martes, 8 de junio de 2021

RODHE CHARIS Y ANTONIO - AMOR EN HUEHUETENANGO

 RODHE Y ANTONIO
  AMOR EN HUEHUETENANGO

                                 Cuento, Historia fictica
        Imaginación del Escritor, quién se inspira en su gran amor por su ciudad natal
  Por.  Un apasionado por la historia huehueteca/Autor del Blog
QUIÉN DEDICA ESTA HISTORIA  AL PADRE ETERNO, A MI SALVADOR JESUCRISTO Y AL ESPIRITU SANTO
 RODHE CHARIS- quiere decir  "Rosa, regalo de Gracia y  Generosidad- "
Por centesima vez, Antonio tomó en sus manos la fotografía. observó detenidamente la imagen de la joven alli  impresa, dijo en voz audible:” -Amor mío. amor mío, dentro de unas horas serás mi esposa-“
y luego  llevando la fotografía a sus labios le dió un suave beso.
Retrocediendo en el tiempo unos meses atrás.
Un sábado por la tarde, Antonio, había salido a dar una vuelta por la ciudad de su natal Huehuetenango. Después de visitar a su mejor amigo, caminaba  cerca del centro de la ciudad. Era una tarde maravillosa. El sol filtraba sus rayos por entre las nubes en un fondo de color celeste profundo.Por un momento Antonio quedose contemplando el cielo  casí enfrente de una puerta de una tienda, Precisamente en ese momento una agraciada joven con varias bolsas y paquetes de compras ,iba saliendo de esa tienda .Por casualidad, coincidencia o destino, la señorita iba un tanto distraída y el choque fue suave pero inevitable. Un libro que iba al suelo, Antonio logró agarrarlo. Al momento del  encuentro ambos pidieron disculpas, Se encontraban enfrente de un cafe museo, por lo que Antonio de manera muy espontanea y amable solicitó a la bella joven que aceptará entrar al restaurante cafe, a tomar "un vaso  de agua para reponerse del asusto". Entraron al restaurante,ocuparon una pequeña mesa y pidieron refrescos naturales de jugo de piña para ambos. 
Sentados frente a frente, Antonio quedó extasiado al contemplar la belleza de su acompañante. 
Así fue como la suave, arómatica y carismática personalidad de Rodhe Charis cautivó a nuestro amigo. Antonio era un hombre ilustrado y poseedor de  amplios conocimientos, sin embargo era  reservado hasta cierto punto con las mujeres,  más en esta ocasión una atmosfera de amistad y cordialidad se respiraba entre él y Rhode. Antonio al saber el nombre de su nueva amiga , de pronto le dijó:.
_Rhode Charis! -QUE BELLO NOMBRE-! y que BELLEZA QUIEN ASÍ  SE LLAMA_
Rhode agradeció el cumplido, y siguieron conversando animadamente.
Anastasios e Irene Charis, griegos de origen, eran personas honradas, nobles de corazón, con una profunda piedad y amor a Dios y al prójimo. Habíanse establecido  muchos añas atrás en la capital de Guatemala. De este matrimonio  todos sus hijos habían nacido en Guatemala. , Rhode era la hija menor. Ella era graduada universitaria  en Psicología e Historia. Como parte de una investigación educativa e histórica  para la televisión extranjera, debió viajar al departamento de Huehuetenango  para conocer la cultura y tradiciones de este bello rincón  fronterizo de la patria.  Fue así como a los pocos días de  llegar a Huehuetenango  sucedió el encuentro con Antonio que cambiaría  totalmente la vida de los dos jovenes.
Una amistad respetuosa nació  entre antonio y Rhode. Cómo él estaba gozando de un periodo de vacaciones, estuvo en disponibilidad de acompañar a la joven historiadora a conocer los destinos túristicos de Huehuetenango. La antigua fortaleza de los mames donde el guerrero Kaibil Balam fue sitiado  por el conquistador español Gonzalo de Alvarado , el nacimiento del río San Juan en Aguacatán, Las piedras de Cap Tzin en San Juan Ixcoy, El mirador Dieguez Olaverri en los altos de los Cuchumatanes, la Laguna Magdalena en Chiantla, el hoyo del Cimarrón, La laguna Brava en Nentón, entre otros destinos fueron visitados por Irene y su equipo en compañia de Antonio.  La joven historiadora tuvo la oportunidad de probar la exquisita comida tradicional de Huehuetenango.  El Jocón,, El Pepían , Buñuelos , dulces de horno, carne cecina, el pan del a semana santa, carne de cordero, Chorizos y longanizas picantes, diferentes en su elaboración y sabor de las que había probado en la capital. chuchitos acompañados de un chocolate caliente, especialmente fue de su gusto. "La miel de semana santa". (higos,duraznos,chilacayote, platano en almibar)  Después de varíos días de intensa actividad  Irene se despidió de Antonio.
Pero el Amor pudo más que la despedida. Empezaron a extrañarse produndamente. 
Todo el día y la noche se les iba a ambos en  hondos supiros.  Irene y Antonio se habían enamorado totalmente. Estaban enfermos de amor y la única cura posible era estar juntos .Los planes de boda no se hicieron esperar. Los padres de Irene, estuvieron de acuerdo por considerar a antonio como un joven de nobles sentimientos y que profesaba un verdadero amor a  su bella hija.
  EL DÍA DE LA BODA
Por centesima vez, Antonio tomó en sus manos la fotografía. observo detenidamente la imagen de la joven alli  impresa, su cabello de color negro azabache y sus ojos tan azules como el mar Egeo. , luego su vista se poso´en el el mensaje allí escrito: "Con amor eterno para mi amado Antonio., con amor Rhode"
Antonio dijo en voz audible: -Amor mío. amor mío, dentro de unas horas serás mi esposa- y luego  llevando la fotografía a sus labios le dió un suave beso.
 
