sábado, 4 de septiembre de 2021

MI HISTORIA DE LOS DÍAS SÁBADOS - MOISÉS LETONA POR N. ORLEANS, WASHINGTON Y N. YORK

 

    Titulo original

POR-- TIERRAS SANTAS

Y

POR TIERRAS PROFANAS

POR

J. MOISÉS DELEON LETONA

Impresiones de un guatemalteco en su viaje
alrededor del mundo durante los años de
1922 a 1924.

 MI HISTORIA DE LOS DÍAS SABADOS 

Ciudad de Huehuetenango-Guatemala-América del Centro

  Por.  Un apasionado por la historia huehueteca/Autor del Blog

QUIÉN DEDICA ESTA HISTORIA  AL PADRE ETERNO, A MI SALVADOR JESUCRISTO Y AL ESPIRITU SANTO

Sábado, 04 de Septiembre del  año del señor de 2021. Tío Daniel, se dirige a sus sobrinos: Susana, Ricardo, Alberto, quienes acompañados de la amiga de la familia, Sara Elizabeth,  están cómodamente sentados,  dispuestos, a escuchar, la historia de los  días sábados.

Están reunidos en  un apacible lugar, alrededor hay muchas rosales plantados, que ofrecen las más deliciosas rosas, al olfato y vista, de quienes quieran recrearse, en tan exquisitas flores.

El tío, compartirá con ellos, este sábado, el inicio de un resumen, que está preparando, sobre el libro escrito, por un antiguo familiar.

—Sobrinos amados, y amiga querida, Sara Elizabeth, compartiré con ustedes, el resumen inicial del libro  titulado” POR-- TIERRAS SANTAS YPOR TIERRAS PROFANAS”. El autor es J. MOISÉS DELEON LETONA, en términos familiares viene a ser prácticamente tío de mi señora madre.(Q.E.P.D) y tio abuelo mío. Siendo el libro original de más de 300 páginas, iré ofreciéndoles, durante varios sábados, resúmenes de los capítulos. Pido atentamente su atención—   

 CAPÍTULO I

Como blancas palomas, que despliegan sus alas al viento, los pañuelos se agitan en las manos de familiares y amigos, diciendo adiós al viajero. No había iniciado aún su viaje, y un sentimiento de melancolía, influía ya en él. Sabía que iba camino de lo desconocido; Nuevas tierras mares y cielos, lo esperaban; confiado y feliz, estaba ya realizando el sueño anhelado,  el más bello de su vida: viajar y conocer las tierras de Europa.

Era una radiante mañana del mes de Abril de 1922, cuando Moisés Letona,  salió de la Capital de Guatemala, rumbo a puerto Barrios.  

El ferrocarril devoraba la distancia, atravesando los puentes, tendidos sobre el abismo. La máquina de hierro se va acercando a la costa, El calor  empieza a sentirse, hasta el punto de sofocar a los pasajeros. La  gran zona bananera, y grandes extensiones de cultivos de la dulce y jugosa piña, se despliegan ante la mirada de los pasajeros del ferrocarril.

Al anochecer llegan a Puerto Barrios.

Al siguiente día, lo espera el  “Suriname”, nave que lo conducirá hasta un puerto de  los Estados Unidos de América. Algunas familias amigas, hacen la misma travesía, siendo ellas, los Widawer y los Olivero.

A la distancia reglamentaria del “Suriname”, se encontraban anclados, el “Amor”, el “Gene Graciela”, y el “Eupatoria”, entre otros más.

Siendo tan entusiasta, Moisés Letona, consigue el permiso necesario para conocer el “Eupatoria”, de bandera germana. Uno de los empleados de menor rango, trata  de impedirles la entrada; entonces, Letona,  mostrándole el permiso, le dice: "cuando manda Capitán no manda marinero. El empleado no tiene más salida, que recibirlos, a la par que se escuchan sonoras carcajadas de parte de sus acompañantes.

El”Suriname”, es un buque muy confortable. El capitán, el médico, y el contador, eran personas de trato afable; especialmente el capitán, un verdadero "gentleman", con un  verdadero don de gente como pocos.

