MANUAL
DE URBANIDAD
Y BUENAS MANERAS
MANUEL ANTONIO CARREÑO
COPIA COMPLETA DEL ORIGINAL
París, 1 Agosto de 1867
INTRODUCCIÓN.
Sin el conocimiento y la práctica de las leyes que la moral prescribe, no puede haber entre los hombres ni paz, ni orden, ni felicidad; y en vano pretenderíamos encontrar en otra fuente los verdaderos principios constitutivos y conservadores de la sociedad que nos proponemos estudiar, y las reglas que nos enseñan á conducirnos en ella con la decencia y moderación que distinguen al hombre civilizado y culto.
La virtud es la base de todos los bienes, y el origen más puro de los goces y conveniencias que encontramos en el comercio de la vida; así es que la urbanidad, que reúne cuantos medios puede el hombre emplear para hacer su trato fácil y agradable, sacrificando á cada paso sus gustos é inclinaciones, á los gustos é inclinaciones de los demás, no es otra cosa que la virtud misma deponiendo un tanto la austeridad de su carácter, para revéstirse con las gracias y atavíos que le dan entrada á presidir y legitimar las relaciones sociales y las recreaciones y placeres del mundo.
La dignidad personal, los modales suaves é insinuantes, el aseo del cuerpo, que revela en el hombre la candidez de! alma, la sobriedad y la templanza, la discreción y la prudencia, la tolerancia, y el constante cuidado, en suma, de complacer y jamás desagradar á los demás, que refunde todas las reglas de la cortesanía, ¿ no son evidentemente otros tantos deberes que emanan del conocimiento de Dios, del gran principio dé la caridad evangélica, y de la ley que nos conduce á la felicidad por el camino de la perfección moral ?
El hombre virtuoso ha de ser necesariamente bondadoso y condescendiente; y es de la bondad y de la Condescendencia que nacen lodos los movimientos dulces, apacibles y benévolos que nos granjean la estimación y el afecto de los demás, y que al mismo tiempo dan á nuestras personas, por el hábito de la mansedumbre, aquella delicadeza y cultura que tanto brillo v realce comunican á las cualidades intrinsecas dd alma.
Tan penetrados han vivido los hombres en todos tiempos de la fuerza de esta verdad, que los romanos llamaron humanitas (humanidad) á la afabilidad y cortesanía; y ningún autor, de los muchos que consultado, presenta los deberes de la urbanidad sino como una emanación de los deberes morales.
« Lo que en la sociedad se llama cortesía ó cortesanía dice el célebre Alibert, no es más que el modo atento de expresar todos los sentimientos de la benevolencia. »
M. Celnart, en su interesante obra sobre las reglas que deben observarse en la buena sociedad, presenta los deberes religiosos y morales, antes de entrar en la exposición de los deberes de la etiqueta, y funda todas las fórmulas y atenciones de la cortesanía en el sentimiento eminentemente religioso y moral de la benevolencia.
En la Introducción que precede al « Código de urbanidad de Don Manuel Diez de Bonilla », encontramos basado el plan de la obra en los principios siguientes « 1°. ejercer propios derecbos con el menor desagrado de las demás personas .'2". respetar los suyos, aun cuando
pudieran sernos dañosos : 3°. reconocer su mérito, aunque proceda de nuestros enemigos : 4". no causarles mal sin justo motivo ó legitima autorización : 5. promover su bien, aun con sacrificio del nuestro : 6". renunciar á resentimientos del momento, que producirían mayores
disgustos futuros : 7°. sacrificar las afecciones personales al interés público ; y 8». lograr la mayor ventaja pública con el menor perjuicio de los miembros de la sociedad.”
Por último, el conde d'Orsay , autor de un bello tratado sobre la « etiqueta, » en que se circunscribe al refina- miento de los usos de la sociedad inglesa, para la cual escribió, creyó sin embargo que todo debía basarse en la virtud, y concluyó sus interesantes reglas y observaciones con estas notables palabras : « La nobleza no está en el nacimiento, ni en los modales, ni en la elegancia, sino en e] alma. Un elevado sentimiento del honor : un hábito cons- tante de respetar la situación inferior de los demás : una firme y sincera adhesión á la verdad, á la delicadeza y á los deberes de la civilidad, manifestada en todos los actos de la vida; he aquí los caracteres esenciales que distinguen al verdadero caballero.
Pero si estas observaciones no fueran suficientes por sí solas para demostrar la íntima relación que existe entre las reglas y prácticas de la urbanidad, y los deberes que la religión y la moral nos imponen, bastaría dirigir la vista á los modales del hombre impío, del hombre colérico, del avaro, del egoísta, ó de cualqiera de los que se apartan de aquellos deberes fundamentales, y preguntar cuáles son las sensaciones que estos hombres producen en la sociedad, cuáles los afectos que conquistan, cuál la estimación de que gozan, desde el salón queque reinan las másseveras reglas de la etiqueta, hasta el seno mismo del hogar doméstico, donde la indulgencia que inspiran y fomentan los lazos de la naturaleza, suple en tan alto grado las deficiencias del mérito, y donde se refugian y se encubren todas las miserias y debilidades del hombre !