MARJORIE SUZANNE  BELLAFUENTE Y KURT
                            HISTORIA DE AMOR
                             Cuento, Historia fictica
           Imaginación del Escritor
            Quién se inspira en su gran amor por su ciudad natal
 Por.  Un apasionado por la historia huehueteca/o sea el Autor del Blog
Escrita el día  31 Diciembre 2016
   Por.  Un apasionado por la historia huehueteca/Autor del Blog
QUIÉN DEDICA ESTA HISTORIA  AL PADRE ETERNO, A MI SALVADOR JESUCRISTO Y AL ESPIRITU SANTO
 Marjorie significado:(Hermosa en extremo)
Marjorie Suzanne Bellafuente era una bellísima  joven de cabellos dorados, alta, de tez  blanca, con unos ojos mezcla de un verde turquesa  con azul del cielo. Tan bella era que si se hubiese presentado al concurso de belleza de su país, seguramente habría  salido ganadora, pero sus interés y metas no eran esas.  Sin embargo el verdadero tesoro lo llevaba dentro de su ser. De un espíritu sensible y un corazón noble  para con su prójimo. Desde niña se preocupaba por los pajarillos heridos y por los perros desamparados. Gustaba de salir a pasear  por los campos recién bañados por la lluvia y ver crecer y florecer las  flores silvestres. Su afición por la lectura y pasión por la historia, le abrió camino como escritora y periodista en su ciudad natal de Huehuetenango, en la República Centroamericana de Guatemala.
  Pasado los años Marjorie fue becada por una universidad norteamericana para  asistir a unos estudios relacionados con las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Felizmente en la ciudad donde asitiría Marjorie a la universidad, una tia materna suya vivía en una area cercana.
 A  la misma universidad y por los mismos estudios  se presentó Kurt Graft. El iba becado o comisionado por la marina de guerra de Estados Unidos. Kurt  había nacido en el Brasil. De padres alemanes, había partido siendo casí un adolescente  a Inglaterra  y luego a Estados unidos donde obtuvo sus despachos de oficial de marina. Al presente era piloto aviador  de uno de los más  sofisticados aviones de caza en el  moderno superportaaviones nuclear  USS Patrick Henry.  Kurt era un joven de ojos claros, de cabellos castaño oscuro, muy alto y  fuerte..  De carácter serio y esforzado, pronto hizo una buena hoja de servicio en la naval.
Kurt  por ser de naturaleza reservada y austera, así mismo  por su  dedicación a sus estudios, había tenido pocas oportunidades de tener sino romances breves y fugaces. Bajo la superficie rígida de su vida, existía un corazón que ansíaba conocer  el verdadero amor de una mujer. Por ello no es de extrañar que cuando vió a Marjorie fontanella, la joven  causará un agradable impacto en su ser. Coincidentemente quedaron juntos en un grupo de discusión e investigación sobre la segunda  guerra mundial. Los días y semanas de reunir información sobre el tema hizo que como grupo pasaran juntos mucho tiempo y que la  relación entre ellos fuese haciéndose más seguida. En ese tiempo Kurt  llegó a admirar la inteligencia, el sentido de investigación, el interés por el estudio y la amabilidad de la hermosa joven. Igualmente la belleza esplendida de Marjorie  cautivo el corazón del apuesto caballero.   Pasado un tiempo kurt invitó a  Marjorie a salir un paseo, ella lo consultó con  su  tía donde ella estaba hospedada, La tia estuvo de acuerdo y al poco tiempo Kurt  y su dulcinea salían a comer, a disfrutar de una buena  película,  caminar a la orilla del  mar, escuchando el sonido de las olas y del canto del as gaviotas y pelicanos.  En uno de esos paseos , La declaración de amor de Kurt a Marjorie no se hizo esperar y pronto fueron dos almas gemelas, dos almas nacidas el uno para el otro. Ella  ya había comunicado a sus padres  acerca de su noviazgo con el mencionado joven.
Por ese tiempo llegaron los padres de Marjorie a visitarla. Conocieron a Kurt y aprobaron su relación. Se amaban tanto que  decidieron unirse en matrimonio.  Se comprometieron y fijaron el día de las nupcias. Más antes de realizar su precioso sueño de amor tendrían que afrontar una tormenta que amenazaba con nublar su horizonte.
El curso al  que asistieron iba  llegando a su final. Entre las tareas finales estaba una  relacionada a presentar las listas de los detenidos en los campos de concentración y su correspondiente   liberación por las tropas del ejército de los Estados Unidos.
Investigando, examinando  documentos, listas…ambos se llevaron una tremenda sorpresa cuando descubrieron que en el listado de personas recluidas en un campo concentración en Polonia, aparecían algunas personas de  origen judío y de nacionalidad italiana, entre los cuales aparecía el Bellafuente.   A Marjorie le parecía  haber escuchado uno de esos nombres en alguna ocasión  en boca de sus padres, y más aún al ver la foto de dicha persona, parecía asociarla con una de sus abuelas. Pero el verdadero tsunami  faltaba por llegar a su playa. Entre los documentos y listas de los responsables de esos campos  de la muerte, aparecía un nombre que venía a indicar claramente y sin lugar a dudas que uno de los abuelos de su amado Kurt Graft.
 Marjorie sintió  que su mundo se derrumbaba, que allí se le acababa el camino, porque sus padres no iban a estar de acuerdo con que ella se casara con  su príncipe azul. Para Kurt también fue un golpe emocional, más fuerte que si lo hubiese derribado en su avión un enemigo. Él que no temía alas alturas y a la muerte, y ahora  pensaba que su felicidad futura con Marjorie  no podría ser. Fueron días de intenso sufrimiento espiritual.de aflicción y desesperación mutua. Mientras tanto el curso en la universidad llegaba a su fin. Ambos obtuvieron notas sobresalientes y menciones honorificas. Kurt  aprovechó unos días de licencia antes de presentarse nuevamente al servicio en el superportaviones USS Patrick Henry. Días de licencia donde pudo viajar en compañía de Marjorie al país natal de ella, para poner en claro todo el asunto delante de su familia.
Llegó el día del recibimiento. La tia de Marjorie, enterada del asunto había hecho llegar algunas noticias a los padres de la muchacha. Kurt y su novia no dejaron de preocuparse y mostrarse inquietos y nerviosos durante el viaje y su llegada  a la casa familiar.
Los padres de Marjorie recibieron con mucho afecto a Kurt, recordemos que lo habían conocido  en la ocasión que  habían visitado a su hija en los Estados Unidos.Estaban además presentes el hermano mayor de Marjorie y su hermana menor, una bellas señorita.
Se dieron a conocer los detalles existentes de la historia descubierta
.¿Qué pasaría?- se preguntaba Kurt en su interior-
¿Dejarán que me casé con Kurt? Interrogaba en su pensamiento Marjorie.
 Fue una velada larga, muy larga. Al filo de la medianoche, el padre de Marjorie con la mirada iluminada y el corazón lleno de bondad, puesto en pie al lado de su esposa , dijo:
-          Somos una familia unida, Hace muchos años, cuando nuestros hijos eran pequeños, decidimos vivir  de acuerdo a las enseñanzas y preceptos de la Palabra de Dios que está contenida en la Sagrada Biblia .Todo bajo la dirección y autoridad de nuestro Padre Celestial, de nuestro Señor y Salvador Jesucristo y de su hermoso Espíritu Santo.  El nos manda y exhorta a perdonar toda ofensa e injuria que los hombres nos pudiesen haber hecho. Las cosas que hemos conocido y tratado en esta noche no deben ser motivo de rencor o amargura. Seguramente en otras familias serían motivo de odio, discordia y maldiciones.  De común acuerdo con mi esposa  y familia decidimos sepultar toda ira, rencor y discordia en el pasado, en el fondo del mar. Ahora viendo el amor existente entre Kurt y nuestra hija Marjorie , no seremos nosotros los que añadamos una nueva herida o tropiezo en el corazón de nuestra hija respecto a su amor. Si Marjorie  decide aceptar la proposición de matrimonio de Kurt, será aceptado como nuestro nuevo hijo. Seguidamente abrió la Sagrada Biblia en el  pasaje del cap. 13 de  la 1ra. Carta del apóstol  Pablo a los Corintios y leyó de forma clara y segura.
 Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
  Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.
 _ y luego añadió
:- Kurt, se que respetarás y amarás a mi hija como se merece_ Similares palabras expresó la madre de la noble joven.
Kurt estaba  asombrado de tanta bondad, amor y comprensión y por supuesto estaba feliz por su próximo  enlace matrimonial con su amada. Agradeció profundamente y se prometió a si mismo y a los padres  de ella amarla para siempre y hacerla dichosa.
Pasaron los días, semanas y algunos meses, al llegar la fecha establecida  Kurt Graft y Marjorie FuenteBella Fontanella unieron su vida y su destino para siempre. Fue una boda muy  bonita. La novia estaba radiante y super bella. La madre de Kurt y dos hermanas del  joven novio asiSteron a la boda. El padre de él habia fallecido un par  de años antes.
 Al finalizar La hermosa pareja  pasó bajo un espectacular  y tradicional  arco de sables o espadas, formado por los compañeros aviadores  navales del USS Patrick Henry.
Pasó más de un año y vino la nueva buena al nuevo hogar . Pronto llegaría el primer fruto de su amor.
Kurt que desde muy joven había servido a su  patria, y sobre todo considerando y anhelando fervientemente estar siempre al lado de su amada, decidió presentar su retiro del servicio naval  y dedicarse a la vida civil. Compró una hermosa casa de campo donde viviría con su familia. Como había cursado la abogacía en la armada Se integró a una exitosa empresa  y luego  pasó a ser un poderoso hombre de negocios.
La vida y el cielo les regalaron una preciosima bebita  de cabellos como el color del oro puro cuando es bañado por sol al ocaso de un día esplendido y de  ojos del color  cielo azul zafirado unido al verde de un jardín de cipreses.
Kurt y Marjorie de verdad conocieron la dicha del amor.
La mayor felicidad de Kurt era abrazar intensamente a Marjorie y decirle las siguientes palabras con toda la intensidad de su alma_
 _ "Marjorie, Marjorie, mi amada y bellísima esposa, eres mi tesoro de mil  piedras preciosas, rubies, diamantes, zafiros...te amo , te amo, siempre, siempre...!
No se sabía quién de los dos era más feliz de los dos, sí él  por decirlo, o ella por escucharlo, así de tan inmenso era su amor.
Y así vivieron felices por siempre. 
 13:1 Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
13:2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.
13:3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
13:4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
13:5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;
13:6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
13:7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
13:8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.
13:9 Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;
13:10 mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
13:11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.

