viernes, 28 de agosto de 2026

MONUMENTOS, , GEMAS, MONEDAS * MURRAY* 33--35

 LA VERDAD DE LA BIBLIA

 DEMOSTRADA MEDIANTE UNA APELACIÓN A MONUMENTOS, ESCULTURAS, GEMAS, MONEDAS Y MEDALLAS EXISTENTES.

JOHN MURRAY, F.S.A. F.L.S. F.G.S.

RELIGION VICTORIOSA” "Grabado en  una joya antigua.

LONDON:

1840

A SU MAJESTAD LA REINA,

 ESTE VOLUMEN ES  MUY HUMILDE DEDICADO CON SU PERMISO,

CON LA MAYOR  GRACIA; POR SU SÚBDITO  LEAL, Y A SU SERVICIO

EL  AUTOR.

LA VERDAD DE LA BIBLIA * MURRAY*  33-

Los vasos absorbentes que succionan, con una hábil selección, los diversos materiales asimilados, y con rara discriminación, apropiándose de todos; las funciones de la piel que enfrían la superficie, cuando es necesario, y los orificios que actúan como conductos de desecho, también del sistema.

Las maravillas ópticas de ese perfecto instrumento acromático, el ojo; su ventana, y su curiosa cortina, y su lente, y los medios en contacto con él; su lienzo reticular en el fondo de una cámara oscura con todo su mobiliario microscópico y telescópico.// cerca y lejos//

 El aparato acústico del oído con su martillo, su estribo y su tímpano, y sus cámaras y sus cavidades bellamente intrincadas.

Los movimientos del cerebro y sus membranas: los órganos secretores y asimiladores que reclutan lo de desecho y cultivan la buena estructura; la sensible, irritable y celosa epiglotis, que custodia, como un fiel centinela, el viaducto de la tráquea; la refinada sensibilidad de las papilas y fibrillas de la lengua, y las delicadas funciones de las membranas de Shneider.

 Estos y muchísimos más órganos secretores y asimiladores, junto con las secreciones de los riñones, las mamas, la vesícula biliar, las glándulas salivales, el páncreas, las glándulas conglobadas y los vasos linfáticos, bien merecen nuestra admiración. ¡Qué milagro de habilidad y complejidad, y sin embargo, qué serena y discreta armonía!

 Todo lo bello en el diseño y maravilloso en la adaptación recíproca de las partes, con sus aptitudes mutuas, se concentra aquí en un foco luminoso de sabiduría omnipotente.

Habiendo descrito la maquinaria del hombre, no necesitamos referirnos al mecanismo de las criaturas inferiores; pero si lo hiciéramos, con la mente clara y en pleno uso de los conocimientos, sin duda encontraríamos, junto con el descubridor de la circulación sanguínea, a un Dios tanto en las obras más humildes como en las más elevadas de la creación.

Menos aún necesitamos observar la estructura de la vegetación. La planta rebosa de pruebas de un diseño palpable y curioso: las células, los conductos y los filtros, los vasos absorbentes y secretores; la diastasa que transforma la fécula en azúcares; el ascenso de la savia cruda y su transferencia a los alambiques de las hojas, donde se transforma en cambium; la posterior formación de alburnum y liber; las funciones de la flor; el sellado en la semilla del embrión, impreso por la semejanza de la planta que lo engendró.

 Si todo este maravilloso mecanismo pudiera revelarse a la vista, el ateísmo, con toda su estoica audacia, se avergonzaría y sonrojaría.

*********Lunes, 21 de marzo de 2016

DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ

Por Beverly Nichols

JUNIO1951

DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ

Un empeño en busca de la fe, que obtiene recompensa

condensado de “All I Could Never Be)

Por Beverly Nichols

JUNIO1951

Ensayista británico, novelista y dramaturgo, autor de “Veredict on India”

En mis años juveniles publiqué una autosemblanza en que proclamaba la futilidad de la fe,  dije así:

La fe no es virtud, como no es virtud el oído músical; se tiene o no se tiene.

