Una radiotrasmisora de aficionados que sirve eficazmente a chicos y grandes
LA TELEFONISTA QUE CHARLA CON MEDIO MUNDO
(Condensado de «Recreátion»)
Por Karl Detzer
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST JUNIO 1947
EL BUQUE se encontraba aprisionado en el hielo de las costas de Groenlandia. Hacía varios días que el cocinero estaba enfermo, y a la tripulación y a los miembros de la comisión topográfica los hastiaba ya la comida de latas. «¡Si tuviéramos siquiera un poquito de pan de maíz!» exclamó uno de ellos desconsoladamente. Pero ¿cómo? Nadie sabía hacerlo.
« ¿Por qué no le preguntamos a Dot?» dijo otro. En seguida el buque llamó a la radiodifusora de aficionados W21XY de Springfield, pueblo de Long Island, cerca de Nueva York. Respondió una voz placentera de mujer. Dijéronle a la interlocutora lo que querían, y ella contestó que le dieran tiempo para consultar un libro de cocina. A los pocos minutos se recibió jubilosamente en el barco una receta para confeccionar el apetecido pan de maíz.
Entre las personas que se ocupan en la radiocomunicación únicamente por pasatiempo, quizá ninguna sea tan bien conocida en el mundo entero como la señora Dorothy Hall, o «Dot », como afectuosamente la llaman miles de adictos a la onda corta; a todos hace muchos favores y ellos suelen manifestar su agradecimiento regalándole platos pintados, cuadros, floreros, lámparas, zuecos de adorno y, otros mil objetos para la casita suburbana en que vive. Cuando van a Nueva York, algunos paran en esa casita, a pesar de lo pequeña que es. La señora Hall ha arreglado en el segundo piso un dormitorio provisto de catres. Allí pueden dormir sus visitantes sin pagar nada.
Dorothy Hall es una mujer de mejillas sonrosadas, grandes ojos azules, pelo prematuramente cano, y voz de vivo timbre agradable. Ocho horas diarias trabaja como Locutora en la estación WNYF de onda corta perteneciente al servicio de bomberos de Nueva York. Este trabajo es arduo y agotador, pues requiere atención constante y sumo cuidado. Toda alarma que se recibe de cualquiera de los cinco grandes distritos administrativos de la ciudad debe perifonearse sin demora a una o más estaciones de bomberos, y luego una radio portátil llevada al lugar de] incendio se pone en comunicación constante con la mesa de Dot Hall, a quien se piden los bomberos y aparatos necesarios.
Después de ocho horas de esta labor fatigante, la señora Hall se sienta por seis u ocho horas más enfrente de los instrumentos que tiene en el comedor de su casa, a conversar con hombres y mujeres de todo el Mundo. Su estación radiotrasmisora, una de las primeras de los Estados Unidos que lograron comunicarse con los aficionados de allende el mar, la construyó y la conserva su esposo, Horace Hall, ciudadano estadounidense nacido en Australia, y hoy capitán jubilado de la marina mercante de los Estados Unidos.
Aquel comedor, tan lleno de aparatos que desde hace años nadie lo utiliza para comer, es una especie de estación radiotelefónica propia para centenares de soldados estadounidenses que sirven, a veces sufriendo grandes privaciones y otras penalidades, en lejanas regiones de Europa y el Pacífico. Noche tras noche van los miembros de sus familias a la casa de la señora Hall, donde pasan un buen rato conversando con ellos cuanto tiempo quieran.
Hace pocas noches, tres familias del barrio del Bronx, de Nueva York, tuvieron largas conversaciones con hijos, hermanos y esposos apostados fuera de los Estados Unidos. La abuela de uno de los soldados no hablaba bien inglés, y habló en yidish; su nieto, un joven yanqi, sentado en el que había sido cuartel general de Hitler, le contestó en la misma jerga judeoalemana.
La señora de Hall empezó a llamar la atención general de los norteamericanos en 1938, cuando trasmitió, al gobierno inglés la noticia de que los descendientes de los amotinados del barco Bounty estaban'pereciendo de hambre en la isla de Pitcairn, en el Pacífico. Hacía algún tiempo que la señora Hall se comunicaba de cuando en cuando con la estación de radiocomunicación de la isla. En junio de 1938, el funcionario principal de Pitcairn, no pudiendo comunicarse directamente con el gobierno inglés, acudió a la señora Hall. Dos años hacía que ningún buque tocaba en la isla, y los víveres, los abastecimientos médicos y la gasolina con que funcionaba la estación radiotelefónica estaban casi agotados.
La señora Hall telefoneó al consulado inglés en Nueva York; pero tropezó con el expedienteo común en las oficinas públicas. Parece que le dijeron que Pitcairn debía haber llamado a una estación inglesa. Pero a Dot no la detiene el expedienteo. Esa misma noche empezó a buscar buques en el Pacífico. Al fin contestó sus señales uno inglés, que estaba a sólo treinta horas de Pitcairn. Este buque se dirigió inmediatamente a la isla, a la cual llevó víveres, medicinas y gasolina.