LOS LIBROS , EL PASAPORTE A UN MUNDO MEJOR

 

viernes, 21 de octubre de 2016

LOS LIBROS , EL PASAPORTE AL PROGRESO- Por el autor del blog-Un huehueteco apasionado por la historia

1-11-13 LOS LIBROS , EL PASAPORTE
 A UN MUNDO MEJOR

Mi  hogar estaba  situado en el campo. Comodidades mayores no había.  a pesar de estar cerca del centro de la  cabecera de Huehueternango ( 15 minutos a pie para llegar al parque central ). No contabamos con luz eléctrica. Nos alumbrabamos con velas. En la casa cercana de mi abuela Luisa Palacios usaban una lampara de queroseno   que iluminaba  brillantemente la   casa. Al otro lado del barranco, cerca del camino principal que en ese entonces era la entrada y salida hacia Quezaltenango y la ciudad capital;  vivía mi bisabuelo Francisco Palacios. Allí tenían luz eléctrica  que les proporcionaba la municipalidad de Huehuetenango., pero era una corriente que al encender 3 o 4 focos alumbraba muy debil.
Eran los años 70s. Tenía yo 4 0 5 años de edad. Alguna tarde de tantas, mi hermana mayor que cursaba los básicos estaba sentada aldededdor del pozo , los antiguos de brocal que salen en los libros, y yo acompañandola, en el instituto "ALEJANDRO CÓRDOVA" , leía en voz alta un libro. Yo estaba a su alrededor. Ella leía y yo escuchaba atentamente. Conforme  ella leía , un mundo nuevo, maravilloso, esplendoroso se abría  en el horizonte de mi mente. escuchaba absorto nombres de animales que se me grabaron en la mente para siempre:  ...: Quej; el venado; Tind ,el aguila,;Raponcac el relampago;Jish el tigre;;Cajcoj, el león; ....En mi inocencia, a la edad de 6 años de edad, de verdad creía que a Lish Zenseyul se le habían tornado los ojos verdes de tanto mirar la selva...
"He aquí la palabra del indio quecchí Lish Zenzeyul, un indio a quién se le tornaron los ojos verdes de tanto mirar y admirar la selva".
"Los Chacguá (Jabalíes)se atropellaban, se montaban unos sobre otros en su afán por morder el tronco de Chee, el árbol, donde se había ido a subir el odiado Güinc (hombre)a quienes ellos ya conocían....Gúinc, el hombre, disparó todos sus cartuchos, que erán solamente seis, y seis Chacguá quedaron muertos al pie del tronco...verdaderamente horribles fueron aquellos últimos momentos de Güinc, el hombre imprudente...
Por fin, el árbol comenzó a inclinarse y entonces Güinc ya no gritó más. Rezó una oración allá arriba, tiró al suelo la inútil escopeta y desenvainó la filosa y larga moruna.
Cuando ya el árbol iba a caer, Gúinc  se lanzó al suelo desde arriba...cayó sobre los peludos lomos, pero aún logró ponerse en pie y comenzó a dar machetazos a los Chacguá, mas pronto fue derribado por las piernas y muy pronto el alma de Gúinc, el hombre solitario, vagaba por las grandes soledades verdinegras, mientras su cuerpo  era destrozado, triturado, devorado."
 EL MUNDO DEL MISTERIO VERDE". de VIRGILIO RODRIGUEL MACAL
En cuanto pude leer no tarde demasiado en leer completo el maravilloso libro " EL MUNDO DEL MISTERIO VERDE". de VIRGILIO RODRIGUEL MACAL.   De suerte que lo leí un par de veces.
El libro de Rodriguez Macal  me introdujo a un mundo  de letras. 
 entrando a  la edad de 14 años comencé con la bella costumbre de adquirir libros. Leí 2 veces completas el Popol Vuh, ...libros sobre Bufallo Bill,... lécturas de pasta a pasta de los Libros Almanaques Escuela para Todos,)ICECU) ...2 veces leí completa la Odisea ,...2  veces La Eneida,  2 veces La Ilíada, ....Luego seguí con Rienzi de Edward  Bulwer Lytton, Ivanhoe de Bulwer-Lytton, ...Emilio Salgari y sus  libros sobre los cazadores de cabezas en la india y sus luchas contra el imperio inglés...Doña  Barbara...La Voragine
En mi juventud...Jinayá, Carazamba, Guayacán,... Cantaclaro.....Exódo (León Uris) ...7 veces lectura completa de la Sagrada Escritura sin omitir "tildes, jotas" o Levitico, Crónicas, ,...que muchos suelen tener por "Lecturas aburridas"..
Exodo de Léon Uris... muchos libros sobre Israel....,.....
.tengo "la vieja maña" de querer examinar hasta la hoja vieja de  un periodico.
                                  LOS LIBROS INSPIRAN HACIA EL PROGRESO
"y no obstante, en todo el país se respiraba una atmósfera de optimismo. Desde el momento en que pisaban el suelo de Israel, aquellos que habían vivido despreciados pisoteados, disfrutaban de una libertad y una consideración humana que la mayoría jamás había conocido, y al verse iguales a sus semejantes les infundía un valor y una decisión que no tenían equivalente en toda la historia de la Humandad. 
...Montaban coches, construían carrocerías.Fabricabán neumáticos y  tendían cables. Una red de carreteras cubría la nación.
Construir, construir,construir...la gente necesitaba hogares. Las lineas de los rascacielos de acero y cemento avanzaban hacía los suburbios casi hora por hora. ! El cantar del martillo, la música del taladro, el retumbar del mezclador de hormigón, la llama del soplete no paraban un momento en Israel.

Las artes florecían. La calle Herzl y la avenida Allenby estaban sembradas de librerías. En cada Kibbutz, en cada moshav, en cada casa particular abundaban los estantes llenos de libros escritos en una docena de lenguas . Músicos, pintores, escritores, interpretaban aquella sociedad nueva y dinámica en palabras, sobre la tela y en melodías..."  EXODO-LEÓN URIS

 

