miércoles, 30 de junio de 2021

PERDONARON AL ASESINO DE SU HIJO

Su hijo estaba muerto, y ellos deseaban que también muriera el joven
delincuente que lo había matado.

PERDONARON AL ASESINO DE SU HIJO

POR PETER MICHELMORE

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST         Agosto de 1986

EL TELÉFONO sonó a las 10:40 de la noche del jueves 23 de diciembre de 1982. Elizabeth Morris, a la sazón de 37 años, estaba con su esposo, Frank, de 41, en su casa de Pee Dee, Kentucky. Su úni­co hijo, Ted, de 18 años, debía regresar pronto del trabajo en una tienda de artículos musicales, que desempeñaba durante sus vacaciones luego de terminar un semestre en la universidad.

"Hablo del Centro Médico Jen­nie Stuart", le informó una mujer a Elizabeth. "Necesitamos permiso para atender a su hijo, que ha sufri­do un accidente".

Les pareció interminable el reco­rrido de 25 kilómetros en auto hacia el hospital. Al fin vieron a Ted, que se hallaba en estado de coma pro­fundo. Después de haber hecho todo lo que podían, los médicos lo envia­ron en ambulancia a un hospital de Nashville, en el vecino estado de Te­nnessee, donde tal vez los neurocirujanos podrían salvarlo. Pero, a las 2:20 de la madrugada, la víspera de Navidad, lo declararon muerto.

Más tarde, la policía dijo a los Morris que Ted no había tenido nin­guna oportunidad de evitar el cho­que. El auto guiado por Tommy Pi­gage, de 24 años, había rebasado la línea central y chocado de frente con el de Ted. Pigage, que sufrió una cortada en la frente, tenía aliento alcohólico. El análisis de sangre re­veló una concentración de 0.28 de alcohol, casi el triple del nivel esta­blecido para determinar la intoxica­ción. A Pigage se le acusó de homici­dio simple y quedó en libertad bajo fianza de 10,000 dólares.

Ansiosos por saber lo referente al asesino de su hijo, los Morris busca­ron la fotografía de Pigage en un anuario de la escuela. Ted había sido un joven alto, sano y alegre; el otro, en cambio, les pareció un malhechor callejero.

En la audiencia del 21 de enero de 1983,en el tribunal, los Morris se en­teraron de que Pi­gage se había embria­gado hasta el estupor la noche del accidente después de concluir su trabajo de jornalero en un depósito de tabaco. Del accidente, no recordaba nada. Cuan­do supo que había matado a un hom­bre hundió la cabeza en el regazo de su madre y sollozó: "¡Dios mío! ¿Por qué no morí yo?" Sin embar­go, en el tribunal, por instinto quiso quedar absuelto y alegó ser inocente del cargo de homicidio.

Elizabeth se estremeció como si la hubieran abofeteado. ¿Inocente? ¿Está diciendo que deben culpar a Ted? Tommy Pigage debería ser el que estuviera en la tumba. Él tuvo la culpa. Furiosa, se volvió a Frank y le dijo:

—Si alguna vez veo a Tommy Pigage en la calle, lo atropellaré con mi auto.

—Eso no resolverá nada —repli­có Frank, quien deseaba que aquel hombre fuera juzgado, declarado cul­pable y ejecutado por la ley. La idea de que Pigage pereciera en la silla eléctrica complació a Elizabeth.

—Con gusto bajaría yo misma el interruptor —comentó solemne­mente  a su marido.

Despreciado. Al paso de las sema­nas, el odio y el pesar se abatieron sobre Elizabeth. Habitualmente vi­vaz, se volvió retraída. Pasaba horas acostada en la cama de su hijo, llo­rando sobre la almohada.

Tanto ella como Frank, cristianos fundamentalistas, mostraron entere­za ante los demás miembros de la Iglesia de Cristo en Little River, donde Frank era uno de los guías. Hubo quienes alabaron su fortaleza por aceptar la muerte de Ted como la voluntad de Dios.

"¡No es la voluntad de Dios!", protestó Frank cuando estaba solo con Elizabeth. "Dios no mata a jó­venes de 18 años, como Ted. Eso fue obra del diablo".

En lo más profundo de la depre­sión, Elizabeth pensó en el suicidio: "¡Oh, Dios! Sé que es un pecado del que no podré arrepentirme, pero ya no soporto esta vida. Por favor, Dios mío, si lo hago, permíteme estar con Ted". Se llevó a la cabeza una pistola calibre .22; luego la dejó caer y lloró avergonzada.

