miércoles, 18 de agosto de 2021

PLATERO Y YO VII - VIII

  PLATERO Y YO

POR

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

BY

GERTRUDE M. WALSH

NORTH HIGH SCHOOL. COLUMBUS, OHIO

FEDERICO DE ONÍS

ILLUSTRATED BY

MAUD AND MISKA PETERSHAM

D. C. HEATH & CO., PUBLISHERS

BOSTON NEW YORK CHICAGO

Copyright, 1922

By D. C. Heath & Co.

 

VII

EL ALJIBE

Míralo; está lleno de las últimas lluvias, Platero.

No tiene eco, ni se ve, allá en su fondo,

 como cuando  está bajo, el mirador con sol,

joya policroma tras los cristales amarillos y azules de la montera.

Tú no has bajado nunca al aljibe, Platero. Yo sí;

bajé cuando lo vaciaron, hace años. Mira; tiene

una galería larga, y luego un cuarto pequeñito.

Cuando entré en él, la vela que llevaba se me apagó

y una salamandra se me puso en la mano. Dos fríos terribles se cruzaron en mi pecho

cual dos espa-das que se cruzaran como dos fémures bajo una

calavera . . . Todo el pueblo está socavado de aljibes y galerías, Platero.

 El aljibe más grande es el del patio del Salto del Lobo, plaza de la ciudadela antigua

del Castillo. El mejor es éste de mi casa que, como ves, tiene el brocal esculpido

 en una pieza sola de mármol alabastrino. La galería de la Iglesia va hasta  

la viña de los Puntales y allí se abre al campo, junto

al río. La que sale del Hospital nadie se ha atrevido

a seguirla del todo, porque no acaba nunca . . .

Recuerdo, cuando era niño, las noches largas de

lluvia, en que me desvelaba el rumor sollozante del

agua redonda que caía, de la azotea, en el aljibe.

Luego, a la mañana, íbamos locos, a ver hasta dónde

había llegado el agua. Cuando estaba hasta la boca,

como está, ¡ qué asombro, qué gritos, qué admiración!

. . . Bueno, Platero. Y ahora voy a darte un cubo

de esta agua pura y fresquita, el mismo cubo que se

bebía de una vez Villegas, el pobre Villegas que

tenía el cuerpo achicharrado ya del coñac y del

aguardiente . . .

 
VIII 
LA SANGUIJUELA 
— Espera. ¿ Qué es eso, Platero ? ¿ Qué tienes ? 
Platero está echando sangre por la boca. Tose y 
va despacio, más cada vez. Comprendo todo en 
un momento. Al pasar esta mañana por la fuente 
de Pinete, Platero estuvo bebiendo en ella. Y ; 
aunque siempre bebe en lo más claro y con los 
dientes cerrados, sin duda una sanguijuela se le ha 
agarrado a la lengua o al cielo de la boca . . . 
— Espera, hombre. Enseña . . . 
Le pido ayuda a Raposo, el aperador, que baja por 
allí del Almendral, y entre los dos intentamos abrirle 
a Platero la boca. Pero la tiene como trabada con 
hormigón romano. Comprendo con pena que el 
pobre Platero es menos inteligente de lo que yo me 
figuro . . . Raposo coge un rodrigón gordo, lo parte 
en cuatro y procura atravesarle un pedazo a Platero 
entre las quijadas ... No es fácil la empresa. Platero 
alza la cabeza al cénit levantándose sobre las patas, 
 huye, se revuelve . . . Por fin, en un momento sor- 
prendido, el palo entra de lado en la boca de Platero. 
Raposo se sube en el burro y con las dos manos tira 
hacia atrás de los salientes del palo para que Platero 
no lo suelte. 
 Sí, allá adentro tiene, llena y negra, la sanguijuela.
 Con dos sarmientos hechos tijera se la arranco 
. . . Parece un costalillo de almagra o un pellejillo 
 de vino tinto; y, contra el sol, es como el moco de 
un pavo irritado por un paño rojo. Para que no saque 
 sangre a ningún burro más, la corto sobre el arroyo, 
que un momento tiñe de la sangre de Platero la 
espúmela de un breve torbellino . . . 

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