PLATERO Y YO
POR JUAN RAMÓN JIMÉNEZ BY GERTRUDE M. WALSH NORTH HIGH SCHOOL. COLUMBUS, OHIO FEDERICO DE ONÍS ILLUSTRATED BY MAUD AND MISKA PETERSHAM D. C. HEATH & CO., PUBLISHERS BOSTON NEW YORK CHICAGO Copyright, 1922 By D. C. Heath & Co.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Platero y yo . . . Platero, el borriquito, y Juan Ramón, el
poeta. Vais a leer la historia de estos dos personajes simpáticos, vivida por ambos y escrita por el único de ellos que sabía
escribir. Al presentároslos no os puedo decir del borriquito
nada nuevo porque sólo sé de él lo que el poeta, nos dice; pero
de Juan Ramón puedo deciros muchas cosas que él no ha dicho
de sí mismo ni estaba bien que dijese.
La verdad es que si me pusiera a hablar sinceramente,
tendría que deciros no poco también acerca del dichoso borriquito cuya vida, andanzas y muerte ha pintado Juan Ramón
con tanto amor. Su pintura me conmueve y me intriga como
no lo hicieron nunca los borriquitos de verdad. ¡ Y cuidado si
los españoles de muchachos gozamos cuando nos es dado trabar
amistad con algún asno, burro o pollino de los innumerables
que en nuestra tierra hay y que llevan sobre sus lomos tantas
cargas y son el consuelo y alivio de los pobres ! Borriquitos
de España, que con vuestro pasito corto andáis y reandáis
nuestros caminos polvorientos y abrasados, trayendo el agua
de la fuente, llevando la ropa al río, la retama al horno, la co-mida a los segadores y a los mozos de las eras; cabalgadura sumisa
de viejos, niños y mujeres, que aguantas ancas, hambre y malos
tratos; sobre la que viajan cantando o durmiendo arrieros,
gitanos y campesinos: borriquitos de España, alegres y trági-cos, bien merecéis que os paguemos el bien que os debemos
y el mal que os hacemos con un poco de amor y de piedad.
Pero no creo que tengan queja de nosotros los borriquitos
de España si saben que en la obra de arte mayor que el espíritu español ha producido, uno de su especie, el rucio de JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Sancho, ha ganado la inmortalidad ni más ni menos que Sancho
mismo, Rocinante y Don Quijote.
Ahora de nuevo, trescientos años después, el poeta español
que sabe más de ternura, pureza y elegancia sentimental, ha
pasado su mano delicada sobre el lomo peludo de la pobre
bestia esclava, y a la caricia de su mano y de su mirada ha
surgido Platero a la vida inmortal. Nosotros no hemos visto
nunca a Platero y sin embargo le vemos y le queremos, y cuando
pasa a nuestro lado un burrito de los alegres se nos van los ojos
tras él y decimos: Ahí va Platero. ¡Platero, que, según sabe-mos, murió y fué enterrado y cuya alma está en el cielo de
Moguer! Ni más ni menos que cuando las gentes decían
apenas veían algún rocín flaco: Allí va Rocinante!
Y el caso es que el Platerillo del cuento, aunque tiene mucho
de un burro de verdad, nos parece más bien un asnillo soñado y
fantástico, como si fuera sólo una ilusión en la que estuvieran
fundidas la ilusión que los niños se hacen de los burros y la
que los burros deben hacerse de sí mismos en sus horas de
ensueño. Y un poeta grande y sencillo, capaz de entender a
los niños y a los burros, ha envuelto la visión plateada del
asnillo en la aureola melancólica de su alma piadosa y sensitiva.
Pero el alma del poeta penetra en tal forma la figura real del
borriquillo que nos es difícil entender que sean dos personas
distintas, y se nos antoja que Platero no es otro que el poeta
mismo, la expresión poética de lo ingenuo, puro, infantil,
irracional e instintivo de su alma. Cuando Juan Ramón
razona con Platerillo nos parece que razona consigo mismo,
y su coincidencia de sentimientos es tal y el amor que se tienen
tan estrecho que no se podría pensar sino que Platero era un
hermano de Juan Ramón que había tomado forma de asno,
como en los cuentos, por arte de encantamiento. En todo caso,
la hermandad entre un poeta y un animal, es decir, entre un
poeta y la naturaleza, no es un insulto. Precisamente un
hombre es un poeta cuando puede ser, espontánea y natural-
mente, lo que es. Cosa muy difícil para los hombres.