  El operador del telégrafo de  este barco, era un joven ruso, que hablaba muchos idiomas.

Nuestro viajero, pasa bastante tiempo, estudiando el idioma inglés, además, jugando juegos de salón, y sobre todo, conversando con extranjeros, para ir conociendo más del mundo donde se aventuraba.

CAPÍTULO II

Nueva Orleans, es la primera ciudad que conoce. En ese momento, el mercado más grande de algodón del mundo.

La ciudad estaba dividida en dos secciones. La americana, y la francesa.  Esta última, es más atractiva, porque sus edificios públicos son de la época colonial española o francesa. Hay lugares donde la gente de piel negra, no puede acceder.

Conoce la casa, que los franceses habían construido  para que el Emperador Napoleón Bonaparte, en una eventual fuga, de la isla de Santa Elena, fuese a reponerse allí.

Más adelante,  visita escuelas públicas, un convento de monjas, y el mercado.

Después de varios días, arregla su equipaje, y sentado en un cómodo “pullman”, con un ameno libro en las manos, recorre las vastas planicies cubiertas de algodón,  de verdes trigales, y donde pace innumerable ganado.

El “pulman”, pasa rápidamente por  Filadelfia, la ciudad fundada por William Penn. Al anochecer llega a su destino,  La capital de los Estados Unidos de América.

En Washington,  ve pasar en suntuosa limosina, un caballero con sombrero alto, es el Embajador de Inglaterra.   Después ve salir de la Casa Blanca, en reluciente carro, al embajador del Japón.

En una residencia lujosa, reside el Ministro  de Guatemala, señor Sanchez Latour.

En esa fecha, estaban acampadas en Washington, varias divisiones del ejército americano, por maniobras y ejercicios.  La ciudad estaba casi militarizada.

Sin problemas de ninguna  índole, sin restricción alguna, obtuvo acceso a la Casa Blanca, donde pudo conocer personalmente al Presidente de los Estados Unidos, el señor Harding.

De Washington se dirige a Nueva York. Lo esperaba un viejo y querido amigo, Vitalino Guerra, quien estudiara, entre otras cosas, los últimos avances en la producción de calzado. Luego, Vitalino Guerra, emprendería una  fábrica de calzado en la capital de Guatemala. En el año de 1925, el señor Guerra, sería electo Alcalde de la ciudad de Guatemala.

 M. Letona, escribe que aún París, la ciudad luz, palidece, ante las brillantes luces de Nueva York. Los edificios de oficinas, muestran millares de ventanas iluminadas.  El “Woolworth Building", es un edificio de 58 luminosos pisos. La torre Singer parece bañada en fulgores de oro.

Los elevadores eléctricos del edificio de la compañía Woolworth, suben y bajan incesantemente  a la gente. Letona sube a uno de ellos, y en lo alto, logra ver los puentes levadizos, que en la parte del río Hudson, se elevan  para dejar pasar los trenes, o en su caso, bajan;  para que circulen los trenes.

El autor escribe sobre algunos parques de esta ciudad, luego entra a tratar sobre las finanzas de Wall Street.  Es allí, donde los grandes financieros, y los barones feudales del oro, se confabulan  para determinar  el alza de un  producto, que sepultará en la vil miseria a muchas familias. Igualmente señalaran otro producto a la baja, que tendrá la funesta consecuencia de despedir a miles de obreros; o alterarán a su arbitrio, otro producto, que hará, que millones de  los codiciados dólares, entren en los cofres, de unos pocos magnates.

Moisés Letona, no vacila en llamar este centro de Wall Street “infernal reunión de amontonadores de monedas.”

