Vestido se tendió en la cama y con un cigarrillo entre los labios trajo en la plenitud la imagen de don Jacobo Arbenz, el suizo, farmacéutico, venido a Quetzaltenango a principios del siglo. Instaló su negocio en las calles céntricas de la ciudad y además del magnífico surtido de medicamentos que atrajo a la población, fue asimismo un enjambre que reunía a los extranjeros de la comarca. Finqueros, industriales, banqueros, profesionales, artistas, inventores y forasteros, se sometían inexorablemente al círculo de amistades del señor Arbenz. Pocos anos después de su arribo se casó con doña Octavia, heredera, con varios de sus hermanos, de una pequeña y mal cuidada finca en Itirisdicción de Sololá.
Desgraciadamente, don Jacobo comenzó a padecer de una ulcera duodenal que lo hacía sufrir hasta la locura y para cuyo remedio, el viejo Arbenz no encontró nada mejor que aplicarse inyecciones de morfina y, sin escape, habría de hacerse adicto a tal droga, cuyo efecto le ahorraba sufrimiento además de provocarle encantadoras lucidez y actividad mentales. Nada le era tan fácil teniendo la morfina a la mano en la farmacia, de manera que se la aplicó cuantas veces quiso en su vida, sin molestar a nadie más que a él mismo.
1 Versión de don Willi Debrot, casado con una prima de mi madre, holandés de nacionalidad, agente viajero de la productora farmacéutica estadounidense. Park Davis, por oficio y por europeo, gran amigo de don Jacobo Arbenz.
La adicción del señor Arbenz a ninguno importaba en la ciudad, hasta el día en que su hijo Jacobo, adolescente, propuso al grupo de sus amigos, más o menos con su misma edad:
—¿Droguémonos muchá? Yo saco la morfina de la farmacia y veremos los efectos que nos produce una borrachera con esa droga. ¿Qué les parece?
Sus amigos —niños y adolescentes— que ese día acompañaban a Jacobo con sus 18 años, se disponían a asistir a un encuentro de fútbol, en el estadio. Entre ellos se hallaban los Aguilar, los Pacheco, los Marroquín, los Porras, todos estudiantes del colegio de doña María Bennet de Rolz y no prestaron importancia a la tonta propuesta, dicha con la más vana ligereza, mera fanfarronada de adolescencia. Dejaron que las palabras las llevara el viento ondulando los trigales, más allá de los verdes pinos que cubren las lejanas lomas. El encuentro de fútbol les interesaba sobremanera. Cuando el juego empezó, desde ese momento muy reñido, armaron gran alboroto apoyando a los locales. Mas después de un rato, varios de los fanáticos del equipo visitante, atacaron furiosos a los gritones que aclamaban a los chivos porque habían metido dos goles. Tras el primer encuentro, riña y desconcierto, Jacobo estaba solo, poniendo a los intrusos en orden a puro puñetazo y mereció aplausos de buena parte del público.
Pero no faltó quien fuera con el chisme sobre la propuesta del muchacho, a su respectiva casa a la hora el almuerzo. Y después del mismo domingo, doña María de Rolz, directora de los hijos de
"excelentes familias", incluyendo los suyos, Friedel y Pepe, encabezó la cruzada -
como nos contaba Jacobo riendo-contra el peligro que significaba
"el guapo Canche, hijo del suizo" como dijeron los señorones burgueses.
"Libre en las calles, es verdadero peligro -insistió la señora maestra-
porque a ese muchacho lo siguen los patojos y hasta las muchachitas se agitan, gritando como gallinas, cuando él se deja ver por ellas". De manera que poniendo la cara más adusta y compungida que alguno pueda imaginar, los padres de familia visitaron a don Jacobo, para que despachara a su hijo a la capital,
"a algún cuartel donde lo corrijan » y pensando que debían pagar por ello, pues la farmacia estaba en decadencia, como en efecto, expresaron la mejor disposición en suministrar los costos que el viaje y la estadía pudieran ocasionar.
