sábado, 5 de junio de 2021

1909 -ASESINATO EN LA LEGACION ALEMANA EN CHILE

 Cómo resolvió un dentista chileno el enigma que traía desconcertados a los diplomáticos y a la policía.
ASESINATO EN LA LEGACION
 SELECCIONES 1945
 *Condensación de un artículo de Antliony Abbot y otro de Marcella Hurley, este último publicado en Oral higiene, e inspirado en un folleto de la Universidad de Chile.
LA TARDE del 5 de febrero de 1909, la ciudad de Santiago de Chile escuchó alarmada el toque de incendio dado por la gran campana del cuartel de bombas. Pronto corrió la voz de que la legación alemana era pasto de las llamas.
El edificio quedó completamente destruido antes de las seis de la tarde; pero la horrorosa verdad no se supo hasta el día siguiente, cuando las investigaciones de la policía descubrieron restos humanos entre los humeantes escombros.
Detectives y médicos forenses acudieron a practicar un examen minucioso. El ministro alemán fue llamado al lugar del siniestro. Al ver lo que había pasado, enrojeció de indignación. No se trataba de un simple accidente, sino de un incendio intencional precedido de un asesinato. En efecto, el cráneo medio carbonizado que aparecía entre las cenizas, mostraba un golpe violento inferido por un instrumento romo.
Las profundas y extensas quemaduras impedían identificar el cuerpo. Nadie, sin embargo, puso en duda que aquellos fuesen los despojos del señor Beckert, uno de los secretarios de la legación, que había desaparecido de la ciudad.
El ministro alemán tuvo un arrebato de ira. «¡Nuestro infeliz secretario», gritó, «ha sido víctima de un asesino! Han quemado su cuerpo. Es probable que, además, le hayan robado. ¡Abran la caja de caudales!»
El ministro estaba en lo cierto:,Se habían llevado de la caja una fortuna en dinero y valores negociables.
Los doctores alemanes Westenhoffer y Aichel, profesores de la facultad de Medicina, hicieron la autopsia. Beckert tenía una antigua fractura en la pierna izquierda, pero el fuego había destruido por completo aquella parte del cuerpo. La identificación no pudo hacerse tampoco por la estatura: la de Beckert y la de un mozo chileno de la legación, Ezequiel Tapia, quien había desaparecido también de la ciudad, eran iguales. Los profesores alemanes identificaron el cuerpo, fundándose en algunos restos del traje.
La justicia chilena autorizó el funeral de Beckert que se celebró con pomposa solemnidad y al que asistieron el cuerpo diplomático y altos funcionarios de Chile. El ministro alemán pronunció un elocuente discurso, ensalzando las preclaras virtudes que adornaban al finado, y terminó con ciertas observaciones hirientes sobre la eficacia de la justicia chilena.
El doctor Germán Valenzuela Basterrica, dentista de Santiago que asistía al funeral, montó en cólera al oír las desconsideradas palabras del diplomático. ¡Aquello era insultar a su patria! Sin pérdida de un segundo empezó a hacer investigaciones. Poco antes de la inhumación obtuvo permiso para examinar el cráneo y observó una singular incongruencia. Se había dicho que la víctima del asesinato tenía treinta y ocho años. Y, sin embargo, la dentadura de aquel cráneo era casi perfecta. El doctor Valenzuela salió del laboratorio y fue corriendo a casa de la viuda de Beckert.
— ¿No es verdad, señora—preguntó que su marido tenía varios arreglos en la dentadura?
—Es verdad.
— ¿Puede usted darme el nombre de su dentista ?
En un santiamén, el doctor Valenzuela estaba en la consulta dental, examinando registros e historias clínicas. A Beckert, efectivamente, le habían hecho algunas extracciones y varios arreglos en la dentadura. Pero en el cráneo del asesinado sólo faltaba. una muela.
El doctor Valenzuela se encaminó apresuradamente al hogar de Tapia. La dolorida esposa dio rienda suelta a su indignación. Habían calumniado infamemente a su esposo acusándolo de aquel crimen: «¡Mi marido jamás ha hecho daño a nadie! ¡No fue él quien incendió la casa, ni robó, ni mató! ¡NI¡ marido es incapaz de cometer semejantes atrocidades!»
El doctor Valenzuela consiguió calmarla. Todo lo que él deseaba era saber cómo tenía su esposo los dientes. La buena mujer contestó con orgullo que su marido tenía una dentadura fuerte, limpia y hermosa. En toda su vida, solamente había perdido una muela.
Corrió el doctor Valenzuela al despacho del jefe de policía, quien después de escuchar atentamente al dentista, canceló la orden de detención contra Tapia. La información demostraba que el chileno era la víctima del asesinato y no su autor.
Se inició la busca de Beckert y lo encontraron a los pocos días en los Andes, ya muy cerca de la frontera argentina. Confesó el crimen. Había comenzado por' regalar uno de sus trajes a Tapia, haciendo que se lo probara para ver cómo le quedaba. Cuando tuvo el traje puesto, lo mató y, luego, le quemó la cara y parte
de la pierna con un soplete de joyero, para imposibilitar la identificación. Finalmente robó la caja de caudales, pegó fuego al edificio y huyó ... transformado en un muerto, que éstaba vivo y llevaba una fortuna en las maletas.
Durante breves días tuvo razón para creer en el éxito de su crimen. Los alemanes acusaban del asesinato al asesinado. La supuesta viuda de Beckert cobraría el seguro de vida del finado e iría a reunirse con él en otro país. Pero la sagacidad del dentista chileno deshizo los planes del criminal. Beckert fue conducido a Santiago, donde quedó convicto y sufrió la pena capital.
Algún tiempo después, el presidente de Chile preguntó al doctor Valenzuela qué recompensa deseaba por sus servicios. El doctor, recordando que el pueblo chileno era demasiado pobre para permitirse el lujo de tener todos los dentistas que necesitaba, se limitó a pedir los fondos precisos para construís y equipar un colegio dental moderno.
El doctor Valenzuela presentó el proyecto, y el presidente cumplió su promesa. El colegio se levanta hoy en la ciudad de Santiago, ocupando una manzana entera. Es de magnífica arquitectura, está completamente equipado y tiene capacidad para trescientos estudiantes, la mayoría de los cuales son mujeres. El cráneo y la mandíbula de Tapia ocupan puesto de honor en el edificio, como recuerdo del origen de este colegio moderno, extraña consecuencia benéfica de un crimen brutal, a la vez que monumento vivo al altruismo de un dentista patriota y desinteresado.

