Lo iban a llevar al matadero, cuando un policía intervino.
UN PERRO DE CASTA
Por Collin Perry
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Junio 1995
CUANDO VIO a la criatura encerrada en la pequeña jaula de laperrera, Brian Gallagher, policía de 1.93 metros de estatura y 115 kilos de peso, comprendió que había encontrado la horma de su zapato. Los ojos negros del animal le devolvieron una mirada fiera y desafiante.
—Ese no le conviene —dijo el empleado—. Sólo da problemas.
—Yo soy policía, amigo —replicó Gallagher—. Me especializo en problemas.
—Sí, claro; pero este perro andaba al frente de una manada callejera poco menos que salvaje. Nadie lo quiere.
Con un expresivo ademán, el empleado señaló la sala donde se daba muerte humanitaria a los perros.
Gallagher leyó la tarjeta que estaba pegada en la jaula: "Cruzado de pastor alemán y de esquimal. Creemos que responde al nombre de King". El animal lanzó un gruñido, enseñando los dientes blancos. Tenía el pelo del cuello erizado y seboso, lo cual hacía parecer enorme su cabeza, de por sí grande.
—Eres de genio vivo, ¿eh, King? —comentó Gallagher.
De una bolsa de papel sacó una toalla, la enrolló y se puso a moverla frente a la jaula. El perro no le quitaba los ojos de encima. Cuando Gallagher se la acercó, el animal acometió, y dejó trabadas sus poderosas mandíbulas en la malla de alambre.
—Se lo advertí —insistió el dependiente—. Es una fiera.
—Ábrale la jaula, por favor —pidió Gallagher.
—¿En serio?
—Sin miedo. Se va a portar bien. Meneando la cabeza, el hombre abrió la cerradura y dio un paso atrás. Gallagher se puso en cuclillas frente a King, que lo miró con fijeza y lanzó unos graves gruñidos.
—¡Bravo!, bravo! —le dijo Gallagher en voz baja al mismo tiempo que abría despacio la puerta.
El policía estiró la mano con cautela, y el perro se puso a olfatearlo. después le tendió la toalla enrollada King se la arrebató de una tarascada y en un santiamén la hizo trizas.
Gallagher retrocedió a fin de dejarlo salir, y el empleado se pegó a la pared.
—¿Está usted loco?
El perro salió de un brinco. Sin hacerle caso al aterrado dependiente, se quedó mirando a Gallagher, quien lanzó otra toalla enrollada por el pasillo. King salió corriendo tras ella. A medio camino comenzó a patinar en el suelo, y acabó dando con los cuartos traseros en la pared del fondo. Pero atrapó la toalla y se la entregó a Gallagher.
Viene bríos, pensó este mientras jugaba con el perro a tirar de la toalla. Luego trató de arrastrarlo con ella para meterlo otra vez en la jaula. King le sujetó el brazo con sus robustas quijadas.
—¡Está bien! ¡Tú ganas! —dijo en tono conciliador— No te gusta que te digan lo que tienes que hacer, ,verdad? A mí tampoco.
Tomó cuidadosamente la toalla con la mano libre y la arrojó al interioor de la jaula. King apretó los dientes un poco más y luego lo soltó. Acto seguido, se metió en la jaula.
-Más tarde vendré por él —le dijo Gallagher al dependiente, el cual no acababa de reponerse de la sorpresa.
EN CUANTO SALIÓ de la perrera aquel ventoso día de marzo de 1989, lo asaltaron las dudas. Es una locura. ¿No acabaré yo también hecho trizas, como las toallas?
Recordó a su anterior perro policía, un magnífico pastor alemán blanco llamado Buddy. Durante siete años habían sido inseparables: de día patrullaban, y por la noche se lo llevaba a casa. Pero luego, como consecuencia de trabajar y vivir con el perro, comenzó a presentar reacciones alérgicas graves. Se mareaba y le faltaba el aliento; tenía intensos accesos de tos y la cara se le hinchaba horriblemente. En esas condiciones no podía desempeñar bien su trabajo.
Todo apesadumbrado, dejó a Buddy con una familia que aceptó quedarse con él. A la vuelta de unos meses, el animal se murió.
Gallagher ingresó en el Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York. Poco después arriesgó su vida para sacar a un accidentado de un automóvil que estaba a punto de estallar. A los dos días, un ratero al que perseguía le apuntó a la cabeza con una escopeta. Gallagher se quedó de una pieza, esperando la detonación. Efectivamente, el delincuente apretó el gatillo, pero el arma falló.