Juan Ramón Jiménez es un poeta verdadero, uno de los más
puros que España ha tenido y tiene. Nació en 1881 en Moguer,
muy cerca de Palos de Moguer, de donde hace más de cuatrocientos años salieron las carabelas castellanas que descubrieron
a América. Moguer y su campiña se sienten en las páginas de
Platero y yo con un encanto único y singular. Por ellas podemos
saber también algo de cómo Juan Ramón vivía de pequeño
en aquella tierra andaluza, limpia, suave y clara, donde se
formó su espíritu. La alta posición social de su familia le ahorró
la dureza de la lucha por la vida y le permitió consagrarse por
completo a su vocación artística. Aunque estudió en la Universidad de Sevilla, no le llamaba Dios por ese camino, y
desde muy joven encontró en la poesía el desahogo de su alma
exaltada y sensitiva. Cuando aún no tenía veinte años, su
voz de timbre inconfundible fué escuchada en el mundo de
habla española como la revelación de un gran temperamento
poético original. Desde entonces Juan Ramón Jiménez ha
vivido sólo para su arte, realizando el milagro, rara vez logrado
por ningún artista, de la perfecta identificación entre la vida y
la obra. Quiero decir con esto que su obra es la expresión
fiel y sincera de su alma, que ningún esfuerzo ha sido ahorrado
para lograr la mayor perfección e intensidad, que ninguna
consideración fuera de este ideal artístico ha tenido cabida en
el alma del poeta, el cual marcha, puro y abnegado como un
santo, a la busca de su ideal sin concesión alguna a ningún
otro interés humano. Ni ambición de dinero ni de fama pueden
arrastrar a un poeta como éste a ceder a las demandas del
gusto público y acostumbrado; nada le mueve fuera de la propia satisfacción.
Ha sido siempre Juan Ramón Jiménez reconcentrado y soitario. Pero no se ha aislado de los hombres por falta de amor
sino por exceso de sensibilidad. Su obra de juventud muestra bien claramente el tesoro de ternura que encerraba su alma
enferma de ansia de amor no satisfecha, de melancólico disgusto
por todo lo que es bajo en la vida. El poeta, que aún es joven,
al llegar a la virilidad, con un hogar amoroso y tranquilo,
rodeado de la amistad fervorosa de tantos admiradores selec-
tos próximos y lejanos, parece haber entrado en una época de
plenitud y serenidad.
Hay que esperar aún mucho de él. Y sin embargo, consi-
derando solamente su obra pasada, nos encontraríamos ante un
poeta que no tiene superior en la literatura española de hoy y
que indudablemente quedará en su historia como uno de sus
grandes líricos de todos los tiempos. Hoy ya se le considera
como un clásico: se le estudia, se le reedita, se le traduce.
La Híspanic Society of America ha reconocido el hecho de esta
consagración mediante la publicación de un bello tomo de
Poesías escojidas por el autor mismo, magnífico homenaje de
los Estados Unidos a la moderna poesía española.
A pesar de todo esto Juan Ramón Jiménez no es un poeta
popular, es decir, no es un poeta para todo el mundo. Es uno
de esos poetas amados siempre por un público tan grande
como sea el número de espíritus educados y selectos. No
quiere esto decir que Juan Ramón Jiménez sea amanerado y
difícil; al contrario, nadie más sencillo y puro. Entre tanto
poeta como ahora cultiva el artificio del fondo y de la forma,
Juan Ramón Jiménez, tan moderno como el que más, se
distingue por la sencillez y la sinceridad. Al alarde de riqueza
métrica que caracteriza a la revolución de la poesía española
en los últimos treinta años, Juan Ramón Jiménez, aunque
capaz de los mayores refinamientos técnicos, responde con el
uso renovado y moderno de los metros tradicionales más sencillos y populares, y nadie como él ha sabido revivir los versos
asonantados de los antiguos romances. Como Góngora y como
Bécquer ha logrado mostrar hasta qué punto las formas más
genuinas y tradicionales de la poesía española son susceptibles
de renovación eterna y cómo puede encontrar expresión en
ellas la sensibilidad de todos los tiempos y la originalidad indi
vidual de cada poeta. En un momento en que la poesía es-
pañola ha sufrido las influencias más complejas extranjerasi
principalmente francesas, las cuales se ven demasiado claras
y dominantes en otros poetas, Juan Ramón Jiménez, a pesar
de haberlas asimilado todas profundamente, se muestra siem-
pre él y por lo tanto siempre español.
