumbre, de sus virtudes sin igual y las simpatías que despertaba eran tan sinceras como vitalicias. De tal manera discurríamos, cuando aparecieron varias jóvenes cana­neas en uno de los jardines a cuya pila fueron a traer agua fresca en sus hidrias de loza, que la conserva fría: en su conver­sación iban diciendo: "con el agua todo vive," simpática frase que es muy cierta.

 

El lector nos permitirá mencionar algunas peculiaridades

 

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de la tierra de Caná. Son costumbres extremadamente sencillas y viejas, pero que todavía se repiten. Helas aquí: el trabajo de los carpinteros fabricantes y reparadores de instrumentos de labranza, arados especialmente, que en cambio de su labor no reciben efectivo sino granos. Ya puede suponerse que tie­nen que esperar el tiempo de cosecha para ser retribuidos en aquella simple forma.

 

Los fígaros hacen la barba y recortan los cabellos en las calles, que también les sirven de clínica porque allí ejercen la Cirugía Menor, la Dental sobre todo, pues sacan muelas a diestra y siniestra, sin dolor (para ellos). En honor a su filan­tropía, hay que escribir, que los clientes de peluquería gozan de asistencia gratuita al aire libre, al necesitar de los barberos como Dentistas.

 

Un señor, en la puerta de su casa daba prestado un poco de trigo a su vecino, y en vez de pesarlo o medirlo en un almud o celemín, como es lo corriente en todas partes, lo echaba en un canasto que bien encopetado le servía de medida. El prestador y el cliente tenían cabellos rubios coi-no el color de las espi­gas de su trigo.

 

Las gentes cambian con mucha frecuencia sus aceitunas —que constituyen la mantequilla de los pobres en Palestina—por pescado seco, cordero, pan y otros víveres; a veces, cuan­do no se da un puñado de aquellas, es una botellita de aceite de olivas la que sirve de moneda.

 

Como estos cuatro casos anteriores, se ven otros muchos que hablan de la confianza y de la naturalidad de viejos tiem­pos y de hombres viejos...

 

El Angelus preludiaba con las sonoridades que desde el campanario descendían, y algunos prójimos, reunidos con sus familias en el tibio ambiente del hogar, rezaban Avemarías dentro de sus habitaciones cuyas puertas estaban abiertas. Hin­cados en el suelo, y dirigiendo respetuosas miradas a los santos de lienzo que estaban en el altar y en las paredes, ofrecían sus plegarias al Altísimo, al mismo tiempo que las candelas daban su lumbre y las flores su perfume. El silencio hacía más solem­ne la oración.

 

El Lago Tiberíades.

 

Yendo para este lago, después de pasar Nazareth y Caná, se ve a lo lejos, al ganar las alturas de las montañas, la línea recta del Mediterráneo y la dirección de Jaifa hacia el O. y

 

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la rica Damasco hacia el N., allá en la Siria. Beyruth—refu­gio de los cristianos del Líbano—más lejano, se pierde en la inmensidad . . . .

 

Las ovejitas remontaban las verdes cumbres, dando una apa­riencia de perlas y margaritas que lucían su blanco color al recibir las caricias del sol sobre un fondo, de esmeraldas. La tierna grama cubriendo las sábanas, nos colmaba de regocijo y de esperanza durante la prosecución de la ruta hasta el bello Mar de Galilea, a donde arribamos una mañana fresca, encan­tadora.

 

El poético Lago Tiberíades, antiguamente Mar de Galilea, está en el fondo de un bellísimo valle rodeado de altas monta­ñas; el Jordán le da vida con su considerable corriente.

 

Sus aguas son dulces y ricas en peces, teniendo la particu­laridad de estar a 653 metros bajo el nivel del Mediterráneo.

 

En la tarde y durante la noche sopla un viento fuerte que agita sus aguas, y algunas veces es tan intenso, que parece tem­pestad.

 

A la salida del sol y a la hora del crepúsculo vespertino se ven botes pesqueros que lo cruzan en todas direcciones y lo bordean. Los barquitos de vela, a la distancia semejan garzas y gaviotas que, en su vuelo de nieve, besan la superficie de las aguas azuladas que a su paso parecen sosegarse.

 

El panorama de este lago nos trajo a la memoria el de Ati­tlán, con el que tiene alguna semejanza.

 

Sobre él están las ruinas de Mágdala y Cafarnaum, así como Tiberíades, donde Jesucristo predicaba el Evangelio. Con gran inquietud y satisfacción recorríamos estos otros santos lugares, a la vista del Lago de Genesareth, como también se le decía en lo antiguo y que tiene forma de óvalo.

 

Muchas aves viven ahí y hacen más alegre el conjunto con su canto, su vuelo y su nado: los guardas, las golondrinas, los cisnes, gansos, los pelícanos, los patos y cien más, pasan su vida libre y salvaje gozando del Tiberíades que, lo mismo que sus alrededores, nos recordó el tiempo que el Nazareno pasó entre los pescadores, gente del campo y del pueblo que le se­guían y aprendían sus sabias enseñanzas, tratándole como a un buen familiar, como a un amigo, como al camarada predilecto que infunde toda la confianza concebible y que indistintamente iba con unos u otros.

 

La superficie líquida nos decía de las veces que el joven Maestro aparecía en una barquita sobre las claras aguas del lago y otras en que salía de entre la hierba, los matorrales y

 

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guijarros, descalzo o con sus sandalias, para luego embarcarse; de las ocasiones en que El hablaba a las multitudes a sus orillas, ya fuera en tierra o estando todavía en la barquita que rodeaban sus amantes interlocutores, que sentían un infinito placer al verle, al acercársele.

 

Aquel infinito placer aumentaba asociado al consuelo, a la fe y a la esperanza cuando le escuchaban en el lago, o en la sinagoga o en las puertas de las casitas blancas. También en los caminos les daba el rico tesoro de su palabra: ellos, las casas, la sinagoga y las aguas fueron testigos de sus milagros.

 

Sus oyentes le entendían y quedaban convencidos porque sus palabras eran sencillas. En las plazas públicas se agrupa­ban a centenares las gentes para oír cuanto El decía; todos le adoraban. Iba a orar y a predicar a las montañas también (siempre estuvo en diferentes puntos); puede decirse que los últimos 3 años de su vida son un viaje continuo. Dormía en el campo o se hospedaba en casa de sus amigos por pocas horas. Parecía un voluntario expatriado, siempre de camino en su propio suelo natal. Tal era su vehemente deseo de enseñar y la actividad de su vida.

 

Cafarnaum, Mágdala y Tiberíades, así como el Mar de Gali­lea, servían de punto de partida a los viajes que Jesús hacía a Caná, Galilea, Corozaín, Jericó, Samaria, Betania y otros puntos para proseguir su obra redentora convirtiendo a los animales en hombres y a éstos en Angeles, pues hay que recordar que en aquellos tiempos la degeneración y el embrutecimiento ha­bían llegado a tal extremo, que a algunos séres humanos se les consideraba como bestias salvajes. El les abría los ojos y les ponía por el buen camino.

 

Recorriendo las ruinas de Cafarnaum, evocamos los días sábados durante los cuales hablaba ahí el Divino Maestro en la sinagoga, donde le llamaban el Rabí incomparable, y donde todos tenían libre acceso: labradores, pastores, hortelanos, albañiles, carpinteros, plateros, comerciantes; pequeños propietarios, jóve­nes, viejos, desvalidos, niños, mujeres, huérfanos, impedidos, enfermos, etc., etc.

 

Todos iban a verle y a oírle, llevandd sus ropas limpias, bien arreglados y regresaban contentos, agradecidos porque habían palabras de confianza, de fraternidad, de familiaridad para cada uno.

 

Eran, en esa sinagoga, tantos los asistentes que se desbor­daban, que las calles vecinas tampoco los podían contener. Las túnicas usadas por aquellos hombres, los rostros que

 

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mados por el sol formando un contraste con las canas de los ancianos, daban una pincelada de la vida sencilla de tales tiem­pos. Su felicidad consistía en admirar al Divino Maestro.

 

Los alemanes han practicado notables excavaciones; su obra es meritoria, pues ya lograron descubrir y poner a la vista los vestigios de la sinagoga a que acabamos de referirnos, donde Jesús predicó con tanta frecuencia en la ciudad que El tenía como patria adoptiva y a la que llenó de luz y de libertad con sus sabias doctrinas, con su mansedumbre que se impregnaban en el alma de todos sus habitantes.

 

Como el Nazareno iba casi todos los días al referido lago, encontraba pescadores en sus orillas o en su interior. En ciertas ocasiones cuando El llegaba, ellos venían allá a lo lejos sobre la línea azul del agua que, por el aire fuerte, hacía zozobrar sus barcas. Las olas, en sus ondulaciones, elevaban o bajaban sus frágiles lanchitas y los esquifes se corrían. Los entusiastas pescadores arribaban a los puntos donde se juntaban con El, que les esperaba, viéndoles. Sacaban su precioso cargamento, las cestas llenas de pescados, de húmeda plata y escuchaban sus predicaciones.

 

En uno de estos encuentros ocurrió el milagro de los peces que llenó de asombro a quienes lo presenciaron y en cuya oca­sión dijo a Pedro (San Pedro) que le iba a hacer pescador de hombres, y lo cumplió, como todo lo que prometía.

 

Fué allá, en los alrededores de Tiberíades, donde Jesús, de los pescadores y austeros campesinos, escogió los hombres para sus apóstoles; de la honradez y del trabajo formó sus dis­cípulos.

 

Navegando nosotros en este lago, recordamos cuando la noche de la tempestad sobre él reprendió a sus apóstoles que se afligieron por la furia de las olas que el viento azotaba y porque creían que iban a naufragar. Nos parecía oír cuando les dijo, después de que las aguas se apaciguaron y que la calma volvió a reinar: "¿por qué habéis tenido miedo, gente de poca fe?—¿Por qué no tenéis fe?—¿Dónde está, pues, vuestra fe?"

 

Viendo hacia los bosques cercanos al Tiberíades o Genesa­reth, evocamos el sermón de la montaña, que es la oración más sublime que Jesucristo pronunció en la cúspide de las elevadas selvas vecinas del lago.

 

Al pasar por Mágdala, patria de María Magdalena, reme­moramos los hechos narrados ya al estudiar Jerusalén y sus alrededores y que le atañen; meditamos en los años de su vida que pasó en su ciudad natal, que en lo antiguo fué muy impor‑

 

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tante y en la que ahora apenas quedan unas 30 casas; sobre la época en que su nombre, gracias a su belleza extraordinaria, se repetía de boca en boca y era cantada por el "Cisne de Galilea" y en que el Lago de Genesareth supo de sus encantos. La arro­gante judía rubia ahí iba a bañarse, a disfrutar del fresco de las mañanas y del suave murmullo de sus riberas durante las tardes primaverales, regresando a Mágdala (de donde tomó su nombre) con muchas flores entre sus blancas y sedosas manos y entre el oro de su rubia cabellera.

 

Seguramente ella vió el vuelo de plata y de rosa de las gar­zas, cuando el sol enviaba sus rayos dorados para despedirse, y tocó los helechos vidriosos que sobre las ondas azulinas del lago flotaban.

 

Caminando por las calles de Tiberíades vimos forasteros de tres lugares muy importantes: del Monte Carmelo, del Líbano y de Damasco. Del primero, que está cerca de la Bahía de San Juan de Acre, en el Mediterráneo, y es visitado por muchos pere­grinos porque está dedicado a la Virgen, porque ahí está la gruta del Profeta Elías, y porque ahí existe el célebre monaste­rio a quien ha dado su nombre.

 

Del segundo, o sea el Líbano, cuyo poético nombre suena a Biblia, famoso por sus inmensos cedros y por las viviendas humanas que se construyen en las cavernas de sus escarpadas y rocosas montañas para alojar en su obscuridad y soledad a los raros trogloditas, que huyen del contacto de sus prójimos. Finalmente, del tercero, Damasco, la ciudad célebre por sus ricas e inimitables alfombras, por sus tejidos y bordados de seda y de oro, sus armas blancas y sus lujosos muebles incrusta­dos de concha nácar y metales preciosos. Mirando los tran­seuntes en referencia, la fugaz imaginación nos condujo con la velocidad del rayo hasta aquellos fantásticos parajes que ya casi eran nuestros vecinos.

 

Tanto en Tiberíades como en Nazareth, Jerusalén, Belén y otros lugares de Palestina existe la "Casa Nova," institución bien atendida por los Franciscanos, para dar hospedaje a los peregrinos que ahí deseen alojarse, cerca de los Conventos y de las Iglesias.

 

La de Tiberíades está sobre el lago, entre sus riberas y las orillas de la población; desde su terraza del segundo piso se ve el extenso llano verde-azul que aquel forma y cuyas olas. suaves o agitadas, se mueven sin cesar. A pocos pasos está el embarcadero donde siempre se oye el chapotear del agua. En la playa inmediata hay muchas piedrecitas multiformes y arena

 

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que parece de río. También árboles de fuertes y prolongadas ramas de rico follaje a cuya sombra se sientan los peregrinos a admirar los encantos del panorama y a merendar. Ahí llegan también las mujeres y los niños con sus tinajas en la cintura o en la cabeza a traer tan indispensable elemento de vida: regre­san despacio, subiendo las empinadas calles que conducen al hogar, a las casitas blancas que están allá arriba, a lo lejos... Con el batuqueo, pocos de agua se escapan y desaparecen al caer sobre el suelo seco y arenoso. No faltan tampoco los pastores que por los alrededores de la población y en los vados cuidan del ganado que están abrevando, ni los campesinos, con sus pantalones remendados y con las mangas de sus camisas arremangadas cargando a los camellos y a los asnos aparejados que, en barriles y en tinajas cerradas con tapones de doblador, conducen el agua hasta la casa de la hacienda o al rancho que está a legua y media del pintoresco lago, límpido espejo donde se retrataba el cielo de azul y blanco.

 

Más adelante, varias gentes estaban bañándose y otras lavando sus ropas en las riberas del propio lago, cerca del cual tienen una fila de tiendas de campaña los ingleses, que todo lo exploran.

 

En los suburbios de la población y en la parte alta, se ven algunas rocas y grandes piedras de forma irregular.

 

La grata presencia de los niños, la algazara que formaban jugando a orillas del lago y del río y en las calles de las pobla­ciones cercanas, nos daban idea de cuando Jesús, cual padre amoroso, departía con los niños de lejanos tiempos, de cuando ellos corrían hacia donde El estaba; sentándose cerca para ha­blarle con la confianza, con la familiaridad que les inspiraba. ¡Son tan ingenuas todas las manifestaciones de las criaturas!

 

Por lo justo, por lo considerado, por lo sobrio, por lo moralizador y generoso que era Jesucristo; por la libertad que dió al género humano, por sus santas doctrinas y enseñanzas ; por la magnitud y trascendencia de su santa obra, que tiene vida perdurable, es el primero de todos los Libertadores!

 

Printed in the United States of America.

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CAPITULO XVII.

El Valle de Jericó, El Mar Muerto y El Río Jordán.

El Valle de Jericó.

Al ir de Jerusalén para Jericó se pasa por muchas coli­nas arenosas y varios caminos irregulares y quebrados, al final de los cuales, se desciende al valle, enriquecido por la Natura­leza y grabado en la memoria por sus legendarios sucesos.

Con claridades de primavera y espléndido sol, hicimos esta visita. En aquella región el astro rey brilla con más intensi­dad y sus efectos son tan visibles, que el suelo lo demuestra a cada paso.

La fertilidad del valle contrasta con lo estéril de las costas del Mar Muerto—su vecino—y las tierras del Desierto de Siria, que no queda lejos.

Largas planicies hay pobladas de frondosos árboles; pastos naturales y gramíneas cuyos verdes y delicados tallos semejan, al contacto del aire y de la luz solar, ondas marinas.

Al principio de este valle existe la preciosa fuente del Elíseo, donde nace el arroyo que riega sus vergeles, jardines y prados en eterna Primavera, en constante florecimiento.

Este arroyo sigue varias curvas; se aleja, se explaya sobre la hierba y al fin de larga distancia parece que se pierde; reapa­rece y, de último, sigue en dirección del río Jordán.

Sus aguas, tibias y cristalinas, son el complemento de aquellas campiñas paradisiacas que aparentan estar concen­tradas dentro de una taza de plata, a cuyo borde bajan los pájaros a disfrutar de su abundancia.

Sobre el Valle de Jericó el esplendor del sol y la nitidez del firmamento rinden culto a la belleza; fué en esa maravillosa faja de tierra bendita donde las sandalias del Gran Taumaturgo piadoso dejaron sus huellas, donde su mano generosa curó tan­tas enfermedades, y donde centenares de almas obtuvieron el dulce consuelo que habían menester.

Las flores ocupan el primer puesto entre las bellezas natu­rales de Jericó, y son sus rosas las que se "llevan la palma," las

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que merecen los primeros elogios. Toda ponderación es pálida ante la hermosura de las proverbiales "rosas de Jericó," com­parables al delicado cutis de la Virgen. Sus pétalos son dignos de alfombrar el pie de los altares consagrados a Ella y en aras del Nazareno, que aspiraron su aroma hace 20 siglos y que pasa­ron por los jardines y campos donde se dan a millares.

En verdad, aquellas rosas son singulares: cuando alcanzan todo su desarrollo y se marchitan estando en los rosales, caen enteras protegidas por las hojas que crecen cerca de la flor; encontrándose ya en el suelo, al contacto del rocío, de la lluvia o del sereno, vuelven a abrirse. Unas, ya secas como las otras, son removidas de los poéticos rosalitos o de la superficie terres­tre por el viento que las abandona en lugares húmedos, donde reviven también. Y así se ven los arbustos y los sitios que los rodean, cubiertos de rosas de Jericó, con su doble germina­ción, mostrando cuanto puede la sabia Naturaleza, que debemos imitar. Naturalmente, si aquellas flores secas se colocan dentro del agua, recuperan su vitalidad, y su hermosura en sus coro­las vuelve a aparecer. Ellas nos dicen de la resurrección y se comparan a las novias, cuando éstas son un modelo..

Existen varias leyendas que alaban su rara peculiaridad; una de ellas dice, que "las rosas de Jericó" reviven la Noche-Buena, con sólo tocarlas, aunque su vida sutil, en ese caso, sea muy efímera.

En los cercos de los sitios, de las hortalizas y diseminados en las salidas de la población y en los campos, hay infinidad de árboles frutales, particularmente limoneros, cidrales, naran­jos, tamarindos, bananeros, etc.; todos llenos de follaje, osten­tando su exuberancia.

En varias casas de Jericó—cercanas a la fuente del Elíseolos álamos blancos y negros, las datileras y plantas trepadoras de lozanos frutos adornan sus patios, dando asilo a los alegres pajarillos que con su canto distraen a los niños, quienes corren y juegan sin cesar, como corre y murmura el agua del arroyo que es su inseparable compañero, y tras el cual persiguen las mariposas que tomaron su color del arco-iris.

Trabajando, bajo la sombra de aquellos copados árboles, las gentes pasan la mayor parte de su vida, que es muy simple.

Existen unas pocas ruinas de la anciana Jericó, hermoso y célebre centro de población que estaba muy bien situado en el valle de su nombre, y que alcanzó tanto esplendor y tuvo en Judea casi tanta importancia como Jerusalén, pues ésta es la única ciudad que le superaba.

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Las casas de Jericó moderna son extrañas: las paredes son de cañas y los techos cubiertos de lodo. Siendo bajitas y peque­ñas, se confunden con las arboledas como si se tratara de un nacimiento.

Los habitantes cruzan los desiertos conduciendo sus cose­chas a lomo de dromedario, y regresan trayendo mercaderías para comerciar; se ven descansar bajo los damascos, datileras y sicomoros que los defienden del sol.

Al Valle de Jericó, por lo fértil, por su belleza, se le llama "La Perla de Palestina" o "Flor de Oriente:" participa de las 3,000 plantas fanerógamas que hay en Palestina; y el papiro—que usaban los antiguos para escribir—las acacias—de cuya madera los apóstoles hacían sus varas o bastones—los algo­doneros, azaleas, olmos, cardos, etc., crecen ahí y perfuman su ambiente.

Sus vecinos, en su mayoría, son judíos que acaparan los negocios, que todo lo monopolizan.

El desierto a que nos hemos referido en el capítulo dedi­cado a Nazareth, queda cerca de Jericó. Cuando Jesús ahí tardó 40 días y 40 noches, y que ayunaba, divisaba desde las rocas "La Tierra de Promisión," que más tarde El había de inmor­talizar.

Repetimos que la Ciudad y Valle de Jericó, tuvieron tam­bién la felicidad de que el Nazareno los visitara, dejando oír su palabra, que llevaba amor y caridad a sus hijos, y consuelo y fe a todos los hogares.

Nos imaginábamos verle pasar yendo para Jerusalén o viniendo de Nazareth, durante sus viajes, que únicamente obede­cían al bien que por doquiera prodibaga; nos imaginábamos verle sin equipaje y sin provisiones de ninguna clase, sin más vestuario que su túnica, pero satisfecho de la grandísima misión que desempeñaba en favor de la Humanidad. Y, de esta mane­ra, los rigores del hambre, de la sed, del cansancio y del tiempo, El los sufría con resignación de gran filósofo y de gran filántropo; el tronco de un árbol o un surco le servían de almohada, y las ramas de una palmera o de un olivo, tendidas sobre el suelo, de lecho. Los árboles o la bóveda celeste constituían su techo, donde el aire puro corría suavemente. En cambio, cada frase, cada oración de quien así vivía, del Salvador que así viajaba, era una revelación.

En Jericó muchas mujeres se ocupan en hilar algodón a mano, con malacates y por medio de ruedinas. Los trastos de que con tanto donaire se sirven para acarrear agua potable, son

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parecidos a las "botijas" o "castellanas" verdes o con el color natural del barro cocido (de las cuales nuestros compatriotas han encontrado algunas llenas de onzas de oro, particularmente en Antigua, según el popular decir). También emplean las hidrias y jarrones.

Aquellas damas, así mismo, se ocupan en hacer aceite de olivas, industria tan generalizada como rudimentaria en toda la vieja Judea, como ya expusimos; algunas tienen sus pies descubiertos igual que sus hijos, porque son refractarias al calzado. Otras, que habitan en los caseríos cercanos, y que se trajean como las beduinas, usando collares, pulseras y ajorcas de oro y plata, y que fuman largas pipas, son consultadas por los vecinos cuando se enferman: ellas recetan o van personal­mente con sus ricos atavíos a curar a sus clientes; se les trata con mucha consideración y respeto: son como médicas cimarro­nas que visitan frecuentemente la apartada población y el valle encantador.

Allá los pastores (que tampoco habían de faltar) se valen de hondas de pita para arrojar piedras que regresan o hacen cambiar de dirección a sus ganados; tocan pitos y gaitas, usan arcos que ellos mismos hacen de cañas cortadas en el río y se sirven de odres preparados en el rancho. Los caracoles, bien lim­pios y lustrosos—obsequio del patrón—penden bajo el brazo, atados con pita o con un pañuelo nuevo, y los hacen sonar para que los bueyes y los novillos lleguen al corral, donde les dan sal; a ratos se reunen y se sientan en lo alto de los peñascos, verdes por el césped—que prospera en gracia de la humedad—para gozar de su primitiva orquesta, al mismo tiempo que vigi­lan sus animales que parecen comprender las armonías que sus buenos pastores dan al viento, pues levantan la cerviz y paran las orejas para escuchar; dejan de comer o de rumiar, y comien­zan a retozar y a dar vueltas, formando espirales al pie del peñasco que sirve de plataforma o de rústico kiosco. i Ah, los pastores!, así dulcifican su vida solitaria, con su música sencilla, tan sencilla como la hierba que pisan, como el agua fresca que salpica en sus montañas, como los blancos corderitos que defien­den de los hambrientos lobos.

Otros van apoyados en sus rústicas varas, bajando y subien­do veredas, cruzando angostas sendas; algunos aparecen quitán­dose las espinas que los matorrales, zarzas y cardos han pren­dido sobre su rota indumentaria que rasgaron las ramas secas; aquellos jugando con los carneros de cuernos arrollados, con los cabros de astas verticales, y con los perros que corren y dan

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saltos ladrando de contento entre los grandes y pequeños gana­dos, que se confunden en los campos de la pastoría.

Tales escenas nos hacen olvidar que estamos en el lindo Valle de Jericó y creer que disfrutamos de nueva estancia en Belén, la víspera de "Noche-Buena" o en el amanecer del día de Pascua: su naturalidad y la grandeza de su sencillez nos transportaron frente al risco en cuya afortunada gruta apa­reció el Mesías!

El Mar Muerto.

A 30 minutos de Jericó—yendo en auto—y después de atravesar los planes que contienen cactus y espinos raquíticos, se encuentran las playas del Mar Muerto, situado en el extremo meridional de Siria y a 38 kilómetros al S. E. de Jerusalén.

Como el de Galilea (o Lago Tiberíades), su superficie está más baja que la del Mediterráneo y recibe las aguas del Jordán, siendo su nivel, naturalmente, inferior al primero, que desagua por medio de dicho río.

En la parte N. hay una llanura cubierta de sal, siendo sus dunas parecidas a las del desierto; al desembocar el Jordán forma un delta pantanoso, y los peces y moluscos que arrastra, perecen inmediatamente al contacto de las resaladas aguas muertas; por esta parte existen otros pantanos y algunos terrenos demasiado deleznables, que interrumpen (y a veces evitan) el paso de los automóviles, camellos y dromedarios. En los esteros y en ciertos trechos adyacentes a ellos y a varias playas, se ve mucha arena blanquizca que parece sal. Este mar es verdaderamente asombroso: en su fondo hay cristales de sal y de limo; debajo de esta mezcla, asfalto o betún de Judea; durante la estación lluviosa su nivel sube de 5 a 6 metros. Su volumen aproximado es de 130,000,000,000 de metros cúbicos y la depresión que ocupa, es la más profunda del globo. La aridez, la sequedad, la tristeza, la soledad que rodean al Mar Muerto o del Desierto, como dicen los palestinos, jus­tifican y confirman su desgraciado nombre: no hay vida huma­na posible en sus alrededores; menos en él. Sobrada razón existe para darle otra denominación todavía peor, "Mar Salado": sus aguas son tan saladas como amargas, insoportables ; dema­siado densas; al tocarlas se sienten aceitosas, pesadas y, si se dejan un rato en la piel, producen pústulas. Aun lavándose inmediatamente después, cuesta que se quiten y se experi­menta alguna molestia en la piel; se siente cierto mal olor; su color es verdusco, no transparente. Su densidad es tal que

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ni las personas ni los animales se hunden al estar sobre ellas; por consiguiente, no corren el peligro de ahogarse.

Apenas si se ven unas lanchas que hacen cortas travesías, y bien se aperciben los esfuerzos que los remeros hacen para avanzar lentamente. No hay o casi no hay oleaje; el aire es raro, escaso; la temperatura, elevada, sofocante, pesadísima.

Al O., pero muy lejos, se encuentran las montañas de Judea. Por consiguiente, la sombra y el fresco, distantes.

Además de recibir las aguas del Jordán, como ya sa­hemos, y las de otros ríos, sirve de depósito a los uadis, que son torrentes de agua dulce que aparecen y desaparecen suce­sivamente en sus cercanías y en otros puntos palestinenses. Es curioso y sencillo tal fenómeno: corrientes impetuosas, fuentes de consideración, que ha tiempo existían, se borraron, se perdieron; otras que se ven hoy, serán invisibles mañana, pero en cambio, el precioso líquido dulce brota espontánea­mente, a manera dé pozos artesianos, por otros sitios cercanos o lejanos al viejo manantial, porque la vena subterránea que los alimentaba, obedeciendo los mandatos de la madre Natu­raleza, ha cambiado de dirección sencillamente.

Está dividido en dos partes por la península de Lisán, que contiene carbonato de cal, arena, piedra pómez, yeso y azufre; algunas empinadas montañas, compuestas de arena y piedras verdes y grises, se destacan unas sobre otras desde la superficie del agua; algunas tienen hasta 1,200 metros de altura, otras tienen cortes verticales, a tajo—como se dice—pero todas carecen de vegetación.

A la hora en que más fuertemente alumbra el sol, molesta la vista el Mar Salado : sobre su superficie se produce una re­verberación de fuego al rojo blanco; se siente que la sangre hierve, una sed devorante y la ingente necesidad de abandonar pronto sus orillas : se diría que ahí los séres humanos—sobre todo los que por vez primera llegan—se siente como en una estufa e intoxicados; que tal vez aquello parezca la entrada del infierno ...

Es triste consignar, que en esta vasta porción de agua, no se ve un indicio de vida animal ni vegetal: no hay ni un pece­cillo, ni una ramita de alguna planta marina ni terrestre. Los billones de toneladas de sales que el "Lago Asfaltitis" (este es su cuarto nombre) contiene, no dan lugar a que otros cuer­pos se asocien a ellas. ¡Raros caprichos de la Naturaleza!

Tampoco se ven aves marinas ni de ninguna otra clase, ni se oye un solo sonido: todo está en un silencio sepulcral, sin

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movimiento, como esperando una transformación que convierta aquella inercia en fuentes de producción, de vida. Hasta el cuerpo se siente pesado; da sueño, parece que el aire no corre y que todo dejara de funcionar.

Los árabes, que parecen de acero, explotan los manantiales

Cerca.del Mar Muerto.

de asfalto que hay en el S., manantiales que tienen la rareza de aumentar con los temblores.

Para concluir, delinearemos otra peculiaridad del fantás­tico Mar Muerto, que llena el hueco más hondo de la tierra: la creencia de que su nivel ha descendido 100 metros desde los tiempos geológicos, opinion que se basa en las capas horizon‑

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tales, amarguísimas, yesosas, llenas de guijarros que se ven en sus contornos, y en la evaporación diaria de sus aguas, que es enorme, debido a la altísima temperatura regional.

El Río Jordán.

De las elevadas pendientes del Monte Hermón, que se cubre de blanca nieve, nacen los torrentes y pequeños riachue­los que forman el "Jordán," en la parte de la Galilea que se extiende al N. del Tiberíades y que se le dice "Alto Jordán." Uno de sus remansos recibió en sus cristalinas y tenues aguas a Jesús para ser bautizado en ellas: alimenta el Lago de Gene­sareth y, después de atravesarlo mezclándose a sus ondas, surge por el extremo S. para seguir rociando el fascinante jardín de su valle, hasta desembocar en el Mar Muerto, como intentando, con su dulzura, contrarrestar el acíbar de aquel mar estupendo. Su lecho se extiende sobre terrenos planos y quebrados con desnivel hacia el Mar ya dicho y, de esta manera, la corriente en unas partes es tranquila y en otras, agitada; el color cris­talino de sus aguas, permite ver las piedras y arenas que aque­llas mueven y los peces que remontan su caudal. Forma muchas vegas donde pacen los ganados y donde los labradores dan asiento a sus sementeras; da Humedad a grandes fajas situadas a sus inmediaciones y muchas tomas para la irrigación: así con­tribuye a la feracidad excepcional del terreno de la antigua Galilea. Ambos lados del cauce ostentan su natural riqueza; la vegetación, que llega hasta la cumbre de las montañas inme­diatas, convida a servirse de ella.

En el confín, de la primera parte de su curso, que es muy pintoresca, rica en atractivos naturales, se arroja en el Lago Tiberíades, saliendo posteriormente por el lado S., repetimos, en cuyo punto estuvimos contemplándolo durante algunas horas.

Después lo atravesamos sobre un puente de hierro y madera que han tendido los ingleses para facilitar el paso de sus tro­pas, acampadas en las riberas del lago y del río, donde tienen sus improvisados cuarteles y sus caballerías.

Una mañana inolvidable, de esas que en sus fulgores nos brindan toda la poesía del cielo, bajamos al más bello de los recodos del Jordán, corno a una hora de Jericó; poco antes de tocar dicho sitio, que era el que buscábamos, distinguíamos en caprichosas ringleras: hayas, álamos, avellanos, acacias gomí­feras, que estaban al lado opuesto de los sauces, enebros y hele­chos con hojas en sus ápices en desordenadas filas; al acercar‑

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nos más, los verdes cañaverales y el vuelo gris de las bandadas de golondrinas y de las alondras, que iban río arriba, nos para­ron: estábamos frente a la hermosa Pila Sacristía, por así decir, cuyo líquido cristalino es renovado a cada segundo, por sí solo, en su constante y eterno correr, donde el Nazareno recibió solemnemente las aguas bautizmales de las callosas manos del Profeta, en cuyo rito actuaron como padrinos el Universo y la Naturaleza, que ofrecieron a su sacro ahijado (Jesucristo) el regio presente de cuanto existe. Entonces, el Sol, el Rey de los Astros, de cirio sirvió. Naturalmente, el punto que más agrada, que más simpatiza del Jordán, que parece un edén, es éste, porque San Juan lo llenó de gracia y de inmortalidad con el bautismo de Nuestro Señor Jesucristo; ceremonia reli­giosa tan delicada, que a los espíritus sutiles permite ver en aquel remanso la venerada figura de Jesús y del Bautista, su noble Precursor; ahí las aguas del río bendito van lenta, sua­vemente formando un recodo, como un estuario para recordar a la Humanidad el primer sacramento.

El bautizo en el Jordán, era el comienzo de la purificación; y significa—al sumergirse en el agua para luego salir—la volun­tad de morir, pero al mismo tiempo la seguridad de resucitar : aquí cabe recordar: que, San Juan, cuando Jesucristo había al­canzado la edad de 30 años, principió a llamar a los hebreos o israelitas desde el desierto, y llegó a aquel río para bauti­zarles. Los más notables de Judea, atendían su llamado y se dejaban bautizar por él, no obstante que, a su castidad y puri­tanismo, agregaba su severidad, condición por la que le decían el "Profeta de Fuego." Entonces muchos de los judíos (que no son otros que los hebreos o israelitas) preguntaban al propio San Juan si él era Elías el Profeta, o Cristo, pues ya les preo­cupaba la vida del Nazareno. Esta insistente pregunta se la repetían a orillas del Jordán, del Mar Salado y donde quiera que le encontraban. Entre tanto, Jesucristo estaba en el Desier­to de Siria, en su preparación.

La entereza y martirio del Bautista, vivos aún en la pure­za de las aguas del Jordán y en la vida del Divino Maestro, no cabe duda que se admiran y que merecen sentimientos de veneración y de santidad en el corazón humano.

Bien: volvamos al punto santificado ya por el bautismo de Jesucristo: las aguas aparentan detenerse ahí como dando tregua a que uno las vea, y como queriendo hacer oír su murmullo bajo la sombra y bajo las peñas. A pesar de que el Jordán no es muy explayado en aquella parte, siempre es en el Valle de

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Jericó donde alcanza su mayor anchura, que llega hasta 22 me­tros. Los árboles y arbustos completan lo poético del lugar. Se notan algunos parecidos al bambú de la India; sus canutillos vidriosos y amarillos con líneas verdes a lo largo, bañados por el rocío, relumbran con los rayos del sol, y se reflejan juntamente con todo el paisaje en las límpidas aguas de este río que se dijera que, en el sitio donde Jesucristo fué bautizado, dió la idea para inventar los espejos. Cerca hay dos chozas donde habitan las familias que cuidan ese privilegiado recinto. Tres pequeñas canoas, mecidas por la imperceptible corriente del río, estaban atadas a las raíces de los árboles; las redes con que los muchachos del lugar habían ido a traer zacate, y los anzue­los y los trasmallos que les sirvieron para pescar, estaban a su borde todavía, goteando, mientras ellos seguían caminando río abajo, en animada charla. En el patio de dichas cabañas, cer­canas entre sí, y bajo la sombra de un verde pimiento de hojas lineales, estaba un grupo de árabes formando rueda: todos, hombres y mujeres, sentados en el suelo con los pies cruzados, se nutrían con ruedos de pan de cebada, miel y leche de camella, como se alimentaban sus aborígenes hace 2,000 años. Las cintas de las palmeras les servían de mantel y de servi­lletas; sus rostros morenos, su barba negra, sus dientes blan­cos y sus acerados alfanjes, sus modales, sus cargas que tenían cerca, y otros pormenores, nos recordaban sus paisanos que ha­bíamos visto cruzar los desiertos en alegres grupos que se lla­man caravanas, como pasaron con gallardía por nuestros ojos, hace un lustro, los inspirados versos de "Caravana Lírica."

El Valle del Jordán está conectado con el puerto de Haifa por medio de un ferrocarril, y contiene fuentes termales y muchas rocas y piedras que dan idea de actividades volcánicas, que se confirman con la presencia de una meseta de lavas que se observa; sus numerosas montañas están cortadas por gran­des barrancos en su mayoría, y en ellas hay audis que, confor­me escribimos antes, son manantiales intermitentes y que nos recordaron los ríos y arroyos de la Verapaz y del Petén que, en parte, tienen oculto su lecho dentro de las inaccesibles rocas y de las montañas vírgenes.

Nos tocó estar frente a ciertos montañeses que descen­dieron de lejanas regiones para venir a traer agua a los trans­parentes manantiales del Jordán; un sólo viaje hacían al día, tal la distancia entre sus viviendas y el río. Después de que prendieron y atizaron sus fogatas, alrededor de las cuales comie­ron, tomaron su café caliente y fumaron bajo el sol (no obstan~

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

te que había clásicas palmeras que podían defenderles de aquel), cargaron sus asnos, camellos y dromedarios con cuatro grandes tinajas cada uno, colocando dos de cada lado, sobre arquillos; los arrieros—con su faja blanca arrollada alrededor de la cabeza—también tenían llenas sus tinajas sobre las espal­das y las jarras rebalsando en sus manos: emprendieron la mar­cha de regreso yéndose por extravíos. Iban callados, viendo para abajo; un dromedario, jalado por su amo, cerraba aquel cordón compuesto de séres humanos y no humanos, y a través de la distancia, el animal, por su color, se confundía con la tierra, con el polvo amarillento que él mismo levantaba al ale­jarse, y con la arena ..

El Jordán también nos hizo recordar las encarnizadas bata­llas que se libraron en sus riberas durante las Cruzadas, en cuyas luchas igualmente se tiñeron de sangre las aguas del Nilo que fertiliza el Egipto con su légamo.

Ambos caudales, el uno en tierras asiáticas y el otro en tierras africanas están, por otra parte, ligados a la vida de Jesucristo con caracteres imborrables y simpáticos.

Fray Antonio Aracil, religioso del Convento jerosolimi­tano de San Salvador, fué en nuestra compañía y nos regaló con la fuente de sus explicaciones. La presencia de sacerdotes como él hacen más grata la visita de los Santos Lugares. Como que la suavidad de sus maneras y la naturalidad con que ellos hablan reviven los actos del Divino Maestro y los acercan a lo humano.

Curioseando por las vegas del Jordán y antes de despe­dirnos de su hermosa corriente, al cabo de pasar a pie entre el heno, la grama y los matorrales, dimos con una rara planta silvestre denominada "Trébol de Judea," en cuya blanca flor se ven rojas coloraciones, como tres gotas de sangre que encie­rran una corona de espinas, que con tristeza nos hablan del Redentor.

Habiéndose cumplido nuestro anhelo de visitar "Tierras Santas"—desde donde el Redentor cambió la faz del mundo—de lo que nos sentíamos muy satisfechos, dispusimos regresar a "Tierras Profanas," viniendo a Europa, y así lo hicimos pasando de nuevo por Jericó y Jerusalén, en cuyos lugares dan deseos de permanecer largo tiempo, reconstruyendo la Vida y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Muchas y variadas impresiones tuvimos en ese otro viaje conociendo nuevos lugares y desem­barcando en Marsella, a donde arribamos en el "Lotus," esplén­dida embarcación de la Compañía Transatlántica Francesa.

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J. M. DELEON LETONA

Una familia americana nos convidaba a seguir con ella des­de Jerusalén hasta la India, la Indochina, la China y el Japón, donde nace el sol y donde los días son más cortos; hasta el progresista y silencioso Imperio Nipón, soñado por el poeta Carlos H. Martínez, pasando por las Filipinas en Oceanía; después tocar Honolulú (capital de las Islas Sandwich o del Hawai) y luego desembarcar en San Francisco, California, al final de la travesía del Pacífico para, así, dar la vuelta com­pleta a la tierra (puesto que ya habíamos recorrido los Estados Unidos por el lado del Atlántico, que también surcamos).

