domingo, 2 de julio de 2023

TESORO DE PALABRAS

 TESORO DE PALABRAS EN TIEMPO DE PÉRDIDA.

 A través del tiempo, estas palabras son las que perduran y hacen fuerte nuestras almas, ante las tormentas de la  vida, porque sabemos que fueron expresadas , sin lugar a dudas, con verdadera sinceridad .  Recuerdo de palabras  de aprecio de un noble corazón ( Fallecimiento de Padre)



 



sábado, 1 de julio de 2023

"EL SALVAJE OESTE"- EL ASALTO QUE LE FALLÓ A JESSE JAMES

 Siete intensos minutos bastaron a los hijos de una aldea norteamericana para conquistar puesto en Ja leyenda.

EL ASALTO QUE LE FALLÓ A JESSE JAMES

Por Stewart H

Condensado de “the American Mercury”

El 7 de setiembre de 1876 , el ameno y pintoresco pueblo de North­field, del estado de Minnesota, se halla plácidamente hundido en la modorra de un típico mediodía de fines del verano. El canto de las chicharras tiene la melan­colía de una despedida a los días de sol. Tenues ondas de calor estremecen el aire en torno de los molinos y aserraderos del Río Cannon.

En el bochorno de la hora, cinco ji­netes forasteros, que llevan largos guarda­polvos de lienzo, se han detenido a al­morzar en un restaurante del oeste del pueblo. Reparadas las fuerzas, tres de ellos cabalgan de nuevo, cruzan el puen­te, desmontan frente al First National Bank, y se encaminan con paso perezoso hacia la próxima esquina donde hacen asiento de las cajas de mercancías que hay delante de la tienda de Lee y Hitchcock. Esos tres forasteros son Charlie Puts, Bob Younger y Jesse James, el más céle­bre de los bandoleros contemporáneos.

Justamente antes de las dos de la tarde, otros dos jinetes—Cole Younger y Clel Miller—asoman por el, lado sur, cabal­gando en dirección al First National Bank, en el cual entran ahora los tres que han estado aguardando sentados en las ca­jas. Una vez frente al Banco, Miller echa pie a tierra y cierra la puerta del estable- cimiento. Cole Younger, se.desmonta también y finge ocuparse en arreglar la cincha de su cabalgadura.

En este punto, 1 S. Allen, dueño de la ferretería de la vuelta de la esquina, se dirige al Banco a depositar unos fondos. Antes que llegue a la puerta, lo agarra Miller, diciéndole:

—¡Quieto ahí!

Allen, que es hombre de gran presen­cia dé ánimo, se desase del bandolero y echa a correr hacia su ferretería gritando:

—¡Ármense, muchachos, que roban el Banco!

Clel Miller y Cole Younger montan precipitadamente en sus caballos y empie­zan a galopar de extremo a extremo de la calle atronando el aire con sus gritos y disparando contra todo lo que se mueve. De repente, como brotados de la tierra, se les unen tres jinetes más—Frank James, Bill Stiles y Jim Younger—que los secundan en sus gritos y disparos.

La calle, antes tan soñolienta, es ahora un hervidero. Huyen sorprendidos veci­nos buscando donde guarecerse. Saltan hechos añicos los cristales de las ventanas. Rebotan en las paredes las balas que silban en su mortífera trayectoria. Nicholas Gustavson, un inmigrante sueco, cae por tierra: un proyectil lo ha herido cerca del corazón.

El capitán French, administrador de correos, busca inútilmente un arma. Al fin, a falta de cosa mejor, empieza a lanzar contra los bandidos, que empuñan un revólver en cada mano, las piedras que re­cogió en una callejuela vecina. Esta artillería neolítica no tarda en verse reforzada por la del vecino Elías Hobbs y el juez Streater, que han acudido a secundar al capitán.

Entre tanto, los tres bandoleros que entraron en el Banco hallan al personal del establecimiento muy poco dispuesto a llevarles la idea. No bien pusieron los pies allí, Bunker, uno de los pagadores, adelantose hacia los intrusos haciendo frente a los cañones de los revólveres con que lo amenazaban.

— ~Es usted el cajero?-pregunta uno de los asaltantes.

—¡No!—responde Bunker en tono que está diciendo que será inútil dirigirle nuevas preguntas.

Uno de los revólveres amenaza ahora a Joseph Heywood, tenedor de libros, en­cargado de la caja.

—¿Es usted el cajero?

—¡No!

*Igual pregunta, repetida en la misma forma amenazadora, a Wilcox, ayudante del tenedor de libros, recibe negativa no menos rotunda. Los ladrones están desconcertados ante caso tan imprevisto. Pero la creciente gritería que llega de la calle los espolea a proceder sin más tar­danza. Escalan la rejilla, prontos a disparar.

—¡Abra ahora mismo esa caja!—inti­ma uno de ellos a Heywood.

—No puedo. La cerradura es de tiem­po.