 Yo anhelo creer en una vida futura; ansío aceptar que las sombras que ahora mismo se van extendiendo lentamente sobre los prados de la vida serán ahuyentadas, cuando la noche venga, por una luna que no ha salido aún. Pero no puedo Ninguna de mis pesquisas, ninguna de mis averiguaciones, me han llevado a terreno firme”

A medida que mi correspondencia aumentaba me fui dando cuenta gradualmente de que con mi constante machaqueo sobre el tema de la futilidad de la fe estaba causando pesar a un gran número de personas. Y cierto día abrí una carta que fue como una puñalada en pleno corazón. Hela aquí:

"Estimado Beverly Nichols:

Chesterton dijo alguna vez que el mayor crimen del mundo era romperle su juguete a un niño. Sólo ahora acabo de comprender lo que el brillante escritor inglés quiso decir, y es a usted a quien se lo debo. Yo tenía  un juguete que se llamaba Fe y con él había jugado por cerca de 80 años.  Y ahora usted me lo ha roto.

No sé si debo darle las gracias o maldecirlo. Pero yo, que había pensado  morir como una chiquilla abrazada a mi juguete, moriré ahora como una anciana insensata, y no tendré nada que estrechar contra mi pecho..."

Desde ese momento juré que fueran cuales fueran mis pobres opiniones sobre los grandes misterios de la vida y del más alla, las reservaría para mí solo.

Empezó entonces un curioso intermedio durante el cual, esquivando siempre  toda forma de ortodoxia cristiana, exploré los caminos laterales de la religión. Mis esfuerzos por hallar la fe llevaron a los estantes de mi biblioteca una miscelánea de volúmenes, principiando con el Bhagavad_Gita y terminando con Mental Healers de Zweig. La ayuda que pude hallar en esos credos fue sólo transitoria. Mirando retrospectivamente me parece extraño que hubiera podido yo evadir con tanta persistencia la solución obvia, que era atravesar la puerta de una iglesia.

No fue en la penumbra de mi biblioteca sino en la sencilla placidez de mi jardín donde pude hallar finalmente el sinuoso y estrecho sendero que conduce a la verdad.

 Voy a decir algo tan simple que a muchos les parecerá que no vale la pena de decirlo: no veo cómo puede un hombre ser a un mismo tiempo jardinero y ateo.

Admirar el corazón de una rosa, enaltecer su belleza y en seguida proclamar que el universo es un caos sin sentido, constituye seguramente el ejemplo más manifiesto de términos contradictorios.

 El ir descubriendo gradualmente en una y otra primorosa flor, los más exquisitos y completos dechados tuvo para mí el carácter de una revelación religiosa.

Compré una lente de aumento y tarde en la noche, a la luz de la lámpara, la ponía frente a una margarita con sus miles de apretadas estrellas cada una coronada con un casquete de oro por la mano de un artífice maestro. Gozaba con las ricas telas de los lirios, cada uno de cuyos pétalos es un tapiz en miniatura.

Los objetos más comunes eran los más interesantes, por ejemplo, la primorosa disposición de las semillas en el anverso de los helechos, a manera de botoncitos cosidos en un justillo milagroso.

Y así como el sentido de la vista me persuadía de la posibilidad de un modelo divino, el oído me insinuaba la posibilidad de un ritmo universal.

El aire mismo se poblaba de vibraciones musicales: las frases de un suave ligado que canta el viento en los trigales, los brillantes arpegios del aguacero, los altos y bajos del flautín de las aves. Con toda esta música tan incesantemente difundida ¿Cómo podría ser que no hubiera una fuente central de armonía y un maestro concertador?

Durante mis solitarios paseos por las colinas yo me hacía a mí mismo estas preguntas.

 A veces solía entrar en alguna humilde iglesia y me sentaba en un viejo escaño situado atrás; y entonces me invadía  insensiblemente una sensación de extraña felicidad.

