Siete intensos minutos bastaron a los
hijos de una aldea norteamericana para
conquistar puesto en Ja leyenda.
EL ASALTO QUE LE FALLÓ A JESSE JAMES
Por Stewart H
Condensado de “the American Mercury”
El 7 de setiembre de 1876 , el
ameno y pintoresco pueblo de Northfield, del estado de Minnesota, se halla plácidamente
hundido en la modorra de un típico mediodía de fines del verano. El canto
de las chicharras tiene la melancolía
de una despedida a los días de sol. Tenues
ondas de calor estremecen el aire en torno de los molinos y aserraderos
del Río Cannon.
En el bochorno de la
hora, cinco jinetes forasteros, que llevan largos
guardapolvos de lienzo, se han detenido a almorzar en un restaurante del
oeste del pueblo. Reparadas las fuerzas, tres de ellos
cabalgan de nuevo, cruzan el puente, desmontan frente al First National Bank, y se encaminan con paso perezoso hacia la
próxima esquina donde hacen asiento
de las cajas de mercancías
que hay delante de la tienda de Lee y Hitchcock. Esos tres forasteros son
Charlie Puts, Bob Younger y
Jesse James, el más célebre de los
bandoleros contemporáneos.
Justamente antes de las dos de la tarde, otros dos jinetes—Cole Younger y Clel Miller—asoman
por el,
lado sur, cabalgando en dirección al First National Bank, en el
cual entran ahora los tres que han
estado aguardando sentados en las cajas. Una
vez frente al Banco, Miller echa pie a tierra y cierra la puerta del
estable- cimiento. Cole Younger, se.desmonta también
y finge ocuparse en arreglar la cincha
de su cabalgadura.
En este punto, 1 S. Allen, dueño de la ferretería de la vuelta de la
esquina, se dirige al Banco a
depositar unos fondos. Antes que llegue a la puerta, lo agarra Miller, diciéndole:
—¡Quieto ahí!
Allen, que es hombre
de gran presencia dé ánimo, se
desase del bandolero y echa
a correr hacia su ferretería gritando:
—¡Ármense, muchachos, que roban el Banco!
Clel Miller y Cole Younger montan precipitadamente en sus caballos y empiezan a galopar de extremo a extremo de la calle atronando el aire con sus gritos y disparando contra todo lo que
se mueve. De repente, como brotados de la tierra, se les
unen tres jinetes más—Frank James, Bill Stiles y Jim Younger—que los secundan en sus gritos y disparos.
La calle, antes tan
soñolienta, es ahora un hervidero. Huyen sorprendidos vecinos buscando donde guarecerse. Saltan hechos añicos los cristales de las
ventanas. Rebotan en las paredes las
balas que silban en su mortífera trayectoria. Nicholas Gustavson, un inmigrante sueco, cae por tierra: un proyectil lo ha herido cerca del corazón.
El capitán French,
administrador de correos, busca
inútilmente un arma. Al fin,
a falta de cosa mejor, empieza a lanzar contra los bandidos, que empuñan un
revólver en cada mano, las piedras que recogió en una callejuela vecina.
Esta artillería neolítica no tarda en verse reforzada por la del vecino
Elías Hobbs y el juez Streater, que
han acudido a secundar al capitán.
Entre tanto, los
tres bandoleros que entraron en el Banco hallan al personal del establecimiento
muy poco dispuesto a llevarles la
idea. No bien pusieron los pies
allí, Bunker, uno de los pagadores, adelantose hacia los intrusos haciendo frente a los cañones de los revólveres con que lo amenazaban.
— ~Es usted el
cajero?-pregunta uno de
los asaltantes.
—¡No!—responde Bunker en tono que está
diciendo que será inútil dirigirle nuevas
preguntas.
Uno de los revólveres amenaza ahora a Joseph Heywood, tenedor de libros, encargado de la caja.
—¿Es usted el cajero?
—¡No!
*Igual pregunta, repetida en la misma forma
amenazadora, a Wilcox, ayudante del
tenedor de libros, recibe negativa no menos
rotunda. Los ladrones están desconcertados
ante caso tan imprevisto. Pero la creciente gritería que llega de la calle
los espolea a proceder sin más tardanza. Escalan la rejilla, prontos a disparar.
—¡Abra ahora mismo
esa caja!—intima uno de ellos a Heywood.
—No puedo. La
cerradura es de tiempo.
El ladrón derriba a
Heywood golpeándolo brutalmente en
la cabeza con la culata
del revólver. En seguida se dirige a Wilcox y Bunker los cuales se acogen también al expediente de asegurar que la cerradura es de tiempo. A una orden del ladrón
ambos caen de rodillas. Pero Bunker,
al primer descuido, se arriesga a jugar el todo por el todo. Levantándose de improviso, huye por el despacho del gerente
en busca de la puerta falsa del Banco.