Los padres de Pigage lo conven­cieron de que ingresara en un pro­grama de 30 días para rehabilitación de alcohólicos y, durante las dos se­manas siguientes, el joven se mantu­vo sobrio, luchando a brazo partido con el remordimiento. Luego, con la esperanza de mitigar su pena, tomó una cerveza, y otra. A poco, se em­briagaba y dormía muy mal por las noches. Cuando iba a trabajar, cami­nando, mantenía baja la vista, puesno quería ver ni ser visto, seguro de que todos lo despreciaban tanto como él mismo se despreciaba.

En febrero, un gran jurado redujo la acusación de homicidio simple a homicidio  imprudencial. Después hubo una serie de retrasos en el juicio.

Cuanto más se alargaba la espera, tanto más atormentaba a Elizabeth el deseo de que Pigage muriera. Su único alivio fue la campaña de cartas que ella y otros padres preocupados emprendieron contra el indulgente trato que se daba a los conductores ebrios en los tribunales de Kentucky, donde el castigo quedaba sujeto a la discreción de los jueces.

Los Morris se hicieron miembros de una sección —que abarcaba tres distritos— de la organización Ma­dres Contra el Manejo en Estado de Ebriedad (MADD, por sus iniciales en inglés ), que había luchado por conseguir leves estrictas, uniformes. Varios decretos nuevos entraron en vigor un julio de 1984, y uno de ellos impone la pena de cárcel cuan­do un conductor ebrio lesiona a cual­quier persona.

Palabras sorprendentes. No fue hasta septiembre de 1984, 21 meses después del accidente, cuando el caso en contra de Pigage progresó hacia una resolución. La defensa ya acep­taba la culpabilidad del acusado, lo cual consoló a Elizabeth, y el fiscal exigió una sentencia de diez años en prisión. Para la posibilidad de que el reo quedara en libertad condicio­nal, la cual debía considerar Edwin Whíte, el juez de circuito, se estipuló que Pigage pasaría, cada tercera semana, dos días en la cárcel del condado, durante dos años.

Inmediatamente, los Morris y otros miembros de MADD se reunie­ron con el juez para agregar más condiciones a aquella posible liber­tad. Arguyeron que Pigage debería someterse a pruebas con el analiza­dor del aliento cada vez que fuera a la cárcel, y que debería participar en los programas patrocinados por MADD en las escuelas.

El juez White fijó la sentencia má­xima de diez años, y la suspendió en favor de todas las recomendaciones de MADD. Dictaminó que cualquier violación a las mismas sería causa del encarcelamiento de Pigage.

Rose Jeffcoat Wyatt, amiga de Elizabeth y vicepresidenta de la ofi­cina local de MADD había querido a Ted Morris como a un hijo y com­partía la decepción de Elizabeth por­que no habían enviado a Pigage a la penitenciaría del estado. No obstan­te, la señora Wyatt concibió una manera de castigarlo: la primera presentación de Pigage en una escuela, programada para el 5 de diciembre, sería en la antigua escuela de Ted en Cadiz, Kentucky.

Elizabeth asistió, con la esperanza de ver sufrir a Pigage. La foto de Ted, sonriente, apareció en la pan­talla de proyección cuando la señora Wyatt relataba los terribles aconte­cimientos de aquella noche, casi dos años atrás. Después, Pigage se puso de pie y habló a los 1000 estudian­tes con voz lenta, vacilante. Sus pa­labras sorprendieron a Elizabeth. "Yo maté a Ted Morris", comen­zó Pigage. "Esto es algo a lo que no me voy a sobreponer jamás. No re­cuerdo nada, porque estaba ebrio, e iba conduciendo así un auto. Yo tuve la culpa. A la mañana siguiente, él estaba muerto. Yo no sabía qué hacer. Él era hijo único, y murió porque yo me embriagué y condu­cía un auto".

Elizabeth esperaba excusas, no una confesión. Después de leer en voz alta las condiciones de su liber­tad, Pigage prosiguió:

"Esta es una sentencia muy leve. Debería estar encerrado. Tuve bue­na suerte, pero no hay nada que vaya a cambiar jamás mi manera de vivir a partir de ahora".

Cuando terminó de hablar, los es­tudiantes salieron en silencio del gimnasio y Elizabeth se acercó a Pi­gage, que la reconoció y se mostró temeroso a las claras.

"No te preocupes, Tommy", dijo ella. "No voy a abofetearte. Real­mente aprecio lo que has dicho. Aceptas la culpa, y eso me ayuda a mí".

