viernes, 1 de mayo de 2026

CARTAS LITERARIAS A UNA MUJER *BEQUER* 1-14

 CARTAS LITERARIAS

A UNA MUJER

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

PUBLICADO : 1860

CARTA PRIMERA

1-

En una ocasión me preguntaste:

-¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes

de mi pasión por ella.

-¿Qué es la poesía? - me dijiste.

Yo, que no soy muy fuerte en esto de las definiciones te respondí titubeando:

- La poesía es..., es...

Sin concluir la frase, buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación, que no acertaba a encontrar.

Tú habías adelantado un poco la cabeza para escuchar mejor mis palabras; los negros rizos de tus cabellos, esos cabellos que tan bien sabes dejar a su antojo sombrear tu frente, con un abandono tan artístico, pendían de tu sien y bajaban rozando tu mejilla hasta descansar en tu seno; en tus pupilas húmedas y azules como el cielo de la noche brillaba un punto de luz, y tus labios se entreabrían ligeramente al impulso de una respiración perfumada y suave.

Mis ojos, que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron entonces instintivamente hacia los tuyos, y exclamé, al fin:

-¡La poesía..., la poesía eres tú!

2-

¿Te acuerdas? Yo aún tengo presente el gracioso ceño de curiosidad burlada, el acento mezclado de pasión y amargura con que me dijiste:

-¿Crees que mi pregunta sólo es hija de una vana curiosidad de mujer? Te equivocas. Yo deseo saber lo que es la poesía, porque deseo pensar lo que tú piensas, hablar de lo que tú hablas, sentir con lo que tú sientes; penetrar, por último, en ese misterioso santuario en donde a veces se refugia tu alma y cuyo umbral no puede traspasar la mía.

Cuando llegaba a este punto se interrumpió nuestro diálogo. Ya sabes por qué.

Algunos días han transcurrido. Ni tú ni yo lo hemos vuelto a renovar, y, sin embargo, por mi parte no he dejado de pensar en él. Tú creíste, sin duda, que la frase con que contesté a tu extraña interrogación equivalía a una evasiva galante.

¿Por qué no hablar con franqueza? En aquel momento di aquella definición porque la sentí, sin saber siquiera si decía un disparate. Después lo he pensado mejor, y no dudo al repetirlo; la poesía eres tú. ¿Te sonríes? Tanto peor para los dos.

3-

Tu incredulidad nos va a costar: a ti, el trabajo de leer un libro, y a mí, el de componerlo.

¡Un libro! - exclamas, palideciendo y dejando escapar de tus manos esta carta -.No te asustes. Tú lo sabes bien: un libro mío no puede ser muy largo. Erudito, sospecho que tampoco. Insulso, tal vez; mas para ti, escribiéndolo yo, presumo que no lo será, y para ti lo escribo.

Sobre la poesía no ha dicha nada casi ningún poeta; pero, en cambio, hay bastante papel emborronado por muchos que no lo son.

El que la siente se apodera de una idea, la envuelve en una forma, la arroja en el estudio del saber, y pasa.

Los críticos se lanzan entonces sobre esa forma, la examinan, la disecan y creen haberla entendido cuando han hecho su análisis.

La disección podrá revelar el mecanismo del cuerpo humano; pero los fenómenos del alma, el secreto de la vida, ¿cómo se estudian en un cadáver?

No obstante, sobre la poesía se han dado reglas, se han atestado infinidad de volúmenes, se enseña en las universidades, se discute en los círculos literarios y se explica en los ateneos.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

No te extrañes. Un sabio alemán ha tenido la humorada de reducir a notas y encerrar en las cinco líneas de una pauta el misterioso lenguaje de los ruiseñores.

Yo, si he de decir la verdad, todavía ignoro qué es lo que voy a hacer; así es que no puedo anunciártelo anticipadamente.

Sólo te diré, para tranquilizarte, que no te inundaré en ese diluvio de términos que pudiéramos llamar facultativos, ni te citaré autores que no conozco, ni sentencias en idiomas que ninguno de los dos entendemos.

Antes de ahora te lo he dicho. Yo nada sé, nada he estudiado; he leído un poco, he sentido bastante y he pensado mucho, aunque no acertaré a decir si bien o mal. Como sólo de lo que he sentido y he pensado he de hablarte, te bastará

sentir y pensar para comprenderme.

Herejías históricas, filosóficas y literarias, presiento que voy a decirte muchas.

No importa. Yo no pretendo enseñar a nadie, ni erigirme en autoridad, ni hacer que mi libro se me declare de texto.

