miércoles, 4 de octubre de 2023

CRUZ Y BARRIOS INCENDIO Y SAQUEO A LA VILLA DE HUEHUETENANGO (2)

 

 XIV. EL ATAQUE--SAQUEO A LA VILLA DE HUEHUETENANGO

CRUZ Y BARRIOS

INCENDIO Y SAQUEO A LA VILLA DE HUEHUETENANGO

Por el Historiador Huehueteco

ENRIQUE DEL CID FERNANDEZ 

1967

  V.  PLANES

El Mariscal Cruz había podido evadir el perseguimiento no sólo por la indolencia y falta de coordinación de sus contrarios, sino también por el conocimiento topográfico que tenía de la región. Le eran familiares las fronteras del Departamento donde desarrollaba sus correrías; tanto, que podía repetir de memoria los nombres de los poblados, aldeas y caseríos intermedios entre la peña de Rincón Tinaja y El Tepeguajal, por el Occidente; los que se encuentran entre la laguna de Chiaquil hasta Ichmujop, por el Nor-Oriente; los comprendidos en la ruta de Jolomguay). a Pichiquil, por el Oriente; y por último, los de la zona de Yxquihuilaj hasta San Antonio el Organo, por el lado Sur.
Conocía cómo experto de veinte años atrás, los parajes y Altozanos, los sitios y lugares, las veredas y quebradas, las haciendas, potreros y aguajes; los oteros y pasos especiales, senderos y cañones y los vados escogidos de los ríos, tanto en la época de lluvias como en la de secas. Desde 1848 los había recorrido por su cargo de Comandante en Jefe de las fuerzas del Gobierno. Asimismo, la extensa faja limítrofe entre Totonicapam y la Verapaz, faja donde movíase velozmente de uno a otro extremo desconcertando a sus enemigos...
    Ahora, en una aldea perdida en el confín de las montañas, madura con sus allegados el plan de ataque contra la villa de Huehuetenango cuyo Corregidor y Comandante General Interino, Capitán don Aquilino Gómez Calonge, se ha negado a rendir la plaza. Valiente actitud opuesta a otro del mismo cargo y situación: aquel Capitán don José Mariano Avila que dos años atrás, el 17 de febrero de 1867, al verse amenazado por el mismo guerrillero evacuó la población llevándose los fondos del Tesoro Público y dejando a los civiles en manos de los facciosos que penetraron en la zona urbana haciendo "de las suyas" por más de dos horas.
   Un ajado papel está extendido sobre la mesa. Su hijo Ramón encaminase hacia la ventana y ábrela del todo para que  llegue la plena claridad. El plano primitivo que contiene el papel enseña uno a uno todos los accesos y entradas naturales a Huehuetenango: sus colinas cercanas, calles, edificios principales, puentes, ríos que circundan la cabecera, etc. El indice regordete del Mariscal deslizase señalando con rapidez las prominencias estratégicas que dominan la plaza defendida por el Capitán Gómez Calonge. En concepto de Cruz, cuatro son las principales:
a) El cerro a cuyo pie está la fuente de "Tajaguaque", detrás del templo del Calvario, por el Nor-Este sobre el camino de herradura que conducía antaño a la villa de Chiantla.
b) El llamado "del Maíz", rodeado de barrancas de las cuales sobresale cercano a los bajos Cuchumatanes.
e) El de la "Cruz", en pleno paraje de Jumaj.
d) Y, por último, el nominado de "San José" que destaca notoriamente entre las cañadas que se internan rumbo a Chimusinique.
Cruz, jefe muy capaz en las luchas de montaña, señala la distribución de las fuerzas, sus comandos,y los sitios principales de acceso a la población. Unos amagarán por el cerro "del Máíz", a donde pueden llegar fácilmente'sin ser vistos siguiendo el cauce del río "de los Molinos"; en tanto, el Coronel Nemesio Polanco y J. Rufino Barrios con 700 indígenas de Cotzal, Chajul y Cunén proseguirán descendiendo hacia las llanuras situadas al Oeste y atacarán por ese punto. El flanco derecho compuesto por 300 hombres naturales de Aguacatán y Chalchitán bajo las órdenes de los Capitanes Bernardo Motta y José María González, tomará la Villa por la banda Norte, confundidos entre los bosquecillos y matorrales que, barranca de por medio, comunican con los traspatios de las casas de don Manuel Santiago, don Mariano Castillo, don Juan Francisco David Ríos y Matta, don Rufino Aguirre y don Ventura Arriola. El Mariscal, con sus hijos Ramón y Felipe y el Capitán Apolonio Cabrera, acompañados de parte de la caballería e infantería ocupará la prominencia de 'Tajaguaque", esperando el momento oportuno y decisivo para cargar por el lado del Calvario y encontrar pronto al grueso de las huestes en el centro de la plaza, rematando así el ataque organizado y bien dispuesto.