Incitados por el mérito de seguir siempre adelante y por la natural ambición de conocer lo más que se pueda; discu­rriendo en los raros encantos de Bombay, Calcuta, Singapur, Manila, Hong Kong, Shanghai, Nagasaki, Yokohama, Tokio, etc., estuvimos a punto de decir que sí: agradecimos sincera­mente pero no aceptamos porque pudo más la simpatía de nuestras ideas latinas que ya se habían arraigado en París; una fuerza espiritual, moral; algo artístico, bello, difícil de explicar y que no existe en ninguna otra capital, nos atraía a "La Ciudad Luz," donde estuvimos una vez más, de regreso de la región palestinense, pensando ya en volver al Continente Americano.

Printed in the United States of America.

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Habiéndose cumplido nuestro anhelo de visitar "Tierras Santas"—desde donde el Redentor cambió la faz del mundo—de lo que nos sentíamos muy satisfechos, dispusimos regresar a "Tierras Profanas," viniendo a Europa, y así lo hicimos pasando de nuevo por Jericó y Jerusalén, en cuyos lugares dan deseos de permanecer largo tiempo, reconstruyendo la Vida y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Muchas y variadas impresiones tuvimos en ese otro viaje conociendo nuevos lugares y desem­barcando en Marsella, a donde arribamos en el "Lotus," esplén­dida embarcación de la Compañía Transatlántica Francesa.

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J. M. DELEON LETONA

Una familia americana nos convidaba a seguir con ella des­de Jerusalén hasta la India, la Indochina, la China y el Japón, donde nace el sol y donde los días son más cortos; hasta el progresista y silencioso Imperio Nipón, soñado por el poeta Carlos H. Martínez, pasando por las Filipinas en Oceanía; después tocar Honolulú (capital de las Islas Sandwich o del Hawai) y luego desembarcar en San Francisco, California, al final de la travesía del Pacífico para, así, dar la vuelta com­pleta a la tierra (puesto que ya habíamos recorrido los Estados Unidos por el lado del Atlántico, que también surcamos).

Incitados por el mérito de seguir siempre adelante y por la natural ambición de conocer lo más que se pueda; discu­rriendo en los raros encantos de Bombay, Calcuta, Singapur, Manila, Hong Kong, Shanghai, Nagasaki, Yokohama, Tokio, etc., estuvimos a punto de decir que sí: agradecimos sincera­mente pero no aceptamos porque pudo más la simpatía de nuestras ideas latinas que ya se habían arraigado en París; una fuerza espiritual, moral; algo artístico, bello, difícil de explicar y que no existe en ninguna otra capital, nos atraía a "La Ciudad Luz," donde estuvimos una vez más, de regreso de la región palestinense, pensando ya en volver al Continente Americano.

Printed in the United States of America.

 

CAPITULO XVII.
Inglaterra: Londres, Ipswich.
Londres.

 

Después de haber permanecido por "Tierras Santas" y por "Tierras Profanas," pues ya habíamos recorrido el Egipto y Palestina, Norte-América, Francia, Suiza e Italia, fuimos de París a Londres. Posteriormente, de esta capital a Ipswich.

 

El tren que tomamos por la mañana en la "Gare Saint Lazare" llegó a Dieppe a la 1 p.m. y una hora más tarde nos embarcamos para cruzar el Canal de la Mancha, habiendo arri­bado como a las 6 de la tarde a Newhaven, en Inglaterra. A bordo iban centenares de personas de todas nacionalidades, abundando las europeas y entre éstas, franceses e ingleses, yendo la mayoría para la poderosa Albión. Otras iban para Irlanda y Escocia. El barco, que pertenecía a una compañía inglesa, era espacioso, fuerte, cómodo y propio para estas tra­vesías.

 

Al alejarnos de las costas francesas y al acercarnos a las inglesas veíamos las montañas arenosas cubiertas 'de verde hierba y con cortes perpendiculares—a tajo—sobre las orillas del mar. Este estaba picado; las olas, que alcanzaban hasta 2 y 3 metros de altura, balanceaban a su capricho el barco. Las aguas revueltas no dejaban de moverse con precipitación y ésta era mayor a medida que nos internábamos en el canal. En las orillas estaban sucias, luego tomaban un color lechoso y de último, verde claro, ya en alta mar. Había momentos en que la lluvia, el aire y las encrespadas olas sostenían una verdadera lucha como para impedir la navegación, mas el poder del hombre vencía mediante el vapor aplicado a las hélices del barco que, contra "viento y marea," siguió vencedor y a su des­tino llegó, sano y salvo.

 

El frío obligaba a todo el mundo a abrigarse bien y con­centraba a los viajantes en los salones, comedores y camarotes para recibir la calefacción, sobre las aguas.

 

A propósito del continuo movimiento de pasajeros entre

 

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J. M. DELEON LETONA

 

Londres y París, hay que decir que el servicio entre ambas metrópolis es diurno y nocturno: los vapores y los trenes no cesan, siendo, en consecuencia, perenne su correr. Las vías principales para atravesar el Canal de la Mancha son las si­guientes : Calais-Dover (la más corta), Boulogne-Folkestone y Dieppe-Newhaven (la más ancha). Las líneas aéreas entre las dos capitales también contribuyen al rápido servicio llevando pasajeros que, por precisión o por placer, en dos horas se tras­ladan de "Nótre Dame" sobre el Sena a Westminster sobre el Támesis, o viceversa, gracias a los aviones impulsados por las otras hélices de madera, de sólo una pieza. A manera de gigantescos pájaros blancos y grises, como águilas y cóndores, se ven elevarse o aterrizar en los campos que contienen sus hangares o bien hendiendo el espacio, emocionante tarea que los pilotos del aire ejecutan casi sin parpadear, como intentando sobrepasar la velocidad con que el sonido o la luz van camino del infinito ...El valor monetario de tales viajes (por el aire) no es caro, relativamente: cuesta el cuádruplo de los terrestres, pero, en cambio, se gana tiempo, se acerca uno al cielo; se goza de la Naturaleza en sus ricas capas atmosféricas, de las más ele­vadas para nosotros y se tiene la probabilidad (no hay que ape­narse), si malos vientos corren, de pasar desde las alturas a la gloria o por lo menos a la eternidad, como ya ha sucedido, siempre con toda rapidez ... Bien: descendamos ya; dejemos los aires favorables o en contra y prosigamos con la rica Albión, que bien lo merece.

 

Desde que desembarcamos en sus simpáticas tierras, notamos la diferencia de pronunciación de su idioma—el más esparcido en el mundo—comparándola con la estadounidense, pues, por otra parte, no obstante ser el mismo inglés, está muy modificado en la Unión Americana; en el puerto y Ciudad de Newhaven, en el tren que ahí tomamos para ir al interior del país, y en Londres, notamos más tal discrepancia, porque el inglés que allá se oye es suave, a veces dulce.

 

Ya veíamos magazines, folletos conteniendo historias cor­tas, revistas ilustradas, caricaturas jocosas y periódicos con muchas figuras divertidas para los niños y en fin todo el mate­rial de lectura a que son tan adictos los ingleses por doquiera en su país.

 

Las pipas, de las cuales salían espirales blancas y olor de tabaco Sumatra y Java—la misma clase que emplea Don Agus­tín Leiva en sus puros—eran comunes en todos los

 

POR recintos

 

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TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

fumables; bien se observa el placer que sienten los ingleses al paladear sus inseparables compañeras, sus máquinas para fumar bien. Con alegría que a sus ojos azules y a sus carrillos rosa­dos sale convertida en chispeante mirada y en animada sonrisa, van sacando la obscura bolsa de hule dentro la cual meten los tres dedos grandes para aprisionar el tabaco desmenuzado que acondicionan en la pipa, para luego encenderla y chuparla como si fuera un pirulí de París o un sabroso caramelo chapín. No hay en la tierra quien quite el primer puesto al inglés como buen fumador. Tal vez sea para él, el fumar, además de un gusto exquisito, una necesidad, por el clima, que es tan frío y húmedo al mismo tiempo. La circunstancia de vivir en una isla situada al N., puede ser que contribuya también. Las frías aguas de los mares que circundan la isla que tiene más influencia que todo un continente, sobre todas las naciones, pondrán su óbolo; es posible. En fin, lo cierto es, que el inglés siempre fuma en todas partes. En este sentido, es aplicable a los habitantes de la Gran Bretaña e Irlanda en general, la opinión de que algunos campesinos de los Países Bajos (donde igualmente son numerosos los fumadores) cuentan las distancias por pipas (tal es el exceso y sistema con que fuman) en vez de contarlas por kilómetros o por millas, cuando en los caminos van a pie. Se comprende que aquellos ciudadanos empederni­dos en su culto al tabaco, se fuman una tras otra sin ningún intermedio siquiera y que hasta regulan el número de succiones que dan a cada una. En algunas revistas, para dar idea aproxi­mada del tabaco que consumen durante su vida, aparece un hom­bre con un puro en la boca, puro que tiene 25 veces el volumen de aquel.

 

Llegamos a Londres de noche y bajo la lluvia. Los rigo­res del Invierno aumentaban el frío y disminuían el vaivén de los y de las londinenses por sus calles sin fin, mas éstas brillaban por la limpieza, por el aguacero que les caía y por la luz eléctrica que las iluminaba simultáneamente.

 

Al salir de "Victoria Station," que fué donde bajamos del tren, nos encontramos con infinidad de personas que iban y venían, que se movían como un hormiguero, todas con sus grue­sos sobretodos, sus capas de hule, paraguas y zapatones. Las que venían de la calle dejaban la huella del agua que destilaban; otras se sacudían, otras se quitaban el abrigo empapado y, al hablar, abundante vapor de agua les salía de la boca: tal el efecto del frío excesivo, de la luz y del cambio notorio al aproximarse a la calefacción.

 

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J. M. DELEON IETONA

 

Damas y caballeros cenaban dentro del restaurant; otros, sentados en el salón de espera, abrían los ojos para ver en las portezuelas del frente su hora de partida; otros inquerían en la oficina de información; otros compraban sus tickets y otros descendían a los subterráneos.

 

Se oían las voces de los porteros que anunciaban la entra­da o la salida de los trenes, viéndose los grupos de pasajeros que aparecían o desaparecían al ascender o descender del piso principal, y se oía, así mismo, el rumor de las voces que se acercaban o se alejaban.

 

Ya veíamos los chelines, coronas, medias coronas y peniques, monedas de plata y cobre de pequeño valor que sonaban y reso­naban sobre los mostradores y ventanillas al hacer los pagos o al dar los vueltos. Las libras esterlinas las vimos más tarde, en billetes de banco, de papel consistente, de fondo blanco con grabados verdes y filigranas, como los greenbacks.

 

Bien. Después de haber reposado en nuestro alojamiento y ya con la opaca luz del nuevo día, comenzamos a conocer la ciudad sorprendente: los palacios, las grandes avenidas y calles hermosas, los templos, los jardines, las otras estaciones del ferrocarril, los puentes sobre el Támesis, en fin, todo; lleno de suntuosidad, de riqueza, de fastuosidad que hacen que los días parezcan horas, máxime para el extranjero que por vez primera es huésped de la capital inglesa y si se toma en con­sideración el trabajo físico y mental que significa la admira­ción de aquella Babilonia de los tiempos modernos, pues en su seno están de relieve, en todas sus manifestaciones, la asom­brosa prosperidad e inagotables recursos del país y de sus numerosas colonias cuya extensión es mucho mayor que la me­trópoli. Ahí estábamos, pues, frente a la primera potencia del mundo: primera por su marina, su colonización, por su indus­tria y por su comercio; estábamos en la tierra de los grandes políticos, de los lores, de los hombres serios., de los intrépidos exploradores, de las grandes apuestas cuyo importe (de sólo una de las más chicas) haría acaudalado capitalista a cualquier modesto industrial; estábamos en la tierra del hierro y del carbón de piedra; en el territorio donde son famosos los caba­llos y perros finos; (donde los primeros dan gran placer y pro­ducen enormes ganancias en las carreras a sus propietarios y simpatizadores) ; donde el agricultor cubre de cultivos de todos los cereales el suelo bien removido; donde la riqueza amasa los mayores tesoros concebibles y, finalmente, donde todas las industrias prosperan sin interrupción

 

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Los ocho millones que constituyen la población de Londres millón y medio más del total de habitantes de toda Centro­América—con su notable servicio urbano y el progreso que representan del Imperio Británico en conjunto, nos hacían pen­sar en dos de sus factores más importantes: la Policía Metro­politana y las vías de comunicación, siendo en la gran ciudad donde los efectos de la primera se notan de bulto, si se permite la expresión.

 

En efecto; es ella quien, mediante estudios serios y larga experiencia, escogiendo, seleccionando sus miembros entre gen­te honrada, trabajadora, que ha estudiado la carrera de Agente de Policía en la escuela respectiva, dirige el tráfico entre los ocho millones de almas y vela por el orden y seguridad de las mismas.

 

La organización que tiene es perfecta; su disciplina, admi­rable; su educación e instrucción, completas y con sólo decir que su Jefe o Director es un caballero del más refinado trato que, a su larga y limpia hoja de servicios une capacidades no comunes y que tiene el don de gentes, basta para entrever las condiciones morales, físicas e intelectuales de sus subordina­dos, que pasan de 30,000, pues ya se sabe que, cuando la cabeza está bien, todo el cuerpo camina perfectamente. En aquella culta persona—que es como un Ministro—hay sujeto en todo sentido; se encuentra esencia si se exprime el individuo. Para ser policía en Londres se necesita, además de otros requisitos naturalmente, tener, cuando menos, seis pies de altura y ser muy fuerte y sano.

 

Con sólo la presencia de aquellos hombrazos que, por lo corpulento y lo alto parecen gigantes o atletas, es suficiente para que todo género humano se conduzca como se debe; a ésto hay que sumar la cortesía y las finas maneras con que proce­den, la decencia y elegancia de su uniforme. De esta manera, goza de fama y de simpatía la policía londinense como la mejor de todas. Se le respeta, se le obedece y es tal su preponde­rancia que se creyera que es la única o la primera autoridad en Londres.

 

Ocasiones hay en que su Majestad el Rey concede meda­llas y otras distinciones de honor a los "Bobbies," como cari­ñosamente se les llama a los Agentes, para premiar sus ser­vicios en bien del público.

 

Como una quinta parte de su personal se ocupa en el trá­fico del punto que puede llamarse el centro de Londres, en la manzana donde está el Banco de Inglaterra, que es la más

 

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J. M. DELEON LETONA

 

transitada del mundo entero, porque ahí pasan diariamente alre­dedor de 1.500,000 personas, 125,000 vehículos visibles, 700 tre­nes subterráneos que conducen 100,000 pasajeros y 10,000 almas que cada hora cruzan el "subway."

 

Para calcular el enorme trabajo que tiene sólo en ese cen­tro la Policía Metropolitana, debemos recordar que ahí desem­bocan siete de las más importantes calles de la ciudad y que en la vecindad se encuentran: la Bolsa, La Maison House y las iglesias de Santa María Woolnoth y San Esteban, que au­mentan la afluencia de séres humanos.

 

Desde luego, por otros puntos su trabajo en el tráfico es de mucha consideración, porque la regulación de éste requiere mucha actividad y sangre fría en todo caso, pero mayor en las grandes aglomeraciones de gentes que quieren pasar todas a la vez; es de notarse cómo se detienen tales muchedumbres, cómo sigue ese oleaje humano con sólo la mano enguantada que levanta el agente de policía o bien con el timbre o la señal que él hace sonar o ver; es de observar los enormes cordones, los enormes grupos que, matemáticamente, esperan parados los mismos minutos que los otros emplean en pasar las bocacalles: luego, con la misma exactitud puesto que los timbres suenan por electricidad intermitentemente, las cosas cambian: los que espe­raban, ahora pasan muy ufanos y así siguen todos, siendo espec­tadores y actores, cada uno a su tiempo, como las cuestiones políticas, cuyos cambios a veces son tan rápidos y pasajeros que algunos comparan a los lugares en que duermen las galli­nas en diferentes alturas, pero todas obedeciendo a la impres­cindible ley de gravedad para todos los efectos consiguientes.

 

Sólo viendo aquel hormiguero puede creerse; parece un sueño, casi es increíble la afluencia de transeuntes, cuyo número es incontable en Londres: con todos ellos y con los vehículos, incontables también, la metropolitana tiene que ver de día y de noche para dirigir bien el tráfico, que requiere práctica y mucha sangre fría, repetimos. Se entiende que todos los autos, tranvías, bases, bicicletas, carruajes, camiones, caballos, etc., están bajo su control y se mueven a sus indicaciones. Durante las noches se valen de luces de colores, de, pitos y de otros signos para seguir las maniobras de los cruces de las calles y del tráfico en general, siendo siempre sucesivamente un turno para los que transitan en las avenidas y otro para los que van en las calles, yendo todos los pedestres y no pedestres sanos y salvos en las vías citadinas, gracias a la oportuna interven­ción de la policía metropolitana que regula el tráfico.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

El nombre de "Bobby" se le da en -memoria de su funda­dor, Mr. Robert, y se dice como para tratar al agente en el seno de la familia, de la intimidad. Ellos escuchan con agrado tal denominación y son objeto de simpatía, de cordial acogida de parte del público; ayudados por planos y guías, dan cuan­tos detalles se les solicitan relativos a la ciudad. Los foras­teros hallan fuentes de información en los celadores del orden.

 

Si en las vías públicas del centro son tan útiles las activi­dades policiacas, en los teatros, estaciones, parques, boulevards, jardines y bosques, también son indispensables, y allá se les ve en el constante desempeño de sus funciones.

 

Puede decirse que en Londres ella tiene la dirección, la seguridad de los millones de vidas que diariamente trafican por sus prolongadas y anchas calles. A continuación consignamos algunos datos respecto de la organización de la policía de que nos venimos ocupando, pues justamente se le considera como la mejor del mundo.

 

Informe del Comisario de Policía de la Metrópoli, por el Año de 1921, Presentado al Parlamento por Orden de Su Majestad.

 

Londres, 27 de Abril de 1922.

 

Al Honorable Secretario de Estado por el Ministerio de Gobernación.

 

Ciudad.

 

Señor:

 

Tengo el honor de someter a Ud. mi informe sobre la Poli­cía de la Metrópoli, por el año terminado el 31 de Diciembre de 1921.

 

Varios.
Fuerza de Policía.

 

La fuerza autorizada y la fuerza en servició, fué como sigue:

 

Fuerza autorizada   …………………………21.230

 

Fuerza en servicio  …………………………20.931.

 

Removidos del Servicio.

 

973.dejaron el servicio. De éstos, 107 por impedimento físico sufrido en ejercicio de funciones, gozando de pensión según lo ordenan las Actas de Policía. 20 resignaron por falta de salud y éstos no gozan de pensión. 130 resignaron voluntaria­mente. 72 fueron obligados a resignar. 15 fueron expulsados, y 49 murieron.

 

Al terminar el año estaba en servicio un agente que ingresó al cuerpo en el año de 1875.

 

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J. M. DELEON LETONA

 

Reclutamiento.

 

Los hombres reclutados para el servicio durante el año han sido de un tipo más satisfactorio de aquellos reclutados en el año inmediato después de la guerra. La razón es simple: du­rante la guerra el número de la fuerza se disminuyó mucho y cuando terminó se procedió a ponerla a su antiguo nivel, habien­do habido necesidad de recurrir más al número que a la calidad

 

de los reclutados.  

 

Pensiones.

 

Algunos cambios se hicieron al Acta de Pensiones Policia­cas. Los principales cambios hechos son: Primero: La fijación de edad según el rango del agente, a la cual el retiro con pen­sión es compulsorio. Segundo: Las pensiones a las viudas de los agentes fueron aumentadas. Tercero: Una pensión anual a los niños menores de 16 años, hijos de todo agente que muera en servicio o en el primer año de retiro con pensión.

 

Disciplina.

 

El número de faltas cometidas contra los Reglamentos de Policía ha disminuido bastante y nunca puede compararse al enorme número cometido por agentes jóvenes durante el pri­mer año después de la guerra. Muy buen resultado ha dado el método de poner a todo agente durante el primer año de servicio en "probación." Los sargentos han reconocido mejor su responsabilidad como superiores.

 

Acuartelamiento.

 

Es imperativa la necesidad de aumentar y mejorar el alo­jamiento de los agentes. Las secciones para alojamiento de los agentes solteros son suficientes; pero hay una necesidad imperiosa de suministrar alojamiento a los agentes casados. No obstante que el dinero está escaso y que la economía se impone, es de esperarse que se haga todo lo posible para mejorar las insatisfactorias condiciones actuales.

 

Consejos Federados.

 

La opinión general de la fuerza policiaca es que se le ha prestado una cuidadosa atención y que cualquier defecto ha sido remediado y estudiado con esmero.

 

Sports.

 

Conciertos, bailes, etc., han sido organizados para espar­cimiento de los agentes, sus mujeres, hijos y amigos. Esto ha contribuido a la alegría y buen comportamiento de toda la fuerza policiaca.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Intemperancia.

 

La siguiente lista dará una idea:

 

Acusados de embriaguez, total  30.091

 

Condenados por embriaguez, total        27.410

 

De este número 5494 fueron mujeres. El mayor número de arrestos por embriaguez, fueron hechos durante la Sema­na Santa y la Navidad.

 

Detención de Menores.

 

Durante el año fueron detenidos 865 niños y 130 niñas. De este número 4 varones fueron sentenciados y enviados a la Escuela Industrial, institución encargada de reformar y rehabilitar a los niños con inclinaciones perversas. Del número de niñas arrestados no hubo ni una sola sentencia.

 

Aprehensiones.

 

Las aprehensiones por otras causas llegaron a 37.492, con­tra 49.991 efectuadas el año anterior. De consiguiente las aprehensiones disminuyeron en 12.499.

 

Mendicidad.

 

En vista del gran número de impostores que mendigan bajo el disfraz de soldados impedidos, se dieron instrucciones para aumentar la vigilancia de éstos a fin de disminuir impos­tores. Para mejor efecto se emplearon agentes vestidos de civiles.      

 

Medalla Real.

 

Durante el año su Majestad el Rey tuvo a bien premiar con esta Medalla a los siguientes agentes:

 

Al Capitán William Burton de la División E, por sus es­fuerzos para salvar a una mujer que se ahogaba. Al sargento John Thomas de la División D, por haber salvado a un luntico que iba a tirarse de un piso alto. Al Capitán George Smith de la División L, por haber salvado a una mujer del techo de una casa en peligro. Al Inspector Thomas Buchanan de la División M, por haber arrestado a un criminal armado. A los Capitanes Samuel Taylor y Harry Powel, ambos de la Divi­sión N, por sus esfuerzos por salvar personas de un edificio incendiado. A los Capitanes Charles Hall y Jack Lewis de la División P, por haber arrestado a un hombre que los agredió con arma de fuego.

 

Funciones Públicas.

 

Durante el año, los siguientes acontecimientos hicieron ne­cesario arreglos especiales en la fuerza policiaca.´

 

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J. M. DELEON LETONA

 

Primero: Visita de Su Majestad al Príncipe Heredero del Japón. Segundo: Visita de su Majestad al Rey y Reina de los Belgas. Tercero: Inauguración de la estatua del Rey Eduardo VII por S. M. el Rey. Cuarto: Inauguración de un nuevo muelle por S. M. el Rey. Quinto: Inauguración de un puente por su Majestad el Rey. Sexto: Celebración del día del

 

Armisticio.  

 

Admisión a Hospitales.

 

492 agentes fueron tratados en los diferentes hospitales y el número de muertos llegó a 21. Nueve agentes fueron pues­tos en observación de sus capacidades mentales. De éstos, 5 fueron declarados locos, tres de los cuales murieron.

 

Departamento Dentario.

 

El número de casos vistos y tratados por los Cirujanos Dentistas de la Policía es el siguiente:

 

Casos vistos ……………………………….2355

 

Visitas pagadas       6634

 

Extracciones            7778

 

Rellenos         512

 

Tratamientos varios           1027

 

Anestesia local        2054

 

Anestesia general               1

 

Heridos en Servicio.

 

El número de heridos en el ejercicio de sus funciones asciende a 2,275 incluyendo 59 agentes mordidos por perros.

 

Primera Ayuda.

 

El número de agentes que han obtenido certificado de com­petencia para practicar primeras curaciones a heridos asciende a 14,661.

 

Exámenes Bactereológicos y de Rayos X.

 

Los siguientes fueron hechos durante el año: Por bacilo de la tuberculosis, 38; por bacilo de la difteria, 19; Rayos X, 113; Wassermann, 11; varios, 6. Total, 187.

 

Entrenamiento de Novicios.

 

El sistema de someter a los novicios a ciertas "pruebas" para que prueben su eficiencia y adaptación al servicio ha dado buen resultado. Merece especial mención el Comité de Selec­ción, por sus buenos trabajos.

 

Uniforme y Equipo.

 

Se ha introducido toda economía posible en este ramo, pro‑

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

curando al mismo tiempo no mermar el "confort" y nitidez de los agentes. Algunas de las nuevas recomendaciones incluyen el usar ciertas prendas de vestir por un período más largo del hasta hoy acostumbrado.

 

Dificultades Sociales.

 

El presente año ha sido de bastante trabajo debido a varias causas. Primero: El gran número de hombres sin empleo. Segundo: Las actividades de los Sinn Fein (revolucionarios Irlandeses). Estos y otros muchos problemas extraordinarios ha habido que enfrentar con tino. Sin embargo, está visto que el verdadero hombre trabajador, aunque esté sin trabajo, es poco predispuesto al desorden y al robo. Afortunadamente en las postrimerías del año, la situación mejoró en lo que se refie­re a hombres sin trabajo.

 

Transportes.

 

El número de ómnibus para conducir arrestados ha sido reducido a 40. Motocicletas han sido dadas a agentes que ope­ran en los alrededores de la ciudad.

 

Policía Montada.

 

Ha probado su utilidad, principalmente cuando ha habido que tratar con tumultos. El ginete de policía es actualmente más que un corriente buen policía: él es también un ginete de primera clase.

 

Policía de Agua.

 

La policía que opera en el río Támesis está provista de botes rápidos de gasolina, y su servicio para prevenir robo de los buques ha sido efectivo.

 

Policía Femenina.

 

La policía femenina ha cumplido con los deberes que le corresponden, con inteligencia y cuidado. Han sido especial­mente útiles para contrarrestar las faltas de moralidad y tam­bién en lo que se refiere a delitos cometidos por niños.

 

Crimen en 1921.

 

Con una sóla excepción, los crímenes cometidos durante el año no han tenido nada extraordinario. A principios del año ocurrieron varios disturbios causados por pequeñas bandas de irlandeses extremistas. Las medidas enérgicas tomadas por la policía uniformada y por los detéctives, dieron buen resultado.

 

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Las personas asesinadas durante el año llegan a 20, dos de las cuales se debieron a operaciones médicas ilegales. De los 18 restantes, 2 fueron por causas políticas. De los 16 restantes, once de los autores cometieron suicidio. De los cinco restan­tes, 3 fueron condenados a muerte y dos fueron declarados locos.

 

Por allanamiento de casas privadas fueron hechos 1,500 arrestos. Los casos de robo de automóviles han sido muy nu­merosos. Muchos de estos robos se debieron a negligencia de los dueños. Los carros robados ascendieron a 624. En parte esto se debe también a que los dueños han tenido asegurados sus carros contra robo.

 

Departamento de Identificación.

 

El número de impresiones de los dedos tomadas durante el año es de 372,635. Durante el año, 36,965 impresiones digi­tales fueron usadas para buscar delincuentes. De ese número 14,229 identificaciones fueron hechas.

 

El Indice Criminal.

 

En este Indice se inscriben los criminales clasificados según los métodos que han usado para cometer el delito, descripción de los semblantes, etc. Este Indice ha sido de gran utilidad para el trabajo de los detéctives.

 

Tráfico en las Carreras.

 

Aereoplanos han sido empleados como observadores para ayudar a la policía en el manejo de congestiones de tráfico, especialmente a la salida del público de las carreras de caba­llos o autos.

 

Guantes Blancos.

 

Durante el año se proveyó a la Policía de tráfico de guantes blancos para que las señales sean mejor vistas especialmente en días obscuros.

 

Conclusión.

 

Para concluir, quiero hacer ver el hecho de que de todos los rangos de la Fuerza Policiaca he recibido toda la ayuda posible para cumplir con los deberes de que soy responsable. Mucho del excelente trabajo llevado a cabo por la Policía es del conocimiento público, y agradecemos las pruebas por las cuales vemos que nuestro trabajo se aprecia. Con mejor cono­cimiento debo añadir, hablando en general, que no hay alabanza suficiente para la devoción que han demostrado en el cumpli‑

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

miento del deber, tanto los policías como los civiles empleados en las Demarcaciones.

 

Tengo la honra de suscribirme de Ud., Señor Ministro, su muy respetuoso servidor.—W. Horwood.

 

   Decíamos de la poderosa palanca que para Inglaterra repre­sentan sus espléndidas vías de comunicación; a medida que per­manecíamos en la ciudad capital y que fuimos más adelante en la propia isla, lo constatamos; ellas son realmente un efi­ciente factor de su progreso material: además de las 9,000 calles de la metrópoli, asfaltadas, encementadas y pavimentadas con los mejores sistemas, existen las vías del interior, pues los ríos navegables, canales, ferrocarriles, carreteras, líneas telegráficas y telefónicas cruzan el reino en distintas direcciones, habiendo numerosas estaciones radiográficas y campos de aviación y el notable servicio de la marina mercante que, con sus diversas líneas de vapores, la tiene en contacto con todas las naciones, a través de los mares. En este concepto, gran papel desempeña el cable submarino.

 

Londres es la ciudad más grande del mundo. La actividad que se nota en su vida material es indescriptible; el lujo y la riqueza de su sociedad, así como la exquisita cultura de ésta, sobresalen.

 

Sus fábricas, bancos y establecimientos mercantiles son inmensamente grandes y en ellos están las personas como enjambres.

 

Algunos consideran a New York, como la ciudad más gran­de del mundo (después de la Guerra Mundial) siendo, pues, la única que se le acerca en cuanto a población, mas, por lo que se refiere al perímetro de la ciudad, nó porque Londres es muy extendida.

 

Millas y millas se recorren en distintas direcciones sobre sus calles cruzando el pobládo y no se encuentran las orillas. La calle más importante es la de Oxford, que se mantiene reno­vada con interminable concurrencia.

 

Bien marcada está la parte comercial y la parte residencial, así como el barrio aristocrático; las factorías están separadas.

 

Del corazón y de las afueras de la ciudad salen muchas líneas férreas que van a las otras ciudades y a los otros puertos de la gran isla, que constituye la regia metrópoli del Imperio Británico. Por aquellos rieles de acero, pasan más de setenta millones de pasajeros por año, y el número de toneladas de carga que sobre ellos se transporta, es incalculable, y por estos

 

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datos puede imaginarse algo de la enormidad del comercio inglés.

 

Los trenes capitalinos, aéreos y subterraneos, facilitan el tráfico; el túnel construido bajo el "Támesis" también descon­gestiona en parte la ciudad; sobre este gran río, que la atra­viesa, hay muchos puentes de hierro y acero, siendo los prin­cipales: Blackfriars, South Eastern and Catham, Waterloo and City, el de la Torre y el de Londres.

 

Aquí es oportuno decir, que en este puerto hay tal canti­dad de barcos, que sus mástiles constituyen un bosque; que las aguas son quietas, aunque sucias, aprovechándose los 370 kilómetros navegables del "Támesis," que desde su desembo­cadura en el Mar del Norte hasta 80 kilómetros río arriba permite embarcaciones de gran calado para contribuir a la supremacía que Londres tiene, no sólo como primera ciudad, sino como el primero de todos los puertos (sin embargo de ser fluvial), debido a su extraordinario movimiento: he ahí, pues, la gran importancia de esa arteria denominada "Támesis."

 

En sus márgenes hay constante ir y venir de personas y de vehículos, y las casas de varios pisos se alzan a la par, calle de por medio.

 

Londres tiene más de 100 teatros; entre ellos recordamos: el de La Opera, Alhambra, Trocadero, Victoria, Dury Lane, Haymaket, London Hippodrome y Garrick.

 

El Banco de Inglaterra, situado en el punto más caro del mundo entero, en que una simple, una minúscula pulgada vale más que una caballería de ciertos terrenos, es el más rico de cuantos bancos existen. Leed estos datos: custodia en sus sóta­nos más de 100.000,000 de Libras Esterlinas, posee una Teso­rería de Piedras Preciosas, una máquina para pesar monedas de oro y un Museo de Billetes: se diría que en aquel famoso establecimiento, cuyas cajas de caudales están conectadas con timbres eléctricos de alarma y herméticamente cerradas por la misma fuerza eléctrica, corre el oro del mundo a chorros, como licuado para alimentar las cascadas de la ambición...

 

Entre los monumentos, sobresale el Arco del Almirantazgo, que es bellísimo, de cinco pisos.

 

Grato recuerdo tenemos del Palacio del Parlamento, al que asistimos. En este soberbio edificio se reunen periódicamente los legítimos representantes del pueblo inglés y ahí se discu­ten las cuestiones más importantes y de interés general, resol­viéndose después de madura meditación, de mucha calma, que es una de las características de los británicos; de su seno salen

 

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los Ministros que, en compañía del Rey, ejercen el Poder Eje­cutivo.

 

También llegamos a la hermosa Catedral de "San Pablo" en la cual, además de todas las bellezas y joyas que contiene, llama la atención el espléndido órgano que posee. Aparte de la suntuosidad exterior de éste, las voces que se alzan al con­tacto de su teclado, dulces, emocionantes, maravillosas, reper­cuten su eco conmovedor en las bóvedas, que parecen aprisio­narlas para que jamás salgan de aquel templo lleno de música religiosa. Las notas, parece que se asocian a las almas de los visitantes como tomándolas instantáneamente del cuerpo para hacerlas vagar en el espacio glorioso que, impregnado- de soni­dos musicales, da consuelo, da esperanzas a los fieles, bajo la celeste cúpula de aquella casa de Dios en Londres. Parece que las angelicales modulaciones, que los divinos arpegios vie­nen a devolver esas mismas almas ya purificadas, como después de haber estado en el Paraíso.

 

Se oye como que esta música viene de lejanos lugares encantados y que lentamente llega hacia nosotros, que nos im­presionamos como pensando que aquellas melodías que escu­chamos, significan algo sobrehumano que asocia la fe a la Ciencia.

 

Sus campanarios son de los más elevados que existen por­que alcanzan 67 metros; ellos contienen la campana de mayor peso de toda Inglaterra: se llama "San Pablo"—como la propia catedral a que pertenece—y su gravedad es de 18,000 kilos.

 

Después de pasar por 110 gradas de piedra, anchas y en forma de caracol, yendo a pie, ascendimos hasta la cúpula. Hay una gran sala que contiene la biblioteca y recuerdos arqueoló­gicos de la vieja catedral. Más arriba está la "Galería de los Murmullos" ("Whispering Gallery"), célebre porque debido a las condiciones acústicas, la voz de una persona que habla sua­vemente en un extremo, se oye con toda claridad en el otro —que está muy distante, a 33 metros—por la reflexión de los sonidos. Tal fenómeno lo habíamos observado con antelación en Roma, a través de los mosaicos de San Pedro; ahora lo repro­ducimos en San Pablo.

 

Después está la Galería de Piedra y, de último, ya tocando la cúpula, la "Galería de Oro."

 

Desde el exterior de dicha cúpula se puede ver toda la Ciudad de Londres, cuando hay tiempo despejado, imponente panorama que uno no puede imaginarse. En los subterráneos o bóvedas inferiores, se encuentran tumbas de hombres ilustres

 

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M. DELEON LETONA

 

como Lord Wellington, Gordon, Roberts, etc., que ahí tienen monumentos suntuosos erigidos a su memoria.

 

Al salir de aquella magnífica Catedral tuvimos el honor de ver a Sus Majestades los Reyes de Inglaterra que, en lujoso automóvil, pasaban por la calle seguidos de lucido acompaña­miento. El público, al enterarse que ahí iban los regios perso­najes, concentraba sus miradas sobre el carro real y así miraba al Rey y a la Reina, que llevaban semblante sonriente y amable actitud. Venían de uno de sus palacios y se dirigían al campo, tal vez prefiriendo la sencillez y naturalidad a la etiqueta y fastuosidad!

 

En otra ocasión, vimos al Príncipe de Gales, a quien ya habíamos tenido la honra de conocer en París. Esta vez iba montado en una hermosa yegua retinta inglesa, alta y delgada. Le acompañaban otras personas de aire distinguido y que mon­taban soberbios corceles también.

 

Notable es el "Hyde Park," hermoso paseo que se considera como "los pulmones de Londres," por lo extenso y por la enor­me cantidad de árboles que lo embellecen. A la entrada existe un vistoso arco de mármol blanco, con tres divisiones y seve­ras puertas de bronce, y en su interior pueden verse: bosques, prados, jardines, lagunas, planes destinados a ejercicios físicos, hipódromos; vías separadas para los peatones, los caballeros, los ciclistas y, la más ancha, para los automovilistas. Ahí se reunen incontables personas cuando hace buen tiempo, sobre­todo los Domingos y días festivos: hasta los leaders políticos de ambos sexos van a disfrutar de la frescura y del oxígeno de"Hyde Park" y aprovechan el lugar para algunas de sus discusiones al mismo tiempo, pues hay la gran ventaja que ahí no se acaloran ... El Lago Serpentina es una preciosidad y aumen­ta, naturalmente, el encanto del mencionado paseo; según las estaciones, ahí se puede nadar, patinar sobre el hielo y gozar de la vista de su puente. En sus inmediaciones hay salones para tomar té, otra de las aristocráticas costumbres inglesas.

 

Simpático detalle final: Hay en "Hyde Park" una estatua de Aquiles, fundida con los cañones tomados a los franceses en Waterloo y dedicada por las damas inglesas a Wellington.

 

Algunas horas pasamos en el "Museo Británico" que en­cierra cosas de todas partes del globo terrestre, ya que los ingleses, con sus grandes facilidades en la navegación y siendo ellos los primeros marinos, no dejan ni un rincón sin explorar con provecho.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROrANAS

 

Un modelo de las ruinas del Partenón de Grecia, después del bombardeo que llevaron a cabo los venecianos en 1687 (y que fué construido en Atenas 2,400 años antes de Jesucristo) destaca como evocando la Mitología Griega; el colmillo más grande (jamás antes visto) de elefante, que mide 10 piés, 2 pulgadas de largo por 24 pulgadas de circunferencia (en la parte más gruesa), con un peso de 226 libras y media, ostenta la fuerza y la riqueza animal africanas ... Volúmenes enteros no serían suficientes para relatar cuántas riquezas y maravillas arqueológicas contiene dicho museo, si intentásemos mencionar siquiera una centésima parte, pero es imposible que dejemos de describir algo relativo a Centro-América, y que observamos al traspasar los dinteles del establecimiento al salir en direc­ción a la calle. Entre las columnas de granito que sostienen las arcadas de los corredores exteriores y a mano derecha, tuvi­mos la sorpresa de encontrar un enorme monolito, tan enorme que no cupo en ninguno de los salones del museo. Por su fenomenal volumen, está fuera, pues de otro modo, estaría en el lugar de honor, a buen seguro presidiendo el complejo teso­ro interior. Este raro obelisco, con inscripciones jeroglíficas relativas al Calendario de la raza Maya y que es un bello monumento de una sola pieza, esculpido por las hábiles manos de nuestros aborígenes, fué llevado de Quirigá, Guatemala; sacándolo de entre las palmeras, los bosques y las sierras, que junto con el cielo le servían de bóveda: de aquella majestad natural que el oro extranjero va convirtiendo en fuente de pro­ducción para centuplicarse con el oro de los bananos, que desde ahí brotan en paradisiaca abundancia y lleva hasta muy lejos, la riqueza alimenticia a millones de séres humanos que con ellos se nutren.