4

Quiero hablarte un poco de literatura, siquiera no sea más que por satisfacer un capricho tuyo, quiero decirte lo que sé de una manera intuitiva, comunicarte mi opinión y tener al menos el gusto de saber que, si nos equivocamos, nos equivocamos los dos; lo cual, dicho sea de paso, para nosotros equivale a acertar.

La poesía eres tú, te he dicho, porque la poesía es el sentimiento, y el

sentimiento es la mujer.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

La poesía eres tú, porque esa vaga aspiración a lo bello que la caracteriza, y que es una facultad de la inteligencia en el hombre, en ti pudiera decirse que es un instinto.

La poesía eres tú, porque el sentimiento, que en nosotros es un fenómeno accidental y pasa como una ráfaga de aire, se halla tan íntimamente unido a tu organización especial que constituye una parte de ti misma.

Ultimamente la poesía eres tú, porque tú eres el foco de donde parten sus rayos.

El genio verdadero tiene algunos atributos extraordinarios, que Balzac llama femeninos, y que, efectivamente, lo son. En la escala de la inteligencia del poeta hay notas que pertenecen a la de la mujer, y éstas son las que expresan la ternura, la pasión y el sentimiento. Yo no sé por qué los poetas y las mujeres no se entienden mejor entre sí. Su manera de sentir tiene tantos puntos de contacto... Quizá por eso... Pero dejemos digresiones y volvamos al asunto.

Decíamos ¡Ah, sí, hablábamos de la poesía!

La poesía es en el hombre una cualidad puramente del espíritu; reside en su alma, vive con la vida incorpórea de la idea, y para revelarla necesita darle una forma. Por eso la escribe. En la mujer, sin embargo, la poesía está como encarnada en su ser; su aspiración, sus presentimientos, sus pasiones y Destino son poesía: vive, respira, se mueve en una indefinible atmósfera de idealismo que se desprende de ella, como un fluido luminoso y magnético; es, en una palabra, el verbo poético hecho carne.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

5- 6

Sin embargo, a la mujer se la acusa vulgarmente de prosaísmo. No es extraño; en la mujer es poesía casi todo lo que piensa, pero muy poco de lo que habla. La razón, yo la adivino, y tú la sabes. Quizá cuanto te he dicho lo habrás encontrado confuso y vago. Tampoco debe maravillarte. La poesía es al saber de la Humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo.

La ambición, la envidia, la avaricia, todas las demás pasiones, tienen su explicación y aun su objeto, menos la que fecundiza el sentimiento y lo alimenta.

Yo, sin embargo, la comprendo; la comprendo por medio de una revelación intensa, confusa e inexplicable.

Deja esta carta, cierra tus ojos al mundo exterior que te rodea, vuélvelos a tu alma, presta atención a los confusos rumores que se elevan de ella, y acaso la

comprenderás como yo.

CARTA SEGUNDA

En mi anterior te dije que la poesía eras tú, porque tú eres la más bella personificación del sentimiento, y el verdadero espíritu de la poesía de otro.

A propósito de esto, la palabra amor se deslizó en mi pluma en uno de los párrafos de mi carta.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

7

De aquel párrafo hice el último. Nada más natural. Voy a decirte el porqué.

Existe una preocupación bastante generalizada, aun entre las personas que se dedican a dar formas a lo que piensan, que, a mi modo de ver, es, sin parecerlo, una de las mayores.

Si hemos de dar crédito a los que de ella participan, es una verdad tan innegable que se puede elevar a la categoría de axioma el que nunca se vierte la idea con tanta vida y precisión como en el momento en que ésta se levanta semejante a un gas desprendido y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles, cual si las tocase alguna chispa eléctrica.

Yo no niego que suceda así. Yo no niego nada; pero, por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas transparentes, que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez por mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.

Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica natural que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos; siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo como el que copia de una página ya escrita; dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.

CARTAS LITERARIAS

A UNA MUJER

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

PUBLICADO : 1860

8-9 Todo el mundo siente.

Sólo á algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido.

Yo creo que estos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.

Efectivamente, es más grande, más hermoso, figurarse al genio ebrio de sensaciones y de inspiraciones, trazando, á grandes rasgos, temblorosa la mano con la ira, llenos aún los ojos de lágrimas ó profundamente conmovido por la piedad, esas tiradas de poesía que más tarde son la admiración del mundo; pero, ¿qué quieres? No siempre la verdad es lo más sublime.

¿Te acuerdas? No hace mucho que te lo dije á propósito de una cuestión parecida.

Cuando un poeta te pinta en magníficos versos su amor, duda.

Cuando te lo dé á conocer en prosa, y mala, cree.