sábado, 16 de septiembre de 2017

viernes, 4 de junio de 2021

MARTIRIO DE SAN ROMAN -ESPAÑA-HEROÉ DE LA FE-

 miércoles, 31 de enero de 2018

MARTIRIO DE SAN ROMAN -ESPAÑA-HEROÉ DE LA FE-

11:36 Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles.
11:37 Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados;
11:38
de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. 
Hebreos cap. 11
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HISTORIA DE LA INQUISICIÓN Y LA REFORMA EN ESPAÑA

SAMUEL VILA 

6. Martirio de Sanromán.

 

Finalmente, el que había mantenido su entereza por tan largo tiempo, tuvo que afrontar otra lucha másdifícil. Habiendo regresado Carlos a España, fracasada su expedición a Argel, fue entregado Sanromán a la Inquisición de Valladolid, y desde el día en que traspuso los muros de la cárcel de la Inquisición hasta el día en que salió para su muerte en la hoguera, nada sabemos de su suerte, excepto que cualesquiera medios empleados por los familiares del Santo Oficio para hacerle cambiar de ideas fueron inútiles.

Ignoramos la fecha exacta del holocausto de Sanromán, aunque se supone fundadamente que tuvo lugar en 1544. Valladolid, que ya había sido cuna de Felipe II, pudo además ostentar como blasón el haber visto esparcidas sobre su suelo las cenizas del primer mártir de la Reforma del siglo XVI, en España.

Cuando los inquisidores vieron que era imposible obtener la retractación del preso, decidieron presentarlo en el próximo auto de fe. Sanromán fue entre todos los presentados aquel día el único condenado a la hoguera. Precisamente predicó el sermón de fe en aquel auto Bartolomé Carranza, catedrático de Teología, más tarde arzobispo y, al final, reo del mismo delito por el cual quemaban ahora a Sanromán.

Merece ser destacado el incidente que tuvo lugar mientras conducían a Sanromán desde la Plaza Mayor, donde se había celebrado el auto de fe, a las afueras de la ciudad, al quemadero. Parece como si Sanromán estuviera destinado a concitar contra sí las iras más violentas de sus enemigos, que llamaban impúdica terquedad a su inflexible valor. Esto ya había ocurrido primero en Amberes, donde los frailes querían quemarlo sin contemplaciones. Luego en Ratisbona, donde a duras penas escapó de ser echado al Danubio. Ahora ocurría por última vez en Valladolid.

El incidente tuvo lugar por el siguiente motivo: Al salir la comitiva de la puerta de la ciudad encontraron la cruz llamada de término, que suele colocarse en las afueras de las poblaciones españolas y que esta vez era de madera. Al cruzarla, los acompañantes quisieron obligar a Sanromán a que se arrodillara ante ella. Este respondió prestamente y sin turbarse, que los cristianos no adoraban madera. Que él era cristiano, y sentía que Dios estaba con él, y que lo adoraba con toda reverencia en su corazón. Exhortó, pues, a los inquisidores a pasar de largo e ir directamente al sitio donde querían llevarlo. Entonces se levantó contra él un gran griterío de pueblo que le seguía, injuriándolo por no haber querido adorarla.

qué me habéis retirado el camino a la verdadera gloria?" Viendo, pues, que se frustraba su esperanza, lo hicieron volver a poner en el fuego, ya bien encendido, que lo consumió en un momento.