En este punto, vale la pena, recordar un fragmento, de lo que escribiera A. J. Cronin, en Un Sermón Nunca Oído

“Y vi también la mitad de la riqueza del mundo sepultada, como cadáver amarillo, en sótanos que antes que depósitos de caudales parecen tumbas; y el trigo que por miles y miles de sacos arrojaban a las llamas en una parte del planeta, en tanto que en otra miles y miles de bocas hambrientas clamaban por un pan; y las muchedumbres dolientes, las trágicas muchedumbres presas de terror, que surgían dondequiera, que corrían, vagando de un lado a otro, en busca de asilo; y los que se hundían, en busca de momentáneo olvido, en los placeres; y los que, ávidos de bienes materiales, pugnaban afanosos por conseguirlos... ¡Todo eso lo vi! Y por encima de todo eso, en medio del tintinear sonoro de las monedas y del estruendo de la música sincopada, vi alzarse la faz lívida del insomne miedo, el espectro amenazador de la catástrofe a que este mismo mundo se condena. Visión fue la mía que helaba la sangre…”

Siguiendo con el libro de José Moisés Letona; el autor, hace mención de un brillante médico guatemalteco en Nueva York,  el Doctor Mario J. Wunderlich, quien constantemente viajaba a los mejores centros científicos de Europa.   El eminente Doctor, había ejercido su profesión, en las famosas clínicas de los Hermanos Mayo, de Rochester. Algunos guatemaltecos  que viajaron a los Estados Unidos en busca de curación a estas famosas clínicas, se llevaron tremenda sorpresa,  al ser atendidos por el Doctor Wunderlich, por el hecho, de saber que en la capital Guatemala, habrían tenido el acceso más fácilmente a la clínica de tan ilustre médico.

 —Por hoy, dejaré hasta aquí este resumen, y espero continuarlo, para la próxima ocasión.

 Los muchachos hacen unos breves comentarios, y seguidamente, deciden salir a hacer unas compras aun cent ro comercial de su ciudad.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

82 AÑOS DE II GUERRA MUNDIAL- SOLDADOS ALEMANES - 1939

 1 de Septiembre de 1,939. Adolfo Hitler, invade Polonía, dando nicio a la segunda guerra mundial. Gran parte de Europa quedó bajo el dominio nazi. El conflicto se extendería hacía el norde de Africa, y más adelante en el Pacifico. 82 años han pasado de esa sangrienta guerra.

 QUIZÁ NUNCA HUBO ANTES DE AHORA GENERALES QUE TUVIERAN A SUS ÓRDENES
SOLDADOS TAN EFICIENTES



 Mintras Gran Bretaña y Prancia, en el aspecto militar, apenas si habían empezado a salir de un estado de inercia, Hitler llevaba a la práctica un decidido programa de incremento y modernización de las Fuerzas Armadas alemanas. Nuevas ideas y nuevos métodos habían transformado, en 1919, la Wehrmarcht, convirtiéndola en la más perfecta y poderosa máquina guerrera que había  conocidodo el mundo. En las ilustraciones de esta página
diversas fases de la instrucción de los soldados
de ese Ejército que más adelante conquistaría gran parte de Europa. Texto e imagenes ASÍ FUE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Editorial ANESA. NOGUER. RIZZOLI  98 FASCÍCULOS, 6 VOLUMENES, 2,500 PÁGINAS, 3,000 ILUSTRACIONES, 320 MAPAS Y ESQUEMAS. 1972 Anesa, Argentina-  Noguer, Barcelona- Rizzoli, Milán-





martes, 31 de agosto de 2021

MANUAL DE URBANIDAD - DEL ASEO EN GENERAL,

MANUAL

DE URBANIDAD

Y BUENAS MANERAS

MANUEL ANTONIO CARREÑO

COPIA COMPLETA DEL  ORIGINAL París, 1 Agosto de 1867

  CAPÍTULO II

DEL ASEO.

ARTICULO I

DEL ASEO EN GENERAL,

1 . — El aseo es una gran base de estimación social, por cuanto revela en nuestras personas, como antes hemos dicho, la candidez del alma ; porque comunica á todo nuestro exterior un atractivo irresistible, y porque anuncia en nosotros una multitud de buenas cualidades de que la pulcritud es un signo casi siempre infalible.