 

Su forma es cuadrangular y sus dimensiones, aproximada­mente, son: 15 metros de alto, 1 metro de ancho y 80 centí­metros de espesor. Sobrepasa las columnas del museo, natu­ralmente, y tanto la base como el ápice tienen las mismas medi­das. Esta obra pétrea, herencia de una raza que contribuyó eficazmente a la anciana civilización de México y Centro-América, conforme las inscripciones que las oficinas de aquel museo colocaron al pie del codiciado monolito, probablemente data del año 242 de nuestra era, es decir, fué erigido en aquel año. Siendo de una sola pieza, como ya consignamos, y tan grande, su peso debe alcanzar algunas decenas de toneladas sin duda. Es una lástima que monumentos como éste no se guar­den en los países de su origen para facilitar el estudio de la

 

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Historia Antigua, y para dar a conocer prácticamente el ade­lanto que en aquellos remotos tiempos habían alcanzado estas regiones, mediante la actividad de sus habitantes, que ya sabían del Arte. Son recuerdos nacionales que, por patriotismo, deben conservarse cuidadosamente en casa, en los museos de México o de Centro-América. Este. obelisco y los otros monumentos que aún nos quedan aquí, deben pertenecer especialmente a la juventud y al profesorado para que, frente a ellos, sus leccio­nes sean objetivas, más prácticas.

 

Santo y bueno que los arqueólogos extranjeros admiren estas cosas, pero que no se las lleven. (Con el permiso corres­pondiente, pueden copiarlas, si desean.)

 

Fijándonos en las espesas y negras columnas de humo que salían de las innumerables fábricas y la neblina que por lo regu­lar hay en Londres, donde al mezclarse forman densas nubes, nos explicamos el aspecto triste que exteriormente caracteriza a la ciudad : su cielo es opaco, y raras veces se disfruta de los esplendores del astro rey: pongamos de un lado toda la fantás­tica grandeza delineada ya a grandes rasgos y de otro, este lunar que afea, para convencernos que no es posible tener todas las magnificencias a la vez, en un mismo sitio; menos en un micros­cópico mortal. Si el sol alumbrara y calentara en Londres como brilla y calienta en Alejandría, de seguro que las sencillas inglesitas de ojos azules y de rubios cabellos, no tendrían su sedoso cutis tan delicado como pétalo de rosa. Una noche que Neptuno dispuso ausentarse de Londres, fuimos por las calles céntricas y comerciales de la urbe a pie, para mejor curiosear, y vimos dentro las vitrinas de varios almacenes muchas mercaderías que exhibían y que indudable­mente llamaban la atención general por lo bueno. Ahí mismo estaban, en artística exposición: la materia prima, las trans­formaciones que iba sufriendo y los diferentes usos de las telas o artículos ya elaborados. A la vez, se veían fotografías, es­pléndidas y claras ilustraciones de los campos, de las plantas, de los animales de donde procedían, así como de la maquina­ria empleada en la manufactura. Muy bien; magnífico; todos los pormenores y en medio de ellos, como para cerrar con broche de oro, se leían rótulos de regulares dimensiones con letras negras sobre cartón blanco, que decían: "Este es producto in­glés; usted es inglés; proteja la industria inglesa."

 

¿No pensáis vosotros, caros lectores, que ese egoísmo está bien justificado y que todos deben tenerlo para ayudar y servir

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

al paisano, al connacional en primera línea, puesto que la Cari­dad debe comenzar por casa?

 

Ya que es una utopía borrar las fronteras, tal vez ese sea el único egoísmo tolerable!

 

Ipswich.

 

En un tren de la mañana, nos fuimos a Ipswich, población que queda a 60 millas al N. E. de Londres y a donde llegamos con buen tiempo, admirando los verdes llanos de la región que recorríamos.

 

En el trayecto encontramos muchas fincas destinadas a. la crianza y engorde de ganado de cerda, vacuno y lanar; crian­zas de gallinas y de palomas, varias lecherías perfectamente instaladas, donde hacen quesos, crema y mantequilla; extensos campos, verdes por la grama, por el heno y otros pastos natu­rales. Las cercas de alambre espigado con postes de hierro, negros por el alquitrán, nos advertían los límites que entre sí tienen las propiedades campestres, tan bien atendidas y con­servadas que parecen jardines. Las divisiones o medianías de los potreros igualmente están aperadas de esos sólidos postes que, aunque no son brotones, no necesitan de renovación.

 

El clima frío, la posición geográfica, la brisa marina, lo bajo y plano del terreno, así como el agua de los ríos y ria­chuelos, más las pluviales que son casi constantes, hacen que los terrenos ingleses sean húmedos, y así tuvimos oportunidad de constatarlo durante este viaje. Por consiguiente, hay infini­dad de cultivos que rinden considerables productos, sobre todo cereales, legumbres y pastos. Por la abundancia de estos últi­mos, los ingleses dan preferente atención a la ganadería.

 

En gran escala cultivan la cebada y el lúpulo, que emplean para la fabricación de cerveza, que es de buena calidad, espe­cialmente la "Stout" y la "Bass," siendo superior la negra.

 

A este respecto diremos que en Inglaterra únicamente es permitida la venta de licores al público durante pocas horas del día y de la noche, a fin de no restar tiempo al trabajo y de que el vicio se restrinja. De ahí resulta que no son muchos los whiskies, "beers" o "Highballs" ("Whiskey and Soda") que los ciudadanos engullen en la tierra de John Bull, felizmente.

 

La remolacha rinde mucho también y de ella elaboran azúcar, que no es superior ni igual a la de caña de la Virgen América.

 

La ciudad de Ipswich está no lejos del Mar del Norte y a orillas de un pequeño río; la industria es su fuente principal de

 

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vida: fábricas que ocupan manzanas enteras se encuentran a cada paso. El ladrillo colorado de que están hechas las pare­des, las elevadas chimeneas, negras por el humo y las par­tículas de carbón de piedra, y la tosca música de las máquinas, son el fuerte distintivo de aquellos talleres montados a la mo­derna que, del hierro, del cobre, del estaño, del aluminio y de otros metales y sus aleaciones, fabrican con admirable preci­sión: laminadores, trapiches, despulpadores, ingenios, refinado­ras, alambiques, tractores, arados, molinos, rastrillos, cultivado­ras, azadones, segadoras, palas, hachas, machetes y otros tantos implementos de agricultura que son enviados muy lejos, allende los mares, para mantener y ensanchar la industria de otras islas y de los continentes. De esos centros de producción salen tales manufacturas, que surten los mercados de Rusia, Egipto, la India, Australia, Madagascar, las Antillas, Centro, Sud-América, en pocas palabras, de las cinco partes del mundo.

 

Cuando, acompañados de un amigo obrero residente en Ipswich, conocimos uno de tales establecimientos, admirados estábamos de ver las enormes calderas bajo las cuales ardían vo­razmente el duro carbón de piedra y el petróleo crudo (pan de las industrias de nuestros días), produciendo rojas llamas como en un infierno. El vapor producido por el agua en ebullición, movía fuerte e incesantemente los émbolos que daban vida a todas aquellas complicadas máquinas, mediante los ejes de transmisión, las fajas y las poleas, que relumbraban por la grasa y las revoluciones; estábamos admirados de la fundición de los metales, del hierro, que en grandes lingotes caldeaban para llevarlo automáticamente al yunque, del mismo hierro que en otra parte forjaban, y de la práctica maleabilidad de aquellos. Pasamos por las distintas secciones en que se veía la acertada división del trabajo, en que cada obrero, cada mecánico, dibu­jante o ingeniero, tiene su labor determinada, cooperando al buen resultado final.

 

En las oficinas veíamos: planos, proyectos, copias de los mismos (mimiógrafos), sobre fondo azul y con líneas blancas; muchos de esos nítidos trabajos, llevados a cabo por señoritas que, con sus gabachas aseadas, pasan sus 8 horas reglamenta­rias de trabajo sobre el escritorio, donde las ideas reciben alma para que el varón—fuerte y musculoso—les dé cuerpo en la vecina fragua. He ahí cómo los dos sexos se entienden y cada uno en su elemento, es hermanable colaborador del otro; cómo la, belleza y la fuerza se abrazan y entran y salen juntas por las mismas puertas del taller que, a Dios gracias, con el ruido

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

ensordecedor de las máquinas que producen, calla el necio rumor de las diarias vicisitudes de la vida.

 

Más allá, en otra división al lado derecho, estaban algunas medidas, piezas de todos tamaños acabadas de hacer, empleando bronce y acero y que tenían la brillantez del oro y de la plata, el olor del aceite delgado de máquina, unido al de las cosas nuevas.

 

Al retirarnos, considerábamos también el serio asunto del número de obreros sin trabajo y de las frecuentes huelgas que hay en Inglaterra, donde el desacuerdo entre capitalistas y gestores, ha tomado proporciones ostensibles.

 

La noche del día en que visitamos el taller, asistimos al teatro con el propio amigo obrero, quien vestía elegante smok­ing, luciendo aterciopeladas franjas en su luneta, sentado a la par de los otros caballeros no mecánicos, pero nivelados igual­mente por la democracia y por la educación, por el trato social ; aún se veían en sus dedos y en sus uñas, restos de gris negro y de aceite que la gasolina y el aguarrás no pudieron quitar, sin embargo del frote nervioso, pero el guante nuevo y suave se encargaba de cubrir discretamente las huellas del trabajo que le llenaba de honor ; su frente y su barba relumbraban por lo limpio y por lo bien rasurada; el compás y el metro estaban reemplazados por los gemelos y por el lapicero de oro y, por último, al regresar a casa, en vez del manchado "Cover-all" (traje (le lona o de otra tela fuerte, de una pieza) que sirve de día durante los quehaceres de la factoría, se abrigaba con su confor­table sobretodo, de casimir inglés naturalmente, y un combo negro ocupaba el puesto de la grasienta gorrita diurna, ya sin color definido.

 

Al estrechar la mano férrea de aquel hombre-acción, para decirle "adiós," nos sentíamos felices, en realidád, al ver en él un modelo de la clase trabajadora.

 

Por medio de la familia McLaugh1in, algunos de cuyos miembros conocimos en Brooklyn, N. Y., nos relacionamos con otras familias que viven en Ipswich, oriundas de dicha laborio­sa ciudad. En contacto con ellas, apreciamos la bondad del inglés en su hogar, notando que es amigo del confort, de la tranquilidad y de la música. En efecto, cada casa, aún cuando sea de personas no pudientes, tiene suficiente número de habi­taciones, en relación con sus habitantes, para que haya holgura; su hortaliza y su jardín, mucha ventilación, mucha higiene en general. Durante la estación fría no les falta la calefacción. En todo tiempo se preocupa de tener sana y abundante alimen‑

 

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tación, prefiriendo las legumbres y el pescado. Tienen sus reuniones de confianza, que son muy sencillas. Gustan de tomar té, por la tarde generalmente. Más de algún miembro de la fa­milia toca piano, violín, banjo o algún otro instrumento musical, y canta también: así, fácilmente se forman orquestas y se dan conciertos en el seno del hogar.

 

Conversando con estas amables personas supimos que, duran­te la Guerra Mundial, Ipswich dió hospitalidad a los heridos que regresaban del campo de batalla, para ser curados. En su mayor parte pertenecían al ejército de las numerosas colonias británicas. Además de los hospitales construidos con tal obje­to, cada casa se hacía cargo de uno o más heridos, cuando en aquellos ya no cabían. Los aguerridos soldados—nos decíanal mismo tiempo que sanaban de sus enfermedades, que cicatri­zaban sus heridas o que alejaban el dolor físico, sentían el consuelo de la naciente amistad que mitigaba la nostalgia del hogar que, por ellos, suspiraba allá en ultramar. Era una pura amistad engendrada por la gratitud, cultivada por el sufri­miento que, sin duda, es el más fuerte enlace entre los séres humanos y, santificada por la caridad, que con sus blancas alas llevaba esperanzas a los heróicos pacientes. ¡ Cuántas veces los jóvenes guerreros que la fuerza de las armas hizo venir de allen­de los mares para batirse únicamente por obedecer al que man­da y no por patriotismo, se encontraron en la cabecera de su lecho de enfermo, con la seria señorita inglesa que, mientras vendaba el pecho herido, daba en sus facciones y bondad el raro parecido a la novia (teniendo hasta su propio nombre, a veces), que muy lejos se quedó "hecha una Magdalena" por el bizarro prometido que partía y tal vez no regresaría jamás, ni vivo ni muerto! ¡Cuántas veces el convaleciente, dando libertad a la expresión de tal coincidencia, que dulcificaba el nuevo calvario de las trincheras y sus consecuencias, confesaba sus recónditos sentimientos y pedía respetuoso la autorización conjunta de la madre y de la hija, para depositar un beso sobre la frente del ángel que representaba la viva imagen del ideal que esperaba el regresar glorioso del soldado vencedor! Y aquel beso del combatiente lesionado, cuyos labios daban con toda leal­tad en recuerdo del sér amado ausente, aquilataba la pureza de ese mismo amor y era correspondido con la mismísima inocen­cia de hermanos entre sí, a presencia de la madre que callada aprobaba la escena, porque comprendía que el corazón tiene razones que la razón no reconoce o no comprende.

 

En la cama y viendo con alegría las flores sobre la mesita

 

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de noche, referían sus aventuras de las zanjas macabras o mor­tíferas trincheras : el poético deshojar de las corolas acompa­ñaba sus relatos, asaltando el puesto de la línea de fuego, donde por meses consecutivos caían a sus pies añicos de granadas, obuses y shrapnells con el ruido del trueno, con el estruendo de la impetuosa tempestad, que el enemigo implacable reproducía con el estampido de sus fantásticos cañones: platicaban del camarada que expiró a su lado, de los otros que quedaron sepul­tados por tal explosión, del que se enloqueció, del que cayó prisionero y que nunca volvieron a ver, etc., etc.

 

Algunos de los asilados en casas particulares, de que veni­mos tratando, a su regreso escribían finas cartas de agradeci­miento, en el camino o en su hogar, pues hay que recordar que si la sóla enunciación GRATITUD es tan hermosa, sus mara­villosos efectos la consagran.

 

Ampliando sus recuerdos de la guerra, nos decían que tam­bién aquella ciudad sufrió irrupciones de los terribles zeppeli­nes alemanes, que tanto daño hicieron. La desastrosa experien­cia o lección sangrienta recibida desde los aires, obligaba a los habitantes a apagar todas las luces del poblado, a fin de que los feroces tripulantes no pudiesen localizarlo durante la noche. Entonces la obscuridad era una "boca de lobo," que del mismo modo protegía a Londres, París y otras ciudades aliadas; de esa manera burlaban aquel deseo de destruir las poblaciones y de acabar con sus afligidos vecinos, que estaban siempre amena­zados de muerte y con la vida en un hilo. Y eran los ancianos, las mujeres y los niños los que más sufrían—expuso gravemen­te un mancebo que estaba a nuestro lado.

 

Así las cosas, cambiamos de conversación porque el tema ya se estaba poniendo muy triste....

 

Carreteras asfaltadas, casi todas planas, además de las vías férreas, ponen en comunicación a Ipswich con las otras ciudades cercanas al mar y con las del interior. Cuenta con todos los elementos modernos de civilización, distinguiéndose sus escue­las—que también visitamos—y sus campos de aviación. En el mejor de sus museos, nuestro simbólico y bellísimo Quetzal, perfectamente disecado, ostenta el lindo matiz de sus colores, en el lugar de honor, ocupando la presidencia entre todos los pájaros ahí exhibidos, que a millares lucen vistosos plumajes, pero que no consiguen superar ni igualar la belleza de aquel, sino contribuyen a realzar la sublimidad del primero.

 

Al cabo de algunos días de estar en Ipswich, regresamos a la capital francesa, habiendo pasado por Londres. La segunda

 

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J. M. DELEON LETONA

 

travesía del Canal de la Mancha la hicimos más al Norte, es decir, por la vía Folkestone-Boulogne, yendo gratamente impre­sionados del famoso Reino de la Gran Bretaña e Irlanda.

 

Printed in the United States of America.

 

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CAPITULO XIX.

 

De Francia a Guatemala pasando por las costas de España,
Cuba y México.

 

Ya listos para regresar a la joven y rica América y después de despedirnos de los amigos, salimos de París por la "liare du. Nord," en la cual subimos al tren que, buscando el mar, nos condujo a Boulogne.

 

En este puerto francés nos embarcarnos en el "Spaardam," que había llegado de Amsterdam y que pertenece a la "Holland American Line."

 

Navegando hacia el Sur, íbamos entre las costas de Francia e Inglaterra a lo largo del Canal de la Mancha—que ya habíamos atravesado con antelación—quedando a la izquierda Dieppe, El Havre y Cherburgo. Luego, a la par de las francesas sóla­mente, ya en el Atlántico y del mismo lado, San Malo, Brest, San Nazario y La Rochela, entrando de último a las aguas espa­ñolas sobre el propio Océano.

 

Miles de recuerdos hacíamos de "La Ciudad Luz" y de Francia en general; los comentarios a bordo eran todos favora­bles para el país hospitalario donde la vida intelectual condensa las aspiraciones de la Humanidad.

 

Allá a lo lejos quedaron las bellísimas playas de San Se­bastián, siempre llenas de alegría, y posteriormente hacíamos escala en Bilbao, Santander, La Coruña y Vigo, importantes puertos de España.

 

Debemos consignar que tanto de ella como de Cuba y México, intentamos describir someramente algo, porque no es posible tratar en un capítulo tan interesantes temas; únicamen­te damos una idea general, que reflejará parte de nuestro cariño a tales naciones.

 

Inmenso fué nuestro júbilo desde que tocamos las primeras tierras ibéricas porque ahí escuchábamos el idioma materno, que es el mismo que hablan los españoles. Su suave acento endulzaba nuestros oídos después de más de dos años de sólo oír lenguas extranjeras, francesa e inglesa sobre todo. Sentía­mos gran desahogo, más libertad en el pensamiento y más sol‑

 

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tura en las frases. Los modismos del idioma español, la sonori­dad de sus palabras y la riqueza de sus expresiones, así como las costumbres de las personas que veíamos en aquellos puertos, nos hablaban ya de la América y hacían que nos sintiéramos cerca del patrio suelo, aunque todavía había que cruzar el Atlán­tico, que de él nos separaba. Infinidad de nombres y apellidos-personales bien conocidos en ultramar, sonaban entre los habi­tantes de las costas por donde pasábamos; algunas diferencias, máxime en los diminutivos, llamaron nuestra atención gracio­samente.

 

Es natural que se sienta simpatía por la Madre Patria, Es­paña, que se cubrió de gloria por muchos siglos, que mostró al Viejo Mundo el camino para venir al Continente Occidental, tan pronto como lo descubrió; que encontró el Pacífico del otro lado del Istmo de Panamá, el más grande de los Océanos y que es como un estuche de esmeraldas y de perlas, que sirve de re­clinatorio al Nuevo Mundo, la mayor de las cinco partes de la tierra; España, que alegóricamente representa una bella matro­na coronada de laureles con una lanza en la mano y un león a sus pies; que dió su raza, su sangre y su idioma a los 21 pue­blos hispano-americanos.

 

Durante los días que permanecimos en sus puertos, nos di­mos cuenta de cómo es España laboriosa y comercial, que man­da sus productos hasta muy lejos: sus muelles, las grúas en constante funcionamiento y los carros cargados de mercaderías, que repletan las bodegas de los vapores que transportan millares de toneladas, muestran las actividades de su animado comercio con el mundo civilizado; voluminosos y pesados bultos se alza­ban de las balsas y de las grandes lanchas para luego descen­derlos verticalmente a los almacenes flotantes de las embarca­ciones, bien acondicionados y que constituyen el comercio de exportación: por los flancos donde concurrimos, la mayoría de tales productos de la industria van camino de la América Conti­nental y de la América Insular, donde son debidamente apre­ciados y se apetecen. Mas no sólo con el comercio y la indus­tria contribuye España a la vida de ultramar; los brazos fuertes y llenos de nervios de sus hijos hacendosos, vienen a trabajar tesoneramente a la América, y así veíamos que también se em­barcan centenares de españoles, que se dirigen a Cuba y Méxi­co especialmente, países hermanos en que la feracidad de las tierras y la riqueza en evolución atraen a los emigrantes, que se sienten como en su propio suelo natal, pues con el correr de los años y el cultivo de las simpatías, fundan su hogar que se colma

 

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de cariños en familiar convivencia. Es un acto impresionante el de hacerse a la mar en grupos considerables, que al unísono acarician las esperanzas de lo desconocido, que regularmente se presume mejor que lo conocido; la mezcla de opiniones sobre lo que se deja, la alegría de partir y la tristeza de separarse de la tierruca, cambian súbitamente los semblantes, que reflejan las complejas manifestaciones del alma; ora sonrisas, ora lágrimas pasan fugaces por los rostros delicados de las damas que asisten a decir "hasta luego" o "adiós" a los viajeros, entre los cuales hay algunos que se despiden para siempre en los muelles.

 

Bilbao.

 

Al decir Bilbao damos a entender el puerto marítimo y la ciudad, capital de la Provincia de Vizcaya, que está a 12 kiló­metros del primero y que abarcamos conjuntamente. Bilbao se encuentra sobre el ancho y profundo río Nervión o ría de Bilbao, rodeada de montañas y de otras bellezas naturales que seducen; era la base para los viajes que, desde los años 1400 y 1500, se llevaban a cabo hacia la India y hacia la Europa Septentrional, con asombro de los habitantes de tales épocas porque los intrépidos marinos españoles comerciaban y explo­raban a la vez, yendo hasta ignotas regiones. Sus calles son rectas, amplias, planas y limpias, formando armonioso conjun­to; las casas, en su mayoría, de 2 y 3 pisos, pintorescas y cómo­das. Entre sus edificios se distingue el de la Diputación y entre sus templos la Iglesia de Santiago, que es de las más hermosas. El Paseo del Arenal, cerca del teatro principal y de la ría, y que contiene entre otros vistosos árboles y plantas de ornamentación, acacias, tilos y alisos, llama la atención entre sus jardines y paseos, a los cuales los muellen—tan concurridos —dan otro golpe de vista simpático.

 

Tiene bibliotecas de importancia, como las del Ayuntamien­to, la del Instituto Vizcaíno y la correspondiente a la Diputa­ción, donde los bilbaínos dan expansión a su espíritu y encuen­tran gimnasio intelectual disfrutando de sus fuentes científicas.

 

Sobre las riberas del Nervión se hallan, además de otros sólidos y artísticos puentes, el transbordador Vizcaya, de utili­dad comercial; el de La Merced y el de Isabel II, así como el de San Francisco, para el servicio público y que contribuyen al ornato de la ciudad; los cuerpos de bomberos también tienen sus oficinas y estaciones de servicio a ambos lados, siendo su labor oportuna y encomiable.

 

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Destinado a la higiene de la población, existe un magnífico Laboratorio Municipal: el servicio de aguas comprende dos divisiones: la potable que viene de las fuentes y la empleada para el aseo y algunas industrias, que se eleva del propio río por medio de bombas.

 

Son notables por los frutos culturales que dan, la Escuela de Ingenieros, la Normal Superior de Maestras y la de Artes y Oficios, que tanto influyen para dotar de profesionales, precep­toras y Maestros a la Provincia y otras secciones de España.

 

Entre las estaciones ferrocarrileras mencionamos las de San Agustín, La Concordia y la del Norte, bien provistas y de continuo movimiento.

 

Los espaciosos astilleros de Bilbao son de suma utilidad, particularmente a la Marina Mercante, que tiene ahí sus depó­sitos, sus provisiones en grande escala y toda clase de mate­riales y maquinaria para reparaciones.

 

Dicho lugar es también asiento de varias compañías navie­ras serias y que extienden sus negocios en toda la Península Ibérica y más adelante; por lo que respecta al control del Estado, dependen directamente de la Dirección General de Navegación y Pesca Marítima, que reside en Madrid, la capital del Reino.

 

Cuenta con faros, vigías, una estación de luz blanca lumi­nosa, señales de puerto y salvamento de náufragos, todo inspec­cionado por el Gobierno; la Escuela Oficial de Náutica instruye cuidadosamente a los alumnos que se dedican a este ramo, como las instituciones análogas que funcionan en Santander, La Coru­ña y Vigo.

 

En la construcción de los diques que constituyen el rompe­olas de 1,400 metros de longitud, se gastaron alrededor de 60 millones de pesetas; es una obra de ingeniería monumental, que da seguridad a cuantos vapores atracan en el puerto. Ahí descuella la elevada torre de señales, de gran valor para el servicio marítimo. Las dragas constantemente limpian la ría; el humo gris de sus máquinas a lo lejos se confunde con el de las embarcaciones que la surcan; ponen a flote las arenas, trozos y pedriscos que la corriente interior arrastra y va dejando suce­sivamente en el fondo.

 

Hasta 1921 estaban registrados en el puerto 7 buques mo­vidos a vapor y 18 veleros con un total de 18,790 toneladas. Desde luego, el arribo y zarpe de las naves no registradas ahí es de consideración.

 

El tráfico marítimo en España es superior al terrestre y

 

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Bilbao participa de ambos en buena proporción; aquí cabe con­signar que durante la Guerra Mundial y después de ésta, aque­lla nación ha construido muchas embarcaciones mercantes, pero toda la flota reunida aún no es suficiente para todas las nece­sidades del comercio nacional. Ya en el año citado, su tone­laje alcanzaba la cifra de 1.094,000.

 

Existen varias vías férreas que comunican la ciudad y el puerto entre sí, con las minas de hierro, grandes talleres, la capital y otros centros de población.

 

Enumerando sus industrias, diremos que la del hierro ocupa el primer puesto. Es notable la fundición de este metal en los talleres "Altos Hornos," que están en los alrededores y que dan trabajo simultáneo a 2,000 obreros. Es el propio metal el que sobresale en el comercio, por su calidad espléndida. Los bilbaínos fabrican: aguardientes, licores, cervezas, galletas, chocolates, harinas, conservas, pastas alimenticias, tejidos de lana y algodón, cordelería, dinamita, pipas, barriles, toneles, barricas, etc., etc.

 

Además del comercio de importación y de exportación, se verifican diariamente toda clase de operaciones al menudeo en la plaza; los Bancos de España, Bilbao y Vizcaya tienen ofici­nas que facilitan el movimiento de toda la zona.

 

Santander.

 

La interesante ciudad de Santander es capital de la Pro­vincia de su mismo nombre; su puerto, con igual denominación y unido a ella, está sobre las aguas del Golfo de Vizcaya for­mado por el Mar Cantábrico; cuenta con 35 mil habitantes, constituye uno de los departamentos marítimos y tiene la ele­vada categoría de Arzobispado. Es componente de la 7a. re­gión agronómica, división de fines agrícolas y estadísticos, comprende una de las regiones de la organización del Ejército y posee Cámara de Comercio y de Navegación. Las plantas eléctricas dan fuerza y luz a las industrias y a los usos domés­ticos; sus vías interiores de comunicación llenan su objeto y todos los adelantos de la época se hacen sentir, pues hay confort, comodidad y holgura en aquel centro, en que la vida es tan agradable.

 

Hablando de los recursos naturales, de la Agricultura y de la ganadería de Santander, que naturalmente se reflejan en su puerto y capital a la vez, diremos que la tercera predomina,

 

debido a que los pastos son muy abundantes, de primera cali

 

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dad; que se cultivan en grande escala: lino, trigo, cebada, cen­teno, avena y maíz; también: garbanzos, guisantes, habas y judías. Sin duda, el magnífico clima contribuye, entre otros elementos, a la bondad de las cosechas. En sus bosques, se pueden ver millares de hectáreas cubiertas de robles y hayas, que son una verdadera fortuna.

 

Vimos arrogantes caballos andaluces, de paso y de trote, todos de lujo. Son de perfil convexo y corpulencia mediana; de orejas pequeñas y movibles, de ojos muy vivos, de crines negras y finas; en fin, animales nobles, sensibles y elegantes, que relinchan al ver a su amo y le comprenden, casi como un sér razonable.

 

Nos cupo en suerte admirar algunos toros "Miuras," de la célebre ganadería que lleva el nombre de su propietario (que fué el multimillonario finquero sevillano Don Eduardo Miura) y que son "la última palabra" o "los ases" de actores y especta­dores de la legendaria Fiesta Brava española.

 

Aquellas bravas reses de perfil recto y piel negra, con rizos en la frente, de cuello corto y fornido, que infunden tanto res­peto a los propios toreros y pánico a los aficionados y profanos del arte taurino, respiraban salud, fuerza, poder y dureza por todos los poros; parecían exhibir en sus cortas y agudas astas como agujas de acero, las escenas de "Sangre y Arena," que causan tanta nerviosidad, máxime frente a la pantalla cinema­tográfica. Las robustas extremidades sostenían aquella grave­dad de varios centenares de libras que se lanzan unánimemente con la velocidad y la fuerza del rayo contra su amo, el hombre! Ya casi nos sentíamos andando a caballo en la renombrada ha­cienda de Sevilla y ver "Miuras" sardos, barcinos, prietos más negros que el azabache, y contemplarlos en su vida libre, antes de llevarlos al bramadero y cuando corren más que un venado por los potreros.

 

Discurríamos cómo los terribles "Miuras" son preferidos por el público en los redondeles europeos e hispano-americanos y por los mismos lidiadores, no obstante que tales bichos han causado durante las corridas, más numerosas desgracias que otros menos feroces y más salvajes; quizá los valientes mata­dores de todos, sientan mayor placer en exponer su vida en los cuernos de aquellas impetuosas fieras porque los aplausos y los vivas• satisfagan más su corazón y su férreo puño, pues unos y otros son hijos del peligro eminente en que su existencia juegan. Tal vez acto continuo de cada acometida en que salen ilesos y victoriosos, se consideran como si volvieran a nacer,

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

pensamiento que por sí sólo significa felicidad, acercamiento real a la más hermosa de las utopías. Lo cierto es que los cornúpedos "Miuras" baten el record, pues tienen la suprema­cía en todas las plazas de toros, donde son admirados con entusiasmo.

 

También vimos algunos ejemplares de carneros merinos que gozan de tanta fama por la calidad superior de su lana, que es suave, resistente y elástica y cuyos vellones se emplean para la fabricación de paños y casimires, que ocupan el primer lugar entre las telas de su clase.

 

En el interior de un café, el júbilo convidaba a disfrutar del baile de la Jota Aragonesa, gentilmente ejecutado por una chispeante doncella de 17 años, que lucía precioso mantón de manila y sonaba las castañuelas al compás de la clásica música; bailaba con entusiasmo, con gracia y natural soltura, al mismo tiempo que dirigía miradas de fuego a sus amigos que presen­ciaban embebidos, sombrero en mano.

 

En una mesa, un grupo de señoritas o mancebos saboreaba y bebía sustancioso vino de consagrar y en otra, formando rueda y teniendo en el centro rojos claveles de Sevilla, varias mucha­chas paladeaban y comían el proverbial y suculento arroz a la valenciana.

 

Muchas bellezas nos impregnaron sus recuerdos en las bu­lliciosas calles de Santander y las de sus jardines, galerías y museos de arte, sirven de pedestal al culto que se rinde a sus encantadoras mujeres, que condensan mucho del ardiente afecto y de la fogosa alma que caracteriza a los españoles.

 

Se nos presentó la ocasión de ver el embarque de variadas mercaderías, pues Santander es también punto de salida del grueso comercio: vinos y licores, papelería, ciruelas, pasas, frutas secas en general, paños, garrafones vacíos, corchos, sar­dinas, aceitunas, aceite de comer, turrones, etc., eran traslada­dos al fondo de las naves, lo mismo que espadas, cuchillos y otros artículos de las afamadas fábricas de Toledo, cuyo finí­simo acero es el mejor del mundo.

 

La Coruña.

 

Tan sujestiva como moderna ciudad se contempla sobre una hermosa bahía formada por el Atlántico; la ensenada del Orzán la baña también y de esta manera, el puerto de idéntico nombre ("La Coruña") se puede ver al mismo tiempo sobre la propia pequeña península que sirve de asiento a la pobla‑

 

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ción, en la cual hay alrededor de 50,000 habitantes que toman la denominación gentilicia de coruñeses. Muchas de sus casas se extienden inmediatas a sus playas formando una herradura —que significa buena suerte—descollando en los extremos del semicírculo respectivo, los fuerte de San Antón y de San Diego cual dos centinelas siempre alertas; el primero está sobre una isla y el segundo, en tierra firme; ambos garantizan la defensa del puerto y de la ciudad cuyo bello panorama, con la claridad del día o con la iluminación nocturna, hace gozar con su vista.

 

Su puerto está bien abrigado de los vientos; la entrada es cómoda y da libre acceso a toda clase de embarcaciones, gra­cias a su amplitud y a la profundidad de la bahía: el muelle de hierro es ancho, sólido y extenso.

 

La "Torre de Hércules," o sea el Faro, emplazada en una colina, se distingue desde lejos, constituyendo una obra arqui­tectónica elevada, de gran utilidad y muy antigua.

 

La Coruña, además, tiene el carácter de capital porque es una de las 49 correspondientes a igual número de provincias en que políticamente se divide el Reino Español; por otra parte, es de las ciudades del viejo Reino de Galicia, que tan importante papel histórico ha desempeñado: su progreso es ostensible y por tal razón la calificamos de moderna desde el principio. Posee suficiente energía eléctrica y, entre sus vías de comunicación dignas de elogio, figuran sus carreteras, líneas férreas, telégrafos y teléfonos. Sus calles son embaldosadas, muy concurridas, alegres y con suficiente luz; en ellas se ven vehículos de toda clase, como automóviles, coches de lujo, moto­cicletas, tranvías eléctricos, etc., etc.

 

La estación balnearia atrae el turismo porque, además de los encantos de la Naturaleza, todos los establecimientos alre­dedor de las playas coruñeses están dotados de cuantos adelan­tos modernos exigen el confort y el buen gusto.

 

Cerca del mar hay jardines y bellas arboledas, que aumen­tan la belleza de las casas y de los paseos que circundan las azules y tranquilas aguas.

 

La Coruña igualmente constituye otro de los departamen­tos marítimos en que España se divide, para facilidad de sus operaciones de este género. Hace muchos años tuvo fuertes murallas, sólidas fortificaciones que, a medida que la población se ha ensanchado, las han destruido.

 

Entre los edificios destinados al Ejército, descuellan el Hospital Militar y el Cuartel Alfonso XII, que son espaciosos y reunen buenas condiciones higiénicas.

 

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Frente a la Capitanía General y a la Parroquia de Santiago se encuentra la Plaza de la Constitución, que ostenta bonitos jardines y una hermosa fuente; merecen mencionarse la Aduana, en la Calle Real, y el "Instituto de Guarda," así como el Pala­cio Provincial y la Escuela Superior de Comercio.

 

Los centros sociales y recreativos abundan y contribuyen eficazmente a la cultura y solaz de los coruñeses, que son due­ños, en su pintoresca ciudad, de lo más moderno, de todo el progreso de nuestra época. El Teatro Pardo Bazán es de dos pisos; su buena conservación y su esmerado aseo hacen que se crea que acaba de construirse. Los monumentos consagrados a Carvallo y a Da Guarda embellecen más la ciudad.

 

En los alrededores se encuentra el Santuario de la Virgen de Pastoriza, que tiene muchísimos devotos, especialmente entre los marinos, que la visitan cada vez que bajan a tierra.

 

La Coruña, así mismo, tiene Arzobispo. Entre sus otras iglesias se distinguen la de San Jorge—que es la más grande de todas—y Santa María del Campo; ambas llaman la atención por su espléndida arquitectura, siendo la primera de orden dóri­co y la segunda de orden romano.

 

La vía férrea que va a Madrid está tendida en las riberas, besando las olas marinas que se aproximan a las paralelas de acero, paralelas que se prolongan hasta la capital española y más allá. Desde la estación respectiva, donde hacen conexión otras líneas, sale un ramal para el muelle de Linares Rivas. El muelle llamado del Este es también importante porque su movimiento es activo.

 

Respecto de las festividades coruñesas diremos que son especiales las celebradas anualmente en honor de la heroína María Pita que tardan todo Agosto y que son motivo para que afluyan más extranjeros al lugar: en dicho mes, españoles en general y los visitantes de fuera animan más el comercio y contribuyen al júbilo popular. Como puede suponerse, la plaza de toros, que da cabida a más de diez mil personas, se ve enton­ces de bote en bote porque la fiesta brava ahí sienta sus reales causando emocionante placer a los espectadores.

 

En sus campos el riego es sumamente fácil y naturalmente es un poderoso elemento para que las cosechas sean riquísimas; los rendimientos agrícolas, en general, son dignos de alabanza y sirven de base a la vida material de toda la Provincia: en las afueras de la ciudad abundan las huertas cubiertas en todo tiempo de verduras; en las cercanías las plantas pertene­cientes a los cereales casi no dejan ver la tierra sobre la cual

 

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ricamente se ve el color verde del follaje, el reverdecer de los árboles frutales, el desarrollo de los arbustos y el florecer de los jardines en vigorosa prodigalidad merced a la humedad mantenida por el clima y el riego de que hacíamos mención.

 

La Industria coruñesa es muy variada y bien conocida por doquiera: he aquí algunos de sus productos: sombreros, sombri­llas, paraguas, abanicos, juguetes, papel para cigarrillos, carrua­jes, bebidas gaseosas, albayalde, azúcar y petróleo refinados, etc., etc. La pesca tiene gran importancia, pues la Sociedad Oceanográfica y la Liga Marítima protegen y desarrollan tal riqueza: animado espectáculo es el de los muelles a la hora del zarpe o del arribo de las embarcaciones pesqueras; en can­tidades considerables se 'envían los artículos que de la pesca se derivan, perfectamente preparados y empacados para abas­tecer las plazas extranjeras y del país; los buques de gran calado se encargan de transportarlos y quizá pasan por las mismas aguas donde los peces nadaban, que ahora van a flote, velozmente, pero sin vida. Los vagones de acero, llevando 30 y más toneladas cada uno y tirados por las potentes locomo­toras, del mismo modo conducen dichos valiosos cargamentos al interior del Reino, que consume pescado en latas.

 

A la vida comercial dan mucho impulso las sucursales de los Bancos del Río de la Plata, del Crédit Lyonnais de París, del Colonial, del de Londres y otros.

 

El sexo femenino merece todos los honores: intencional­mente se los rendimos al final para que figuren como broche de oro que apoye el ramo de flores portador de nuestro home­naje; andaluzas, sevillanas, madrileñas, geronesas, barcelone­sas y castellanas, a la par de las guapas coruñesas—todas con su franca expansión y carácter alegre—lucían por las calles, paseos, iglesias, teatros y almacenes sus elegantes trajes, her­mosos peinados y lindos palmitos con tanto donaire y salero, que no podíamos menos que gozar verdaderamente al contem­plarlas y 'encontrar en ellas mucha de la gracia que adorna la natural belleza de las mujeres Centroamericanas. Los tiempos de colegio venían a la mente; las mañanas frescas y llenas de luz en que estudiábamos por "La Aurora" o por "La Reforma," donde iban de paseo las paisanas que se instruían en las aulas capitalinas y que asistían acompañadas de sus profesoras e ins­pectoras, regañonas y libro en mano (algunas con anteojos) y, como un sueño, las festividades escolares posteriores a los exá­menes; el bello ideal que para la juventud estudiosa tales actos simbolizan como preámbulo a las ansiadas vacaciones; la infan

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

til alegría de los uniformes ... Y fué en estas sutiles compa­raciones ricas de ensueños, hasta el punto de creer que "todo tiempo pasado fué mejor," cuando el "Spaardam" nos sorpren­dió zarpando de La Coruña, que no perdimos de vista desde el mar sino hasta que la distancia nos privó de ello, pues gana­mos hasta el puente más elevado con tal de observar mejor sobre cubierta ...

 

Vigo.

 

Seguimos costeando la Península Ibérica y bien hubiéramos deseado que, después de tocar Vigo, el barco en que navegá­bamos siguiera a la par del Portugal y llegara siquiera al Estrecho de Gilbraltar para sesgar en dirección del Mediterrá­neo y decir otro "adiós" a las ardientes costas africanas frente al infranqueable peñón que por aquellas latitudes poseen los señores ingleses a la altura de Ceuta: el riguroso y matemá­tico itinerario al que veníamos sujetos no lo permitía porque la "Holland American bine," como todas las compañías serias de navegación, es muy cumplida y no altera la ruta, de sus buques sino dando aviso con mucha anticipación al público y a los gobiernos; en tal virtud, ni nos prolongamos ni menos doblamos el paso que separa Europa de Africa y debimos con­formarnos con anclar en Vigo, como en efecto lo hicimos.