 ¡Qué quietud aquella¡ El mismo canto de las aves llegaba como algo muy lejano. Y sin embargo, aunque estaba absolutamente sólo no me sentía aislado. Aquí tal vez podría encontrar lo que había estado buscando__alguien a quien dar gracias.

 Después de uno de esos paseos releí, por primera vez en varios años, el evangelio de San Marcos. A medida que iba desarrollándose la sublime   historia  yo murmuraba en mis adentros:

¡ Si fuera cierto¡ ¡Si fuera cierto¡

 De repente me di cuenta de que nunca había hecho ningún esfuerzo serio por comprobar si eso era verdadero, Yo había basado, mi convencimiento en una suposición trivial  y fácil: la de que no ocurren milagros por todas partes, desde las flores de mi escritorio hasta ese ramillete fantástico  de sombra que proyectan sobre la pared.

Decidí hacer una investigación imparcial en el campo de la teología. Me fui a Londres y regresé con una valija llena de libros.

 Fueron los meses siguientes una de las épocas más emocionantes que he vivido porque anduve  verdaderamente en busca de  un tesoro, búsqueda que me llevó a través de la historia y cuyo premio final era la Fe.

No me propongo escribir extensamente sobre la evidencia histórica para la cristiandad. Sin embargo, quiero hacer una súplica encarecida.

 Si alguno de mis lectores pertenece al grupo de los que opinan que el relato cristiano de los hechos es “imposible,” que está contra la naturaleza y si es abiertamente contrario a “la opinión ilustrada; sí, en suma, opina que no pasa de ser una bonita leyenda, le ruego, por su más vital interés propio, que examine esos hechos tan fría e imparcialmente como si fuera miembro de un jurado. Aunque no gane ninguna otra cosa habrá hecho el descubrimiento de que la teología es uno de los estudios más a apasionantes a que puede dedicarse un hombre. Pero ésta, creo, será la menos importante de sus ganancias. Sospecho que encontrar, con gran sorpresa suya, que esas cosas sí pudieron haber sucedido.

Este es sólo, naturalmente, el primer pasoEl cristianismo no es un sistema de hechura humana, como el comúnismo que puede ser valorado por un tribunal. Para su realización mística exige a sus adeptos un salto en la oscuridad, un salto que  conduce de las tinieblas a la luz.  JUNIO 1951

GEMAS, MEDALLAS, SON TESTIGOS DE BIBLIA *MURRAY* 30 ---33

 LA VERDAD DE LA BIBLIA

 DEMOSTRADA MEDIANTE UNA APELACIÓN A MONUMENTOS, ESCULTURAS, GEMAS, MONEDAS Y MEDALLAS EXISTENTES.

JOHN MURRAY, F.S.A. F.L.S. F.G.S.

RELIGION VICTORIOSA” "Grabado en  una joya antigua.

LONDON:

1840

A SU MAJESTAD LA REINA,

 ESTE VOLUMEN ES  MUY HUMILDE DEDICADO CON SU PERMISO,

CON LA MAYOR  GRACIA; POR SU SÚBDITO  LEAL, Y A SU SERVICIO

EL  AUTOR.

LA VERDAD DE LA BIBLIA * MURRAY*  xxvi-30

Es razonable creer que, así como el autor de nuestra vida ha entretejido en la esencia de nuestro ser, la conciencia de nuestra identidad personal, perpetuada y establecida en cada etapa posterior de nuestra existencia, también es razonable concluir que dejó una huella en la mente de sus criaturas, o impuso la conciencia de que derivaba su ser, de una fuente infinitamente elevada por encima de su más elevada comprensión; y que esa fuente debió ser la inteligencia omnipotente.

En consecuencia, encontramos que este sello ha sido impreso universalmente; y tal reconocimiento se halla, en el testimonio unánime de toda raza y lengua; existió en todas las épocas pasadas y ahora prevalece, entre todas las naciones de la tierra.