2. — El aseo contribuye poderosamente á la conservación de la salud, porque mantiene siempre en estado de pureza el aire que respiramos, y porque despojando nuestra cutis de toda parte extraña que embarace la transpiración, favorece la evaporación dé los malos humores, causa y fomento de un gran número de nuestras enfermedades (1). (1) Manteniendo el cuerpo y el vestido en estado de perfecta limpieza, contribuímos á conservar nuestra salud y á aumentar nuestra robustez. — The Catecism of hearth

3. — Nada hay, por otra parte, que comunique mayor grado de belleza y elegancia á cuanto nos concierne, que el aseo y la limpieza. Nuestras personas, nuestros vestidos, nuestra habitación y todos nuestros actos, se hacen siempre agradables á los que nos rodean, y nos atraen su estimación y aun su cariño, cuando todo lo encuentran presidido por ese espíritu de pulcritud que la misma naturaleza ha querido imprimir en nuestras costumbres, para ahorrarnos sensaciones ingratas y proporcionarnos goces y placeres.

4. — Los hábitos del aseo revelan además hábitos de orden, de exactitud y de método en los demás actos de la vida; porque no puede suponerse que se practiquen diariamente las operaciones que son indispensables para llenar todas las condiciones del aseo, las cuales requieren cierto orden y método y una juiciosa economía de tiempo, sin que exista una disposición constante á proceder de la misma manera en todo lo demás.

5. — Los deberes que nos impone el aseo, no se limitan á nuestras personas y á lo que tiene relación con nosotros mismos, sino que se extienden á aquellos de nuestros actos que afectan ó pueden afectar á los demás; pues sería grande incivilidad excitar de algún modo el aseo de los que nos rodean, no sólo con nuestras acciones sino también con nuestras palabras.

6. — De la misma manera, sería una indignidad imperdonable, y además un hecho impropio de la honradez que debe reinar en todos nuestros actos, y contrario á la caridad y á la benevolencia, el poner poco esmero y cuidado en el aseo de lo que otra persona ha de tomar en sus manos ó llevar á sus labios, cuando se halla ausente y debe por lo tanto suponerse confiada en nuestra buena fe y en la delicadeza de nuestra conciencia.

ARTICULO II

DEL ASEO EN NUESTRA PERSONA.

1. — El aseo en nuestra persona debe hacer un papel importante en nuestras diarias ocupaciones; y nunca dejaremos de destinarle la suma de tiempo que nos reclame, por grande que sea la entidad y el número de los negocios á que vivamos consagrados.

2. — Asi como no debemos nunca entregarnos al sueño sin alabar á Dios y darle gracias por todos sus beneficios, lo que podría llamarse asear el alma, tratando de despojarla por medio de la oración de las manchas que las pasiones han podido arrojar en ella durante el día, tampoco debemos entrar nunca en la cama sin asear nuestro cuerpo; no sólo por la satisfacción que produce la propia limpieza, sino á fin de estar decentemente prevenidos para cualquier accidente que pueda ocurrimos en medio de la noche.

3. Esto mismo haremos al levantarnos. Luego que hayamos llenado el deber de alabar á Dios, y de invocar su asistencia para que dirija nuestros pasos en el dia que comienza, asearemos nuestro cuerpo todavía más cuidadosamente que al acostarnos.

4. — Es posible que alguna vez no podamos asearnos bien antes de entrar en la cama, porque el sueño, el cansancio, ó cualquiera otra circunstancia propia de la hora nos lo impida; mas al levantarnos, no lo omitamos jamás. Entonces nos lavaremos la cara con dos aguas, los ojos, los oídos interiores y exteriormente, todo el cuello alrededor, etc., etc., nos limpiaremos la cabeza y nos peinaremos.

5. — No nos limitemos á lavarnos la cara al acto de levantarnos; repitamos esta operación por lo menos una vez en el día, y además, en todos aquellos casos extraordinarios en que la necesidad así lo exija.

6. — No empleemos en ningún otro uso la toalla que destinemos á enjugarnos la cara.