La prensa y las radiodifusoras tuvieron noticia de estos acontecimientos y los dieron a conocer al público. Pocas noches después, la señora Hall tuvo otra conversación con Pitcairn, la cual también se perifoneó en todos los Estados Unidos.
La primera radiocomunicación de socorro de Dot ocurrió a principios de 1937. Un aficionado inglés le pidió que lo ayudara a buscar a su hermano, miembro de una expedición a los Andes, de la que hacía muchos días no llegaba noticia alguna. Dot emprendió la busca poniéndose en comunicación con las difusoras de la América del Sur. Al cabo de una semana hallaron a los expedicionarios, que estaban salvos pero sin recursos en una bahía poco frecuentada, esperando que algún buque los recogiera.
El gobierno soviético solicitó la ayuda de la señora Hall a principios de 1937, cuando su muy sonado vuelo experimental de Moscú a Nueva York fue interrumpido en el Canadá a causa de trastornos en los motores. Los aviadores radiaron que tratarían de hacer un aterriza de emergencia sobre el hielo en el río San Lorenzo, cerca de una isla. Después de eso no se volvió a saber de ellos durante algún tiempo.
La señora Hall no había estado en comunicación con ningún aficionado de radiotelefonía del San Lorenzo. Las señales que enviaba de Long Island fracasaban: o no llegaban, o iban demasiado lejos. «Creí», dice, «que tal vez alguna estación de Centroamérica o las Antillas podría comunicarse con los aviadores, y así, envié mis señales al sur. Pronto me contestó de Haití una anciana de setenta años. Díjele lo que ocurría, y ella envió sus señales al norte. Casi inmediatamente recibió contestación de un radioaficionado del San Lorenzo, el cual dijo que había oído un avión cuyos motores parecían estar funcionando mal, y que en seguida iría a averiguar.»
El aficionado anduvo cerca de diez kilómetros, y al fin encontró la tripulación, cuyos miembros estaban vivos, pero muy maltrechos, a causa del rigor de la intemperie. El avión se había estrellado y desbaratado. El hombre formó una cuadrilla de socorro, la cuall llevó a los rusos a un lugar seguro, y luego trasmitió una comunicación de los aviadores a Haití, a la señora Hall, a Washington y, finalmente, a Moscú.
A la estación de los Hall, como a las demás de aficionados, se le prohibió la trasmisión durante la guerra mundial pasada. Dot consiguié, un puesto de maestra en una escuela de Nueva York, donde enseñaba claves de radiotelefonía a soldados del ejército estadounidense; pero escuchaba las comunicaciones militares radiadas en todos los teatros de la guerra. Varias noches oyó el cuartel general del general MacArthur que trataba en vano de comunicarse con el departamento de guerra. Finallmente llamó a una de las estaciones del ejército en los Estados Unidos.
«General MacArthur tratando de comunicarse con ustedes de Australia», informó. Esto despertó la curiosidad de los jefes del ejército. Enviaron observadores a la casa de la señora Hall y se cercioraron de que su estacioncita estaba recibiendo informes que los radiorreceptores del ejército no recibían. De resultas, el departamento de guerra tendió, un alambre de trasmisión hasta el comedor de los Hall e instaló allí un instrumento registrador.
Durante la primera expedición polar del almirante Byrd, los Hall hicieron de su difusora centro de comunicación entre los expedicionarios y sus familias. Byrd pidió a la señora Hall que hiciera lo mismo con la reciente expedición, y ella se estuvo comunicando con los expedicionarios todas las noches.
Hace poco, llamó a la estación de los Hall un hombre del Cairo, el cual hablaba el inglés con marcado acento extranjero.
—La oí hablando con Atenas—dijo—. Perdone que la moleste.
—No es molestia ninguna—contestó la señora Hall—. Estoy a sus órdenes.
Díjole el hombre que ella era la primera mujer con quien hablaba por teléfono inalámbrico, después de lo cual los dos charlaron un rato. Al terminarla conversación, su interlocutor dijo a la señora Hall que pronto le enviaría un recuerdito. Poco tiempo después recibió ella varias copias de obras de arte del museo nacional de Egipto, con una afectuosa esquela de su nuevo amigo de radio—el rey Faruk.
PARA el ataúd del rey Jorge V se usó madera de árboles crecidos en su posesión de Sandringham, que él quería tanto.
[Vorld Telegram de Nueva York
UNA vieja carta de amor ha sido factor importantísimo en la felicidad de cierto matrimonio cuyo horizonte jamás se vio empañado por una sola nube. Durante más de cincuenta años el esposo ha llevado en el bolsillo la primera carta que le escribió su mujer—«como un amuleto», dice él, «contra las dificultades domésticas».
Princesa Alexandra Kropotkin en Liberty
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