Hay una parte mecánica, pequeña y material en todas las obras del hombre, que la primitiva, la verdadera inspiración desdeña en sus ardientes momentos de arrebato.

Sin saber cómo, me he distraído del asunto.

Como quiera que lo he hecho por darte una satisfacción, espero que tu amor propio sabrá disculparme.

¿Qué mejor intermediario que éste para con una mujer?

No te enojes. Es uno de los muchos puntos de contacto que

tenéis con los poetas, ó que éstos tienen con vosotras.

Sé, porque lo sé, aun cuando tú no me lo has dicho, que te quejas de mí, porque al hablar del amor detuve mi pluma, y terminé mi primera carta como enojado de la tarea.

Sin duda ¿á qué negarlo? pensaste que esta fecunda idea se esterilizó en mi mente por falta de sentimiento.

Ya te he demostrado tu error.

Al estamparla, un mundo de ideas confusas y sin nombre se elevaron en tropel en mi cerebro, y pasaron volteando alrededor de mi frente como una fantástica ronda de visiones quiméricas.

Un vértigo nubló mis ojos.

¡Escribir! ¡Oh! Si yo pudiera haber escrito entonces, no me cambiaría por el primer poeta del mundo.

Mas… entonces lo pensé, y ahora lo digo. Si yo siento lo que siento para hacer lo que hago, ¿qué gigante océano de luz y de inspiración no se agitaría en la mente de esos hombres que han escrito lo que á todos nos admira?

Si tú supieras cómo las ideas más grandes se empequeñecen al encerrarse en el círculo de hierro de la palabra; si tú supieras qué diáfanas, qué ligeras, qué impalpables son las gasas de oro que flotan en la imaginación, al envolver esas misteriosas figuras que crea, y de las que sólo acertamos á reproducir el descarnado esqueleto; si tú supieras cuan imperceptible es el hilo de luz que ata entre sí los pensamientos más absurdos que nadan en su caos: si tú supieras… pero, ¿qué digo? Tú lo sabes, tú debes saberlo.

¿No has soñado nunca?

Al despertar, ¿te ha sido alguna vez posible referir, con toda su inexplicable vaguedad y poesía, lo que has soñado?

El espíritu tiene una manera de sentir y comprender, especial, misteriosa, porque él es un arcano: inmensa, porque él es infinito; divina, porque su esencia es santa.

¿Cómo la palabra, cómo un idioma grosero y mezquino, insuficiente á veces para expresar las necesidades de la materia, podrá servir de digno intérprete entre dos almas?

Imposible.

Sin embargo, yo procuraré apuntar, como de pasada, algunas de las mil ideas que me agitaron durante aquel sueño magnífico, en que ví al amor envolviendo la humanidad como en un fluido de fuego, pasar de un siglo en otro,

sosteniendo la incomprensible atracción de los espíritus, atracción semejante á la de los astros, y revelándose al mundo exterior por medio de la poesía, único idioma que acierta á balbucear algunas de las frases de su inmenso poema.

Pero ¿lo ves? Ya quizá ni tú me entiendes ni yo sé lo que me digo.

Hablemos como se habla. Procedamos con orden, ¡El orden! ¡Lo detesto, y sin embargo, es tan preciso para todo!…

La poesía es el sentimiento, pero el sentimiento no es más que un efecto, y todos los efectos proceden de una causa más ó menos conocida.

 

 

¿Cuál lo será? ¿Cuál podrá serlo de este divino arranque de entusiasmo, de esta vaga y melancólica aspiración del alma, que se traduce al lenguaje de los hombres por medio de sus más suaves armonías, sino el amor?

Sí; el amor es el manantial perenne de toda poesía, el origen fecundo de todo lo grande, el principio eterno de todo lo bello; y digo el amor, porque la religión, nuestra religión, sobre todo, es un amor también, es el amor más puro, más hermoso, el único infinito que se conoce, y sólo á estos dos astros de la inteligencia puede volverse el hombre, cuando desea luz que alumbre su camino, inspiración que fecundice su vena estéril y fatigada.

El amor es la causa de sentimiento; pero… ¿qué es el amor?

Ya lo ves, el espacio me falta, el asunto es grande, y… ¿te sonríes?… ¿Crees que voy á darte una excusa fútil para interrumpir mi carta en este sitio?

No; ya no recurriré á los fenómenos del mío para disculparme de no hablar del amor.

Te lo confesaré ingenuamente; tengo miedo.

