“GRACIAS POR SER MI PADRE”
POR GEORGE EYRE MASTERS
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST Junio1995
ERA UN TÍPICO día de junio en San Francisco, fresco y nublado. Por el periódico me enteré de que hacía mucho calor en la costa este de Estados Unidos. También advertí que se aproximaba el Día del Padre. Esta festividad, como el Día de la Madre, nunca significó mucho para mí. Siempre he pensado que esos días son buenos para los comerciantes, y propios para los niños.
Bajé el periódico y miré la fotografía que se encontraba sobre mi escritorio, tomada hacía varios veranos en Maine. Mi padre y yo aparecíamos de pie y abrazados.
Observé la foto detenidamente. Con el pelo entrecano y desprovisto ya de sus dientes superiores, mi padre se veía muy viejo. Era mucho más joven cuando me correteaba por la playa y se metía en el mar conmigo; y era mucho más fuerte cuando me enseñó a remar, a patinar y a partir leña. Ya con más de 70 añosa cuestas, los ojos se le veían hundidos, y el rostro, con cierta actitud arrogante, estaba arrugado de tanto tomar el sol. Percibí el olor de sus cigarrillos, su whisky escocés y su agua aromática de laurel. Decidí llamarlo por teléfono.
—Buenas tardes gritó.
Mi madre, tomando el otro teléfono, le indicó que se colocara su aparato contra la sordera.
—Lo tengo aquí, en mi bolsillo —dijo él, y lo oí buscárselo entre la ropa.
Mientras, mi madre me contó que el perro nuevo la estaba volviendo loca.
—En realidad —dijo—, no es el perro. Es tu padre. Shep brinca la cerca y se escapa cada vez que se le antoja. Entonces tu padre se preocupa y aguarda hasta que el animal regresa. A veces sale a la calle a las 2 de la mañana a llamar al perro, y arma un tremendo alboroto. Luego, cuando Shep vuelve, lo regaña en español, como si el perro entendiera.
—Está aprendiendo —interrumpió papá—. Tu madre cree que soy un tonto, y quizá tenga razón.
—Sigues gritando —le advirtió mamá.
Él no le hizo el menor caso y me preguntó cómo me estaba yendo. Le conté.
El trabajo independiente tiene sus ventajas, pero necesitas seguridad —dijo a voz en cuello—. No deberías estar despachando en bares y trabajando en la construcción. Tienes estudios universitarios. ¿Por qué no los aprovechas? ¿Qué vas a hacer si te enfermas? ¿Sabes cuánto cuesta estar en el hospital?
—No sé cómo lo logras —le dije, cambiando de tema—. Fumas y bebes demasiado, no haces ejercicio, comes todo lo que no debes, y sigues en pie.
—Es cierto. Estoy sobreviviendo a mis compañeros de escuela. Lo dijo sin presunción.
—Oye —proseguí—, veo que se acerca el Día del Padre.
—¿Ah, sí? —respondió.
Mi padre nunca se acordaba de esos días.
Yo quería decirle algo, pero me estaba costando mucho trabajo expresarme. Quería darle las gracias por los partidos de hockey y los de ajedrez, los libros y los banquetes de langosta.
No olvidaba que él y yo habíamos tenido nuestras diferencias a lo largo de los últimos 44 años, nique nos habíamos enojado, decepcionado y maldecido mutuamente. Pero esos episodios parecían muy lejanos. Quería disculparme por haberle propinado un golpe en el ojo cuando tenía yo 18 años. Pero lo único que acerté a decir fue:
—Lamento haber saltado Por el techo de tu convertible.
—Sólo tenias seis años —me contestó con una risa ahogada.
—¿Recuerdas —me apresuré a agregar— cuando quise darle azúcar al burro del club y tú le palmeaste el anca y el animal te pateó?
—Sí —se rió . La condenada bestia me destrozó la rodilla. Aquello siempre te pareció divertido.
—Y todos esos barcos que me llevaste a visitar, ¿los recuerdas también? —añadí.
—Sí, fueron varios —convino—¡Vaya! Me estás haciendo recordar cosas que pasaron hace mil años.
—Me encantaron los barcos —le confesé.
—Pero no logré convencerte de que te alistaras en la armada. Te empecinaste en ser infante de marina.
Guardé silencio.
Y volamos a California a despedirte antes de que partieras a Vietnam —prosiguió él—. Recuerdo que tuve que marcharme ese do mingo por la noche en helicóptero ,para alcanzar el avión que salía de Los Ángeles —continuó—. Me acompañaste al helipuerto y nos estrechamos la mano. Vestías tu uniforme... —se le quebró la voz—. No sabía entonces si volvería a verte. Lloré en aquel helicóptero. Tu partida me hizo añicos.
—Lo sé —repuse, y sentí un nudo en la garganta.
—Oramos por ti dijo él, con voz temblorosa—. Vivíamos en espera de tus cartas.
—Y yo aguardaba con ansia las de ustedes —admití.
Se me habían humedecido los ojos, y tragué saliva para deshacer el nudo. Esto se está poniendo absurdo, pensé.
—Te llamé para desearte un feliz Día del Padre —atiné a decir por fin—. Gracias por ser mi padre. Él se quedó callado, al igual que mi madre. La estática de la línea llenó el vacío.
—Yo hubiera querido ser mejor —murmuró.
—Fuiste lo que cualquier hijo habría deseado —le aseguré.
—Muy amable de tu parte, pero no es cierto. Ojalá lo fuera —dijo en tono pesaroso—. Ya voy a cortar. No quiero que después te llegue una cuenta muy elevada.
Le temblaba la voz.
—No te preocupes por la cuenta. Te quiero.
—Yo también te quiero --contestó atropelladamente, y en eso cortó la comunicación.
—Ya sabes cómo se pone —intervino mamá en tono sereno por el otro teléfono.
—Sí, mamá, lo sé —respondí, y nos despedimos.
Después volví a mirar la foto en la que estábamos papá y yo juntos. Me enjugué los ojos, le sonreí al retrato y me soné con fuerza la nariz. Sí, pensé, sé muy bien cómo se pone.
CONDENSADO DE "A CALILTOMYOLDIMAN", POR GEORGE EYRE MASTERS, DEL LIBRO "SONSON FATHERS",POR RALPH KEYES. ©1992 POR RALPH KEYES, PUBLICADO POR HARPERCOLLINS PUBLISHERS, INC., DE NUEVA YORK,
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