sábado, 6 de febrero de 2021
SOY LA CÉLULA DE JUAN
Y en tu libro(Celestial y ADN) estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas . Salmo 139
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Suele llamarse a la célula el elemento básico de la vidA En realidad, soy, es decir, somos la vida misma
.POR J. D. RATCLIFF
ESTE ARTICULO se basa en su mayor parte en entrevistas celebradas con el
Dr. Humberto Fernández-Morán, profesor de biofísica en la Universidad
de Chicago
SOY ALGO semejante a una gran urbe. Cuento con docenas de centrales generadoras de energía,
poseo una red de trasportes y un refinado sistema de comunicaciones.
Importo materias primas, manufacturo productos y dirijo un dispositivo
de eliminación de desperdicios. Me rige un gobierno eficiente (en realidad una rígida dictadura) y vigilo mis barrios periféricos para mantener alejados a los cuerpos indeseables.
¿Todo esto en un elemento de mi tamaño?
Se precisa de un buen microscopio para poder verme siquiera, y de un
supermicroscopio para atisbar el interior de mi metrópoli. Soy, en fin,
una célula; una de los 60 billones que hay en el organismo de Juan.
Suele llamarse a la célula el elemento básico de la vida. En realidad,
soy la vida misma. Soy una de las células en forma de bastoncito que tapizan la retina del ojo derecho de Juan, y como tal hablaré en nombre de la inmensa población de que formo parte.
No hay lo que pudiéramos considerar como una célula "típica". Somos tan
diferentes unas de otras, en cuanto a forma y funciones, como puedan
serlo una jirafa y un ratón. Nuestro tamaño es muy variable, y la célula
más grande que existe es el huevo de avestruz. Pero las hay tan
pequeñas que un millón de ellas cabrían sin apretujarse en la cabeza de un alfiler. También nuestra forma es muy diversa: discos, bastones, esferas, etcétera.
Nosotras las células participamos en todo lo que hace Juan. Cuando él
levanta una maleta, cree que es su brazo el que cumple esa tarea. En
realidad son las células musculares, invisibles, las que se contraen. Si
él se pregunta qué corbata deberá usar ese día, son sus células
cerebrales las que ejecutan la necesaria operación mental. O
consideremos lo que ocurre cuando se afeita: sus células nerviosas y
musculares son las que hacen el trabajo en su totalidad. Y a propósito:
los pelos de barba y bigote que se recorta, también son producto de la
actividad de otras células.
Mi función como célula en forma de bastoncito en la retina ocular es la
de captar la luz tenue (la titilación de una estrella, pongamos por
caso), amplificarla y convertirla en
una señal eléctrica que luego envío al cerebro de Juan. Si llegan allí
estas señales en cantidad suficiente, él "verá" la estrella.
Como cada una de nosotras (los 250 millones de células en forma de bastón que hay en los ojos de Juan) contenemos 30 millones de moléculas de pigmento sensible a la luz, es evidente que consumimos gran cantidad de electricidad. Para producirla dispongo
de un millar de mitocondrias, centrales de energía superdiminutas en
forma de salchicha, que utilizan combustible (azúcar), generan
electricidad y dejan como residuo "cenizas" ( agua y bióxido de carbono).
En este complejo proceso químico las mitocondrias sintetizan una
sustancia llamada trifosfato de adenosina. Se trata de la fuente
energética universal de todos los seres vivos, desde el ruibarbo y las
almejas hasta el ser humano.
Cuando se requiere energía para actividades fisiológicas tales como el
latir del corazón, los movimientos del tórax, o simplemente para
parpadear, el trifosfato de adenosina se descompone en sustancias más
simples al mismo tiempo que libera energía. Mientras Juan siga viviendo,
necesitará siempre energía y el compuesto que la genera, o sea, el
trifosfato de adenosina. Aun durante el sueño más profundo, no cesa un
instante la actividad del conjunto celular: hay combustiones celulares que conservan la temperatura del cuerpo, las células cerebrales descargan impulsos eléctricos que se convierten en los sueños, las células musculares del corazón se contraen para hacer circular la sangre. La desintegración (y también la síntesis ) del trifosfato de adenosina es un proceso ininterrumpido.
Todas las células tenemos mitocondrias, con una notable excepción: los
eritrocitos, o sea los glóbulos rojos de la sangre. Como no cumplen
ninguna tarea de elaboración y como las arrastra el torrente sanguíneo,
estas células no necesitan generar energía.