 

Con cuanta justicia se dice que Pontevedra—provincia a la que pertenece el puerto en cuestión—es "La Suiza Española," pues su aspecto físico es comparable a la soñada Patria de Guillermo Tell; buena parte de sus encantos están en Vigo y sus contornos; la bahía de su nombre, sobre la cual está situada, completa la hermosura y delicadeza de sus paisajes, dando la ilusión de dos panoramas exactamente iguales a la vez cuando se reflejan en las aguas; el golpe de vista desde a bordo es más sugestivo y desde ahí se observa durante el día lo que las luces eléctricas delinearon la noche anterior a manera de reflectores que envían su luminaria movediza. Por ferro­carril y por carreteras está comunicada con la ciudad de Pon­tevedra, que es centro a donde convergen otras vías provinien­tes de diferentes puntos; el servicio telegráfico y telefónico es de los mejores; líneas de vapores tienen relaciones direc­tas ahí : contando con los citados elementos, el movimiento marítimo y terrestre de Vigo es fuerte y la villa se agranda constantemente y las transacciones comerciales toman incre­mento, pues el adelanto se constata en todas las actividades de sus habitantes. Participaba antiguamente de las respetables

 

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corporaciones marítimo-mercantiles que trabajaron tenazmente en la zona Sur y que era una fracción de los gallegos.

 

Existen oficinas de la Cámara de Comercio y de Navega­ción, varias Lonjas; la Escuela Perical de Comercio da exper­tos técnicos que salen a divulgar sus conocimientos de las cien­cias mercantiles después de concienzudos estudios.

 

La pesca y los negocios de navegación tan comunes por aquellos puertos, en Vigo tienen mucha importancia, partici­pando así mismo de las operaciones que de esta naturaleza verifica Pontevedra; puede decirse que la contratación marítima constituye la base de la vida material del puerto; constante­mente llegan ahí naves mercantes de todas partes, particular­mente de la propia España, del Portugal, Inglaterra y América.

 

El comercio de exportación es bastante activo y los artí­culos al por mayor consisten en sardinas, vinos, encajes, con­fites y tejidos.

 

La crianza y engorde de ganado porcino, lanar y vacuno es ótro de los positivos recursos de los campos de Vigo.

 

Las sementeras son alegres y extensas : se cultivan con buen éxito : mijo, cáñamo, patatas, castañas, etc., etc. Es partí­cipe de las extensiones campestres destinadas a los viñedos en la provincia de que depende en la cual 7,800 hectáreas produje­ron 1.33,600 quintales métricos de uva para la vinificación, que rindieron 80,160 hectólitros de mosto, o sea el zumo de dicha fru­ta (la uva) durante la cosecha de hace 3 años. En sus granjas se ven campos de experimentación y demostración tan útiles a la Agricultura; sus bosques contienen maderas de ebanistería y construcción.

 

La Apicultura está bien desarrollada y sus productos son inmejorables.

 

Sus habitantes se dedican también a los goces de la cace­ría yendo a los bosques que son ricos en variadas piezas de caza; allá van a solazarse y disfrutan del sport al mismo tiempo.

 

El comercio de cabotaje y del interior de España tienen en Vigo vino de sus más eficaces factores; en la Aduana está el depósito franco para mercaderías, una de las sub-divisiones correspondientes al Ministerio de Hacienda.

 

Los celajes tachonaban de un color rosado muy suave las blancas nubes que parecían de seda y de algodón a través de los rayos del sol que caía y que aparentaba esconderse bajo el mar; las olas en su vaivén algo de la dorada luz del astro que descendía retrataban; la sirena sonó y el "Spaardam" se desprendió para venir al Occidente que la brújula señalaba y,

 

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como tras de nosotros zarparon dos unidades más, una en pos de otra, nuestra memoria vagaba reconstruyendo en aquel cua­dro "La Santa María," "La Niña" y "La Pinta" que comandaba Colón, el Descubridor que encontró la América donde creía hallar las Indias Orientales; invocaba el magno visionario que, disfrutando posteriormente de las maravillas naturales de Cuba que deslumbraba sus ojos, creía que la isla de "La Estrella Soli­taria" era el Japón (sin imaginarse que para llegar hasta allá por donde él venía y siguiendo en línea casi recta, debía atra­vesar el corazón de la América y surcar el Pacífico, Océano que tampoco conocía ni conoció) : así nos despedimos de Europa antes de cruzar de nuevo el Atlántico, siendo nuestras últimas miradas llenas de admiración para la más fogosa de sus nacio­nes: España, la madre Patria!

 

Sobre atlánticas olas, entre España y Cuba.

 

Veníamos, pues, bajo la idea de las 3 carabelas de Colón que el 3 de Agosto de 1492 se hicieron a la vela en el Puerto de Palos en busca de la tantas veces discutida y deseada vía des­conocida para ir a las Indias Orientales; pensábamos en algo de las heterogéneas conjeturas que sus 120 tripulantes se forma­rían; en lo mucho que tuvo que luchar y sufrir aquel genio antes de emprender el atrevido viaje; en las reparaciones que fueron indispensables verificar en Las Canarias; en la continua­ción de la flotilla al dejar dichas islas el 6 de Septiembre subsi­guiente para realizar el fin propuesto; en las impresiones de los pilotos y demás hombres de mar que con tanto denuedo desafia­ban el terrible "NON PLUS ULTRA" y proseguían a merced de las olas tras ignotas y lejanas regiones . ...

 

El frío era intenso, parecía aumentar al mismo tiempo que nos alejábamos del Viejo Mundo; días hubo en que pensamos que ya nos estábamos congelando; los oídos y la nariz se ponían rojos y el tacto se dificultaba: esa baja temperatura y la aso­ciación de pensamientos hacían desfilar incontables témpanos de hielo de aquellos gigantescos que la roda del infortunado "Titá­nic" no destrozó porque fué superior la inercia de la Naturaleza que descansaba en semejantes bloques transparentes a la fuer­za del hombre, que en ese palacio flotante iba de uno a otro con­tinente, rodeado de placer cuando fué sorprendido por la muerte a medio Océano; las rocas marinas formadas en fuerza del frío glacial estrellaron repentinamente el coloso blindado; las plan­chas de acero de su descomunal casco fueron como papel de

 

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seda al rudo choque de las masas frías y afiladas, tan resistentes como el pesado granito; ese frío—casi polar—parecía llevar el eco de las notas de "Cuando el Amor Muere" que sonaban a bor­do del "Titanic" al ocurrir el desastre cuyas víctimas, en su mayor parte, fueron millonarias, de esas personas que ya no en­cuentran qué hacer con el dinero; y ese mismo frío indescrip­tible nos representaba la fiesta que hubo en el puerto de New York a bordo del "Majestic" y a la que asistimos en su primer travesía de Inglaterra a Estados Unidos, donde este otro palacio de los mares se comparaba al "Emperator," hermano del "Tita­nic," con tanto lujo, comodidad y espacio para solaz de los pasa­jeros como el primero: he ahí 3 de los más renombrados trans­atlánticos que han dado cabida a tal cifra de viajeros ultramari­nos que, si se sumara el total de un año, por ejemplo, sería ma­yor que el número de habitantes de algunas ciudades de consi­deración; todos han disfrutado de los ensueños de la vida sobre el mar; todos han vivido horas de placer incomparable sobre las aguas sin fin y que no cesan de moverse un segundo; única­mente trocaron ese placer por el viaje eterno los del "Titanic" al ser detenidos ex abrupto por el líquido congelado que aun las vibraciones del inalámbrico o radiograma querían evitar; aquellas, en su consabido laconismo, en las alas negras de sus ondas circulares, llevaron otro frío todavía peor : el de la muerte.

 

Separémonos de esas tristes reminiscencias y digamos que fue­ra de los témpanos de hielo, de los ventisqueros y de la blanca nieve del "Mar de Hielo" del Monte Blanco (que admiramos del lado de Francia y de Suiza, como ya describimos en su oportunidad), no vimos capas más gruesas que llamaran nuestra atención y que por la parte donde veníamos el "Spaardam" tampoco tropezó contra moles congeladas ni contra nada, pues hendía el valle del Atlántico casi con la misma facilidad con que nada un pez, que está en su natural elemento.

 

Cierta tarde vimos a regular distancia una ballena que seguía el movimiento de las olas y que parecía gozar con la absoluta libertad que el agua le daba. De cuando en vez arroja­ba pequeñas columnas del propio líquido que ascendía con pre­sión, como en efervescencia, formando nívea espuma; el mons­truo nadaba avanzando, aparecía, desaparecía y reaparecía con tanta facilidad y naturalidad que, no obstante sus dimensiones y respetable gravedad, se dijera una pluma en el aire .... Brus­camente desapareció al alejarse en rumbo opuesto al barco que también corría a toda velocidad y no la volvimos a ver; se fué como mensajera submarina que iba de un polo al otro polo.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Días después de haber zarpado'de Vigo, el tiempo era brumoso y en uno de ellos, un lejano cuerpo nebuloso, algo gris y medio escondido entre las nubes, vino a interceptar el horizonte. Nuestro buque seguía rápidamente su marcha y se aproximaba hacia aquel punto. Por la gran distancia no podía distinguirse pronto sino al cabo de largo rato qué era aquello y todos—como es natural en tales casos—saberlo deseábamos. Son nubes, decían unos; es neblina, interponían otros, ¡Tierra! ¡Tierra! gritaban otros con alegría. Después de estas y otras conjetu­ras y de seguir navegando buen rato y cuando el cielo se aclaró un tanto, pudimos distinguir que se trataba de una colina y que tras ésta y a sus lados habían otras más: cuando ya las teníamos a la vista y que continuábamos a la par de ellas y que distin­guíamos bien dejándolas a mano derecha, nos enteramos que eran parte de las Islas Azores pertenecientes al Portugal. Ha­bía momentos en que el barco pasaba como a 500 metros de una de las islas y era entonces cuando nuestras miradas alcan­zaban las montañas, los caminos, las casas. Con el auxilio de anteojos de larga vista se distinguían las personas y sus movi­mientos en tierra. En tales comarcas fructifican abundamente­mente los naranjos, limoneros y viñedos. La uva es empleada para la fabricación de buenos vinos. Parece que el clima, en términos generales, es agradable. No hizo escala ahí el "Spaar­dam": siguió de largo como se dice.

 

Largo tiempo estuvimos pendientes de aquellas islas, que parecen diminutas parcelas rodeadas por la vastedad del Océano. A veces se nos figuraba que ellas eran las que se alejaban y no nosotros; las vimos desaparecer como algo que se borraba, que se escondía a merced de las olas. Buscábamos el punto que estaba a muchos kilómetros atrás, mas en vano: se perdió entre el vaivén de las aguas. Ya no volvimos a encontrar más islas sino hasta cuando a las Pequeñas Antillas llegamos.

 

Las de Madera y Las Canarias a gran distancia quedaban bañadas por las aguas del mismo Atlántico. Varios días veía­mos únicamente cielo y agua. Otros, aquella soledad era per­turbada por algunos barcos que alcanzábamos o que nos alcan­zaban.

 

Durante algunas noches, una que otra luz de color nos indi­caba la existencia de séres humanos que en los barcos iban y venían sobre el Atlántico; eran unos pocos en relación con los millares que van de América a Europa y viceversa en su peren­ne afán de general intercambio.

 

Cuando ya habíamos entrado a la zona tropical, que avan‑

 

J. M. DELEON LETONA

 

zábamos hacia Cuba y después de los días de aislamiento com­pleto; cuando ya veíamos que las corrientes marinas llevaban hojas, ramas y troncos de árboles, que el color de las aguas se cambiaba de azul en verde y que una que otra garza o gaviota extendía sus alas al viento, pensábamos en las peripecias del primer viaje de Colón, que no se apartaba de nuestra memoria y quien traía, mas o menos, esta misma ruta cuando el Nuevo Mundo descubrió: el pensamiento nos hacia ver ancladas las tres embarcaciones de vela en Guanahaní o San Salvador mien­tras el gran visionario sembraba la cruz al pisar la isla ... La imaginación camina tanto y va tan lejos que nadie contenerla puede.

 

El Archipiélago de las Bahamas o Lucayas desenvolvía la prolongada película de sus islas que parecían flotar en las vecin­dades del Mar Caribe y así, al divisar una que sostenía esbeltas palmeras que nos recordaba el Egipto, alguien nos dijo, viendo y señalando con el brazo hacia la izquierda al mismo tiempo: allá está la Isla de San Salvador.

 

¡Ah! cómo hubiéramos gozado si nos hubiera sido dable desembarcar y permanecer siquiera algo en la histórica porción de tierra antillana que recibió la primera visita del inmortal descubridor, después, mucho después de haber sufrido toda suerte de penalidades y de haber tenido luchas casi cruentas; nos parecía ver entre sus acompañantes a los hermanos Pinzón capitaneando "La Pinta" y "La Niña" y Las Casas tomando nota de todos los detalles de la célebre expedición.

 

La pintoresca Guanahaní nos pareció un microbio en com­paración con el Continente Americano y los mares que aquel superhombre dió a la Madre España al realizar sus ideas que maduró durante los viajes y los estudios que absorbieron su juventud y su adolescencia.

 

Una tarde que nos distraíamos siguiendo con la vista el vuelo de preciosos peces voladores cuya húmeda plata brillaba más a la luz crepuscular, vuelo de peces cuyas escamas dejaban caer gotas de agua que formaban diamantes al través de los rayos solares que morían, varios tiburones retozaban; salían del fondo a la superficie del agua; descendían y pronto volvían a aparecer formando incontables borbotones y burbujas; jugaban zambulléndose como niños chapaleando, como muchachos apa­ñuscándose y siguiendo por algunos instantes, unos en pos de otros, la estela que el barco a su paso silencioso dejaba.

 

Viendo infinidad de animales en el mar recordamos que alguien dijo que hay más ojos en el agua que pelos en la tierra.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

pero creemos que hay todavía más estrellas, más astros en el Universo. Así pensábamos una noche cuando sobre la cubierta del "Spaardam" veíamos hacia arriba la interminable multitud de cuerpos luminosos que adornan el cielo. Nuestra vista pro­curaba contar los luceros pero a medida que más contaba, más le quedaban por contar y eso tratándose de las visibles única­mente, pues hay que considerar que aquellos se multiplican hasta el infinito, formando miríadas de cuerpos brillantes en la bóveda celeste. Gozábamos contemplando a Marte cuyos rayos rojizos nos deslumbraban, admirando las constelaciones cuya clara luz parece plata: cuando la luna se dejaba ver en su cuarto creciente compitiendo con la bella luz de Venus que por algunos momentos parecía estar colocado matemáticamente en el centro de una línea imaginaria que unía el arco del satélite de la tierra, venían a nuestra mente el Egipto y la Sublime Puerta (El Imperio Otomano) porque tal es la simbólica ale­goría de sus banderas. Allá la vimos en las insignias egipcianas durante el día sobre los edificios nacionales; la vimos brillar en el cielo cuando permanecimos durante la noche en los desiertos; ahora sobre el mar, a medio Océano, en el firmamento, el mismí­simo cuadro cuyo fondo es el infinito, contemplábamos rodeados de lejanas reminiscencias.

 

Una estrella fugaz, que casi al mismo tiempo que la vimos asomar desapareció, cruzó el espacio y nosotros nos dirigimos a nuestro camarote.

 

Cuba.

 

Ya con límpido cielo y clima tropical a Cuba nos acercá­bamos.

 

Ansiosamente deseábamos conocer la patria del Libertador José Martí y fué un gran gusto el que se apoderó de nosotros al descubrir sobre el despejado horizonte "La Perla de las Antillas," y aquel regocijo creció al entrar a la apacible bahía donde el puerto de la Habana retrata sus bellezas juntamente con las de la ciudad capital de Cuba, que es lo mismo: sorpre­sa agradabilísima recibimos al darnos cuenta del fondo de la ensenada que parece delineada por la fantasía del hombre y hecha magistralmente por encanto: es una pincelada de la Natu­raleza a manera de broche de oro; es el complemento de la sorprendente hermosura de Cuba, a quien Colón—que la des­cubrió el 27 de Octubre de 1492—dió el nombre de Juana. Calcú­lese cómo será su extensión que en el Libro Diario del propio

 

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Almirante y Virrey se hizo constar que en tal bahía podía caber toda la flota española.

 

Después de dejar a ambos lados los Castillos del Morro y de la Cabaña, que defienden la ciudad y dominan el Océano y ya frente a los muelles, cuando el sol estaba justamente en el cenit, el "Spaardam" sonando su ronca sirena, botaba sus anclas en las orillas de la Habana: el calor parecía recalcar el empuje y fuerza de los cubanos; la bandera tricolor con su estrella solitaria flameaba en lo más alto de la Capitanía Gene­ral, sostenida por el asta y acariciada por la suave brisa marina que, al besarla, movía sus pliegues.

 

Parecen las tranquilas aguas de una laguna, sin comunica­ción con el mar, las de la bahía; esta bondad más se aprecia es­tando en ellas, donde se ve un constante ir y venir de vapores del mayor calado y de los más apartados puntos del Globo por­que la importación y exportación de la metrópoli antillana son de primer orden.

 

Desde el comienzo de nuestras impresiones y remontán­donos al año 1512, Diego de Velázquez era rememorado como primer Gobernador de Cuba, nombrado por Diego Colón que tuvo tal facultad en virtud de los títulos de su padre el Des­cubridor, que le fueron concedidos posteriormente al falleci­miento del inmortal genovés en tiempos del Rey Don Fernando V. El carácter bonachón y conciliador del rico burgués español que conquistara y gobernara una de las mayores islas que exis­ten (él organizó también expediciones que más tarde realizaron la conquista de México y Centro-América al mando de Cortés, Alvarado, Olid, González Dávila, Fernández de Córdoba, Acu­ña y Solano), tuvo mucha influencia en beneficio de los nativos cubanos, o al menos disminuyó en parte los tormentos de la esclavitud a que fueron sometidos en su propia tierra, como pasó en todas las islas y en todo el Continente Americano. Las garitas, torres y troneras del Morro y de la Cabaña, restos de las fortalezas legendarias que antaño fueran inexpugnables, nos decían que tal vez Almagro y Pizarro, antes de ir a conquistar el Perú, hicieron escala en Cuba, que era como una escuela práctica española de preparación para hazañas epopéyicas. No obstante que el viejo soldado y ceremonioso Velázquez procuró que el indio—hombre-máquina agrícola del siglo XV como to­davía lo es en 1925—no fuera asesinado o destruido como había pasado en la Española y en otras islas antillanas, los autóctonos cubanos fueron cruelmente tratados y sólo por la falta de bra­zos en las sementeras, minas y demás trabajos de los amos, se

 

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les perdonaba la vida después de sometidos .... Y en la Flor del Nuevo Mundo—que así llamaremos a Cubadiscurríamos, no únicamente sobre las incontables torturas del indio ameri­cano en general que recibía la hispánica civilización de las sanguinarias lanzas de los duros conquistadores y de los cascos de sus caballos, sino en los martirios del propio Colón y de los primeros españoles que se aventuraron a venir a lo ignorado, a través de mares igualmente desconocidos; el encadenamiento del Descubridor por Bobadilla, hecho afrentoso que parece una ironía del destino o un precursor de la gloria; la muerte de Almagro en Cuzco, que fué estrangulado en su prisión por orden de su compañero de armas ; la decapitación de Pizarro en Lima, una en pos de otra, siendo la segunda venganza de la primera, horrorosos dramas de protagonistas y víctimas europeas em­purpurando con su sangre de guerreros la virgen América; la incineración de los Reyes Quichés—en vida—cuya capital estratégica iba a devorar en llamas al invasor extranjero, como lo hiciera siglos más tarde el astuto ruso con los bravos solda­dos de Napoleón en Moscú, reduciendo a cenizas sus hogares en aras de su patria.

 

Mas estas y otras generales disquisiciones del dominio español en la América Insular y Continental, se aclipsaron ante el recuerdo de la figura augusta de José Martí y con la luz de libertad que desde su niñez radiara por la Habana (donde nació), por toda Cuba, su patria, y por Europa y por el resto de Amé­rica. Prócer de la Independencia cubana, José Martí encarna el talento y el carácter unidos al más acrisolado patriotismo, sublime trinidad que fué el alma mater de la cruenta lucha por la Autonomía de su país.

 

Impresionados por su gloriosa biografía y por el atractivo golpe de vista que se recibe al acercarse a la población, admira­mos lo más que pudimos de la Habana, pareciéndonos cada belle­za, cada monumento, cada establecimiento de Instrucción Públi­ca, cada factor de cultura y progreso, cada institución demo­crática cuyos reflejos van desde luego a toda la República, una página escrita por este noble patriota heróico que, desde cuan­do tenía 16 años de edad en que fué juzgado por un consejo de guerra que estuvo a punto de sentenciarle a muerte (siendo un niño que adoraba la Libertad) hasta que las balas enemigas dividieron su pecho—siempre al frente— en la Batalla de Dos Ríos el 18 de Mayo de 1895, al comienzo de la Guerra de la Independencia, trabajó tenazmente en bien de Cuba. Estando en el lugar donde se meció su cuna, más grato nos era pensar

 

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en el hijo del pueblo que murió para que su patria viviera, pues su pluma, su palabra y su sangre derribaron la opresión, y su ejemplo sin igual estimuló a sus colaboradores a llevar adelan­te la campaña hasta vencer y levantar muy altos los laureles y poner más alto todavía el nombre de sus conciudadanos para merecer el epíteto de dignos hijos de La Perla de Las Antillas.

 

Teniendo la Habana el triple carácter de puerto, ciudad y capital, como ya sabemos, y que en sus 3 diferentes fases asu­me magnitudes de consideración, además del movimiento que refluye a ella por ser la metrópoli de todas las islas que baña el Mar Caribe, su importancia es a todas luces asombrosa, pues ahí se concentran todas las líneas de vapores que la relacionan con el mundo entero y con los otros puertos habilitados de Cuba, cuya respetable cifra monta a 19, guarismo que nos sirve de exponente para concebir la exportación e importación de la tierra del tabaco y de la caña de azúcar, cultivos que se lle­van la palma entre su rica flora.

 

También la Habana (calificada como la Niza de América por sus deliciosas playas, jardines, paseos, panoramas y demás encantos que atraen el turismo y el capital) es punto de partida de las carreteras y de los caminos de hierro y de acero e hilos telegráficos y telefónicos que cruzan el país en todas direccio­nes llevando el adelanto por doquiera: a los grandes y peque­ños centros de población, a las fábricas, a las haciendas y hasta a los numerosos arrecifes, penínsulas, cabos y bahías de sus ardientes costas, unas con montañas y otras con rocas limpias y erizadas, cuyos picos calizos vibran al contacto del radio; las blancas naves aéreas surcan el espacio como queriendo alcan­zar las ondas del inalámbrico por el que se envía la palabra del hombre a pequeñas y largas distancias y cuyas estaciones prin­cipales tienen asiento en el puerto, que nada tiene que envidiar a los más modernos, teniendo la apreciabilísima ventaja de estar pletórico de vida y que puede ensancharse cuanto se quiera, lo mismo que la ciudad. El cable submarino que circunvala el mun­do, toca la Habana.

 

Consignada la vivificante y poderosa palanca de las Vías de Comunicación, que son la base segura del progreso de los pueblos, ya es fácil imaginarse el perenne movi­miento de Cuba hacia el perfeccionamiento—el que obtiene yendo a pasos agigantados—pues su bienestar es notorio en todas las escalas sociales porque los brazos fraternales de sus espléndidas comunicaciones unen todos los habitantes que coo­peran decididamente en todo orden de ideas que redundan en

 

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positivo engrandecimiento de la Isla. Por la misma razón, todos los recursos naturales son explotados con inteligencia, desde el oro blanco producido por la fuerza hidroeléctrica de sus ríos que surgen del corazón de sus selvas empinadas hasta el oro verde de los cañales y plantíos de tabaco que cubren sus valles de esmeraldas, donde los ingenios para azúcar convierten en níveo y almibarado polvo a los primeros. Sigue el oro ama­rillo y rojizo de sus frutas tropicales que se multiplican casi obedeciendo a las hadas que llevaran bendiciones de la Provi­dencia a las tierras cubanas, donde las fincas, huertos y vergeles substituyendo a las montañas que dejaron el inagotable humus, acarician maternalmente al hombre trabajador ofreciéndole el substancioso jugo absorbido del subsuelo y transformado en arbustos, flores y frutos que con el perfume de su vida libre alientan y sostienen la vida humana. Y es en aquellos lindos campos, planos y con ligeras ondulaciones en que no falta el murmullo del arroyo, el dulce canto del sinsonte ni la joya alada del colibrí, donde se contempla aquella soñada vida de la mayor parte de los 2.500,000 habitantes de la dichosa Cuba y, en la Habana donde se ven sus lozanas muestras como botones de rosa que, en parte, imitan la singular belleza de sus damas. Parece que la frescura del mayor de sus ríos—el Cauto que, tendiendo su húmedo lecho a la par de la Sierra Maestra ador­nada con las minas de oro que tanto produjeron durante la dominación española, se diría que la galantea coquetamente—se mezclara con la brisa del mar y de la bahía que bañan la ciudad como una angelical doncella, para suavizar su cálido clima que corresponde a la zona tórrida.

 

Como un detalle curioso de los ferrocarriles cubanos hay que notar que comenzaron a instalarse antes que comenzaran a construirse los de la antigua metrópoli (España).

 

Es lógico que en la capital sobresalga la grandeza del país y, a la vez, que de ella emane mucha para todo su territorio: de los 386 años del dominio español no queda sino una vaga sombra que el músculo de América y el cerebro de Europa, que en íntimo concierto se juntan vigorosamente en Cuba, van borrando a toda prisa: la apertura del Canal de Panamá—otra notable vía que le queda a 780 millas de su capital—aumenta su importancia geográfica y la pone en contacto directo con los lejanos países orientales; su situación a la entrada del Golfo de México, cercana a Norte América, próxima a la América Central y no muy lejos de la del Sur; su posición entre los dos continentes del lado del Atlántico; las excepcionales condi‑

 

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ciones que caracterizan a los pujantes cubanos, que piensan hondo, ejecutan tesoneramente y no dejan a medias sus empre­sas, son argumentos más que convincentes para explicarse la magnitud del progreso de "la Perla de las Antillas," que en verdad asombra, especialmente en la Habana.

 

Leyendo los nombres de los periódicos: "El Imparcial," "El Diario de la Marina," "Cuba," etc., y viendo algunas de las imprentas, no podíamos menos que recordar los felices tres años de estudios de la Escuela Nacional de Comercio de Gua­temala, dirigida por el pedagogo Don Raael Aqueche, en que la Aritmética Comercial y la Teneduría de Libros por Horta y Pardo, de La Habana, eran los textos preferidos por los profesores y estudiantes (como son todavía) ; casi sentíamos el olor de los libros nuevos acabaditos de salir de las prensas y bien empastados para el público lector, que ha de juzgar de su contenido; el uso del sistema Métrico Decimal en el mer­cado habanero igualmente nos decía de las mismas obras y de la Francia ...

 

"La Patria Libre" y "El Diablo Cojuelo" redactados por el mismo apóstol de la Libertad, José Martí (ya mencionado), autor del drama "Amor con Amor se Paga," ocupaban nuestra memoria y se nos figuraba que los leíamos antes de la Inde­pendencia cuando su pluma de muchos quilates «despertaba los ánimos y formaba patriotas, siguiendo el ejemplo de su ilustre Maestro Rafael María Medico, deportado a Santander porque aspiraba a esa misma Libertad!

 

Las calles y avenidas de La Habana son, en su mayoría, anchas, rectas, largas y pavimentadas ; y, sobre ellas y sus par­ques, jardines y otros paseos—entre los que se distingue "El Prado" y "El Malecón"—transitan las 450.000 personas que constituyen la población capitalina. Sus casas, por lo regular, son de dos pisos, habiendo muchas de más, cuya sólida cons­trucción es de granito y de cemento armado, tanto de las per­tenecientes al estado como de las que son de propiedad parti­cular. Comúnmente tienen amplios patios en el centro y mucha ventilación en las habitaciones; en los primeros abundan los árboles y arbustos, máxime las palmeras que alternan con las flores. Los surtidores, rodeados de variedad de plantas y con el susurro que la presión y salida del agua producen, comple­tan la gracia de los patios y jardines, ocupando su centro. Rejas con artísticas labraduras protegen las ventanas de las casas, que siempre están limpias, como las calles. Se observa que las puertas y ventanas son anchas y muy elevadas para

 

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dar entrada y salida al aire, a fin de contrarrestar la acción del calor.

 

En las calles céntricas, en las fábricas, bancos, teatros, almacenes, muelles, cafés, etc., etc., se nota mucha de la ani­mación y alegría de que disfrutan habaneros y forasteros; unos y otros tienen a su disposición automóviles, tranvías, carruajes, ómnibus y toda clase de vehículos para trasladarse a los dife­rentes puntos de la ciudad, que es elegante, lujosa, de mucho gusto; ahí el chic parisiense hace derroche de placer y realza la belleza de las cubanas, que saben hacerse unos tocados mara­villosos. En esta oportunidad, recordando sus edificios más artísticos, mencionaremos el Teatro Nacional, que está en el Edificio del Centro Gallego, frente al Parque Central, con capacidad para 3,000 personas y en el cual han trabajado cele­bridades mundiales tanto de la ópera como del drama y de la comedia, pues su escenario ha atraído los mejores artistas. Luego diremos que la Estación Central de Ferrocarriles Uni­dos de Habana, la Lonja del Comercio, el Banco Nacional, el Banco del Canadá, el Centro Gallego y otros, son notables también.

 

Como teatros, siguen el Tacón o Nacional (ya mencionado) el Martí, Campoamor, Alhambra, Payret, Capitolio, etc.

 

En esos centros de cultura, lo mismo que en las calles y en las casas 'en general, el servicio eléctrico y de gas, que dan fuerza y luz, es satisfactorio; con la iluminación producida por el primero se forman bonitos rótulos y anuncios mercan­tiles al estilo francés y estadounidense.

 

A la orilla de las playas se han levantado cómodas y moder­nas casas con todo el confort; su vista al mar les da más méri­to y mayor valor real : el aristocrático paseo del Malecón ahí descuella con sus altas y esbeltas palmeras que ostentan la exuberancia tropical, protegidas por el rompeolas.

 

La Avenida de la República causa grata impresión; en ella, lo que fascina es la presencia de las bellas que ahí van a gozar de las delicias del paseo.

 

Sigamos con las iglesias y el clero, que han desempeñado y desempeñan un papel importante en Cuba, pero mayor y más activo en la Habana: aparece en primera línea, la her­mosa Catedral que conserva el recuerdo de los restos humanos que ahí estuvieron en la creencia de que eran los de Colón; fué edificada sobre el emplazamiento de otra antigua iglesia; sus altas torres cuadradas que se, elevan a los lados de las dos puertas laterales se aperciben desde lejos; a su espacioso atrio

 

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se llega al ganar 5 escalones; su proximidad a la bahía es otra magnífica condición. Esta iglesia metropolitana que perte­nece a los Jesuitas fué consagrada en 1690 y contiene, así mismo, las Capillas de San José y del Santísimo Sacramento. Después, San Agustín (la más antigua de la Habana), el Convento de Santo Domingo, el de Belén, La Merced y la de la Calzada de la Reina, que son otros templos religiosos distingui­dos.. Naturalmente hay Arzobispado; el primer cubano que ocupó la sede metropolitana En el penúltimo se conserva un célebre cuadro al que sirvió de asunto el primer milagro ocurrido en el Nuevo Mundo, muy interesante por cierto, Dr. Fran­cisco Barnaba Aguilar, recibió la consagración correspondiente el año 1899, es decir, uno después de la Independencia de su Patria. Tanto en la instrucción pública como en la educación y en la Beneficencia Pública, la Iglesia tiene reconocida im­portancia porque ha fundado y varios colegios, hospi­tales sostiene y asilos que están a cargo de los Jesuitas. Entre dichas instituciones de admirable disciplina y de caridad, ellos diri­gen: 17 colegios para niñas, 13 para varones, 5 asilos para huérfanos y 2 asilos para ancianos. No hay en Cuba intransi­gencia religiosa.

 

Por largo tiempo el Estado se apropió de valiosos bienes raíces pertenecientes a la Iglesia destinándolos a usos admi­nistrativos; mas, después de la Emancipación Política de Cuba, el Gobierno reconoció los derechos de la Iglesia y los bienes se valuaron en 10.000,000 de pesetas, sobre cuya suma reconoció igualmente un rédito del 5% anual. Por los datos anteriores que­da demostrada la influencia de la Iglesia en dicho país.

 

"Las Gotas de Leche," benéficas instituciones creadas y sostenidas por el Gobierno, protegen la infancia y la niñez de los desheredados de la fortuna. Después de pasar por el Instituto y al encontrarnos frente al suntuoso monumento eri­gido a Martí, decíamos que cuánta razón hay para que haya sido el ídolo de los cubanos, el cabecilla político y literato educador que regeneró a sus compatriotas; que sobrada razón tienen para sentir veneración por su recuerdo y, finalmente, que su prodigioso caso confirma que lo mejor, lo más grande, nace y se forma de la pobreza, de lo más sencillo, pues su padre, que era un modesto celador de policía, no tuvo dinero para costear sus estudios en aquel establecimiento al que ingre­só gracias a la liberalidad de un amigo. ¡Y cómo Martí, su­friendo su exilio en España, después de sentenciado a seis años de prisión y del destierro en la Isla de los Pinos, se doctoró

 

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en la    de Zaragoza para proseguir su odisea nim­bada de gloria!

 

El grueso comercio se deriva de sus dos industrias prin­cipales, que son la azucarera y la tabacalera, metódicamente organizadas; la primera es superior y da ocupación a millares de brazos, comprendiendo capitales serios estadounidenses. La zafra es alegrísima; el jugo de la caña cosechada el año anterior dió alrededor de cinco millones de toneladas de azú­car. El tabaco en rama y elaborado va a todos los mercados de primera porque es un artículo de reputación bien cimentada; existen más de 80 factorías en que se fabrican cigarros y ciga­rrillos, habiendo cómo 60 en la capital; lo mejor de aquella materia prima llega de Vuelta Abajo, zona situada en la pro­vincia de Pinar del Río. Como el tabaco es la riqueza mayor de la Agricultura y de la Industria en Cuba, se le da prefe­rente atención y, a fin de mejorar el cultivo y las cosechas, el Presidente de la República nombró una comisión que estu­diara detenidamente tal cuestión; aquella propuso el riego de los campos respectivos. La Unión Tabacalera protege con inte­ligencia sus intereses, lo mismo que el Gobierno. En tercios, bultos cuadrados y forrados de brin se exporta el tabaco en rama y, en cajas preciosas con llamativas viñetas y perfecta­mente empacadas dentro de otras cajas mayores y resistentes, la rica y olorosa hoja elaborada, cernida, como suelen decir los del oficio.

 

Como el 60% de su comercio de importación se hace con los Estados Unidos; sus relaciones comerciales con España naturalmente son considerables también: de ambas plazas reci­be: maquinaria, metales, tejidos, vidrios, papel, tasajo, etc., etc.

 

No es exagerado decir que el comercio cubano, en general, es extraordinario, siendo en la capital donde más se observa, y los Estados Unidos, de los países extranjeros quien compra la mayor parte de sus productos, como ya quedó escrito con otras palabras. Embarcaciones especiales, con rieles de acero de vía ancha sobre sus plataformas, llevan constantemente mi­llares de quintales de azúcar en los mismos carros de ferro­carril, desde la Habana hasta los mercados estadounidenses. Dichos carros, después de haber recorrido muchas millas en tierra, desde los centros productores de la Gran Isla, llegan bien llenos a los enormes muelles habaneros; y así, enteritos, bien cerrados y asegurados con llaves y marchamos, se embar­can en la nave que los espera o que acaba de llegar, pues ferro­carrileros y navieros son puntuales en el tráfico: cruzan el

 

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Golfo de México; pasan por La Florida, desembarcan en terri­torio norteamericano y siguen corriendo por regiones más extensas al no más trasbordar, repletos y pesados, tal como salieron de la Habana llevando el dulce y blanco elemento, que es vida y representa el sudor del trabajo cubano, para abastecer muchas plazas. Monstruosas locomotoras que arras­tran 60 y 70 carros de 50 toneladas cada uno y que en línea recta a todo escape apenas si se ve el último, distribuyen el rico polvo blanco que en tales sumas se nos figura nieve sobre La Cordillera de Los Andes o algodoneros en plena producción sobre los valles de la Luisiana, que a su vez semejan nubes blancas sin fin. Y esos carros regresan vacíos o trayendo algo en cambio a la Habana y siguen el mismo derrotero sin cesar... Van y vienen y en el mar y en la tierra se detienen, (algo pare­cido a lo que dicen los chicos en ciertas adivinanzas).

 

Los barcos que en su corazón de titán conducen dicha carga, no pueden desafiar la velocidad cual lo hacen las loco­motoras, y la causa es muy sencilla: no es lo mismo romper las delicadas capas del aire que las pesadas moles del agua. i Claro !

 

Ahora volvamos al "Spaardam" con la seguridad que el espíritu de José Martí, cuyos dos agudos de su nombre y apellido, fuertes, hermosos los dos, casi comprenden nuestras cinco vocales, que son las que valen por sí solas—la única que le falta es la última y débil—parecen condensar la entereza y personificar el talento mismo, ha privado y priva aún en la cultura científica, en la prensa, en las Bellas Artes, en El Ateneo de la Habana y demás centros intelectuales representativos de Cuba consciente, pues el que fué Cónsul de tres repúblicas sudamericanas en los Estados Unidos, siendo cubano, dió más luz que el propio Faro de la Habana que lleva sus claridades muchos kilómetros dentro del Océano y cuya luminaria es la llama que parece elevarse de la tumba del patriota pensador.

 

Del repetido barco bajaron bastantes emigrantes europeos que ya tenían en tierra la categoría de inmigrantes cubanos; desembarcaron muchas de las mercaderías traídas del Viejo Mundo, especialmente hierro y acero procedentes de Holanda e Inglaterra, cognac francés y productos españoles. El resto de las bodegas "spaardianas" estaba consignado a México y Estados Unidos.

 

Ya es de suponerse que el exquisito olor de los sabrosos puros habanos—colorado, breva, obscuro, colorado-obscuro, trenza, etc.,—hacía gozar a bordo a los conocedores, pero

 

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más todavía a los buenos fumadores que hicieron su Agosto desde que el barco atracó aperándose de material escogido. Los sugestivos nombres de las diferentes marcas ideadas y patentadas por sus propietarios iban de boca en boca al ofrecer galantemente los cigarros y pitillos, como también dicen a los cigarrillos. ¡Ah, los satisfechos fumadores! Sentados en sus sillas de extensión y viendo para la Habana que los surtía, producían tanto humo blanco al fumar que parecían estar ha­ciendo apuestas con las chimeneas de los barcos surtos en el puerto, lo cual ya es mucho decir.

 

Como en la penumbra y allá a lo lejos, divisamos la silueta de las palmas reales y de los cocoteros que crecen silvestres como las malvas y que batían sus arqueadas hojas como diciendo i hasta luego! y al buen rato las negras alas de la noche se habían extendido para cubrir el espacio; entonces el "Spaar­dam," al compás del sordo ruido de su maquinaria y de sus gruesas y pesadas cadenas (que tal vez se parecen a las de la conquista), levaba sus anclas para zarpar y seguir adelante.

 

La fuerza del vapor de agua envolvía en los férreos cilin­dros los eslabones de acero que arrancaban en su ascensión las áncoras incrustadas en las entrañas del mar, como garras de águila altiva en los filos de las graníticas rocas, y que habían servido de punto de apoyo al coloso que ya bien pronto se ale­jaría. Los eslabones que salían de último y las escuadras de las anclas subían granos de arena y añicos de conchas que brillaban y que venían desde el fondo de la bahía; las gotas de agua, que a veces formaban chorritos intermitentes, se des­prendían de las cadenas a medida que salían de la superficie para luego caer cumpliendo la ley de gravedad ; se escurrían sobre las inclinadas planchas del barco o salpicaban sus paredes a su caída y, éste flotaba indiferente o más bien aparentando un gesto interrogativo de ¿qué importa una gota más sobre el Océano? La sencillez de tal cuadro, visto con el auxilio del alumbrado de proa, se aproximaba un poco a las estalactitas y estalacmitas de ciertas cavernas rocosas y heladas, diametral­mente opuestas a La Habana.