sábado, 5 de junio de 2021

VIRGINIA, MI HERMANA MAYOR- Mayo de 1941

 VIRGINIA, MI HERMANA MAYOR- Mayo de 1941

La persona más inolvidable que he conocido — VI-
VIRGINIA, MI HERMANA MAYOR
Por
Jim TullyM
Mayo de 1941
MI  HERMANA parecía una gitana.Tenía la tez tostada y la nariz aguileña. Sus ojos grandes, rasgados, pardos y tristes, tenían siempre una expresión de sorpresa, como si se hubiesen asomado demasiado súbitamente a un mundo para cuya luz cegadora y cambiante no estuviesen aún preparados. Y ese aire de sorpresa perduró en sus ojos, a despecho de los años, ojos en cuyas pupilas candorosas se reflejaba el sol dorado de lejanos países de ensueño y maravilla, ojos de niña que veían a otros emprender jornadas hacia regiones que ella nunca habría de visitar.
— Virginia tiene los ojos de Biddy —solía decir nuestro padre —. Casi puede ahogarse uno en ellos, de profundos que son.
Biddy era nuestra madre. Su verdadero nombre era el de María Bridget Lawler Tully. Pero nadie la conocía por aquella tiramira presuntuosa de apelativos. Para todos era sólo Biddy.
Nuestro hogar se hallaba junto al St. Marys en la parte occidental de Ohío. Los primeros años de mi vida fueron muy felices. Virginia sólo tuvo que reñirme una vez. Habiendo conseguido yo unos huevos de codorniz, decidí hacer que una gallina clueca los empollara. Cuando pasaron los días de incubación, los huevos saltaron literalmente en pedazos y los polluelos de codorniz salieron disparados como proyectiles hacia el bosque inmediato. Virginia contempló con ojos compadecidos a la gallina burlada.
— Me avergüenza tu conducta —exclamó —. Es una maldad engañar así a un inocente animalito.
Tenía yo cinco años cuando Virginia, que tenía once, me despertó una noche al filo de las doce. Una lluvia torrencial tamborileaba sobre las vetustas tejas movedizas de nuestra casucha.
— ¡Mamá ha muerto! —nie cuchicheó al oído.
Me tomó en sus brazos y me llevó abajo, adonde ya se había congregado el resto de la familia. Éramos seis niños. Se habían dado cita, además, varios tíos y tías y los cuatro abuelos. Todos habían querido tiernamente a Biddy. Y a voces y entre sollozos, con la espontaneidad y la vehemencia irrefrenable de los irlandeses, proclamaban ahora su duelo a todos los ámbitos. Llenaban nuestra pobre morada los ecos dolientes de aquellos plañidos y lamentaciones.
Mi padre, fornido cavador, de anchas espaldas y largo bigote rojo, no sabía qué hacerse. Aquella su voluble, animosa y efusiva Biddy, la de la copiosa cabellera de azabache, había dejado este mundo para siempre, a los treinta y cinco años, en medio de los dolores y las angustias y las esperanzas de un alumbramiento desgraciado. Mi padre era el único que, en aquel coro quejumbroso, no derramaba una lágrima ni profería una palabra.
Virginia, por último, nos hizo salir del cuarto.
Como no tenía ropa decorosa que ponerme para el entierro, tuve que presenciar la salida del ataúd desde la orilla de la carretera cuyo fango recibió impasible mi desesperado llanto de huérfano. Mi hermana estaba a mi lado. Cuando mis sollozos amenazaban con ahogarme, Virginia me acariciaba amorosamente y me decía:
— ¡Que no se diga que lloras, Jim! ¡Has de ser un hombrecito!
Sólo mucho tiempo después me di cuenta de que Virginia había experimentado una pérdida incomparablemente mayor que la que yo había sufrido. Ella había acompañado constantemente a nuestra madre, y en esa convivencia de todas las horas y de todos los días se había formado, por la benéfica influencia del ejemplo y del consejo, aquel firme y bello carácter de Virginia, tan rico en nobles sentimientos y en delicadas ternezas. Mi hermana tomó en sus hombros, sin perder un minuto, la carga que habían soportado hasta entonces los de nuestra madre. Cuando se resolvió que tres de nosotros entrásemos en un asilo de huérfanos, Virginia lloró amargamente y protestó con energía.
— No podéis hacer eso; mis hermanos son ahora mis hijos.
El señor cura se encargó de convencerla; le explicó cómo Biddy, antes de morir, le había suplicado que cuidara de hacer que nosotros aprendiéramos a leer y escribir. Tom, que tenía nueve años, le prometió a Virginia que me cuidaría mucho.
CUANDO cumplí once años, Virginia vino por mí. Ganaba ella entonces un dólar y medio a la semana como muchacha de servicio. No teniendo ni siquiera los centavos necesarios para pagarme el billete de ferrocarril, tuvo que impetrar la caritativa complicidad de otros viajeros para esconderme entre ellos cada vez que el conductor hacía su aparición en el coche. Así, en edad muy temprana, quedamos unidos por la camaradería de la pobreza extrema.
Durante los tres años que siguieron a mi salida del asilo, trabajé en cuantas ocupaciones se me presentaron y por cualquier retribución que me ofrecieran. Cuando no podía pagarme el viaje de un lugar a otro, emulaba a uno de esos niños que vagabundean por los caminos con un mísero hatillo al hombro. Virginia derrochaba esfuerzos, habilidad y sacrificios para evitar que el lobo feroz del hambre dispersase aquel indefenso rebañito que se acurrucaba a su vera. En una de esas incesantes peregrinaciones en busca afanosa de trabajo y soldada permanentes, mi padre llegó cierta vez a casa. Los seis huérfanos nos dispusimos a pasar en su compañía aquella velada.
Virginia nos advirtió que debíamos mostrarnos muy cariñosos con él. — Ha sufrido bastante — nos dijo —con perder a nuestra madre.
Desde aquel día mi padre dejó de ser a nuestros ojos un cavador errante y un borrachín, y fué el hombre a quien nuestra madre había amado con toda la ilusión de su alma.
Mi hermano Tom se trepó a un carro de un tren de mercancías al día siguiente y desapareció rumbo a Méjico, en busca del dorado vellocino. Virginia, al saberlo, permaneció, en apariencia, impasible. Al cabo de un rato rompió el silencio con estas palabras: «He perdido a uno de mis amados cachorros de tigre».
Pasó otro largo y tedioso año. Di definitivamente en el oficio de vagabundo y recorrí media nación. Virginia se fué a Chicago con un baúl de lata y una ampliación del retrato de nuestra madre por todo equipaje. Se hospedó en un cuarto de mala muerte y tuvo la relativa fortuna de colocarse como camarera en un fonducho. En el oscuro y destartalado establecimiento entró con ella y con su bondad inalterable un manojo esplendoroso y caliente de rayos de sol.
Doquiera que me arrastrase el oleaje turbio y alborotado de mi errante destino, mi pensamiento volaba siempre hacia Virginia. Ella era el polo fijo de mi vida andariega, la estrella de mis noches. Para todos mis hermanos era ella, también, norte, imán y guía constantes. Le escribía larguísimas cartas, y cuando el deseo de volver a verla me atormentaba demasiado, recorría leguas y leguas para pasar unos días o unas horas a su lado.
Dos cosas la preocupaban y tenían en continuo sobresalto y zozobra: el peligro de perecer en un accidente a que me exponía mi existencia errabunda y el temor de que me convirtiese en un delincuente. Tuve que prometerle y jurarle muchas veces que no haría jamás cosa alguna contra las leyes.
Alguna que otra vez había yo improvisado unos versitos que tuvieron la virtud de hacernos creer a ambos que había en mí madera de escritor. Lo que nos faltaba saber era cómo y cuándo había de producirse el milagro de desbastar y pulir y labrar en finas obras de arte aquel tosco leño. Éramos pobrecitos como las aves del campo, pero rebosaban nuestros corazones de esperanzada alegría. Virginia sentía tan honda y sincera lástima de los demás que apenas si le quedaba alguna sobrante para tenerla de sí misma. Dulce y compasiva, no sintió nunca el diente emponzoñado de la envidia en su corazón generoso y veló la fealdad y la negrura horrenda de la propia miseria con el cendal de una ilusión siempre renovada y de una melancólica resignación.
En su mezquina habitación de Chicago encontraron refugio y consuelo muchos mendigos. Tenía seis sillas que su ingeniosa caridad transformaba en blandos lechos... blandos y regalados para aquellos cuerpos escuálidos y molidos avezados a la dureza del adoquín y al frío de los portales. Cuando no alcanzaba la media docena de sillas, se extendían varios colchones de reserva sobre el suelo. A todas horas, de día y de noche, había algún desharrapado huésped guisando su condumio en la cocina. Sobre los andrajos y la rofia triste y el mugre antiguo y las greñas crecidas y los rostros demacrados y el habla bronca flotaba un halo impalpable de optimismo y esperanza. Como que no tenían nada que pudieran llamar-suyo, aquellos infelices se mostraban gozosamente dispuestos a compartir con sus hermanos de indigencia hasta una migaja que se les ofreciera.
Virginia guardaba todas las propinas que recibía para pagar el alquiler. Era una consumada arbitrista, cuya ciencia consistía en dejar de pagar al carnicero una semana para pagarle al panadero y en realizar la operación contraria la siguiente semana. El índice del valor de un objeto para ella era lo que el prestamista pagase por él.
Se acostumbró pronto a hacer compras a plazos, y no pocas veces regalaba lo que había adquirido aún antes de haber acabado de pagarlo. En cierta ocasión se pasó semanas y semanas ahorrando para pagar la suma inicial del precio de un traje sastre. Dos meses después le regaló el traje a una anciana que se lo celebró al verla con él.
— Me dió pena verla siempre con su mismo vestido viejísimo — dijo por todo comentario.
Un día compró, a plazos según su costumbre, un bronce de casi un metro de alto que representaba una gitana. Tenía la efigie un vestido verde y un sombrero encarnado que se sostenía a duras penas sobre la alborotada pelambre, y sostenía en la mano una larga varilla con la que atizaba el fuego simulado por una bombilla eléctrica. Virginia se complacía sobremanera en encerrarse en el único y diminuto cuartito que se había reservado en aquel hostal de menesterosos, apagar las luces y contemplar la estatua alumbrada por el falso hogar mientras sorbía a lentos tragos una taza de café y dejaba vagar su pensamiento por un mundo de hermosas quimeras.
También apreciaba con extraordinaria estimación un cuadro al óleo por el cual había pagado ochenta dólares.
— Diez dólares de entrada — solía contar — y sólo seis y medio en cada plazo mensual.
El cuadro reproducía la desolada tristeza de las dunas a orillas del, Lago Míchigan.
— No me riñas, Jim — me decía con voz suplicante —. Ese paisaje de soledad y melancolía cuadra muy bien a mi estado de ánimo.
Cuando Tom murió en Méjico, víctima de un accidente, fui yo el encargado de darle a Virginia la noticia. Lo quería muchísimo. Guardó su recuerdo en el fondo mismo de su desgarrado corazón, como en el interior de una cripta hermética, y rezó fervorosamente por que Dios concediese eterno descanso a aquella alma inquieta y desordenada.
Cifró entonces todo su cariño en mí. Puesto que ya Tom no podía hacer cristalizar los sueños de su espíritu, fijó en mí su anhelo y su fe.
— Puedes confiar en mí — le dije un día con ardorosa petulancia, aunque no me atreví a mirar hasta el fondo de aquel pozo de esperanzas que por mí y para mí se abría.
Virginia había hecho amistad, tiempo atrás, con una señora que, andando los años, había conquistado justo renombre como autora de cuentos y novelas cortas. Mi hermana me proponía el ejemplo de aquella su amiga como un modelo digno de imitación. Algún día yo habría de asombrar al mundo con mis aptitudes literarias; de eso estaba ella segurísima. No podía la buena Virginia sospechar cuán larga y espinosa senda me aguardaba.
Durante todo el año siguiente los ojos de Virginia fulguraron con un brillo más triste que de ordinario. Su voz, que trataba de fingir una alegría que acaso había huido ya para siempre de su corazón, no podía disimular la pena interior que la devoraba. Cuando algún amigo me reprendía por dejarla consumirse entre el trabajo agotador y el apostolado de caridad que se había impuesto con abnegación sublime, solía mi hermana replicar:
— Pero, bendito de Dios: ¿a quién se le ocurre que voy a consentir que Jim se dedique a esas rudas labores ordinarias? Jim es una personalidad.
Cierta vez traje conmigo a casa a otro muchacho vagabundo llamado Eddie Haney. Este sempiterno viandante de los caminos de la miseria y, la aventura, amargado por los golpes de una adversidad inclemente, manifestó sin ambages que tendríamos lo que necesitásemos, aunque le fuese menester apoderarse de ello a viva fuerza. Mi hermana se alarmó al oír aquellas frases,y por la noche, así que Eddie se hubo acostado, me dijo:
— Las cosas no andan derechas, Jim; todos lo sabemos; pero robando no las vamos a enderezar.