El viejo rechazó indignado el vil ofrecimiento, pero, como acababa de inyectarse una dosis de morfina, reaccionó con gran serenidad, asegurando que el caso se arreglaría. Vio con placer que las visitas se largaran. Sólo entonces, hizo llamar a su hijo Jacobo. Cuando éste estuvo cerca de él, se percató de que su padre estaba llorando.
—¿Qué te pasa papá? ¿Quién te hizo daño? Nunca te he visto así... ¿Qué te hicieron?
—Es el olor a materias fecales que me hace llorar los ojos — repuso, quien jamás dijo una palabra inadecuada. Se calló un buen momento apretando los hombros del muchacho, antes de preguntar —¿Cómo te sientes para irte a la Escuela Politécnica donde siempre has querido estar? —Y como el hijo dijera que estaba bien, añadió:
—Entonces termina tu cuarto de secundaria. Te vas a la capital expresamente a preparar tu examen de admisión. Tú no nw puedes fallar. Vas a ser el mejor y a vencer todos los obstáculos que se te presenten.
—Eso te lo prometo papá... —afirmó el otro a punto de sollozar.
—Entre tanto, te ruego alejarte de todos esos muchachitos: que desean ser tus amigos. La soledad es la mejor compañera.
Continuaron conversando un par de horas. Jacobo, el pequeño,
sabía cuan profunda y noble era el alma de su padre. Este, sufriente y frustrado sin dejarse vencer. Voluntario
en el ejército francés,
se negó a masacrar poblaciones árabes para conquistarlas y hubo de dejar las filas. Vuelto a Suiza, e
l padre, abuelo de Jacobo, suicidose, dejando una pequeña fortuna a los hijos. Uno de ellos se dedicó al comercio, don Jacobo no pudo hacerse médico y optó por aprender farmacia empíricamente. Mas intolerante a la gazmoñería de la sociedad suiza,
buscó la manera de viajar a un país pobre donde pudiese ser útil, y, sin saber por qué, eligió Guatemala. Abrió la farmacia que
le daba oportunidad para servir a los indios enfermos, sobre todo en las épocas de epidemia o de tifus, endémico en el altiplano. Bastante numerosa fue su clientela. Pudo multiplicar su capital. Se hizo rico y por lo mismo respetable, pero la maldita úlcera dio por hacerle imposible la vida. No podía comer ni dormir. Debía inyectarse él mismo el remedio salvador. Jacobo hijo, lo sabía, pues a veces acompañaba a su padre consolándolo, como nos contara Debrot. En aquella ocasión, el hijo no pudo menos de reconocer cuan profundo era el dolor del padre, y para colmo, cuando buscaba la alegría de servir a sus semejantes. "No pretendo fundar un hospital. Me basta prestar ayuda a los pobres indios, para que vivan mejor.
Hijo, no hay más bello atributo en el alma del hombre que hacer un poco de justicia y caridad. Lo demás es vano
CARTA A JACOBO ARBENZ GUZMAN- Por EFRAIN DE LOS RIOS
4 PUERTAS
CHIRIVISCOS POETICOS
EFRAIN DE LOS RIOS
GUATEMALA 1969
Escritor y Periodista, nacido en la ciudad de Huehuetenango
EPISTOLARIO POLITICO
"
Ni este 25 de junio, ni el otro ... ni el otro". Carta, sin sobre, para el expresidente Arbenz ...
Ciudad de Guatemala, julio de 1954.
A coronel Jacobo Arbenz Guzmán, exresidente de la República.
Su refugio.
Nunca olvidado coronel Arbenz:
Siento la urgente necesidad de escribir a usted una carta similar a la que dirigí al general Ubico, de la ciudad
de México en el año 1945. En aquella carta dije al general que creí
necesario decirle; lo que ya le había dicho personalmente y él ha de
haberme oído. En esta carta que estoy escribiendo a usted, voy a
decirle, en circunstancias bastante difíciles, lo que usted no hubiera
querido oir, si me propongo decírselo cuando era el orgulloso presidente de Guatemala.