 

La electricidad, fuente prodigiosa de luz y fuerza, iluminaba la ciudad, que se reflejaba en la bahía como ante un tremol vene­ciano ilimitado: los más encendidos colores y sus caprichosas combinaciones llegaban a nuestra retina con su doble mágica vi­sión: la real, la verdadera proyectada en tierra y la copia que la misma luz y el agua al unirse estampaban.

 

Las hélices comenzaban sus revoluciones dando impulso al

 

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barco que trepidaba y pitaba haciendo sus maniobras para em­prender la marcha nuevamente. Al tener la popa en dirección contraria a la salida de la rada ideal y al Océano, zarpó el "Spaardam" navegando lentamente como si procurara no inte­rrumpir los ensueños y el sueño de los pasajeros que en ese instante escuchaban, quizá, la popular canción "¡ Cuando salí de la Habana, válgame Dios!" ...

 

Así teníamos la feliz ocasión de venir viendo a la izquierda el bellísimo panorama de la Habana de noche; luces y más luces brillaban con todo su esplendor simultáneamente al bor­dear la bahía; estas aumentaban a medida que salíamos del canal como las constelaciones: aparecían y se multiplicaban como queriendo apagar las estrellas que desde el cielo radia­ban: el potente faro, que ya señalamos como antorcha del fuego patrio de Martí y que nos recordaba una de las siete maravillas del mundo que conocimos (el Faro de Alejandría), hacía llegar sus plateados rayos intermitentes más adelante de alta mar, donde éstos, imitando a los enamorados locos de pasión, daban besos a la espuma de las olas, besos que más de alguna vez habrá sorprendido la muda indiscreción de la luna curiosa ... La majestad de la luz producida por el hombre a la par de la obsequiada por la Naturaleza, en íntimo consorcio, reflejadas ambas en el agua y contempladas desde la cubierta de un barco que de noche sale de la Habana, toca el alma y la eleva a las regiones siderales. Se siente como que cada persona tuviera dos almas: una que se queda con ella y otra que se desprende y va muy alto, al centro del maravilloso espectáculo para estar únicamente entre claridades, para ver: luces en el cielo, luces en la tierra y luces en el agua. Da un infinito deleite que no tiene comparación: hay que sentirlo, vivirlo para darse cuenta de la delicada sensación que enciende en nuestro espíritu.

 

Ya estando en alta mar, el hábil piloto da toda la velocidad a las hélices de nuestra embarcación que con sus mil revolu­ciones por minuto, hacen que la roda decuplique su tarea de hender las aguas del Atlántico: nos alejamos más y más ... ; las luces del puerto, por la distancia y por el movimiento del buque y de las ondas, se ven disminuir y dibujar irregulares formas: la llama del faro que se eleva sobre todas las luces que ya se ven titilar como en el fondo de un valle, lleva nuestro pensamiento a la redondez de la tierra y, al cabo de largo rato ya sólo se distingue una hilera de luces de oro y plata que semejan un rico collar de corales y perlas orientales sobre el pecho alabastrino de la más bella mujer habanera.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Los cubanos y guatemaltecos tenemos tres puntos de unión internacional, moral e intelectual de mucha significación: Gua­temala fué la primera nación que reconoció oficialmente la sobe­ranía de Cuba, como República Independiente; José Martí, después de haber estado en Madrid, París, Londres, New York y México, honró con su presencia bienhechora en todos con­ceptos nuestra Universidad, donde sirvió brillantemente la im­portante cátedra de Derecho Político en tiempos del General Barrios y; el inspirado poeta cubano José Joaquín Palma escri­bió el Himno Nacional de Guatemala, cuyas estrofas llenas de patriotismo y de belleza, transcribimos aquí, como un delicado homenaje a los dos países hermanos y a sus preclaros hijos. Lo vais a leer sintiendo la grandeza de un noble corazón y más se impresionará en vuestra alma cuando lo escuchéis ento­nado por la juventud guatemalteca que, desbordando el entu­siasmo patriótico que brota de su pecho y dulcificando más la cadenciosa música de los instrumentos, eleva su voz hasta el cielo como una plegaria de vírgenes ante el sacrosanto altar de la Patria:

 

Escudo de Armas de Guatemala.-imagnen-

 

Guatemala feliz! ... ya tus aras No ensangrienta feroz el verdugo; Ni hay cobardes que laman el yugo, Ni tiranos que escupan tu faz.

 

Si mañana tu suelo sagrado Lo profana invasión extranjera, tinta en sangre tu hermosa bandera De mortaja al audaz servirá.

 

Coro.

 

Tinta en sangre tu hermosa bandera De mortaja al audaz servirá;

 

Que tu pueblo con ánima fiera

 

Antes muerto que esclavo será.

 

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De tus viejas y duras cadenas Tú fundiste con mano iracunda El arado que el suelo fecunda, Y la espada que salva el honor.

 

Nuestros padres lucharon un día Encendidos en patrio ardimiento: Te arrancaron del potro sangriento Y te alzaron un trono de amor.

 

Coro.

 

Te arrancaron del potro sangriento Y te alzaron un trono de amor, Que de Patria al enérgico acento Muere el crimen y se hunde el error.

 

Es tu enseña pedazo de cielo

 

Entre nubes de nítida albura,

 

Y ¡ay de aquél que con mano perjura Sus colores se atreva a manchar!

 

Que tus hijos valientes y altivos Ven con gozo en la ruda pelea El torrente de sangre que humea Del acero al vibrante chocar.

 

Coro.

 

El torrente de sangre que humea Del acero al vibrante chocar,

 

Que es tan sólo el honor su presea Y el altar de la Patria, su altar.

 

Recostada en el Ande soberbio, De dos mares al ruido sonoro, Bajo el ala de grana y de oro Te adormeces, del bello quetzal:

 

Ave indiana que vive en tu escudo, Paladión que protege tu suelo, ¡Ojalá que remonte su vuelo Más que el cóndor y el águila real!

 

Coro.

 

¡Ojalá que remonte su vuelo Más que el cóndor y el águila real, Y en sus alas levante hasta el cielo, Guatemala, tu nombre inmortal !

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Este canto magistral se desprendió de la lira del poeta —que también elogió el Quetzal, lindo pájaro que simboliza nuestra libertad—durante los largos años que vivió en la capi­tal de Guatemala, donde expiró doblegado por avanzada edad y donde reposan sus restos queridos.

 

Recordamos también a dos educacionistas cubanos: Don Anselmo Valdés y Don José María Izaguirre, que habiendo sido perseguidos y expatriados por sus ideas en favor de la Independencia, buscaron y encontraron asilo en nuestra Patria.

 

Todos hicieron mucho bien a este país que amaron de corazón y en cuyo seno dejaron descendientes directos que hon­ran su nombre, enrolado también entre los mentores de la ense­ñanza, pues fueron profesores de varias generaciones.

 

Recordamos que cuando la apoteosis de Palma y Alvarez (el Maestro Don Rafael Alvarez, inspirado autor de la música de dicho Himno), José Santos Chocano, el poeta de América, dijo al primero, al pie de su lecho de enfermo (en la capital de Guatemala) :

 

"La eternidad le sirve de marco a su figura"

 

Escuchando las melodiosas notas de La Marsellesa—que en París todo el mundo canta el 14 de Julio, hasta los encanta­dores canaritos, según pudimos observar—y del Himno de Guatemala se establece cierta analogía entrambos; parece que el guatemalteco fué inspirado en el francés que, a su vez, se dijera que condensa no sólo el espíritu de la Francia demo­crática, sino el de toda la Raza Latina. Con este pensamiento, dentro del cual depositamos nuestra admiración por los cuba­nos que dieron su vida con tal de obtener su Emancipación Política, que es la vida de Cuba, consignamos la medalla de los Veteranos de la Independencia con la que se premió a los Héroes que pelearon en sus guerras de 1895 a 1898: su codicia­do y brillante metal mágicamente impreso por el troquel, tal vez todavía contenga partículas no sólo de las arenas sino de los granos de oro que de sus lavaderos arrastraban los ríos para que, através de sus cristalinas aguas, las viera y las tomara el ibero conquistador, allá en tiempos muy lejanos: en la primera cara tiene un ramo de laurel y el escudo con su res­pectiva leyenda en la circunferencia; en la segunda, una matro­na coronada con el gorro frigio de la Libertad viendo los rayos luminosos que salen de los cinco picos de una estrella bajo cuyo símbolo se lee: "La Patria a sus Libertadores."

 

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¿ Podrán tener honor más elevado que este los que aún sobreviven cobijados por la bandera que defendieron e hicieron tremolar sin mácula?

 

La íntima satisfacción de ver día a día el florecimiento y la gloria de La Patria que los premió, cristaliza el valor cívico que ella engendró.

 

Veracruz y algo más de México.

 

Aunque pocos días navegamos en el Golfo de México para venir de Cuba a las costas mexicanas, a nosotros nos pareció una larga vía la que seguíamos porque en nuestro natural anhe­lo de ver pronto a Guatemala a quien cada día nos acercába­mos más, las horas se nos figuraban días y las noches años: sabíamos que del puerto azteca adonde esperábamos desembar­car para la frontera mexicana-guatemalteca ya únicamente nos quedaban tres jornadas.

 

La última noche que pasamos sobre el mar disfrutamos de encantadores claros de luna: al caer su luz sobre la hermosa superficie líquida del inmenso Golfo, las olas brillaban y des­pertaban la alegría entre todos los pasajeros que se solazaban con tan lindo espectáculo a bordo del "Spaardam," que en breve dejaríamos, al no más tocar tierra firme. La bella reina de la noche, como coqueteando en ciertos momentos, se servía de las nubes para aparecer y desaparecer cual guapa artista entre bastidores, rasgando con su fulgor aquellos velos que vagaban por el espacio.

 

Durante las primeras horas de una mañana primaveral arribamos a Veracruz: posteriormente a los requisitos respec­tivos ante las autoridades porteñas, descendimos a la Antigua Nueva España en cuyo privilegiado territorio naciera el Bene­mérito de las Américas, Benito Juárez, el arrogante indio que de humilde pastor de ovejas y de doméstico, llegó a ser Pre­sidente de la República: tal la excelsa democracia de esta vir­gen América.

 

Comenzamos a ver los primeros edificios de la ciudad al mismo tiempo que notábamos que varios barcos estaban ancla­dos contiguo a los muelles. Momentos antes y sobre una isla, habíamos divisado el castillo de San Juan de Ulúa, célebre prisión y fortaleza cuyo exterior blanco forma contraste con los tristes sucesos que en él se han desarrollado.

 

Los elevados mástiles de las naves servían de asta a la bandera tricolor en cuyo escudo se ven el águila, el nopal y

 

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la serpiente ; sus dobleces, lo mismo que los de las insignias extranjeras que visitaban Veracruz, se extendían hacia la in­mensidad del Océano dándole su égida; esos mismos mástiles y la presencia de buques aceiteros llevaban nuestra vista a las espaciosas refinerías de petróleo que son como gigantescos laboratorios en que el oro negro se transforma en cristalino; esa rama de la industria ahí instalada concentra parte de la riqueza del Estado de Veracruz, riqueza que brota de las entra‑

 

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ñas de la tierra y que explotan la Compañía Mexicana de Petró­leo "El Aguila" y la "West India Oil Co."

 

Anduvimos por sus calles y avenidas; conocimos sus pla­zas, sus paseos, incluyendo sus playas y terrazas; sus edificios nos gustaron; los hoteles y la estación del ferrocarril son gran‑

 

Pozo de petróleo de gran presión.

 

des, distinguiéndose "El Terminal" que ocupa una amplia casa nueva de dos pisos. Las Iglesias son numerosas y bellísimas.

 

Frente a una plaza grande, de forma cuadrangular, se le­vanta el edificio que contiene las oficinas telefónicas, telegrá­ficas y cablegráficas de las que nos servimos para enviar des­pachos a Centro-América y Europa; varias líneas de tranvías cruzan la población, que dispone de todos los medios modernos

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

de transporte, no faltando los caballos, mulos y asnos que van siendo substituidos por los autos y camiones.

 

Algunos de los compañeros de travesía andaban por Vera­cruz; otros seguían adelante, y el punto de partida hacia los diferentes sitios del interior era la estación a la que concurrían listos a tomar los trenes que van a México (la capital), Puebla, Tierra Blanca y Alvarado, que corresponden a los ferrocarri­les Mexicano, Interoceánico, del Istmo y otro ramal respecti­vamente, cuyos caminos de hierro salen de aquel centro a ma­nera de líneas divergentes que conducen el adelanto y la vida a los pueblos. Las tres primeras arterias de acero se enlazan entre sí en diferentes lugares y con otras que posee la nación mexicana. El ruido de las maniguetas, de las carretillas de mano trasbordando los baúles, el rodar de los carros conges­tionados de carga en las bodegas, la entrada y salida de los trenes, la afluencia de viajantes, el movimiento de los nume­rosos maquinistas, conductores, garroteros y fogoneros en los patios, el castañeteo de las máquinas de escribir y los tastazos del telégrafo en las oficinas, claramente nos demostraban que pisábamos una estación ferroviaria de mucha importancia, por la que pasan millares de toneladas de las mercaderías que im­porta y exporta México así como incontables bultos de su comer­cio interior y de cabotaje, pues la aduanas de aquel puerto, en directa relación con los ferrocarriles, son de formidables proporciones. Naturalmente, esa actividad que felizmente se mantiene en los ferrocarriles mencionados significa positivo bienestar para el puerto y ciudad de Veracruz, del mismo modo que para el Estado de su nombre, cuya capital es Jalapa. Tal bienestar, desde luego, se hace extensivo a toda la República. Los templos católicos, de soberbia arquitectura, poseen espléndi­dos altares, donde diariamente tiene lugar el Sacrificio Divino.

 

Sabido es que en la región de que nos ocupamos las haciendas de ganado son notables; hermosos animales nacidos, criados y engordados por allá vimos con particular agrado, llamando nuestra atención, sobre todo, las mulas y los caballos de silla, que son una especialidad por lo fino y por su estampa: de éstos hay importados y del país, cruzados con árabes y otros con andaluces; casi relumbran por lo gordo y por lo limpio, espe­cialmente los prietos. Otros que acababan de bañar, enteros o garañones como se dice, relinchaban y bailaban al caminar, casi no queriendo respetar la cerreta con que los dominaba el cuidador que los trasladaba en pelo, de la caballeriza a un llano. Este es un diminuto índice de la fauna mexicana, que

 

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requiere volúmenes enteros para ser clasificada y de la cual se han ocupado profundos autores naturalistas. Nosotros tuvi­mos el gusto de ver en Veracruz algunos caballeros nativos del lugar vestidos con el típico traje de charro, usando abundante y recortado bigote negro, montados en tales soberbias bestias con sus sillas plateadas (las famosas sillas mexicanas), fuman­do un exquisito veracruzano y luciéndose a su paso por las

 

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calles de la ciudad. Van "bien montados"—expresión que abarca la bondad del semoviente y de todos los aperos—teniendo pre­ferencia por los caballos, máxime para los paseos. Es un ruido acompasado el que origina el golpe de las herraduras de los cascos sobre las piedras que a veces producen chispas al fuerte choque del metal, ruido que secundan las estrelladas charras o espuelas (plateadas también) que giran sobre su eje con el mismo compás que el corcel regula. Y los expertos jinetes mexicanos dirigen el rítmico trotar de sus "tordillos," "moros" y "alazanes" que echan espuma a medida que mastican el freno y se alejan ... dejando oír de último un vago relincho que el aire abandonó en el bosque que llega hasta la ciudad. Hay arte, hay vida, algo nacional en este sport; un supremo gusto del sér racional que por instinto lo comunica al noble animal que le interpreta: se ven algunos caballos tan entendidos, cono­cedores, educados a la alta escuela, que se dijera que obedecen no sólo la voz y ademanes sino hasta el pensamiento de su amo. Tal su inteligencia y el dominio que sobre ellos tienen sus dueños o sus amos.

 

Hay ciertos jinetes, poseedores de tal maestría, que apenas si mueven las riendas cuando desean parar o cruzar y la bestia comprende y gira incolitinenti; al menor impulso de los talo­nes, del roce de las espuelas o ligero movimiento del látigo, avanzan, saltan, corren ... Son renombrados los jinetes mexi­canos en general; habilísimos para "sentar" y "rayar" los ca­ballos; se dan "su paquete" montando los de "boca suave" y ágiles, con los que ejecutan proezas de una rapidez y lim­pieza admirables. Las cosas raras que hacen en los campos, que han servido de asunto para muchas novelas, ya son palabra mayor, pues en las manzanas de sus monturas aseguran la tira o peal con que, yendo a todo escape, lazan el novillo salvaje o el potro cerrero y bravío que doman pronto con la fuerza del atleta.

 

El arte mudo—el cine—ha enriquecido sus pantallas alre­dedor del mundo con las singulares y sensacionales maniobras de estos jinetes campesinos que bosquejan el potente empuje de la caballería mexicana, arma que ha causado a sus enemigos, mayores desastres que la propia artillería, por lo que éstos la califican de temible.

 

En París, donde conocimos al artista Eddie Polo, tenía o tiene éste un gran partido entre el bello sexo debido a sus hazañas como jinete de primera, hazañas que de antemano le valieron muchas simpatías conquistadas mediante sus películas.

 

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"Las mecatadas," los círculos, las dobles circunferencias for­madas mágicamente por la reata con argolla corrediza en un extremo, que va como flecha certera al corazón de la presa y que no falla nunca, surgen de la diestra mano del jinete azteca que, en los chispazos del oficio, parece una estrella fugaz de las pampas.

 

Bien. Hagamos mención de la fabricación de puros y ciga­rrillos en Veracruz. Es ostensible el hecho que de ahí salgan sus artículos en cantidades tales que abastecen todos los mer­cados de la República Mexicana, muchos de los estadouniden­ses y gran parte de los sudamericanos. Su calidad no le va en zaga a la cantidad. Veracruz, por lo que concierne al taba­co, semeja un lujoso abanico que, en manos de una bella desde su palco, distribuye en sus radios las espirales de humo que van a aumentar la alegría o a calmar las penas de los fuma­dores relacionados. Decimos penas porque algunos fumadores empedernidos o incorregibles, para excusar o justificar su cons­tante fumar, arguyen que aquellas, o se alejan del todo como el humo, o se calman algo a medida que consumen el tabaco en esa forma. Los más, haciendo uso de toda franqueza, expo­nen que fuman por placer y éstos son los mejores, los francos. Y todavía existe una tercera clase que se conforma con mani­festar que fuman "por echar humo' nada más y éstos son los neutrales pero, en resumidas cuentas, unos y otros favorecen la industria nacional aunque en humo la conviertan.

 

A propósito de industria nacional, la del pulque, que se deriva del maguey que da la materia prima para el yute, la cordelería y otras no menos importantes en los Estados Unidos Mexicanos, bebida que es apetecida en todo el país y cuyo impuesto representa enormes sumas de dinero a las arcas fisca­les, tiene regular expendio en Veracruz también. Se dice que el pulque, entre sus ventajas, tiene la de engordar; personas hay que lo prefieren al café y toman varias veces al día. A la capital ingresan diariamente varios "trenes pulqueros," con­ductores de millones de litros del turbio líquido que proviene de los Estados de México e Hidalgo; otros van con distinta con­signación.

 

Veracruz, bajo el punto de vista histórico, tiene gran im­portancia también; fué una de las plazas que estaban en poder de la intervención tripartita que hicieron venir las flotas ingle­sa, francesa y española el año 1862: en su puerto anclaron des­graciadamente esas unidades navales de guerra; el Reforma­dor Juárez estuvo dictando leyes en su seno cuando, en su

 

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peregrinación obligada por todo el país, trasladó ahí el Gobier­no Constitucional. Veracruz, pues, ha tenido la elevadísima honra de Capital de los Estados Unidos Mexicanos durante una de las épocas más gloriosas en que sus hijos peleaban por defen­der su libertad y "los derechos del hombre" en América; ahí tuvo asiento el Gobierno Federal; ahí estaba el punto de apoyo del timón de acero y bronce que empuñara en sus manos—que eran como haces de nervios—el presidente errante!

 

Y fué en Veracruz donde el ex-Presidente Díaz dijo su postrer "adiós" a México al hacerse a la mar para siempre, rumbo del ingrato destierro, del horroroso ostracismo. ¡Raros sesgos del destino! Por ese puerto donde desembarcaron los virreyes y los soldados impostores; por ese puerto donde pasa­ron al entrar o salir los enemigos de la Independencia, muchos rechazados por la brillante espada de aquel anciano con cuerpo de atleta y cuyos cabellos ya peinaban plata, salía el guerrero azteca octogenario (ya tenía 86 años en 1911) con el alma des­pedazada, para expirar cuatro años después de faltarle el regazo de su Patria. Y murió allende el Océano acariciando la bendita visión de esa misma Patria a quien consagró más de 66 años de los 90 que vivió.

 

Militarmente, Veracruz ocupa una posición estratégica que da seguridad en caso de emergencia; reñidos combates se han librado en ella y ha sido teatro de tremendos bombardeos en que los mexicanos han hecho morder el polvo al enemigo.

 

Dentro de la Casa de Dios y en muchos hogares admiramos respetuosamente lindas imágenes de la Virgen de Guadalupe.

 

Ibamos ya a internarnos al Estado de Veracruz: familiari­zados, como estábamos, con el "Spaardam" y su tripulación, era justo que de ellos nos despidiéramos y así lo verificamos ;breves instantes permanecimos a bordo, bajamos del buque transatlántico regresando paralelamente a la ribera y ya de lejos, cerca del Hotel Termina], le dimos el último vistazo, Era el postrer recuerdo material que ahí dejábamos de la vieja Europa y el cual tenía que seguir a Tampico y New Orleans para regresar a Inglaterra, Holanda ... y seguir su vida errante o nómada sobre los mares!

 

Llegó la hora de proseguir el viaje por tierras veracru­zanas : mostrando nuestro boleto al portero respectivo, gana­mos la portezuela y plataformas interiores de la estación para meternos en uno de los vagones que irían a Puerto México sobre la línea ferroviaria del Istmo, pero que a nosotros nos dejarían en Tierra Blanca, y así fué. Muy cerca de la ciudad

 

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vimos el río Alvarado, tan grande que parece brazo de mar; el tren lo corta pasando por encima de sus aguas. Ya este otro Alvarado necesariamente rememoraba al Comendador Don Pedro a quien los indianos, comparando su hermosura mascu­lina con la del sol, le decían Tonatiúh, epíteto que sin duda aprendió la princesa que dicen le tocó en el reparto de una familia real del Imperio de Moctezuma. En una de las para­das del tren, preguntando a qué hacienda pertenecían los tori­les y corrales que teníamos a la vista, se nos informó que eran de "Piedras Negras," cuyos bravos toros han sido lidiados en los redondeles guatemaltecos.

 

Al despedirnos de Veracruz dejamos a mano derecha la vía ancha que, pasando por el centro ferrocarrilero de Córdoba, va hasta "la Ciudad de los Palacios," México, donde llama tanto la atención su Catedral, a la derecha, la vía angosta del Interoceánico que se extiende a Jalapa, Puebla, etc., etc.

 

El tramo del camino de hierro entre la ciudad de Córdoba y La Esperanza, ostenta la obra más atrevida que se conoce en materia de ferrocarriles: existen 19 túneles perforados en la viva roca y entre dos de ellos, un gigantesco puente de acero que tiene la sugestiva forma de una herradura, como las bellas Cataratas del Niágara, aumentando la tensión nerviosa hasta de las propias locomotoras al pasarlo, pues se sale de un túnel para entrar presto a otro en aquellas alturas de seis y siete mil pies ; donde las águilas son las reinas del espacio, que en su inmensidad allá lo representa el nítido cielo azul; los trenes en esas majestuosas cumbres de Maltrata necesitan de locomo­toras "cuaches" y de engranajes especiales en sus ruedas para ir ascendiendo y hacer sus carreras de una manera regular; en cada curva que se pasa, en cada altura que se recorre, en cada túnel que se deja, las emociones vivifican el alma y forti­fican el corazón porque los panoramas que sucesivamente se ofrecen al viajero que piensa y que siente, son de una belleza suprema. "Sin duda, las cumbres de Maltrata con el extenso valle que se ve en el fondo, constituye una obra maestra de la misma Naturaleza y que ofreció al Creador para que en ella se viera su magnificencia. Desde las crestas de las montañas, desde los agrestes picos rocosos, se divisan allá al pie y a lo lejos de las cumbres: la población de Maltrata, los ríos v ria­chuelos, los cimborrios de las iglesias de las otras poblaciones que se confunden con los bosques y los llanos, que dan un confuso color gris obscuro por la distancia. Y aquel soberbio conjunto del natural, utilizado y embellecido por la mano labo‑

 

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riosa del azteca, semeja un risco, un nacimiento sin límites en que el sol es el sublime artista que da la última pincelada. Las mañanas pasadas ahí saben a luna de miel.

 

Ya en los planes, está "La Esperanza," sitio muy simpático por la fragancia y blancura de sus magnolias (especiales), pre­ciosas flores que las "chamacas" del lugar venden de varios modos: en ramos, coronitas, cruces, estrellas, etc., a precios tan reducidos que todo sér humano compra su bouquet de magno­lias, que le sirve de mascota y que demuestra que pasó por "La Esperanza."

 

Después se llega al pueblo de Apizaco, donde fabrican y venden vistosos bastones pintados de vivos colores, de matices caprichosos; llaman la atención los pequeñitos, que son muy finos.

 

Finalmente se entra a la floreciente capital de México, la más bella ciudad de toda la América Española, en cuyos alre­dedores se encuentra la "Villa, de Guadalupe," donde el año 1531 apareció ante Juan Diego la Virgen de Guadalupe, Reina y Patrona de México y de toda la América.

 

Volvamos de nuestros ensueños y regresemos a Tierra Blanca donde pasamos la noche y el calor apenas si nos dejó dormir: al siguiente día nos fuimos para Santa Lucrecia, aprovechando el tren que venía de Córdoba por la otra línea.

 

Dos nombres curiosos anotamos en esta segunda jornada: "El Burro" y "El Paso del Cura," siendo en este último donde está "el casco" de una vasta finca de bananos, cuyas plantacio­nes se pierden con el horizonte; un río explayado, sucio y con poco declive, pasa cerca, en las inmediaciones "Del Paso del Cura" y sobre sus riberas está tendido un puente de arco, recto, que también pasamos, viendo un cayuco en el que remaba "un güero " regresando de la pesca.

 

Al llegar a Santa Lucrecia llovía torrencialmente y era de noche; los cántaros de agua que emanaban de las nubes dificul­taban los efectos del alumbrado. De madrugada tomamos al otro día un tren del Ferrocarril de Tehuantepec que une Salina Cruz en el Pacífico con Puerto México o Coatzacoalcos en el Atlántico—atravesando el Istmo de Tehuantepec, Istmo que en esta ocasión cruzamos nosotros por primera vez—y después de pasar por Rincón Antonio y otros parajes, nos detuvimos en San Jerónimo donde hicimos cambio de tren: ahí trasbordamos al Panamericano, que es parte del Gran Ferrocarril Interconti­nental que en no lejano día pondrá en comunicación directa, con las aceradas paralelas, la ciudad de Dawson en el Canadá

 

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y la de Valparaíso en Chile, con sus respectivos ramales que comunicarán New York y Buenos Aires también.

 

Las mujeres de esta ciudad mexicana (San jerónimo, que está en un extenso y pintoresco valle) tienen fama por su belle­za; probablemente el buen clima contribuye a que ellas tengan un color blanco rosado, que compite con el de las rosas de sus jardines.

 

De dicha ciudad seguimos hasta la frontera pasando por Tonalá, Escuintle, Tapachula y Mariscal.

 

La temperatura cálida de la parte baja de los Estados de Veracruz y Chiapas nos hacía echar de menos los vientos ali­sios y los nortes que soplan en la Bahía del primero y que son tan sabrosos cuando no llevan mucha fuerza; en alas de esta idea nos transportábamos al Lago Catemaco y a la Laguna Tamiahua, veracruzanos, y al puerto más importante de México, donde sus moradores son corteses, alegres y comunicativos, y gozan de la frescura mantenida por la proximidad de las aguas. Las tierras calientes que no disfrutan de tal cualidad, son calientes de veras. Sus lluvias invernales, de Abril a Sep­tiembre como en todo el territorio mexicano y centroamericano, son de patente. El Verano, o sea la estación contraria y que comprende los otros 6 meses del año, es tan marcado como pasa generalmente en todos los lugares citados.

 

Muchos guatemaltecos vimos desde el indicado puerto (Veracruz) hasta la, parte limítrofe con Guatemala: entre las colonias extranjeras residentes en los Estados Unidos Mexica­nos, es la guatemalteca la más numerosa—después de la espa­ñola—por razón de vecindad y probablemente por la mejor retribución del trabajo en la Agricultura, pues son jornaleros en su mayor parte, los conterráneos que emigran allende el Suchiate. Honrosa mención debe hacerse de los estudiantes, profesionales y obreros guatemaltecos que, en su laudable de­seo de profundizar sus conocimientos o por los reveses de la política cuyo turbulento oleaje a veces obliga a salir del terru­ño, se han distinguido por sus eficientes ejecutorias al calor de la hospitalidad cívica e intelectual mexicanas.

 

En las poblaciones del trayecto vimos que las gentes usan trajes de colores encendidos, sobre todo las mujeres; los varo­nes acostumbran sombreros muy grandes, de alas extendidas y copa cónica, y alta, algunos lujosos. Desde luego, este detalle reza con los campesinos, vaqueros y amansadores de potros y muletos, sin que dejen de usarlos algunas paisanas.

 

"Los chamacos" al ofrecer sus servicios para transportar

 

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el equipaje aplican al cliente, de primas a primeras (sin cono­cerle naturalmente) el pomposo calificativo de "jefecito," aun­que aquél vaya con traje talar con el cual ya se ve claramenteque es eclesiástico, o bien que no sepa qué es una cartuchera o un fusil ; total, amigo: que allá se asciende lueguito, sin más trámite que "la coba" de los chamacos, que son unos astutos tomadores de pelo.

 

POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

En los establecimientos respectivos se saborean clásicos guisos como el rico mole de guajolote, las picantes enchiladas, etc., previos aperitivos de licores también nacionales, como tequi­la, comiteco, jobo, arrayán y otros; a media comida o al final, el pulque (ya está dicho) es de ordenanza y sólo es capaz de ocupar su puesto la cerveza Moctezuma o Cuauhtémoc, otro agradable producto de la variada industria mexicana también : por último, los parroquianos ayudan la digestión (palabras tex­tuales) fumando veracruzanos de los cuales.surge el humo que ven al propio tiempo que se retuercen el bigote y se lo echan para arriba como dándole la dirección de los círculos blanque­cinos, tal vez ya sin nicotina, en que   leen algo que su mente tiene en perspectiva ....

 

Los pastores, muñecos y juguetes y muchos utensilios do­mésticos fabricados con la fina loza de Oaxaca, son primorosos; los arrieros, Reyes Magos, los limosneros y jugadores repre­sentados por aquellas estatuas en miniatura, reciben vida de la mano prodigiosa de los mexicanos que tienen verdadero gusto y arte en esta clase de trabajos.

 

Gruesos y largos cordeles, muy consistentes y en enormes cantidades, se elaboran en las factorías aztecas que tienen la materia prima a toneladas porque sus magueyales son los me­jores y más extensos del mundo; por las estaciones pasan con

 

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signados a los diferentes puertos de ambos océanos; de ahí se distribuyen para varios usos en los vapores, muelles y construc­ciones enormes, pues la fibra de que están hechos es fortísima y soporta pesos increíbles. Los cables mexicanos, arrollados en carrizos de acero, trabajan como complemento de las más poten­tes maquinarias marinas y terrestres en todo el orbe. El yute y el ágave o maguey son la base de cien clases de cordeles y sóli­dos tejidos que enriquecen más la industria nacional y que da ocupación bien retribuida a millares de operarios.

 

Nos fijamos que la cuestión política interna estaba en efer­vescencia debido a las elecciones de Presidente de la República, que ya se aproximaban; los clubs dependientes del partido que para tal cargo postulaban al General Calles (Plutarco Elías) des­plegaban sus actividades en los Estados de Veracruz y de Chia­pas, donde sus trabajos fueron eficaces, especialmente los de propaganda mediante la prensa; la efigie del sucesor del gene­ral Obregón se veía por doquiera en las manifestaciones impre­sas de aquellos centros políticos que la hacían colocar en los lugares más visibles para el público y distribuir profusamente entre el mismo. Estos centros funcionaban con toda libertad.

 

Nos fijamos también en que algunos de los trenes iban cus­todiados por la fuerza armada y que en ciertos puntos peligro­sos la autoridad militar vigilaba los caminos de hierro; rifles y ametralladoras garantizaban la vida y equipaje de los pasa­jeros, pues era necesario que el Gobierno repeliera—como lo hizo— el bandolerismo que desgraciadamente mantenía

 

el resto de la intranquilidad de los habitantes y transeuntes; esa escoria que quedó como fatal consecuencia de las guerras intestinas comenzadas desde 1910, quitando vidas y riquezas a México porque después de las revoluciones inútiles y destructoras, mu­chos en vez de empuñar el arado y el azadón—que fecundan el suelo y que es lo que necesitan todos los países de América—ya sólo querían esgrimir el sable y el rémington—que, mal mane­jados y si se abusa de ellos, no sólo destruyen y desolan, sino que corrompen los pueblos.

 

Si los hombres que han muerto en tales humanas carnicerías —fratricidas por añadidura—y los millones de pesos que se han gastado en esas desgraciadas luchas consecutivas se hubiesen dedicado al bienestar y progreso del país, lleno de riquezas naturales fabulosas, a buen seguro que México llevaría la batuta entre todos los países hispano-americanos.

 

Como exponentes de tales tesoros citaremos sus minas de oro y plata, mas le superan sus manantiales de petróleo, que

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

1son inagotables, sobre todo en Tampico, Estado de Tamaulipas, en que, además de brotar por sí solos hasta flor de tierra, sal­tan como mágicos surtidores, como pozos artesianos y los ba­rriles se van llenando para repletar los enormes depósitos : de éstos pasan a las refinerías o directamente a los vapores-tanques, como aceite crudo, haciendo uso de bombas y de tubos de 12 y más pulgadas de diámetro. Después, ya se sabe: el codi­ciado líquido convertido en lo que llamamos gas, gasolina, etc. que se reparte por todos los rumbos de la tierra para que vaya a transformarse, como la electricidad, en fuerza y luz que, a su vez, dan oro para los mexicanos.

 

¿No es maravillosa, acaso, esa fantástica producción diaria?
Varios trenes petroleros vimos nosotros; los prolongados
tanques cilíndricos transportaban millares de galones de acei
te a los centros fabriles e industriales así como a los talleres
y estaciones de los propios ferrocarriles. La línea que for
man las plataformas que sostienen esos depósitos ambulantes
parece un cortejo fúnebre de la pereza: todo es negro como
el contenido de esos tambores de hierro colado, hasta las loco
motoras y la indumentaria de maquinistas y fogoneros ; en cada
viaje van a sepultar la inercia y siembran la actividad con las
llamas y las chispas del elemento inflamable que conducen: ante

 

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J. Ni. DE1,EON 1,ETONA

 

la acción voraz del fuego, la pereza no vive, no: ahí muere y es sepultada acto continuo.

 

Las leyes mexicanas, con plausible acierto, prohiben la exportación de monedas de oro y plata y, en esa virtud, los registros en las aduanas y puertos son muy minuciosos; se ad­vierte a los pasajeros que van a salir del país para que por medio de giros o billetes saquen las cantidades que necesiten y no se expongan a que les decomisen las monedas en cuestión, pues tal es la pena que se impone a los infractores. Sucedió que en Mariscal, a pesar de tal advertencia, una dama dispuso prote­ger su busto con valores metálicos troquelados con el escudo del Estado Mexicano : una empleada muy ducha en tales acha­ques y que se encargaba de revisar el equipaje del bello sexo en la aduana, después de las preguntas y negativas de estilo, invitó suavemente a la protagonista a pasar un momento al interior; al instante salieron juntas las dos : la perspicaz aduanera había dado con los pesos bambas, contantes y sonantes que su paisanita había colocado bajo el corset.

 

En vista de tal percance, un ciudadano que se venía ese mismo día, antes del severo registro, "puso los pies en polvoro­sa," camino de Tapachula para trocar allá su plata, aplicando aquel adagio de "cuando veas cortar la barba de tu vecino, pon la tuya en remojo." Corrió como un gamo. Venía de Puebla.

 

Las indicaciones que el buen amigo y galán joven Don Fernando Van der Henst nos dió en París, respecto de la ruta terrestre por México, nos sirvieron de mucho, pues en sus correrías juveniles obedeciendo a Cupido y a Mercurio al mismo tiempo, él ha conocido como la palma de sus manos aquellos caminos. Cartas de presentación y de recomendación que el activo importador Monsieur Van der Henst nos ofreciera, fue­ron el pasaporte para conocer y tratar varias bondadosas perso­nas que también nos hablaron de su consocio, Don Rafael Ramí­rez Jr., por sus negocios de exportación de azúcar.

 

Los rieles del Panamericano besan las orillas del Suchiate, que marca parte de la línea divisoria entre los Estados Unidos Mexicanos y la República de Guatemala, por el lado del Pací­fico, conforme el convenio internacional firmado el 17 de Octu­bre de 1883; surcamos las tranquilas aguas de ese río caudaloso que en su lento paso por Ayutla refresca la temperatura y obse­quia su suave brisa a los moradores y romeristas; al bajar de la lancha que el "pasador" gobernaba con una macana—substituta de los remos y del timón—ya de este lado al no más pisar de nuevo suelo centroamericano, era tal nuestro íntimo placer que

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

únicamente se puede comparar al que se siente viendo, abrazando y besando a la vez a la madre adorada al cabo de muchos años de estar muy lejos de ella, rodando extrañas tierras en busca de mejor porvenir, anhelando sus caricias y bendiciones!

 

Y desde la frontera, con el reposo, con la calma del que ya está en casa, oyendo el dulce trino de los pájaros libres en sus bosques y el tenue rumor del Suchiate, dirigimos una mirada retrospectiva hacia el Occidente para ordenar otros recuerdos e impresiones de México, del cual fuimos huéspedes de paso, y que veníamos meditando en sus trenes, a través de sus cam­piñas. Infinidad de nombres de campos, aldeas y pueblos son muy parecidos a los que tienen tales sitios en Centro-América; otros hay que son justamente iguales (como Jalapa, Zacapa,Escuintla, Cuyotenango, Mazatenango, Zapotitlán, Atitlán, etc., etc.) lo que prueba que las razas primitivas pobladoras de México y el Centro de América se relacionaban entre sí prácti­camente y que, sin egoísmos, compartían su civilización que, a juzgar por sus vestigios e historia, era avanzada. Parece que su comercio abarcaba extensas regiones y, en este caso, es posi­ble que por las latitudes que nosotros recorrimos hayan pasado súbditos de los mayas, aztecas, chortales, quichés, mixes, lacan­dones, chinamecas y de otros reinos y razas autóctonas que disfrutaron de libertad en la época precolombina durante siglos consecutivos; que fueron sometidos y se cruzaron durante la conquista y que han ido dejando pocos descendientes, relativa­mente, a través del tiempo, pero que reunen todos los caracte­res de la verdadera raza cobriza o americana.

 

Los indígenas que vimos guardan un notable parecido con los del Istmo Centroamericano; los mulatos y mestizos, lo mis­mo: sus costumbres tienen mucha semejanza con las de nuestros aborígenes. Sus cabañas son justamente iguales. Por desgracia, es en los habitantes derivados de tal raza genuinamente americana donde la rémora del analfabetismo tiene proporcio­nes tremendas, pues en México alcanza la desconsoladora cifra de 8 millones, sin embargo de los nobles esfuerzos del apóstol de la instrucción pública, Benito Juárez, quien estableció la escuela laica y consagró largos años de su vida a la noble tarea de sacar de la ignorancia al pueblo enseñándole a leer y escri­bir, como lo prueba su labor desde el principio de su vida pública hasta su muerte acaecida el 18 de Julio de 1872.