 ¿Acaso el individuo que se ha arrogado el poco envidiable carácter de ateo, haciéndose eco del lenguaje de su prototipo, Hume, exige la prueba de la experiencia?

order and harmony are the sequence of wise and beneficentlaws ; and by the same test, applied to thephysics of the material world, in the synchronism oftheir order and harmony, we, on the soundest principlesof induction, infer a lawgiver, who is God over all.

 Replicamos que la experiencia de los siglos ha demostrado que el orden y la armonía son la secuencia de leyes sabias y beneficiosas; y mediante la misma prueba, aplicada a la física del mundo material, en la sincronía de su orden y armonía, nosotros, según los más sólidos principios de inducción, inferimos un legislador, que es Dios sobre todo.

La evidencia del designio demuestra la existencia de Dios. Es absurdo decir que asumir esto es petitio principii la petición de principio de la dialéctica; y quien plantea esta pregunta niega que exista tal evidencia.

Debe recordarse que un axioma, o proposición autoevidente, no requiere demostración, ni tampoco puede recibirla; y tal intento sería una reductio ad absurdum, como se llama en matemáticas, muy similar a la solución que el escéptico da al problema de su propia existencia. — Sentio ergo sum. ¿Qué es el diseño*? es, por lo tanto, la simple pregunta en cuestión, y una vez definida con precisión, el sofisma se desmorona.

Veo ante mí un ejemplar acabado del más hermoso mecanismo, cuyas diversas partes encajan a la perfección y dependen unas de otras. Percibo, además, ruedas concéntricas e innumerables movimientos, y movimientos circulares y excéntricos combinados con vibraciones cicloidales.

Puede que me pierda contemplando la mística máquina, y que muchos de sus movimientos no los comprenda; pero observo sus relaciones mutuas y dependencias recíprocas, y, además, percibo que sus fuerzas combinadas emergen en el orden y la armonía propios de las leyes de la cronometría. Por lo tanto, deduzco el diseño, e infiero con la misma sensatez un diseñador con la misma sensatez con la que deduzco una causa antecedente a partir de un efecto.

El diseño, por lo tanto, es la adaptación de los medios a un fin; la aptitud y la disposición de las partes para producir un resultado específico y determinado.

 Y cuanto más refinados y precisos sean los movimientos y exquisitas sus combinaciones, mayor es mi admiración por el artista que los creó y la habilidad que los plasmó. Para este argumento, es irrelevante si he visto o veré alguna vez al artista; infiero su existencia a partir de su obra, y admiro y venero lo que su inteligencia ha ideado y sus manos han ejecutado.

Es una necedad hablar de casualidad; esa palabra es propia de la infancia, y resulta asombroso cómo un término sin significado se ha incorporado a algún idioma.

 Es muy fácil demostrar la ingenuidad del ateo y obligarlo a convencerse a sí mismo, pues sería inútil asegurarle que la muestra de habilidad e ingenio a la que me acabo de referir surgió por casualidad, o brotó espontáneamente de la nada. Se burlaría de tal afirmación y consideraría a quien intentara engañarle de esa manera como un inepto racional, o simplemente alguien que escapa del caos. Tan contradictoria, inconsistente e ignorante es esa imitación de un «tonto» a la que llamamos ateo.

¡Qué milagro de la creación es el hombre! —verdaderamente «temible y maravillosamente hecho»—un monumento erigido por una sabiduría infinita, «un prodigio de partes».

 Si se pudiera desvelar el inigualable mecanismo del hombre, o ver sus mil movimientos a través de un medio transparente, ¡qué escenas para la contemplación, el asombro y la admiración!

¡Y qué escenario para la adoración del «anciano de los días», quien creó y ajustó el mecanismo, y puso en movimiento todas sus partes y poderes! ¡Qué visión sería ver los ganglios proyectando sus influencias eléctricas a lo largo de los nervios!

 La máquina neumática de los pulmones expulsando el aire contaminado y recibiendo a cambio un suministro fresco de aire puro. La pausa y el intervalo en la respiración, para distribuir los gases según sus densidades relativas.