Elizabeth notó que Tommy estaba llorando. Trató de tocarlo y se desconcertó momentáneamente. Su aliento tenía fuerte olor a licor. Ante la acusación, Tommy aseguró que había tomado una medicina, pero Elizabeth llamó a un policía esta­tal que se hallaba en el vestíbulo y le exigió que le hiciera a Tommy la prueba del analizador de aliento. El policía se negó, alegando que no te­nía ningún motivo para hacer aque­lla prueba.

Castigo insuficiente. A la noche siguiente, Elizabeth se enfrentó a Tommy enfrente del apartamento del joven.

—¿Por qué me mentiste? —pre­guntó a Tommy.

—Porque no quería ir a prisión.

Aunque el muchacho tenía el aliento impregnado otra vez de li­cor, Elizabeth sintió el impulso de permanecer allí y hablar. Tras un amable interrogatorio, Tommy se desahogó: había sido adicto al alco­hol desde que tenía 16 años, y la pena que había causado a sus fami­liares y amigos lo había hecho tomar más que nunca. Sobrio, no era capaz de soportar el sentimiento de culpa y la vergüenza.

Conforme hablaba, Tommy se animó. Le intereso de verdad, pen­só. De buena gana, prometió telefo­near a Rose Wyatt para pedirle dis­culpas por haber tomado unas copas antes de asistir al programa en la escuela secundaria. También accedió a colaborar con Frank en cursos bíblicos.

Dos días después, Tommy se pre­sentó en la cárcel para pasar allí el fin de semana y sopló en la bolsa del analizador de aliento. La lectura de concentración de alcohol fue de .12, al borde de la intoxicación. El juez White ordenó que mantuvieran preso a Tommy hasta que se concer­tara una audiencia.

El lunes siguiente, el agente Steve Tribble, encargado de los reos suje­tos a libertad condicional, telefoneó a los Morris.

—El muchacho considera que no se le había castigado lo suficiente —especuló—. Quería que lo atrapá­ramos. Vamos a hacer que le revo­quen la libertad condicional.

—¿Ha estado encerrado desde el sábado? —preguntó Elizabeth ­¿Quién ha ido a verlo?

—Nadie.

Abandonado de esa manera, pen­só Elizabeth, Tommy seguiría em­briagándose... y tal vez volvería a matar; así, la muerte de Ted sería en vano. Tommy necesitaba ayuda desesperadamente; tanto como ella necesitaba a alguien a quien prote­ger maternalmente. Ahora, por fin, lo comprendía.

—Quiero visitar a Tommy en la cárcel —le dijo a Tribble.

Para ella, fue espantoso entrar en la cárcel. Pero vio que también To­mmy estaba asustado, y eso estable­ció cierta empatía.

—Tommy —comenzó, titubean­te—, tú sabes que cuando alguien pide perdón es preciso dárselo.

—¿Me perdonará usted?

—Sí, pero debes perdonarte tú mismo y debes perdonar también el odio que tuve en el corazón.

—Lo perdono.

Después, Elizabeth le relató el en­cuentro a Frank, con la esperanza de que también él ofreciera el perdón. Frank se negó; no se lo permitía la ira acumulada en su interior.

Un mes después, los Morris lleva­ban a Tommy en el auto, de regreso a la cárcel, tras haber cumplido con uno de sus compromisos como ora­dor de MADD. El joven les habló de los fragmentos de la Biblia que había estudiado y de que se sentía muy fortalecido por ellos. Aseguró que ya estaba comprometido a vivir para Dios.

—¿Estás bautizado? —le pregun­tó Frank.

—No, pero me gustaría que me bautizaran.

El bautismo de manos de los miembros legos de la congregación era costumbre en la iglesia de los Morris, por lo que, cuando pasaron frente a la Iglesia de Cristo en Little River, Frank detuvo el auto.

—Te bautizaremos ahora mismo —dijo.

Después de ponerse ropa blanca, Tommy entró en las frías aguas del batitisterio. Frank lo sumergió por completo. Al salir del agua, Tommy abrazó. a Frank y le suplicó que lo perdonara.

—Sí —declaró Frank, con los ojos llenos de lágrimas—, te per­dono, Tommy.

En paz. Luego de pasar tres me­ses en prisión, Tommy volvió a go­zar de libertad condicional. Actualmente, su vida, antes disoluta, está dedicada a sus deberes con MADD, a las clases de estudios bíblicos y a los servicios religiosos con los Morris. En el depósito de tabaco, lo están capacitando para que sea capataz: Todos los días telefonea a Elizabeth y la visita con frecuencia. "Estoy sa­tisfecho de mí mismo, porque reali­zo la obra del Señor", afirma.

