*Condensación de un artículo de Antliony Abbot y otro de Marcella Hurley, este último publicado en Oral higiene, e inspirado en un folleto de la Universidad de Chile.
El edificio quedó completamente destruido antes de las seis de la tarde; pero la horrorosa verdad no se supo hasta el día siguiente, cuando las investigaciones de la policía descubrieron restos humanos entre los humeantes escombros.
Detectives y médicos forenses acudieron a practicar un examen minucioso. El ministro alemán fue llamado al lugar del siniestro. Al ver lo que había pasado, enrojeció de indignación. No se trataba de un simple accidente, sino de un incendio intencional precedido de un asesinato. En efecto, el cráneo medio carbonizado que aparecía entre las cenizas, mostraba un golpe violento inferido por un instrumento romo.
Las profundas y extensas quemaduras impedían identificar el cuerpo. Nadie, sin embargo, puso en duda que aquellos fuesen los despojos del señor Beckert, uno de los secretarios de la legación, que había desaparecido de la ciudad.
El ministro alemán tuvo un arrebato de ira. «¡Nuestro infeliz secretario», gritó, «ha sido víctima de un asesino! Han quemado su cuerpo. Es probable que, además, le hayan robado. ¡Abran la caja de caudales!»
El ministro estaba en lo cierto:,Se habían llevado de la caja una fortuna en dinero y valores negociables.
Los doctores alemanes Westenhoffer y Aichel, profesores de la facultad de Medicina, hicieron la autopsia. Beckert tenía una antigua fractura en la pierna izquierda, pero el fuego había destruido por completo aquella parte del cuerpo. La identificación no pudo hacerse tampoco por la estatura: la de Beckert y la de un mozo chileno de la legación, Ezequiel Tapia, quien había desaparecido también de la ciudad, eran iguales. Los profesores alemanes identificaron el cuerpo, fundándose en algunos restos del traje.
La justicia chilena autorizó el funeral de Beckert que se celebró con pomposa solemnidad y al que asistieron el cuerpo diplomático y altos funcionarios de Chile. El ministro alemán pronunció un elocuente discurso, ensalzando las preclaras virtudes que adornaban al finado, y terminó con ciertas observaciones hirientes sobre la eficacia de la justicia chilena.
El doctor Germán Valenzuela Basterrica, dentista de Santiago que asistía al funeral, montó en cólera al oír las desconsideradas palabras del diplomático. ¡Aquello era insultar a su patria! Sin pérdida de un segundo empezó a hacer investigaciones. Poco antes de la inhumación obtuvo permiso para examinar el cráneo y observó una singular incongruencia. Se había dicho que la víctima del asesinato tenía treinta y ocho años. Y, sin embargo, la dentadura de aquel cráneo era casi perfecta. El doctor Valenzuela salió del laboratorio y fue corriendo a casa de la viuda de Beckert.
— ¿No es verdad, señora—preguntó que su marido tenía varios arreglos en la dentadura?
— ¿Puede usted darme el nombre de su dentista ?
En un santiamén, el doctor Valenzuela estaba en la consulta dental, examinando registros e historias clínicas. A Beckert, efectivamente, le habían hecho algunas extracciones y varios arreglos en la dentadura. Pero en el cráneo del asesinado sólo faltaba. una muela.
El doctor Valenzuela se encaminó apresuradamente al hogar de Tapia. La dolorida esposa dio rienda suelta a su indignación. Habían calumniado infamemente a su esposo acusándolo de aquel crimen: «¡Mi marido jamás ha hecho daño a nadie! ¡No fue él quien incendió la casa, ni robó, ni mató! ¡NI¡ marido es incapaz de cometer semejantes atrocidades!»
El doctor Valenzuela consiguió calmarla. Todo lo que él deseaba era saber cómo tenía su esposo los dientes. La buena mujer contestó con orgullo que su marido tenía una dentadura fuerte, limpia y hermosa. En toda su vida, solamente había perdido una muela.
Corrió el doctor Valenzuela al despacho del jefe de policía, quien después de escuchar atentamente al dentista, canceló la orden de detención contra Tapia. La información demostraba que el chileno era la víctima del asesinato y no su autor.
Se inició la busca de Beckert y lo encontraron a los pocos días en los Andes, ya muy cerca de la frontera argentina. Confesó el crimen. Había comenzado por' regalar uno de sus trajes a Tapia, haciendo que se lo probara para ver cómo le quedaba. Cuando tuvo el traje puesto, lo mató y, luego, le quemó la cara y parte
de la pierna con un soplete de joyero, para imposibilitar la identificación. Finalmente robó la caja de caudales, pegó fuego al edificio y huyó ... transformado en un muerto, que éstaba vivo y llevaba una fortuna en las maletas.
Durante breves días tuvo razón para creer en el éxito de su crimen. Los alemanes acusaban del asesinato al asesinado. La supuesta viuda de Beckert cobraría el seguro de vida del finado e iría a reunirse con él en otro país. Pero la sagacidad del dentista chileno deshizo los planes del criminal. Beckert fue conducido a Santiago, donde quedó convicto y sufrió la pena capital.
Algún tiempo después, el presidente de Chile preguntó al doctor Valenzuela qué recompensa deseaba por sus servicios. El doctor, recordando que el pueblo chileno era demasiado pobre para permitirse el lujo de tener todos los dentistas que necesitaba, se limitó a pedir los fondos precisos para construís y equipar un colegio dental moderno.
El doctor Valenzuela presentó el proyecto, y el presidente cumplió su promesa. El colegio se levanta hoy en la ciudad de Santiago, ocupando una manzana entera. Es de magnífica arquitectura, está completamente equipado y tiene capacidad para trescientos estudiantes, la mayoría de los cuales son mujeres. El cráneo y la mandíbula de Tapia ocupan puesto de honor en el edificio, como recuerdo del origen de este colegio moderno, extraña consecuencia benéfica de un crimen brutal, a la vez que monumento vivo al altruismo de un dentista patriota y desinteresado.