Algunos días, sólo algunos, y te lo juro, te hablaré del amor á riesgo de escribir un millón de disparates.__

-¿Por qué tiemblas? - dirás sin duda -.  ¿No hablan de él a cada paso gentes que ni aún lo conocen? ¿Por qué no has de hablar tú, tú que dices que lo sientes?

¡Ay! Acaso por lo mismo que ignoran lo que es, se atreven a definirlo.

¿Vuelves a sonreírte?... Créeme: la vida está llena de estos absurdos.

CARTA TERCERA

12- ¿Qué es el amor?

A pesar del tiempo transcurrido creo que debes acordarte de lo que te voy a referir.

La fecha en que aconteció, aunque no la consigne la Historia, será siempre una fecha memorable para nosotros.

Nuestro conocimiento sólo databa de algunos meses; era verano y nos hallábamos en Cádiz. El rigor de la estación no nos permitía pasear sino al

amanecer o durante la noche. Un día..., digo mal, no día aún: la dudosa claridad

del crepúsculo de la mañana teñía de un vago azul el cielo, la luna se desvanecía en el ocaso, envuelta en una bruma violada, y lejos, muy lejos, en la distante lontananza del mar, las nubes se coloraban de amarillo y rojo, cuando la brisa, precursora de la luz, levantándose del Océano, fresca e impregnada en el marino perfume de las olas, acarició, al pasar, nuestras frentes.

La Naturaleza comenzaba entonces a salir de su letargo con un sordo murmullo.

Todo a nuestro alrededor estaba en suspenso y como aguardando una señal misteriosa para prorrumpir en el gigante himno de alegría de la creación que despierta.

Nosotros, desde lo alto de la fortísima muralla que ciñe y defiende la ciudad, y acuyos pies se rompen las olas con un gemido, contemplábamos con avidez el

solemne espectáculo que se ofrecía a nuestros ojos. Los dos guardábamos un silencio profundo, y, no obstante, los dos pensábamos una misma cosa.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

13

Tú formulaste mi pensamiento al decirme:

¿Qué es el sol?

13-14 - En aquel momento, el astro, cuyo disco comenzaba a chispear en el límite del horizonte, rompió el seno de los mares. Sus rayos se tendieron rapidísimos sobre su inmensa llanura; el cielo, las aguas y la tierra se inundaron de claridad, y todo resplandeció como si un océano de luz se hubiese volcado sobre el mundo.

En las crestas de las olas, en los ribetes de las nubes, en los muros de la ciudad, en el vapor de la mañana, sobre nuestras cabezas, a nuestros pies, en todas partes, ardía la pura lumbre del astro y flotaba una atmósfera luminosa y transparente, en la que nadaban encendidos los átomos del aire.

Tus palabras resonaban aún en mi oído.-

¿Qué es el sol? me habías preguntado.

- Eso - respondí, señalándote su disco, que volteaba oscuro y franjado de fuego en mitad de aquella diáfana atmósfera de oro; y tu pupila y tu alma se llenaron de luz, y en la indescriptible expresión de tu rostro conocí que lo habías comprendido.

Yo ignoraba la definición científica con que pude responder a tu pregunta; pero, de todos modos, en aquel instante solemne estoy seguro de que no te hubiera satisfecho. ¡Definiciones! Sobre nada se han dado tantas como sobre las cosas indefinibles. La razón es muy sencilla: ninguna de ellas satisface, ninguna es exacta, por lo cual cada cual se cree con derecho para formular la suya.

¿Qué es el amor? Con esa frase concluí mi carta de ayer, y con ella he comenzado la de hoy. Nada me sería más fácil que resolver, con el apoyo de una autoridad esta cuestión que yo mismo me propuse al decirte que es la fuente del sentimiento. Llenos están los libros de definiciones sobre este punto. Las hay en griego y en árabe, en chino y en latín, en copto y en ruso... ¿qué sé yo?, en todas las lenguas, muertas o vivas, sabias o ignorantes, que se conocen. Yo he leído algunas y me he hecho traducir otras. Después de conocerlas casi todas, he puesto la mano sobre mi corazón, he consultado mis sentimientos y no he podido menos de repetir con Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras!

Por eso he creído más oportuno recordarte una escena pasada que tiene alguna analogía con nuestra situación presente, y decirte ahora como entonces:

-¿Quieres saber lo que es el amor? Recógete dentro de ti misma, y si es verdad

lo que abrigas en tu alma, siéntelo y lo comprenderás, pero no me lo preguntes.