Quizá la máxima maravilla entre todas las células sea el óvulo femenino,
tal como existió, por ejemplo, en el organismo de la madre de Juan. Una
vez fecundada, esta sola célula se divide sucesivamente hasta que se
forman los dos billones de células que integran el organismo del niño en
el momento de nacer. Pero por extraordinaria que sea en sí misma esta
multiplicación, lo verdaderamente asombroso es la enorme cantidad de información que hay almacenada en el óvulo fecundado. Este diminuto fragmento de materia viva contiene ya el proyecto para la construcción de esa compleja planta química que es el hígado. Almacena, en clave, información respecto al color del cabello, la textura de la piel y la talla del cuerpo. Sabe perfectamente cuál es el momento preciso en que deberá interrumpir el crecimiento del meñique. Ya desde el comienzo podría predecir cuál será la inteligencia que tendrá Juan años más tarde, cuáles las enfermedades a que estará propenso y cuál su aspecto físico general.
¿Cómo saben estos diminutos huevos (en los mamíferos los óvulos son más o menos del mismo tamaño en todas las especies ) hacer de este una ballena; de aquel un conejo y de otro más un ser humano? Es aquí donde encontramos una de las maravillas de la creación: el ácido desoxirribonucleico, que se acostumbra a abreviar con las siglas ADN. Este compuesto es el dictador que nos gobierna a todas las células, el que ordena a nuestros componentes celulares cómo comportarse, cuáles sustancias elaborar, qué elementos se han de procurar v cuáles se evitarán.
Mi ADN puede compararse con un arquitecto cuya labor es trazar el plan maestro para la existencia.
Este arquitecto, sin embargo, encomienda la tarea de la construcción a
un contratista: el ácido ribonucleico ARN. En forma de moléculas, toda la información se "imprime" en las espirales gemelas y entrelazadas del ADN. El ARN "mensajero" se arrima a las espirales del ADN y obtiene así un duplicado del plano donde
va especificado lo que se ha de hacer. En seguida comunica estas
instrucciones a otra forma del ácido ribonucleico: el ARN "de
trasferencia". Conforme a las instrucciones recibidas, este ARN comienza
el trabajo de construcción, casi siempre elaborando una proteína entre
los centenares que hay en el organismo de Juan. El ARN utiliza los
veintitantos aminoácidos de que se componen las proteínas, y forma con
ellos sartas, como collares de cuentas según el modelo especificado. El
resultado puede ser una célula muscular pulsátil para el corazón de
Juan, un músculo con tráctil de las extremidades inferiores, que le
permite andar, o cual quier otro elemento que el ácido
desoxirribonucleico hubiera ordenado hacer .
Lo más curioso es que en el ADN de cada bastoncito de la retina de Juan está toda la información que hace falta para que se forme por completo ...¡un nene! El ADN existente en una célula del aparato auditivo puede, teóricamente, formar un pie. Ninguna de nosotras las células, cometemos tales disparates, ya que en cada una está bloqueada gran parte de la plantilla del ADN. Por eso mí ácido desoxirribonucleico se concreta a hacer células en forma de bastoncito para tapizar la retina de Juan, y nada inás.
La división celular gracias a la cual se formó Juan, prosigue durante toda la vida. A cada segundo perecen
millones de células, y al mismo tiempo se forman millones de ellas
mediante el sencillo procedimiento de que una célula vieja se parta en
dos para dar origen a dos nuevas células, réplicas exactas de su antecesora. Las células del tejido adiposo, que son más que nada elementos de almacenamiento, se reproducen muy lentamente. Las células de la piel, en cambio, se reproducen una vez cada diez horas.
El cerebro es una notable excepción en esta constante renovación
celular. En el momento de nacer Juan tenía ya el número máximó de
células cerebrales que iba a tener durante toda su existencia. Las de su cerebro que se gastan o se lesionan mueren continuamente y nunca se reponen. Pero el excedente inicial era tan grande que Juan casi no se da cuenta de tal pérdida.
Las células elaboramos más de 600 enzimas, que son sustancias
notabilísimas. Así, por ejemplo, por órdenes del ARN estos químicos
magistrales sintetizan proteínas al instante y sin esfuerzo; les basta
contar con las proteínas contenidas en un trozo de pescado para descomponerlas en sus elementos y reagrupar los aminoácidos para formar las proteínas humanas necesarias para la uña del pulgar de Juan, por
ejemplo. Las enzimas celulares elaboran también hormonas asombroamente
complejas y anticuerpos encargados de combatir las enfermedades;
desempeñan además funciories que superan la capacidad de los más talentosos químicos que haya en el mundo.
