jueves, 2 de noviembre de 2023

“MI CORAZÓN INQUIETO “ 37-42

 “MI CORAZÓN INQUIETO “

Por Viento Sollozante

Primer Libro

MI CORAZÓN INQUIETO    37

Le dijo esto a Pedernal, dándole ocho dólares.

Pedernal se metió el dinero en el bolsillo de su camisa. ¡Qué cosa! —dijo en voz baja al pasar junto a mí. ¡Parece que ha servido! i Hay personas a las que les asusta un cartel!

Pedernal se mantuvo más cerca de la casa, tal como me había prometido, y el hombre no regresó jamás, pero a pesar de ello, nunca más volví a sentirme a salvo. Siempre vigilaba el movimiento en los arbustos y escuchaba por si oía pasos detrás de mí, metiéndome en la casa temprano y cerrando la puerta con pestillo antes de que se pusiese el sol. Entonces comprobaba varias veces el buen funcionamiento de las cerraduras de las puertas antes de irme a la cama y con frecuencia no dormía bien. Comencé a darme cuenta de que mientras estuviese sola no estaría a salvo, pues una chica está siempre en peligro y el que estuviese a salvo dependía de Pedernal. ¿Qué haría yo si él se marchaba?

CAPITULO CUATRO

Las plantas comenzaban a brotar. Las plantas de trigo estaban empezando a salir y eran solamente de unos pocos centímetros de altura cuando Pedernal me comunicó que había llegado el momento de la Danza del Maíz y del "powwow" o ceremonia anual.

El día de la ceremonia yo di saltos de pura emoción. Cuando nos dirigimos al campamento donde se iban a reunir todos, vimos una cantidad de camionetas y multitudes de indios que se preparaban para comenzar las danzas. Nos abrimos camino entre la multitud para obtener un lugar mejor desde el cual contemplar las ceremonias.

Pedernal llevaba una nueva camisa vaquera y yo llevaba mi vestido de piel de ante y llevaba cuentas en el pelo. La mayoría de los indios llevaban la vestimenta tradicional de su tribu en honor a ese día. La Danza del maíz se realizaba para pedirle al maíz que creciese bien alto y diese alimento a las gentes para que al invierno siguiente no pasasen hambre.

Indios de varias tribus estaban alineados, de cara al este, en el terreno de las danzas. Se hizo el silencio en la multitud y durante varios minutos nos dedicamos a esperar.

Entonces, como si hubiese sido el rugido de los tambores, cincuenta guerreros kickapu descendieron como dispuestos al ataque, por la falda de la colina, sobre sus caballos al galope.   

Mi corazón saltó de emoción y las lágrimas me quemaron los ojos al contemplar a aquellos jóvenes bravos, sobre caballos medio salvajes, abalanzándose colina abajo en medio de una nube de polvo. ¡No era de extrañar que los guerreros kickapu hubiesen si-                         MI CORAZÓN INQUIETO    39

do el terror de los primeros colonizadores! porque aún ahora eran un espectáculo formidable y temible.

La salvaje carga acabó en una carrera de caballos y se le daría al ganador el caballo del hombre que llegase el último.

Cuando los caballos corrían por las amplias planicies mis ojos se posaron sobre uno de los jinetes y mi corazón le siguió. Era un hombre joven y sus brazos parecían tan fuertes como robles. Su cabello negro y largo era meneado por el viento y alrededor de su cuello había un collar de antiguas cuentas de las utilizadas para traficar. Ganó un muchacho que cabalgaba un caballo gris, pero eso a mí no me importaba, porque a pesar de que mi guerrero había perdido la carrera, se había ganado mi corazón.

Durante toda la mañana me esforcé por verle entre la multitud y a Pedernal no le costó demasiado trabajo adivinar a quién estaba mirando.

—¿Quieres conocer a Relámpago Amarillo? —me preguntó mi tío sonriendo— conozco a un tío suyo que puede arreglarlo.

—¿Cómo es que sabes su nombre? —le pregunté repitiendo el nombre para mí misma, Relámpago Amarillo y a mis oídos les sonó a música.

Mi tío se echó a reír. —Le vende caballos a la hacienda donde yo trabajo. ¿Verdad que tienes suerte teniéndome por tío? —dijo Pedernal y pareció muy satisfecho consigo mismo.