 VI. PREPARATIVOS DE LOS FACCIOSOS

 Mientras en "Las Guayabas" se decide la suerte de la tranquila Villa, otro de los hijos del Mariscal, Felipe Cruz, se­guido de J. Rufino Barrios —que no hace mucho se ha unido de­finitivamente a los invasores desde su fracaso en las márgenes del río Ixpil y el asalto y asesinato al puntero del río Negro ­encuéntranse en Chiantla estudiando detalles y obteniendo datos fidedignos en casa del Coronel Evaristo Cano, uno de los bastiones de la causa rebelde y persona que les facilita seguras no­ticias para su paso y una posible retirada ...

Este Coronel Cano es el—motor principal que ha engan­chado a los indígenas con la promesa de aumento de tierra en las comunidades, aguardiente más barato y saqueo general. Ahora que se planea el ataque a Huehuetenango, el Coronel no ha es­catimado medios y los indios engrosan las filas deslumbrados por el acicate ambicioso de la "mano libre" que se les ofrece.

Cruz no ignora estas promesas y, aparentemente, es el más empeñado en que se cumplan-, mas, sabe que a la masa que le sigue será imposible contenerla una vez haya iniciado la lucha. En ocasión anterior, se negaron a volver con él alegando que preferían esperar para "matar a los ladinos" de cierto pueblo .. .

       Pese a todo, sale el Mariscal acompañado de sus princi­pales allegados para inspeccionar el campamento: a un lado, cercanos, los ladinos armados de escopetas y uno que otro rifle conversan animadamente; más allá, aguacatecos, cotzaleños y nebajeños asientan el filo de sus machetes sobre piedras que en­cuentran en el sitio; en las afueras de la aldea, los indios de Chalchitán asolean regular cantidad de pólvora bajo la direc­ción del Teniente Coronel Juan de Dios Méndez; otros, fabrican "tacos de pita floja" y el resto muele carbón, pulveriza azufre y agrega salitre para aumentar la reserva del precioso combus­tible. Pablo Villatoro, minero que sigue a los rebeldes, dáse a la tarea de fundir plomo para la hechura de balas y gruesos perdigones en moldes de arcilla cocida destinados al uso de es­copetas, fusiles y viejas pistolas. No llegan a la media docena los hombres armados con rifles de retrocarga, mas no de esos que por su sistema de impulso manual constituían la maravilla de la época.

   El Mariscal Cruz avituállase cómo y dónde puede. La provisión de boca y guerra no le preocupa; los pueblos tienen que soportar la carga del avío obligado para el mantenimiento de sus hombres: maíz, tortillas, birringue, totoposte, leche, quesos, reses, huevos y aves de corral; frutas y legumbres, ca­ballos de silla, mulas, machos y burros de carga; armas blancasy de fuego, todo se incauta y a los vecinos pudientes les obliga a cesiones monetarias forzadas. Los habitantes ven con temor los movimientos de los revoltosos y entregan sin resistencia lo que piden para no exponerse a abusos que en ciertas ocasiones les han llevado a perder la vida.
Chiantla representa para Cruz y su gavilla un remanso en sus peligrosas actividades. En este pueblo cuenta con numerosos prosélitos. Ellos, después de una de las derrotas sufridas por el Mariscal el 18 de mayo de 1869, quisieron iniciar por su cuenta —azuzando a los indígenas que les escucharon— un intento de saqueo a la villa de Nuestra Señora de la Concepción Huehuetenango...
    Rara e inexplicable inquina que,:, tiempo después les llevó también a secundar el "movimiento" encabezado por el Coronel ex-Vicepresidente de la República don Vicente Castañeda (27 de octubre de 1887), degenerado en alevoso ataque a la ya entonces ciudad de Huehuetenango, y la consiguiente derrota de aquellos alteradores del orden público cuyos principales jefes perdieron la vida por instigadores de tan peregrino como injusto proceder.

 VII EL ESTADO MAYOR DEL MARISCAL CRUZ

   A un llamado de Ramón Cruz, adelantóse el sargento Ambrosio Xunux llevando de la brida el caballo tordillo que uti­liza el Mariscal. Detrás, varios palafreneros con los caballos para don Ramón, don Vicente y para los Coroneles Polanco y Méndez. Monta don Serapio ayudado por uno de sus subordi­nados para alcanzar con más facilidad el galápago francés, có­modo y muelle. Hace mucho tiempo que no hace uso de la silla, segura y resistente, porque la prominencia de la "manzana" moleste su creciente abdomen. Lleva el sable al alcance de la mano, a los lados ambas pistoleras y un revólver al cinto. Ni galones, ni charreteras, ni insignias llamativas: sólo un pañuelo negro pasado dentro de un anillo de oro luce en el grueso cuello del rebelde militar. Su rostro moreno pierde en fealdad por el brillo de sus ojillos negros de mirada penetrante y firme. Un sombrero gris adornado por una cinta de color rojo vivo cubre su voluminosa cabeza que destaca entre sus hombros estrechos y caídos. . .