La dura prueba no ha concluido para Frank Morris, y jamás con­cluirá. "Perdonamos a quien mató a nuestro hijo porque eso era lo correcto, pero no hemos olvida­do", explica. "Todavía consideramos que, cuanto más severos sean los castigos, menor será el número de conductores ebrios que haya en las calles".

Elizabeth recuerda el talento que Ted tenía de dar consejo a los ami­gos que lo necesitaban. En la sima del odio, oyó la voz de su hijo, que le indicaba: "Tienes que perdonarlo, mamá".

Cuando lo perdonó al fin, Elizabeth quedó en paz consigo mis­ma... y con su hijo.

martes, 29 de junio de 2021

EL PADRE DE LA COMPUTADORA

EL PADRE DE LA COMPUTADORA

Por john Dornberg

Selecciones del Reader,s Digest Abril de 1990

Tal vez su nombre no sea muy conocido, pero su invento
trasformó al mundo.

A PRIMERA vista, los cientos de relés eléctricos de la consola cubierta de cristal semejan un anticuado conmutador telefónico. Hay inclusive una consola con teclas y una serie de botones blancos, con números y símbolos inscritos.

Llamada Z3 la máquina –que se exhibe en el Museo Alemán de Munich— es réplica de la primera computadora en el mundo comple­tamente funcional y controlada por programas. El  modelo original,capaz de hacer 20 complejos cálculos matemáticos por minuto, fue inven­tado y construido por el alemán Konrad Zuse, en 1941.

Aunque actualmente las compu­tadoras son aparatos comunes en fábricas, oficinas, hospitales y hoga­res, casi nadie conoce la historia del inventor que pasó años de ar­duo y penoso trabajo construyendo los primeros modelos. Es más: has­ta mediados de los sesentas, los ex­pertos relacionaban confusamente la historia de estas máquinas con el estadunidense Howard Aiken, que había presentado en 1944 la computadora electromecánica Mark I. El papel de pionero de Zuse fue reconocido sólo hasta que Aiken aceptó públicamente los logros del alemán en una carta personal.

El Museo Alemán exhibe tam­bién la Z4, una de las computadoras originales de Zuse. El catálogo de todos los certificados, premios y honores conferidos al inventor lle­na 13 páginas, impresas —natural­mente— por computadora.

No obstante, cuando visité a Zu­se en su casa, en la pequeña pobla­ción de Hünfeld, 130 kilómetros al noreste de Francfort, parecía deseo­so de hablar tanto de arte como de computadoras, pues, tras su retiro en 1966, había reanudado su afición a la pintura. En su estudio me mos­tró algunas de sus obras, que han sido expuestas en varias muestras artísticas y vendidas a precios no menores de 1000 marcos. Escudri­ñando a través de sus gruesos anteojos con armadura de carey, el alto y canoso Zuse me contó: "En mi juventud, no sabía qué me gustaba más: si. la pintura o las computado­ras. Ahora, después de muchos años de gran dedicación a las mate­máticas, encuentro enorme placer al crear algo sobre el lienzo".

Nacido en Berlín el 22 de junio de 1910, Zuse pasó su niñez en Braunsberg, Prusia Oriental, y Ho­yerswerda, Silesia, donde su padre trabajaba en la administración lo­cal de correos. Pronto floreció su genio, tanto en el arte como en la tecnología. Llenó carpetas inmensas con bocetos y caricaturas. Su ju­guete favorito era un equipo de construcción que crecía continua­mente; con él, construyó grúas que llenaban habitaciones enteras, y otras máquinas.

Cuando Zuse se graduó en la pre­paratoria a los 17 años, su dilema era: ¿debía estudiar arte, o ingenie­ría mecánica? Como esta última ofrecía más oportunidades de em­pleo, ingresó en la Universidad Técnica de Berlín, aunque su con­flicto seguía asediándolo. "Los tra­bajos de dibujo y diseño eran casi todos de rutina, pero yo deseaba hacer algo creativo", rememora.