A raíz de eso se puso a pensar seriamente en renunciar a la policía.
—No puedo seguir así —le dijo a uno de sus superiores.
—¿Por qué no trabajas con perros otra vez?
—Mi esposa no soporta el pelo de perro —mintió.
Mantenía en secreto el motivo de SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Junio 1995
su renuncia al servicio con perros adiestrados.
—¿Y qué te parece la brigada antidrogas? Allí los agentes no se llevan los perros a casa. Después de trabajar, los dejan en sus jaulas para que tengan el olfato más despierto.
—¿De veras?
Tal vez valdría la pena correr el riesgo. Solamente debía encontrar el animal idóneo.
A lo mejor estoy chiflado, pensó, pero me parece que esa fiera puede llegar a ser un espléndido perro policía.
GALLAGHER llevó a King al centro canino del departamento de policía. Allí había un muro de entrenamiento de 1.5 metros de altura por nueve de largo, con varios hoyos pequeños tapados con cartón. En uno de ellos, Gallagher había colocado una toalla enrollada (el juguete de King), sólo que esta vez estaba aromatizada con heroína. La prueba consistía en que el perro la descubriera por el olor.
King parecía indiferente cuando Gallagher lo llevó al muro con un collar ahogador. Pero al oír un crujido en un matorral, se puso a forcejear para ir hacia allá y a ladrar con furia. En sus jaulas, los demás perros le hicieron coro.
—¡Tranquilo, King, tranquilo! —le gritó Gallagher en medio de aquel alboroto.
—¿No se deja domar tu fiera Gallagher? —preguntó un agente desde la puerta de un remolque que se usaba como oficina—. ¿Cómo se porta?
—Como un perro de casta —respondió Gallagher con presunción, pero, por lo bajo, le masculló a King—: ¡Anda, no me hagas quedar mal! ¡Encuentra la toalla!
Lejos de eso, el animal tiró de él hasta el otro extremo del muro, y comenzó a escarbar con furia en un hoyo vacío.
—¡Sí, ya le veo la casta! —se rió el agente.
—Seguramente hay restos de drogas por aquí —explicó Gallagher, sin dar crédito a sus palabras.
Cuando el agente volvió a meterse en el remolque, Gallagher dijo:
—King, vamos a dar un paseo. Es todo por hoy.
Mientras caminaba con el perro por la calle, recordó sus prácticas de servicio con perros: el instructor recomendaba a los agentes hablarles sin cesar para infundirles confianza.
—Pero, ¿qué se le dice a un perro? —objetó un estudiante.
—Cuéntale tu vida —respondió el instructor.
Y eso fue precisamente lo que Gallagher se puso a hacer:
—Buddy era más grande que tú, King, y mucho más bonito. Pero tú le ganas en bravura. —Se arrodilló y, tomándole la cabeza entre las manos, añadió—: Óyeme bien: ya perdí un perro, y no quiero perder otro. Tengo confianza en ti.
—¿PERRO NUEVO? —preguntó un detective de la brigada antidrogas, que esperaba a Gallagher ante un edificio de apartamentos para hacer un registro.
Sí —contestó el policía, nervioso_ . Se llama King.
El perro estaba más zarrapastroso que nunca. Tenía lastimada la oreja izquierda y la llevaba gacha. Para colmo andaba con la lengua fuera. Nada elegante su estampa.
El detective se mostró escéptico:
Llevamos dos horas buscando en balde. Cuando estés listo...
Hacía dos semanas que King había aprobado a duras penas su examen final. Si bien es cierto que encontró las drogas escondidas por los adiestradores , también lo es que desrozó un viejo colchón. Esta vez se enfrentaba con su primera misión real. Subió corriendo las escaleras del edificio, obligando a Gallagher a llevarle el paso.
El policía entró en el apartamenw precedido de King, que no dejaba de brincotear. En la cocina, los dos muchachos sospechosos comían pizza despreocupadamente.
--¡Oiga, calme ese perro! —dijo
11110.
King se puso a husmear en la sala y luego en el dormitorio. De regreso en la cocina, comenzó a lanzar gruñidos y aullidos. Ante los ojos atentos de los sospechosos, se dirigió al horno, donde se encontraba la pizza, y arañó la puerta.