 

Esta consideración nos remonta a las épocas de Moctezuma y Guatimozín que extendieron sus dominios sobre el Atlántico y el Pacífico y pelearon contra Cortés respectivamente; nos per

 

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-297- ilustración de Don Miguel Hidalgo y Costilla-

 

POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

mite pensar que aquel portentoso indígena, Juárez, de sangre pura, descendía de uno u otro de tales emperadores; que tal vez ese indio legítimo llevaba en sus venas rojo líquido del que animara al heróico Cuauhtémoc, el indomable que hizo pasar "la noche triste" a los duros conquistadores y que tenía encar­nado el valor de la raza azteca. Es posible que sus tatarabue­los hayan tenido entronques familiares con tales personajes o con otros más notables; tal vez, pero lo que no se duda es que el huérfano desde su niñez, fué libertando sucesivamente no sólo a todos los indios sino a todos los mexicanos en general, con una fuerza intelectual y una serenidad de espíritu irresis­tibles, que causaron y causan la admiración de todas las nacio­nes cultas.

 

La noble figura del Padre Hidalgo, enérgico y valeroso anciano que, el 16 de Septiembre de 1810 inició la obra de la Independencia con el célebre "Grito de Dolores," dado en el pueblo de este nombre, en el Estado de Guanajuato, realza en­tre los próceres; él comenzó la lucha prácticamente a partir de la misa en que anunció sus patrióticos propósitos; de ahí salió para la guerra de emancipación nacional llevando consigo el estandarte de la Virgen de Guadalupe y peleando como sol­dado con gran arrojo; así enardecía el ánimo de los hombres libres para batirse denodadamente hasta obtener la autonomía; lleno de fe y de ardoroso amor a su patria, daba el ejemplo en los combates; no desmayó a pesar de las traiciones y, su noble y cruenta tarea no terminó sino con su vida al ser fusi­lado en Chihuahua el 30 de Julio del año siguiente (1811).

 

Después su digno émulo, el Padre Morelos que, como su Lugarteniente y siendo otro fogoso libertador, levantó tropas y reclutó soldados en las costas del Pacífico para cooperar si­multáneamente con él a fin de lograr su ideal; se batió tam­bién con toda bizarría y corrió la, misma suerte porque cuatro años más tarde, el 22 de Diciembre de 1815, lo pasaron por las armas los realistas en San Cristóbal Ecatepec.

 

Se dice de un suceso raro acaecido a raíz de la defunción de este ilustre patricio, después de la acción de Tesmalaca: su sangre fué lavada, sin la intervención de ningún sér humano, por las aguas del Lago San Cristóbal en cuyas orillas se eje­cutó la sentencia de muerte; esas aguas siempre tranquilas, pues nunca un huracán las había agitado, formaron olas encris­padas y traspasando las playas llegaron hasta el sitio donde estaba la sangre del mártir y regresaron con ella sin dejar la más leve mancha, lo que se atribuye a La Providencia.

 

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-299-Ilustración-

 

POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Rememorados ya los dos prohombres de la Independencia Nacional, los dos valientes Sacerdotes que fueron los ejes sobre que giraron todas las acciones para establecerla y mantenerla, Sigamos con quien, con el correr del tiempo y con sus propios esfuerzos hizo más que coronar esa titánica empresa; la hizo perdurable y digna, respetada y temida por el invasor extran­jero. Ese predestinado fué Juárez, como es sabido. Vamos a referir algo de su vida porque es muy eficaz para la demo­cracia y un culminante ejemplo para la juventud en general. Recordemos que la excepcional aptitud del que estuvo acomo­dado como mesero con sus patrones Maza es una viva enseñanza para los mexicanos y para todo el Continente Americano; que algunos de sus hechos trascendieron hasta Europa, donde una monarquía se conmovió con sus triunfos.

 

Nació de padres humildes en el pequeño pueblo de San Pablo  Guelatao, Estado de Oaxaca; los primeros años de su infancia se deslizaron en el campo, en los prados, en las coli­nas, donde pastoreaba animales domésticos, donde la bondad de la Naturaleza iba fortificando su cuerpo y alentando su alma. Desde el principio demostró serenidad ante el peligro, pues en cierta ocasión el islote sobre el cual cortaba cañas para sus rústicas flautas que él mismo hacía, comenzó a moverse en la "Laguna Encantada" y a caminar: el vivo pastor nada temió: pasó ahí toda la noche como si navegara en segura lanchita y al día siguiente el islote, flotante estaba en la orilla de la tierra a donde el improvisado marino de agua dulce saltó para regresar a su rancho o cabaña tocando alegres sones campestres.

 

El diminuto campesino cantaba entonces sus sencillas can­ciones en el dialecto de su pueblo, en lengua, como los ladinos suelen decir; su anhelo por aprender a hablar español se fué desarrollando al ver y oír las personas familiarizadas con tal idioma y que pasaban por donde él moraba; desde luego, era analfabeto: así las cosas y cumpliéndose el adagio de que "no hay mal que por bien no venga," se fué huyendo a la capital de Oaxaca porque en la pastoría se le perdieron unas cuantas ovejas que cuidaba y que pertenecían a su tío, de quien espe­raba un severo castigo; los verdes nopales y los empurpurados matices de la grana se quedaban para siempre en San Pablo; su pretérita determinación de mejorar de situación se unió a este incidente de las ovejas descarriadas; en dicha ciudad en­contró trabajo en la misma casa donde estaba como sirvienta una hermana suya; ahí le recibieron como criado o mocito. Ya había subido el primer peldaño: su campo de acción para apren

 

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der, para estudiar, para hacerse hombre por sí solo, sufriendo las negras amarguras de la orfandad y de la pobreza, le espera­ba sonriente, cariñoso, paternal en la bondad del Sacerdote Don Antonio Salanueva,quien le dió el pan de todos los días y el pan de la instrucción. Fué al lado de aquel prelado vir­tuoso que el futuro Abogado rasgó y botó el velo de la igno­rancia y que vió las primeras luces del humano saber; fué la base para sus estudios superiores en un idioma que no era su idioma materno pero que dominó muy pronto; fué la palanca para su brillante carrera en que su notable inteligencia asimiló cuanto en esos tiempos se sabía de leyes, obteniendo el título profesional ya indicado y doctorándose en Derecho posterior­mente.

 

Con el transcurso de los años y ya teniendo una modesta po­sición social en que el ejercicio de su profesión era el timón porque amaba la justicia, se casó con la hija del que había sido su patrón en Oaxaca. Este acto de su vida civil recuerda las expresiones que algunas amigas y familiares de su esposa le decían cuando era su novia a fin de evitar la unión matrimonial sin fijarse que los méritos de las personas no están ni en el color . Parece que la más pesada era la de "no te cases con ese indio tan feo," sin comprender, sin imaginarse siquiera, el talento, la bondad, la entereza y otras cualidades excepcionales que dis­tinguían al hombre superior; sin fijarse que los méritos de las personas no están en el color de de la piel ni en las facciones de la cara, sino en el cerebro y en el corazón. Siempre recto, siempre inmutable, el Lic. Juárez siguió su vida laboriosa a despecho de la envidia que suscitaba su don de gentes y su vida ejemplar; bajo estos auspicios mereció sucesivamente los honores de ser nombrado Gobernador del Estado de Oaxaca, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Jefe del Ejecutivo y Benemérito de las Américas, todo para honra y gloria inmar­cesible de los Estados Unidos Mexicanos.

 

Uno de los actos patrióticos, públicos, resonantes que apa­recen en la vida de Juárez como de los más culminantes, es la tremenda y severa lección dada al extranjero usurpador en el histórico Cerro de las Campanas el 19 de Junio de 1867, muy cerca de Querétaro, con el fusilamiento de Maximiliano de Austria, suprema decisión que, agregada a las otras virtudes cívicas del Libertador y Reformador, dió origen a que en el mundo civilizado se le distinguiera más todavía y se le reco­nociera justamente como el único Benemérito de las Américas, gloria que lo coloca sobre el pedestal formado por los más célebres hombres públicos del Continente Americano.

 

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No olvidemos que en el seno de la Iglesia, por medio del filántropo Sacerdote Salanueva, se fueron animando sus senti­mientos de patria y del celoso cumplimiento de todos sus debe­res; ahí comenzó a fulgurar el cerebro del gran legislador ; nunca olvidó su religión y, a la par de la razón que lo guió y el cultivo de la ciencia que lo engrandeció, mantuvo en su noble corazón un profundo respeto por DIOS: he ahí por qué siempre la gran fuerza de su alma, aun estando en los mayores peligros, venció cuantos obstáculos se le opusieron en su obra colosal: he ahí por qué no desmayó jamás ni dejó de izar y defender un sólo día el pabellón mexicano que mantuvo siem­pre incólume, aun en el desierto y en las apartadas sierras y pampas de su propio suelo patrio durante los largos cinco años que las huestes imperiales le perseguían con la consigna de fusilarle. Por esa misma razón, contestaba las detonaciones de la fusilería y de las granadas del enemigo con las tem­pestades de la santa Libertad que agitaba su pecho de cíclope, con la rúbrica que su mano maestra estampaba en los sabios decretos y acuerdos salvadores, que son la vida libre de México y que emanaban como purísimos manantiales de su numen pro­digioso.

 

Algo de la sublimidad del cerebro de Juárez, de la sangre india que corría por sus venas y de las proporciones colosales del alma que tenía, puede traslucirse por las siguientes estrofas que le consagró uno de sus poetas connacionales:

 

"Mientras que seguías, alzada la cabeza,

 

 Erguido en la desgracia, aislado, sin auxilio,

 

Soberbio en tu abandono, sublime en tu pobreza

 

Y en éxodo gigante, nimbado de tristeza, Te vió pasar la senda amarga del exilio.

 

"Y en el destierro en donde la soledad impera

 

Y vence la fatiga, y mata el desconsuelo,

 

Con ademán heróico clavaste la bandera

 

En cuyos nobles pliegues el águila altanera

 

 Abre las fuertes alas _para volar al cielo.

 

"Y en tanto que soplaba la racha embrabecida,

 

Te alzaste, silencioso, del porvenir delante;

 

Hiciste un holocausto supremo de tu vida,

 

 Y halló un altar la libertad herida

 

Bajo la tienda nómada del presidente, errante."

 

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Víctor Hugo, el primero de los poetas franceses de su época, delineó magistralmente también, algo de la noble personalidad de Juárez en la carta que le dirigió de Hauteville House el 20 de Junio de 1867.

 

Entre las cosas íntimas que del rectilíneo gobernante refirió su hija Doña Margarita (quien tenía el mismo nombre de su mamá), hay una curiosa, relativa al Emperador Maximiliano, cuando ya era prisionero de guerra al concluir el sitio de Que­rétaro con la toma del Convento de la Cruz el 14 de Mayo del 67: en el Palacio Nacional de México había un continuo entrar de personas de alta alcurnia, damas de abolengo peninsular so­bre todo, qua solicitaban el perdón del cautivo; entre ellas se distinguía una princesa de singular hermosura y, como Don Guillermo Prieto, amigo del Benemérito, con quien se tuteaba, dudara de la resolución cuyos efectos conmovieron a todos los reyes y las cortes, en un diálogo durante el cual tomaban el chocolate, se cruzaron las siguientes frases:

 

—"Oye, Benito, esa Princesa de Salm Salm, ya parece que te va conquistando; ya ves, el triunfo de la belleza ... Temo que vayas a caer como un pajarito" ...

 

—"La mejor belleza para mí es la Patria. Y acuérdate que los mexicanos tenemos algo de águilas... No somos tan pája­ros"

 

Su sabio aforismo "E] respeto al derecho ajeno es la paz" que encarna el más grande espíritu de justicia, es como un evangelio que la humanidad siente, que debe repetir y practicar todos los días.

 

Aquel genio, que es un estímulo para la juventud y un modelo para los pueblos y los gobiernos, rindió la jornada de su vida a la edad de 66 años, estando en el más alto rango de su país, pues desempeñaba la Presidencia de la República.

 

Fué muerte natural la que cortó el hilo de su laboriosa exis­tencia en la antigua Tenochtitlán, que desde en tiempos de los bravos aztecas está recostada en la hermosa meseta que circunda la alta Sierra de Anáhuac, de donde los cóndores, en su asom­broso vuelo, elevaron su espíritu hasta la eternidad: Cerró los ojos para siempre rodeado de sus familiares, amigos y ministros.

 

El rugido del cañón anunciaba más tarde que el Libertador, Reformador y Benemérito había pasado a la inmortalidad.

 

De los hombres públicos que colaboraron con Juárez men­cionaremos tres: el aguerrido General Ciudadano Ignacio Zara­goza que en la recordada acción de armas del 5 de Mayo de 1862 derrotó por completo a los franceses en Puebla, cubrién

 

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dose de gloria y conquistando los laureles de la victoria para México y su disciplinado ejército; Lerdo de Tejada, oriundo del puerto de Veracruz, que fué su activo ministro y sucesor en la Presidencia, habiendo desempeñado otros cargos, y el Gene­ral Ciudadano Porfirio Díaz, originario de Oaxaca también, quien el 2 de Abril de 1867 ganó la batalla del sitio de Puebla, gracias al golpe de audacia que con el valor de las tropas que mandaba dió en la madrugada de ese día, asaltando aquella im­portante plaza para luego derrotar otras fuerzas realistas en San Lorenzo, donde el enemigo al mando del General Márquez, perdió toda la artillería y municiones que tenía.

 

Como se sabe, el General Díaz en su carácter de Jefe del Estado, procuró secundar los principios implantados por Juárez, y, con mano férrea como desgraciadamente se necesitaba, gobernó durante 30 años y obtuvo el progreso y desarrollo material del país; la riqueza nacional, en su tiempo, tomó mucho auge.

 

No era posible que en nuestros recuerdos dejáramos de in­vocar a los bardos Salvador Díaz Mirón, Juan de Dios Peza y Amado Nervo, representativos de la poesía mexicana y así, con la dulce armonía de sus estrofas, venían a nuestra memoria los monumentos que en la ciudad de Guatemala se levantaron como homenaje al Padre Hidalgo y a Juárez, entre las estatuas de García Granados y Barrios, que se destacan en "La Reforma," donde se les hacen solemnes manifestaciones cada aniversario de la Independencia Nacional: fueron, pues, los artífices del pensamiento, los soñadores y cantores de las glorias patrias, quienes ocuparon nuestra imaginación al despedirnos de su suelo natal. Las simpáticas siluetas de aquellos hombres de la idea y de la acción reunidos hermanablemente, imprimían más nuestra gratitud hacia el vecino país fraterno porque fué en Tapachula (ciudad que también recorrimos con juvenil entu­siasmo) donde se organizó "La Revolución del 71" que trajo los ideales de civilización que nuestros padres bien habían me­nester : la cascada que tronaba desde la cima del soberbio Tacaná fronterizo, el 2 de Abril y que nos legaron como la mejor herencia.

 

De Ayutla a Guatemala por ferrocarril, a través de sus
"Costas de Oro."

 

Tan pronto como pasamos la línea divisoria, al telégrafo nos dirigirnos para anunciar a los familiares que al día siguien­te estaríamos nuevamente a su lado, ya en el común terruño de nuestros abuelos

 

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Mientras se revisaba el equipaje en la Aduana, contemplá­bamos nuestra bandera de azul y blanco como nuestro cielo.

 

Dormimos en Ayutla, despertamos de madrugada y la auro­ra nos decía que el día iba a despuntar; nos encaminamos a la estación y ahí estábamos ya listos para ir a la Capital de Guate­mala, a través de las "Costas de Oro." Antes de las 6 a. m. dos agudos pitazos de la locomotora, cuyo eco se perdía entre las selvas majestuosas, nos hicieron saber que ya emprendíamos la postrer jornada y que ya veníamos hacia el centro del país donde anidan nuestros cariños. A ambos lados de las paralelas de ace­ro sobre las que caminaba el tren contemplábamos satisfechos la incomparable vegetación del suelo guatemalteco: zacatonales, cafetales, cañales, piñales, cacaotales, platanares, bananales, cauchales, naranjales, limonares, arrozales, maizales, mangales y mil árboles más cargados de fruta, así como infinidad de otras plantas cultivadas y silvestres veníamos viendo mientras pasába­mos por nuestras costas donde los hilos de plata de los ríos se deslizan bajo los puentes de hierro y acero, antes y después de regar los terrenos y de impulsar las máquinas agrícolas e indus­triales para luego llevar sus aguas al Pacífico.

 

Las estaciones se sucedían unas a otras y los asombrosos panoramas de las ubérrimas zonas por donde veníamos nos de­leitaban con la vista de las montañas, de los bosques y de los volcanes que, allá a lo lejos, elevan sus gigantescos conos como queriendo alcanzar el cielo. Partes pasábamos donde única­mente verdes y frondosos árboles y cielo veíamos; no había horizonte: tal es la feracidad y virginidad de esta tierra.

 

Las cascadas, el rumor de los riachuelos, las hamacas for­madas por fuertes, colgantes y verdosos bejucos, las cien parási­tas; los vistosos helechos con penachos en sus ápices, el necio chirrido de las cigarras, la sombra de las ceibas, la presencia de "los árboles de pan," los simétricos almendros, el calor y las lluvias torrenciales nos advertían que veníamos por nuestras costas del Pacífico, que realmente debían llamarse "Costas de Oro": en ellas las esmeraldinas "colas de Quetzal," imitando las prolongadas plumas del ave sagrada de Tecum Umán, forman perennes arcos triunfales para saludar día día al Creador!

 

Sucesivamente pasábamos por las estaciones y oíamos reso­nar: Coatepeque, Retalhuleu, Muluá, Mazatenango, Cocales, Santa María, Escuintla .... donde algún conocido, amigo, com­pañero de colegio o algún familiar subía al mismo tren en que veníamos y con quienes, después del apretón de manos de estilo, entablábamos conversación en la que comentábamos el

 

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tiempo que estuvimos ausentes, abundando las consiguientes preguntas y respuestas entre ellos y nosotros. La sonora cam­pana de la locomotora, con sus claros y vibrantes sonidos, anun­ciaba la entrada y salida del tren en las estaciones.

 

A la altura de "San Fernando" y rodeando las faldas del Volcán de Agua por el Sur, el calor era menos y al llegar a Palín un aire agradable enfrió la temperatura. En aquella estación, lo mismo que en Amatitlán y Morán—ya asociados de personas que fueron a nuestro encuentro—escuchábamos entre las voces de algunos pasajeros bulliciosos y vendedoras entusiastas las ofertas de "platanitos fritos," "tamalitos de cambray," "chiles rellenos," "pepita," "pepescas" y otras muchas vendimias comu­nes en aquellos simpáticos lugares en que las ricas y variadas frutas "hacen agua la boca" al sólo verlas.

 

La Laguna de Amatitlán, donde hemos tenido dichosos días de solaz, nos impresionó gratamente; la magnificencia de sus alrededores nos daba un exquisito placer al pasar por sus orillas marcadas por los rieles del Central, que siguen las rectas y las curvas de sus vueltas hasta dividir en dos la depresión de su lecho. Bandadas de patos y de gallaretas volaban y nadaban sobre ella y más de alguna lancha surcaba sus tranquilas aguas.

 

Este enorme depósito de agua dulce, comparable a los más hermosos lagos de Suiza e Italia y que ahora encuadrábamos—por medio de la mente que todo lo puede—en un impecable tre­mor veneciano a cuya ancha moldura formada por sus propias montañas engalana la acerada cinta del Michatoya, ostentaba en su luna toda la belleza del cielo y la poesía de los paisajes que la Naturaleza artísticamente dibujara en sus vecindades.

 

¡Adelante! Subíamos "Campo Seco" dejando en el extenso plan bañado por el río Villalobos, "Santa Teresa," "El Ingenio" y "El Frutal" que en sus ensenadas exhiben gallardas muestras de la rica flora y fauna guatemaltecas, en el comienzo de sus bocacostas del Pacífico.

 

Desde "Eureka," "El Portillo" y Pamplona, el hermoso "Valle de la Ermita" se deja contemplar y la cadena de monta­ñas que lo rodean como acariciándolo, puede verse desde el pie hasta la cima. Los celajes allá en el Occidente, en dirección de Antigua—ciudad tranquila que duerme como princesa en­cantada en medio de un jardín sonriente—y Quezaltenango ­altiva metrópoli altense que mantiene sobre la Gran Cordillera de Los Andes el espíritu libre y elevado de sus hijos—presa­giaban buen tiempo cambiando el azul de la bóveda celeste en tintes rosados entre las blancas nubes.

 

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Otros dos pausados pitazos de la locomotora que dejaba escapar el vapor que le' sobraba y que juguetona serpenteaba su penacho de humo gris en el espacio que ganaba, precedieron al paso del puente de la 7a. A. S., después del cual tocamos el punto donde se une la línea férrea que conduce al lado opuesto, es decir, al Atlántico, el mismo punto por donde habíamos sali­do hacía más de dos años y por donde ahora regresábamos trayendo las brisas del Pacífico.

 

Eran las 6 de la tarde cuando a la estación de Guatemala entrábamos. En cuanto el tren se detuvó nos apeamos y nuevos apretones de manos y fuertes abrazos cambiábamos al calor de los íntimos afectos de familia y de la amistad, cuyas emociones pueden y significan más que las palabras.

 

Las impresiones guatemaltecas que desde la víspera está­bamos recibiendo, reanudadas a partir de la madrugada de este día y las cuales hacían desbordar la felicidad en nuestro pecho, dominaban por completo nuestro sér: entre todas las que había­mos tenido durante el viaje estaban en primera línea y ahora se declaraban vitalicias en su primer puesto.

 

Yendo por la 6a. A.—el Broadway Chapín—contemplábamos con avidez la bella capital y sus moradores al dirigirnos a nues­tro hogar, pasando por la Concordia, la Plaza de Armas y Catedral.

 

Printed in the United States of America.
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XX.
Observaciones.—Comparaciones.

 

Durante todo el viaje revivió en nosotros el inolvidable recuerdo que desde 1908 teníamos del Maestro, Br. Don Vicente Rivas—autor de la Geografía Universal, repetidas veces edita­da—cuando en el último año de nuestros estudios en la Escue­la Nacional de Comercio de Guatemala nos enseñaba Geografía Comercial.

 

Además del cariño y gratitud que todo discípulo debe sen­tir por su preceptor, teníamos en esta circunstancia especial el placer de ir constatando prácticamente la veracidad de las me­tódicas explicaciones de aquel apóstol de las Ciencias Geográ­ficas, que tan útiles nos fueron. Y así, al cruzar las fronteras, al tener a la vista una península; a través de los mares, de los lagos, de los canales; al surcar un golfo, una bahía, un río; al recorrer una línea férrea, una carretera; al atravesar los Alpes, al admirar los desiertos; al conocer una capital, un puerto; al ver las producciones naturales e industriales de cada país ex­tranjero, de todo lo cual el Señor Rivas nos había hablado, nos parecía que el día anterior habíamos recibido su última lección, no obstante que hacía 17 años que la habíamos escuchado.

 

Dos lustros, más o menos, han transcurrido después de su muerte: al cabo de ellos escribimos esta primera observación en su honor para que represente una palma de inmortales cortadas sucesivamente én los cien países que él desde su cátedra nos enseñó y asidas con el crespón violeta del reconocimiento, ofren­da floral que, emocionados y respetuosos, colocamos sobre su tumba.

 

En Norte América, como en Francia e Inglaterra, las confe­rencias públicas, gratis o pagadas, desarrollan todos los temas contribuyendo eficazmente a la instrucción, al adelanto del pue­blo y del obrero. Todo el mundo lee. Los tranvías, los trenes, los barcos; los ómnibus, los carruajes, hasta las naves aéreas, son salas de lectura ambulantes.

 

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El periódico es muy barato; se consigue en todas partes, como el aire, como la luz.

 

Las bibliotecas, ya se sabe que abundan por doquiera al al­cance de todos. Hay en ellas millones de libros a disposición de los lectores. He aquí el busilis, la gran cuestión para pro­gresar, para estar al día, al tanto de lo que pasa en su país y en el extranjero.

 

Como estas conferencias que mencionamos ya, son diarias y en diferentes sitios, uno puede asistir cuando desee, cuando puede, cuando le interesa el tema. En esta atmósfera purificado­ra, el obrero es un sér consciente. Aquí nos persuadimos de que el progreso de una nación se mide, no por sus edificios o monumentos, sino por el número de sus hombres cultos. Los sa­lones para conferencias y salas de lectura, no obstante que están unos lejos de otros, tienen fácil acceso porque los vehículos caminan muy ligero, en distintas direcciones y no son caros. Así, con toda rapidez y comodidad, se trasladan los lectores: los medios de locomoción acortan las distancias.

 

Pensamos que una de las causas del progreso material de los Estados Unidos consiste en el profundo, en el concienzudo estudio de las Matemáticas y de su atinada aplicación. Todo lo reducen al número. Después de hechos todos los cálculos mate­máticamente, ejecutan sus obras colosales, yendo al éxito segu­ro porque ya todo está visto y resuelto de antemano en el es­critorio.

 

Creemos que otra de las causas es el espíritu de asocia­ción. En los negocios, por ejemplo, las compañías, mediante el esfuerzo colectivo y el capital social, obtienen utilidades fabu­losas y sus operaciones toman más auge cada día. Tal es la vida de los "trusts" cuyo poder es incontrastable y cuyos millo­nes de dólares hacen que los estadounidenses tengan intereses por todo el mundo y que sus negocios marchen siempre bien, a la segura.

 

Indudablemente una de las causas (tal vez la principal) de que en Norte-América y Europa gocen de tanta salud los habitantes, pues casi todos son muy sanos, es el cuidado que la Municipalidad y el Gobierno por una parte, y los particula­res por otra, tienen con todos los articulas de primera necesi­dad, no sólo en cuanto a su pureza y procedencia, sino a su perfecta conservación.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS'

 

Da gusto ver en los mercados el aseo, la limpieza en que están todos los víveres, guardados en vitrinas, a la vista del público. Para mayor comodidad, en cada dos o tres manzanas hay un mercado, sin perjuicio de las ventas ambulantes en auto­móvil y de los repartos de abastos que se hacen por el mismo medio.

 

Los precios de las cosas están marcados sobre los respecti­vos artículos, de manera que no se pierde el tiempo en estar preguntando ni en regatear, pues aquellos son fijos.

 

Observamos que en muchos países extranjeros los padres de familia, aun los millonarios, para obtener la mejor educación y preparación de sus hijos, procuran que éstos, siempre—desde niños y tomando en cuenta su edad, constitución, tendencias, etc.,—tengan alguna obligación, algún pequeño cargo, una ocu­pación en el hogar. Esta buena costumbre hace que el niño se habitúe al orden, al trabajo, a la gradual disciplina, al cum­plimiento del deber. Muchos millonarios hay que, el Domingo, el día festivo, antes de dar para los dulces a sus hijos, ven que éstos hagan algo útil en casa, de manera que el dinero lo reci­ban, no como un regalo, como un presente, sino como una retri­bución de su pequeña labor. Así aprenden prácticamente que un peso tiene cien centavos y que hay que saber cómo se gastan. Esto nos recuerda la opinión de un Profesor de Agricultura que proponía que, en vez de proferir el consabido "¿Cómo está usted?" al saludarse, se dijera "¿Qué sembró usted ayer?"

 

En Estados Unidos, en cada manzana. en cada esquina; a cada cien metros en las poblaciones, y a muy cortas distancias en los campos, existen aseadas, bonitas ventas de gasolina, pan de la industria actual, líquido codiciado que, al inflamarse, pone en rapidísimo movimiento millares de automóviles y otras muchas máquinas. No podemos menos que apreciar tal adelanto, que admirarlo, pero ¡ay! nos dolió el alma al pensar que tales ventas, en Centro-América están substituidas por las de licor.
Tal es este terrible parangón. Si en vez de cantinas, si en lugar de cada venta de licor, tuviéramos escuelas, una escuela, qué felices serían estos cinco jirones del Istmo Centro-Americano!!
En aquel vigoroso país es tal la cantidad de automóviles que hay, que se calcula uno para cada dos habitantes. Hay millares de personas que tienen varios autos para viso particular de cada
una de ellas. A estas cifras fantásticas debemos agregar el

 

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número de carros que se fabrican diariamente para las necesi­dades de la Gran Nación y las del exterior, pues la exporta­ción es considerable.

 

Nosotros vimos fábricas y talleres americanos (para auto­móviles) en Europa, Asia y Africa, abundando los "Ford."

 

Puede decirse que, prácticamente, cada casa particular tie­ne su "garage" además de los del servicio público, del nacional, del de bomberos, etc., que también son numerosos.

 

En vista de la gran cantidad de autos y de la velocidad con que éstos corren en los Estados Unidos, alguien los ha com­parado a millones de escarabajos atacados del delirio de perse­cución.    * * *

 

A medida que nos alejábamos más del País, más concentra­dos sentíamos nuestros afectos hacia él y, entre más admirába­mos el adelanto, la civilización de otras naciones, más deseába­mos el progreso de la nuestra y pensábamos que cuánto bien haría a nuestros hombres la sana mentalidad de aquellas gentes que no conciben la envidia, la crítica, la malicia. Ojalá—decía­mos como monologando—se pudiera con una especie de inyec­ción, infiltrar en nuestros factores aquella sana mentalidad y por el mismo procedimiento se nos extrajera el turbio líquido de nuestros defectos. * * *

 

Los Estados Unidos es el país en donde está más desarro­llado el automovilismo. Las espléndidas, extensas y numerosas carreteras contribuyen a tal desarrollo; las vías de comunica­ción se hallan siempre bien atendidas por las autoridades y por la iniciativa individual. Constantemente se abren nuevas carreteras y se emplean en su pavimento materiales de primera clase, siendo personas expertas las encargadas de las obras, de manera que los trabajos son acabados, de larga duración y cuyo gasto es pequeño en relación con la gran utilidad que los carac­teriza. Son notables las carreteras de California, que son las mejores de los Estados Unidos y de todo el mundo, y consti­tuyen una palanca poderosa en el adelanto increíble que ha alcan­zado aquella región que comenzó a explotarse hace poco relati­vamente.

 

En este país, los automóviles son muy baratos y se fabri­can en muchos Estados; así, están al alcance de todas las fortu­nas. El obrero estadounidense no concibe su vida sin su "máqui­na," pues le sirve para trasladarse de donde habita a su trabajo o viceversa, porque es el medio más rápido de que dispone.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

El tiene su automóvil por este motivo, por imperiosa necesidad.

 

Naturalmente hay, a la vez, autos de lujo a precios elevados que lucen las personas acomodadas en sus paseos por las ciuda­des y los bosques aumentando el tráfico y el bello aspecto de estos centros de población y de solaz.

 

Hemos querido recalcar la importancia que en los Estados Unidos se da a los caminos, una de las bases del progreso del país más rico del Mundo, donde se hacen fabulosas fortunas y donde se vive tan confortablemente, gracias al trabajo y a las libertades de que en él se disfruta.

 

Cuando se discutía en el "Board of Trustees" de una ciudad del Sur de California la apertura de un nuevo "higway," que uniría por un camino más corto cuatro Condados, a fin de darles salida hacia el mar, un rico finquero del interior, dijo: "La uti­lidad de las vías de comunicación no se discute. Yo compré la finca tal cuando no había caminos, por un precio ridículo. Al abrirse la primera carretera que la puso en comunicación con varios centros de consumo, su valor se decuplicó, y algún tiem­po después cuando se construyó un ramal del South Pacific (vía férrea que recorre todo el Sur y Occidente de los Estados Uni­dos) que la atraviesa, el precio de mi propiedad se aumentó cincuenta veces. Opino, pues, por la construcción de la nueva carretera que ha de centuplicar el valor.de las fincas que va a comunicar con el mar y con el resto del país, con el mundo. Cada Condado costeará, íntegramente, la parte que le corres­ponde."

 

Entre tanta grandeza, entre tanta maravilla que por doquie­ra contemplamos y que saturó nuestra alma de infinito placer, figuraba siempre un bello punto blanco, muy marcado, que jamás se apartó de nosotros: el grato recuerdo de nuestra Patria!

 

Al contemplar los mares, los desiertos, las siete maravillas del Mundo; al °visitar los museos, al admirar los templos y mo­numentos, al conocer los hombres más ilustres de los países directores de la vida moderna, necesariamente nos damos cuen­ta de lo que ha sido, de lo que es y de lo que será el Hombre y, ante los indescriptibles portentos que se presentan ante nuestros ojos y ante nuestra imaginación viene a nuestro cerebro la inte­rrogación bien justificada de que si "todo aquello" es obra de LA PROVIDENCIA o del hombre, mediante inspiración Divina. Tales son las divagaciones que en nuestra mente deja la con

 

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templación de la Naturaleza y las Obras Maestras del Hombre, a través de los siglos y sobre la superficie del Orbe. Probable­mente la distancia a que el viajero se encuentra respecto de su suelo natal, la diversidad de razas y de idiomas y su deseo cons­tante de investigar, contribuyen a saborear mejor el proceso de la civilización humana, gracias a los viajes y a las gráficas de­mostraciones que encontramos a nuestro paso.

 

Francia va a la vanguardia de las naciones civilizadas, entre otras cosas, en la aviación; cuenta con más de 5,000 aeroplanos en su ejército, teniendo numerosos y extensos talleres para la fabricación respectiva. Abundan los "Hángars" y campos de aviación en los alrededores de París y en otras ciudades fran­cesas que se comunican entre sí y con el extranjero mediante los aviones que llevan pasajeros, correspondencia, etc.

 

Alemania se distingue por sus insuperables Químicos: en Medicina, Agricultura y en muchas industrias hacen aplicaciones sorprendentes. Los Estados Unidos tienen gran desarrollo en la Mecánica: sus industrias, sus empresas fabriles, son colosales. Siendo éste el País del Dólar, de la electricidad y del acero, ha construido en su territorio una inmensa red ferroviaria que parece telaraña, en la cual hay rieles de acero en vez de hilos de seda. Es tal el continuo movimiento de sus ferrocarriles, que en los centros de población como New York, Chicago, etc., cada 3 minutos entra o sale un tren de pasajeros.

 

En Suiza se distingue la fabricación de instrumentos de precisión, pero su mayor distintivo es la educación.

 

A propósito de la religión, recordamos que el año próximo pasado "Los Juegos Olímpicos" comenzaron en París por un solemnísimo "Te Deum,," celebrado en la Catedral, es decir, en Nuestra Señora de París, a cuyo acto asistieron los miembros más conspicuos del Gobierno, el Cuerpo Diplomático, el Consu­lar, etc. De esta manera se dió principio a la serie de pruebas y concursos con todos los elementos internacionales que asistie­ron a París con motivo de "Los Juegos Olímpicos," como es bien sabido, con beneplácito general. La clausura de las escue­las y universidades sostenidas por el Estado, principia siempre en Estados Unidos, con una oración-discurso, pronunciada por un Ministro católico o protestante.

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Los europeos, al oír "América" se imaginan sólo riquezas fabulosas, porvenir brillante, formación de grandes capitales en muy corto tiempo.

 

El respeto, el cuidado, la atención que de parte de todas las personas, sobre todo de la policía, se nota para los niños y los ancianos en los grandes centros de población, particularmen­te donde el tráfico es difícil, es digno de aplauso, de encomio y de imitación: causa gusto ver los agentes de policía—atentos, corteses—ayudar, proteger a los niños, a las mamás que van con las criaturas en sus brazos y que se les dificulta atravesar las bocacalles o bien la entrada a los tranvías, ómnibus, trenes, etc. Son los niños, son las mamás quienes suben de primero a estos vehículos; los ancianos son muy considerados también, muy bien atendidos. Los heridos de guerra, los inválidos, igualmen­te merecen la preferencia en estos lugares.

 

En las capitales europeas vimos muchos hombres a quie­nes les faltaban uno o varios miembros de su cuerpo: son gue­rreros heridos en la colosal lucha de 1914 a 1918: aquí un solda­do joven con sólo un brazo, allá un oficial que perdió un ojo; adelante, un Jefe distinguido que tiene guante negro cubriendo su mano derecha de madera; después, un aviador con nariz muti­lada, un telegrafista tuberculoso, desgraciada consecuencia de los gases asfixiantes.... Para estos héroes sobrevivientes de la gran hecatombe, todo el mundo tiene una prolongada sonrisa, una simpatía espontánea; tiene mudas palabras que parecen decirles : "¡ habéis hecho honradamente, merecéis bien de la Patria!"

 

En el austero rostro de estos esclavos del deber, de estos valientes inválidos, hay algo que infunde un gran respeto y que nos habla patéticamente del destino que, muchas veces, empuja a los hombres a precipicios y martirios preparados por los pro­pios hombres.

 

La idea que se tiene de la Bandera Nacional—fuera de aquí—es muy amplia. Esta insignia se ve en las Iglesias, en los grandes edificios particulares, en el seno de las sociedades, en cada salón de clase en las escuelas, en los talleres, por doquie­ra (hasta sobre las viandas en los estrenos de hoteles, restaurants y en las fiestas íntimas o públicas) y siempre es con regocijo, con gran respeto y simpatía que se ostenta el sagrado emblema, ya sea en el interior o en el exterior de dichos lugares. No son,

 

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pues, sólo el Gobierno y la Municipalidad quienes poseen la enseña de la Patria, mas todo el mundo, individual o colectiva­mente, la respeta y le rinde culto en los actos religiosos, oficia­les y sociales en todo tiempo.

 

La bandera es de todos y para todos los ciudadanos.

 

Los habitantes de países extranjeros saben que Centro-América produce: café, azúcar, cacao, hule, maderas, ganado, cte. ; que posee ricas minas de oro, plata, cte. ; saben de sus belle­zas naturales, de sus lagos, de sus montañas (y también saben de sus frecuentes revoluciones, desgraciadamente.)

 

Nos platicaron de su porvenir, de las industrias, de las vías de comunicación, del comercio ...

 

Da gusto ver en aquellos mercados nuestros productos que se distinguen entre los de su género por su magnífica calidad, especialmente el café y el cacao que ocupan lugar preferente en las grandes exposiciones y que han obtenido los primeros pre­mios. Ambos artículos saboreamos en diferentes establecimien­tos estadounidenses y europeos escuchando, reconocidos, los justos elogios que se hacen a los frutos centro-americanos. Las casas tostadoras y vendedoras- orgullosamente exhiben en sus vitrinas, olorosas muestras con llamativos rótulos que dicen: "¡ Café de Guatemala !", "¡ Café de Costa-Rica!", "¡ Chocolate de Nicaragua)     1

 

Miembros de sociedades científicas, literarias y de otros centros sociales, así como algunos periodistas, nos hablaron con entusiasmo de los poetas, literatos, artistas, sabios, filóso­fos; oradores, polígrafos, directores de la prensa, hombres de estado y demás intelectuales prominentes de la América Istme­ña: es un alto concepto el que se tiene de ellos en el extranjero. Son conocidos los nombres de los grandes políticos y de los miembros prominentes del Catolicismo. Algunos comerciantes nos preguntaban de nuestros millonarios, de los ricos hombres de negocios.

 

Nuestras Legaciones y Consulados están servidos por per­sonas cultas, inteligentes, bien relacionadas. Fué con gran placer que vimos obras literarias y de texto de algunos de nues­tros paisanos en las grandes bibliotecas, libros que son muy solicitados y que se encuentran a la par de obras de celebridad mundial. Desde luego, estas emociones que inmediatamente

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

nos transportaban al terruño, en alas de la imaginación, nos hacían pensar en que el trabajo de los connacionales muchas veces es más apreciado fuera que dentro del país.

 

En los más grandes museos, tuvimos la grata sorpresa de ver bellos ejemplares del simbólico "QuetzaP—con su larga cola verde esmeralda—cuidadosamente conservado en lugar prefe­rente y entre limpísimos vidrios.

