viernes, 6 de agosto de 2021

REINA DEL CORRAL

ISABEL-REINA DEL CORRAL

(Condensado de «The Progressive») Por Gerald MoviusJunio de 1947

AL PRINCIPIO no la llamábamos Isabel. Era solamente «esa pollita Leghorn castaña». Evidencia de tal li­naje eran las plumas anaranjadas del cuello y las salmón claro del pecho; pero entre sus antecesores debió de haber figu­rado un Bantam, porque jamás pesó más de kilo y.medio.

Escasamente acababa de echar la plu­ma cuando ya empezó a dar muestras de su gran inclinación por los hombres; y no había gallo en el corral que no es­tuviese loco por ella. Tenía los modales y la gracia de una gentil cortesana, y los instintos de una refinada coqueta.

Antes de cumplir los cinco meses, Isa­bel ofreció una fiesta para anunciar su primer huevo, y rio de tal modo e hizo tan variados gorgoritos que su diminuta cresta llegó a temblar y enrojecerse hasta parecer una llama en el viento. Un comi­té de gallitos, a todos los cuales incen­diaba la fiebre del amor, acudió a celebrar el feliz acontecimiento. En la tarde de aquel día, Luis XIV, un gallipollo que según todos los indicios iba a ser espléndido para el asador, halló muerte prematura y violenta. Parece que Isabel lo había mirado con especial predilección y ello dio motivo para que el resto de los jovenzuelos cerraran contra él en alevosa pandilla.

Mi hermana menor, que justamente entonces estaba estudiando historia en la escuela de segunda enseñanza, resolvió un día bautizara los ciudadanos recién llegados a nuestro corral, y ella fue quien puso a la gentil pollita el nombre de Isa­bel, en honor de la reina virgen, por ser la única entre las nuevas que no mostraba tendencia alguna a levantar una familia. El resto de las muchachas se ponían mal­humoradas y agresivas al final de la primavera y perdían interés en sus galanes. Pero Isabel era estrictamente una solteroncilla alegre, ídolo de todos los mozos del terruño propio y de muchas leguas a la redonda.

Pero, al mismo tiempo, Isabel era una muchacha oficiosa y productiva. En su primer año cacareó más de doscientas cincuenta veces anunciando la postura de otros tantos huevos, todos de muy buen tamaño, lo cual es una producción prodi­giosa en cualquier gallinero. Bien po­díamos, por tanto, perdonarle su cos­tumbre de recorrer los alrededores en busca de amorosas aventuras.

La primera vez que esto pasó fue cuan­do un cierto gallo joven de la vecindad, audaz y fanfarrón, se plantó en la linde del corral y empezó a llamarla con su voz más seductora, a la par que cambiaba to­da clase de insultos con nuestros gallos. Isabel estaba encantada. Levantó la ca­beza coquetamente, ahuecó el ala grácil, y voló por sobre la cerca de dos metros de altura con la facilidad de una golondrina, para caer al otro lado entre una alegre e invitante catarata de chillidos y risas. Luego, se encaminó con leve paso hacia una espesura cercana, seguida por su nuevo y ardiente caballero. Muchas veces formamos la resolución de cortarle las alas, pero otras tantas desistimos de ha­cerlo, porque siempre, después de sus escapatorias, Isabel regresaba sin falta a la hora de comer, con una expresión tan inocente como si hubiera estado tomando el té con unas amigas.

El tiempo empezó a marchitar los en­cantos de sus contemporáneas, pero ella siguió siendo la reina inmarcesible, siem­pre joven y siempre deseada. A la edad de tres años había puesto la cantidad de huevos necesaria para empedrar todo el gallinero, pero sin mostrar nunca ni el más leve interés maternal. Miraba a sus hermanas con desprecio y ellas la odiaban.

Aquel año hizo su aparición en la vida de Isabel el conde de Leicester: el gallo más grande, más escandaloso y más llama­tivo que jamás se haya visto. Llegó re­quebrándola de amores, como otros mu­chos habían llegado antes, e Isabel salvó de un vuelo la cerca sin esperarse siquiera a provocar un altercado entre el garrido pretendiente y los gallos del corral.

Bien valía el conde ese entusiasmo por parte de una mujer. Era espléndido de formas y tenía- un modo de andar digno del más arrojado héroe de aventuras cine­matográficas. Cuando levantaba la cabeza Para cantar, le parecía a uno que acababa de echarse la capa al hombro, endere­zarse el espadín y poner una pata sobre el pomo de la daga.

Isabel y el conde se hicieron insepa­rables. Por lo menos, ella desaparecía con él mañana tras mañana y regresaba sola al anochecer; de vez en cuando el conde la acompañaba hasta una cercana revuelta del camino. A las pocas semanas de este diario rendezvous notamos que Isabel estaba un tanto desmejorada. Había de­jado de poner, pero esto lo atribuimos a la proximidad del cambio de pluma. Luego, una tarde, cuando fuimos a darle el maíz a las gallinas, Isabel no estaba allí.

