PLATERO Y YO
POR
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
BY
GERTRUDE M. WALSH
NORTH HIGH SCHOOL. COLUMBUS, OHIO
FEDERICO DE ONÍS
ILLUSTRATED BY
MAUD AND MISKA PETERSHAM
D. C. HEATH & CO., PUBLISHERS
BOSTON NEW YORK CHICAGO
Copyright, 1922
By D. C. Heath & Co.
XVIII
PASAN LOS PATOS He ido a darle agua a Platero. En la noche serena, toda de nubes blancas y de estrellas, se oye. allá arriba, desde el silencio del corral, un incesante pasar de claros silbidos. Son los patos. Van tierra adentro, huyendo de la tempestad marina. De vez en cuando, como si nosotros hubiéramos ascendido o como si ellos hubiesen bajado, se escuchan los ruidos más leves de sus alas, de sus picos . . .
Horas y horas, los silbidos seguirán pasando, en huir interminable. Platero, de vez en cuando, deja de beber y levanta la cabeza como yo, como las mujeres de
Millet, a las estrellas, con una blanda nostalgia infinita . . . XIX LA NIÑA CHICA La niña chica era la gloria de Platero. En cuanto la veía venir hacia éí, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo, mimosa: — Platero, Platerillo ! — el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba, igual que un niño, y rebuznaba loco.
Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo candido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre : ¡ Platero ! ¡ Platerón ! ¡ Platerillo ! ¡ Platerete !
En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba, triste: ¡ Platerillo . . . ! Desde la casa obscura y llena de
suspiros, se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo . . . ¡ Oh, estío melancólico !
¡ Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro ! Setiembre, rosa y oro, declinaba. Desde el cementerio ¡ cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria ! . . . Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los hombres, me fui a la cuadra y me senté a llorar con Platero.
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