El ladrón derriba a Heywood golpeán­dolo brutalmente en la cabeza con la cu­lata del revólver. En seguida se dirige a Wilcox y Bunker los cuales se acogen también al expediente de asegurar que la cerradura es de tiempo. A una orden del ladrón ambos caen de rodillas. Pero Bunker, al primer descuido, se arriesga a jugar el todo por el todo. Levantándose de improviso, huye por el despacho del gerente en busca de la puerta falsa del Banco. Uno de los ladrones se lanza en su seguimiento haciendo fuego. El tercer disparo hiere en el hombro derecho al fugitivo, que, sin embargo, logra ganar la calle mientras su perseguidor retrocede para ir a reunirse con sus otros dos Com­pañeros.

Notando que el tumulto y los disparos aumentan en la calle de modo alarmante, los tres bandoleros optan por huir. Antes de abandonar el Banco, uno de ellos comete la inútil y villana crueldad de acri­billarle a Heywood la cabeza a balazos.

Mal les ha ido a los bandoleros en el combate de la calle. El joven H. M. Wheeler, al cual hallaron los aconteci­mientos sentado a la puerta de la botica de su padre, frontera del First National Bank, no perdió la cabeza, ni tampoco el tiempo. Echando a correr al contiguo Hotel de Dampier, apostose allí en una ventana del segundo piso, listo a valerse de una antigua carabina. que había cogido al paso.

Allen, el dueño de la ferretería, empe­zó a repartir, no bien vuelto a su tienda, escopetas y municiones. En un santia­mén, cuatro vecinos salieron de allí bien armados y se encaminaron veloces hacia el Banco, listos a entrar en acción.

El combate fue rápido y decisivo. En momentos en que Clel Miller monta a caballo, uno de los cuatro vecinos le hace fuego. El bandolero recibe la perdigona­da en mitad de la cara. Aunque cegado por la sangre logra tenerse en la silla. Pero el joven Wheeler dispara por dos veces desDe la ventana del hotel. A la segunda cae Clel Miller para no levan­tarse más.

Acude ahora al teatro de la lucha A. R. Manning, dueño de otra ferretería. Unas barbas dignas de Moisés le bajan hasta la mitad del pecho. Lleva en la mano excelente fusil de retrocarga. Después de derribar el caballo que monta uno de los bandoleros, se ampara detrás de una esquina para volver a cargar el arma, con la cual hiere gravemente a Cole Younger; torna a ponerse a cubierto, mientras carga,otra vez, y hace blanco en Bill Stiles, que recibe una bala en el corazón.

C,uando los tres asaltantes que estaban en el Banco se precipitan a la calle, los saluda una granizada de balas, perdigones y piedras. ¡Es hora de huir de North­field, y sin perder un segundo!

Así lo entienden los seis bandoleros que aún quedan con vida, de los cuales hay dos gravemente heridos. El combate ha durado siete minutos. Los fondos del First National Bank están intactos.

Cesó ya el peligro, pero no la conmo­ción ocasionada por el extraordinario   su- ceso. La oficina de telégrafos de North­field trasmite sin descanso noticias del acontecimiento más sensacional que ha­brá en la historia del pueblo, y hasta en la de todo el condado de Rice a que per­tenece. En la extensión entera del sur de Minnesota tanto los habitantes de las po­blaciones como los del campo dejan de mano sus quehaceres y acuden a formar partidas para perseguir a los ladrones. Aunque el número de jinetes así reunidos pasa de mil, los seis malhechores logran burlarlos internándose a pie en los Gran­de's Bosques.

Dos semanas después, el joven noruego Oscar Suborn, gañán de una granja, vio a cuatro de los fugitivos, en persecución de los cuales salió una partida de gente resuelta que no tardó en acorralarlos entre el Río Watonwan y unos riscos inaccesi­bles. Charlie Pitts murió en la refriega. Los tres hermanos Younger cayeron he­ridos y pasaron presos a Faribault.

Sólo dos de la cuadrilla eludían aún el brazo de la justicia: Frank y Jesse James. Separándose de sus cómplices, habían huido noche y día, en caballos robados. El 17 de setiembre llegaron a lo que hoy es la Dakota del Sur. Como a Frank se le había agravado la herida que recibió en un pie durante el combate de North­field, secuestraron a un médico, el doctor Sidney Moshier, al cual obligaron a curar y vendar al herido. Logrado esto fueron derecho a ocultarse en Misurí, su tierra natal.

Sentenciados a largos años de presidio, los hermanos Younger pasaron a la peni­tenciaría de Stillwater, en el estado de Minnesota. Bob murió en 1889, antes de acabar de cumplir la condena.. A Jim y Cole los pusieron en libertad condicional en igoi. El primero se suicidó.'En 1903 indultaron a Cole. Años después, trabajó en compañía de Frank Jarhes en un circo que daba representaciones de escenas de la vida del Oeste de los Estados Unidos. Falleció el 21 de marzo de 1916, en su cama.