 

Entre las curiosidades que se ven en los Estados Unidos, hay unos "barcos de vidrio" (glass-bottom boats) que se usan para paseos cortos : tienen en el casco unas piezas planas de cristal de roca, a cuyo través puede verse el agua, los peces, las plantas y las flores marinas, estando a bordo. También se observan colinas, conchas, caracoles, arena y, en las partes no profundas, el fondo del mar, así como la natación y maniobras de buzos que, en ciertos lugares descienden y hacen sus movi­mientos bajo el barco, llegando hasta 53 pies de profundidad (a una considerable presión para la vida humana) y permane­ciendo hasta 3 minutos, 43 segundos bajo de agua, sin ningún aparato.        

 

Con la claridad de la luz solar y la limpidez del agua sala­da, viendo hacia el fondo del mar en estos raros "barcos de vidrio," el espectáculo es maravilloso: los animales—grandes, como el tiburón y la foca, y pequeños, como la sardina y la anchoa—unos como suspensos, otros en continuo movimiento, sobresaliendo los peces de colores entre los cuales hay algunos que producen luz que sin duda durante la noche se torna en fulgurante fosforescencia: estos y otros muchos animales acuá­ticos que pasan dando solazos, muy felices al parecer, entre los jardines submarinos, donde su vida nómada tiene algún reposo, nos traen la idea de interminables acuarios que pasan fugaces por nuestra vista y pensamos que en el inmenso domi­nio de las aguas somos nosotros (en esta dichosa ocasión) los observados por los séres marinos y que esta vez somos los encerrados por ellos también, mediante los "glass bottom boats." Acaso ellos piensen algo de nosotros que estamos conociendo sus escondidas moradas y hagan comentarios...!

 

Una de las cosas de mucha importancia en la vida humana es observar prácticamente sus diferentes escalas o edades en

 

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el transcurso del tiempo, notando las variantes que va teniendo, máxime cuando pueden verse juntas, cuatro generaciones de un solo origen. En Europa y en la América del Norte conocimos varias personas de edad bastante avanzada llegando hasta 100 años y algunas que tenían más de un siglo! Al completar los cien años, los familiares, vecinos y algunas veces la Municipali­dad, hacen fiestas a estas afortunadas personas que disfrutan de esta longevidad excepcional como la de los patriarcas bíbli­cos. Es un singular gusto ver reunidos a muchos de los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, rodeando a estos respetables ancianos, cuyos cabellos peinan plata y cuya existencia está ya para terminar por acción del tiempo. Generalmente sus fami­liares viven lejos los unos de los otros, pero el día del cente­nario convergen al mismo punto a solemnizar la fiesta de los tatarabuelos, que andan encorvados y apoyados en sus basto­nes, debido al peso de los años. En un lugar que se llama "el granero de Francia" (porque ahí se cultivan enormes cantida­des de trigo) y que está a 75 kilómetros de París, nos tocó presenciar una de estas impresionantes fiestas en que la prota­gonista era una simpática viejecita centenaria a la que llevaron en un paseo cívico desde su casa de habitación hasta el edificio de la Municipalidad, haciendo estación en un anciano castillo feudal de su amigo, el Alcalde, y acompañada de más de 60 de sus descendientes—campesinos en su mayoría—y del bullicioso vecindario. Las sonoras notas de una banda alegraban más la concurrencia que hacía pública su satisfacción por este feliz acontecimiento.

 

Nosotros guardamos la tarjeta postal que contiene la foto­grafía y la autógrafa con que nos obsequió dicha ancianita al llegar a felicitarla.   *        *          *

 

En Salcajá, floreciente población del departamento de Que­zaltenango y dividida en dos partes por el río Samalá—como Londres por el Támesis, París por el Sena y Roma por el Ti­bor—existen lindas mujeres que guardan mucha semejanza con las bellezas egipcianas de su género, por la esbeltez de su cuer­po y por la suavidad de su mirada.

 

Los negros ojos de unas y de otras tienen un secreto encan­to y un misterioso poder que atraen amorosamente hacia sí las almas para hacerlas gozar. Los vates admiradores de las gua­pas salcajeñas han dicho que ellas, con la luz maravillosa que brilla desde las ventanas de su alma—que así llaman a los ojos—impiden el fulgor del alumbrado eléctrico: esos mismos trova

 

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dores del amor dicen que tal es la causa de que Salcajá no dis­frute de este servicio moderno, generalizado en sus vecindades. ¡Ah, los poetas, cómo sueñan!

 

Una de las impresiones que más grato recuerdo dejaron en nuestra imaginación fué la que tuvimos visitando el interior y exterior de un submarino de la flota francesa y el cual estaba surto en aguas del río Sena, en París, cerca del "Petit Palais." Ibamos acompañados de Monsieur Camí y de otras personas parisienses.

 

Además de todos los aparatos especiales y de las numerosas baterías eléctricas de que estaba provista esta terrible máquina de guerra, llamó nuestra atención el periscopio con el cual estu­vimos observando, bajo de agua naturalmente, todo lo que había sobre la superficie de las calles de "La Ciudad Luz" y que estaba al alcance de dicho submarino, cuya simpática tripulación era de 8 bizarros "hijos de Marte," quienes nos explicaron su mecanismo y nos mostraron algunos acerados torpedos listos para su lanzamiento, con tanta naturalidad como un fumador señala los puros colocados en su bolsillo y que ya va a comenzar a convertir en aromático humo, saboreándolos, solos o por medio de artística boquilla.

 

En New York existe una admirable obra de arte, esculpi­da por manos guatemaltecas: es un "Divino Rostro," que en un ojo de buey (semilla negra que abunda en nuestras costas) talló un individuo sentenciado a muerte en la Penitenciaría Central hace muchos años y quien sin duda dió toda la expresión del dolor del Nazareno y de su propio dolor a la miniatura donde depositó su inspiración. Este delicado trabajo fué llevado de Guatemala a los Estados Unidos; de allá a España, habiendo regresado de Madrid a New York, donde la millonaria que lo posee dió una fortuna por él. Es tal el sufrimiento, la agonía de aquel rostro tan natural, que el Arzobispo de New York dijo que es la imagen más perfecta que de Jesucristo había visto.

 

Posible es que, a algunos de los que la severidad de nues­tras leyes recluye por largo tiempo en los centros penales, esti­mulados por este caso, hagan algo mejor y salgan de ahí, no para el cementerio ni para seguir haciendo mal, sino para vivir honestamente y ganar dinero.

 

Agradabilísima sensación se experimenta durante un vuelo en hidroavión: mucho impresiona el ascenso volando previa

 

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mente sobre la superficie del agua, luego la vista del mar hacia el fondo y por último (y esto es lo que más gusta) el descenso sobre las aguas para seguir sobre su propia superficie y en el aire simultáneamente hasta tener estabilidad. Al bajar, estando dentro del aparato que primero describe una línea oblicua y después una recta, se sienten como finísimos resortes, como si uno cayera sobre mallas o colchones de algodón, al chocar lige­ramente con las suaves olas que interrumpen la diagonal.

 

En Norte-América y Europa los comerciantes obtienen grandes ganancias en sus negocios porque dan preferente aten­ción al anuncio. Cada casa de importancia tiene una Oficina destinada exclusivamente para todo lo relativo a sus anuncios. De antemano y basándose en los cuadros estadísticos de su contabilidad, destinan un considerable tanto por ciento (%) para sufragar mensualmente los gastos causados por los anun­cios. Tales comerciantes viven practicando el principio de que, "anunciar es vender." La profusión y variedad de anuncios ya casi constituyen una nueva industria.

 

En los caminos públicos franceses, especialmente en los en­cuentros, se ven crucifijos de tamaño natural como protegiendo a los viajantes en sus expediciones y recordando que Jesucristo fué de ellos, el más humilde pero que, con su mansedumbre, atraía hacia sí todas las buenas voluntades por donde pasaba. Se encuentran a la intemperie, son de metal y casi siempre están adornados con profusión de flores, distinguiéndose las grandes y pesadas cruces desde lejos o a la vuelta de las vías. Es en las carreteras donde más crucifijos hay.

 

Cuando dormimos en el Desierto de Sahara, a la hora del alba en que "el lucero de los pastores" ilumina con los más brillantes fulgores el Oriente, los árabes de nuestra caravana se incorporaron e hicieron sus fogatas que luego chisporrotea­ban alrededor de las tiendas de campaña. Eran las 4 de la ma­ñana; la hermosa estrella polar les servía de reloj (como a otros campesinos los primeros cantos del gallo) y bajo su luminaria y el sonido de su péndulo imaginario, el desayuno preparaban.

 

Las holgadas capas blancas de los beduinos sobre aquellos altos y férreos cuerpos como formando carpas, nos daban de lejos la idea de un cantón de "La Ciudad de Trapo" rápidamente levantada en las llanuras de Tívoli como tina de las consecuen­cias de los aciagos terremotos de 1917-1918.

 

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El alba seguía ostensiblemente clareando: el radiante "luce­ro de los pastores" (al que las molenderas del campo dicen "el nixtamalero"), precursor de otras claridades más bellas que se admiran en el desierto, parecía llenar de potente luz cuanto nuestra vista y la hora nos permitían contemplar sobre aquella ilimitada superficie, en apariencia siempre plana, cual mesa de billar.

 

A las cinco y media de la mañana todo sér viviente había tomado y la caravana levantó el campo para seguir sobre la deleznable arena como vagando ....

 

A propósito de que el militar debe producir (y no consumir únicamente), siendo joven y alentado sobre todo, observamos que entre los otros servidores del gobierno y de las personas particulares—empleados en general—hay muchos que creen que sin el Jefe, Director o patrón, nada pueden hacer; sólo ejecutan y no disponen como algunos mecánicos : parecen bebés, niños que si les falta la nodriza o el Profesor, están perdidos. Por su falta de iniciativa, porque no estudian, porque no tienen voluntad propia, pudiera decirse, años y más años están en la misma plaza como dando vueltas en un círculo vicioso. No se­ñores: justo es salir de la rutina y aspirar a un ascenso, al em­pleo inmediato superior y obtenerlo a costa del trabajo mismo, del largo tiempo que debe ser aplicado en el perfeccionamiento de vuestras labores; haced cada día algo mejor para subir el otro escalón; considerad que no es solamente por vosotros, es por vuestra familia, es para estimular a vuestros amigos y a la sociedad en que vivís. Siendo capaces y teniendo carácter, es lógico, muy justo que al faltar vuestros principales, por cualquier motivo, podáis hacer sus veces con dignidad y bizarría. Vuestra propia independencia radica en vuestro saber y en el tiempo, que no debéis perder jamás. De esta manera no se dirá, como es muy común, que Juan, Pedro o Martín son insubstitui­bles, pues todo aquel que en verdad merece, tiene perfecto dere­cho a quedar en su lugar. Convenceos que ningún hombre es necesario en tal o cual puesto; útil sí puede ser ; pero hay cente­nares que pueden substituirle. Esto no quiere decir que se falte a la disciplina o a la moral, que son la base de toda buena orga­nización, ni que todos sean Jefes como en algunas partes donde es mayor el número de generales que el de soldados u otras en que los Galenos sobrepasan en su número a los clientes; (y ya todos quieren mandar o recetar) ; no se trata de eso, sino de que todos estén preparados por la experiencia y de que todos dis

 

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tingan a los más capacitados entre ellos para que ni los unos ni los otros sean hombres-máquinas, como dijimos al principio.

 

Como un acto de justicia y sintiendo una profunda satisfac­ción por los paisanos que ponen muy alto el nombre de la Patria en Europa, escribimos este párrafo especial en honor del talen­toso Bachiller Don Luis Cardoza y Aragón quien, en París, ha ganado ya más de la mitad de todos los cursos comprendidos en la difícil carrera de Médico y Cirujano a la cual se dedica con todo empeño, sin dejar de cultivar la literatura española y francesa, en cuyos hermosos campos hace florecer las bellas producciones de su cerebro privilegiado. Sus Maestros y sus camaradas cercanos a su vida activa, consagrada al estudio con­cienzudo, le pronostican éxito seguro, dadas sus dotes excep­cionales. Como prueba de ello se han impreso algunas de sus primeras obras en Bélgica y en Francia, donde su reputación literaria es elogiada. Durante las vacaciones sale de "La Ciudad Luz" para visitar los más renombrados centros culturales de los otros países europeos.

 

Los empleados, cualquiera que sea su categoría, su edad (ya sean públicos o particulares), desde el más alto hasta el más modesto, están puestos para servir y no para ser servidos.

 

Cuando por enfermedad, vejez o incapacidad no puedan desempeñar sus respectivos destinos deben ser francos, dicién­dolo, para que otros vayan en su lugar.

 

Comparando la ardiente temperatura de los alrededores del Mar Salado—que en su oportunidad describimos—con el ca­lorcito del "Llano de la Fragua," donde el mismo Gene­ral Carrera, al cruzarlo durante su expedición en que se ciñó los laureles de "La Arada," tuvo que lamentar la insolación de algunos soldados, éste resulta fresco. Así se puede tener una idea del horno que se siente cerca de ese mar, sorprendente por excelencia.   * * *

 

En un Verano muy caluroso y durante su estancia en París, el popular General Toledo, tan campechano como amigo de la comodidad, en mangas de camisa y con su saco al hombro se sentaba en los Campos Eliseos, cerca del Arco del Triunfo, a esperar a su apreciable amigo el Doctor Arroyo, quien nos lo refirió estando de broma una noche entre chapines allá en el bello país de la "Libertad, Igualdad y Fraternidad."

 

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

 

Las góndolas venecianas son especiales : son manejadas por un solo remero que va parado en la popa, donde se sirve de un remo nada más. Rema y va siempre muy contento, cantando a veces. Usa banda roja en la cintura, este simpático gondo­lero veneciano, que también acostumbra usar un pañuelo tinto en la cabeza, cuando no lleva gorra del mismo color o sombre­ro cordobés. Su casaca es negra y completa el típico, el sen­cillo traje con que diariamente cruza los canales y las lagunas legendarias de Venecia, donde las numerosas góndolas, vistas de lejos y en conjunto, semejan negros cisnes flotantes en acelerado movimiento.

 

En Estados Unidos van formando entre los niños, en las escuelas, el hábito del ahorro. Ellos tienen sus alcancías donde van guardando monedas de pequeño valor, desde 1, 5 y 10 centavos para reunir determinadas cantidades; las llaves están en los bancos, donde las abren al estar llenas y donde quedan depositadas las pequeñas sumas que son la base de capitales que más tarde son enormes. Los maestros les hablan de hombres bien conocidos, que viven actualmente y que, habiendo sido pobres en su niñez y juventud, han amasado grandes fortunas mediante el ahorro, el trabajo inteligente y la honradez; todo emanado de la buena voluntad. Woolworth Building, por ejemplo, por su enormidad y por ser el edificio más alto del mundo, le llaman La catedral del comercio en New York, fue construido con sumas diminutas reunidas sucesivamente de cinco en cinco centavos de dólares. Mr. Woolworún, y que ahora valen millares de millones de dólares., presidente de edicha compañía,fue su fundador.

Tal el origen de las famosas tiendas "de 5, 10 y 15 centa­vos" que hacen el gran negocio en el mercado de la Unión Americana.

 

Visitando el "Cuartel de los Inválidos" en París, vimos tres salones en donde se conservan trofeos de guerra del Empe­rador Napoleón, recuerdos de sus triunfos obtenidos en los campos de batalla, sobresaliendo las banderas y estandartes de todos colores y tamaños. En algunas la acción del tiempo ya ha marcado su huella dividiendo sus tejidos o ras­gando sus telas; otras que están colgadas, van desprendiéndose poco a poco de sus astas. A la mayoría va venciendo la ley de gravedad y parece que ya, de un momento a otro, van a

 

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caer. No soportan el pequeño peso del polvo; menos el de los años. Otras hay que al sólo tocarlas, con sólo el contacto del aire, se deshacen, y hay razón: tienen más de un siglo!

 

Yendo de Dijón para la Alta Saboga, en Francia, tuvimos ocasión de ver cerca de la línea férrea en un pequeño valle encerrado por montañas y rocas enormes, empinadas, una gran fábrica de pólvora para la que aprovechan la caída o salto de un río que desciende precipitadamente desde la más alta cima del lugar. La mencionada factoría consagrada a Marte, es res­petable: ocupa un área como de ocho manzanas cuadradas; tiene espaciosos edificios de varios pisos y conexiones con los ferrocarriles para dar salida a sus mortíferos productos, espe­cialmente a la dinamita, que es la que más elaboran ahí. Incon­tables cuñetes bien repletos se almacenan en sus depósitos que guardan la muerte y que la reparten durante las guerras. Parece mentira que de aquel escondite defendido por la propia Natu­raleza y aprovechado por el hombre en su sed de civilización, salgan toneladas del invento de Rogelio Bacon, para segar las vidas en vez de emplearlas en abrir túneles y dinamitar los terrenos duros y secos o cansados, por ejemplo. Ya se sabe que en la industria tiene variada aplicación. ¡ Cómo el hombre labora, construye allá para ir por los cuatro rumbos de la tie­rra.a destruir su propia vida y su propia morada!

 

El buen Agricultor debe gozar no sólo con el dinero que su trabajo le produce cultivando la tierra, sino con todo lo que de ella se, deriva: con sus siembras cuyas primeras briznas asoman, con sus trigales que semejan el movimiento de las ondas marinas, con el delicioso perfume de sus cafetos en flor, con la blancura de sus algodoneros, con el aroma agradable que des­pide su café almacenado, con la llanura cubierta de dulce caña, con sus maizales floreciendo, con una mata de chilacayotes bien desarrollada; en fin, contemplando con alegría y admira­ción cuanto los surcos le dan en cambio de unas pocas semi­llas, disfrutando en los campos del sabio proceso, de la evolu­ción que ahí nos enseña prácticamente la Naturaleza, si exami­namos con detención las plantas. Es necesario, es indispen­sable sentir, apreciar la belleza de los vegetales a la par de nosotros y no únicamente estar en atalaya del fruto que van a dar. Imitemos a nuestros literatos que comparten sus facul­tades con la Agricultura, a nuestros poetas que van a tempora

 

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da a las fincas, que se apartan del bullicio social para ir al bosque, a la colina, al caserío, donde encuentran inspiración. Aprendamos a sentir y a pensar como ellos al mismo tiempo que seguimos nuestras faenas campestres, seguros de que en nuestro espíritu mucho bien nos hacen ellos puesto que "no sólo de pan vive el hombre"

 

Dediquemos siquiera 15 minutos de la mañana y 30 de la tarde o de la noche para que, como un recreo, como un descanso del trabajo físico tan agradable, cultivemos las letras junto a los arbustos con quienes debemos hermanarlas, porque ellos igualmente atesoran poesía; leamos a los hombres del día porque ellos, los Maestros, en sus periódicos y en sus libros —más fecundos que la tierra porque desarrollan el cerebrocondensan inteligentemente el pensar y el sentir de los hom­bres de ayer y nos ponen al frente el espejo del mañana; con la sana lectura algo aprendemos de los clarividentes y nos persuadimos que la vida es hermosa, que el presente nos brinda sus delicias para vivirla con la alegría indescriptible del cora­zón y que cada cual lleva como un relicario dentro de su pecho, mientras la sangre agite su existencia.

 

jamás olvidaremos el feliz encuentro que tuvimos con el Señor Don Benedicto Argueta, en la estación ferrocarrilera de Mazatenango, cuando veníamos de México, a nuestro regreso del Viejo Mundo: nos impresionó mucho porque, dicho caba­llero, además de ser un agricultor práctico que tiene la finca dé café mejor cultivada de toda la zona de Suchitepéquez, y de ser hombre de mucha entereza (como que ha hecho com­prender sus deberes a algunos jefes Políticos siendo él Alcal­de de San Antonio), nos trajo gratas reminiscencias de nuestra niñez, pasada en uno de los Departamentos de Los Altos

 

­Quezaltenango—de donde el Señor Argueta es nativo también. Bajaba a pie, viniendo de la plaza de aquella cabecera depar­tamental (Mazatenango), después de haberse aperado de clavos, creolina y alquitrán que necesitaba y que traía consigo dentro de un par de alforjas para "Las Leonas" (su propiedad). Andaba de prisa para que el tren no lo dejase; sudaba a consecuencia del calor y el ejercicio; su ropa blanca formaba contraste con su color moreno, y su cabeza grande y echada para atrás, la cubría un texano nuevo que se encargaba de librarlo de los rayos del sol, que parecían ennegrecer más sus cabellos, como confirmando más, de esta manera, la firmeza de sus convicciones de varón

 

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libre e independiente y defensor de la Justicia. Este ciuda­dano modelo, que con la Ley en la mano—sin ser letrado sino campesino trabajador y amigo del progreso—ha dado buenas lecciones a sus superiores, hizo su finca poco a poco, compran­do lote por lote, sembrando personalmente sus cafetos y dando eficientes ejemplos a sus propios hijos, quienes, como benéfico resultado de ese trabajo constante y de ese proceder honroso, ocupan distinguido puesto en el comercio capitalino y están ya para recibirse de Médicos en Guatemala.

 

Finqueros vecinos y lejanos, del país y extranjeros—todos ­llegan a consultar asuntos agrícolas al Señor Argueta; los pro­pios técnicos se inclinan ante su experiencia, pues sus plantíos y sus abundantes cosechas hablan muy alto, sosteniendo el bien conquistado prestigio del inteligente cultivador de la tierra, que da todo lo bueno.

 

Al platicarnos de Salcajá, de Quezaltenango, de nues­tras encantadoras y hacendosas paisanas, del Santa María, del Samalá; de los pinares, cipresales, trigales, vegas, colinas ; de todo lo bello que tiene Occidente, aquel hombre sincero, trans­parente—a pesar de su color moreno—nos ponía en sus manos férreas la primera etapa de nuestra vida, pues éstas comple­taban con su acción el significado de sus palabras sonoras y bien timbradas. Desde Mazatenango hasta "Palo Gordo" vini­mos admirando las raras cualidades de este conterráneo. En esta última estación bajó diciéndonos "adiós" y montó en su mula andadora, briosa, para irse hacia arriba, hacia San Anto­nio Suchitepéquez.

 

Cabalgaba alegremente con rumbo al Norte ... Nosotros seguimos al Oriente meditando sobre todo lo descrito en esta observación nacional y preguntándonos: ¿Quién tiene más visi­tantes en aquella población, el célebre Doctor Sardá como Mé­dico, o el Señor Argueta como Agricultor?

 

Teniendo a la vista la gran parada militar que hubo en Longchamp, París, en Julio de 1922 en que las tres armas unidas a la marina y la aviación estaban gallardamente repre­sentadas después de haber desfilado por Los Campos Eliseos, el Arco del Triunfo y la Avenida de la Gran Armada, llegó a nuestra memoria el recuerdo imperecedero de nuestras fes­tividades patrias celebradas hacía 10 meses con motivo del primer centenario de la Independencia, cuando el 15 de Sep­tiembre de 1921, en la Plaza de Armas de Guatemala se izó

 

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la bicolor bandera federal Centro-americana bajo la égida de su viejo escudo de los 5 volcanes, el sol y el gorro frigio, coro­nados por "DIOS, UNION Y LIBERTAD;" cuando ésta ascen­día majestuosa como señalando el cenit con toda la clara luz del mediodía para ser saludada por las voces argentinas que entonaban el Himno Nacional, los atronadores aplausos de las muchedumbres delirantes de júbilo y las sirenas de las máqui­nas que se mezclaban con el estrépito de los 21 cañonazos, entusiasmando más a los patriotas que celebraban tan magno suceso. Y fué entonces que vimos entre el "Parque Inglés" y Catedral (nuestra bella iglesia metropolitana), frente al Pala­cio del Centenario, algunas piezas de las Baterías de Campaña, de Montaña y de "Saint Chamond" que la Artillería y demás fuerzas del servicio de plaza que tomaron parte en aquella ma­nifestación memorable, lucían a su vanguardia. La Escuela Politécnica, ostentando el Pabellón, engrosaba dichos cuerpos de ejército en movimiento disciplinario. Individuos de tropa, clases o galonistas, oficiales y jefes—todos—al escuchar las clarinadas que comunicaban órdenes, marchaban gravemente con su uniforme de gala y con la uniformidad de las bélicas no­tas de las bandas de guerra que resonaban en el espacio. El más joven de nuestros Generales, Ciudadano Mauro de León R., era su jefe, montado en brioso corcel y rodeado de su Estado Mayor. A la cabeza de aquella falange sostenedora de la paz y que regresaba a los fuertes de San José y Matamoros, mar­chaba el gallardo militar, quien al dar la voz preventiva de “¡presenten! . . . " y la ejecutiva de "¡ armas !" ante la enseña sa­grada, lo hizo con tan vibrante y vigorosa entonación que ambos imperiosos y solemnes mandatos emanados del Alto Comando que él mismo tenía, parecían condensar toda la gratitud de los seis millones y medio de centro-americanos hacia los períncli­tos varones que nos dieron patria; parecían también una pro­mesa de honor garantizando que todo lo escrito con la fragi­lidad de la pluma que el amor al suelo natal y a la Libertad dictaron en el Acta de Independencia, se sostiene dignamente con el filo de las espadas y el acero de las bayonetas.

 

Printed in the United States of America.

 

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CAPITULO XXI.

Conclusiones.

En los Estados Unidos, el obrero tiene la palabra. Es él quien mejor vive entre todos los obreros del Mundo entero. Tiene sus asociaciones que constituyen verdaderos gobiernos bien organizados: fuertes, respetados. Todos los obreros en los Estados Unidos leen y escriben; todos se dan cuenta exacta de sus derechos y obligaciones. Su fraternidad es un evangelio y su vida tranquila, con todas las comodidades, es muy digna. Son respetuosos, cumplidos y su trabajo, es bien retribuido.

Tomad como ejemplo a Henry Ford que, de modesto mecánico—mediante la perseverancia en el estudio y en el tra­bajo—pasó rápidamente a ser el industrial más rico de los tiempos actuales y quizá el más rico de los millonarios estado­unidenses. He aquí el éxito del obrero—todo cerebro y mús­culo—que, no siendo egoísta, divide sus pingües utilidades en­tre todos sus colaboradores, desde el más inteligente Ingeniero hasta el más humilde aprendiz. Así se explican las constantes innovaciones de sus automóviles en favor del cliente, quien en último término sale favorecido: todos trabajan con alegría, con esfuerzo, seguros de obtener recompensa: así se explica la revo­lución que en la industria ha hecho este hombre que ya está laborando en los aeroplanos de aluminio a fin de ponerlos al alcance de todas las fortunas (como sabiamente lo hizo con los automóviles), acelerando los medios de comunicación. Tales causas dan origen a la familiaridad, confianza y cariño con que todos sus obreros trabajan al lado de Henry Ford que, no obs­tante ser dueño de una fabulosa fortuna, vive como cuando inventó su primera máquina, modestamente, con la confianza de que su mayor placer está en el trabajo.

El cambio que experimenta la persona al salir de su tierra natal, siempre es favorable: si es mala, se vuelve buena; si es buena, se vuelve mejor. La Naturaleza, los centros de cultura, el aprendizaje, la visión del Arte, las maravillas del mar, todo contribuye al perfeccionamiento del hombre observador, amigo

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del adelanto, que quiere ser un abanderado, un número uno entre los hombres. En otro ambiente, ya purificado por los siglos y por los hombres, se perdona de verdad a los enemi­gos y envidiosos que, por desgracia, abundan. Así, el hombre superior se coloca a muchos kilómetros sobre ellos, como re­sultado de la ilustración y del valor intrínseco que se adquieren con el trabajo ordenado y el estudio metódico.

Cada nueva palabra que de otro idioma se aprende, es una conquista intelectual, es una nota musical que enriquece el cere­bro. El que viaja por el extranjero tiene perennemente el ejer­cicio y la gimnasia para su espíritu y para su cuerpo, pues todas sus facultades entran en acción con gran actividad, sien­do el resultado muy provechoso para la persona.

El Príncipe de Gales viaja muy a menudo y ya conoce más de la mitad de los vastos dominios que más tarde gobernará; su contacto con los Jefes y hombres de Estado en el extranjero ayudan poderosamente a su preparación para el elevado cargo a que está destinado; el General Plutarco Elías Calles, antes de tomar posesión de la Presidencia de la República, siendo conocedor de México y bien conocido de sus habitantes, hizo una gira por el exterior llegando hasta Europa, viendo y oyen­do a los mandatarios de varias naciones, donde se codeó con los más notables hombres públicos y entrevistándose con dife­rentes agrupaciones políticas y sociales; tales prácticas leccio­nes y confirmación de ideas entre los hombres libres tienen que rendir beneficios positivos a nuestra pujante vecina del Norte, toda vez que los patriotas deben poner en práctica en su país cuanto de bueno vieron y observaron con sus propios ojos, máxime si son sus directores, pues, si al extenso o completo conocimiento del país que gobiernan se suma el de otros, ya pueden hacer reales comparaciones y seleccionar. El Gene­ral Barrios viajó antes de sus gloriosos triunfos del 71; hizo venir personas notables del extranjero y, siendo jefe del Ejecutivo y del Ejército, también estuvo lejos de las fronteras guatemaltecas con fines progresistas que realizó. En pequeño, podemos formarnos un concepto del bien que al Estado y a los gobernados reportan tales expediciones pensando en la visita de pueblos, que a veces llevan a cabo los presidentes, empezando porque las vías de comunicación se atienden con esmero a fin de que la comitiva no tropiece con nada malo: todas las auto­ridades de las cabeceras departamentales y empleados públicos en general, en las ciudades y en los pueblos, se preocupan ven‑

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tajosamente del cumplimiento de sus deberes y los pacíficos moradores que reciben tal honor, reparan y engalanan sus casas y sus calles, vistiendo de gala, con lo que el comercio, el ornato y la sociedad ganan naturalmente.

(Aquí tal vez siente bien un paréntesis: el dinero que an­taño se gastaba en los arcos efímeros para celebrar tales visitas no debe seguir el mismo camino, sino llegar a las escuelas en forma de útiles y de profesorado, que exornan día a día los radiantes arcos del cerebro de los alumnos, que indudablemente son más bellos y más útiles que el Arco Iris.)

Admirad las golondrinas que periódicamente cruzan los ma­res y atraviesan los desiertos; el águila que despliega sus alas para ir cerca del cielo, el cóndor que desafía las alturas, la abeja infatigable y laboriosa que nos brinda su miel y nos muestra sus simétricas habitaciones : en vuestra esfera de acción, haced otro tanto, viajando. No estéis toda la vida en casa: salid; respirad aire libre, puro; no estéis siempre pegados a la choza, como el musgo a la piedra.

Teniendo buenos modelos, buenas muestras, nuestros dibu­jos, nuestras planas, serán buenas o mejores. Copiemos lo que nos parezca adaptable al suelo patrio, a nuestra manera de ser y apliquémoslo en nuestra propia casa. Que las gentes de poco espíritu no tengan miedo de ir a toda velocidad en un auto­móvil, en un tren ni en un barco o en un aeroplano, que dan seguridad y son obras de los tiempos modernos para dar faci­lidad y medios de acercarse más entre sí a los hombres. Muchos hay que sienten una gran pena con sólo la idea de embarcarse; otros que se afligen demasiado al oír que se atra­viesa el Atlántico para ir a Europa. Pues bien: desvestíos de ese traje anacrónico que no os va y vestid cívicamente a la moderna, tened ánimo para viajar haciendo uso de cuantos factores de comunicación estén a vuestro alcance y conoced lo más que podáis. No tengáis miedo. Gastad parte de vuestro dinero viajando; no os volváis avaros. Poned en circulación la riqueza educando esmeradamente a vuestros hijos o a otros familiares, si no tenéis hijos.

De todas las escuelas, la más práctica, es la de los viajes; del dinero, el mejor empleado; de nuestra vida, la parte más agradable y de mejor acopio intelectual y preparación para el

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futuro. No olvidéis que durante la niñez y la juventud es cuan­do con más provecho pueden y deben realizarse los grandes viajes.

Los sentimientos del que viaja necesariamente se refinan: su fantasía, sus visiones, sus ideales, tienen origen en los por­tentos del mundo espiritual, en las maravillas del mundo físico.

La más valiosa herencia que podéis dejar a vuestros hijos es el concienzudo y completo cultivo de su "CEREBRO;" esme­raos en su educación e instrucción. (No procedáis como algu­nos inditos que en su crasa ignorancia y en su escasez de nece­sidades, su dinero lo guardan bien atado bajo siete nudos ciegos que hacen a la banda que meten dentro del cofre de pino—el que es cerrado con llave, después de asegurarse que la chapa funciona bien, naturalmente—o bajo el petate sobre el que duer­men, al desatársela de la cintura, donde la han tenido todo el santo día y, aún así, todavía desconfían de ellos mismos y de todos! Si por desgracia os encontráis imitando a esos infe­lices, desatad el nudo y gastad su contenido en preparar a vuestros hijos para que sepan vivir decentemente.)

¿En quién mejor que en ellos podéis emplear el dinero que os corresponda? No olvidéis que cuando los hijos no saben manejar independientemente sus herencias—porque sus padres no les enseñaron a trabajar—no sólo no pueden conservarlas ni menos aumentarlas, sino que las pierden y, lo que es peor, aque­llas dan origen a su desgracia.

Desafortunadamente no todas las personas que por uno u otro motivo intervienen en la administración y distribución de dichas herencias son honradas, y vosotros—ya muertos—nada podéis inspeccionar, nada podéis hacer. Reflexionad, pensad con detención sobre estos párrafos, padres de familia.

Sin duda las huellas de progreso que han dejado algunos de nuestros hombres de estado obedecen en gran parte—des­pués del patriotismo naturalmente—a su estancia en el extran­jero o a su contacto con personas que han visitado otros países. Recordad, entre otros, al innovador General José María Reina Barrios a quien se debe nuestro bellísimo paseo  A su iniciativa y labor enérgica, en su afán de engalanar, de embellece"La Reforma" o "Boulevard 30 de Junio" comparable a los Campos Elíseos ("Les Chames Elysées") de París. Guatemala, se construyeron también: La Aduana, la Propiedad Inmueble

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y el Palacio Presidencial; estos tres edificios, amplios, sólidos, de dos pisos, siendo de mármol el mencionado palacio.

El vigoroso adelanto que Barrios y García Granados nos legaron, del extranjero lo hicieron venir.

Cuando hayáis estudiado nuestras opiniones y estéis conven­cidos que tenemos razón de invitaron a viajar, procurad insisten­temente que viajen otros de nuestros compatriotas también: si de cada estado del Centro de América salieran cincuenta perso­nas al mes para adquirir variados conocimientos en países más civilizados, al año serían tres mil vigorosos y ejemplares ele­mentos con que, a su regreso, contaríamos para despertar, para instruir e ilustrar nuestras masas populares que tanto lo nece­sitan. Así tendríamos verdaderos Maestros Prácticos, constan­temente renovados puesto que a medida que unos irían a apren­der, otros regresarían ya peritos a enseñar a sus propios paisanos en su propia casa.

No es aventurado asegurar que, sobre esta base y si se toman en cuenta todos los recursos naturales que felizmente poseemos y la ventajosísima posición geográfica de nuestra nación, Centro-América, al cabo de una centuria, ocuparía un puesto semejante al que Grecia tenía como foco de la civili­zación; como fuente de la civilización romana, que en otros tiempos iba a la vanguardia del mundo conocido. Estamos en el corazón de la virgen y pujante América, en el centro del mundo moderno. Tenemos acceso a ambos océanos. Que cada una de nuestras cinco capitales sea una Atenas moderna, glo­riosa. Preparemos nuestro suelo y nuestra niñez y juventud para recibir y hospedar dignamente la civilización que ya toca a nuestras puertas. Hagámosle los honores con toda la pompa que se merece. Es nuestra huésped predilecta; mimémosla.

Formemos hombres de provecho, de acción: que tengan mu­cho nervio y mucho músculo, además del cerebro bien equili­brado. Que piensen hondamente y que procedan con fe y se­guridad en sí mismos. Que sean hombres cuadrados, como Napoleón decía. Todo esto se conseguirá yendo al extranjero e implantando en nuestro país cuanto veamos de bueno en otras naciones. Si carecéis de recursos materiales para vuestras ex­cursiones, trabajad más y economizad: no importa tener difi­cultades. En la lucha está el mérito. El que quiere, el que desea, puede. Tened perseverancia. Recordad que el éxito no es de la noche a la mañana, ni de días, semanas, ni meses;

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no: es de años! La Escuela de la indigencia es la que forja los más firmes caracteres, es el yunque donde se caldean las grandes fuerzas de la voluntad. Repetidlo todos los días.

Podéis enriquecer vuestro cerebro aprendiendo algo nuevo y, si para ello no es suficiente lo que ganáis, vended algo de lo que os sirve para la vida material y empleadlo en vuestra vida intelectual, en vuestro mejoramiento general en el extran­jero, sobre todo para refinar vuestra cultura.

Que nuestros gobiernos pensionen a los más sobresalientes de los alumnos de las Escuelas Públicas para que salgan a lle­narse de luz, a aprender fuera del Istmo: que vayan periódi­camente a estudiar las industrias, las artes, el comercio: que sea por sus propios méritos, por su inteligencia, por sus capacidades que se seleccione a los muchachos y nunca por favori­tismo o complacencia, que dan tan pésimo resultado. Que hayan disputas, concursos entre los educandos pobres para saber bien quiénes van. Que se nombren tribunales de absoluta imparcia­lidad para los correspondientes exámenes. Que sepa el pueblo quiénes son los vencedores que de su seno van a la conquis­ta del saber humano para ser más tarde sus propios Maestros criollos formados en países más civilizados. Ellos son los obreros del porvenir, los cruzados de la mejor de las creencias : la Ciencia.

Estudiantes pobres, empleados que vivís de vuestro trabajo personal, de vuestro sueldo, jovencitos que os iniciáis en la vida civil, hombres deseosos de adelantar: ahorrad lo más que os sea posible; separad mensualmente siquiera 5 o 10 dólares, de lo que ganáis, y depositadlos sucesivamente en un Banco que os pagará intereses: pasados 2 o 3 años tendréis para el viaje deseado!

Sed optimistas y positivistas al mismo tiempo. Haced ejer­cicios todos los días al aire libre. Luchad siempre. El trabajo ennoblecedor—que es la mejor distracción, la libertad—es vues­tra bandera. Amad el trabajo. Cuando éste se principia bien, ya está hecha la mitad. Caminad siempre erguidos, viendo el sol. Aprovechad toda la luz del día. Elevad vuestra frente a la altura de vuestros ideales.

Antes de aceptar un elevado puesto, recorred todas las es­calas anteriores a dicho puesto. Id de lo simple a la compuesto; de lo pequeño a lo grande. Cuando seáis jefes, acordaos de vuestra vida de subalternos; así sabréis tratar a los que de voso

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tros dependan y ellos, no sólo cumplirán con sus deberes sino que se esforzarán por serviros mejor: así llegarán ellos hasta adivinaros, a interpretaros con sólo uno de vuestros bondadosos gestos. "Nobleza obliga."

Id a disfrutar de las brisas del mar, de otros climas que no sean los tropicales: hay muchos climas fríos donde la vida se prolonga. Conoced bien vuestro país, que contiene incon­tables riquezas; visitad sus ciudades, recorred sus montañas, ascended a "Los Andes," que os mostrarán bellezas nunca so­ñadas.

Leed las tarifas de algunas compañías de seguros de vida, que establecen un 20, un 25% menos en las primas sobre las pólizas cuando el asegurado permanece fuera de Centro-Amé­rica, en climas no tropicales. Tales instituciones han estudiado detenidamente las condiciones climatéricas y otras muchas de cada país. Ahí tenéis las pruebas. Hablamos con documentos en mano. * * *

Si muchos salen de su país en busca de salud, con mayor razón deben salir quienes sienten enferma el alma, quienes deben cicatrizar sus heridas morales. Hondos dolores, profun­das tristezas se curan viajando. Las duras penas de la vida, los sinsabores que a cada paso tenemos, se olvidan en las excur­siones. Con sólo contemplar la inmensidad del Océano, la be­lleza infinita del mar y del cielo durante diez minutos conse­cutivos a bordo, basta para olvidar cuanto nos molesta y para considerarnos los más felices de la tierra y más poderosos que todos los Reyes juntos. La dulce soledad del mar es magní­fica compañera que distrae con ternura... ! Caminando por otros trigales, nuestras ideas se tornan amplias, nuestro criterio queda a base de experiencia; se tiene más fe en sí mismo: se escala el puesto del convencido.