Fiel a su palabra Pedernal me presentó a Relámpago Amarillo y el corazón comenzó a latirme con tal fuerza que estaba segura de que él podía oírlo. Me sonrió y cuando le miré a los ojos supe que me había enamorado por primera vez; era algo que me había pillado por sorpresa, sin que yo me lo hubiese esperado. Era como encontrarme atrapada en un derrumbamiento de rocas y mi vida cambió para siempre.

Cada día esperaba que Relámpago Amarillo viniese a visitarme, miraba cientos de veces por la ventana y cada noche me cepillaba el pelo y me sentaba en la huerta esperando. ¡No había duda de que esta noche vendría!                                 MI CORAZóN INQUIETO    41

Yo tenía grandes sueños sobre nuestra vida juntos; sueños secretos que escondía mi corazón. Estaba segura de que si amaba lo suficiente él a su vez me amaría a mí un poco.

Estaba tan ensimismada pensando en mi apuesto guerrero que cada día me iba volviendo más callada. Un día vendría, así que tenía que tener paciencia y esperarle. Cada día miraba y cada noche esperaba, pero fueron transcurriendo las semanas y mis sentimientos hacia él se hicieron más profundos.

¡Pero una noche vino! Cuando vino cabalgando por el sendero y ató su caballo a la cerca me preguntaba si estaría soñando otra vez o si podía ser efectivamente una realidad.

Salí apresuradamente de la casa para saludarle, con el brillo en mis ojos y las manos que me temblaban.

—Hola, Viento Cantarín, ¿está Pedernal en casa? —preguntó.

Me quedé desmoralizada porque había venido a ver a mi tío y no a mí y ¡ ni siquiera se había acordado de mi nombre!

Entró en la casa y él y Pedernal empezaron a hablar del precio de un caballo.

Me senté sobre los escalones de madera hundida con mi barbilla apoyada en mis manos. ¿Cómo era posible que no se diese cuenta de lo que yo sentía por él? ¡ Debía de estar ciego!

Me dirigí hacia la puerta y acaricié a su caballo durante unos minutos y contemplé la puesta del sol y luego regresé de nuevo a la casa.

Podía escuchar sus voces a través de la puerta abierta y cuando oí a Pedernal mencionar mi nombre, me detuve.

—Viento Sollozante te mira con buenos ojos, Relámpago Amarillo —le dijo Pedernal.

A mí me quemaba el rostro en la oscuridad. Pedernal no debería de haberle dicho eso.

—Pedernal, tú eres mi amigo, así que te diré la verdad. Tú y yo somos pura sangre, pero tu sobrina es, mestiza. Si ella fuese una india pura sangre puede

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que las cosas fuesen diferentes, pero yo no quiero que ninguno de mis hijos sea mestizo, así que la muchacha que yo escoja tendrá que ser una india kickapu de pura sangre.
—Ella es una india de pura sangre en su corazón, que es lo que cuenta —argumentó Pedernal.
—Es nuestra sagrada obligación mantener nuestra descendencia pura y proteger a nuestro pueblo —dijo Relámpago Amarillo.
Mientras s yo estaba envuelta por las sombras de la noche, el hombre al que amaba me había dado una puñalada en el corazón y me había dejado mortalmente herida, como un conejo con una flecha atravesada en su pecho. El amor había perdido su dulzura y me había dejado aplastada y dolorida.
¡Mestiza, jamás llegaría a ser otra cosa!
Corrí en dirección al bosque y lloré amargamente. Mi primer amor había llegado y se había alejado sin haberme dejado como recuerdo ni siquiera el roce de las manos.
Oí el sonido de los cascos de los caballos que se perdían en la distancia.
—Adiós, Relámpago Amarillo —dije sollozando. —No amaré jamás a nadie, solamente a ti.
Pedernal salió a buscarme y yo me sequé las lágrimas cuando le oí aproximarse.
—¿Qué estás haciendo ahí fuera? —me preguntó suavemente.
—Nada —dije atragantándome.
El se quedó callado. En la distancia los relámpagos cruzaron el cielo oscurecido y estallaron los truenos.
—Nos has oído ¿no es cierto? —me preguntó. Yo me eché a llorar.
—Ojalá no te lo hubiese presentado. Olvídale, Viento Sollozante.
Me puso su mano sobre mi hombro. —Vamos adentro antes de que llueva.
Me condujo en la oscuridad hacia la casa y no volvió a hablar hasta que llegamos a la puerta de entrada.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