Yo, que estaba a punto de declararle guerra sin cuartel a la sociedad y sus leyes, me sentí contenido y sujeto en el instante mismo en que iba a romper el freno. Eddie fraguó un plan delictuoso y me invitó a colaborar en su ejecución; pero yo me negué. A la mañana siguiente publicaban los periódicos su fotografía con el relato del malhadado suceso en que había sido protagonista sin ventura: había caído atravesado el corazón por una bala.
— ¡Pobre muchacho! — exclamó Virginia — ¡caer tan joven en el camino del deshonor y la perdición!
Yo no podía resistir aquel afán de recorrer mundo que se había apoderado de mí. Por otra parte, me deshacía en furiosas invectivas contra una sociedad que no me daba cabida en su seno egoísta. Frisaba entonces en los 21 años.
— Jim — me urgía Virginia — no me hagas sentirme avergonzada de ti. Ya has vagado y holgazaneado bastante. Estos pobres diablos que nos rodean son unos vencidos para cuya derrota definitiva no hay ya remedio posible; pero tu caso es diferente: tú eres joven y fuerte. ¡Deja de ser una carga: hazte un hombre útil!
- Y, poniendo su mano en la mía, añadió:
— Me aseguraste, cuando Tom murió, que podía yo confiar en ti. No he perdido esa confianza; no quiero perderla; ¡no la defraudes, por Dios!
Al ver mi confusión, señal segura de que sus palabras habían removido las fibras sanas de mi ser, se tranquilizó. — Tengo una idea, Jim. Quédate aquí y empieza a escribir con seriedad. Así se apartará tu imaginación de esos caminos que te tientan.
Comencé, en efecto, a escribir una novela corta con los garrapatos de mi torpe escritura. Con gran dificultad pudo Virginia descifrar aquellos revesados jeroglíficos. La oí murmurar entre dientes: «Bien, he aquí el mejor pretexto que se me ha presentado para hacerlo», y el mismo día compró, a plazos por supuesto, una máquina de escribir. Y era de ver y de oír con qué aire y qué voz decía a los que escuchaban el teclear del artefacto: «Jim está trabajando en su novela».
Ella y yo sentíamos una viva y punzante curiosidad por conocer el móvil de cada acción humana; nos apasionaba el estudio y la observación de las gentes. Paladeando a pequeños sorbos sendas tazas de café, pasábamos largas horas al pie de la gitana broncínea, envueltos en el fulgor rojizo de la bombilla, hundiendo despiadadamente nuestro afilado escalpelo en almas y conciencias y tratando de poner al descubierto impulsos, pasiones, propósitos. ¿Por qué había querido Tom quedarse en Méjico? ¿Por qué se había casado nuestra madre con nuestro padre? ¿Por qué había corrido Eddie a una muerte prematura?
La religión de mi hermana era sencilla y pura. No le cabía la más ligera duda de que hubiese Dios, de que nuestra madre estuviese en el Cielo, De de que la Iglesia lograría, al fin y a la postre, resolver todos los conflictos humanos. Cuando se le hablaba de algo que ella no podía comprender, se refugiaba con fe inmutable en un «Dios sabe lo que hace».
Le llevé libros de la biblioteca- pública: novelas de Balzac, de Dostoievsky y de Hardy. Pero la lectura de cada volumen la ponía más acongojada y más triste. Lloraba los infortunios del Tío Goriot y se crispaba de emoción al ver, con Dostoievsky, cómo se extinguía la vela entre la ramera y el asesino. Subía a la horca con Tess y se estremecía de horror cuando, al hundirse la tabla fatal bajo sus pies, daba la trágica zapateta en el aire. Se aficionó a Emerson, Walt Whitman y Lincoln, y hablaba de ellos como de buenos y antiguos amigos de su intimidad.
El primer borrador de mi novela corta tenía la friolera de cien mil palabras compactamente agrupadas en largos y macizos párrafos. Virginia acreditó su heroísmo leyéndose hasta la última letra. Con cortesanía digna de la más aristocrática de las irlandesas me dijo así que hubo llegado al punto final del mamotreto:
— Estoy convencida de que el argumento tiene mucho interés.
Yo, con más sentido de la cruda realidad, argüi
— ¿Pero dónde demontres está el interés que no lo veo?
Ella, que tenía de todo menos de crítica, puso fin a la discusión con estas palabras consoladoras.
— Hombre, pues por ahí en alguna parte.
Pasaron los meses; pasaron los años. Me hice pugilista, fitopatólogo y, por último, repórter. Cuando me despidieron del segundo periódico en que lucí mis habilidades de informador, anuncié a mi hermana mi intención de volver a la existencia trashumante de antaño. Puso el grito en el cielo.
REANUDE mi interrumpida labor en el libro, trabajando en ocasiones hasta veinte horas diarias.
Había yo estado nada menos que once años tratando de aprender aquel complicado y difícil arte de novelar, cuando un buen día cayó en las manos de Virginia una obra de Rupert Hughes que la conmovió profundamente.
— Debieras escribirle, Jim. Comprenderá seguramente tus aspiraciones y esfuerzos. Hay en sus páginas un no sé qué que me hace esperarlo.

Le escribí, pues, una carta a Rupert Hughes. Éste, con singular bondad y deferencia, me ayudó a dar forma a mi desaliñado borrador, y un librero de Nueva York se avino a publicar la obrilla.
Mi triunfo produjo un cambio radical en la vida de Virginia.
— Ya soy alguien — solía decir —; imagínense ustedes: ¡mi hermano es autor de un libro!
Voló, llena de alegría y de orgullo, al pueblo de Ohío en que había transcurrido nuestra niñez y recorrió la calle Spring de un extremo a otro pregonando mis glorias.
Aquellos largos y durísimos años de lucha con la miseria me brindaron el asunto de otra novela. Me propuse escribir la odisea de los vagabundos a quienes había conocido y con quienes había compartido penalidades, estrecheces y riesgos en los días de mi primera mocedad. Le comuniqué a Virginia mi proyecto.
— Haces muy bien, Jim. Sé leal a esos pobres y desgraciados mendicantes de vida.
Le di las gracias por el título tan apropiado y expresivo que me ofrecían sus palabras, y puse manos a la obra. En alas de aquel libro, Mendicantes de Vida, voló mi nombre a los cuatro puntos cardinales. Lo adaptó al teatro Maxwell Anderson rebautizándolo con el nombre Visto por Dentro. Jimmy Cagney hizo , e1 papel del muchacho pelirrojo que soy yo mismo.
Libres ya de apuros económicos por el éxito de mi obra, le prometí a Virginia pagarle un viaje al lugar del planeta que ella quisiera. Escogió a Méjico, y emprendió la larga peregrinación a la tumba de nuestro hermano. Bajo el palio de aquel cielo diáfano, Virginia enderezó enderezó la pobre cruz de madera que marcaba la sepultura de Tom, y permaneció largo rato arrodillada, sin fuerzas para desprenderse de aquella tierra en que yacía su propio corazón.
Me dirigía yo de Hollywood a Nueva York llevando en mi equipaje los originales de un drama que había escrito en colaboración con Frank Dazey —Un Negro, en el cual había de cosechar grandes aplausos el actor Paul Robeson — cuando, al pasar por Chicago, decidí hacer un alto para ver a Virginia. El drama tenía por protagonista a un boxeador negro a quien sus inicuos amigos blancos habían arrebatado aviesamente cuanto tenía, hasta la ilusión de que la mujer de sus amores, una mulata albina, era de raza blanca. La lectura del drama le causó hondísima impresión a Virginia.
Entablamos uno de aquellos largos coloquios en que analizábamos ideas y sentimientos. Al final, le dije a Virginia:
— Algún día, hermanita bien amada, escribiré acerca de ti.
Pareció gustarle la idea, y atravesando la pieza con ágil paso se detuvo junto a la gitana de bronce.
— ¿Qué vas a decir de mí, chiquillo? Aguarda a que yo haya volado allá arriba donde flotan nubes de plata en un mar azul. Pero ándate con mucho cuidado... trátame un poquito mejor que al pobre negro de tu novela.
Y poniéndose de súbito extrañamente seria, concluyó: — Mira que te estaré contemplando desde detrás de una estrella.
Continué viaje a Nueva York. Virginia cayó gravemente enferma pocos días después de mi partida; pero no permitió que se me diese aviso de su estado.
— Bastante tiene el pobre con su drama — dicen que decía.
Se estrenó mi obra. A la mañana siguiente recibí un telegrama anunciándome que Virginia estaba moribunda. Volé a Chicago.
Al oír mi voz, me tendió sus brazos enflaquecidos y me dijo haciendo un gran esfuerzo:
— ¡Hola, Jim, chiquillo! Yo sabía que vendrías.
Aquellos a quienes ella había cuidado con devoción y ternura de madre rodeaban su lecho y la contemplaban, tan impotentes para vencer a la muerte como  impotentes habían sido para conquistar a la vida.
— ¡No es nada, hermanita! — articulé con voz velada por la emoción.
En sus labios exangües se esbozó una sonrisa. Recobró por un minuto su grande corazón el ritmo vigoroso de otros días.
— No es nada; ya me siento bien... no me voy a morir todavía... ¡ahora que mi hermanito es un hombre famoso, vamos!
Cuando ya sus ojos, que el soplo helado de la muerte empezaba a vidriar, no pudieron ver la gitana de bronce cuya fingida llama había de apagarse pronto y por siempre para ella, me pidió que la colocara junto a su lecho.
De la pared, sobre su cabeza empalidecida, colgaba el óleo de las dunas solitarias.
Aquella misma noche expiró.
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST    Mayo de 1941