7. — Acostumbrémonos á usar los baños llamados de aseo, que son aquellos en que introducimos todo el cuerpo en el agua con el objeto principal de asearnos. Nuestra habitual transpiración, el clima en que vivamos, y las demás circunstancias que no sean personales, nos indicarán siempre los períodos en que ordinariamente hayamos de usarlos; pero tengamos entendido que en ningún caso podrán estos períodos pasar de una semana.

Cualesquiera que sean nuestras circunstancias, deberemos bañarnos diariamente, si para ello no tenemos inconvenientes insuperables.

8 — Como los cabellos se desordenan tan fácilmente, es necesario que tampoco nos limitemos á peinarlos por la mañana, sino que lo haremos además todas las veces que advirtamos no tenerlos completamente arreglados.

9. —Los hombres que se dejan crecer la barba, deben también peinarla varias veces en el día; y en cuanto á los que usan bigote, además de lavarle con frecuencia, deben impedir que llegue á caer sobre los labios, para que no quede siempre en él una parte de las comidas y bebidas que se llevan á la boca. Téngase presente que siempre es asquerosa y repugnante; á la vista una barba demasiado grande.

. 10. — Al acto de levantarnos, debemos hacer gárgaras, lavarnos la boca y limpiar escrupulosamente nuestra dentadura interior y exteriormente. Los cuidados que empleemos en el asco de la boca, jamás serán excesivos. Pero guardémonos de introducir el cepillo en el vaso, de arrojar en la aljofaina el agua que tenemos en la boca, y de cometer ninguna de las demás faltas de aseo en que incurren las personas de descuidada educación al ejecutar estas operaciones.

11. — Después que nos levantemos de la mesa, y siempre que hayamos comido algo, limpiemos igualmente nuestra dentadura; pero no lo hagamos nunca delante de los extraños ni por la calle, pues esto no está recibido entre la gente culta.

12. — Cualquiera que sea el instrumento que empleemos para limpiarnos los dientes, no debe ser nunca tan pequeño que nos obligue á introducir los dedos en la boca, para alcanzar á la parte interior de la dentadura.

13. — El que se afeita debe hacerlo, si es posible, diariamente. Nada hay más repugnante que esa sombra que da á la fisonomía una barba renaciente, ni hay por otra parte en los hombres un signo más inequívoco de un descuido general en materia de aseo.

14. — Nuestras manos sirven para casi todas las operaciones materiales de la vida, y son por lo tanto la parte del cuerpo que más expuesta se halla á perder su limpieza. Lavémoslas, pues, con frecuencia durante el día, y por de contado, todas las ocasiones en que tengamos motivo para sospechar siquiera que no se encuentran perfectamente aseadas.

15. — Siempre que hayamos ejecutado con las manos alguna operación que racionalmente pudiera suponerse haberlas hecho perder su limpieza, las lavaremos inmediatamente, aun cuando estemos seguros de no haber así sucedido, especialmente si estamos observados por alguna persona.

16. — Los que fuman cigarrillo, deben procurar impedir que sus dedos tomen esa mancha de un feísimo amarillo subido que va formando el humo, la cual no sólo da á las manos un mal aspecto, sino aun un olor verdaderamente insoportable.

17. — Las unas deben recortarse cada vez que su crecimiento llegue al punto de oponerse al aseo; y en tanto que no se recorten, examínense á menudo, para limpiarlas en el momento en que hayan perdido su natural blancura. Suele usarse el dejarlas crecer demasiado, bien que conservándolas siempre aseadas; pero no encontramos á esto ningún objeto útil ni menos agradable, y creemos por lo tanto injustificable la pérdida del tiempo que bajo esta costumbre se necesita emplear para prevenir constantemente el desaseo.

18. — Otros, por el contrario, se recortan las uñas con tal exceso, que llegan á lastimar la parte en que se encuentran fuertemente adheridas á los dedos. Esta costumbre, que en nada contribuye al aseo ni á la comodidad, no da otro resultado que el ir disminuyendo la extensión natural de la uña, hasta dejar el dedo imperfecto y con una desagradable apariencia.