Cuando llegaron al lugar del suplicio, los frailes no cesaron de atormentar e importunar al pobre hombre para que se retractara de su fe. Mas él les respondía con una entereza de espíritu increíble, y les incitaba a hacer lo que habían emprendido, sin gastar así en vano tiempo y palabras. Así pues, lo colocaron en medio de una gran pila de leña que allí estaba aparejada para quemarlo, y encendieron el fuego por varias partes. Cuando él comenzó a sentir el fuego, sea para huir del humo, o por cualquier otro motivo, levantó un poco la cabeza. Los inquisidores, viendo aquello, pensaron incontinenti que con ello quería dar a entender que se arrepentía, y que quería desdecirse de la doctrina que habla sostenido hasta entonces: así que hicieron retirar la leña con tal presteza que el fuego casi no alcanzó a hacerle daño. Hecho esto tan súbitamente. Francisco comenzó a mirarlos como airado, y a decirles: "¿Qué malicia os mueve ahora? ¿Por qué estáis envidiosos de mi gran ventura? ¿Por

 qué estáis envidiosos de mi gran ventura? ¿Por

qué me habéis retirado el camino a la verdadera gloria?" Viendo, pues, que se frustraba su esperanza, lo hicieron volver a poner en el fuego, ya bien encendido, que lo consumió en un momento.

Así murió Francisco de Sanromán, sin que nadie pudiera arrebatarle su gozo ni hacerle flaquear. El ejemplo de su sacrificio ayudó posiblemente a algunos de los que habían asistido a aquel tremendo espectáculo para que, años más tarde, arrostraran ellos el mismo suplicio con igual firmeza que su predecesor.

LOS HERMANOS ENZINAS- REFORMA EN ESPAÑA HISTORIA DE LA INQUISICIÓN

 

LOS HERMANOS ENZINAS- REFORMA EN ESPAÑA

HISTORIA DE LA INQUISICIÓN Y

LA REFORMA EN ESPAÑA

SAMUEL VILA

Capítulo X

Los hermanos Enzinas

1. Los hermanos Enzinas. Jaime.

Los dos hermanos Enzinas, Jaime y Francisco, eran hijos de un respetable ciudadano de Burgos, Castilla la Vieja. Hablan estudiado en su primera juventud en la Universidad de Alcalá de Henares, uno de cuyos profesores era entonces Pedro de Lerma, tío suyo,’ el cual ya vimos que tuvo que huir a París acusado de luteranismo. Muy probablemente fue éste quien les aconsejó que se trasladaran a estudiar a Lovaina, en el territorio de Flandes. Hacia 1535 los encontramos a los dos en esta célebre ciudad universitaria, en la cual el ambiente era liberal, lo mismo en cuanto a los estudios como a los movimientos de los estudiantes. París semantenía fiel a las antiguas normas escolásticas y era perseguida allí fieramente toda idea reformada, en tanto que en Lovaina se leían y comentaban las obras de Lutero y de Melancton.

No sabemos si fue en Lovaina que entraron en conocimiento de las doctrinas reformadas por primera vez, o ya en su propia patria, por la influencia de su tío antes citado. En Lovaina habían establecido intima amistad con Jorge Casandra, que, manteniendo contacto con los teólogos protestantes y católicos, se esforzó por reconciliar las Iglesias reformadas otra vez con la católica, si bien fracasó completamente en su intento. Los dos hermanos, más decididos que su amigo, desecharon las reformas parciales con que aquél se satisfacía y rompieron formalmente con la Iglesia Católica. Por esta época recibieron la visita de su compatriota Sanromán,según narra Francisco en sus Memorias, y éste le aconsejó que se comportara con mayor prudencia.

Con respecto al mayor de los hermanos, Jaime, se trasladó en 1541 a París, siguiendo la indicación de su padre. Allí se mantuvo fiel a sus convicciones y aun las comunicó a algunos de sus compañeros de estudios.

Aquí conoció a Juan Díaz, en la imprenta de Henry Estienne, contribuyendo a la conversión de su compatriota.

Esta tertulia era frecuentada también por Crespin y Senarcleus, nombres que sonarán más adelante al hablar de Juan Díaz.

  Jaime se llevó un gran desengaño en las ilusiones que llevaba respecto a la calidad de la enseñanza de la  famosa universidad francesa, ya que los profesores eran mucho más pedantes que eruditos, y los estudiantes, brutales y holgazanes. Allí pudo contemplar también la ejecución de varios protestantes en plena calle, que eran quemados después de atroces suplicios infligidos ante el regocijo de los espectadores, viéndose obligado a presenciar estas escenas mientras se dirigía desde su casa a la universidad, o viceversa. Entinas decidió dejar París y regresó a Lovaina, visto que no encontraba allí sabiduría ni humanidad. Desde Lovaina pasó luego a Amberes, en 1541, para dirigir la impresión de un Catecismo que había compuesto en lengua española. Más adelante, obedeciendo a los ruegos de su padre, que lo habla destinado a la carrera eclesiástica, se dirigió contra su voluntad a Italia y permaneció por algún tiempo en Roma.

No era Roma el lugar más adecuado para él, dadas sus inclinaciones y sus convicciones religiosas, pero cedió al imperativo del deber filial, dejando en los Países Bajos a su hermano y a todos los amigos. Jaime era de espíritu independiente y valeroso, como luego se demostró, lo cual no era una gran recomendación para un hombre que se encontraba en sus circunstancias, ya que su mismo valor había de arrastrarlo a la perdición. Por aquella época se acababa de descubrir en Italia la existencia del movimiento reformado y habían empezado las persecuciones, según vimos en el capitulo anterior al tratar de la obra de Valdés en Nápoles. Enzinas decidió regresar a Flandes, sin que obtuviera el consentimiento de su padre para realizar este propósito, hasta que, llamado insistentemente por su hermano, resolvió, por fin, trasladarse a Alemania, abandonando tan inhospitalario país.