Yo sólo te podré decir que él es la suprema ley del universo; ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige, desde el átomo inanimado hasta la criatura racional; que de él parte y a él convergen, como a un centro de irresistible atracción, todas nuestras ideas y acciones; que está, aunque oculto, en el fondo de toda cosa y efecto de una primera causa: Dios es, a su vez, origen de esos mil pensamientos desconocidos, que todos ellos son poesía verdadera y espontánea que la mujer no sabe formular, pero que siente y comprende mejor que nosotros.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

domingo, 19 de abril de 2026

TRABAJANDO PARA JESÚS *DICKSON* 1-12

 TRABAJANDO PARA JESÚS:

 O EL ESFUERZO INDIVIDUAL PARA LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS PRECIOSAS.

J. DICKSON

EL QUE GANA ALMAS ES SABIO." PROVERBIOS

1896

1-12

RESPETUOSAMENTE DEDICADO

 A LAS SOCIEDADES DE JÓVENES DE ESFUERZO CRISTIANO.

Queridos compañeros de esfuerzo: Al dedicarles este libro, lo hago sabiendo que, al esforzarse por hacer lo que Cristo desea, buscarán la salvación de las almas inmortales. Y más aún: nunca dejarán de hacerlo, porque no solo es su voluntad, sino que se ha convertido en su deleite y alegría.

Será un aspecto fundamental de su vida. Sembrarán junto a todas las aguas. Serán puntuales en todo tiempo. Al principio, quizás te sientas tímido y temeroso, pero cuando las palabras de Cristo resuenen en tus oídos: «El que oye, diga: Ven», «Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña», «Que tu luz brille delante de los hombres, para que vean tus buenas obras y glorifiquen a tu Padre que está en los cielos», y cuando tu corazón sea tocado por su fuerza motivadora, serás como los apóstoles que exclamaron: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído».

La palabra será «como fuego encerrado en tus huesos». Debes hablar para aliviar la carga de tu corazón. De todas las buenas obras que realizamos quienes nos esforzamos, esta es la mejor, la más influyente, la más duradera. Aumentamos la comunidad de creyentes. Multiplicamos los obreros en la viña del Señor. Para animar a este servicio, para señalar diferentes maneras de trabajar, para proporcionar motivos de la más alta naturaleza y para estimular al individuo para que no se canse de hacer el bien, este libro ha sido escrito. Como el famoso predicador puritano, Thomas Brooks, puedo decir: «Lo he hecho lo más placentero que el tiempo lo permitió, para que sea más provechoso para el lector, y para que yo pueda guiar mejor al joven en un arte santo, que es una cumbre de la sabiduría celestial». Lo he llenado de anécdotas e historias para que cada lector pueda saber que en esta obra elevada y cristiana no es un caso aislado, sino que se identifica con los mejores de todos los tiempos. Esta obra puede coexistir con cualquier otra. Sea cual sea tu ocupación, puedes incorporar a ella el hilo conductor, y con el tiempo, cuando todo lo demás perezca, esto permanecerá. Que el amoroso Salvador te bendiga de tal manera que trabajes mientras haya luz; porque «llega la noche, cuando nadie puede trabajar».

«Trabajad, porque la noche se acerca, Trabajad durante las primeras horas de la mañana; Trabajad mientras el rocío brilla, Trabajad entre las flores que brotan; Trabajad cuando el día amanece, Trabajad bajo el sol radiante; Trabajad, porque la noche se acerca, Cuando la labor del hombre haya terminado.»

PREFACIO.

En nuestros días se presenta un gran problema que requiere solución: ¿Cómo cristianizar a las masas? ¿Cómo llevar a Jesús a todos los estratos sociales, desde los más bajos hasta los más altos? Cualquier palabra que arroje luz sobre esta importante cuestión, y la disipe de dificultades o impulse su resolución satisfactoria, es valiosa. Se reconoce que cuando los ministros del evangelio han hecho todo lo posible, aún queda un vasto campo sin tocar. El ministerio ordenado es solo una parte del plan de Dios. Aquí se ha cometido el error. Se ha cargado con todo el trabajo sobre los ministros, y así se ha arrebatado a la iglesia uno de sus principales canales de vitalidad, dejándola fría, apática y muerta. El ministerio tiene su lugar en el orden divino y cometeríamos un grave error si lo menospreciáramos. Pero el plan de Dios es más amplio, profundo y exhaustivo que el mero servicio clerical: abarca a todos los que creen; a todos los que conocen, aman y viven en Jesús. A cada uno, en su ámbito particular, los llama al ministerio. Y, siendo creyentes de todos los rangos y clases sociales, a través de ellos, en sus propias posiciones, busca someter al mundo a su autoridad. Cada uno tiene su propio mundo, donde viven quienes lo conocen, a quienes puede alcanzar e influir, quienes recibirán con mayor facilidad el evangelio de sus labios que de cualquier otro. Por lo tanto, en ese ámbito debe trabajar, viviendo y esforzándose allí por Cristo, participando en el conflicto moral y espiritual a su manera, para que, por la gracia de Dios, pueda ganar a algunos. La luz del Señor debe brillar a través de él, en los ojos apagados u oscurecidos, para que puedan ver.