—Resultó adicto a la pizza el perro, ¿eh? —comentó con sorna uno de los sujetos.
Gallagher, avergonzado, lo llevó a las alacenas y al refrigerador, pero King insistía en tirar hacia el horno.
—Ya terminamos —suspiró el detective—. Corrieron con suerte esta vez, muchachos. Gallagher, gracias por tu ayuda.
El policía ya se llevaba el perro, cuando se detuvo en seco. King detesta la pizza, recapacitó. Abrió el horno y destapó la caja de la pizza.
—Ya revisamos ahí —informó el detective.
King volvió a arañar la puerta del horno, y Gallagher comprendió al instante. Le pidió al detective que desarmara la puerta. En eso, uno de los individuos echó a correr. King saltó tras él, lo tiró al suelo con un golpe de la cabeza y se le puso encima, gruñendo.
Detrás del material aislante de la puerta, el detective descubrió unas bolsas de polvo blanco cuidadosamente acomodadas.
—¡Ahora me van a salir con que esto es queso parmesano! —les dijo a los delincuentes.
EN MENOS que canta un gallo, King cobró notoriedad por su excepcional olfato. Lo llevaban a rastrear drogas en casas, aeropuertos y puertos, donde descubría tableros falsos, compartimientos ocultos y bolsas de plástico guardadas en más bolsas de plástico. En unos cuantos años descubrió miles de kilos de sustancias ilícitas. Pero su mayor desafío se le presentó en enero de 1994.
A primera vista, se trataba de un camión común y corriente; pero tenía huecos ocultos en la plataforma de carga. Los policías, alertados, pusieron bajo arresto al conductor y a su acompañante y se incautaron del camión.
No me cabe duda de que hay drogas aquí dijo el detective asignado al caso, golpeando la plataforma—. Pero no podemos retener a esos sujetos para siempre. Traigan a King.
Media hora después llegó una camioneta azul oscuro. Gallagher bajó y abrió las puertas traseras. King ya estaba ladrando y meneando la cola con entusiasmo.
¡Hola, King! —lo saludaron los policías.
Sin pérdida de tiempo, el perro se puso a oliscar alrededor del camión. Al llegar a la parte posterior se detuvo bruscamente y, erguido sobre las patas traseras, comenzó a ejecutar piruetas y a aullar.
—Debe de estar dentro de la plataforma —concluyó Gallagher.
Se expidió una orden de registro, y empezó el engorroso trabajo de cortar la plataforma con sierra. Mientras el fiscal de distrito se paseaba nervioso de un lado a otro, los hombres cortaron la primera capa de metal. Nada.
El fiscal frunció el entrecejo.
—¿Están seguros de que hay algo ahí?
—No lo sé —respondió el detective—. ¿Qué opinas tú, Gallagher?
—Si King dice que está ahí, es porque está ahí aseguró el policía.
Después de cortar más láminas de acero, apareció por fin el compartímiento oculto. En su interior, una fila de bolsas de cocaína corría a lo largo de la plataforma. Resultó ser uno de los mayores decomisos de droga en la historia de la Ciudad de Nueva York: 182 kilos, con un valor comercial de 20 millones de dólares.
Gallagher acarició a King en la cabeza, echándole hacia atrás la oreja gacha.
—¡Bien hecho, perro loco! Es todo por hoy. Y ahora añadió, al mismo tiempo que sacaba una toalla enrollada , ¡a jugar!
"Perro policía da un golpe al narcotráfico", anunció con grandes titulares el Canine Courier, diario de la Asociación Canófila de la Policía de Estados Unidos.
King, todavía en servicio activo, está considerado como el mejor perro de la brigada antidrogas de la Ciudad de Nueva York. ¡Y eso que nadie lo quería!
Brian Gallagher aún hace registros con King todos los días, pero ahora lleva en la camisa una placa dorada de detective. Imparte seminarios por todo el país y da clases en una escuela superior de justicia penal.
Cuando sus alumnos le preguntan cómo adiestrar un perro para que llegue a ser como King, Gallagher les responde: "La mayoría de los perros son educables. Pero como King no hay dos".
ALGUIEN SOLICITE un libro raro en la Biblioteca del Vaticano. Tras doshoras de espera, llegó una nota con la respuesta: "Perdido desde 1583".
—Tinanciai Times (Londres)
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