19. — Algunas personas suelen contraer el hábito de recortarse las uñas con los dientes, hasta el punto de hacerlo maquinalmente aun en medio de la sociedad. A más de producir esto el mismo mal indicado en el párrafo anterior, envuelve una grave falta de aseo, por cuanto asi se impregnan los dedos de la humedad de la boca, con la cual el hombre verdaderamente fino y delicado no pone jamás en contacto otros cuerpos, que aquellos que sirven á satisfacer las necesidades de la vida.

20. — Es según esto contrario al aseo y á la buena educación, el humedecerse los dedos en la boca para facilitar la vuelta de las fojas de un libro, la separación de varios papeles, ó la distribución de los naipes en el juego-.

21. — Todavía es más intolerable la conducta de algunas personas, que para limpiar una ligera mancha en una mano ó en la cara, en lugar de emplear el agua, se humedecen los dedos en la boca. ¿Qué impresión causarán todas estas personas á los que han de darles la mano después de haberlas visto ejecutar tales actos?

22. — Lo mismo debe decirse respecto de la costumbre de llevar la mano á la boca al estornudar, toser, etc. De esta manera se conseguirá, sin duda, no molestar á las personas que están delante, pero la mano quedará necesariamente desaseada; y ambos males están evitados por medio del pañuelo, que es el único que debe emplearse en semejantes casos.

23. — No acostumbremos llevar la mano á la cabeza,ni introducirla por debajo de la ropa con ningún objeto, y menos con el de rascarnos. Todos estos actos son siempre asquerosos, y altamente inciviles cuando se ejecutan delante de otras personas.

24. — También son actos asquerosos é inciviles el eructar, el limpiarse los labios con las manos después de haber escupido, y sobre todo el mismo acto de escupir, que sólo las personas poco instruidas en materias de educación creen imprescindible, y que no es más que un mal hábito que jamás se verá entre las personas verdaderamente cultas.

25. — Hay personas que al eructar acostumbran soplar fuertemente vueltas hacia un lado; lo cual os añadir una circunstancia todavía más repugnante y ridícula que el acto mismo. El que se ve en la desgraciada necesidad de eructar, debe proceder de una manera tan cauta y delicada, que las personas que están delante no lleguen á percibirlo.

28. — Ya hemos dicho que las reglas de la urbanidad son más severas cuando se aplican á la mujer; pero no podemos menos que llamar aquí especialmente la atención del bello sexo, hacia el acto de escupir y hacia el todavía más repugnante de esgarrar. La mujer que escupe produce siempre una sensación extraordinariamente desagradable, y la que esgarra eclipsa su belleza y echa por tierra todos sus atractivos.

27. — Los vellos que nacen en la parte interior de la nariz deben recortarse cada vez que crezcan hasta asomarse por defuera ; y los que nacen en las orejas deben arrancare desde el momento en que se hagan notables.

28. — Procuremos no emplear en otros usos el pañuelo que destinemos para sonarnos; llevando siempre con nosotros, si no nos es absolutamente imposible, otro pañuelo que aplicaremos á enjugarnos el sudor y á los demás usos que puedan ocurrimos.

29. — No usemos más que una sola cara del pañuelo destinado á sonarnos. Cuando se emplean ambas indiferentemente, es imposible conservar las manos aseadas. Pero téngase presente que es sobre manera ridículo llevar el pañuelo, como lo hacen algunas personas para evitar aquel  mal, con los mismos dobleces que trae de la mesa de aplanchar, abriéndolo cuidadosamente por un lado para sonarse, y volviéndolo á doblar para guardarlo.

30. — Hay quienes contraen el horrible hábito de observar atentamente el pañuelo después de haberse sonado. Ni esta ni ninguna otra operación está permitida, en un acto

que apenas hace tolerable una imprescindible e imperiosa necesidad.

31. — Es imponderablemente asqueroso y contrario á la buena educación el escupir en el pañuelo: y no se concibe cómo es que algunos autores de urbanidad hayan podido recomendar uso tan sucio y tan chocante.

32. — Jamás empleemos los dedos para limpiarnos los ojos, los oidos, los dientes, ni mucho menos las narices. La persona que tal hace excita un asco invencible en los demás, ¡y cuánta no será la mortificación de aquellos que se ven después en el caso de darle la mano!