"Cuando los dioses quieren perder a un hombre, lo enloquecen con el poder", decían los griegos. Y yo creo, coronel Arbenz, que usted enloqueció en la altura.
Usted no pudo resistir la embriaguez que producen las alturas. Y con
esa euforia que el poder produce, cometió una larga seriede insensateces
que por hoy no me propongo puntualizarle, sino que irán pasando poco a
poco ante sus ojos, en la cinta del recuerdo. Porque usted,ya sea en
el silencio del encierro o del destierro, recordará estoy seguro. Y
recordar, en ciertas ocasiones, es como volver a vivir lo que se ha
vivido...
Mi carta no tiene ningún rencor para usted, ese rencor que sería muy
natural y muy humano en el hombre que ve la ruina de su patria. Mi carta
no tiene más queverdad y sinceridad; y no tiene más objeto que recoger
un breve reflejo de la opinión pública, aquella misma que coincide con
mi manera de sentir y de pensar, y que usted tan olímpicamente despreció cuando era presidente de Guatemala.
No voy a recordar a usted nada de lo que debe recordar muy bien, ni voy a
reprochar a usted ninguno de los desaciertos que cometió y que ojalá
hubieran producido idetrimento únicamente en su persona. Sólo le señalaré muy a la ligera, los errores más de bulto que cometió y que fueron fueron la ruina del país.
Recordará bien que usted llegó a la presidencia de la República, como producto de un legítimo fraude electoral.
El primer día de elecciones, creo que el viernes 10 de noviembre de
1950, hubo en la ciudadanía efervescencia por concurrir a las mesas
electorales, pero el segundo y tercer días, todo entusiasmo decayó.
¿Por qué? Porque los partidos políticos que lo apoyaban inflaron de tal
manera las cifras, se echaron tanto capote, como se dice o la
jerga billarística, que los que venían atrás ya no se, preocuparon por
alcanzarlos, ni ellos corrieron más por que sabían que no había quién
los alcanzara. Yo mismo tuve
oportunidad de hablar con muchos de sus partidarios, quienes se jactaban
en un alarde de suma inconsciencia, comosi hubiesen realizado una
hazaña heroica, de haber votado once y doce veces por el mismo candidato —usted— en distintas mesas electorales. La verdad de esta gran mentíra -¿no produce desaliento indefectiblemente en cualquier ciudadano honrado?
Hago a usted este breve recuerdo para demostrarle que su gobierno, asentado sobre bases falsas, no fue producto de la opinión unánime de su pueblo ;
de ahí que, por temor a la repulsa, jamás se haya atrevido a mostrarse
en público ni menos atender a los que le pedían audiencia. Su sistema de gobierno, llamado democrático a puerta cerrada,
fue peor que el despotismo atribuido al general Ubico ... Y a
propósito, antes de seguir escribiendo, quiero declararle, con absoluta
lealtad —lealtad con la que el hombre se debe conducir ante la virtud o
el pecado—, que si bien es cierto que fui enemigo del general Ubico durante los últimos siete años de su gobierno,
frente al panorama de la historia, tengo que absolver, como lo he
absuelto ya, a aquel gobernante, en vista de los daños causados a los
guatemaltecos durante los últimos dos meses, los cuales han superado a
los que aquel gobernante pudo ocasionar en catorce años de ejercicio
gubernamental.
La persuasión acerca de estos hechos me ha dejado anonadado. Ningún director de Policía, desde la independencia hasta nuestros días, cometió tantos crímenes como el suyo. ¿En
dónde encontró usted este raro espécimen de criminalidad? Y lo peor del
caso es que la responsabilidad de su amigo Rogelio Cruz Wer, debe compartirla usted, pues, que toleraba la comisión de aquellos atropellos.