SORPRESAS EN RUSIA- 1947

 SORPRESAS EN RUSIA- 1947

 Algunos de Los de los problemas humanos que confronta a diario el pueblo ruso
SORPRESAS EN RUSIA
Condensado de «Harper's Magazine»
Por Sam Welles
 Miembrc de la sección de Asuntos Europeos del Departmento de Estado, de los Eslados Unidos desde 1942  hasta 1947. . Corresponsal en Rusia de la revista ,Time - en 1947.
CIERTO individuo que había vivido dos años en Rusia me dijo una vez:
—De las preguntas que solían hacerme cuando regresé, la que siempre me dejaba con la lengua pegada al paladar era ésta: « ¿Qué cosas vio usted en Rusia que no esperaba ver antes de ir?» No podía recordar una sola cosa que me hubiese sorprendido.
En cambio yo estuve diez semanas en aquel país y pasé de sorpresa en sorpresa. Lo primero fue lo que observé cuando nuestro avión cruzó la frontera rusa: la falta de movimiento. Rusia es estática. Cuando se vuela sobre los Estados Unidos, aunque sea sobre zonas montañosas o áridas, se ven ferrocarriles y carreteras pavimentadas. Entramos en Rusia volando a 450 metros de altura. Estaba claro y vi hombres que caminaban por las carreteras. Pero en los 800 kilómetros que hay hasta las afueras de Moscú vi solamente dos trenes. No se veía un solo vehículo de motor, ni siquiera en ciudades como Vilna y Vitebsk.
En el vuelo de Stalingrado a Moscú —una distancia como 960 kilómetros—nos mantuvimos casi constantemente a una altura de 3o metros. El piloto quiso que el pasajero norteamericano «viese a Rusia» y así me lo hizo decir. Vi las terribles heridas de la guerra; las trincheras todavía abiertas zigzagueando en la campiña; los tanques quemados y cubiertos de herrumbre pardo-rojiza en las vastas extensiones verdes de trigo invernal. Vi dos señales constantemente repetidas de que estábamos en la Rusia Soviética: iglesias ruinosas con los tejados hundidos y grandes trojes colectivas. Las trojes dominaban allí las aldeas como los elevadores de grano en ciertas zonas rurales de otros países. Pero en todos los 960 kilómetros densamente poblados no vi, hasta llegar a las inmediaciones de Moscú, más que dos trenes y una carretera pavimentada sin un solo automóvil ni camión.
En Rusia casi no hay trasporte motorizado. Saliendo de las principales ciudades no se pueden recorrer en automóvil sino distancias relativamente pequeñas. Yo me alejé unos 150 kilómetros de Moscui y menos de Leningrado y Stalingrado. Las carreteras son malas y están llenas de altibajos. Varias veces me quedé atascado en el barro. Conocí a un inglés que tuvo el valor de recorrer los 800 kilómetros desde Minsk hasta Moscú. Su automóvil,quedó poco menos que inútil. En todo el recorrido no vio sino otros cinco automóviles hasta que se acercó a la capital. Para un país de 22.000.000 de kilómetros cuadrados el plan quinquenal de ahora proyecta solamente 11.500 kilómetros de nuevos caminos... menos del total que tiene el estado de Connecticut.
Desde la guerra Stalin viene diciendo que Rusia necesita cuadruplicar los 85.000 kilómetros de ferrocarriles que actualmente posee, cifra que aún sería inferior a la de las vías ferroviarias estadounidenses. Pero el plan quinquenal proyecta solamente 7.200 kilómetros de nuevos caminos de hierro para 1950. El plan proyecta aumentar trasportes por ríos y canales hasta 50.000 millones de toneladas-milla para 1950. Si se logra este aumento, las vías de agua interiores del Soviet habrán igualado por primera vez la cantidad de artículos trasportados por ese medio bajo el régimen de los zares. La marina mercante exterior de Rusia esrelativamente pequeña y los nazis destruyeron o averiaron las cuatro ciudades soviéticas donde se construían buques.
El sistema de comunicación ruso es tan deficiente como los trasportes; el correo y el telégrafo son lentos e inseguros y pocos rusos tienen teléfono. Un funcionario soviético me decía: «Para lo único que sirve el ~teléfono es para concertar citas brevemente. Cuando se sostiene una conversación es muy difícil de oír.»
Otra de las cosas que me sorprendieron fue el despilfarro que hay en ciertos órdenes de la vida soviética. Por ejemplo: una característica sobresaliente es la cantidad de gente que se necesita para hacer cualquier cosa. Ello se debe en parte al miedo  que en Rusia parece algunas veces patológico. Todos los sitios concebibles e inconcebibles están custodiados. El tren en que fui de Leningrado a Finlandia hizo alto cuatro veces en la zona fronteriza y más de un centenar de policías montaron guardia en cada parada en torno a aquel tren de tres vagones, no obstante haber sido previamente sometido a minucioso registro. En un país tan alarmantemente escaso de mano de obra como Rusia, esto resulta casi monstruoso.
Otra forma de despilfarro es la ineficiencia humana inevitable donde existe la más grande y pesada burocracia del mundo. No me refiero especialmente a los diez o quince millones de rusos que viven en los campamentos de trabajadores esclavos, aunque esta clase de trabajo merme en grado igualmente lamentable la fuerza productiva y la felicidad humana. Me refiero al ruso de tipo medio y a su mujer que necesitan emplear casi todas sus energías solamente para subsistir.
Existen poquísimos artículos de consumo para estas pobres gentes abrumadas de trabajo; y los pocos que existen son terriblemente malos. Las mujeres de otros países no se pondrían cuando hacen la limpieza general de sus casas vestidos como los que yo vi llevar a muchas espectadoras en la galería principal del Teatro lkolshol—el gran coliseo de la ópera en Kusia. Krocodil, la única revista humorísi ica de un país donde el humor tiene que ser oficial, publica chistes sobre la mala calidad de los artículos con tal regularidad que por fuerza el Kremlin debe de estar tratando de hacer que los rusos tomen a risa sus desventuras en este particular. por ejemplo, una caricatura de Krocodil muestra a dos alpinistas atados uno a otro y escalando una montaña. Uno de ellos dice a su compañero:
— ¿Te da miedo el precipicio? 
--No—contesta el otro—Me da miedo la cuerda. Fue hecha en mi fábrica.
  Están los rusos tan escasos de todo que el catálogo de una casa estadounidense que vende por correo les parece cosa mágica, algo así como la lámpara de Aladino. Un ejemplar viejo de la revista Vogue se vendió en 125 dólares porque los vestidos de sus ilustraciones eran infinitamente superiores a todo lo que se produce en Rusia. Cierta señora norteamericana enseñó seis ejemplares de Vogue a un grupo de mujeres rusas. Preguntáronle éstas cuál era el ejemplar del último año porque deseaban conocer las nuevas modas. Ellas les explicó que todos eran del mismo año pues Vogue se publicaba dos veces al Mes. Las rusas no quisieron creerle. «Sería imposible--declaró una de ellas—para cualquier país publicar revista tan extraordinaria más de una vez al año.»
 Conocí a un ruso que debía de ser persona importante puesto que la ciudad de Siberia donde habitaba lo había enviado a Moscú en misión de comprador. El Hombre tenía los pies envueltos en trapos Porque el día siguiente a su llegada le habían robado los zapatos en unos baños públicos y no podía permitirse el lujo de comprarse otro par.
El subdirector de cierto hotel de Moscú se acercó un día a un matrimonio extranjero hospedado allí para hacerle esta súplica: « ¿Tendría la señora inconveniente en ser más equitativa con las cosas que desecha? » Resultó que una camarera limpiaba el cuarto de baño y otra la alcoba. Las propinas que más codiciaban ambas camareras eran los restos que iban a parar en los cestos de la basura. El matrimonio extranjero tenía la costumbre de tirar las botellas vacías, las sobras de comida, las colillas, etc., al cesto del cuarto de baño—y la otra camarera se había quejado de desigualdad. Después de la súplica el matrimonio distribuyó estos favores equitativamente.
Visité un mercado donde los agricultores de las granjas colectivas vendían artículos alimenticios cosechados en sus pequeñas parcelas particulares. Los habitantes de la ciudad formaban cola en la senda que conducía a los puestos y vendían algunos objetos de su propiedad—cepillos de dientes usados, zapatones de niño, bombillas eléctricas, horquillas para el cabello—con objeto de sacar dinero para comprar cosas de comer. Una endeble mujer de cabeza cana brindaba una almohada sucia. Alguien le preguntó el precio cuando yo pasaba a su lado. «Dieciocho dólares»—contestó. Con esa cantidad escasamente podría comprar un kilo de mantequilla.
Casi toda la ciudad de Moscú es una especie de barrio bajo donde las gentes viven amontonadas y cuyas calles y aceras no se han reparado desde la revolución. Estas zonas están llenas de basura. Los servicios urbanos pueden calificarse de terribles si se les compara con el término medio norteamericano. El servicio de trasporte es lento y está congestionado hasta el límite; a veces toma dos horas recorrer unos pocos kilómetros. Moscú tiene millares de casas de troncos a veces apiñadas en media hectárea de terreno junto a un edificio de apartamientos de diez pisos. En la capital de Rusia salta a la vista el contraste entre algunas cosas chillonas para los elegidos y casi nada para las masas.
El pueblo es la cosa más impresionante que vi en Rusia. Nadie que haya presenciado el desfile del Primero de Mayo en Moscú puede menospreciar el poder de Rusia. Permanecí parado en un sitio y vi pasar un millón de gentes. He visto las multitudes del Día de la Bastilla en París y las de la Semana Santa en Roma. He presenciado el desfile de la coronación en Londres. Todo ello resulta pálido comparado con el Primero de Mayo en Moscú.
No me refiero a la parte militar del desfile. Ni tampoco a la presencia de Stalin y otros miembros del Polit:buro en la tribuna de revistas más alta que la tumba de Lenin. Esto último me interesó por la densa formación de policías uniformados que cubrían los cuatro lados de la tumba y eran relevados cada media hora. Antes que se le permitiera al pueblo entrar en la Plaza Roja otras filas de soldados y policías secretos formados hombro con hombro fueron estacionados de tal modo que podían dominar constantemente a la multitud en todas direcciones.
Durante semanas había visto columnas de paisanos ensayando la parte que les correspondía en la manifestación «espontánea» del pueblo. Este detalle y la numerosa guardia me infundieron cierto escepticismo acerca de la participación del «pueblo» en la ceremonia antes que empezase.
Pero no hay nada que lo prepare a uno para la arrolladora masa de humanidad que constituye el desfile. La inmensa marea creciente de hombres, mujeres y niños fluye hora tras hora sin claros ni pausas.
Se ven infinitos retratos de Stalin, y el Politburo; infinitas banderas rojas; infinitos pendones y estandartes de fábricas, clubes, talleres y organizaciones. A intervalos regulares el altavoz invita a los que están en la plaza a dar un viva a Stalin. Los que se encuentran frente a la tumba contestan siempre a la invitación, pero nunca se oye un solo clamor de toda la muchedumbre que llena la plaza.
Al fin aquel río humano cesa de fluir. Es Rusia la que ha pasado en lo que tiene de más fuerte: su paciente, flexible y poco menos que incansable pueblo capaz, de compensar casi todas las brutalidades y errores de sus amos. No es probable que mis ojos vean otra procesión que tenga la fuerza, la grandiosidad o el esplendor de este millón de harapientos.
Desde que regresé de Rusia he pensado con frecuencia en una inspectora de la frontera que, al saber mis propósitos de escribir sobre mi visita, me pidió que «escribiese con el corazón.» Si hubiese podido contestar entonces le habría dicho;
Recordaré la terrible destrucción de su país y los rostros pálidos de los niños. Recordaré que ustedes anhelan paz... y muchas otras cosas además de paz. Libertad, por ejemplo... libertad de movimiento dentro de la patria y en el extranjero.
Recordaré al mozo campesino que nació el año de la colectivización de las granjas. Cuando le dije que yo poseía una granja en mi país me contestó: «Me gustaría tener granja propia. Si la trabajaba bien, sacaría algo de ella. Si lo hacía mal, sólo yo sufriría las consecuencias. En ambos casos sería yo quien decidiera.» Recordaré al intelectual soviético a quien cité las palabras del mozo campesino. Su comentario fue el siguiente: «Ahora podemos decirlo en raras ocasiones. Pero los rusos se parecen a los norteamericanos más de lo que usted cree.
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST ENERO DE 1949