Tan extraordinaria como nuestra estructura interna es la pared celular. Mi membrana tiene un espesor de sólo 0,0000001 de milímetro.
Hasta hace muy poco, los científicos pensaban que esta delgadísima
cubierta no pasaba de ser una hermética bolsa de celofán. Pero con la
ayuda del microscopio electrónico han podido advertir que se trata de
uno de mis componentes más importantes. Desempeñando funciones similares
a las de un portero, la membrana celular decide a qué debe darse entrada y a qué se le ha de negar. Asimismo, regula el medio interno de la célula, conservando en exacto equilibrio las sales minerales, los compuestos orgánicos, el agua y otros materiales. De este equilibrio depende en absoluto la conservación de la vida de cualquier organismo.
¿Cuáles son las materias primas que se precisan para elaborar una proteína? La membrana celular permite la entrada justamente a las que se necesitan, con exclusión de cualquier otra. Es obvio, pues, que cuenta con un refinado sistema de identificación.
Cada una de nosotras lleva algo como un marbete de identificación que las otras membranas celulares reconocen.
Todo forastero o intruso es sencillamente ahuyentado de cada una de las
colonias que integramos las células. Imagínese el lector lo que
ocurriría si tolerásemos la presencia de elementos extraños. Una célula
capilar podría dejarse caer en territorio donde yo habito y, como resultado, le saldrían a Juan pelos en los ojos. De la misma manera, le aparecerían verrugas en los riñones o le nacerían células hepáticas en los párpados.
La membrana celular parece tener también un sistema para comunicarse con
otras células. Ignoro cómo funciona, pero es posible que lo haga
mediante enzimas. El caso es que, si se fragmenta un corazón y se
separan individualmente sus células, estas pulsarán al azar, cada una
con su propio ritmo. ¡Pero muy pronto todas estarán latiendo de nuevo al unísono! En alguna forma se establece una comunicación entre ellas.
Las hormonas también forman parte del sistema de comunicaciones por su papel de mensajeros químicos. Veamos un ejemplo: comienza
a aumentar el azúcar en la sangre de Juan. El páncreas aumenta entonces
su producción de insulina, la hormona que anuncia: "¡Aceleren la
combustión de azúcar!" El torrente sanguíneo difunde esta
orden de trabajo y las células la ejecutan. O bien, Juan decide cortar
un poco de leña. Para hacerlo va a necesitar cierta cantidad de energía
adicional. En este caso la glándula tiroides hace llegar a las células
esta orden hormonal de trabajo: "Aceleren la producción de trifosfato de
adenosina".
Nuestros grandes enemigos son los virus. Estos pequeños y fastidiosos parásitos carecen de mitocondrías y no son por tanto capaces de producir la energía que necesitan para vivir. De tiempo en tiempo nuestras membranas no cumplen bien su misión de guardianas y penetra un virus en el interior de la célula. El enemigo, teniendo ya energía a su disposición, comienza a reproducirse. Arrollada por las partículas del virus, la infortunada célula sucumbe. En seguida, los virus, ya en gran número, atacan a otras células. Aun en las infecciones vírales más benignas perecen millares de células. De no ser por los diversos sistemas defensivos con que cuenta el organismo, los virus sencillamente se adueñarían de él, y muy pronto Juan moriría.
Tal vez la mejor manera de resumir el caso de las células sea decir que
es en nosotras donde tiene efecto todo lo que ocurre, desde el
nacimiento de Juan hasta su muerte. Cómo
es que los 60 billones de células de su organismo vivimos en perfecta
armonía, desempeñando cada una con eficacia nuestras propias tareas, es algo verdaderamente admirable. Es nada menos que una maravilla. Quizá lo más maravilloso que existe.
13.Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.
14. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus
obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien.
15. No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto
fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra.
16. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro(Celestial y ADN) estaban
escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, Sin faltar una de
ellas . Salmo 139
(Cristo y el Padre) Yo estaba entonces junto a El, como arquitecto; y era su delicia de día en día, regocijándome en todo tiempo en su presencia, Proverbios 8.30
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