33. — No nos olvidemos de asearnos con un pañuelo ambos lagrimales tres ó cuatro veces en el día, pues pocas cosas hay tan repugnantes á la vista como el humor que en ellos se deposita pasado cierto número de horas. Esta operación se ejecutará desde luego, aun cuando la hayamos ejecutado poco antes, siempre que se hayan humedecido nuestros ojos por la risa, el llanto ó cualquiera otro accidente.

34. — También limpiaremos con el pañuelo tres ó cuatro veces en el día los ángulos de los labios, donde suele igualmente depositarse una parte de la humedad de la boca que el aire congela, y que hace muy mala impresión á la vista.

35. — No permitamos nunca que el sudor de nuestro rostro se eche de ver por los demás; enjuguémoslo constantemente con el pañuelo, y cuidemos igualmente de lavarnos la cara, cada vez que la transpiración se haya aumentado por algún ejercicio fuerte ó por cualquiera otra causa; esperando para esto que el cuerpo haya vuelto á su natural reposo, pues hallándonos agitados, la impresión del agua podría comprometer nuestra salud.

36. — Cuando al acercarnos á una casa adonde vayamos á entrar, nos sintamos transpirados, enjuguémonos el sudor del rostro antes de llamar á la puerta; pues siempre será bien que evitemos en todo lo posible el ejecutar esta operación en sociedad.

lunes, 30 de agosto de 2021

DOÑA LEONOR DE CISNEROS

HISTORIA DE LA INQUISICIÓN Y 

LA REFORMA EN ESPAÑA

Por SAMUEL VILA
ESPAÑA

4. Antonio Herrezuelo y su esposa Leonor de Cisneros.

Era ciudadano de Toro, Castilla, donde ejercía su cargo de abogado. Su origen era humilde y había alcanzado la posición en que se encontraba gracias a su diligencia y a su talento. Se habla casado con doña Leonor de Cisneros, hija de un hidalgo de la población, cuando ella tenía dieciocho años. El matrimonio fue un modelo de virtudes, distinguiéndose ’especialmente por su espíritu de caridad. Trabó Herrezuelo amistad con don Carlos de Seso, del cual ya sabemos que era corregidor de la ciudad, y como Seso no vivía para otra cosa que para sembrar el mensaje del Evangelio, no se abstuvo de hablar de él a Herrezuelo y a su esposa.
  Esta simiente fue sembrada en tierra abonada, con lo que recibieron los esposos la medida colmada de su felicidad. A través de los años, Herrezuelo se había convertido en un colaborador enérgico y entusiasta de Seso, en cuyos planes, oraciones y peligros participaba.
Cuando a los siete años del matrimonio vino de repente la catástrofe, prendieron al mismo tiempo al abogado y a su esposa. No tembló Herrezuelo ante la consideración de que tendría que sufrir y morir por su Salvador; pero la separación de su esposa le estremecería el corazón. Sabia que era de esperar la muerte de los dos, pero se horrorizaba al pensar que sus enemigos podían, con astucia o con violencia, hacer zozobrar la fe del tierno corazón de ella. Pronto tuvo ocasión de ver confirmados sus temores.
 Cuando victorioso él de las asechanzas y el tormento a que había sido sometido, despreciando la infamia del auto de fe y desafiando la misma hoguera, salió, al fin, de la prisión para ir a la plaza, sólo había en su pecho una angustiosa duda. Buscó en la fila de los que como él se habían mantenido firmes, a su esposa y con dolor comprobó que Leonor no se hallaba allí, sino un poco más alejada, en la compañía de los reconciliados.
 En efecto, Leonor había sufrido la grave prueba con menos valor que su esposo. Ya la separación de él, a los pocos años de casada y a los veinticuatro de edad, había de’ quebrantar gravemente su ánimo. Aparte de los demás sufrimientos, cabe pensar que indujera a Leonor a retractarse la insinuación o la afirmación de que su esposo también lo había hecho, o lo haría ante su ejemplo. Lograron, efectivamente, que Leonor hiciera hablar a su boca un lenguaje distinto del de su corazón, quizá por el mismo afecto que sentía hacia su esposo, pero ¿cuál no habría de ser su sorpresa cuando la infeliz vio aquella mañana que él estaba entre los condenados a muerte,en contra de todas sus esperanzas, y que ella tenia que mostrarse ante sus ojos como incapaz de guardar la fe que había  aprendido de sus labios?
 Al pasar los condenados al suplicio de la hoguera por delante del tendido donde se encontraban los reconciliados, no pudo Herrezuelo decir ni una palabra a su esposa, pues una mordaza oprimía su lengua, pero elevaría, sin duda, en su alma una ardiente oración a Dios para que salvase a su esposa, a pesar de su retractación. Dios contestó plenamente su oración, como veremos en seguida.