Al año, Zuse abandonó los estu­dios, con la idea de hacerse artista comercial; pero en 1930, primer año de la Gran Depresión, millo­nes de personas quedaron cesantes. Por tanto, tras 12 meses de andar a la deriva, regresó a la universi­dad, pero cambió de carrera y estu­dió ingeniería civil. Se graduó en 1935 y obtuvo em­pleo como ingeniero en estática y analista de tensiones en la Compa­ñía Aeronáutica Henschel de Ber­lín. Ahí tenía que efectuar muchos Cálculos. Utilizaba calculadoras me­cánicas y observó que su trabajo consumía muchísimo tiempo. Le aburría pasar los resultados de una operación matemática a otra parte del problema, anotar los resultados intermedios y etiquetarlos para po­der recuperarlos después. Empezó a preguntarse si no sería posible que toda aquella labor rutinaria la eje­cutara una máquina.

Aunque dominaba la mecánica y el dibujo técnico, sabía poco de in­geniería eléctrica, menos aún de los principios de las calculadoras me­cánicas y virtualmente nada de lógica matemática. Dis­cutió la cuestión con sus amigos de la época de estu­diante, entre los cuales esta­ban Walther Buttmann, Flelmut Schreyer y Andreas Grohmann. Juntos, frecuen­taban las bibliotecas para lle­nar las lagunas en sus cono­cimientos. Al mismo tiempo, Zuse renunció a su empleo en la Henschel e instaló un taller en el apartamento de sus pa­dres en Berlín.

Cuanto más aprendía, tanto más rechazaba el método em­pleado en las máquinas calcu­ladoras. Los números estaban representados por equivalentes mecánicos de los dígitos decimales; por ejemplo, ruedas dentadas que podían tomar ciertas posicio­nes, del cero al nueve. Zuse, en cam­bio, optó por el "sistema binario", con elementos que ocuparan dos posiciones, como un interruptor eléctrico que sólo se enciende o se apaga.

Para construir la máquina, fue preciso hacer a mano miles de placas de metal para la memoria. Cuando Zuse estaba diseñando las formas, se le unieron sus amigos, quienes no sólo realizaron el traba­jo mecánico, sino que también apor­taron dinero que les habían presta­do sus familias para comprar los materiales necesarios.

La operación infalible de la máquina dependía principalmente
de la precisión de mi trabajo manual", explicaría Groh‑

El inventor, deleitándose con su pasatiempo preferido: la pintura

mann después. "Pegué los diseños de Zuse en madera chapeada, puse el número requerido de placas me­tálicas entre dos tablas, que ator­nillé para unirlas, y luego recorté las formas con una pequeña sierra eléctrica de vaivén".

A principios de 1937 ya habían terminado la memoria mecánica funcional, y ese mismo año Zuse logró acoplarla a una unidad arit­mética mecánica. Un motor eléctri­co hacía funcionar la máquina. Zu­se llamó zi a su primera y tosca computadora, y la programó perfo­rando claves de ocho agujeros en una vieja película cinematográfica de 35 milímetros.

A pesar de que la zi tenía tan­tos defectos que nunca funcionó adecuadamente, Zuse y sus colabo­radores estaban entusiasmados. En­tonces, junto con Schreyer, inge­niero en telecomunicaciones, Zuse empezó a hacer experimentos con relés eléctricos para remplazar la unidad aritmética mecánica. Los grandes obstáculos eran el dinero y el tamaño; a fines de los trein­tas, hasta el relé más sencillo cos­taba varios dólares. Para una com­putadora con suficiente potencia y capacidad, Zuse necesitaría miles de relés, y como cada uno ocupaba un espacio de varios centímetros cúbi­cos, se figuró que una computadora electromecánica llenaría toda una habitación.

Cuando Schreyer obtuvo baratos unos relés de segunda mano, que luego reconstruyó para sus propó­sitos, Zuse resolvió armar un modelo de prueba que sólo constaría de 200 relés y tan pequeño que cu­piera en su diminuto taller. En el verano de 1939, la 72 estaba casi terminada.

Pero cuando empezó la Segunda Guerra Mundial Zuse fue llamado al Ejército. Seis meses después se le permitió regresar a su antiguo empleo en la Henschel, porque los aviones eran de vital importancia para el esfuerzo bélico. En su tiem­po libre, siguió trabajando en la computadora.

Al cabo, en 1940, la z2 quedó a punto para su presentación. Y fun­cionó tan bien que Alfred Teich­mann, del Instituto Alemán de Investigación de la Aviación, se interesó en el proyecto. Teichmann era una autoridad en la "ondula­ción" de las alas de los aviones, y vislumbró que una computadora co­mo la Z2 agilizaría en gran medida los cálculos que resolverían los pro­blemas planteados en su área, y prometió ayuda económica.