Sin embargo, cuando se preparaba para la marcha fue traicionado por un compatriota suyo que lo denunció a la Inquisición como hereje. El hecho de que fuera español, así como su buena reputación como estudioso, despertó gran interés en Roma, por lo cual su proceso fue presenciado por los principales obispos y cardenales. Presentado ante el tribunal, proclamó sus creencias y las defendió con tal presencia de ánimo que sus jueces, irritados por tanto atrevimiento, lo condenaron sin contemplaciones a las llamas, sentencia que sus compatriotas dieron muestras de aprobar con satisfacción. Se probó de hacerlo retractar, ofreciéndole la reconciliación con la Iglesia después de aparecer en público con el sambenito, según la costumbre española, pero él se negó a comprar su vida a este precio. Murió en la estaca, demostrando una constancia y un valor extremos. Su martirio tuvo lugar en el año 1546.

ASÍ PAGA UN PERRO- Salvó mi Vida-

 _ASÍ PAGA UN PERRO- Salvó mi Vida-

(Condensado de «Fang and Claven)
POR FRANK BUCK
En colaboración con Ferrin Fraser

ME SORPRENDIO NOTAR que mi amigo Johnson seguía con ojos atentos un perrillo de pelaje amarillento que pasó corriendo por frente a nosotros. Y mayor aún fue mi sor­presa cuando Johnson, volviéndose hacia mí, me preguntó:
—Frank, ¿te gustaría ir a mi hacienda a cazar un tigre ?
Estábamos sentados en la terraza del Golf Club de Keppel, que daba sobre la bella rada de Singapore, a corta dis­tancia del puerto, donde a la sazón estaba entrando un barco australiano cargado de ovejas.
—¡No me digas—exclamé yo riendo —que ese gozque te hizo recordar un tigre!
—Así fue, aunque te rías ... Y a pro­pósito, ¿quieres oír algo respecto a la cala de ese tigre ?
—Por supuesto que sí.
Tomó la caja de los cigarros y me ofreció uno. Luego, mientras despuntaba el suyo con los dientes, me preguntó:
—Tú conoces a Dick Scott, ¿no es cierto ?
—Sí, como no.
—Bueno. Dick tiene dos chicos, y hace algún tiempo se le metió en la cabeza regalarles un perro. Cuando an­daba de vacaciones el año pasado, consi­guió el que quería—un alsaciano gris, robusto sin ser grueso, y de patas fuertes, musculosas y altas como las de un lobo. Lo bautizaron Binji. Resultó un perro excelente. Además de dócil, manso, y buen vigilante, era un compañero maravilloo para los chicos.
—Era?—pregunté yo curioso—. Ha­blas como si Binji fuese ya cosa del pasado.
—Lo es—contestó Johnson apartando los ojos de mí para fijarlos en el barco—. Y cargamentos como ése fueron la causa.
—No entiendo...
—Verás. Después que se les desem­barca, las ovejas son llevadas a unos pas­taderos cercanos a la finca de Dick. Cierta noche, el rebaño fue asaltado y puesto en dispersión. A la mañana si­guiente, seis ovejas aparecieron muertas, con el cuello destrozado a dentelladas.
— ¿Binji?
—Sí, Binji. Su culpabilidad era evi­dente. Había roto la cadena, y le encon­traron lana y sangre en el hocico. Desde entonces se le ató en las noches con una cadena que hubiese sido bastante para sujetar un leopardo. Pero Binji era fuerte, y había probado la sangre... Noches más tarde volvió a romper la cadena, y en esta ocasión fueron doce sus víctimas. Aquello colmó la medida. Dick no quería en su propiedad un perro de tal índole. Así, acto seguido, le puso la correa y lo llevó consigo al hotel, por si hallaba a quien cedérselo. Y aquí es donde empieza mi parte.
Yo no conocía a Binji. Lo vi por pri­mera vez esa tarde, cuando entre' en la cantina del hotel. Estaba—noble y tranquilo--echado a los pies de su amo. Evidentemente era un hermoso animal. Lo alabé con entusiasmo, «Si te gusta, te lo regalo», me dijo Dick. Y al ver que yo lo miraba con incredulidad, se apre­suró a explicarme: «Es un perro de instintos feroces, y se ha cebado en las ovejas. Mató docena y media en dos noches. Y yo tuve que pagar el daño. Pero ya no repetirá su hazaña. Voy a deshacerme del muy carnicero, sea que tú lo aceptes o no».
Bueno... yo tampoco quería una «fiera» en mi finca. Y ya iba a decírselo así a Dick cuando de pronto recordé algo para lo cual me sería Útil un perro. -Está bien», le contesté. «Lo acepto».
Dick puso la correa en mis manos sin decir una palabra. El perro pareció darse cuenta de que su destino iba a cambiar en ese instante, porque miró, primero, al amo que de él se desprendía. y luego a mí. Pero en sus ojos no brillaba la expre­sión del que reprocha o se duele, sino la del que interroga humildemente. Me si­guió sin oponer resistencia. Por el con­trario. Se hubiera dicho que aquello le agradaba.
Johnson hizo una pausa. Luego, esqui­vando mirarme, como si algo le aver­gonzase, me preguntó:
—Frank, ¿sabes para qué quería yo ese perro? Para ponérselo de carnada a un tigre.
Calló de nuevo por un instante, y continuó luego:
—Ya te dije que en mi hacienda hay un tigre. Tú sabes cuántas engorrosas formalidades tienes que llenar para que te den permiso de cazar con bala un ani­mal así: pero no hay ninguna ley que prohiba cazarlo vivo. Con tal propósito,  mandé hacer una trampa de troncos. Pero necesitaba una buena carnada, tú sabes, un animal que en la noche chillase y metiera la bulla necesaria para atraer al tigre. Por eso se me ocurrió utilizar aquel perro dañino que providencialmente me venía a las manos.