 Hemos dicho que Herrezuelo estaba amordazado. Los inquisidores se decidieron a hacerlo por cuanto no cesaba de alentar a sus compañeros, así como de dar valeroso testimonio de su fe, con lo cual inficionaba de herejía a los que lo estaban escuchando. Sin embargo, su entereza predicaba por él con tanta o más elocuencia que sus palabras. Al ser atado a la estaca le fue arrojada una piedra que le dio en la cara, de cuya herida empezó a chorrear la sangre. Un alabardero le pinchó en el vientre con su alabarda. Nada le pudo mover de su decisión.
Gonzalo de Illescas, en su Historia Pontifical, dice: «El bachiller Herrezuelo se dejó quemar vivo con  una fortaleza sin precedentes. Yo estaba tan cerca de él que pude ver, perfectamente, toda su persona y observé todos sus gestos y movimientos. No podía hablar, porque por sus blasfemias tenia una mordaza en la lengua; en todas las cosas pareció duro y empedernido, y por no doblar su brazo quiso antes morir ardiendo que creer lo que otros de sus compañeros. Aunque yo lo observaba de cerca, no pude ver la menor queja o expresión de dolor; con todo eso, murió con la más extraña tristeza en la cara que yo haya visto jamás. Tanto que ponía espanto mirarle el rostro, como aquél que en un momento había de ser en el infierno con su compañero y maestro Luthero.»
 Doña Leonor fue de nuevo conducida a la cárcel. No es posible imaginarse la confusión y la lucha interior que debía haber hecho presa de aquella alma. Poco a poco, sin embargo, se pondría orden en el caos de sus sentimientos y de sus ideas: el esposo amado, por el cual, y para salvar su vida, había llegado a vacilar en su fe, estaba ahora en un lugar donde ningún enemigo podía hacerle daño. Leonor sintió nacer en ella el deseo incontenible de honrar su fe y de honrar la memoria de su esposo muriendo tal como él lo había hecho.
 Despreció resueltamente toda hipocresía y toda condescendencia con la doctrina católica y lloró amargamente la debilidad en que había incurrido, sin cuidarse para nada de las consecuencias. Confesó de nuevo abiertamente la misma fe por la cual su esposo había muerto y todas las tentativas para reconciliarla otra vez se estrellaron ahora ante su firmeza. Relapsa esta vez, no hubo misericordia. A los treinta y tres años de edad, después de nueve años de sufrimiento, fue condenada, como su esposo, a la hoguera.
De qué forma recibió la palma del martirio nos lo dice el testimonio del mismo Illescas, cuya descripción de la muerte de Herrezuelo hemos copiado antes. Illescas, católico fanático y testigo ocular del nuevo auto de fe, dice: «En el año 1568, el 26 de septiembre, se ejecutó la sentencia de Leonor de Cisneros, viuda del bachiller Herrezuelo. Se dejó quemar viva, sin que bastase para convencerla diligencia ninguna de las que con ella se hicieron y que fueron muchas. Pero nada pudo conmover el endurecido corazón de esa obstinada mujer.» Estas palabras, que no hacen mucho honor a Illescas, sí lo hacen a doña Leonor y prueban de un modo indubitable que era digna de su esposo.