Ningún gobernante dividió tanto a la familia guatemalteca como usted...
i Qué hermoso hubiera sido que usted, sin plegarse a doctrinas
exóticas, se hubiera propuesto hacer un gobierno nacionalista buscando
una armoniosa relación entre todos los ciudadanos ! Nuestra patria es
tan chiquita, que tan sólo con un poco de buena voluntad y sana
intención de los gobernantes, se puede trabajar y vivir con tranquilidad
en ella convirtiéndola en un risueño jardín. Nuestro territorio tiene
de todo, para producir lo que consumimos. Con cierta habilidad, nuestras
relaciones de importación y exportación hubieran aumentado de volumen y
no hubiéramos sufrido ningún deplorable entorpecimiento. Los Estados
Unidos de América del Norte han sido los que han suministrado a estos
pequeños pueblo de Latinoamérica todo lo que necesitan para sus
industria y paras su consumo. Son también los que les compran las
materias primas que ellos necesitan. Entonces, ¿para qué ofendederlos
como fueron ofendidos a sabiendas de que, tarde temprano, tomarían una represalia?
La valentía (?) con que se produjo en las conferencias de Caracas el
embajador Toriello, defendiendo a capa y espada, como un buen torero, la
postura de Guatemala, fue una puntilla asestada directamente a usted en aquella famosa plaza de toros ¿No
hubo quién le señalara esto? Ahora, muchos se preuntan si Toriello fue
leal a su gobierno, o ya estaba de acuerdo con lo que ustedes llamaban imperialismo. La sonrisa de Foster Dulles, en aquella conferencia en la que se insultó y se desafió de lo lindo a su país, pasará a la historia. . .
De aquel tiempo para acá, todo está muy fresco, como para que pretenda
hacer evocaciones. La huelga bantti(~i!, de Honduras, problema recién
terminado, a mi juicio, contrtribuyó en mucho a la invasión del ejército
libertador. ¿Cuántos hombres atravesaron la frontera? Un puñado de
valientes nada más, como los descamisados de Pizarro. Y estos pocos
hombres, decididos y valientes, apoyados por dos viejos avioncillos de
guerra, fueron suficientes para desconcertar a las filas del ejército
guatemalteco ... ! Ah, pero me olvidaba que una de las consignas
fundamentales del mismo comunismo, es la sistemática destrucción de los
ejércitos! Y usted, coronel Arbenz, agente
de Moscú, comisionado en América como presidente de una república.
cumplió fielmente aquella consigna. Pero no tuvo eltino de calcular las
consecuencias. Tomó muy a pecho su cometido y se encegueció.
Ahora la historia, al hacerle justicia será inflexible y le condenará
irremisiblemente por traidor a la patria. Y, ¿qué dirán del desastre sus
correligionarios?
Ningún gobernante, a menos que yo sepa, se retiró del mando de una
manera tan cobarde como usted. Recuerde de que le apellidaban "El
Soldado del Pueblo", sin por su cooperación en el movimiento armado de
1944; pero ahora se cree que aquella cooperación suya fue como la de
aquel espectador que en la piscina de un baño público, fue arrojado al
agua y de casualidad sirvió de tabla salvadora a una niña que se estaba
ahogando. Y cuando preguntaban por el héroe para premiarlo, él buscaba
al que lo había empujado...
Y aquí, frente a mi mesa, todavía estoy viendo los costales de arena que
se hicieron subir a las terrazas del palacio y de la casa presidencial
para protección contra las balas enemigas. Todavía estoy oyendo las
frases de usted trasmitidas por la radio nacional: "¡Ni un paso atrás...
!" "¡ Ni hoy, ni mañana, ni nunca!" (se refería al almuerzo del coronel
Castillo Armas prometido para el 25 de junio); "Palmo a palmo
defenderemos como un solo hombre, el territorio nacional, hollado por el
architraidor Castillo Armas"; "Si la guerra quieren, la guerra tendrán"
... Y esas promesas hechas al pueblo, contribuyeron a hacer más
aparatoso su derrumbe. Porque usted se derrumbó, lo derrumbaron, "lo
rempujaron", coronel Arbenz, como a un maniqui inservible. Sus
obreros y sus campesinos, únicos a quienes usted reconocía como el
pueblo de Guatemala, lo dejaron solo a la hora de las tempestades. ¿Ya
ve lo que es buscar apoyo en las masas populares? En la hora de ¡hora,
ni para remedio —como dicen las viejas— se encuentra un solo arbencista
en Guatemala...
