LA NATURALEZA TRIPARTITA DEL HOMBRE
ESPÍRITU, ALMA Y CUERPO
APLICADA PARA ILUSTRAR Y EXPLICAR LAS DOCTRINAS DEL PECADO ORIGINAL, EL NUEVO NACIMIENTO, EL ESTADO DESCODIFICADO Y EL CUERPO ESPIRITUAL
B. HEARD
EDIMBURGO
1868
LA NATURALEZA TRIPARTITA DEL HOMBRE *HEARD* i-vii
PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN.
Al preparar la segunda edición para su publicación, he sometido la obra a una revisión exhaustiva y he corregido varios errores que habían pasado inadvertidos durante la preparación de la primera edición. Deseo expresar mi agradecimiento a los críticos en general por sus comentarios alentadores sobre este intento de trazar el alcance de esa importante distinción entre las naturalezas psíquica y neumática, distinción que, a mi juicio, constituye la clave para muchas cuestiones teológicas aún objeto de controversia.
Se me ha acusado de incurrir en una contradicción al describir la conciencia como el *pneuma* muerto o adormecido en el hombre no regenerado.
Si está muerta —argumentan mis críticos—, no puede estar adormecida; y si está adormecida, no puede estar muerta.
Sin embargo, no considero que «muerto» y «adormecido» sean términos lógicamente contradictorios que se excluyan mutuamente. Concibo la conciencia como muerta en lo que respecta a sus funciones superiores o espirituales —propiamente dichas—, mientras que, al mismo tiempo, permanece meramente adormecida en su papel de norma del bien y del mal en las relaciones entre los hombres. La muerte y el sueño son tan solo diferencias de grado: en uno se produce la suspensión de los sentidos; en el otro, la de todas las funciones vitales. Si la conciencia estuviera totalmente muerta, entonces —según mi parecer— sería imposible despertarla del sueño. Los hombres quedarían fuera del alcance de la redención, tal como tenemos motivos para suponer que lo están los demonios. Por otra parte, si la conciencia estuviera despierta y activa, los hombres no se hallarían en un estado de caída, y el nuevo nacimiento sería idéntico al nacimiento de la carne.
La verdad reside en un justo medio entre estos dos extremos, hacia los cuales se inclinan las teorías de Agustín y Pelagio. Me parece que, al atender a esta distinción entre *Psyche* y *Pneuma*, los Padres griegos alcanzaron ese justo medio que, por lo general, se perdió en la teología latina y que ni siquiera los reformadores —tanto luteranos como calvinistas— lograron hallar.
Si he logrado señalar una verdadera vía de conciliación para las controversias sobre el libre albedrío —disputas que en nuestros días se han extinguido por el mero agotamiento del tema—, sentiré haber actuado conforme a la sabia sugerencia del obispo Butler: «no es en absoluto inverosímil que un libro que ha estado tanto tiempo en poder de la humanidad contenga muchas verdades aún no descubiertas, y que el plan completo de las Escrituras solo pueda ser comprendido por hombres reflexivos que rastreen indicios oscuros, dejados caer ante nosotros, por así decirlo, de manera accidental».
PREFACIO.
Bastarán unas pocas palabras para explicar el propósito y el alcance del siguiente tratado. Se trata de un intento de integrar en un todo coherente aquellos pasajes dispersos por la Palabra de Dios que describen la naturaleza humana como compuesta por tres partes: espíritu, alma y cuerpo.
La distinción entre alma y cuerpo es evidente y tan antigua como la filosofía misma.
Pero ¿qué decir de la distinción entre alma y espíritu?
Es precisamente esto lo que diferencia la psicología cristiana de la de las escuelas filosóficas.
El *pneuma* es aquella parte del hombre creada a imagen de Dios; es la conciencia —o facultad de percibir a Dios— que resultó corrompida por la caída y que permanece aletargada, aunque no del todo muerta.
En el hombre psíquico o natural, el *pneuma* conserva cierta noción de la ley de Dios, pero carece de amor verdadero hacia Él; por consiguiente, aleja al hombre de Dios en lugar de atraerlo hacia Él.
**** Una observación de Auberlen (*Bei Jesus ist niemals von einem Gewissen die Rede...* —en Jesús nunca se habla de conciencia, porque él posee el Espíritu como fuerza; véase Grist, *Herzog’s Encyclopädie*, vol. IV, p. 733) sugirió al autor la verdadera teoría sobre qué es el *Pneuma* en la naturaleza humana caída. Durante mucho tiempo dudó si describirlo como algo totalmente muerto o simplemente aletargado. Ahora percibe que aquello que el moralista describe como conciencia es lo mismo que el *Pneuma* de las Escrituras, con esta diferencia importante, sin embargo: la conciencia no convertida solo es consciente de la ley de Dios, no del carácter lleno de gracia del Legislador; y, cuando es sincera, actúa como una conciencia que «excusa o acusa», mas no que aprueba. Solo cuando la conciencia es vivificada y convertida, y cuando el amor perfecto ha echado fuera el temor, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16).
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