“MI CORAZÓN INQUIETO “Primer Libro 32-36

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 “MI CORAZÓN INQUIETO “

Por Viento Sollozante

Primer Libro

CAPITULO TRES                                     Pag  32-36

Hacía ya varios meses que habíamos vuelto a la reserva, pero conocíamos a muy pocas personas, así que me quedé muy sorprendida cuando una tarde, a una hora ya avanzada, alguien llamó a la puerta. Cuando la abrí me encontré a un hombre que tenía en su mano una bolsita con verduras.

—¿Está tu tío en casa? —me preguntó mirando la casa por encima de mi hombro.

—No, esta noche ha salido —le contesté, intentando recordar si había visto a ese hombre con anterioridad.

—Me pidió que le trajese estas verduras, pero como no está aquí te las dejaré a ti —me dijo sosteniendo la bolsita ante él.

Abrí la puerta de rejilla y extendí la mano para tomar la bolsita, pero él la tiró hacia un lado, desparramando las verduras. Me agarró por las muñecas y de un empujón me metió en la casa. Una vez que estuvimos dentro me soltó las muñecas y miró rápidamente a su alrededor para asegurarse de que yo estaba sola.

¡Me había metido en dificultades! Había cometido dos errores: le había dicho que estaba sola y le había abierto la puerta. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Eché un vistazo por la habitación para ver que podía utilizar como arma. Junto a la estufa había un atizador, pero yo no estaba muy segura de poder golpearle suficientemente fuerte como para dejarle inconsciente. ¿Qué sucedería si solamente le golpeaba tan fuerte como para ponerle furioso y me mataba?

MI CORAZÓN INQUIETO    33

Di un paso hacia atrás. —Así que es usted amigo de mi tío. ¿Trabaja usted con él? —le pregunté, intentando que no me temblase la voz.

—¿Qué? —me dijo, dándose la vuelta para mirarme y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba borracho.

—Le he preguntado a usted que si ha conocido a mi tío en la hacienda. Ya no tardaría en llegar a casa. Se pondrá contento al ver que ha venido usted.

Yo sabía que si Pedernal tenía una cita esa noche pasarían horas antes de que regresase a la casa, pero tenía la esperanza de que no se me viera en el rostro.

Una oración brotó de mi corazón: —¡Ayúdame, Dios mío! ¡Ayúdame, Dios mío!

El hombre dio un paso hacia mí y el corazón me dio un vuelco.

—Hace mucho calor aquí dentro. ¿Por qué no salimos al pórtico un momento y respiramos el aire fresco de la noche? —dije sonriéndole y saliendo. El me siguió.

Afuera ya había oscurecido, pero la luz del interior de la casa brillaba por la ventana iluminando el pórtico.

—Oh, mire —le dije apuntando a su derecha— ¿es ése su perro?

Se volvió para mirar, sin pensarlo y yo salté del pórtico y me dirigí hacia los árboles a toda velocidad.

—¡Por favor, Dios, no permitas que me alcance! —iba orando mientras corría para salvar mi vida.

Podía oír a bastante distancia de mí sus juramentos cuando tropezaba con la maleza.

Yo hice todo el ruido que me fue posible mientras corría por entre los árboles. Estaba muy oscuro y él estaba borracho y si me podía seguir lo suficientemente lejos, probablemente se perdería. Después comencé a moverme todo lo silenciosamente que pude, pues quería ir en círculos y regresar a la casa. Quizás él tuviese suerte y chocase conmigo. 0 quizá no estuviese tan borracho como parecía. De cualquier 'manera, debía ser precavida.                            34    MI CORAZÓN INQUIETO

Me abrí camino silenciosamente hasta llegar a la casa. Pronto me había dejado los árboles atrás y corría por la huerta. ¡ Si tan sólo pudiese alcanzar el interior de la casa! Llegué junto a la ventana de mi dormitorio y entré en la casa por ella, cerrándola tras de mí y dirigiéndome a toda prisa a mi armario. Aunque estaba completamente a oscuras, extendí la mano y logré alcanzar mi escopeta.