Yo no niego que la intención de usted ha de haber sido buscar el bienestar de las clases trabajadoras; pero debió de buscarlo por otros caminos que no fueran los del menosprecio a las otras clases y el de la intransigencia loctrinaria. Su
dogmatismo en materia política fue su perdición y, lo peor, que los
pocos valores que forman la conciencia de un pueblo, fueron pisoteados
por usted y sus partidarios.
Los últimos gobernantes que hemos tenido no tenían hijos. Usted los
tiene y ni siquiera pensó en ellos cuando cometía o toleraba crímenes.
¿No recuerda la sentencia de Moisés?: "La iniquidad de los padres se
castigará en los hijos, hasta la cuarta o quinta generación." Horrible
¿verdad? Sin embargo, creo que usted ha prestado un servicio a la
patria. Su caso ha de servir de ejemplo.Como es natural, usted y sus
partidarios alimentarán la risueña esperanza de que el régimen que ahora
empieza a estrtucturarse, se derrumbe de repente. Esto es posible, pero
paarán muchos años, quizás un centenar o más ... Los blos que pretenden
dominar al mundo y logran ha —como nos lo señala la historia—, tardan
más o ni quinientos años, y nosotros, en América, todavía somos masiado
jóvenes como para entregarnos a una dominación ultramarina.
Usted debe reconocer que los principios en que se inspiro la Revolución
de Octubre del 44 —sanos principios para la época en que nacieron—,
fueron pisoteados groseramente y que el desvío operado en aquella trayec
luminosa, fue provocado y aprovechado por elementos izquierdistas que
lograron infiltrarse en sus filas, por tolerancia punible del primer
mandatario de la revolución. usted hubiera sido patriota, no hubiera pretendido entregar su patria a la dominación extraña. Su apellido, como el de los otros dos más sanguinarios de sus colaboradores suena a teutón. Y quizá por un cruel atavismo, por una sangrienta burla racial, se reflejó en ambos a la hora de poder.
En un libro que ya no anda por ahí —y
que por cierto fue sensacional en los primeros años de la revolució
describí someramente los crímenes cometidos por el ubiquismo. Y usted me
ha dado; no la ocasión de rectificar sino la oportunidad de establecer
un paralelo. Usted y sus colaboradores,
en catorce días de arbencismo —llamaré a su sistema de gobierno—,
cometieron crímenes mucho más horrendos que el ubiquismo en catorce
años de duración. Esta confesión es dura, pero es efectiva.
No podemos sustraernos a una evidencia palpitante. El silencio o la
tolerancia, serían complicidad. El general Ubico mandaba matar, no lo
niego, pero por hechos legítimamente comprobados y con la sana intención
de ejemplarizar. Perseguía a sus enemigos políticos, los encarcelaba y a
los pocos años los soltaba.
Además, Ubico y sus colaboradores eran responsables de sus actos. Jamás ordenaron secuestros.
Y las familias no fueron inútilmente castigadas con el horrible tormento
de la incertidumbre. El prisionero, cuando así convenía a las
intenciones del dictador, era encontrado en los cuarteles o en la
penitenciaría ; pero nunca desaparecido definitivamente, ni menos
desnudo y flagelado más allá de las fronteras. . .
Pero matar, como lo hizo su amigo el coronel Rogelio Cruz Wer,y sus secuaces por el solo hecho de pensar opuestamente al comunismo, eso jamás... Se lo dice en esta hora suprema, de una amargura singular, un enemigo del general Ubico, que no tiene interés en defender la memoria de aquel hombre, ni menos ofenderla estableciendo una repugnante comparación.