 La paz de Dios consiste en derramarse a través de su corazón en las almas de los afligidos para que encuentren descanso. El poder de Dios consiste en fluir a través de él como un canal y cautivar los corazones y las voluntades de quienes están bajo el dominio del mal.

Por muy incapaz que parezca para el servicio, él, por su relación con quienes lo rodean, por su compasión hacia ellos, por su conocimiento de sus circunstancias, por sus hábitos de pensamiento y modos de expresión, es quien mejor puede alcanzarlos. Este es el principio sobre el que Dios actúa: «Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido para los hombres en lo que a Dios se refiere, para que pueda ofrecer donaciones y sacrificios por los pecados; quien puede tener compasión de los ignorantes y de los que están fuera del camino, pues él mismo también está rodeado de debilidad». Este es el camino natural y, por lo tanto, el más fácil.

Así se ha demostrado en la labor de Harlan Page y otros que han asimilado su espíritu. Lo semejante atrae a lo semejante. Los pobres se compadecen más de los pobres, los ricos de los ricos. Estas leyes naturales deben ponerse al servicio del Rey.

 El corazón renovado del mendigo, del comerciante o del príncipe debe actuar con plena libertad, bajo el poder de la verdad, guiados por el Espíritu Santo, proclamando las buenas nuevas, diciendo cada uno a su prójimo: «Conoce al Señor». Entonces todos lo conocerán, desde el más humilde hasta el más poderoso. La gran obra se completará. El esfuerzo individual por la salvación de las almas es lo que se necesita hoy. Entonces la predicación pública será más abundante, las iglesias estarán mejor llenas, miles de almas se salvarán y la tierra será bendecida.

Es una verdad maravillosa, aunque en nuestros días se ha degenerado en gran medida hasta convertirse en un lugar común, que el cristianismo se adapta a las necesidades y condiciones de todo ser humano. Generalmente se admite que es el único remedio para la ruina moral y espiritual en la que ha caído el hombre. La pregunta, entonces, que debemos abordar es: ¿Cómo aplicarlo a los corazones muertos? ¿Cómo ponerlo en contacto con las almas afligidas por el pecado? ¿Cómo hacerlo efectivo para la regeneración y renovación de la naturaleza humana? A juzgar por las enseñanzas de la Santa Palabra, la intención de Dios es que todos los que se convierten en sujetos de su gracia también se conviertan en promotores de su gloria. Tan pronto como un hombre acepta a Jesús como el Cristo y, por lo tanto, entra en la relación de filiación con Dios, se extiende la palabra: Trabajando para Jesús. «Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña». Tan pronto como la voz vivificante de Jesús penetra en el alma, el llamado impone a la nueva criatura el gran deber de la nueva vida. «El que oye, diga: ¡Ven!».

Es como si nuestro Salvador dijera: «No puedo tener ociosos, no debo tener holgazanes; pónganse a trabajar de inmediato. ¡Ocupense hasta que yo vuelva!». Y en respuesta a esto, si prevalece el espíritu correcto, se repetirá la respuesta del apóstol: «El amor de Cristo nos impulsa; porque juzgamos así: que si uno murió por todos, entonces todos estarían muertos; y que murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para aquel que murió por ellos y resucitó».

CASTIGO FUTURO *SAMUEL BARTLETT* 1-13

 CASTIGO FUTURO

SAMUEL COLCORD  BARTLETT,

BOSTON

1875

CASTIGO FUTURO *SAMUEL BARTLETT* 1-13

NOTA INTRODUCTORIA

Este breve análisis se preparó a petición del editor de «The Congregationalist», como una serie de artículos para dicha revista. La extensión de los artículos se especificó en la solicitud. En aquel momento, el autor no consideró la posibilidad de publicarlos de forma más permanente. Sin embargo, se solicitó, tanto del mismo editor como de otras fuentes, que se recopilaran. Por consiguiente, se revisaron con el fin de realizar modificaciones aquí y allá, principalmente para completar ciertas partes del argumento y aclarar algunos puntos. No se consideró conveniente aumentar sustancialmente la extensión del análisis. «Hay ventajas y desventajas en un análisis tan breve. La principal ventaja, y la que prevaleció en este caso, es la mayor probabilidad de que se lea».

