jueves, 29 de junio de 2023

EL HUMO QUE NUBLA LA MENTE Adicción al cigarro

 Ya sabemos lo que el cigarrillo les hace a los pulmones y al corazón. Pero, ¿cómo actúa sobre el cerebro?

EL HUMO  QUE   NUBLA LA MENTE

POR LOWELL PONTE

SUPONGAMOS que es usted fumador, y que está prendiendo el primer cigarrillo del día. En,un abrir y cerrar de ojos empieza a sentir los cam­bios que el humo provoca en su mente.

Casi todo el mundo, incluidos los fumadores, sabe lo nocivo que el tabaquismo puede resultar a la larga, sobre todo por el riesgo que entraña de provocar cáncer de pulmón y enfermedad de las coronarias. Sin embargo, la mayoría de los fu­madores creen que los efectos inmediatos del ci­garrillo son buenos; que fumar los estimula, les despeja la mente y los hace sentir más despiertos y, con mayor capacidad para concentrarse en el trabajo.

~ Pero ¿será cierto esto? No; lo que percibe el fu­mador es más que nada una ilusión. Veamos con detenimiento lo que el humo del tabaco le hace al cerebro.

 Diez ¡segundos después de la pri­mera fumada, la nicotina, un fuer­te alcaloide, se vierte en el torren­te sanguíneo, atraviesa la barrera que protege el cerebro contra muchas sustancias dañinas, y comienza a ac­tuar sobre las neuronas. Sus molé­culas embonan en los receptores "nicotínicos" de la superficie de estas células como lo hace una llave en su cerradura.

De hecho, la nicotina encaja en las mismas "cerraduras" que uno de los neurotrasmisores (conductores químicos de impulsos nerviosos) más importantes del cerebro: la ace­tilcolina. Actuando a semejanza de esta, los 1.5 miligramos de nicotina que se inhalan con el primer ciga­rrillo del día ponen en circulación las sustancias estimulantes del orga­nismo, entre ellas la adrenalina y la noradrenalina, lo cual provoca una oleada de euforia e incrementa la afluencia de sangre al cerebro.

Un electroencefalograma registra­ría un cambio inmediato en la for­ma de las ondas eléctricas de este órgano. La emisión de ondas alfa (las que se asocian con un estado de atención relajada) disminuye al prin­cipio, pero vuelve a la normalidad antes de que se acabe el primer ci­garrillo. Las ondas delta (relaciona­das con el sueño) y las theta (que intervienen en las emociones, la creatividad y la reflexión profunda) se debilitan. En cambio, las ondas beta, que son características de un estado de intensa concentración y agitación mental, presentan una ac­tividad excesiva.

DIEZ BOCANADAS han pasado por sus pulmones, y el primer cigarrillo queda reducido a cenizas. Usted se siente lleno de energía y lucidez. Sin embargo, ¿estará más concentrado que sus compañeros que no fuman? Tal vez usted así lo crea, pero su agu­deza mental se debe en parte al hecho de que acaba de poner fin a un periodo de abstinencia de nicotina. Y ahora está por entrar en otro.

En el curso de los siguientes 30 minutos, la concentración de nico­tina disminuye marcadamente, y us­ted siente que le empiezan a faltar las fuerzas. Enciende entonces el se­gundo cigarrillo, y vuelve a sentir una oleada de adrenalina, pero esta vez la sensación es un poco distinta.

La nicotina desencadena una se­rie de alteraciones bioquímicas en el cerebro. El organismo segrega corti­sol, hormona que regula el estado de estrés, en tanto que el propio cere­bro libera betaendorfina, analgésico natural de efectos parecidos a los del opio. El segundo cigarrillo lo hace sentir una de las paradojas del hu­mo del tabaco: mientras que en cier­tas dosis es estimulante, en otras es calmante. Usted experimenta relaja­ción en todos los músculos del cuer­po, y su umbral de dolor aumenta.

TRASCURREN otros 30 minutos, y su atención se aparta cada vez más del trabajo para dirigirse a la cajeti­lla que tiene al lado. La apremiante necesidad de nicotina que sienten los fumadores es algo más que un fenómeno psicológico, más que un hábito y más que un antojo como el que se tiene a veces por el chocolate. La nicotina induce a las neu­ronas cerebrales a formar demasiados receptores nicotínicos. Esto permite al cerebro seguir funcionando nor­malmente pese a la acción de una sustancia que está presente en él en cantidad excesiva, suplantando a la acetilcolina.  Así pues, la nicotina al­tera el cerebro de tal manera que el fumador se siente normal cuando sus neuronas están llenas de ella, y anormal cuando no lo están.

"Se podría decir que los ftimado­res viven todo el tiempo al borde de un abismo", señala Jack Henningfield, del Instituto Nacional de Lucha contra la Drogadicción, de Estados Unidos. "La mayoría de ellos se en­cuentran siempre a unas cuantas ho­ras de padecer los síntomas de abs­tinencia de nicotina".

La Asociación Estadounidense de Psiquiatría define la abstinencia del tabaquismo como "una perturbación mental orgánica provocada por la ni­cotina", cuyos síntomas comprenden ansiedad, irritabilidad, sentimientos de frustración, ira, inquietud, in­somnio, lentitud del pulso y au­mento del apetito. En 1978, la Ad­ministración Federal de Aeronáutica (AFA) estadounidense adoptó su actual política de permitir a los pilo­tos de aerolíneas fumar durante los vuelos. La disposición siguió vigen­te incluso después de haberse prohi­bido fumar en la cabina de pasaje­ros. Según el doctor Andreu Horne, ex funcionario de la Oficina de Me­dicina de Aviación de la AFA, la di­rección ha mantenido su política, no porque el cigarrillo aumente la lucidez de los pilotos, sino porque prohibirle el tabaco a un fumador crónico puede afectar sus facultades mentales a un grado inconveniente para pilotar un avión.