La buscamos en todos los rincones del gallinero, dimos voces llamándola, gol­peamos repetidas veces un balde para ver de orientarla. Pero ni sombra de Isabel.

Pocos días después, Samuel, nuestro perro de pastor, y yo, íbamos, después de un violento aguacero, chapoteando por entre el barro cuando Samuel se detuvo de pronto a olfatear entre unas hierbas altas que crecían en un rincón de la cerca. Allí estaba echada Isabel, pero echada de tal modo que parecía como si la hu­biesen pegado al suelo; con las alas bien extendidas, la cabeza casi invisible entre las plumas del cuello, toda empapada, to­da furiosa ¡y evidentemente en el pro­ceso de empollar una familia!

Samuel le acercó la nariz al pico y en recompensa de su afectuoso interés reci­bió un furibundo picotazo. Con mucho cuidado la levanté, y, ¡oh Dios del cielo!, Isabel, ahora tan delgada como una hebra, y a quien la naturaleza no había acondi­cionado para incubar más de ocho o nueve huevos, tenía quince bajo su pecho di­minuto y sus patéticas alitas. Volví a co­locarla en su sitio y regresamos a casa.

Yo opinaba decididamente que de­bíamos sacarla de aquel sitio húmedo y frío, pero mi hermano, con mucho acier­to, aconsejó que le hiciéramos una especie de cobertizo con un cajón viejo y unos pedazos de encerado y la dejáramos quieta donde estaba. Medio pueblo vino a ver a Isabel en su trance maternal. Las gallinas pueden no tener sesos, pero esto de incubar durante el otoño en Dakota del Norte es cosa que no se le ocurre ni a las más atolondradas... salvo Isabel.

Después de quince días de espera, cuando ya habíamos llegado a la conclu­sión de que la pobrecilla Isabel estaba perdiendo el tiempo pues todos sus here­deros debían haber muerto en la cáscara, he aquí que una tarde nublada y húme­da se nos presenta cloqueando con poca habilidad y menos fuerzas, al frente de un pelotón de pollitos mojados, vacilantes y llorones. Todos ellos estaban cubiertos de una vistosa pelusa que en cualquier tribunal hubiese bastado para declarar convicto al conde de Leicester. Y la reina Isabel había hecho caída y mesa limpia. Había empezado con quince huevos y, acabado con quince pollitos.

Cercamos para ella y su prole un rin­cón del gallinero, mientras las compañe­ras cuchicheaban escandalizadas. No les gustaba aquello. No era natural. Pero los pollitos nacidos fuera de tiempo suelen medrar, y estos diablillos echaron plumas y carnes con asombrosa rapidez.

Una mañana quitamos la cerca. Fue un grave error. Al mediodía encontramos a Isabel casi muerta: sus hermanas, sus me­dias hermanas y sus primas habían dicta­do pena de muerte contra aquella hurí del gallinero, y en poco estuvo que no remataran su ejecución. Ella había tenido siempre todas las atenciones y ahora aca­baba de realizar lo imposible trayendo quince hijos al mundo cuando todas las gallinas respetables estaban preparándose para un largo descanso invernal.

Isabel pasó el invierno encerrada en el gallinero y finalmente recobró las fuerzas necesarias para cantar un poquito y escar­bar débilmente en la paja.

Pero cuando la primavera empezó a teñir de rojo vivo la cresta de sus herma­nas y a poner nuevo brillo en sus plumas, la cresta de Isabel permaneció pálida y su plumaje deslustrado.

Teníamos cierto miedo de volver a po­nerla con las otras, pero lo hicimos y nada pasó. Absolutamente nada. Irguió la ca­becita con el mismo aire petulante de siempre... y nada pasó. Le bailó los ojos a Atila, pero él estaba muy ocupado char­lando con una polla regordeta. Marco Antonio, el más hermoso de los gallipollos, tropezó con ella y se limitó a decirle cor­tésmente: «Usted perdone».

Hacía tiempo que Isabel venía vislum­brando la triste verdad: estaba vieja.

Luego, el conde de Leicester pasó un día por frente a la cerca. Nuestras gallinas le lanzaron miradas de admiración y los gallos corrieron a reprenderlas. De re­pente, con un vivo aletazo, Isabel salvó la cerca y fue a caer al pie del conde, como en los dulces días de antaño.

Pero el conde retiró la cabeza asustado. Su arrogancia se desvaneció, las plumas de la cola se le desmayaron. Entonces, con las alas extendidas y el cuello alarga­do, despidiendo furia e indignación por todas las plumas de su cuerpo, Isabel se lanzó como una flecha sobre el conde. Lo picó en la barba y le sacó sangre. Lo picó otra vez, y luego otra y otra. Él trataba en vano de escapar a sus feroces picota­zos. No había quite que ella no le robara.

De pronto el conde recogió su capa y su espadín, su daga y sus galanas plumas, y puso pies en polvorosa. Trémulo y ve­loz huyó a través del campo, perseguido por Isabel, que lo picoteaba sin miseri­cordia y lo cubría de improperios.

Nunca volvimos a ver a ninguno de los dos.

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