Entonces Zuse fundó su propia empresa, y hacía fines de 1941 con­cluyó la z3, que podía realizar el trabajo de 20 personas. Cada una de sus dos unidades de memoria estaba en un gabinete de cerca de 1.5 metros de anchura y dos me­tros de altura; la unidad aritmética y de control eran aproximadamente del mismo tamaño. El costo de los materiales ascendió a 25,000 Reich­marks (marcos del Tercer Reich, unos 10,000 dólares). "La Z3 era plenamente funcional, y constituía, en realidad, una computadora para

cualquier propósito", comenta el historiador estadunidense Paul Ce­ruzzi, curador de tecnología de computadoras en el Instituto Smith­soilian (le Washington, D.C.

zuse usó la z3 como modelo has­ta que durante un bombardeo, fue destruida. No obstante, recibió va­rios pedidos, y en 1944 ya tenía 20 empleados. Entre otras cosas, produjo la Z4, que pesaba cerca de tres toneladas y podía efectuar mil cómputos matemáticos por hora.

En febrero de 1945 Zuse to­mó a su esposa Gisela (se habían casado el mes anterior), a sus tra­bajadores y un gran número de ca­jas que contenían las piezas de la Z4, y huyó de Berlín, destrozada por la guerra, a Gotinga. Ahí, en el Instituto de Aerodinámica Experi­mental, la computadora fue remon­tada y sometida a varias pruebas. "Mostrar mi máquina a los profe­sores constituyó el momento para el cual había trabajado y esperado durante diez años", declara Zuse.

El triunfo fue efímero. Al acer­carse el frente de guerra, el peque­ño grupo de berlineses se retiró a una aldea de los Alpes bávaros, donde la Z4 quedó guardada en un establo.

El siguiente avance no se le pre­sentó a Zuse hasta cuatro años des­pués de que terminó la guerra. A principios de 1949, el profesor Eduard Stiefel, del Instituto Fede­ral Suizo de Tecnología (ETH), de Zurich, que había oído hablar de la z4, fue a la aldea para ver la má­quina. Inmediatamente se dio cuen­ta de que era mucho más práctica que las demás grandes computado­ras, electrónicas o de relés, que se habían inventado en otras partes. Firmó un contrato de alquiler de la Z4 para el Instituto de Matemáti­cas Aplicadas.

El contrato con el ETH propor­cionó a Zuse la base financiera que necesitaba para volver a instalar su empresa en Neukirchen, Hesse, en 1949. En los años siguientes, dise­ñó, perfeccionó y construyó nume­rosas computadoras pequeñas y me­dianas para institutos científicos y tecnológicos, autoridades estatales y empresas privadas. La z5, por ejemplo, fue solicitada por la firma Ernst Leitz Co., de Wetzlar, que producía lentes para cámaras y otros aparatos ópticos. En los cincuentas y sesentas, las autoridades estata­les de Alemania Occidental com­praron el modelo zii, programado para efectuar cálculos relacionados con estudios geodésicos y de agro­nomía; y, entre quienes adquirie­ron la Z22 —una de las computado­ras más rentables de Zuse, de la cual se construyeron unas 50 uní­dades en sólo cinco años—, esta­ban varias universidades técnicas.

A principios de los sesentas, Zu­se ya era un serio competidor de la IBm en el mercado de Alemania Occidental, pues realizaba negocios hasta por 25 millones de marcos anuales y ocupaba a mil personas. Sin embargo, ya se vislumbraban problemas a futuro, porque no ha­bía logrado construir computadoras comerciales más pequeñas, contaba con socios tan poderosos como Brown Boveri et Compagnie y la Siemens AG.

En 1966 Zuse pensó en jubilar­se, y su empresa quedó a cargo de la Siemens. Además de tener un contrato de asesoría, daba clases y dictaba conferencias . . . y regresó a su primer amor: el arte. En sus pin­turas, realizadas con colores brillan­tes, se combinan elementos expre­sionistas, surrealistas y abstractos.

Todavía sigue atentamente el de­sarrollo de las actuales computadoras, tan diferentes de las que él di­señó. "Mi intención inicial fue encontrar un instrumento útil que liberara a la gente de los cálculos que le quitan tanto tiempo", ad­vierte. "Nunca soñé con los avan­ces sociales, científicos y tecnológi­cos que han sido posibles con la ayuda de las computadoras. Su per­feccionamiento revelará muchos otros secretos de la naturaleza y re­solverá algunos de los complejos problemas de nuestro mundo ... pa­ra beneficio de toda la humanidad".