Española — y española del sur, de la Andalucía melancó-
lica y riente, que es una Castilla más suave y refinada, más
amanerada y elegante — es la poesía de Juan Ramón Jiménez:
andaluza es su tristeza nativa, su alegría dolorosa, su deja-
dez y abandono, su reconcentramiento altivo, su sobriedad de
gesto y abundancia de expresión, su suprema distinción y ele-
gancia inexplicables e inconfundibles. Y así este poeta aristo-
crático, que no habla nunca más que de lo más íntimo de su
alma, crea una poesía que contiene en forma pura, selecta y
personal todo lo que constituye el encanto único de la tierra
andaluza donde vio el sol, una poesía llena de matices de color
y de olores delicados e intensos, de flores y de jardines, de
fuentes rumorosas en el misterio de las noches estrelladas, de
muchachas soñadoras y pálidas, de pueblos dormidos, de paisa-
jes dolientes, de soledad sonora y luminosa, de dulce y triste
recogimiento interior.
Platero y yo, aunque escrito en prosa, es un libro de la más
pura poesía. Está escrito para los hombres y para los niños.
Quizá no todos los hombres sean capaces de entenderlo, porque
muchos de ellos al crecer llegan a cegar de los ojos del alma
por donde entra la luz poética. Pero todos los niños tienen
los ojos muy abiertos y ven muy bien lo que los hombres no
pueden ver. Al menos para los muchachos de España Platero
y yo no tiene oscuridades ni secretos. Ojalá vosotros, muchachos y muchachas americanos, que estudiáis con entusiasmo
la lengua española, podáis percibir también en estas páginas
breves y vibrantes algo del encanto de aquella tierra misteriosa
y lejana de donde salieron los primeros hombres blancos — de
un blanco atezado y moreno como el de Juan Ramón — que
llegaron a las costas maravillosas de América.
Ojalá vosotros,
nacidos en un país que puede enorgullecerse de ser aquél en que existe más amor y respeto por los animales — indicio
seguro de la más alta y extendida cultura — elevéis aun más
vuestro espíritu con la lectura de este librito tan puro en el
que un gran poeta español, contándonos la historia de un asnillo risueño y humilde, ha vertido toda su ternura por los
animales, los niños y la naturaleza.
F. de O.
PLATERO Y YO
PLATERO
Platero es un burro pequeño, peludo, suave; tan
blando por fuera, que se diría todo de algodón, que
no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus
ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamentecon su hocico, rozándolas apenas, las florecillas
rosas, celestes y gualdas ... Lo llamo dulcemente:
« ¿ Platero ? », y viene a mí con un trotecillo alegre que
parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal . . .
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas man-
darinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos
morados, con su cristalina gotita de miel . . .
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una
niña . . .; pero fuerte y seco como de piedra. Cuando
paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas
del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio
y despaciosos, se quedan mirándolo:
— Tiene acero . . .
— Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo
tiempo. II
EL LOCO
Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve
sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto
cabalgando en la blandura gris de Platero.
Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles,
blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, acei-
tosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y
amarillos las tensas barrigas tostadas, corren detrás
de nosotros, chillando largamente:
- ¡ El loco ! ¡ El loco ! ¡ El loco !
. Delante está el campo, ya verde. Frente al
cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis
ojos — ¡ tan lejos de mis oídos ! — se abren noble-
mente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre,
esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sin
fin del horizonte . . .
Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos
gritos, velados finamente, entrecortados, jadeantes,
aburridos:
— ! El lo . . . co ! ¡ El lo . . . co ! III
JUEGOS DEL ANOCHECER
Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo
entramos, ateridos, por la obscuridad morada de la
calleja miserable que da al río seco, los niños pobres
juega a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se
echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro
se hace el cojo . . .
Después, en ese brusco cambiar de la infancia,
como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus
madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de
comer, se creen uos príncipes.
— Mi padre tiene un reloj de plata.
— Y el mío un caballo.
— Y el mío una escopeta.
Reloj que levantará a la madrugada, escopeta
que no matará el hambre, caballo que llevará a la
miseria . . .
El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña,
con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra,
canta entonadamente, cual una princesa:
Yo soy la viudita
Del Conde de Oré . . .
¡ Sí, sí ! ¡ Cantad, soñad, niños pobres ! Pronto,
al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os
asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.
— Vamos, Platero ...
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