Entonces me dispuse a esperar. ¿Intentaría regresar a la casa?

¡Ahí! Un ruido en el pórtico. Había regresado. Miré el tirador de la puerta y esperé que girase, pero no sucedió nada. Podía oír que tropezaba con la verdura en el pórtico y supe que se encontraba allí afuera.

Respiré profundamente. —¡Salga de ahí o disparo! —le grité. Levanté el gatillo, preparándola para disparar y la coloqué a la altura de mi cintura. —¡Esta es su última oportunidad!

Conté hasta tres y disparé en dirección a la puerta, astillándola.

¡Hubo silencio durante unos segundos y a continuación oí el motor que se ponía en marcha! Miré justo a tiempo para ver cómo se alejaba la camioneta.

Salí al pórtico corriendo y disparé la escopeta hacia la camioneta. ¡Blam! Una de las luces de atrás se apagó! Blam otra vez!, pero ya no estaba a mi alcance. Sus ruedas chirriaban y el aire estaba cargado del polvo que levantaba su camioneta. ¡Blam! Para entonces se había alejado ya bastante y debía de ir conduciendo a unos ciento treinta kilómetros por hora.

Regresé a la casa, cerré la puerta con pestillo y volví a cargar la escopeta, por si acaso. Entonces respiré un tanto aliviada. —Gracias Dios —fue todo lo que pude decir.

Horas más tarde, cuando Pedernal llegó a casa, le conté toda la historia que era una horrible pesadilla.

—¿Y bien? —le dije cuando hube acabado. ¿Qué vas a hacer?

MI CORAZÓN INQUIETO    35

Yo tenía la esperanza de que agarrase una escopeta y saliese en busca del hombre.

—Te las arreglaste la mar de bien —me dijo y se quitó las botas—. Supongo que sigo pensando que eres una niña todavía y no se me había ocurrido pensar que ningún hombre pudiese causarte problemas, así que será mejor que de ahora en adelante te cuide un poco más —dijo bostezando.

Me sentí decepcionada, pues yo creía que mi tío se pondría furioso, pero en lugar de eso se estaba preparando para meterse en la cama con toda calma.

—¡ Si viniese un hombre y te robase tus conejos le pegarías un puñetazo en las narices, pero si un hombre intenta robarme, no haces nada! ¡Para ti valgo menos que un conejo —le dije muy enojada.

El se sonrió y dijo: —Viento Sollozante, estás a salvo. Es posible que asustases a ese hombre de tal modo que fuese por la carretera y tuviese un ataque cardíaco. Seguramente le asustaste tú más a él de lo que él te asustó a ti.

—¡ Lo dudo!

—Esta noche no puedo hacer nada. Mañana preguntaré por ahí y veré si logro averiguar quién era y entonces decidiré lo que hacer al respecto, así que ahora olvídate y vete a dormir.

Me fui a la cama, pero tardé mucho tiempo en dormirme.

A la noche siguiente, cuando Pedernal llegó a la casa sonreía como quien fuese dueño de un secreto. —Hoy escuché la conversación de varios hombres —me dijo con una sonrisa.

—¿ De qué hablaban?

—Acerca de un hombre que necesita que le hagan algunas reparaciones a su camioneta. Parece que algún gato salvaje le llenó la camioneta de agujeros —dijo riendo. —¡Yo les dije que tenía suerte de que los agujeros estuviesen en su camioneta y no en su pellejo! Les dije que le diesen el recado de que si volvía a aparecer por aquí, clavaríamos su pellejo en el granero y que eso se aplicaba igualmente a cualquiera que tuviese ideas acerca de mi sobrina.                                      36    MI CORAZÓN INQUIETO

Tiró el sombrero hacia la mesa, pero cayó al suelo. —Nadie volverá a molestarte.

A la mañana siguiente mis martilleos llamaron la atención de Pedernal, quien se dirigió a la verja del frente para ver lo que hacía.

Se situó detrás de mí y leyó en voz alta el cartel que yo estaba clavando y que decía: "CUIDADO, PERROS PELIGROSOS". Pero si no tenemos perro —me dijo.

—No es preciso tener un perro para poner un cartel —le dije. Metí la mano en un saco y saqué tres huesos grandes y los dejé caer al suelo delante del cartel.

