miércoles, 1 de noviembre de 2023

LAS CADENAS 16

 SE ROMPIERON LAS CADENAS

Herman J. Hegger

Desgraciadamente, seis meses después, el P. Alberto fue nombrado maestro de novicios. Perdí en él a un amigo que me ayudaba a escalar las altas cimas de la santidad.

A su sucesor, el P. X., no le tuve nunca alta estima. Era un sentimental, un carácter sin energía. Tenía debilidad por los muchachos de cara agradable. Llegada la hora de acostarnos, recorría las habitaciones y descorría las cortinas para ver si estábamos metidos ya en la cama. Con sus pequeños amigos se entretenía entonces mucho tiempo; de los demás, ni se preocupaba. A veces, le oíamos departir durante un buen cuarto de hora con alguno de sus favoritos.

Dos alumnos criticaron su conducta. Se quejaron de que les estorbaba el sueño con estas charlas. Y, además, se preguntaban por qué no trataba el director a todos de la misma forma. Él había recomendado, de modo terminante, que nos abstuviésemos de tener amistades particulares y una amistad así era causa suficiente para la expulsión del seminario. ¿Por qué, pues, se conducía él mismo de aquella manera?

Una carta anónima notificó al P. X. estas críticas. Los dos alumnos recibieron público y ejemplar castigo. ¡No era verdad que el director tuviera favoritos! Nadie osó protestar contra este proceder pero muchos estábamos convencidos de la falta de honradez del director, que para ocultar sus debilidades había castigado injustamente a los dos muchachos.

El director era también nuestro padre espiritual. Debíamos, vis a vis, referirle el estado de nuestra vida interior. Me parece una disposición acertada. Durante los años de la adolescencia, más de una vez, el alma de un joven rompe sus amarras y se va a la deriva. Sentimientos confusos e inclinaciones extrañas, cuyo origen ignora, brotan en ella. Se despiertan en el joven instintos que le turban, su espíritu se desarrolla y, de golpe, se le presentan problemas para los cuales carece de respuesta. Me parece importante, sobre todo si los muchachos se desarrollan en la atmósfera confinada de un internado, que tengan una persona a quien abrir su

intimidad. La forma cómo se practicaba esto entre los Padres Pensionistas la considero, empero, muy criticable.

Hela aquí. El director se sentaba en un sillón. Nosotros, en señal de respeto a su autoridad, nos arrodillábamos junto a él. El P. X. tomaba entonces nuestras manos y las ponía sobre sus rodillas y, como signo supremo de intimidad, extendía sobre nuestras cabezas y hombros los extremos de su capa. Difícilmente podrían tomar dos enamorados una actitud más tierna. ¡ Afortunadamente los demás directores adoptaron una actitud más viril!

El P. X. carecía de intuición psicológica. Atribuía siempre mis faltas a mi temperamento nervioso. Yo encontraba magnífica esta explicación. Mis nervios me servían, en consecuencia, como excusa de una multitud de desagradables manifestaciones de mi carácter. No hacía ningún esfuerzo por dominar los susodichos <nervios>. Sentía, por el contrario, una secreta satisfacción al ser considerado un manojo de nervios.

El subdirector, P. Fidel, me comprendía mucho mejor. Un día, en que él vigilaba el comedor fuí, una vez más, causa de un revuelo y me envió a la puerta del refectorio.

En ella terminé de engullir un bocado con gesto tan cómico, que mis compañeros prorrumpieron en risas. Esto desagradó vivamente al P. Fidel y me castigó severamente.