 Es sumamente importante, en la actualidad, que la Iglesia y la comunidad tengan acceso a una declaración concisa de las enseñanzas bíblicas sobre este tema solemne y de las razones por las que quienes aceptan la autoridad vinculante de las Escrituras están obligados a la creencia que sostienen.

EL CASTIGO FUTURO.

CAPÍTULO I.

FUNDAMENTO DE LA DOCTRINA

No es de extrañar que la cuestión del castigo futuro surja de vez en cuando. En cualquier gran levantamiento y conflicto de opinión religiosa, es casi seguro que aflorará, no solo por su magnitud intrínseca, sino porque la manera de resolverlo revela el carácter del sistema religioso. Este aspecto, por sí solo, revela la naturaleza y los hábitos de todo el cuerpo. El gran sufrimiento no solo es terrible de soportar, sino también doloroso de contemplar. El Salvador lloró cuando pronunció una sentencia irrevocable sobre Jerusalén.

Dios les dijo a algunos rebeldes que sufririan: «¡Si hubieran escuchado!»

 Que ese gran sufrimiento sea, pues, interminable: que sea un castigo: que sea un castigo que en algún momento se cierna sobre cada miembro de nuestra raza: y no es extraño, más bien es de esperar, que una gran parte de la raza, a toda costa, se resista tanto al hecho como al anuncio. Que tantos hombres que tienen el mayor incentivo para establecer. Dejando eso de lado, se ven obligados a admitir el hecho, lo cual indica la solidez de la evidencia.

 Las razones que naturalmente llevan a los incrédulos, e incluso a algunos creyentes, a resistir tal enseñanza, son bastante obvias.

Y sería bueno — recordar lo que uno de los librepensadores más perspicaces dijo acerca del rechazo de los hombres a la verdad incómoda.

 «No dudo», dice Hobbes de Malmesbury, «que si hubiera sido contrario al derecho de dominio de cualquier hombre, o al interés de quienes lo ostentan, que los tres ángulos de un triángulo sean iguales a los dos ángulos de un cuadrado, esa doctrina debería haber sido, si no disputada, al menos suprimida mediante la quema de todos los libros de geometría, en la medida en que aquel a quien le afectaba pudiera hacerlo».

Y un autor más importante que Thomas Hobbes ha dicho: «Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas».

 Por lo tanto, cualquiera que fuera la prueba de una doctrina tan formidable, era absolutamente seguro que encontraría una fuerte resistencia. Podíamos anticipar con confianza todas las posibles teorías opuestas: que John Murray sostenía la restauración final de todos los hombres; Thomas Whittemore, su bienaventuranza inmediata después de la muerte; H. L. Hastings, la extinción completa de los malvados; un autor poco conocido, su decadencia eterna sin extinción completa; Thomas Starr King, la entrada de todos los hombres en la misma condición en que la dejaron.

No es sorprendente que todos estos teóricos hagan alguna referencia a las Escrituras. Tampoco es extraño que algunos hayan afirmado con firmeza, junto con el difunto Theodore Parker: «Creo que //aunque// Jesucristo enseñó el tormento eterno; no lo acepto por su autoridad». Otros deberían haber declarado de forma más indirecta que «la letra de las Escrituras afirma el castigo eterno», pero su «espíritu» lo contradice. Y, si existe otra forma de negación, podríamos, con toda seguridad, buscarla también.

 De hecho, un amplio grupo de escritores nos ha advertido con insistencia que esta “supuesta” enseñanza bíblica es la principal razón por la que muchos escépticos la rechazan, «por millones», según afirma el Sr. Jacob Blain.

Podemos creerlo fácilmente. Nada es más natural ni probable. La doctrina es demasiado ominosa para abrirse paso, salvo que encuentre una oposición más férrea que casi cualquier otra verdad. Y siempre que se produce un nuevo rumbo en la religión, ya sea por parte de racionalistas del continente, «avanzados en la religión», Ya sean pensadores en Inglaterra o estadounidenses que rechazan la obra redentora de Cristo, siempre sabemos que esta doctrina del castigo eterno será una de las primeras en extralimitarse.

«Debe reconocerse, y recordarse también, que, en la situación actual de la humanidad, existe una enorme cantidad de simpatía y recelo humanos contra la doctrina // del infierno// . Para muchos, no tiene ninguna posibilidad de ser escuchada. C. F. Hudson declaró que afirmarla «tiende a rechazar la Biblia»; mientras que otros de su escuela la consideran imposible, e incluso un pecado, creerla.»