CÓMO SE BATEN LOS FRANCESES-Guerra de Corea-

 

. El espíritu de Verdunrevive en Corea

CÓMO SE BATEN LOS FRANCESES

Condensado de "The Saturday Evening Post"                  Por Harold M. Martin

 SELECCIONES DEL READER,S DIGEST
Octubre de 1951
En una de de las alturas que dominan a Wonju, el coronel Paul L. Freeman, comandante del regimien­to de infantería No. 23, se hallaba de pie sondeando la oscuridad de la noche. Hacia el norte y el oeste, colillas y montañas. Más allá de estas barreras, según informes del ser­vicio de espionaje, un ejército de 80.000 enemigos se disponía al ata­que. Freeman no contaba con tantas fuerrzas. A su rededor st, hallaban tendidas unidades de dos regimien­tos, el 38 con su cuerpo de holan­deses fornidos y el 23 con su bata­llón de franceses.

Ninguna luz ni sonido alguno denunclaban el hecho de que cinco  batallones se ocultaban tendidos de­trás de la serranía. Todo silencio y oscuridad . . . salvo en el sector de los franceses donde las llamas de las numerosas• fogatas danzaban alegre­mente al compás de los cantos y las risas.

Renegando en voz baja, Freeman dió vuelta coléricamente a la manija del teléfono.
_Aló en el otro extremo una amable voz francesa.
 --¡Ordene a su gente que apague esas hogueras!—rugió el coronel.  
—Pero,mon colonel,non son fogatas pequeñas...

—¡Pequeñas o grandes, hágalas apagar! ¡Ya ustedes han denunciado su posición a todos los rojos en cien klómetros a la redonda!

Después de una pausala voz lejana respondió   vivamente:

—¡Ah! mon,, colonel, pero si ellos saben dónde estamos vendran a atacarnos. Entonces los mataremos. Los franceses son guerreros despreocupados mientras no se rompe el fuego. Su disciplina en marcha es abominable. Con sus negras boinas garbosamente inclinadas van por los  caminos como caravanas de gitanos. Cuando sus camiones pasan a gran velocidad las curvas de las monta­ñas van dejando caer parte del equi­paje, y cuando están de humor de­tienen todo el convoy en medio de la carretera, hacen café, cantan y obstruyen el tránsito.

Sin embargo, figuran entre los mejores hombres de pelea que se han visto en la guerra. Los norte­americanos luchan tozudamente, y a veces con entusiasmo salvaje. Los franceses pelean con ardor, con de­leite, con temeraria alegría; las pe­nalidades y la tensión del combate continuo las soportan con extraor­dinaria firmeza de ánimo.

El soldado norteamericano detes­ta encovarse: excava superficialmen­te un hueco donde apenas cabe y se acuclilla allí, desalentado y transido de frío. El francés se mete en la tie­rra como una zorra. Abre un hoyo donde le quepa el cuerpo, y va luego ahondándolo y ensanchándolo. Ex­cava así una cámara subterránea de amplitud suficiente para acostarse cómodamente y extiende en el suelo una gruesa alfombra de paja de arroz. En una de las paredes latera­les abre una especie de anaquel don­de pone ordenadamente sus grana­das y su munición. Más abajo abre otra abertura lateral para una ho­guera pequeña que le calienta su cueva en forma de botija y donde co­cina sus comidas. Coloca en la parte superior un poncho con un tubo de cartón procedente de la envoltura de las granadas, el cual le sirve de chimenea. Bien acomodado en esta conejera, toma las cosas con calma.