Yo no fui enemigo suyo ni opositor de relieve a su política de gobierno. Durante la campaña electoral de 1950, fui redactor y marginalista del diario "E¡ Pueblo", vocero del partido del mismo nombre que propiciaba la candidatura del licenciado Jorge García Granados para presidente de la República. Como literato y hombre libre, debía escoger al candidato que me pareciera mejor. Y nadie, si es honrado, me negará que García Granados, entre los seis o siete candidatos que se lanzaron al palenque electoral, era el más capaz. Y
este excandidato y el general Ydígoras Fuentes, deben de tener en su
conciencia la convicción de que los votos que obtuvieron en las urnas
electorales, fueron hermosamente legítimos, espontáneos, sinceros,
cabales, redondos ... En cambio usted, coronel Arbenz, debe haber tenido siempre la molesta convicción de que los diez o doce votos que individualmente emitió cada uno de sus inconsecuentes y perversos turiferarios,
tras de conculcar los más bellos principios de la democracia, sirvieron
para elevarlo y colocarlo sobre una base falsa. Pero de eso no tuvo
usted la culpa, sino su juventud y su inexperiencia. Si usted hubiera
conocido, aunque superficialmente, la psicología del pueblo
guatemalteco, no hubiera cometido tanto error; ni se hubiera visto
obligado a huir del poder, como lo hizo. Hubo patriotas desinteresados
que a tiempo le señalaron esos errores, para que los enmendara—porque
podía hacerlo— y nunca quiso oírles ni atenderleles. Si usted tuvo la
intención de evitar el mal y no pudo, era impotente; si no quiso, era perverso. Y es dolorono pasar a la historia con estos calificativos.
Pero no hablemos ya del pasado. Vamos al presente ¿Qué será de usted y
de los suyos en el porvenir? A dorad, quiera que vayan, llevarán un
estigma. Los ojos de Ante rica —como el bíblico ojo de Caín—, están
fijos y observadores en ustedes. En el ajedrez internacional de la
político. Rusia perdió su mejor posición en América. Si usted los suyos
no eran comunistas, resultan, en el análisis,traidores a su propia
patria, entreguistas voluntarios, falaz rara e inconsecuentes. Si
efectivamente lo eran, han sido traidores a la causa, y conforme con el
dogmatismo del programa soviético, merecedores de la muerte. Porque los
comunistas, a los que se muestran tibios o vacilantes, les atan una
bala de cañón al pie y los arrojan de cabeza al Volga, Volitilcuando son
atrapados en la órbita de las estepas ... Pero cuando son derrotados en
otras partes, entonces suelen matarlos... ¿Dónde? ¿Cómo? Sólo ellos lo
saben y lo hacen . Sobran los ejemplos para que me proponga señalarllos.
De ahí que, dada la negativa de los gobiernos de muchos países amigos de
Guatemala en Latinoamérica paraadmitirlos, cuando el respectivo
salvoconducto les sea tendido, caso de serlo a saber de aquí a cuándo,
tendrán que refugiarse en la propia Rusia o ende los países sometidos a
su dominación; mas, en todos estos pueblos prevalece con toda su
intensidad el precepto dogmático del programa comunista, tendrán ustedes que ser condenados a muerte o confinados a la Siberia, para morir en los trabajos forzados, porque los comunistas, los del Kremlin, sólo toleran a los vencedores, jamás a los vencidos. Y
ustedes, ¿qué dirían a los dirigentes rusos el día que arribaran a sus
estepas? Estoy viendo los semblantes de los unos y de los otros. . .
Nuestro pueblo, de suyo chispeante y burlón, se solaza divulgando
chistes ingeniosos alusivos al desmoronamiento de su gobierno.
Eso del milloncito de quetzales extraído arbitrariamente de la Tesorería Nacional, dinero de este pueblo pobre,
con la complicidad del mayor Alfonso Martínez Estévez, del coronel
Carlos Enrique Díaz y de otros exfuncionarios conocidos, ha enojado
profundamente a la ciudadanía y pide que "a como dé lugar", centavo por centavo, sea reintegrado al lugar de donde lo sacaron. Lo que ya no será posible reintegrar, serán las vidas de muchos cristianos guatemaltecos.