El prestigio, el renombre que antiguamente tuvo España, así como sus vastos dominios fuera de la Península Ibérica, y sus conquistas se debieron a las expediciones de los españoles. "El Quijote" fué inspirado en los viajes de los "Caballeros" y en las frecuentes expediciones de su preclaro autor, Miguel de Cervantes Saavedra.

El predominio alemán, su apogeo en el comercio antes de la Guerra Europea, su colonización extraordinaria, obedecieron a los constantes viajes de los hijos de Alemania.

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

El Imperio Británico, que actualmente va a la vanguardia de las Grandes Potencias y que tiene posesiones hasta en los más lejanos puntos de la superficie de la tierra, que domina los mares y cuyo idioma está esparcido en el mundo entero, debe tal supremacía y tan colosal control a los perennes y atrevidos viajes de los súbditos ingleses. La extensión de las colonias inglesas es millares de veces mayor que la metrópoli: sus pose­siones se deben a los viajes de sus intrépidos marinos.

Conceptos análogos podemos expresar respecto de otras naciones cuyos soldados se han glorificado en extrañas tierras conquistando la grandeza de sus países.

Bien, caros lectores: tomad en cuenta que no todas las conquistas se hacen con elementos de guerra: en cada país es diverso el uso que se da a las espadas y a los cañones. Las conquistas modernas son muy diferentes: puede más la fuerza del Derecho que el derecho de la fuerza. La Diplomacia obtie­ne sus más completos triunfos a causa de los obligados viajes de sus componentes, de sus célebres internacionalistas, de sus perspicaces miembros, de sus ilustres Cancilleres. Así lo com­prueban La Haya y Ginebra; así lo demuestran París, Londres, Washington, Roma, Madrid y otras capitales.

Nuestro prócer José Cecilio del Valle, yendo a México, fué Ministro de Relaciones Exteriores de la Patria del Bene­mérito de las Américas. La construcción del Canal de Suez, lo mismo que el de Panamá, es resultado de los viajes: pen­sad siquiera unos cuantos minutos en su trascendencia.

De los estudios y de los viajes del marino genovés Cris­tóbal Colón nacieron sus luminosas ideas de encontrar una vía más corta para ir a las Indias Orientales; mediante los viajes y estudios encontró eco—de los mirajes de su privilegiado ce­rebro—en Isabel la Católica, Reina de España. Y fué así como, aquel genio, descubrió el Nuevo Mundo; portentoso des­cubrimiento que, desde el 12 de Octubre de 1492 hasta nues­tros días, es el más grande que registra la Historia Universal!

Cortesmente os convidamos a recordar este postulado. Las Matemáticas no fallan jamás.

Como corolario de lo anterior, tenemos el descubrimiento del Pacífico por Balboa en 1513, resultado de otro viaje. Re­cread vuestra descansada imaginación en lo extenso y rico del mayor de los Océanos. En vuestro pensamiento, recorred su superficie conducidos por rapidísimo bidro-avión, y sus pro‑

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fundidades, en submarino transparente, a toda velocidad. Re­ducid a números tales tesoros y a poesía tales visiones. A buen seguro que estas fantasías os dan más vida. Dejaos mecer por el vaivén de las olas. Sí, viajar es vivir, es renovarse, es reju­venecerse. La vida pública del NAZARENO es un continuo, un eterno viaje; siempre estuvo en diferentes partes.

Padres y Madres de Familia: el cerebro humano es com­parable a una masa de levadura, de yeso (mezclado con agua) o de cera de Castilla, muy suave, que puede tomar la forma que le deis : tomad a vuestros hijos y dad a sus cerebros la mejor de las formas; está en vuestras manos, a vuestro alcance. Es una obligación sagrada la que tenéis, de modelar ese cere­bro que es parte del vuestro y que viene a sustituiros; debéis ver en él a vuestra propia persona mejorada y no olvidar jamás que el hijo es sencillamente una continuación de vosotros, que sois sus padres. Si no os consideráis capaces de modelarlos con éxito vosotros solos, confiad vuestros hijos a los Maestros experimentados del país o del exterior para que hagan vuestras veces o completen o perfeccionen la más delicada y preciosa de las modelaciones : el cerebro de vuestros hijos.

Es lógico que los Maestros de otros países, teniendo más elementos, más estímulo, mejor retribución y en general otro ambiente, sepan educar e instruir mejor al niño y a los jóve­nes, prepararlos para su carrera y para la lucha por la vida. Estos Maestros son guías de los adultos también.

Haciendo uso de términos sencillos, diremos que, como ellos conocen tan bien como la "palma de sus manos" la más complicada y más fina de todas las máquinas (permítasenos esta gráfica cómparación), que se llama Hombre, saben qué tornillo hay que apretar, cuál hay que aflojar o cuál falta o está de más. Saben que no debe faltar el aceite para su regular y armonioso funcionamiento. He ahí la gran cuestión.

¿Podéis tener, acaso, satisfacción más grande, más vivifi­cante que la de haber modelado o haber hecho modelar el cere­bro de vuestros hijos? Y no olvidéis que todo sacrificio, por infinitamente doloroso, por infinitamente grande que hagáis en favor de vuestros hijos—que son de vuestra alma, de vuestra carne y de vuestros huesos—es pequeño ante lo que ellos mere­cen. Recordad que los hijos son una continuación, una prolon­gación de los padres, prolongación o continuación que debéis cultivar con todo esmero para su felicidad y para vuestro placer, como ya escribimos y repetimos aquí.

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Jamás es tarde para aprender: nosotros vimos en la Uni­versidad de París alumnos y alumnas de todas edades, aun de 50 y 60 años (había de más todavía) ; viejecitos y viejecitas que ya podían ser bisabuelos, y estaban tomando notas en sus cuadernos a la hora de las Conferencias de "la Civilización Francesa," con tanto entusiasmo como lo hace un alumno del notable educacionista Don Leonidas Mencos o una belemita de 15 años en sus clases. Ya lo veis claro, nunca es tarde para aprender.

Comentando el aprendizaje de los idiomas (estudio tan necesario, máxime en estos tiempos) diremos que, para gozar más de las representaciones teatrales, de las conversaciones, de los chistes, de todo, es indispensable dominar bien el idioma del país. Así, ricos y pobres, hombres y mujeres, viejos y jó­venes, feos y simpáticos; todos hacen buen uso de su dinero y de su tiempo al viajar por el extranjero. El estudio es para todos: las puertas del gran palacio de la Ciencia están abiertas, de par en par, a todas las inteligencias.

En países tan adelantados como Francia, Inglaterra, Esta­dos Unidos e Italia, no solamente hay absoluta libertad de cultos sino que las prácticas religiosas se llevan a cabo por doquiera sin censuras, sin críticas de ninguna especie. Así, por ejem­plo, es muy común ver en las capitales, en las grandes ciuda­des y en otras poblaciones los militares uniformados que asis­ten a misa los domingos y días festivos, lo mismo que a las otras solemnidades que tienen lugar en los templos católicos. Igual cosa pasa con los empleados públicos en general, pues su fe, su religión en nada les impide el cumplimiento de sus deberes civiles ni éstos están reñidos con aquéllas.

Tanto los militares como los otros empleados públicos practican los preceptos de su religión cumpliendo, a la vez, ante el gobierno y ante la sociedad todas sus obligaciones como ciudadanos.

Hay, pues, absoluta libertad en la religión y en todo. A los funcionarios públicos no les da pena que alguien los vea en las iglesias o que alguien lo vaya a tener a mal, no; su conciencia les dice siempre la verdad. No pasan por esas almas cautas, tibias, miedosas que temen al qué dirán y que por la pitanza hacen lo contrario de lo que sienten y piensan. Son definidos. No son medias tintas. Se les conoce perfectamente.

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No tienen empacho en dar libertad a sus creencias y, al mismo tiempo, sienten placer en respetar las ajenas; en fin, tienen carácter.

Todos se respetan mutuamente.

Bellas Mujeres Centro-Americanas: Si ya habéis leido las páginas anteriores, seguramente comprendisteis que vuestro porvenir está, en gran parte, en los conocimientos que aco­piéis en el exterior, ora durante vuestra niñez en los colegios, ora durante vuestras visitas durante la Juventud o más tarde para adaptarlos y difundirlos todos en nuestros pueblos. Vimos numerosas hispano-americanas sutilmente familiarizadas con el ambiente extranjero, sobresaliendo muchas de ellas entre las nativas de otros países, por su talento, virtud, dulzura de carác­ter, amor al trabajo, su color moreno, su pelo negro, etc. Es admirable la facilidad con que aprenden los idiomas y la maes­tría con que dominan el Arte, la literatura, las labores de mano, los quehaceres de oficina. Recordamos de no pocas Centro-Americanas, Argentinas, Brasileras, Chilenas, Colombianas, Venezolanas, etc., que, con su trabajo personal y como resul­tado de sus viajes, tienen magnífica posición, dentro y fuera de su país. Todas vuestras virtudes son indiscutibles.

No cabe duda que, después de la Naturaleza, la mujer es la mejor Maestra.

Juventud pletórica de ilusiones: Para formar el bouquet que perfumará toda vuestra vida, que deleitará vuestros ojos y acariciará vuestra alma, podéis seleccionar las flores que gus­téis, después de haber paseado por los jardines del Mundo, que os ofrecen gentilmente todas sus bellezas. Viajad y lo conseguiréis.

Novios y Novias: Antes de formalizar el matrimonio, via­jad! Aportaréis después, al regreso, infinidad de ideas y cosas prácticas que servirán de mucho en el hogar, para vuestro fu­turo cónyuge, para la dicha de ambos. Abrid bien los ojos, me­ditad en el mañana. Es más fácil, menos costoso, ir uno solo, que dos, tres, etc.

Varón fuerte, musculoso, pensador: Salid a conocer lejos del suelo de vuestros progenitores y poned el útil, provechoso resultado del viaje a los pies de ellos y de vuestra prometida,

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como un merecido homenaje, en vez de tres o más años de prolongado y vano noviazgo en que habéis perdido vuestro tiempo y habéis hecho perder el de vuestra novia y sus fami­liares. Sed idealista, pero práctico al mismo tiempo. Mejorad las condiciones de vuestra vida. Meditad en que el intercam­bio de ideas, de idiomas y la mezcla de las razas, mejoran la Humanidad. Poned en práctica vuestros mirajes. El cruce de las razas, sabiendo seleccionarlas, mejora todas las especies.

Vosotros sois parte principal de ese Gran Todo (La Hu­manidad) : ¡Sois Hombres! Imitad a los Grandes Hombres confiando siempre en Dios y poniendo en acción todas vuestras capacidades, esforzándoos fervorosamente.

Tenedores de Libros, Cajeros, Agentes, Jefes de Oficina; Dependientes, Administradores de Fincas, Obreros, Mayordo­mos, Caporales, jornaleros y Campesinos en general:

Pensad en que, si hoy estáis bajo las órdenes de extranjeros que os explotan sin conciencia, por el sólo hecho de no ser de su propia nacionalidad y raza, sin embargo de estar cen­tuplicando sus fortunas en vuestro suelo que, es muy vuestro, y a costa del sudor de vuestra frente, mañana, a la vuelta de vuestros viajes, ya al tanto de lo que estos señores hacen en sus respectivos países, cuando les conozcáis bien, vosotros ascenderéis y, mediante el trabajo metódico, la moral, el carác­ter, la adquisición del idioma materno de vuestros patrones extranjeros y la fuerza del derecho, estaréis a su mismo nivel, sin dejar de respetarles. Ningún hombre es menos que otro. Ellos notarán vuestro valor intrínseco, al que batirán palmas y pagarán con green-backs; que os retribuyan justamente vuestra labor; la ley os protege, os garantiza; no estáis mendigando nada absolutamente; tenéis derecho a ganar sueldos iguales a los de ellos porque hacéis el mismo trabajo que ellos (los ex­tranjeros) hacen. Generalmente lo hacéis mejor y trabajáis más que ellos, ¿no es verdad?

Conquistad vuestros propios laureles. Tras ellos - vienen los olivos, las ramas de la secular encina y todos sus derivados, que ya entonces llegan solos, de rodado. Tened aspiraciones, acariciad un ideal; trabajad tesoneramente a golpe de marti­llo, de almágana para edificarlo, para darle alma: después le daréis cuerpo, y contemplaréis vuestra obra bien pulida, lozana, joven, llena de vida. Ascended, no seáis rutinarios.

No vegetéis. Salid del nivel común por medios dignos y honrados. Es muy justo que, al cabo de 5, 10, 15, 20 años de

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asiduo trabajo como empleados, haciendo uso de vuestra expe­riencia y de vuestras economías—según las circunstancias—os declaréis libres e independientes, sin dejar de cultivar las me­jores relaciones comerciales y amistosas con vuestros princi­pales, es decir, que ya trabajéis por vuestra propia cuenta, solos o asociados. El trabajo es la Libertad. Pensamos que no hay nada más hermoso que la Libertad.

Justamente se dice que "más vale ser un pequeño patrón que un gran servidor" y que "es preferible ser cabeza de ratón que cola de león." Ya sabéis que los adagios son muy sabios, que encierran enseñanzas, que son hijos de la experiencia y de la Sabiduría. Y sabéis también que el conjunto del bien­estar, de la tranquilidad, de la riqueza, de la Libertad de vos­otros y de todos los demás habitantes, constituyen la felicidad nacional. Vosotros sois los sumandos: La Patria es el total. Tened presente que de los leñadores, labradores, carpinteros, albañiles y herreros han brotado—por así decir—los bienhecho­res, los libertadores, las lumbreras, los genios del Género Hu­mano. Tenéis la gorda obligación de que vuestros hijos os superen. Si sois un émulo de Castaño, de Galdámez, vuestros retoños pueden ser Doctores, Ingenieros, Farmacéuticos, Avia­dores, Dentistas, Hombres de Estado; ¿por qué no? Todo está en vuestras manos y lo lograréis con sólo aplicar vuestras facultades. Otro tanto debemos decir respecto de los otros empleados y sus hijos, respecto de toda la clase trabajadora.

Rechazad, alejad de vosotros aquel estúpido atavismo de que el hijo del zapatero tiene que ser zapatero forzosamente: no, amigos nuestros, eso ya es muy viejo, es una teoría que debemos sepultar lo más profundamente que podamos.

Mejoremos siempre en todo sentido y mejoremos a todos los nuestros. Recuerden los pesimistas que, "de un tronco nace Una rosa," que "la gota constante orada la roca," que "Venus nace de la amarga espuma," etc.

No desmayemos jamás. ¡Adelante! La Civilización no debe esperarse en casa: hay que ir a buscarla, hay que ir a provocarla, hay que ir por ella a donde quiera que esté, a donde se encuentre. Tengamos en uno solo, todos los valores. Que vuestros hijos continúen lo que vosotros no podáis terminar. Llevadlos hasta la cima de las montañas; que conozcan las cum­bres.

Si acaso no recordáis los siguientes hechos históricos leed­los o bien vedlos en la pantalla cinematográfica: Napoleón, al principio de su carrera militar, era muy pobre, tan pobre que no tenía para cubrir el valor del lavado de su ropa; quedó de

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hiendo por largo tiempo una cuenta de esta clase; sus escarpi­nes estaban tan rotos y viejos, que su lavandera (Madame Sans Géne), viendo que era imposible remendarlos, substrajo un par bueno a otro de sus clientes para colocarlo en el fardito de ropa limpia de Napoleón.

Esta simpática lavandera se conoce con el nombre de "Madame Sans Géne." Ahora bien: ambos, en la pobreza pero llenos de fe en las ideas que sustentaban, en sus esfuerzos perso­nales y, asociados de sus camaradas, jugando su vida bajo la lluvia de balas, entre cañones y bayonetas, triunfaron: la victoria les cubrió con sus laureles: aquel oficial que estuvo en la penuria llegó a ser el "Capitán del Siglo," Jefe del Glorioso Ejército Francés, Cónsul, Rey, Emperador de los Franceses; y aquella lavandera inteligente, trabajadora, llegó a ser La Du­quesa de Danzik, esposa del Mariscal Lefevre.

Señores de la Banca, de las Finanzas y de las Industrias:

Muy bien podéis enviar al extranjero unos cuantos de vuestros mejores empleados para que estudien y practiquen detenidamente los importantes ramos de la vida nacional con­fiada a vuestra dirección. Así haréis doble bien: ganaréis todos vosotros, vuestros asociados y los empleados mismos que man­déis. Haced un ensayo. Vuestros delegados regresarán al país a fundar una Escuela que beneficiará a vuestros propios hijos. Sois muchos y unidos: "la unión hace la fuerza."

Jóvenes amigos del Sport, que asistís al Campo de Marte:

Aplaudimos vuestro afán por el desarrollo físico y os recomendamos, al mismo tiempo, no olvidar vuestras visitas a las bibliotecas y otros centros de cultura intelectual. Sin dejar de admirar a Carpentier, Firpo, Loua, Peláez, Mohr. Montenegro, etc., rindámosle culto a Pasteur, Edison, Marconi, Ramón I. Cajal, a los conquistadores del Premio Nobel. Por sport también, viajad; preparad desde hoy vuestra valija y recorred ignotas regiones. Caminad más allá del Campo de Marte! Seguid adelante, siempre adelante, como dijera Marden.

Caballeros Frecuentadores Asiduos de los Clubs:

Es tan simpática vuestra honesta distracción; son tan ame­nos vuestros ratos de solaz, de charla, de descanso, de baile. de juego de billar después de las cotidianas labores que, Ics refrescos o licores tomados al tibio calor de la amistad, de

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la fraternidad que os unen, saben a gloria y dan animación al espíritu y un natural placer al cuerpo. Horas de infinita ale­gría se pasan en vuestra compañía: la bondad, la broma come­dida, el chiste picante, ingenioso, presiden vuestras mesas que reunen a los consocios y los convidados. ¡Magnífico! La satisfacción puede verse en los rostros de todos los asistentes a estos centros sociales donde verdaderamente se goza. Todo esto es amable y culto, muy bonito, necesario, mas acordaos de ir a otras latitudes para disfrutar de momentos más amenos que los que ahora tenéis. Id a conocer otros clubs mejores. En la biblioteca de vuestro propio Club concertad el paseo al extran­jero: ahí tenéis revistas y guías para determinar vuestro país preferido. Entre camaradas combinad el viaje, ahí mismo. Con el valor de vuestras cuotas y de las tandas que a vuestro cargo firmáis a menudo, podéis viajar.

¡ Reflexionad, caballeros frecuentadores asiduos de los Clubs!

Galenos, Togados, Farmacéuticos y demás personas que ejercen Profesiones Liberales:

A vosotros también os conviene viajar fuera del país con el objeto de perfeccionaron. Vuestras profesiones tienen exten­sos radios de acción en el exterior, mayores ramificaciones. Las últimas obras literarias, científicas, así como los más re­cientes descubrimientos e inventos, aumentarán allá el caudal de vuestros conocimientos y regresaréis con más fama y pericia, pues veréis centenares de casos y de aplicaciones.

Asistiendo a las Universidades y sus dependencias, indu­dablemente renováis y aseguráis vuestro saber. En un mes de contacto con los Maestros que han obtenido sus cátedras por oposición y, asistiendo a las prácticas respectivas, recordáis o aprendéis lo que aquí en años enteros. Vuestra gira científica es de gran benefficio para vosotros y para vuestra clientela.

Recordemos con orgullo que en París el Doctor Flores (guatemalteco) fué el primero en emplear la cera de Castilla para representar la estructura del cuerpo humano facilitando así el estudio práctico de la Anatomía. Como es natural, aquel sabio Médico, FUE objeto de merecidos parabienes de parte de sus colegas y del mundo científico.

Vuestras nuevas aplicaciones, vuestros modernos procedi­mientos serán estimulados fuera de aquí .. .

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Militares:

Por la gallardía y noble fin de la honrosa carrera de las armas—que habéis adoptado—el tiempo que permanezcáis en el extranjero será de inestimable valor para vosotros. Es el militar caballeroso, segura garantía para la sociedad en general, pues cuando a su ilustración, valor y lealtad une refinada edu­cación y exquisita cultura, sus cualidades son más apreciadas. Es necesario recordar que su misión no se concreta sólo al ser­vicio en los cuarteles y campos de batalla, para el sostenimiento de las instituciones legales y garantía de la Nación. Sus ener­gías deben aplicarse también, lo más posible, a la instrucción de nuestras masas, máxime en el importantísimo ramo de las Matemáticas.

Veréis cómo en el extranjero los militares desempeñan un gran papel en la vida activa de los pueblos, no sólo en el ramo de Guerra sino en las otras divisiones del Gobierno, así como en las organizaciones privadas porque su disciplina y severidad significan: orden, sistema, organización, seguro buen resultado en todo lo que se les confía. Ciertamente, su carácter bien for­mado, las duras pruebas que ha experimentado, su arrogante figura, su flamante uniforme; su voz clara, fuerte, su aire mar­cial, su honradez acrizolada; todas estas cualidades hacen del militar instruido un Maestro excepcional, capaz de elevar a en­vidiable altura a los jóvenes que enseñe. Con su ejemplo da prácticas lecciones, más eficaces que lis de otros preceptores civiles. Ellos (los Maestros Militares) saben el verdadero uso de la fuerza y con su continuo movimiento—que es vida—deben demostrar que el Ejército, no sólo consume fuerzas de la Nación, sino que debe producir también.

Hermosa muestra nos dejó el Coronel Ingeniero Don Fran­cisco Vela, autor del mapa en relieve de la República de Guate­mala, su obra maestra (entre las conocidas), por la exactitud de sus escalas, niveles y alturas y por sus descripciones hidrográ­ficas, orográficas, etc., y por «sus muchas aplicaciones científicas trascendentales.

A propósito de este inteligentísimo trabajo, es con parti­cular placer que nos enteramos que el aprovechado joven Rafael Cardoza Aragón, guatemalteco que estudia en Ventura, Califor­nia, obtuvo el primer premio en el concurso que se llevó a cabo el año próximo pasado entre los cursantes de todos los "High Schools" del Estado de California, sobre la utilidad y belleza de los mapas de relieve, concurso iniciado por las auto­ridades de aquel próspero estado. El triunfo del Señor Cardoza,

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debido a las claras ideas con que describió estas obras moder­nas, que son científicas y artísticas, viene a causar alegría en el corazón de sus compatriotas y a aumentar las distinciones que los centro-americanos reciben en el exterior, mediante sus propios méritos, y de los cuales ya hemos mencionado algunos en este libro.

En muchos países la Presidencia de la República ha estado y está ocupada por militares; los Reyes, los Emperadores, han tenido y tienen grados militares también. Como la Historia se repite y dada la democracia que en casi todas las naciones se arraiga actualmente, es probable que nuestros pueblos elijan militares para el desempeño del Ejecutivo. En este caso, el viaje de "los hijos de Marte" al exterior, redundará en positivo beneficio de los estados que gobiernen.

Cualquier cartera o Secretaría servida por un enérgico mi­litar que haya viajado con provecho en territorios extranjeros, tiene que ser forzosamente un eficiente factor, un vivo expo­nente del organismo administrativo.

Cuando los militares merecen bien de la Patria, cuando conquistan su progreso, cuando sus acciones heróicas, dignas, contribuyen a la grandeza del País, los bronces y los mármoles perpetúan su memoria y sus hechos.

Adalides del Cuarto Poder, Representantes de la Prensa, Señores Periodistas:

Pedimos la palabra: es a vosotros a quienes, en vuestro carácter de intérpretes de la opinión pública, nos dirigimos intencionalmente de último a fin de recalcar más nuestra insi­nuación, nuestra insistencia para que vayáis vosotros también lejos de las fronteras del suelo patrio, a aprovechar el tiempo, que es oro;• a adquirir una preparación más amplia y más eficaz, que os permita ejercer mejor vuestro noble apostolado; a ilustraron más en las límpidas fuentes del saber humano para venir a divulgar después, por medio de las letras de molde, toda la luz, toda la ciencia que adquiráis, ciencia y luz que ilumi­narán a nuestra Patria.

A consecuencia de la absoluta libertad de cultos que hay en los Estados Unidos, más de 38.000.000 de emigrantes, espe­cialmente europeos, han llegado a aumentar la elevada cifra de su población.

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La Universidad Popular de Guatemala, bella y regenerado­ra creación de la juventud estudiosa residente en la capital, ya está dando sus ricos frutos, no obstante ser de época reciente. El número de personas adultas a quienes ha enseñado a leer y a escribir—como base para inculcarles otros conocimientos más útiles y variados—es grande. Ya tiene ramificaciones depar­tamentales bajo el mismo plan capitalino, y sus escuelas y biblio­tecas se van multiplicando en todo el país. ¿No es, acaso, digna de elogio esta noble labor de positivo progreso para el pueblo'

Merece atronadores aplausos y ayuda real de todos los cons­cientes.

Los jóvenes estudiantes no necesitan de voces de aliento; son ellos los que animan a los viejos para que salgan de la obscuridad y se familiaricen con la luz.

No cabe duda que todas las viriles manifestaciones estu­diantiles, con su fuego y nimbo de Libertad, trascienden a todo Centro-América porque despiertan al pueblo divulgando los derechos del hombre, que son sagrados. El ímpetu de sus dis­cursos y publicaciones, cual torrentes incontenidos semejantes a las Cataratas del Niágara en América y del Victoria en Afríca; esas sanas y alentadoras ideas que corren como cristalinas aguas de las cascadas que embellecen las elevadas Montañas del Hima­laya en Asia (las más altas del Globo), vivifican y depuran la sociedad : esas juveniles palpitaciones del talento estrellan cuantos diques pudieran oponérseles porque llevan las simpatías generales, porque su obra bienhechora se siente, se palpa, aun a través de sus decretos y gráficas demostraciones en las ansiadas huelgas que aparecen con un 75% de amarga crítica y el resto de sátira, pero, sobre ese total, con un grueso 300% de ingenio y delicada belleza emanado de los cerebros y de los corazones que representan real y positivamente el porvenir de la Patria, puesto que son los hombres del mañana : naturalmente tales hechos públicos, siempre simpáticos, vibran como círculos con­céntricos en el pecho de los otros camaradas de Secundaria, Primaria y—¡ Oh! niñez bendita—hasta en el de los párvulos de ambos sexos que hacen otro tanto en su radio de acción y todos, las tímidas colegialas inclusive, comunican con la justa alegría que se lee en la frente y que resuena en los sabrosos comentarios, el poder incontrastable de la Libertad, al resto de los habitantes —analfabetos y letrados—por virtud del potente empuje juvenil!

Siendo nuestro país joven y contando con sólo 104 años de vida independiente, no es posible que esté ya a la par de otros

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más civilizados y, necesitando de inmigración para su progreso, conviene que sus propios hijos vayan a los viejos países, cultos, que ya alcanzaron todo su desarrollo, para seleccionar y traer cuantos elementos hemos menester. Seguramente, por patrio­tismo, son los nativos quienes deben procurarlos y obtenerlos.

Corroborando esta tesis nos permitimos recalcar un hecho bastante simple que está en la conciencia de todos los centro­americanos y que se ve todos los días : las personas que han hecho sus estudios en las respectivas cinco capitales y en las ciudades cabeceras más importantes, tienen cierta superioridad muy marcada sobre las que únicamente han estudiado o vivido en los pueblos, villas, caseríos, fincas, etc., porque, desde luego, y siempre que las autoridades—todas—cumplan sus deberes, a mayor población mayores y mejores elementos de vida, de educación, de instrucción, de cultura, etc. Es así que los directores, profesores y otros empleados del gobierno, general­mente van de la capital a los departamentos, no sólo porque deben tener mejor preparación, sino porque se supone que en la metrópoli están al tanto de todo lo relativo al país y que van a trabajar, a dirigir, a enseñar con eficacia y con su ejemplo a donde se les nombra. Sigamos con sólo el ramo de Instruc­ción Pública porque es la base de los otros 6: la supremacía y preponderancia de las Facultades de Guatemala (la capital), San Salvador y Quezaltenango, han tenido y tienen en sus ca­tedráticos y profesionales factores que estimulan a todos los demás centros de su índole y que trascienden hasta los confines del Istmo, extendiéndose a la enseñanza secundaria también, lo que es fácil comprobar quitando el velo negro del localismo.

Ahora bien: pensad que, como estas 3 facultades existen otras muchas y otras mejores en países más adelantados y más grandes, puesto que todo es relativo y que es allá a donde deben ir siquiera unas decenas de nuestros jóvenes estudiantes; no olvidéis que hay otras metrópolis más grandes que las nues­tras y que a esa misma superioridad obedecen las leyendas que algunos facultativos hacen escribir en sus placas o anuncios: " .... de la Facultad de París," " .... de la Facultad de Filadel­fia," etc., amuletos que atraen a los clientes y con razón: la lógica así lo manda, pues si asimilaron cuanto leyeron y oyeron y tie­nen experiencia y su talento les permite aplicar cuanto apren­dieron, ya son de aquellas personas caracterizadas que, con el asentimiento general, ven de arriba para abajo y se imponen por su profundo y útil saber.

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Así como el Estado debe ser independiente de la Iglesia, ésta debe reconciliarse con la Ciencia y vivir eternamente unida a ella en fraternal abrazo: una y otra, son indispensables para la vida privada del hombre, para su hogar. Como una pequeña demostración de que la religión no está en pugna con la Cien­cia y el bien público, puede citarse el servicio gratuito que el Padre J. S. Ricard, jesuita, da diariamente en su Observatorio Astronómico de Los Angeles, donde, desde hace años predice el tiempo para todo el Estado de California, datos que se publican en toda la prensa con la debida anticipación y los cuales jamás han tenido un solo error durante los millares de días que com­prenden y que son de suma utilidad para todos.

Si se quiere, téngase la religión como un recurso, pero tén­gase fervorosamente. Ella moraliza o da origen a la moral y a veces completa la obra de ésta.

Al final del viaje de ida y vuelta, ligando sus recuerdos y coordinando sus impresiones—que procuraremos no olvidar du­rante toda la vida—damos con un hecho trascendental que nos obliga a interrogar, ¿por qué siendo en el mundo la totalidad o la mayoría de los hombres la que aspira a la felicidad, no obtie­ne sino la desgracia tarde o temprano?; ¿por qué hay tantos in­felices cuando todos quieren ser dichosos? En la misma pro­porción, ¿por qué hay más pobres que ricos, si todos procuran en constante lucha sin igual, en la eterna batalla de todos los días, adquirir la riqueza y separarse de la pobreza, que no los deja?; ¿por qué?

¿Será que ellos (los hombres) en sus 1,750.000,000 que cons­tituyen su especie única dividida apenas en 4 razas, se estorban los unos a los otros, no obstante que disponen de 137 millones de kilómetros cuadrados de la superficie terrestre y 373 millones de kilómetros cuadrados también, de la superficie de las aguas, pudiendo servirse así mismo de las profundidades del mar y aún de la gran masa sólida (toda la masa terrestre), ade­más de surcar las ilimitadas capas de aire? ¿No se satisfacen con tan fantásticos elementos de que consta nuestro planeta? ¿No les son suficientes esos 510 millones de kilómetros cuadra­dos que la madre Naturaleza, pródiga, les dió cubiertos de tierra y agua con cuanto pueden necesitar?

¿Es, acaso, porque precisamente lo mismo que unos poseen, desean, envidian para sí los otros, en vez de conformarse con lo que tienen? ¿Es porque aquellos jamás dan a éstos lo que a gritos les dice su conciencia que deben dar! ¿Será esa la ra

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zón, caro lector? O es que sus 1,000 idiomas y sus cinco mil dialectos, cuyo número de palabras es inconmensurable, no les bastan para expresarse'

¿Será porque los hombres tienden a separarse y no a unirse y que no imitan a los quintillones de células que forman uno solo de ellos (por ejemplo) y las cuales trabajan siempre unidas, siempre de acuerdo?

¡Ah! quién sabe si haya tantas causas y respuestas como hombres!

¡Tal vez sea llanamente el egoísmo con que nace y muere el hombre!

¿Estribará, finalmente,esta tremenda cuestión en que cada sér humano en el Universo interpreta la felicidad de muy dife­rente manera que su vecino y, por consiguiente, su complejidad sigue siendo un enigma superior al de la Esfinge? i No en vano se dice que cada cabeza es un mundo 1

Es un hecho bien conocido de todos que la moneda esta­dounidense tiene sobre relieve esta significativa inscripción: "In GOD we, trust," que quiere decir: Nosotros confiamos en DIOS," palabras cuyas letras de oro y plata ruedan por el mun­do entero, pues esta moneda se toma como base para todas las transacciones, y francamente es la que más confianza y seguridad infunde por la floreciente situación económica del país a que pertenece. Bien: como es notorio, entre los 120 millones de habitantes de la Gran Unión Americana hay el cosmopolitismo mayor que se conoce y, en consecuencia, ahí realza la creencia, la fe en DIOS, en EL SER SUPREMO, sublime ejemplo que influye poderosamente en las complejidades del destino humano.

Visitando en New York al connotado hombre de Ciencia Dr. Juan J. Ortega, Maestro de varias generaciones, que tan dignamente ha representado a Guatemala en sus elevados cargos diplomáticos en el exterior y actual Director de las Casas de Beneficencia, recordábamos, sin decirlo, que un amigo japonés nos refería que los Médicos en la China son retribuidos por conservar la salud de sus clientes en perfecto estado y no por curar la enfermedad; es decir, que tan pronto como se enferma uno de éstos, el pago al galeno cesa, lo que prueba que, "más vale evitar el daño que después poner el remedio." Tal cos­tumbre nos sugería la idea de tomarla como base para ser apli­cada, en cuanto sea posible, a todas las profesiones, artes y ofi­cios a fin de que, todo aquel que tiene un cargo—cualquiera

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

que sea—se esmere siempre para hacer lo mejor, porque, si des­graciadamente por su descuido comete un error, la, suspensión del pago lleva consigo el anatema de su equivocación.

Ningún soberano, emperador, rey, príncipe, dictador, presi­dente, conquistador, revolucionario, cónsul, jefe, regente, triun­viro, congresista, etc., etc., con el mayor poder material imagi­nable, creado por la más hábil política, ha podido por más que haya procurado, aún sacrificando vidas y tesoros del estado, transformar el mapa del mundo como lo hizo JESUCRISTO con sólo su alma; para El no hubo ni hay fronteras ni dife­rencias políticas; la Nación Cristiana que fundó como el mejor de los filósofos y de los políticos filántropos, es sin límites, y por consiguiente, superior a todas las existentes, teniendo en la conciencia de cada una de ellas un dominio preponderante. Así lo demuestran los hechos. Comentándolos y a presencia de los mandatarios que conocimos, monarcas, republicanos y plebe­yos; a presencia de las reinas, princesas, archiduquesas, conde­sas, baronesas; marqueses, herederos de las coronas y demás dignidades de la nobleza; leaders de los diferentes partidos políticos, en el poder o en la oposición, en grandes y pequeños países, portando flamantes uniformes (con y sin brillante es­pada), lujosas y doradas capas o elegantísimos trajes, juzgá­bamos que su rango, por elevado que sea, resulta minúsculo ante el espiritual poder del DIVINO MAESTRO: la razón, muy sencilla: es el Hijo de DIOS!

Desenvolved el Mapamundi: vuestros ojos y vuestra mano os señalarán sus infinitos dominios; paraos frente a una esfera, tornadla y veréis lo mismo ahí también: el poder espiritual del Cristianismo por doquiera.

Centro-Americanos:

Uno de los objetivos de este libro es despertar en vosotros la idea de viajar. Vosotros, los padres de familia que dispo­néis de recursos, enviad a vuestros hijos e hijas a estudiar, a trabajar al extranjero. Vosotros, los jóvenes aptos para la lucha por la existencia, id a otros países más civilizados que el nuestro para adquirir nuevos conocimientos y perfeccionar los ya adquiridos.

Para todos es provechoso salir de aquí y regresar a ense­ñar todo lo aprendido. El conocimiento de otros idiomas, de otras razas y costumbres, aumenta el caudal de vuestro saber. La experiencia adquirida en los viajes no tiene precio y sólo

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J. M. DELEON LETONA

se adquiere en las expediciones observando los medios de vida donde vamos. Hasta para apreciar mejor y querer más a nues­tra Patria, es indispensable alejarse materialmente de ella un poco. Para amar más a nuestros padres, hermanos, amigos, etc.; para apreciar toda la dulzura de nuestro hogar, debemos viajar, ir lejos.

En tierras extrañas, visitando los museos, las bibliotecas, las grandes fábricas, conociendo los individuos del día, veréis que sois capaces de hacer cosas que se ajustan a vuestro espí­ritu innovador y que os adaptáis al progreso de las naciones que cuentan con más elementos que nosotros. Así tendréis una idea cierta de la realidad de la vida y saldréis de muchas dudas. Mejoraréis mucho en todo sentido. Vuestra alma se impreg­nará de bellezas y tendréis la natural ambición de ser lo mejor posible. No olvidéis que "nadie es profeta en su tierra." Id a conocer el Mundo y sus maravillas. Aprovechad vuestra niñez, vuestra juventud, que son un tesoro.

Relatando nuestras impresiones de viaje mediante el por­tentoso invento de Gutenberg, que fué un hombre como vosotros y como nosotros, os hemos llevado desde la Chapina Tierra hasta la Tierra del Divino Maestro, del Salvador; os hemos traído de nuevo a Centro-América; habéis surcado las aguas del Océano Atlántico y de varios mares; habéis visto desfilar co­sas, personajes y panoramas que en otra parte no encontraréis y que, ampliando vuestra fantasía, habéis palpado junto con este vuestro connacional que os escribe solamente el prólogo de la gran obra que vosotros mismos llevaréis a feliz término yendo a donde nosotros fuimos o bien, a otros lugares que más os plazcan. Escoged, sois libres y sin duda tenéis muy buen gusto.

Comenzad por algo.—Todo es cuestión de hábito en el indi­viduo y de costumbre en las sociedades.—Id primero a sitios cercanos: poco a poco, alejaos más y más para regresar con nuevas simientes que depositaréis en vuestros fecundos campos, donde las plantas bien cultivadas por vosotros mismos, darán los "opimos frutos" que habemos menester.

Después de nuestras invitaciones para que viajéis, para que mejoréis todas vuestras cualidades y condiciones en el extran­jero; después de reflexionar sobre lo mucho que hay que ver y aprender fuera de Centro-América para luego ponerlo en práctica aquí, es natural, es lógico que digáis, que pregun­téis ¿qué hizo Deleón Letona?, ¿qué trajo?, ¿qué produjo lejos del terruño y qué hizo a su regreso; qué ventajas sacamos sus paisanos de su expedición?

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POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS

Ahora bien, caros lectores: la respuesta categórica, llana, la tenéis vosotros mismos en vuestras manos y ya habéis pasado los ojos sobre cada una de sus páginas: es este libro que ha dejado en vuesro espíritu la estela que quizá señale claramente la nueva orientación de vuestra vida, en estas hojas que mues­tran sin pretensiones y sin egoísmo (aunque sea tosca y somera­mente) mucho de lo que vimos, oímos, asimilamos y aprecia­mos alrededor del mundo civilizado para ofrecéroslo con la idea de haceros bien; con la idea de que vosotros, más capaces y más jóvenes que nosotros, hagáis cosas más útiles 'en favor de todos desde hoy, desarrollando serena y concienzudamente los propósitos aquí delineados; con la idea de que, andando el tiempo pero siempre empleándolo bien y como resultado de la unánime cooperación de todos sus hijos y armados de un gran patriotismo, veamos a Centro-América, floreciente, más civilizada, dueña de sus libertades, en plena explotación de sus inmensas riquezas; con su marina mercante y de guerra, con sus Universidades, con su analfabetismo reducido a cero y multi­plicado el porcentaje de sus hombres cultos.

Si de vuestra parte merecemos agradecimiento por este ensayo que tiene por cuna nuestra alma y por propulsor nues­tro cerebro, lo aceptaremos al saber (aun cuando estemos muy lejos del patrio suelo, aunque el destino nos empuje hasta la China o el Japón) que cada uno de vosotros se ha esforzado diariamente porque Centro-América unida sea una nación culta, libre y próspera.

Procuremos una profunda conmoción en todos sus habitan­tes. i Despertemos!

i El Heraldo ya hizo sonar los clarines!

i La Aurora comienza .... !

Guatemala, Centro-América, la bella región en perpetua Primavera, 1925.

J. M. Deleón L.


Printed in the United States of America.

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