Cuando las hordas del enemigo descienden sobre él gritando en un ataque nocturno, no sale precipita­damente de su agujero y corre, ni dispara atolondrado y confuso ; es­pera firmemente hasta tener al ene­migo casi encima, y entonces se suelta a disparar con fuego mortí­fero hasta que rechaza a los chinos o hasta que éstos lo dominan. En tan terrible situación pelea sin desmayar usando la bayoneta o la culata del fusil, o con piedras, a puñetazos, a patadas y a mordiscos.

Su disciplina en el combate es tan rígida como laxa la del vivac. Si se le ordena atacar, sale de la tierra y carga como impulsado por un resor­te. Los oficiales de inferior gradua­ción se atan al rededor de la cabeza bandas de seda roja de paracaídas cuando dirigen uno de esos ataques, a fin de que sus soldados los reco­nozcan en cualquier momento. Los chinos notan también esas bandas rojas y les apuntan de preferencia.

Cuando el soldado francés no está seguro de dende se hallan apos­lados los fusileros enemigos, camina por la cumbre de los cerros que for­mal la línea de modo que su silueta se destaque sobre el horizonte, hasta que el enemigo no puede resistir más el deseo dé dispararle, con lo cual revela su posición. Si se trata de un perímetro largo y el batallón tiene que atender a la defensa de va­rios cerros, la tropa francesa cocina, come y conversa a campo abierto en todos hasta que llega la noche. Entonces se retira con gran cautela a un cerro que domina a los demás y desde allí lanza un mortífero fue­go de flanco sobre el enemigo cuan­do éste ataca los otros cerros vacíos.   Los chinos suelen tocar sus corne­tas antes del ataque para aterrar al enemigo. En el feroz asedio de Chipyong-ni, cuando las trompetas chinas empezaron a tocar, los fran­ceses contestaron festivamente ha­ciendo bramar una sirena que se ha­bían encontrado y cuyo estridor aterraba de veras. En cierta batalla, cuando empezó i llegar una feroz gritería del lado donde estaba un batallón francés, el oficial encargado de las operaciones regimentales llamó para preguntar ansiosamente: 
«¿ Están ustedes su­friendo un ataque banzai?» «No, mon ami,» contestó el teniente coro­nel de Cockborne, jefe del estado mayor francés, «somos nosotros quie­nes estamos haciendo el banzai.»

En materia de recompensas por actos de valor, las unidades norte­americanas dan informes completos sobre la manera cómo un individuo ha realizado una hazaña. Pasada la batalla de Wonju, en la cual los franceses se portaron gallardamente, se les pidieron los nombres de los individuos merecedores de especial galardón. Los datos que mandaron eran por este estilo:

«Teniente coronel Guy Le Merle de Beaufond—oficial de sangre fría y de gran audacia.»

«Cabo segundo, Paul Pouirson ­soldado agresivo de notable valor.»
 La recomendación más elocuente, tratándose de un soldado raso, dice así: «Herido cuatro veces y aunque no podía ir cuando se lo ordenó, fue.»

Los franceses han traído a esta torva guerra sórdida una despre­ocupación gentil, un sentimiento de beau geste, casi un toque de caba­llerosidad. Abundan entre ellos los caracteres pintorescos. Por ejemplo, el teniente coronel André Brunei, médico del batallón, es pintor y filósofo. En lo más rudo de un com­bate suele encontrársele de pie en una altura, trasportando al papel sus impresiones de la escena.

«¡Ah!—dirá bosquejando rápida­mente en tanto que caen del aire so­bre los arrozales paracaídas multi­colores—las bellas flores que yacen sobre el cieno.»

Todos los franceses dan descripciones vivaces, con gestos y palabras, de lo sucedido, después que ha pasa­do una acción. Pero los norteameri­canos se divierten especialmente cuando Le Mire, comandante tácti­co del batallón, de un informe ver­bal.

«Los chinos venían bajando por la vía del ferrocarril sin sospechar nada,» dice el comandante trotando de un lado a otro de la tienda de campaña como los chinos que iban confiadamente por la vía. «Nosotros esperábamos en el más absoluto si­lencio. (Y el comandante se acucli­lla tenso, en la actitud del que mane­ja una ametralladora y está viendo acercarse al enemigo.) «Entonces, llegado el momento preciso, se dio la orden de fuego. Les mitrailleuses —ta-ta-ta-ta-ta. Les inortiers— bum­bum! Les fusils—¡Pau-pau-pau!» En este punto el comandante se in­corpora, mira al cielo y estalla entu­siasmado: «Pff!*Merveilleíux! Tous les Chinois son í morts!»

De vez en cuando, el recuerdo de antiguas batallas, que sostiene al francés espiritualmente, es reforzado por la reminiscencia de viejas tácti­cas que cuadran a una situación es­pecial. En el sitio de Chipyong-ni, el teniente Leroux, oficial del estado mayor, dio una orden que tal vez no se había oído en medio de la batalla desde los días de Napoleón. Una patrulla francesa se hallaba en peligro de verse arrojada de sus posiciones por los chinos que se acercaban en masa, cuando Leroux acudió en su apoyo con diez soldados de infante­ría.

Dándose cuenta en sreguida de que el fuego graneado de los diez sería ineficaz contra un enemigo tan nu­meroso, el teniente gritó: «Feu de salve! (Descarga cerrada) A mon commandement! Un, deux, trois. Feu!» Los diez fusiles tronaron co­mo uno solo, y a la tercera descarga los chinos huyeron creyendo que se les estaba atacando con un arma nueva. 
El entusiasmo del batallón francés por la guerra procede de la naturaleza de quienes lo forman. To­dos ellos son voluntarios; inas-o menos la mitad son soldados profesionales sacados de guarniciones francesas de diferentes partes del mundo: Africa, Indochina, Mada­gascar. Los soldados de línea han ido a Corea sencillamente porque su oficio es pelear, y los oficiales porque en Corea esperan hacer un curso superior de métodos que po­drán usar en cualquiera otra parte cuando haya pasado la guerra en esa península.

La otra mitad del batallón se com­pone de hombres que creyeron deber suyo abandonar su tarea para ir, a través de medio mundo, a luchar contra el peligro comunista.

Todos están bajo el mando de una de las figuras militares más nota­bles de esta época: el general Ma­grin-Vernerey, ex inspector general de la Legión Extranjera, quien renunció a las cuatro estrellas de su rango para ir a Corea a luchar con el grado y nombre de teniente coronel Ralph Monclar. Tal fue el nombre que asumió cuando en su carácter de francés libre dirigió las sorpresas contra los alemanes que ocupaban a Noruega. Con 59 años a sus espaldas y baldado por siete he­ridas que recibió en la primera gue­rra mundial, el veterano y valeroso legionario sirve como una especie de super-comandante y padre de sus tropas.

Durante las batallas puede verse al viejo soldado cojeando de aquí  para allá apoyado en su bastón, con los anteojos de armadura de acero en la punta de la nariz, la negra boina que no alcanza a taparle la cicatriz sobre la oreja izquierda; de  vez en cuando se detiene a conversar jovialmnente con los soldados de las trincheras avanzadas. Después de un combate en que ha habido gran confusión recorre las estaciones dle auxi­lio en busca de los suyos. Con su nariz corva v sus ojos ligeramente saltones que le dan el aspecto de una tortuga afable, va metiendo la cabe­za en las tiendas-hospitales para averiguar si hay allí franceses heri­dos. Da a cada cual una palmadita en el hombro y le dice: «Todo va bien mon enfant, todo va bien.» ENseguida, enderezando el cuerpo, hace Sonar los talones y sa­Iuda a los heridos, uno por uno.

Cierta noche tranquila, cuando los cansados oficiales del regimiento c,uando estaban sentados en círculo madiciendo el destino que los había llevado a pelear en esta guerra al parecer sin esperanza, en una tierra dejada de la mano de Dios, alguno le preguntó a Mondar qué pensaba él al respecto.
—Caballeros—contestó—tengo un hijo joven. Cuando yo muera no le dejaré nada de valor material, pero sí heredará de mí  una gran tradi­ción. Podrá decir con orgullo que su padre mande las primeras tropas fraqncesas que lucharon al servicio dle las Naciones Unidas. Fa una buena Causa, una causa digna de morir por ella. Caballeros, mandar las fuerzas dle Francia en el primer gran ejército internacional en guerra contra la maldad es el honor más grande que he conocido nunca.
Se levantó, saludó y se alejó cojeando. Nadie, durante un buen ra­to, acertó a decir una palabra.