Uno de los ladrones se lanza en su seguimiento haciendo fuego. El tercer disparo
hiere en el hombro derecho al fugitivo,
que, sin embargo, logra ganar la calle mientras su perseguidor retrocede para ir a reunirse con sus otros dos Compañeros.
Notando que el tumulto y los disparos aumentan en la calle de modo alarmante, los tres bandoleros optan por huir. Antes de
abandonar el Banco, uno de ellos comete
la inútil y villana crueldad de acribillarle
a Heywood la cabeza a balazos.
Mal les ha ido a los bandoleros en el combate de la calle. El joven H. M. Wheeler,
al cual hallaron los acontecimientos sentado a la puerta de la botica de su
padre, frontera del First National Bank,
no perdió la cabeza, ni tampoco el tiempo. Echando a correr al contiguo Hotel de Dampier, apostose allí en una ventana
del segundo piso, listo a valerse de una antigua carabina. que había cogido al paso.
Allen, el dueño de la ferretería, empezó a repartir, no bien vuelto a su
tienda, escopetas y municiones. En un santiamén, cuatro vecinos salieron de allí bien armados y se encaminaron
veloces hacia el Banco, listos
a entrar en acción.
El combate fue rápido y decisivo. En momentos
en que Clel Miller monta a caballo,
uno de los cuatro vecinos le hace fuego. El
bandolero recibe la perdigonada en mitad de la cara. Aunque cegado por la
sangre logra tenerse en la silla. Pero el joven Wheeler dispara por dos veces
desDe la ventana del hotel. A la segunda cae Clel Miller para
no levantarse más.
Acude
ahora al teatro de la lucha A. R. Manning,
dueño de otra ferretería.
Unas barbas dignas de Moisés le bajan
hasta la mitad del pecho. Lleva en la mano excelente
fusil de retrocarga.
Después de derribar el caballo que
monta uno de los bandoleros, se ampara detrás de una esquina para volver a cargar el arma, con la cual hiere gravemente a Cole Younger; torna a ponerse a cubierto, mientras carga,otra
vez, y hace blanco en Bill Stiles, que recibe una bala en el corazón.
C,uando los tres
asaltantes que estaban en el Banco se precipitan a la calle, los saluda una granizada de balas, perdigones y piedras. ¡Es hora de huir de Northfield, y sin perder un segundo!
Así lo entienden los seis bandoleros que aún quedan con vida, de los cuales hay dos gravemente heridos. El
combate ha durado siete minutos. Los fondos del First National Bank están intactos.
Cesó ya el peligro,
pero no la conmoción ocasionada por el
extraordinario su- ceso. La
oficina de telégrafos de Northfield
trasmite sin descanso noticias del acontecimiento más sensacional que habrá en
la historia del pueblo, y hasta en la de todo el condado de Rice a que pertenece. En la extensión entera del sur de Minnesota tanto los habitantes de las poblaciones
como los del campo dejan de mano sus quehaceres y acuden a formar partidas
para perseguir a los ladrones. Aunque el número de jinetes así reunidos pasa de mil, los seis malhechores logran burlarlos internándose a pie
en los Grande's Bosques.
Dos semanas después, el joven noruego Oscar Suborn, gañán de una granja, vio a cuatro de los fugitivos, en persecución de los
cuales salió una partida de gente resuelta
que no tardó en acorralarlos entre el Río Watonwan y unos riscos inaccesibles.
Charlie Pitts murió en la refriega. Los tres hermanos Younger cayeron heridos y pasaron presos a Faribault.
Sólo dos de la cuadrilla eludían aún el brazo de la justicia: Frank y Jesse James. Separándose
de sus cómplices, habían huido noche y día, en caballos robados. El 17 de
setiembre llegaron a lo que hoy es
la Dakota del Sur. Como a Frank se le había agravado la herida que recibió en un pie
durante el combate de Northfield,
secuestraron a un médico,
el doctor Sidney Moshier, al cual obligaron a curar y vendar al herido. Logrado esto fueron derecho a ocultarse en Misurí,
su tierra natal.
Sentenciados a largos años de presidio, los hermanos Younger pasaron a la penitenciaría de Stillwater, en el estado de Minnesota. Bob murió en 1889, antes de acabar de cumplir la condena.. A Jim
y Cole los pusieron
en libertad condicional en
igoi. El primero se suicidó.'En 1903 indultaron a Cole. Años después, trabajó en
compañía de Frank Jarhes en un circo que daba representaciones de escenas de la vida del Oeste de los Estados Unidos. Falleció
el 21 de marzo de 1916, en su cama.
Jesse
James murió en 1882, a manos de uno de los de su cuadrilla. Frank vivióhasta bien entrado el presente siglo. Murió de muerte natural. Después del frustrado asalto a Northfield, la célebre cuadrilla de los James se mantuvo
virtualmente alejada de los Bancos. En
1879, asaltó un tren; en 1881, repitió
dos hazañas del Northfield fue para esos bandoleros un desastre que no olvidaron nunca.mismo género. Pero, por lo
general, más se cuidó de esconderse que de cometer nuevas tropelías.