Debes comprender, Frank, que yo nunca había visto a Binji. De lo que Dick me contó deduje, naturalmente, que era un animal temible, indigno de compasión ni buen trato. Pero a poco de estar con él, empezó a parecerme imposi­ble que un perro tan dócil, tan manso y tan cariñoso fuera realmente capaz de encarnizarse en las ovejas como el peor de los lobos. Tú sabes que para ir a mi hacienda hay que navegar doce kiló­metros río arriba, y luego cruzar la co­rriente. Bueno, yo temía que me fuese necesario hacer fuerza a Binji para que entrara en la lancha. No hubo tal. Subió a ella por su propia voluntad, como si tuviese plena confianza en mí, como si toda su vida hubiera estado esperando hacer ese viaje conmigo. Iba juguetón y alegre, lo mismo que un cachorro. Ladra­ba a las ondas y cogía copos de espuma entre los dientes. Después se acercaba a mí, me ponía el hocico húmedo en la mano, y me miraba como si quisiera decirme: «Nos estamos divirtiendo mucho, ¿no es cierto?»
Llegados a la casa me senté a cenar. Binji me miraba, echado al pie mío. Pero no con ojos de petición, sino con ojos de esperanza. Le tiré unos cuantos mendrugos, cosa que nunca hago con los perros cuando estoy a la mesa. Pero, tú comprendes... el pobre iba a morir, y aún a los peores criminales se les deja comer bien antes de su ejecución. Hubie­ras visto qué hermoso centelleo de grati­tud había en sus ojos cuando cogía uno de aquellos bocados.
Después de la cena encendí mi pipa y me senté en el porche a contemplar las estrellas. A poco, la cabeza de Binji estaba descansando en mis rodillas. Evi­dentemente no lo hacía por que lo acari­ciase, sino por estar allí, en contacto conmigo, haciéndome compañía. Me puse en pie precipitadamente y llamé al mu­chacho indígena que me servía de ayu­dante. ,Ven—le dije—. Vamos a cebar esa trampa ».
Binji nos siguió alegremente. Aquel paseo inesperado por la trocha abierta en la espesura parecía deleitarlo. Yo podía distinguir en la oscuridad el penacho gris de su cola agitándose afanoso cuando se agachaba para husmear entre los, matorrales. Me parece a mí que de todas las cosas la que hace más feliz a un perro es vagar así, suelto y libre, en la plácida quietud de la noche, por entre la maraña llena de ruidos inquietantes, pero llevan­do tras de sí al amo que lo llame por su nombre en la oscuridad. Después de mucho andar llegamos a la trampa. Tú sabes como son las de esta clase; una especie de jaula, hecha de troncos sin descortezar, pesada y fuerte, con una puerta caediza que se cierra al tocar el disparador que la sujeta. Hasta que el muchacho no lo hubo atado en el interior de la jaula, Binji no se dio cuenta de que algo extraño había en todo aquello. Y empezó entonces a gemir tímidamente.
Binji es animal de instintos feroces ... un perro dañino y peligroso. De todos Todos, Dick hubiera acabado matándolo. Estas y otras cosas iba diciéndome a mí mismo de regreso a la casa por la vereda que Binji acababa de recorrer conmigo. Seguía oyéndolo a mi espalda, allá lejos, en la negra distancia. Ahora ya no gemía. Estaba aullando lastimeramente con todas sus fuerzas.
«Perro buen cebo para tigre»—cha­purró el muchacho indígena que caminaba a mi lado—Aúlla fuerte. Tigre vendrá seguro». Ese comentario que debía haber sido grato para mis oídos de cazador, no acertó a complacerme. Una sola idea me dominaba: ¡aquel hermoso alsaciano, solo, indefenso, atado, aullando angustiosamente en la oscuridad, y por allí cerca, el tigre, alevoso y matrero, que de un solo zarpazo iba a silenciarlo!