Recuerde usted que el 22 de marzo de 1952, dos años atrás, las distintas
agrupaciones anticomunistas de Guatemala, en documento que pasará a I
historia, pidieron a tisted: I, la
disolución del partido comunista, con base en el artículo 32 de la
Constitución; II, la separación de los elementos nacionales o
extranjeros que, infiltrados en su gobierno —como las molestas niguas—,
apoyaban y defendían la doctrina comunista; III, la expulsión de los
agitadores extranjeros; IV, rectificación de la política internacional,
retirando a los diplomáticos imprudentes que con su actuación estaban
comprometiendo la soberanía nacional.
No era mucho lo que estos patriotas pedían. Pero usted, con un olímpico
desprecio, ni siquiera les acusó recibo de su queja. Concluían pidiendo a
Dios que no permitiera que su gobierno desoyera el clamor del pueblo
guateinalteco, que se compendiaba en los cuatro puntos de aquella
petición, a fin de evitar una guerra civil que, tarde o temprano,
ensangrentaría el suelo patrio; y usted y los suyos tio quisieron oír
aquel aviso oportuno. Lejos de ello, usted y su ministro de Relaciones
Exteriores, el garrido canciller Toriello, dijeron: "La, batalla de
Guatemala ha comenzado', y todos creímos que en' el horizonte se
perfilaban las llamas de un incendio como el de Corea. Pero lo cierto
del caso es que sí se derramó sangre guatemalteca, y Dios hizo-su
voluntad atendiendo los ruegos del pueblo de Guatemala.
Si usted hubiera podido darse cuenta que el comunismo estaba dislocando
la moral cristiana y que la Iglesia, por medio de sus prelados,
condenaría aquellos pasos —condenación que sería recibida en el alma
popular con distintas reacciones, una de ellas, la lucha material—,
quizá hubiera dado o, por lo menos, intentado dar un leve sesgo en la
política de su gobierno, viraje que le hubiera sostenido por algunos
años más, evitándole 'amarguras, incomodidades y humillaciones como las
que debe estar padeciendo hoy.
Dicen las gentes que la soberbia de su
esposa, especialmente con las damas cultas de Guatemala, esas que usted
desdeñosamente calificaba de "reaccionarias", le conquistó numerosas
antipatías. Que en un baile del Club Guatemala —y esto lo
publicó la prensa de aquel entonces—, ella dijo a un corresponsal de
prensa extranjera, que cuando conoció a usted "era un muchacho tímido" y
que ella le había enseñado de todo, hasta bailar...
Es muy peligrosa la influencia de las mujeres sobro-la vida de un
hombre, especialmente si éste gobierna un pueblo. Ya lo dijo Pericles,
hace muchos siglos. Generalmente, los hombres dotados de, mayor
inteligencia concluyen haciendo lo que sus mujeres tontas quisieron que
hicieran. Y ahora, si la mujer es más decidida y abachillera que el
hombre...
Recordemos a aquella bellísima; austriaca que se llamó María Antonieta y
al infortunado Luis XVI. Me refiero a la influencia de ella sobre él,
no al fin que tuvieron. ¿qué se hicieron los amigos de Guatemala,
especialmente los de México, qu ele enviaban melifluos mensajes de
simaptía? ¿Qué s ehicieron aquéllos que decían y le consideraban a
usted "el más heroico de los paladines de América, capaz de emprender
hazañas extraordinarias, como jamás las habían visto los siglos,
¡caballero de la dignidad!"?
Todas las personas que formaron esos grupos, amigos del diente al labio,
lejos de ofrecer sus buenos servicios a la República —cosa que
seguirían haciendo hoy, si hubieran sido sinceras—, sólo ofreciap,
apoyarlo a usted y a su gobierno, como si usted y los suyos hubieran
sido Guatemala. Por eso hay que desconfiar de esos grupos de personas
amigas en el exterior. ¿Dónde están los treinta mil simpatizantes del
Uruguay? ¿Los de'México? ¿Los de Cuba? ¿Los de Chile?...