—Eso no servirá para nada —dijo riendo. Nadie se asusta de un cartel.

—Sí —le dije, recogiendo los clavos y el martillo y dirigiéndome hacia la casa. Mantendrá a las malas personas alejadas.

Pedernal me dio alcance, riéndose todavía y meneando la cabeza.

Antes de llegar a la casa oímos el sonido de una bocina y volvimos la cabeza. Un coche grande, color rojo, se había detenido y el conductor nos hacía señas para que nos acercásemos a él.

—¿Qué podemos hacer por usted? —le preguntó Pedernal, dirigiéndose hacia el coche.

—Soy primo de Estrella Brillante, y ella me ha dicho que ustedes podrían venderme algunos conejos —dijo el conductor.

—¿ Cuántos quiere usted? —le preguntó Pedernal. —Cuatro.

—Venga usted aquí atrás a la conejera y le dejaré que escoja usted los que quiera —le dijo Pedernal.

—No gracias, no me hace ninguna ilusión dejarme morder por sus perros.

—¿Perros? —preguntó Pedernal.

—He visto el cartel que tienen ustedes, por eso toqué la bocina en lugar de salir del coche, pues ya estoy viejo para correr más que un montón de perros peligrosos. Esperaré aquí, usted tráigame cuatro conejos.

EL TESORO IX. UN PELIGRO TERRIBLE

 EL TESORO DE LOS INCAS

EMILIO SALGARI

ITALIA

CAPÍTULO

Al grito de alarma del ingeniero y de Burthon, saltaron en pie y se precipitaron hacia proa O’Connor y Morgan, adormilados todavía. A sus ojos se ofreció un espectáculo espantoso, capaz de helarle la sangre al hombre más valiente de ambas Américas.

Allí, a dos pasos del espolón, un monstruo enorme y horroroso flotaba fijando sobre ellos dos ojos grandísimos de coloraciones verdosas. Era una mole de treinta mil kilogramos, fusiforme, gelatinosa, grisácea, armada de un enorme pico córneo, corvo como el de un loro, y que abriéndose dejaba ver una lengua dura, erizada de largos y agudos dientes. Alrededor de su desmesurada cabeza extendíanse ocho brazos, de quince metros por lo menos de largo, provistos de innumerables ventosas; los cuales,

agitándose en el aire, esparcían en torno suyo un violentísimo olor a almizcle. Aquel animal desconocido y monstruoso debía de ser terrible, sin duda.

El ingeniero y los cazadores habían retrocedido aterrados.

—¡Qué monstruo tan horrible! —exclamó Morgan.

—¿Qué bestia es ésa? —preguntó O’Connor con un hilo de voz.

—¡Nunca he visto cosa igual! —exclamó Burthon.

—Pongámonos en guardia, amigos —dijo Sir John, que había recobrado instantáneamente su sangre fría—. Tenemos que luchar con un enemigo capaz de arrastrarnos al fondo del abismo junto con el bote.

Apenas había acabado de hablar cuando uno de aquellos desmesurados brazas se extendió azotando el aire. Vaciló un momento, trazando caprichosas curvas, como si buscase un sitio a propósito en qué fijarse, y después cayó furiosamente sobre el pequeño bauprés, a imprimió al bote una violentísima sacudida de proa a popa. Una ola de considerable volumen se estrelló al mismo tiempo, mugiente y espumosa, contra la

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proa, que se sumergió en más de su mitad.

De un salto se puso Sir John sobre el espolón. Su hacha relampagueó un momento en el aire, y en seguida cayó con fuerza irresistible sobre aquel tentáculo, y lo tajó enredador a un tercio de altura.

—¡Alerta! —exclamó luego—. ¡Armaos de hachas!

El horrible monstruo, al sentirse tan fieramente mutilado, tiñóse de color rojo obscuro. Sus ojos se agrandaron extraordinariamente, abrióse su enorme pico con chasquido siniestro, y sus ocho tentáculos azotando enormes oleadas. El ataque era inminente.

Los cuatro hombres, agrupados a proa y resueltos a luchar hasta lo último, manteníanse prontos a repeler el asalto, que había de ser, sin duda, violento. Un solo tentáculo bastaba para envolverlos y ahogarlos en un solo apretón