 El motor hidráulico del corazón, que impulsa el fluido vital de la sangre, sus contracciones y dilataciones, el movimiento de las válvulas mitral, semilunar y tricúspide, que actúan como las válvulas de una máquina de vapor; las vibraciones de los músculos, la tensión de los tendones; las secreciones sinoviales o lubricantes de las articulaciones, sus cabezas y sus cavidades; la cronometría del pulso y el calorímetro, que mide el calor que llega al organismo y lo distribuye según las circunstancias; un principio de compensación para igualar la temperatura y mantener el equilibrio ante cualquier cambio y variación.

***.***FRAGMENTOS****

SOY EL PULMÓN DE JUAN

EN BUENA parte, este artículo está basado en las entrevistas que tuvo el autor con los doctores Alton Ochsner y Hurst Hatch, de la afamada Clínica Ochsner, en Nueva Or­leáns (Luisiana).

POR J. D. RATCLIFF

SELLECIONES DEL R.D. JUNIO 1969

El verdadero trabajo lo realizo en los alvéolos: los mi­croscópicos sacos de aire que se agrupan como racimos de uvas. Hay en mí unos 250 millones de alvéo­los que, extendidos, cubrirían con su tejido aproximadamente medio campo de tenis.

Cada alvéolo está cubierto por una maraña de capilares. El cora­zón impulsa la sangre hacia un ex­tremo de cada capilar, y los glóbu­los rojos, uno por uno, lo recorren aproximadamente en un segundo. A continuación ocurre algo asom­broso. A través de la membrana finisima de la pared capilar, los gló­bulos rojos descargan su desecho de anhídrido carbónico en mis alvéo­los. Simultáneamente, toman el oxí­geno que entra por el otro extremo. Es una especie de tienda de inter­cambio : por un extremo de los ca­pilares la sangre entra de color azu­lado y por el otro sale de un vivo color rojo cereza.

“La acción automática de mis fun­ciones respiratorias está regulada por el bulbo raquídeo —la protu­berancia donde la médula espinal se inserta en el cerebro—, que es un detector químico asombrosamente sensible. Durante el ejercicio enér­gico, los músculos consumen pron­to el oxígeno y descargan el desecho de anhídrido carbónico. Con­forme se acumula este gas, la san­gre se pone ligeramente ácida. El centro de control de las funciones respiratorias detecta esto de manera instantánea y me envía la orden de que trabaje más aprisa. Si la acidez aumenta demasiado, como ocurre cuando Juan hace un ejercicio enér­gico, el centro de control me orde­na que también haga más profunda la respiración: es lo que llamamos "el segundo aliento".

Cuando Juan está sentado necesi­ta unos 16 litros de aire cada mi­nuto; en la marcha, necesita unos 24; en la carrera, unos 50. Recosta­do, tranquilamente, en la cama, ne­cesita unos ocho litros de aire cada minuto. Para inhalarlos respira unas 16 veces por minuto, es decir, inhala poco menos de medio litro de aire cada vez que respira. (Yo puedo recibir ocho veces esa cantidad, que sólo me infla en parte.) Aun así, no todo ese medio litro de aire me llega a mí; un tercio se escapa sin rumbo fijo por la tráquea y otros conductos del aire.

El aire que necesito me debe lle­gar poco más o menos tan húmedo y cálido como el de una marisma tropical. Para producir ese aire tan especial en el trayecto de unos cuantos centímetros, se requiere todo un complicado sistema.

“Hay una lista casi interminable de cosas que me pueden causar di­ficultades. Cada día Juan inhala toda clase de bacterias y virus. La lisozima, poderosa enzima antimi­crobiana existente en la nariz y la garganta, destruye a,casi todos ellos. Y, por lo general, yo puedo comba­tir a los demás que llegan a penetrar hasta mis oscuros, cálidos y hú­medos conductos, que constituyen un excelente coto de caza de micro­bios. Los fagocitos vigilan en mis conductos y sencillamente envuel­ven a los invasores y los engullen.”