Y los partidos políticos que lo apoyaban, los "mayoritarios", ¿qué se hicieron, coronel Arbenz? ¿Ve
usted lo inútiles que son los partidos políticos a la hora en que deben
defender al gobernante a quien en todo el tiempo dicen apoyar? El fomento de esos grupos ha sido y seguirá siendo lesivo a los intereses nacionales, especialmente en un medio tan singular como el nuestro...
Números abstractos, lirismos, alucinamiento, ilusión, espejismo, sueño...
Recuerde usted que cuando los militares del Estado Mayor le invitaron
para cambiar impresiones sobre la política interna, usted les dio
respuestas ambiguas y el cuestionario, conteniendo veintidós puntos,
usted lo dejó sin respuesta categórica. Si en esos momentos usted
hubiera podido ver más allá de la cortina de hierro que frente a sus
ojos tendían sus falsos amigos para desorientarlo, era tiempo todavía de
salvarse. Sorprende que siendo usted militar haya desconocido el hecho
de que, cuando el ejército toma cartas en un asunto, especialmente de
suma gravedad como ese, es muy difícil ya salir del atolladero. Y todo
esto sucedía quince días antes de su derrumbe. Si hubiera atendido a sus
compañeros de armas, a estas horas todavía estaría usted cómoda y
tranquilamente sentado en la silla ambicionada y el pueblo entregado a
sus labores como siempre. Y ¡ quién sabe si no hubiera aplaudido
sinceramente su conducta! Pero, coronel Arbenz, por pura fatalidad, se
mostró ciego y sordo ante las reiteradas indi cationes de sus
conciudadanos.
El destierro es, a mi juicio, el más benigno de los castigos. Porque el
encierro en la penitenciaría o en un camp de concentración, es amargo ;
se lo dice alguien que lo ha sufrido, y no por pocos años.
El entierro, ese sí no tiene ya remedio. Y usted y lo suyos se hallan
amenazados por el más benigno de los castigos. Y ese castigo, ¿por qué?
Por el capricho, por la terquedad, por la insensatez, por la voluntaria
sordera de; no querer oir el rumor del río humano que amenaza salir-; se
de madre si no se le abre el dique con que torpemente' se le quiere
detener.
No podría creer nunca que los terribles asesinatos cometidos en los
últimos tiempos hubieran tenido por mira el mejoramiento de Guatemala.
Si usted, como el genera Ubico, hubiera visitado los pueblos y, mejor,
si hubier visitado alguna vez los barrios de la capital, habría
comprobado la miseria de. sus habitantes, y si hubiera tenid corazón,
algo habría hecho por mejorar sus deplorable condiciones. Porque no es
posible suponer que su crueldad haya llegado hasta el extremo de
mostrar indiferencia an el dolor de los necesitados. Ese gesto le
hubiera evita muchísimas antipatías. Para gobernar a Guatemalalo dije
otra vez—, sólo falta un poco de buena voluntad sana intención ; y allá,
de vez en cuando, como ahora, por las circunstancias, un poquitín de
mano dura. El pueblo es dúctil y le gusta el trabajo y la paz. Pero no
hay q llevarlo por senderos equivocados, porque entonces resol lo mismo
que acabamos de ver...
Creo, por lo que veo, que usted, coronel Arbenz, leyó mi libro "Ombres
contra Hombres" ; ahora, el conido de ese libro es pura literatura
infantil
Usted nunca me dispensó el más simple favor como gobernante, ni yo le
serví jamás; fuimos completamente indiferentes. Luego, ningún
sentimiento, a no ser el patriótico, ha sido el impulsor de estos
renglones.
Yo no conozco a usted, ni usted me conoce a mí. Nunca estreché su mano,
ni su voz oí. No hubo entre nosotros ni siquiera la simple relación de
gobernante a gobernado. Ni la sencillez del saludo callejero...
Quizá algún día nos encontremos en el camino de la vida. Y mientras
tanto, sólo me queda repetir la misma frase que en otra carta dije otro
dictador: Sic transit gloria mundi.
(Tomado del periódico La Idea, No. 13, de 2 de julio de 1954.) Imprenta "La República". Tiraje: 85,000