En varios estudios realizados con fumadores activos y con fumadores a los que se priva de cigarrillos (es decir, que padecen el síndrome de abstinencia de nicotina), se ha com­parado la capacidad de unos y otros para realizar tareas sencillas.

La in­dustria tabacalera a menudo cita los resultados de estos estudios (muchos de los cuales han sido financiados por ella) como prueba de que el cigarri­llo aumenta la lucidez y el rendimiento en el trabajo. "Lo que en realidad demuestran", dice Hermingfield, "es que la privación de nicotina menos­caba sensiblemente las facultades mentales".

TODAVÍA NO PASA de media mañana cuando usted prende su tercer cigarrillo. Comparado con el prime­ro, este le parece insípido. Si usted es como la mayoría de los millones de fumadores consuetudinarios, no tardará en encender otro, y otro más, casi como acto reflejo. En pro­medio, cada fumador consume 30 ci­garrillos al día, lo que equivale a unas 110,000 chupadas al año.

Además de nicotina, el humo del tabaco contiene monóxido de car­bono, gas que priva de oxígeno al fumador, pues se adhiere —con una fuerza al menos 200 veces mayor que este último—a la hemoglobina, el componente sanguíneo encargado

de trasportar oxígeno a los tejidos del cuerpo. El monóxido de carbono impide a las células desprender y aprovechar los átomos de oxígeno presentes en la hemoglobina. Si la concentración de este nocivo gas en la sangre llegara a ser muy grande, resultaría letal.

Cada cigarrillo inyecta en los pul­mones entre 10 y 20 miligramos de monóxido de carbono. Mientras fu­ma, una persona puede perder del tres al nueve por ciento de su capa­cidad de trasporte de oxígeno. En pe­riodos de tabaquismo intenso, la pérdida puede exceder del diez por ciento, lo que a su vez puede hacer más lentos los reflejos y menoscabar la lucidez.

EL PSICÓLOGO George Spilich y sus colaboradores del Colegio Wash­ington, en Maryland, se propusieron averiguar si, como afirman los fu­madores, el cigarrillo los ayuda "a pensar y a concentrarse". El investi­gador realizó una serie de experi­mentos con tres grupos de pacien­tes: uno de jóvenes no fumadores, otro de fumadores activos y otro de fumadores privados de cigarrillos.

En la primera prueba, los partici­pantes tenían que mirar la pantalla de una computadora y oprimir una tecla en cuanto reconocieran cierta letra en un conjunto de 96 letras. Los resultados de los tres grupos fue­ron iguales.

La siguiente prueba fue más difí­cil: los participantes tenían que re­correr con la vista varias series de 20 letras iguales y reaccionar tan pronto como una de ellas se trasforman en una letra distinta. Los no fumadores presentaron las reacciones más rápidas. Los fumadores activos, bajó la influencia de la nicotina, reaccionaron más de prisa que los fuma dores privados de cigarrillos.

La dificultad de las pruebas siguió aumentando. La tercera consistió en recordar una serie de letras o núme­ros y reaccionar cuando esa serie apareciera brevemente entre otras en la pantalla. En esta prueba de me­moria de corto plazo, los no fuma­dores cometieron el menor número de errores, y los fumadores privados de cigarrillos obtuvieron mejores re­sultados que los activos.

En la cuarta prueba se pidió a los participantes leer un fragmento de un escrito y luego contestar algunas preguntas. Los no fumadores recor­daron 19 por ciento más de la in­formación esencial que los fumado­res activos, y los fumadores privados de nicotina superaron a los que ha­bían fumado un cigarrillo inmedia­tamente antes de la prueba. Los fu­madores activos no sólo obtuvieron resultados comparativamente malos en las pruebas de memoria, sino que tuvieron dificultades para distinguir entre la información importante y los detalles superfluos.

En la última prueba, Spilich pu­so a los participantes a conducir en un simulador de automóvil genera­do por computadora, muy semejan­te a un videojuego de ritmo rápido. Además de manejar el volante, la pa­lanca de velocidades y el acelerador, los participantes tenían que hacer frente a problemas inesperados, co­mo sinuosidades del camino y la aparición brusca de coches y charcos de aceite. Los fumadores privados de nicotina sufrieron cerca de 67 por ciento más colisiones simuladas con el vehículo de adelante que los no fumadores. Quienes habían fumado un cigarrillo antes del experimento tuvieron resultados aun peores: mu­chos más accidentes y tres veces y media más colisiones con el coche de adelante que los no fumadores.

"Conforme aumentaba la dificul­tad de las pruebas", resume Spilich, "vimos que los no fumadores aven­tajaban a los fumadores por un mar­gen cada vez mayor".

Con base en estos resultados, Spi­lich supone que "un fumador desempeña bien muchas tareas, hasta que las cosas se complican. Condu­cirá de manera satisfactoria, siempre y cuando no surjan sorpresas, pero si un neumático llega a estallarle a alta velocidad, por ejemplo, quizá sea incapaz de resolver el problema tan bien como los no fumadores.

Un piloto que fume dirigirá correcta­mente el avión mientras no se pre­senten dificultades, pero si algo sale mal, es posible que, a causa del ci­garrillo, no tenga la capacidad men­tal para remediarlo. Si además no ha dormido bien, fumar podría dejarlo aun más incapacitado y tener conse­cuencias nefastas".

Recuerde esto la próxima vez que prenda el primer cigarrillo del día... y tenga que conducir al trabajo.

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