¿Cómo se resolverá ahora este asunto? La pregunta solo admite una respuesta: el destino de los malvados es una simple cuestión de hecho; todas las cuestiones de hecho se determinan mediante pruebas; y dichas pruebas deben ser conocimiento directo o testimonio competente.

 Por lo tanto, de nada sirve apelar a nuestras simpatías, sentimientos, expectativas, deseos, predilecciones o prejuicios, aunque los denominemos «impulsos del corazón», «instintos divinamente implantados», «las más sagradas emociones del alma», o lo que sea. El curso inexorable de los hechos en el universo, bajo el gobierno del sabio y santo Dios, se enfrenta diariamente a estos supuestos «impulsos», «instintos» y «emociones».

El hecho en cuestión, además, implica la decisión y la acción del mismo Dios, y se trata, aparentemente, del asunto más complejo y la mayor emergencia de su reino. Parecería completamente inútil que cualquier hombre o grupo de hombres intentara determinar, mediante especulación, inferencia o instinto, cuál será la acción de Dios en esa emergencia insondable y portentosa. Nadie conoce así ni siquiera a su prójimo. El gran Cesar no podía saber con una hora de antelación la acción, ni del envidioso Casca ni del muy querido Bruto. La sabiduría combinada de Europa no podía prever las acciones del primer Napoleón, ni en todo el continente ni en el campo de batalla; ni él, hasta el momento de su derrocamiento, pudo prever plenamente el destino que truncó su futuro. O, por ejemplo, un caso reciente.

Un distinguido predicador, que vivido bajo la mirada de la nación durante un cuarto de siglo, es repentinamente llevado ante la nación.* * El juicio del reverendo Henry Ward Beecher estaba en curso cuando aparecieron estos artículos.

 Según cualquier teoría sobre su caso, ¿hay alguien en la nación que no se asombre ante algunos hechos admitidos de su conducta, y que no los haya declarado “imposibles”? Si no podemos hablar por nuestros semejantes, ¡cuán inútil es hablar por Dios, y en las emergencias de su reino! Parecería que ningún | lenguaje podría expresar la insensatez de tal afirmación.

El único testimonio que puede determinar lo que Dios hará debe ser el propio testimonio de Dios. Todo lo demás es inútil. Ese testimonio, creemos, se encuentra en la Palabra de Dios, la Biblia.

Si la omitimos, nadie puede decir, porque nadie vivo sabe, el más mínimo hecho acerca del futuro incierto. Es para todos los hombres por igual lo que John Sterling llamó: la “gran oscuridad”.

 Recurrimos, pues, a las Escrituras.

Con quienes no las aceptan, es inútil discutir.

 Podríamos señalar cómo la humanidad en general ha temido castigos en el más allá por el pecado; pero eso no es prueba suficiente.

Es notable cuántos de quienes niegan el castigo eterno, abiertamente o en realidad, rechazan las Escrituras o establecen principios que las anulan por completo. ¿Qué constituirá, entonces, una prueba clara a partir de las Escrituras? El argumento a favor es esencialmente y un argumento sólidamente  basado en las Escrituras. Quizás las siguientes condiciones abarquen completamente el caso:

1. La prueba no debe basarse en construcciones forzadas o rebuscadas, sino en declaraciones obvias para la gente común y comprendidas según las leyes y usos comunes del lenguaje.

2. No debe encontrarse en una o dos afirmaciones, sino en numerosas.

 3. No debe expresarse únicamente en un solo modo de hablar o fraseología, sino en diversas formas de declaración.

4. Además de las alusiones incidentales, debe basarse en declaraciones directas y principales, en las que este tema constituya el asunto central.

 5. Además de las declaraciones particulares, debe estar respaldada por las implicaciones generales y el tenor concurrente del sistema de verdad en el que se encuentra.

6. No debe oponerse a ella con pasajes que no admitan una explicación sencilla sin entrar en conflicto con esta doctrina.

 7. No debe encontrar objeciones de principio que no se opongan igualmente al orden manifiesto de las cosas en el curso actual de la naturaleza.

 Probablemente se admitirá que un argumento basado en las Escrituras, que cumpla con todas estas condiciones, constituiría un caso tan sólido como cualquiera que se haya presentado sobre una cuestión de derecho, constitución, historia o, de hecho, cualquier otra cuestión que se fundamente en documentos.

 Tal argumento podría reconocer la existencia de algunas dificultades y objeciones, y aun así permanecer irrefutable.

¿Se cumplen todas estas condiciones respecto a la doctrina bíblica del castigo eterno? Creemos que sí; e invitamos al lector a juzgar por sí mismo, mientras procedemos a indicar la naturaleza de la prueba.