Fundatión En la Calle Recta (ECR)

Se Rompieron las Cadenas 17 Herman J. Hegger

Cuando más tarde fui a presentarle mis excusas, me contestó: <No juzgué grave la falta por la que te envié a la puerta; grave fue lo que hiciste después. Lo hiciste solamente para darte importancia. Ten cuidado porque tienes la propensión a hacerte notar y quieres resaltar siempre tu personilla>

Sus palabras fueron severas, pero su tono cordial. Una reprimenda así, poniendo al desnudo los móviles ocultos de una acción, es siempre beneficiosa. Tuve la impresión de que el P. Fidel tenía una mano firme, muy apta para dirigir. Le tenía siempre gran estima. Era un hombre entero, piadoso y fuerte. Tiempo después de lo referido contrajo abscesos en las rodillas y durante años sufrió mucho de esta enfermedad. Le dolía mucho pero siempre soportaba de forma ejemplar el dolor

LAS CADENAS 14

SE ROMPIERON LAS CADENAS

libro autobiográfico del ex-sacerdote

Herman J. Hegger

Llegamos por fin al seminario y entramos en un vasto edificio desprovisto de estilo. Llevamos nuestra equipaje al dormitorio. El P. Alberto Pex, el director, controlaba toda aquella agitada juventud.

Al verme, me dijo: <¡Ah, tú aquí! ¡Creía que jamás te darían el permiso de ir!> Esta observación me humilló. Encontré penoso que se me recordase el duro combate que hube de sostener contra la voluntad de mi padre.

Recuerdo al P. Alberto como un hombre piadoso y honrado. Carecía de prejuicios y no tenía favorito alguno. Era un hombre delicado, pero también práctico. Inclinado a la vanidad, sabía dominarse perfectamente.

Recuerdo con claridad el hecho siguiente: ur día, al finalizar en recreo, él nos vigilaba mientras los demás padres, a quienes debíamos seguir, subían ya los primeros peldaños de la escalera. El P. Alberto se dirigió a uno de ellos en alemán. El interpelado, en voz alta, para que pudiéramos oírle, le contestó: <¡Al diantre con tu alemán!> El director palideció. Silenciosos, esperábamos su respuesta, pero él se limitó a mirarnos sin replicar. Había puesto en práctica sus propias enseñanzas sobre la humildad; se había dominado por amor a Jesús. No recuerdo apenas nada de sus charlas semanales; no era orador, pero yo no he olvidado jamás su muda predicación.

Una poesía del poeta holandés Federico van Eeden, <El viento del Norte>, me causó

una fuerte impresión.

El viento sopla en las alturas sin conocer nada de los hombres.

Yo también, yo quiero elevarme con el viento del Norte

por encima de los rumores de las voces, por encima de las luces,

de las calles abarrotadas del mundo. Lejos de tibios contactos,

de la presión enervante de los hombres a mi alrededor.

Yo quiero ser libre, libre infinitamente.

No quiero junto a mí ni amor ni risas,

ni dulce voz, ni mirada de amigo,

ni caricias, ni tristezas, ni placer.

Yo quiero, solitario, subir con el viento del Norte,

que, sin cesar, sopla en la noche fría,

sublime e ignorante de seres

subir y ver desde la altura,

con fría mirada y con callada boca,

lo que sin cesar se hunde debajo de mí

Y si las pasiones que yo he amado,

se asen a mis ropas, elevando hacia mí

su rostro lloroso y me suplican

que no las olvide en la noche,

sin una palabra desataré sus manos crispadas

sobre mis ropas y, a su caída,

no temblaré por su choque ahogado,

sino que cantando, ascenderé en la noche fría.

.Como una noche glacial despeja el espíritu, como el viento del Norte sopla apacible

cuando las borrascas y las tormentas del Oeste no le alteran, así quería elevarme yo

sobre las pasiones sofocantes. No quería sentir más las caricias de la vanidad, el calor

placentero de la sensualidad, el temblor de las angustias y el encabritarse de la ira.

Puse freno a mi fogoso caballo y mantuve firmemente sus riendas en mis manos. La

disciplina ascética tiene sus alegrías propias. La vida interior corre por estrechos

canales espiritualizados de claridades de plata, y confiere la paz que le es peculiar.

Un día solicité del P. Alberto la autorización para subir a mi habitación y recoger un

pañuelo. Era una petición razonable pero él, para probarme, me la denegó. La ira

quemó mis ojos pero me calmé rápidamente: se me ofrecía una ocasión de dominarme. Sin proferir palabra, me retiré, no sin leer en los ojos de mi director

espiritual una muda aprobación. Aquel día me sentí verdaderamente feliz.