Jesse James murió en 1882, a manos de uno de los de su cuadrilla. Frank vivióhasta bien entrado el presente siglo. Mu­rió de muerte natural. Después del frustrado asalto a North­field, la célebre cuadrilla de los James se mantuvo virtualmente alejada de los Bancos. En 1879, asaltó un tren; en 1881, repitió dos hazañas del Northfield fue para esos bandoleros un desastre que no olvidaron nunca.mismo género. Pero, por lo general, más se cuidó de esconderse que de cometer nuevas tro­pelías.

PERDIÓ LOS 12 PAVOS POR AMBICIOSO

 POR UNA PREGUNTA

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST

Mayo 1948

(Condensado de
«This Week Magazine »)

Por Jonathan Daniels

LAS salas y consultorios del hos­pital de la Universidad Duke de la Caro­lina del Norte, están siempre llenos de gente de toda clase. No hay región del estado que no envíe enfermos a la famosa institución, que es no sólo, en parte, mo­numento que honra la memoria de un hombre meritorio, sino también centro que imparte beneficio a todo un pueblo. Dícese que este hospital debe su origen a la pregunta cándida y patética de un niño afligido.

James Buchanan Duke, tras acumular una gran fortuna en el negocio del taba­co, se había consagrado al de la fuerza motriz hidráulica. Su coche ferroviario privado se estacionaba a menudo en apar­taderos de villorrios en cuyas cercanías había aguas prometedoras para la produc­ción de fuerza motriz. En su traje y su traza, Duke era el millonario proverbial; a dar esta impresión contribuían la defe­rencia y acatamiento con que lo trataban sus secretarios y los ingenieros que viaja­ban con él.

La gente de las aldeas le tenía profunda reverencia y se agolpaba a mirarlo, con la curiosidad y la satisfacción con que se mira a los hombres extraordinarios. Entre sus admiradores había un chiquillo que lo seguía por todas partes y escucha­ba sus preguntas, sus órdenes y sus deci­siones. Al fin, un día el chico se abalanzó hacia Duke, se le plantó en frente, y le hizo su gran pregunta:

—Dígame, señor, ¿usted sabe curar las enfermedades del corazón?

Los secretarios y los ingenieros de Du­ke se echaron a reír; pero él los reprendió enfadado. El niño había despertado su in­terés; había hecho al hombre cuyo dinero podía subyugar los ríos una pregunta análoga a la que hace mucho tiempo ha puso a prueba el poder del rey Canuto.

Duke interrogó al chico. Por él supo que su padre sufría del corazón, y que a causa de eso su numerosa familia vivía en lastimosa pobreza. Dicen que Duke dio al punto órdenes para que se asistiese al hombre en lo posible, y que cuando partió en su coche estaba muy preocupado.

La pregunta de aquel chico es parte del hospital. Todo poder tiene límites. Pero tanto un niño como un millonario pueden buscar cuanto esté dentro de los límites de su poder, y el hospital Dulce es testigo de lo que logran cuando lo buscan juntos.

GANANCIAS ILUSORIAS

HACE algunos años dedicaba yo bastante tiempo a realizar operaciones de especulación en la bolsa de valores; pero no salí mal librado, lo que atribuyo a la circunstancia de haber recordado constantemente la anécdota oída de labios de mi tío, sobre lo que le aconteció con una trampa de su invención para cazar pavos salvajes:

Consistía el artificio en una gran caja cuadrada de madera como de dos metros por lado, uno de cuyos bordes se mantenía elevado del suelo descansando sobre un palo apoyado en tierra. Una larga cuerda atada al palo se extendía hasta los matorrales inmediatos, donde permanecía oculto y al acecho mi tío. Al tirar de la cuerda, quedaban atrapados los pavos que se hubieran metido debajo de la caja. Regueros de maíz iban conduciendo a los hambrientos animalejos hasta la trampa, en ta cual, directamente debajo de la caja, hallaban los más glotones una riquísima provisión de meollos.

Un día en que mi tío aguardaba como de costumbre, se aproximó una ban­dada de doce pavos. Once de ellos se metieron en la trampa.

—Un momento de paciencia—pensó mi tío—y el duodécimo entrará a hacerles compañía. Así no perderé uno solo.

Pero mientras esperaba, tres de los once que estaban en la trampa se salieron. Se arrepintió entonces de no haberse contentado con los once. En fin, resolvió que en cuanto volviera a entrar uno siquiera de los tres escapados, tiraría de la cuerda. Pero lo que ocurrió fue que se salieron otros cinco, dejando sólo tres aves debajo del cajón. Esperando un poco más, se dijo el cazador, podría estar seguro de atrapar siquiera dos o tres más que regresarían sin duda porque aún quedaba mucho meollo de maíz. Sin embargo, otros dos pavos resolvieron sa­lirse. Ya no quedaba sino uno en la trampa. Mientras mi tío pensaba qué era lo que más le convenía hacer, el último animal se escapó del cajón y en com­pañía de los demás tomó las de Villadiego... ¡Los once pavos que pudo haber atrapado mi tío no fueron sino ilusoria ganancia!

Fred C. Kelly