   Le sigue el Coronel Nemesio Polanco, erguido y bien mon­tado. Polanco es el verdadero tipo del guerrillero criollo: car­tucheras cruzadas sobre el pecho, rifle que sobresale de la es­palda, sombrero de castor maltratado por el tiempo, mirada de águila perdida en el confín. Erecto, sedoso y bien poblado el mostacho. Perilla de "clavo". Recio, valiente y fuerte como jinete.

   Ramón Cruz es de los más jóvenes del grupo. Más que moreno, de nariz aplastada como la de su padre, luce cabello corto y liso. Su rostro está señalado por una extensa cicatriz ancha, carnosa y rosada que principia en la ceja del lado derecho y llega casi hasta el lóbulo de la oreja del mismo lado: indeleble recuerdo de su entrada a la población de Joyabaj (10 de octu­bre de 1869) en la cual asesinó a sangre fría al Juez Preventivo don Patricio Peña. Contempla el hijo al padre con orgullo y espera que la fortuna lleve al cabecilla de la facción a regentear los destinos del país como recompensa a sus empeños y esfuerzos revolucionarios. Entonces, él estará siempre a su lado ayudán­dole en las cosas y destinos de la patria. . . No imagina que la muerte acecha muy de cerca: antes de tres días el que ahora se yergue marcial jineteando soberbio caballo, será tan solo un cadáver tendido en la plaza de la incendiada cabecera.

   Méndez Cruz pasa de la cuarentena. Grueso sin llegar a la obesidad, tostado por el sol y los fríos de la sierra, sereno, apuesto y gallardo, no permite que los años venzan al hombre de "pelo en pecho" que fue en la juventud, y cuyo brío conser­vará durante toda su vida.

   Parten los cuatro al galope dirigiendo las cabalgaduras hacia lo alto de una de las pequeñas colinas situadas entre "Las Guayabas" y la población de Chiantla, en el preciso lugar donde. apunta la rústica guardianía de un centinela asentada entre las rocas. Desde allí, el paisaje es una enorme extensión de valles, quebradas y colinas semi-obscuras alargadas por la luz del sol que las proyecta y agiganta sobre las profundas arrugas y los salientes de la tierra. Atrás, los enormes Cuchumatanes apa­recen inmaculados contrastando su azul con el fondo purísimo del cielo...

Detienen sus caballos cerca de una abandonada cabaña cubierta de paja y sin paredes laterales. Fijan su atención en blanquizca polvareda que divisase a lo lejos: tres jinetes recorren a. galope tendido el camino que rodea la estancia de Santa Apo­lonia propiedad de don Tomás de Aquino Samayoa, cuya casa destaca en un bosque próximo al riachuelo de Vernal. Piérdense en recodos, ascienden por pequeños altozanos y devoran las lla­nuras. Escúchase ya el ruido sordo de las recias pisadas de las bestias acompañadas por el ladrar de varios perros y el cacareo estridente y alarmado de las aves de corral que apártanse pre­surosas ante la llegada de hombres y de brutos .. .

   De pronto, a los pies de Cruz y sus subordinados aparecen entre las siluetas negruzcas de las tajadas peñas: Felipe Cruz, J. Rufino Barrios y Venancio su hijo, primer retoño de sus an­danzas, joven que escasamente llega a los quince años.

Los ollares de los cuadrúpedos muéstranse ensanchados y rojizos. Sudan sus cuerpos y sus ojos brillan. Tascan los frenos y piafan nerviosamente ante aquel descanso inesperado. Agréganse los menos a los más y encamínanse conjuntamente hacia el campamento.

Barrios, de complexión fuerte y robusta, cierra la reta­guardia del pequeño grupo que recorre las crestas frías y ven­tosas de los bajos Cuchumatanes. Boca casi sin labios. Des­pejada y amplia la frente. Viva la mirada. Cúbrese con un sombrero de amplias alas. No luce barba cerrada, y una espe­cie de garibaldina completa el atuendo de polainas francesas, pantalón tirado, pañuelo rojo al cuello, al costado el sable, fus­tilla en la siniestra, revólver en el cinto y en la silla el rifle...

 

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