“El proceso mediante el cual se purifica el aire que recibo comienza con los pelillos de la nariz, que de­tienen las grandes partículas de pol­vo. Una película adherente de materia mucosa, en la nariz, la gar­ganta y los bronquios, actúa en for­ma semejante a la del papel mata­moscas para atrapar las partículas más pequeñas de polvo. Y por úl­timo, la labor de limpieza propia­mente dicha la realizan los cilios: pelillos microscópicos que cubren, en cantidad de decenas de millones, todos mis conductos respiratorios. Como trigo al viento, los cilios se agitan hacia atrás y adelante cerca de 12 veces por segundo. Movién­dose hacia arriba, empujan los de­sechos hacia la garganta, donde pue­den ser deglutidos por Juan.”

SOY LA NARIZ DE JUAN

* FRAGMENTOS*

Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;
Estoy maravillado,
Y mi alma lo sabe muy bien.

SALMOS 139. 14-16

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST

OCTUBRE DE 1983

POR J.D. RARCLIFF

“ Si se acuesta sobre el lado izquierdo, por ejemplo, se me tapa poco a poco la ventana izquierda. Al cabo de dos horas, más o menos, envío una señal silenciosa (pues no quiero desper­tarlo) que lo hace volverse. Este es uno de varios mecanismos que utili­zo para lograr que se mueva, lo que evita que sus músculos estén acalam­brados por la mañana.”

“Automáticamente olfateo los ali­mentos de Juan antes de que los co­ma, para protegerlo de los descom­puestos, que podrían intoxicarlo. “ “Otra cosa: la voz de Juan es agra­dable, profunda. En gran parte me la debe a mí. Yo favorezco su reso­nancia. Si se aprieta la nariz al ha­blar, posiblemente se dará cuenta de la diferencia de que soy causa.”

Una de mis tareas principales consiste en limpiar y acondicionar el aire que pasa a los pulmones de Juan. Todos los días debo filtrar aproximadamente quince metros cú­bicos de aire;”

El aparato para acondicionar el aire en una habita­ción de medianas proporciones tiene el tamaño de un baúl pequeño. Mi sistema para el acondicionamiento del aire está reducido a una superfi­cie mínima de sólo unos centímetros de largo.

Naturalmente, no puedo permitir que esta capa de moco se estanque, pués en pocas horas estaría contami­nada totalmente. Por eso, cada vein­te minutos, poco más o menos, fa­brico una nueva capa de mucosidad limpia.

Para eliminar el moco ya usado, tengo cientos de miles de escobas microscópicas: los cilios. Estos di­minutos vellos empujan la capa de mucosidad otra vez hacia la gargan­ta para que Juan la trague,”

Además de atrapar mecánicamen­te las bacterias, dispongo de otra protección contra ellas: una sustan­cia que las mata, llamada endolisina, y que es la misma que protege los ojos de Juan de las infecciones. La endolisina hace de mí uno de los órganos más limpios; tan limpio, en verdad, que se pueden practicar muchas operaciones de la nariz sin necesidad de complicados preparati­vos antisépticos.”

También resulta una tarea labo­riosa calentar el aire que respira Juan. Esto lo hago en gran parte con ayuda de mis cornetes. Tres de estas laminitas óseas, la mayor de unos tres centímetros de longitud”

“¿Cómo percibo los olores? En la parte superior de cada una de mis cavidades nasales tengo una mancha de tejido pardo amarillento, del ta­maño aproximado de un sello de co­rreos. En cada mancha tengo unos diez Millones de células receptoras, de las que salen de seis a ocho deli­cados vellos sensorios. Todo este aparato está conectado por fibras nerviosas al cerebro de Juan, que se encuentra a unos dos centímetros de distancia.

. La diferencia se registra de algún modo y se genera una diminuta co­rriente de electricidad que se tras­mite al cerebro. La señal eléctrica resulta familiar al cerebro de Juan, que da su fallo: vinagre, o rosa, o caucho quemado.

En realidad esto no es tan sen­cillo. “