Me metí en la cama, pero no pude dormir. Un tropel de ideas extrañas pasaba por mi imaginación, y a través de todas ellas seguía viendo a Binji: grande, robusto, con sus vivos ojos pardos, su nariz arrugada, sus patas recias, su cabeza grande y tibia apoyada cariñosamente sobre mis rodillas. Empecé entonces a hacerme reflexiones: yo no tenía un perro en mi finca... Binji podría ser inclinado a matar ovejas, pero yo no tenía ovejas que él matara... ¿Por qué no había de quedarme con él, en vez de sacrificarlo así?
Es sorprendente con cuánta rapidez puede uno cambiar de ideas. Hasta en­tonces yo había deseado vivamente ver aquel tigre caer en la trampa. ¡Ahora deseaba con todas mis potencias que no hubiese caído! Di que fue sentimentalis­mo; di que fue el recuerdo del húmedo hocico de Binji en mi mano, de su ale­gría cuando íbamos en la lancha, de su humilde mirada cuando se tendía a mis pies-, di, si quieres, que fue simplemente la voz de la conciencia. El hecho es que salté de la cama como impulsado por un resorte, y llamé al ayudante: «¡Date prisa! ¡Vamos a sacar al perro de esa trampa!» Recorrimos a carrera tendida aquel medio kilómetro. Si tú has tenido un perro, comprenderás esa loca ansiedad mía.
Cuando íbamos acercándonos, noté que todo estaba en silencio. Aquello fue para mí claro indicio de que ya el tigre había hecho presa en Binji. Luego, más cerca ya de la trampa, oí un débil gemido
de miedo y pena... algo así, imagino yo, como el gemido de un niño cuando lo dejan solo en la oscuridad.
Avancé ansioso y vi a Binji, con su nariz negra pegada a los burdos barrotes de la jaula, sus ojos encandilados por la luz de la antorcha que nosotros llevá­bamos, y aquel plumón gris claro de su cola agitándose con alegría y confianza, como si quisiera decir: «Bueno, ya hemos jugado bastante a esto. Vamos a jugar a otra cosa ». Cuando el muchacho lo hubo desatado, salió de la jaula sal­tando, y corrió hacia mí, anhelante, con la roja lengua afuera, y batiendo la cola. «¡Ven, Binji!—le dije—. ¡Vamos a casa!» Echó vereda abajo como había venido: corriendo, retozando, metiendo la nariz curiosa aquí y allí, adelantándose de pronto y volviendo de nuevo a mi lado para emprender otra carrera, y seguir inspeccionándolo todo.
De pronto ocurrió algo, tan repentino Y tan cerca de mí, que ni siquiera alcancé a levantar la antorcha... Un rápido movi­miento entre la oscura maleza... Un enorme bulto negro... Dos centelleantes dagas de marfil que se abalanzaban sobre mí, ávidas, feroces, rectas, afiladas como agujas...Había tropezado con un jabalí que estaba guardando su hembra y sus jabatos. ¡Doscientas libras de enloque­cida fiereza que se lanzaban contra mí para despedazarme! Pensé en mi esco­peta, pero todo aquello fue tan súbito y tan veloz que no tuve tiempo de echármela a la cara. Entonces una mancha gris saltó de la oscuridad como una exhala­ción. Oí el chillido del jabalí al recibir el violento impacto. Las dos dagas cente­lleantes desaparecieron en las tinieblas. Luego un grito de dolor lanzado por Binji, y después del grito, su gruñido ronco, feroz, salvaje... ¡el mismo gruñido de cuando clavaba los colmillos en el cuello de las ovejas!
Maté de un tiro al jabalí—agregó Johnson lentamente, como si la emoción del recuerdo retardara sus palabras—. Y encontré al pobre Binji con aquellas dos horribles dagas clavadas en el pecho, pero con sus grandes colmillos blancos hundidos fieramente en el cuello del jabalí

