PLATERO Y YO
POR
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
BY
GERTRUDE M. WALSH
NORTH HIGH SCHOOL. COLUMBUS, OHIO
FEDERICO DE ONÍS
ILLUSTRATED BY
MAUD AND MISKA PETERSHAM
D. C. HEATH & CO., PUBLISHERS
BOSTON NEW YORK CHICAGO
Copyright, 1922
By D. C. Heath & Co.
VII
EL ALJIBE
Míralo; está lleno de las últimas lluvias, Platero.
No tiene eco, ni se ve, allá en su fondo,
como cuando está bajo, el mirador con sol,
joya policroma tras los cristales amarillos y azules de la montera.
Tú no has bajado nunca al aljibe, Platero. Yo sí;
bajé cuando lo vaciaron, hace años. Mira; tiene
una galería larga, y luego un cuarto pequeñito.
Cuando entré en él, la vela que llevaba se me apagó
y una salamandra se me puso en la mano. Dos fríos terribles se cruzaron en mi pecho
cual dos espa-das que se cruzaran como dos fémures bajo una
calavera . . . Todo el pueblo está socavado de aljibes y galerías, Platero.
El aljibe más grande es el del patio del Salto del Lobo, plaza de la ciudadela antigua
del Castillo. El mejor es éste de mi casa que, como ves, tiene el brocal esculpido
en una pieza sola de mármol alabastrino. La galería de la Iglesia va hasta
la viña de los Puntales y allí se abre al campo, junto
al río. La que sale del Hospital nadie se ha atrevido
a seguirla del todo, porque no acaba nunca . . .
Recuerdo, cuando era niño, las noches largas de
lluvia, en que me desvelaba el rumor sollozante del
agua redonda que caía, de la azotea, en el aljibe.
Luego, a la mañana, íbamos locos, a ver hasta dónde
había llegado el agua. Cuando estaba hasta la boca,
como está, ¡ qué asombro, qué gritos, qué admiración!
. . . Bueno, Platero. Y ahora voy a darte un cubo
de esta agua pura y fresquita, el mismo cubo que se
bebía de una vez Villegas, el pobre Villegas que
tenía el cuerpo achicharrado ya del coñac y del
aguardiente . . .
VIII LA SANGUIJUELA — Espera. ¿ Qué es eso, Platero ? ¿ Qué tienes ? Platero está echando sangre por la boca. Tose y va despacio, más cada vez. Comprendo todo en un momento. Al pasar esta mañana por la fuente de Pinete, Platero estuvo bebiendo en ella. Y ; aunque siempre bebe en lo más claro y con los dientes cerrados, sin duda una sanguijuela se le ha
agarrado a la lengua o al cielo de la boca . . . — Espera, hombre. Enseña . . . Le pido ayuda a Raposo, el aperador, que baja por allí del Almendral, y entre los dos intentamos abrirle a Platero la boca. Pero la tiene como trabada con hormigón romano. Comprendo con pena que el pobre Platero es menos inteligente de lo que yo me figuro . . . Raposo coge un rodrigón gordo, lo parte en cuatro y procura atravesarle un pedazo a Platero entre las quijadas ... No es fácil la empresa. Platero alza la cabeza al cénit levantándose sobre las patas, huye, se revuelve . . . Por fin, en un momento sor- prendido, el palo entra de lado en la boca de Platero. Raposo se sube en el burro y con las dos manos tira hacia atrás de los salientes del palo para que Platero no lo suelte. Sí, allá adentro tiene, llena y negra, la sanguijuela. Con dos sarmientos hechos tijera se la arranco . . . Parece un costalillo de almagra o un pellejillo de vino tinto; y, contra el sol, es como el moco de un pavo irritado por un paño rojo. Para que no saque sangre a ningún burro más, la corto sobre el arroyo, que un momento tiñe de la sangre de Platero la espúmela de un breve torbellino . . .
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