CHARLIE COULSON
EL MUCHACHITO QUE TOCABA EL
TAMBORM.
L.
ROSSVALLY (1828-1892)
He tratado de describir su
partida
en
el siguiente poema:
¡Qué gloriosa hora! A mi
hogar yo voy,
Las puertas abiertas
están,
Ángeles ya veo en mi
derredor,
Su vuelo ya puedo
escuchar.
Huestes celestiales se
acercan a mí,
Me cubren con sombras de
amor.
17
Mi Señor amado, ya voy
hasta a ti,
Recíbeme, oh Salvador.
Coro:
Vengo a ti, vengo a ti,
Ya vengo hasta a ti,
Salvador.
Vengo a ti, Señor bendito,
Ya vengo a ti, mi Señor.
Aun cuando este cuerpo
declinado está,
Y es duro el dolor
soportar,
Un hogar eterno, que no es material,
Glorioso me espera allá.
Con tu santa sangre tú pagaste ya,
Mansiones de vida y luz;
En perpetuo gozo allí viviré
Contigo, mi amado Jesús.
¡Qué gloriosa aquella hora! Abiertas ya están
Las puertas de perlas por fin;
Ángeles alaban a Dios junto a mí.
Aquí he terminado, ya voy a mi hogar,
Sin mancha mi ser ya estará.
Mi Señor amado, ya vengo hasta ti,
Recíbeme, oh Salvador.
Mi
hijo no quiso asistir al entierro, ni que yo sepa, ha visitado la tumba de su
madre.
Tampoco
me ha llamado “padre”, ni ha contestado ninguna de mis cartas acerca de mi conversión,
y aunque tres veces he cruzado el Atlántico desde Norteamérica hasta Alemania
tratando
de verlo para reconciliarnos, he fracasado en todos mis intentos porque se ha negado
a verme. Pero esto
ha motivado oraciones
más fervientes por él, a fin de que sea emancipado de la esclavitud de los
prejuicios judíos, y vea en Jesús “el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo” (Jn. 1:29).
Una cuarta
visita a Alemania en julio de 1887, fortaleció y
confirmó mi fe porque mi hijo no sólo consintió en verme, sino que derramó amargas
lágrimas al recordar el pasado, e inmediatamente anunció su determinación de ver
a su querida hermana en América.
Inmediatamente después de mi
conversión le escribí a mi madre que vivía en Alemania, contándole cómo había
hallado al verdadero Mesías. No podía dejar de darle las buenas nuevas, y
pensaba que creería al mayor de sus catorce hijos. Tengo que decir que el
primer
anhelo de mi corazón después de
mi conversión; era que todos mis amigos, tanto judíos como gentiles, compartieran
el nuevo gozo que había encontrado. Me sentía como el salmista
que escribió: “Venid, oíd todos
lo que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma” (Sal. 66:16).
La esperanza que tenía con respecto a mi madre
estaba destinada a sufrir un amargo desengaño, porque ella me escribió una sola
carta (si es que una maldición puede llamarse carta), después de un prolongado
silencio, lo que me hizo sospechar que si escribía sería sólo para enviarme esa
maldición que todo judío tiene que esperar de sus familiares más cercanos
cuando acepta el cristianismo. Esta sospecha se confirmó totalmente después de un lapso de cinco
meses y medio, durante los cuales me mantuve en suspenso, porque antes de mi conversión, mamá me escribía
una vez por mes.
Una mañana,
cuando el cartero me trajo las cartas, vi entre ellas una con un timbre postal
de Alemania y la letra tan conocida de mi madre querida. En cuanto la vi, le
dije a mi esposa que estaba en la habitación: “Ha llegado al fin”.
Por supuesto,
abrí ese sobre primero. No
tenía encabezamiento, ninguna fecha, nada de “Mi querido hijo” como empezaban
sus cartas anteriores, sino que decía lo siguiente:
“Max, ya no
eres mi hijo; te hemos enterrado en efigie simbólicamente, te lloramos como a
un muerto. Y ahora que el Dios de Abraham e Isaac te
deje ciego, sordo y mudo y maldiga tu alma para siempre.
Has dejado la religión de tu padre y la sinagoga por ese Jesús, ‘el impostor’,
y ahora recibe la maldición de tu madre. Clara”.
Aunque para entonces
ya
sabía muy bien lo que me costaría abrazar el evangelio de Jesucristo; y qué esperar de mis parientes por haber
dejado la sinagoga,
confieso que no estaba preparado
para semejante carta de mi madre. No obstante, mi querida esposa y yo, podíamos ahora comprendernos el
uno al otro más plenamente en la nueva vida que habíamos encontrado porque, como ya lo he
dicho, sus padres ya la habían
maldecido cara a cara por haber creído en Cristo. Pero no todo era tristeza,
porque las palabras del salmista nunca habían tenido tanto significado ni nos habían brindado
tanto aliento, “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con
todo, Jehová me recogerá” (Sal. 27:10).
Nadie piense que es cosa fácil
que un judío acepte a Cristo. Tiene que estar preparado para dejar a su padre,
madre y esposa por el reino de Dios, debido a la actitud hacía cada judío de
quien se sospechaba que mira favorablemente al cristianismo. No obstante, tal persecución
no hizo otra cosa que hacerme valorar más y más las palabras del nuevo Señor que
acababa de encontrar: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo
del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido
también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o
mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará
la vida eterna” (Mt. 19: 28-29).