UNA ROSA BLANCA Por A. J. Cronin

  La verídica historia de un cariño enternecedor

UNA ROSA BLANCA
Por A. J. Cronin
Selecciones del Reader´s Digest
1950

DURANTE el verano pasado estuve. en Irlanda, la verde tierra amada, y una vez más, solici­tado por el afecto y el deber, hice una peregrinación que nunca deja de conmoverme hondamente.

Hace muchos años había ido a Dublín como médico joven a seguir un curso de post-graduado en el Hospital Rotunda. Los casos que se me asignaron se hallaban en uno de los sectores más pobres de la ciudad y fue durante una de mis visitas de rutina a ese lóbrego vecindario cuan­do vi por primera vez a Rosa Done­gan.
Estaba -en la Calle Loughran co­giendo agua de la fuente pública. Tenía en brazos a un niño, una pesa­da criatura como de nueve meses, atada a su endeble cuerpo con un chal andrajoso. Rosa contaría unos 14 años; sus ojos de un azul profundo parecían enormes en su carita seria. Otros tres niños, de entre cinco y nueve años, estaban prendidos a su falda; cierta semejanza de facciones y el ser todos pelirrojos pregonaban que también eran Donegan.
El contraste entre la escualidez del medio en que vivía y la intrépida viveza de su mirada, despertaron mi curiosidad por esa extraña chiquilla. Empecé por darle los buenos días, y poco tiempo después mi saludo dia­rio fue correspondido con una grave y tímida sonrisa. Poco a poco, pues no era su reserva fácil de vencer, fui avanzando en el camino de la amis­tad.
Supe entonces que Rosa, sus tres hermanos menores y el nene, Mi­guel, habían perdido a su madre hacía ocho meses. Vivían con Danny Donegan, su padre, en un sótano de la congestionada Calle Loughran. 39 . Danny, que trabajaba de vez en cuando en los muelles, era un hom­bre débil, apocado y extremadamente bonachón. Lleno de las mejores intenciones, consumía la mayor parte de su tiempo y de su dinero en el vecino bar de Shamrock. Debido a ello recayó sobre Rosa el peso de atender a la familia, conservar los dos cuartos limpios y en orden, ma­nejar a su vagabundo padre, tratar de salvarle, como mejor podía, lo que de sus jornales le quedaba, co­cinar y cuidar de los niños.
Aun cuando en el corazón de Ro­sa había afecto para todos sus her­manos, adoraba a Miguel. Cuando en las tardes soleadas lo llevaba alzado hasta las afueras de Phoenix Park, iba tambaleando bajo aquel peso, pero eso no la acobardaba. Nada ha­bía que pudiera acobardarla. Cuan­do la veía pasar resueltamente por la desapacible calle llena de gente, para hacer algún mandado, regatear con el carnicero una punta de jamón, o convencer al panadero de que le fiara una hogaza más de pan, me dejaba maravillado el tem­ple de ese espíritu. No pasaban in­advertidas a sus ojos las cosas que la rodeaban. Tenía ese conocimiento elemental que posee el niño nacido en los suburbios pobres, una com­prensión absolutamente franca de los misterios de la vida, mezclada con una inocencia llevada a lo su­blime. Sus ojos rasgados, reflexivos, encerrabn la sabiduría de las edades. Pero más que eso, encerraban una insondable fuente de amor.
Lo que al principio no pasó en mí de simple interés fue convirtiéndose gradualmente en honda preocupación por esa niña. Sentía que era de­ber mío hacer algo por ella, y ha­biendo descubierto por casualidad cuál era el día de su cumpleaños, hice que una tienda de la calle O'Connell le enviara un juego de ropa. Me daba gusto pensar lo que gozaría con su abrigado traje de lana de dos colores, sus buenos zapatos y sus medias finas, todo haciendo jue­go.
Por algunos días no me dejé ver de ella, pero sonreía para mis aden­tros imaginando verla entrar a misa el domingo por la mañana, muy or­gullosa con su vestido nuevo y sus zapatos flamantes que chirriarían con toda magnificencia nave arriba.
Pero cuando la vi el lunes siguien­te aún tenía los andrajos de siempre y aún llevaba atado a su cuerpo el de su hermanito con el chal viejo.
— ¿Dónde está tu ropa nueva?—le pregunté sin preámbulos.
Se ruborizó hasta la raíz del pelo, y dijo:
— ¡Ah... fue usted!
Después de una larga pausa y sin volverse a mirarme, agregó sencilla­mente:
—Todo está empeñado. No tenía­mos nada en casa. Había que darle su leche a Miguel.
Me quedé mirándola en silencio, convencido de que siempre se sacri­ficaría por su adorado hermanito y daría por él cuanto tuviera. Tan frá­gil la vi que una nueva onda de piedad me invadió. Al siguiente día fui a ver al padre Walsh, encargado de la parroquia de Loughran.
Le brilló el rostro al sacerdote cuando le hablé de Rosa, y después de considerar por unos pocos mo­mentos mi proyecto, dio su asenti­miento moviendo lentamente la ca­beza.
—Pero le va a costar trabajo per­suadirla—dijo sonriendo mientras me acompañaba hasta la puerta—Es la perfecta madrecita. En eso está la fuerza que llena toda su vida.
Pasada una semana, después de un cambio de cartas, decidí ir directa­mente a la Calle Loughran. Los ni­ños estaban sentados alrededor de la mesa en tanto que Rosa, con ceño de preocupación, rebanaba el último pedazo de una hogaza de pan.
—Rosa—le dije—Vas a marcharte de aquí.
Volvió a mirarme sin comprender lo que le decía y echó hacia atrás un mechón de cabellos que le caía sobre la fruncida frente.
—Vas a ir a casa de unos amigos míos, en Galway—continué dicién­dole—Estarás allá un mes. Es una granja donde no harás otra cosa que darle de comer a las gallinas, correr libre por los campos y tomar toda la leche que te quepa.
Momentáneamente el brillo de una bella esperanza iluminó su ros­tro. Pero luego, desvanecido ese re­lámpago, movió negativamente la cabeza.