No existe, pues, urbanidad sin virtud : no hay que esperar el hacernos agradables y granjearnos el ajeno cariño, sin fecundar nuestro corazón con las dulces inspiraciones que nos vienen del Cielo : no hay que aspirar á la suavidad y elegancia de nuestras maneras, si no nos abrimos paso á la buena sociedad, que es la escuela de las costumbres, con los títulos que ella exige y que tan sólo adquirimos dulcificando nuestro carácter y moderando nuestras pasiones ; y he aquí por qué hemos creído indispensable, antes de exponer á la juventud las reglas de la civilidad y de la etiqueta, presentarle los principios eternos de la sana moral, que son los principios generadores de todas las virtudes sociales, y la base de todo orden, de todo progreso y de toda felicidad.
Nosotros no aspiramos a otro mérito que al que se concede á los simples expositores de la verdad. Si lo hemos alcanzado, nuestra ambición está satisfecha. Pero pensad ¡ oh jóvenes ! que aunque el modesto libro que os ofrecemos pueda llenar el importante objeto á que lo destinamos, muy poco habréis adelantado con su lectura, si no practicáis sus reglas. Por desgracia de la sociedad, las verdades más luminosas, las más saludables, las más conservadoras, están con frecuencia condenadas á quedarse escritas. No olvidéis jamás que os debéis á vuestra patria, la cual libra en vosotros todas sus esperanzas, ni olvidéis tampoco la entidad de los deberes que esta sola consideración os impone.
Los principios que os presentamos, son ios más sanos principios de religión y de moral, tomados de muy graves autores, y sobre todo, del rico y precioso tesoro del Evangelio. Ellos se convertirán para vosotros en una fuente inagotable de sólida y duradera felicidad, si no contentos con su simple lectura, los grabáis profundamente en vuestro corazón y los liacéis los constantes reguladores
de vuestra conducta.
DEBERES MORALES DEL HOMBRE.
CAPITULO I.
DE LOS DEBERES PARA CON DIOS.
Basta dirigir una mirada al firmamento, ó á cualquiera de las maravillas de la creación, y contemplar un instante en los infinitos bienes y comodidades que nos ofrece la tierra, para concebir desde luego la sabiduría y grandeza de Dios, y todo lo que debemos á su amor, á su bondad y á su misericordia.
En efecto, ¿quién sino Dios ha creado el mundo y lo gobierna, quién ha establecido y conserva ese orden inalterable con que atraviesa los tiempos la masa formidable y portentosa del Universo, quién vela incesantemente por nuestra felicidad y la de todos los objetos que nos son queridos en la tierra, y por último, quién sino él puede ofrecernos y nos ofrece la dicha inmensa de la salvación eterna? Sómosle, pues, deudores de lodo nuestro amor, de toda nuesira gratilud, y de la más profunda adoración y obediencia ; y en todas las situaciones de la vida, en medio de los placeres ¡nocentes que su mano generosa derrama en el camino de nuestra existencia, como en el seno de la desgracia con que en los juicios inescrutables de su sabiduría infinita prueba á veces nuestra paciencia y nuestra fe, estamos obligados á rendirle nuestros ho-menajes, y á dirigirle nuestros ruegos fervorosos, para que nos haga merecedores de sus beneficios en el mundo, y de la gloria que reserva á nuestras virtudes en el Cielo.
Dios es el ser que reúne la inmensidad de la grandeza y de la perfección; y nosotros aunque criaturas suyas y destinados á gozarle por toda una eternidad, somos unos seres muy humildes é imperfectos ; así es que nuestras alabanzas nada pueden añadir á sus soberanos atributos. Pero él se complace en ellas y las recibe como un home-naje debido á la majestad de su gloria, y como prendas de adoración y amor que el corazón le ofrece en la efusión de sus más sublimes sentimientos, y nada puede por tanto excusarnos de dirigírselas. Tampoco nuestros ruegos le pueden hacer más justo, porque todos sus atributos son infinitos, ni por otra parte le son necesarios para conocer nuestras necesidades y nuestros deseos, porque él penetra en lo más íntimo de nuestros corazones ; pero esos ruegos son una expresión sincera del reconocimiento de su poder supremo, y del convencimiento en que vivimos de que él es la fuente de todo bien, de todo consuelo y de toda felicidad, y con ellos movemos su misericordia y aplacamos la severidad de su divina justicia irritada por nuestras ofensas, porque él es Dios de bondad y su bondad tampoco tiene límites. ¡ Cuan propio y natural
no es que el hombre se dirija á su Creador, le hable de sus penas con la confianza de un hijo que habla al padre más tierno y amoroso, le pida el alivio de sus dolores y el perdón de sus culpas, y con una mirada dulce y llena de unción religiosa, le muestre su amor y su fe como los títulos los de su esperanza.