—No. Tengo que ver por los ni­ños... y por papá.. No puedo.
—Todo está arreglado. No té pre­ocupes. Las Hermanas de la Caridad se van a encargar de ellos. Tú tienes que irte, Rosa, porque ya no puedes resistir más.
—No, no. Yo no puedo dejar al niño.
— Entonces, sea como quieras. Puedes llevarlo contigo.
Los ojos de la niña brillaron con una luz maravillosa. Aún brillaban .más al día siguiente cuando empaca­mos sus cosas y la pusimos a ella con su niño en el tren. A medida que la máquina iba saliendo de la estación, mecía al chiquillo en sus huesosas rodillas y le susurraba al oído:
—Vacas, Miguel...
Con cuánto gusto recibí las prime­ras noticias que me enviaron mis amigos, los Carrolls. Rosa ganaba peso todos los días y ayudaba en los trabajos de la granja. Sus mismas tarjetas postales llenas de graciosos errores ortográficos, respiraban una felicidad que nunca antes había sabo­reado, y terminaban siempre con el entusiasta comentario de cuán bien le aprovechaba el campo a Miguel.'
El mes de la temporada pasó rápi­damente. Ya estaba para terminarse cuando cayó la bomba. Los Carrolls deseaban adoptar a Miguel. Eran ellos una pareja de edad madura y sin hijos, que disfrutaban de holgura económica. Habían llegado a querer mucho al niño y le brindaban ventajas que su hogar estaba muy lejos de poder ofrecerle jamás
  Danny naturalmente, halló «es­tupenda » la oportunidad. Pero era
el parecer de Rosa lo que debía to­marse en cuenta, y se le dejó a ella la decisión.
Ninguno de nosotros sabía cuál iba a ser, ni cuánto le costaría a Rosa tomarla, hasta que regresó a casa... sola.
Se mostró complacida por ver de nuevo a los otros niños y a su padre, pero en todo el camino desde la estación hasta su casa permaneció sentada en silencio, apartada de to­dos y como envuelta en un trágico sueño. Una vez en la Calle Loughran se rehizo y gradualmente fue reasu­miendo su antigua posición. Indu­dablemente era ahora más escrupulo­sa que antes. Bajo sus repetidas insi­nuaciones Danny se decidió a poner de su parte cuanto le fuera posible, y llegó el día memorable en que firmó el compromiso de dejar la bebida. Nada garantizaba la perma­nencia de tal regeneración; pero mientras él se mantuvo sobrio y constante en el trabajo Rosa pudo sacar todas las cosas de la casa que estaban empeñadas y de nuevo los dos cuartos del sótano recobraron el ambiente hogareño. Y aun ciertos sábados se daba ella trazas de echar algunas monedas en un bote de té vacío que tenía sobre la chimenea.
Sin embargo, una tarde en que al pasar por su casa me detuve para felicitarla la encontré llorando con la cabeza reclinada sobre la mesa de la cocina. No necesité preguntarle cual era la  causa de su aflicción. En silencio le tomé una mano v se  la retuve en la mía por un buen rato,
—Bien sé que es por su bien—suspiro. Y enjugándose resueltamen­te las lágrimas agregó—No me inter­pondré en su camino.
De vez en cuando llegaban noti­cias de los progresos que iba hacien­do el niño. Sus padres adoptivos no ahorraban esfuerzo por hacerlo feliz; ya hablaban de él como si fuera su verdadero hijo.
Una mañana se recibió una carta terrible: Miguel estaba con neumo­nía.
Pálidas las mejillas y apretados los labios, Rosa estuvo sentada por un rato mirando fijamente la carta. Luego se encaminó directamente a la chimenea, tomó el bote, lo vació y contó lo necesario para su pasaje de ferrocarril.
—Me voy a verlo.
Fieramente rechazó toda oposición. ¿No sabían que ella podía ha­cer cualquier cosa con él, conven­cerlo de tomar su alimento cuando estuviera con fiebre, y los remedios cuando se mostrara reacio ? Vamos, con sólo acariciarle la frente podía ella hacerlo dormir. Rápidamente alistó todo para el viaje, arregló con una vecina el cuidado de los niños y tomó el tranvía camino de la esta­ción.
Aquella misma noche en la granja de los Carrolls se instalaba Rosa, sin aceptar objeción alguna, como enfer­mera de Miguel.
Era un serio ataque de neumonía. Frecuentemente, viendo al enfermito respirar trabajosamente, en el rostro de Rosa se reflejaba una angustia insufrible. La tos era lo peor. Con uno de sus brazos alrededor del cuello del niño, indiferente al peligro para ella, sostenía el cuerpo del enfermo hasta que pasaba el espasmo. Así trascurrie­ron los días y las noches.
Al fin pasó el período agudo. Se le dijo a Rosa que Miguel estaba fuera de peligro. Se levantó medio des­vanecida de la orilla del lecho del enfermo, oprimiéndose la frente con las manos.
—Ahora ya puedo descansar—diio sonriendo débilmente—Tengo un dolor de cabeza terrible...
El germen de la enfermedad de Miguel la había atacado. Pero no hizo blanco en los pulmones. Lo que pasó fue peor. Se le desarrolló una meningitis neumocócica, y Rosa no recobró nunca el conocimiento. Creo haberles dicho a ustedes que ella entonces catorce. años.

EL VERANO pasado fui al soli­tario cementerio cubierto de brezos que se extiende a espaldas de la iglesia. Una suave brisa del oeste soplaba de la Bahía de Galway lle­vando de las cercanas casuchas en­caladas el humo de la turba cuyo olor es como el aliento, como el alma misma de Irlanda. No había coronas que adornaran el angosto túmulo de verdura bajo el cual dormía Rosa el sueno eterno. Pero medio oculto entre la yerba vi un diminuto rosal silvestre que ostentaba en su tallo una sencilla rosa blanca. Y de re­pente, surgiendo de detrás de las nubes grises, el sol alumbró con toda su brillantez la humilde flor y la pe­queña lápida blanca donde estaba grabado su nombre.