Así al acto de acostarnos como al de levantarnos, ele-varemos nuestra alma á Dios : y con todo el fervor de un corazón sensible y agradecido, le dirigiremos nuestras alabanzas, le daremos gracias por todos sus beneficios y le rogaremos nos los siga dispensando. Le pediremos por nuestros padres, por nuestras familias, por nuestra patria, por nuestros bienhechores y amigos, así como también por nuestros enemigos, y haremos votos por la felicidad del género humano, y especialmente por el consuelo de los afligidos y desgraciados, y por aquellas almas que se encuentren extraviadas dé la senda de la bienaventuranza. Y recogiendo entonces nuestro espíritu, y rogando á Dios nos ilumine con las luces de la razón y de la gracia, examinaremos nuestra conciencia, y nos propondremos emplearlos medios más eficaces para evitar las faltas que hayamos cometido en el discurso del día. Tales son nuestros deberes al entregarnos al sueño y al despertarnos, en los cuales, además de la satisfacción de haber cumplido con Dios y de haber consagrado un momento á la filantropía, encontraremos la inestimable ventaja de ir diariamente corrigiendo nuestros defectos, mejorando nuestra condición moral, y avanzando en el camino de la virtud, único que conduce á la verdadera dicha.
Es también un acto debido á Dios, y propio de un corazón agradecido, el manifestarle siempre nuestro reconocimiento al levantarnos de la mesa. Si nunca debemos olvidarnos de dar las gracias á la persona de quien recibimos un servicio, por pequeño que sea, ¿ con cuánta más razón no deberemos darlas á la Providencia cada vez que nos dispensa el mayor de los beneficios, cual es el medio de conservar la vida ?
En los deberes para con Dios se encuentran refundidos todos los deberes sociales y todas las prescripciones de la moral ; así es que el hombre verdaderamente religioso es siempre el modelo de todas las virtudes, el padre más amoroso, el hijo más obediente, el esposo más fiel, el ciudadano más útil á su patria.... Y á la verdad, ¿ cuál es la ley humana, cuál el principio, cuál la regla que encamine á los hombres al bien y los aparte del mal, que no tenga su origen en los Mandamientos de Dios, en esa ley de las leyes, tan sublime y completa cuanto sencilla y breve? ¿dónde hay nada más conforme con el orden que debe reinar en las naciones y en las familias, con los dictados de la justicia, con los generosos impulsos de la caridad y la noble beneficencia, y con todo lo que contribuye a la felicidad del hombre sobre la tierra, que los
principios contenidos en la ley evangélica ? Nosotros satisfacemos el sagrado deber de la obediencia á Dios guardando fielmente sus leyes, y lasque nuestra Santa Iglesia ha dictado en el uso legítimo de la divina delegación que ejerce ; y es este al mismo tiempo el medio más
eficaz y más directo para obrar en favor de nuestro bienestar en este mundo, y de la felicidad que nos espera en el seno de la gloria celestial.
Pero no es esto todo : los deberes de que tratamos no se circunscriben á nuestras relaciones internas con la Divinidad. El corazón humano, esencialmente comunicativo, siente una inclinación invencible á expresar sus afectos por signos y demostraciones exteriores. Debe- mos, pues, manifestar á Dios nuestro amor, nuestra gratitud y nuestra adoración, con actos públicos que, al mismo tiempo que satisfagan nuestro corazón, sirvan de un saludable ejemplo á los que nos observan. Y como es el templo la casa del Señor, y el lugar destinado á rendirle nuestros homenajes, procuraremos visitarlo con la posible frecuencia, manifestando siempre en él toda la devoción y todo el recogimiento que inspira tan sagrado recinto.
Los sacerdotes, ministros de Dios sobre la tierra, tienen la alta misión de mantener el culto divino y de conducir nuestras almas por el camino de la felicidad eterna.
Tan elevado carácter nos impone el deber de respetarlos y honrarlos, oyendo siempre con interés y docilidad los consejos con que nos favorecen, cuando en nombre de su divino maestro y en desempeño de su augusto ministerio nos dirigen su voz de caridad y de consuelo. Grande es sin duda la falta en que incurrimos al ofender á nuestros prójimos, sean éstos quienes fueren; pero todavía es mucho más grave ante los ojos de Dios la ofensa dirigida al socerdote, pues con ella hacemos injuria á la Divinidad, que le ha investido con atributos sagrados y le ha hecho su representante en este mundo. Concluyamos, pues, el capitulo de los deberes para con Dios, recomendando el respeto á ios sacerdotes, como una manifestación de nuestro respeto á Dios mismo, y como un signo inequívoco de una buena educación moral y religiosa.
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